lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!

viernes, marzo 04, 2011

Ucronizando

Sé bien que hay mucha gente que encuentra inútil, incluso estúpido, discutir sobre ucronías. A mí, sin embargo, me parece bastante educativo; una forma muy creativa de aprender Historia, porque discutir de ucronías con un mínimo de solidez requiere tener algún conocimiento sobre los hechos pasados que es, al fin y a la postre, lo que buscamos quienes contamos la Historia y hacemos por difundirla.

Ucronías o What Ifs hay muchas. Pero a mí hay una que siempre me ha interesado especialmente. Es la que hoy formulo y sobre la que dejo algunas reflexiones, más para animar otras reflexiones que para intentar convencer.

La ucronía es: ¿En qué habría cambiado el franquismo de no haber muerto en la guerra José Antonio Primo de Rivera?

Mi reflexión al respecto se despliega en diversas sub-reflexiones o preguntas, que aquí os dejo.

Pregunta 1: ¿Cuál habría sido la evolución de José Antonio de haber sobrevivido a la guerra civil?

La Falange salió de la guerra civil siendo un movimiento fascista, más mussoliniano que nazi, basado en el nacionalsindicalismo. José Antonio Primo de Rivera era un hombre políticamente cercano a los postulados del fascismo y es difícil imaginarlo sosteniendo ideas diferentes tras la victoria militar de las tropas nacionales. Mi opinión es que JAPR habría compartido todos los grandes pilares de la ideología franquista: el anticomunismo, la obsesión con los masones, el concepto del destino imperial de España, el carácter de cruzada de la guerra…

Si nos preguntamos cuál de las distintas Falanges habría sido el sustento de la Falange de José Antonio, para mí está claro que habría sido la de lo que se dio en llamar «camisas viejas». Pero eso no es decir mucho: los «camisas viejas» cambiaron mucho de camisa durante el franquismo. La gran pregunta, para mí, es: una vez terminada la guerra mundial, ¿habría entendido José Antonio que debía evolucionar? Personalmente, creo que no. José Antonio tenía en gran valor la unión de su formación, hasta el punto de deshacerse de Ramiro Ledesma por la influencia disgregadora que ejercía, y no creo que jamás hubiera dado el paso de virar la nao en contra del parecer de sus bases. Y si José Antonio, dicen algunos, no era fascista, sus bases lo eran sin duda alguna.

Creo, por lo tanto, que José Antonio Primo de Rivera, vivo y coleando, habría supuesto un problema grave para el franquismo porque habría operado como dique para eso que los historiadores llaman el proceso de «desfascistización» del régimen.

Pregunta 2: ¿Habría podido Franco unificar a FET y de las JONS?

La unificación del falangismo y el carlismo fue posible porque toda una facción de Falange, la sureña más o menos comandada por Sancho Dávila, se avino a remar a favor de esa corriente e iniciar contactos con Fal Conde y su gente sobre una hipotética fusión, que Franco ya tenía decidida. Sancho Dávila, con José Antonio vivo, no se habría atrevido ni a dormir a menos de 200 kilómetros de un carlista sin una orden del Jefe. Falange y los tradicionalistas se habrían tenido que fundir con el apoyo, decidido y sin fisuras, de José Antonio.

Creo capaz a JAPR de tomar la decisión de apoyar esa fusión. Pero por una sola razón: porque fuese perentoria para ganar la guerra. Lo cierto, sin embargo, es que la fusión de FET y de las JONS no es un hecho que se pueda considerar fuertemente influyente en la victoria militar. A Franco se le empiezan a poner las cosas de cara en el 37 porque toma la decisión, que se demostró estratégicamente acertada, de dejar de obsesionarse con Madrid y virar hacia el Norte, donde en unos pocos meses dejó a la República sin músculo. Nada de eso tiene ninguna relación con la unificación política realizada en el bando nacional.

