viernes, marzo 04, 2011

Ucronizando

Sé bien que hay mucha gente que encuentra inútil, incluso estúpido, discutir sobre ucronías. A mí, sin embargo, me parece bastante educativo; una forma muy creativa de aprender Historia, porque discutir de ucronías con un mínimo de solidez requiere tener algún conocimiento sobre los hechos pasados que es, al fin y a la postre, lo que buscamos quienes contamos la Historia y hacemos por difundirla.

Ucronías o What Ifs hay muchas. Pero a mí hay una que siempre me ha interesado especialmente. Es la que hoy formulo y sobre la que dejo algunas reflexiones, más para animar otras reflexiones que para intentar convencer.

La ucronía es: ¿En qué habría cambiado el franquismo de no haber muerto en la guerra José Antonio Primo de Rivera?

Mi reflexión al respecto se despliega en diversas sub-reflexiones o preguntas, que aquí os dejo.

Pregunta 1: ¿Cuál habría sido la evolución de José Antonio de haber sobrevivido a la guerra civil?

La Falange salió de la guerra civil siendo un movimiento fascista, más mussoliniano que nazi, basado en el nacionalsindicalismo. José Antonio Primo de Rivera era un hombre políticamente cercano a los postulados del fascismo y es difícil imaginarlo sosteniendo ideas diferentes tras la victoria militar de las tropas nacionales. Mi opinión es que JAPR habría compartido todos los grandes pilares de la ideología franquista: el anticomunismo, la obsesión con los masones, el concepto del destino imperial de España, el carácter de cruzada de la guerra…

Si nos preguntamos cuál de las distintas Falanges habría sido el sustento de la Falange de José Antonio, para mí está claro que habría sido la de lo que se dio en llamar «camisas viejas». Pero eso no es decir mucho: los «camisas viejas» cambiaron mucho de camisa durante el franquismo. La gran pregunta, para mí, es: una vez terminada la guerra mundial, ¿habría entendido José Antonio que debía evolucionar? Personalmente, creo que no. José Antonio tenía en gran valor la unión de su formación, hasta el punto de deshacerse de Ramiro Ledesma por la influencia disgregadora que ejercía, y no creo que jamás hubiera dado el paso de virar la nao en contra del parecer de sus bases. Y si José Antonio, dicen algunos, no era fascista, sus bases lo eran sin duda alguna.

Creo, por lo tanto, que José Antonio Primo de Rivera, vivo y coleando, habría supuesto un problema grave para el franquismo porque habría operado como dique para eso que los historiadores llaman el proceso de «desfascistización» del régimen.

Pregunta 2: ¿Habría podido Franco unificar a FET y de las JONS?

La unificación del falangismo y el carlismo fue posible porque toda una facción de Falange, la sureña más o menos comandada por Sancho Dávila, se avino a remar a favor de esa corriente e iniciar contactos con Fal Conde y su gente sobre una hipotética fusión, que Franco ya tenía decidida. Sancho Dávila, con José Antonio vivo, no se habría atrevido ni a dormir a menos de 200 kilómetros de un carlista sin una orden del Jefe. Falange y los tradicionalistas se habrían tenido que fundir con el apoyo, decidido y sin fisuras, de José Antonio.

Creo capaz a JAPR de tomar la decisión de apoyar esa fusión. Pero por una sola razón: porque fuese perentoria para ganar la guerra. Lo cierto, sin embargo, es que la fusión de FET y de las JONS no es un hecho que se pueda considerar fuertemente influyente en la victoria militar. A Franco se le empiezan a poner las cosas de cara en el 37 porque toma la decisión, que se demostró estratégicamente acertada, de dejar de obsesionarse con Madrid y virar hacia el Norte, donde en unos pocos meses dejó a la República sin músculo. Nada de eso tiene ninguna relación con la unificación política realizada en el bando nacional.

No encuentro, por lo tanto, ninguna razón para que José Antonio se viese impelido en el 37 a olvidarse del punto 27 de su ideario y apoyar la creación del partido único falanjo-carlista. Menos aún que fuese a aceptar que Franco fuese, como lo fue, su máximo dirigente. ¿Qué cargo le podría quedar a él? ¿Secretario General de un movimiento que fundó, alentó, defendió en circunstancias comprometidísimas, y que estaba cortado a su imagen y semejanza? ¿Aceptaría Zapatero ser el ministro de Fomento de José Blanco?