No encuentro, por lo tanto, ninguna razón para que José Antonio se viese impelido en el 37 a olvidarse del punto 27 de su ideario y apoyar la creación del partido único falanjo-carlista. Menos aún que fuese a aceptar que Franco fuese, como lo fue, su máximo dirigente. ¿Qué cargo le podría quedar a él? ¿Secretario General de un movimiento que fundó, alentó, defendió en circunstancias comprometidísimas, y que estaba cortado a su imagen y semejanza? ¿Aceptaría Zapatero ser el ministro de Fomento de José Blanco?

Reside aquí, pues, el principal problema que la supervivencia de José Antonio habría supuesto para el franquismo; aunque también pienso que no hubiese tenido difícil solución. No habría podido existir partido único. O sí; pero ese partido tendría que ser Falange. Ésta es, de hecho, la entente cordiale que creo yo podrían haber acordado Franco y José Antonio: el primero habría obtenido lo que quería, es decir un régimen de partido único, en un esquema de democracia orgánica; y el segundo también habría obtenido lo que quería, es decir que su partido fuese ese partido único, pero a cambio de no cuestionar la autoridad de Franco. El resto de los satélites del franquismo, carlistas incluidos, serían meros asteroides tácitamente permitidos.

Pregunta 3: ¿Habría sido Franco jefe del Estado?

Sí, sin duda. Los que mandan tras una guerra son los que las ganan, y la guerra civil, aún con José Antonio vivo, la habría ganado quien la ganó, y ése no es otro que el general Franco. Era una persona ambiciosa, incluso muy ambiciosa, e igual que nunca se le pasó por la cabeza dejar paso a la corona como le pedía la mitad de su generalato, jamás se le habría pasado por la cabeza cederle parte del poder a José Antonio.

A menudo leo a falangistas quejarse amargamente de que todo el mundo considere el franquismo y el falangismo como sinónimos, y no les falta razón. Lo primero y fundamental que fue el franquismo, fue una dictadura militar. Aquél a quien Franco siempre mimó, aquél con el que nunca se malquistó, aquél al que cuidó al máximo, no fue el falangismo, sino el Ejército. A mediados de los años cincuenta, apenas quince años tras el final de la guerra, Franco quiso comenzar a dejar clara su desafección respecto del falangismo dejando de nombrar a José Antonio en sus discursos; pero nunca dejó de vestir la guerrera de capitán general, de trufar sus gobiernos de personalidades militares, y de verse a sí mismo como lo que era, es decir un soldado.

El Ejército hizo a Franco Generalísimo y Caudillo, y no existe ninguna razón para que tomase una dirección distinta de vivir José Antonio. La mancha falangista en el Ejército que ganó la guerra era mucho, muchísimo más pequeña, que la mancha monárquica; y microscópica comparada con la mancha franquista. El Ejército español creía en Franco y, por eso, desde el primer minuto del 1 de abril de 1939, desde antes en realidad, habría dejado claro, también a José Antonio, que el candidato era Uno, y no era él. Y es posible que Primo, al fin y al cabo hijo de militar y de dictador, lo hubiera tenido que entender e, incluso, compartir.

Sin embargo, esto no quiere decir, a mi modo de ver, que el franquismo hubiese transcurrido por los mismos derroteros que transcurrió. Si Serrano Súñer, con un pedigree muchísimo menos valioso que el de José Antonio, se sintió con ganas y poder como para hacerle sombra a su cuñado (hasta que su cuñado se lo llevó por delante, claro), con mayor energía se lo habría planteado José Antonio.

Hay una cosa que, con JAPR en el mundo de los vivos, estimo que Franco no habría podido hacer: integrar la realidad partidaria como un elemento más del gobierno a través de la figura del Ministro Secretario General del Movimiento. Como digo, para mí la opción más probable es que José Antonio llegase al final de la guerra siendo lo que era al principio, es decir Jefe Nacional de Falange Española y de las JONS. Sus partidarios nunca permitirían otro status para él, entre otras cosas porque el hecho de que fuese nueve años más joven que Franco sería un acicate para todo aquél que soñase con una retirada del general. No se olvide que en 1957, Franco ya tenía 65 años; que viviese 18 años más no nos debe hacer olvidar que en ese momento no era tan descabellado pensar que tal vez durase poco.

Dicho esto, sin embargo, también hay que decir que la ucronía basada en imaginar a un José Antonio ultrapoderoso tiene sus puntos débiles. Buena parte de las cosas que hizo Franco desde el momento en que el Eje perdió la guerra no las hizo por convicción, sino por cálculo político. José Antonio, con toda su brillantez retórica, no habría podido evitar el hecho de que la España de los años cuarenta y cincuenta era un país fuertemente dependiente de los que quería fuesen sus nuevos aliados; y estos aliados tenían reivindicaciones que hacer. La deriva del franquismo hacia la monarquía fue la consecuencia de una presión, en parte del generalato, en parte de los comprensivos pseudosocios democráticos de la España franquista. Ni al Foreign Office ni a la Casa Blanca le cuadraba una España repleta de jovenzuelos con camisa azul marcando el paso por la calle Alcalá.

Es probable, por lo tanto, que José Antonio tuviese, al fin y a la postre, que olvidarse de sus sueños de una España concebida como un inmenso sindicato de productores bajo la dirección de un Mando Único. El sindicato falangista, bajo su mano, probablemente se habría ajado y convertido en un mastodonte burocratizado, más o menos en la misma medida en que le ocurrió realmente.

Pregunta 4: Pero… ¿habría aceptado José Antonio ser un segundón?

La contrapregunta, a la gallega, es: ¿habría tenido otra alternativa?

Por mucho que José Antonio hubiese sido canjeado, su papel en la victoria militar de la guerra civil habría sido marginal. En 1939 no habría estado en condiciones de reclamar un puesto en las instituciones del poder efectivo y, además, al finalizar la guerra, cuando en todo el mundo democrático se excitó el antifranquismo como colaborador de los régimenes fascistas, con JAPR vivo ese sentimiento habría sido, fundamentalmente, antifalangismo. Las sanciones de la ONU, la Nota Tripartita, la retirada de embajadores, etc., habrían jugado claramente en su contra. Él era el que llevaba camisa azul antes que nadie, el que levantaba el brazo antes que nadie, el que era considerado líder del fascismo español antes que nadie. En tales circunstancias, por mucho que él se pudiese sentir capacitado para ello (pues la ucronía sobre la que es casi imposible escribir es la pregunta de hacia dónde habría evolucionado el pensamiento joseantoniano), su figura estaría totalmente descartada para pilotar el viaje hacia la como-Democracia que se montó Franco para tranquilizar a las cancillerías. Además, sinceramente no me imagino a los enviados de Washington negociando la implantación en España de bases militares con José Antonio Primo de Rivera.

Como corolario, dos ideas:

Una: José Antonio Primo de Rivera no perdió la oportunidad de ser el jefe del Estado español. Simplemente, nunca la tuvo. Falange Española fue el instrumento de una revolución inversa que sus perpetradores conocieron como Alzamiento Nacional y nosotros conocemos como golpe de Estado del 36. El instrumento no quiere decir el Demiurgo, como no quiere decir el general en jefe. En el momento del golpe de Estado, si hemos de creer a Ángel Alcázar de Velasco, no había en España más de 2.200 falangistas. Cierto es que con menos que eso Vladimir Lenin giró los goznes de la Historia de Rusia durante más de medio siglo; pero los falangistas de José Antonio no eran bolcheviques. Eran jóvenes exaltados, muchos de ellos adolescentes, preparados para muchas cosas entre las cuales no estaba liderar un país.

Nunca la tuvo, y nunca la habría tenido. Terminada la guerra, todo habría conspirado contra su liderazgo real, y «todo» incluye al propio Franco y, por supuesto, el Ejército. Además habría tenido el gran problema de que, de decidirse por la batalla, tendría que contestar a las preguntas de contra quién, y para qué. José Antonio no era tonto, y hubiera sabido bien que, de ponerle la proa a Franco, en México los exiliados brindarían con champán.