Reside aquí, pues, el principal problema que la supervivencia de José Antonio habría supuesto para el franquismo; aunque también pienso que no hubiese tenido difícil solución. No habría podido existir partido único. O sí; pero ese partido tendría que ser Falange. Ésta es, de hecho, la entente cordiale que creo yo podrían haber acordado Franco y José Antonio: el primero habría obtenido lo que quería, es decir un régimen de partido único, en un esquema de democracia orgánica; y el segundo también habría obtenido lo que quería, es decir que su partido fuese ese partido único, pero a cambio de no cuestionar la autoridad de Franco. El resto de los satélites del franquismo, carlistas incluidos, serían meros asteroides tácitamente permitidos.

Pregunta 3: ¿Habría sido Franco jefe del Estado?

Sí, sin duda. Los que mandan tras una guerra son los que las ganan, y la guerra civil, aún con José Antonio vivo, la habría ganado quien la ganó, y ése no es otro que el general Franco. Era una persona ambiciosa, incluso muy ambiciosa, e igual que nunca se le pasó por la cabeza dejar paso a la corona como le pedía la mitad de su generalato, jamás se le habría pasado por la cabeza cederle parte del poder a José Antonio.

A menudo leo a falangistas quejarse amargamente de que todo el mundo considere el franquismo y el falangismo como sinónimos, y no les falta razón. Lo primero y fundamental que fue el franquismo, fue una dictadura militar. Aquél a quien Franco siempre mimó, aquél con el que nunca se malquistó, aquél al que cuidó al máximo, no fue el falangismo, sino el Ejército. A mediados de los años cincuenta, apenas quince años tras el final de la guerra, Franco quiso comenzar a dejar clara su desafección respecto del falangismo dejando de nombrar a José Antonio en sus discursos; pero nunca dejó de vestir la guerrera de capitán general, de trufar sus gobiernos de personalidades militares, y de verse a sí mismo como lo que era, es decir un soldado.

El Ejército hizo a Franco Generalísimo y Caudillo, y no existe ninguna razón para que tomase una dirección distinta de vivir José Antonio. La mancha falangista en el Ejército que ganó la guerra era mucho, muchísimo más pequeña, que la mancha monárquica; y microscópica comparada con la mancha franquista. El Ejército español creía en Franco y, por eso, desde el primer minuto del 1 de abril de 1939, desde antes en realidad, habría dejado claro, también a José Antonio, que el candidato era Uno, y no era él. Y es posible que Primo, al fin y al cabo hijo de militar y de dictador, lo hubiera tenido que entender e, incluso, compartir.

Sin embargo, esto no quiere decir, a mi modo de ver, que el franquismo hubiese transcurrido por los mismos derroteros que transcurrió. Si Serrano Súñer, con un pedigree muchísimo menos valioso que el de José Antonio, se sintió con ganas y poder como para hacerle sombra a su cuñado (hasta que su cuñado se lo llevó por delante, claro), con mayor energía se lo habría planteado José Antonio.

Hay una cosa que, con JAPR en el mundo de los vivos, estimo que Franco no habría podido hacer: integrar la realidad partidaria como un elemento más del gobierno a través de la figura del Ministro Secretario General del Movimiento. Como digo, para mí la opción más probable es que José Antonio llegase al final de la guerra siendo lo que era al principio, es decir Jefe Nacional de Falange Española y de las JONS. Sus partidarios nunca permitirían otro status para él, entre otras cosas porque el hecho de que fuese nueve años más joven que Franco sería un acicate para todo aquél que soñase con una retirada del general. No se olvide que en 1957, Franco ya tenía 65 años; que viviese 18 años más no nos debe hacer olvidar que en ese momento no era tan descabellado pensar que tal vez durase poco.