Dos: Franco, y de esto hablaremos pronto, quería ser lo que fue desde muy pronto. La suya es una estrategia milimétricamente diseñada cuyo final es la jefatura del Estado y la dictadura personal más larga de la Historia de España. Franco no fue un militar encumbrado por las circunstancias, sino un estratega con extraordinaria habilidad en el manejo de los tiempos a quien el destino puso un sable en la mano en el momento justo. Históricamente hablando, Franco es una ola, y el franquismo una marejada. Las mareas fuertes arrastran consigo todo lo que encuentran; si son barcas, barcas. Y si son personas, personas.

Como conclusión, pues, estoy inclinado a pensar que la supervivencia de José Antonio Primo de Rivera habría cambiado mucho las cosas, sí, pero no esencialmente.

martes, marzo 01, 2011

Las opiniones de Don Claudio

Claudio Sánchez Albornoz, como historiador, ha envejecido mal. En buena medida, en su celebérrima polémica con Américo Castro sobre el origen de España, ha terminado por salir perdedor. La tesis de Castro, que veía en España el resultado de la fusión de lo cristiano, lo judío y lo musulmán, casa mucho mejor con el buenrollismo actual que quiere ver en la Edad Media española una especie de Viva la Gente cultural donde todo cristo se llevaba de pila máster. Lejos de estas interpretaciones un tanto almibaradas, Sánchez Albornoz consideraba que al nacimiento de España no son ajenos ni la violencia, ni el enfrentamiento ni, en buena parte, el odio racial y cultural. Otras realidades del momento presente tampoco las entendería. Sin ir más lejos, no es que Albornoz considerase a los vascos españoles, sino que consideraba a los españoles vascos y se refería a eso que hoy llaman algunos Euskal Herria como "la abuela cabreada de España".

El otro día, cayó en mis manos en el Rastro un libro que en 1976 escribió la reportera televisiva Carmen Sarmiento, que consiste, básicamente, en la crónica de una larga entrevista con un Claudio Sánchez Albornoz que, en Buenos Aires, estaba a punto de volver a pisar España después de 40 años de ausencia. Recuerdo muy bien cuando llegó, porque en la tele le hicieron un reportaje, en el que el periodista le preguntó si se iba a quedar en España, a lo que él contestó (ya lo hace en el libro de Sarmiento) que no, porque consideraba su vida acabada. Al periodista se le ocurrió decirle algo así como: "¡Pero si usted es joven aún! Mire Andrés Segovia [el famoso guitarrista], tiene su edad y acaba de tener un hijo". El pìzpireto historiador abulense le miró con ojillos de mala persona y dijo: "¿Y será suyo?"

Hoy os quiero dejar aquí escritas algunas opiniones de ese libro, porque creo son curiosas de leer sabiendo que salían de la boca de un republicano burgués de toda la vida, que llegó incluso a presidir el fantasmagórico gobierno republicano en el exilio.

Aquí van.

Sobre Primo de Rivera:

Si, por lo menos, después de pacificar Marruecos, hubiera convocado elecciones, las habría ganado, después habrían hecho unas Cortes Constituyentes y la monarquía habría perdurado. Pero él y el rey estaban obnubilados con Mussolini.



Sobre Manuel Azaña

Era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de los republicanos.

Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, habría tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él.

Recuerdo que en Valencia
[ya durante la guerra civil] me dijo: "La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban".

Sobre Largo Caballero

En el año 34 [se refiere a la mal llamada Revolución de Asturias], Largo Caballero hizo la revolución con demora; no tuvo en cuenta que no estábamos solos en España. Besteiro decía de él que era una mula honesta, pero una mula. Mire usted, la libertad y la democracia no consisten en aplastar al adversario, sino en convivir y entenderse con él.

Fuimos unos ingenuos al pensar que en España se podía hacer la revolución socialista en el año 36, rodeados de fascistas como estábamos. ¡Sólo pudo creérselo el imbécil de Largo Caballero!



Sobre la II República

Yo, que he perdido más que nadie, le confieso que preparamos el terreno para que Franco se sublevara y triunfara durante cuarenta años.

Nuestra responsabilidad fue la de no haber sabido mantener el orden, cayera quien cayera.

Yo pensaba en la Iglesia y me decía: ¿qué adelantamos con combatir a la Iglesia?

Yo soy católico, apostólico y romano, a pesar de ser liberal. Propuse una corporación de derecho público, de manera que hubiéramos sido los católicos los que habríamos pagado a la Iglesia. Todo el mundo habría pagado y no habría pasado nada; pero, a pesar de que los curas tenían un sueldo mínimo de 6.000 reales, los dejamos sin comer. Fue una equivocación, un error tremendo, tremendo, porque tenían una fuerza enorme.

Los cuarenta años han sido consecuencia de aquella violencia. Arrancaban las medallas a las gentes, invadían las fincas, nadie estaba libre de que le dieran un tiro. En España había una mitad de españoles que estaban frente a eso.

No estábamos solos en España; la mitad estaba en contra nuestra.

Siempre se es reaccionario para alguien y rojo para alguien.



Sobre la guerra civil

Hubiera preferido, se lo digo sinceramente, que los sublevados contra nosotros los republicanlos, hubieran ganado la guerra el primer día. Me habrían asesinado a mí y a doscientos más, pero habría habido libertad a los dos o tres años, mientras que la guerra civil fue monstruosa, tremenda.

Si hubieran triunfado los nuestros, se habría proclamado el comunismo, porque nosotros, los republicanos, ya no contábamos.




Sobre Franco

A veces pienso que en él se unían el militar, el gallego y el judío [Albornoz estimaba, dado que el apellido Franco no es un apellido gallego, que podría ser de origen judío].

Casi nadie ha mandado tanto tiempo como Franco en España. La reina católica estuvo 30 años en el poder. Felipe II estuvo 42 años. Pero después de Felipe II nadie ha tenido tanto tiempo el poder como Franco. Ha sido una tremenda desgracia para España.

No soy capaz de odiar y creo que Franco se equivocaba. El vivía honestamente conforme a unas ideas absurdas. Hay personas que matan por placer, como Hitler, y otras que matan por convicción, como Franco.



Sobre su interpretación de la Historia

Para Castro, judíos, cristianos y moros estaban dándose la lengua durante la Edad Media y, de pronto, en el siglo XV, los cristianos se enfadan y se meten con los judíos y los moros. Como usted puede deducir, esto es teóricamente absurdo; si hubieran estado tan amigados, en esa simbiosis de la que habla Castro, es inconcebible que de pronto le entrara a los hispanos el sarampión de meterse con los moros y con los judíos.

Un puñado de orientales que al llegar a España en el 711 no tenían ni un siglo de islamismo, y un grupo de berberiscos recién convertidos al Islam, habrían hecho, según Castro, el milagro de arabizar a los pensadores de Al-Andalus en un abrir y cerrar de ojos, puesto que para él en el 711 se inicia la simbiosis de lo islámico y lo cristiano en el norte de España.

Galicia es 20.000 años a la defensiva, porque los pueblos que llegaban avanzaban hacia Galicia y de allí no podían pasar. Los gallegos anteriores, los que habían llegado antes, como no podían resistir, se acostumbraron a defenderse con la astucia; por eso los gallegos son los más listos de España.

La batalla de miles de años creó en los españoles un talante violento.

La Reconquista no fue ningún paso de ballet, sino una batalla tremebunda. Después de cada batalla, los musulmanes alababan a Alá sobre las montañas de cabezas cortadas a los cristianos. Bonita manera de convivencia, ¿eh?

Pensar que desde el poema de Cid a Las Meninas todo fue en España moro y judío, es un puro disparate.



Sobre las nacionalidades españolas

Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península. Es el último rincón de ésta, donde se habla todavía la lengua de buena parte de los españoles primitivos.

Soy enemigo de otorgar privilegios a los catalanes, vascos y gallegos.

Cataluña no es una nación, ni lo es Galicia, ni lo es Castilla. Todo ese conjunto forma una nación, que es España.

Los catalanes y los vascos viven de la vaca española.

Si quieren estudiar el catalán, que lo estudien; pero, al mismo tiempo, el castellano.

Barcelona quiere ser corte y capital,también Bilbao, y no se crea usted que para obtener la autonomía de Lérida y Gerona, sino para mandar desde Barcelona o Bilbao.