Dicho esto, sin embargo, también hay que decir que la ucronía basada en imaginar a un José Antonio ultrapoderoso tiene sus puntos débiles. Buena parte de las cosas que hizo Franco desde el momento en que el Eje perdió la guerra no las hizo por convicción, sino por cálculo político. José Antonio, con toda su brillantez retórica, no habría podido evitar el hecho de que la España de los años cuarenta y cincuenta era un país fuertemente dependiente de los que quería fuesen sus nuevos aliados; y estos aliados tenían reivindicaciones que hacer. La deriva del franquismo hacia la monarquía fue la consecuencia de una presión, en parte del generalato, en parte de los comprensivos pseudosocios democráticos de la España franquista. Ni al Foreign Office ni a la Casa Blanca le cuadraba una España repleta de jovenzuelos con camisa azul marcando el paso por la calle Alcalá.

Es probable, por lo tanto, que José Antonio tuviese, al fin y a la postre, que olvidarse de sus sueños de una España concebida como un inmenso sindicato de productores bajo la dirección de un Mando Único. El sindicato falangista, bajo su mano, probablemente se habría ajado y convertido en un mastodonte burocratizado, más o menos en la misma medida en que le ocurrió realmente.

Pregunta 4: Pero… ¿habría aceptado José Antonio ser un segundón?

La contrapregunta, a la gallega, es: ¿habría tenido otra alternativa?

Por mucho que José Antonio hubiese sido canjeado, su papel en la victoria militar de la guerra civil habría sido marginal. En 1939 no habría estado en condiciones de reclamar un puesto en las instituciones del poder efectivo y, además, al finalizar la guerra, cuando en todo el mundo democrático se excitó el antifranquismo como colaborador de los régimenes fascistas, con JAPR vivo ese sentimiento habría sido, fundamentalmente, antifalangismo. Las sanciones de la ONU, la Nota Tripartita, la retirada de embajadores, etc., habrían jugado claramente en su contra. Él era el que llevaba camisa azul antes que nadie, el que levantaba el brazo antes que nadie, el que era considerado líder del fascismo español antes que nadie. En tales circunstancias, por mucho que él se pudiese sentir capacitado para ello (pues la ucronía sobre la que es casi imposible escribir es la pregunta de hacia dónde habría evolucionado el pensamiento joseantoniano), su figura estaría totalmente descartada para pilotar el viaje hacia la como-Democracia que se montó Franco para tranquilizar a las cancillerías. Además, sinceramente no me imagino a los enviados de Washington negociando la implantación en España de bases militares con José Antonio Primo de Rivera.

Como corolario, dos ideas:

Una: José Antonio Primo de Rivera no perdió la oportunidad de ser el jefe del Estado español. Simplemente, nunca la tuvo. Falange Española fue el instrumento de una revolución inversa que sus perpetradores conocieron como Alzamiento Nacional y nosotros conocemos como golpe de Estado del 36. El instrumento no quiere decir el Demiurgo, como no quiere decir el general en jefe. En el momento del golpe de Estado, si hemos de creer a Ángel Alcázar de Velasco, no había en España más de 2.200 falangistas. Cierto es que con menos que eso Vladimir Lenin giró los goznes de la Historia de Rusia durante más de medio siglo; pero los falangistas de José Antonio no eran bolcheviques. Eran jóvenes exaltados, muchos de ellos adolescentes, preparados para muchas cosas entre las cuales no estaba liderar un país.

Nunca la tuvo, y nunca la habría tenido. Terminada la guerra, todo habría conspirado contra su liderazgo real, y «todo» incluye al propio Franco y, por supuesto, el Ejército. Además habría tenido el gran problema de que, de decidirse por la batalla, tendría que contestar a las preguntas de contra quién, y para qué. José Antonio no era tonto, y hubiera sabido bien que, de ponerle la proa a Franco, en México los exiliados brindarían con champán.

Dos: Franco, y de esto hablaremos pronto, quería ser lo que fue desde muy pronto. La suya es una estrategia milimétricamente diseñada cuyo final es la jefatura del Estado y la dictadura personal más larga de la Historia de España. Franco no fue un militar encumbrado por las circunstancias, sino un estratega con extraordinaria habilidad en el manejo de los tiempos a quien el destino puso un sable en la mano en el momento justo. Históricamente hablando, Franco es una ola, y el franquismo una marejada. Las mareas fuertes arrastran consigo todo lo que encuentran; si son barcas, barcas. Y si son personas, personas.

Como conclusión, pues, estoy inclinado a pensar que la supervivencia de José Antonio Primo de Rivera habría cambiado mucho las cosas, sí, pero no esencialmente.