viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma

Puesto que no dudo del natural virtuoso de mis lectores, sé que no les descubro nada especial si les informo que esta semana hemos entrado en cuaresma, es decir en el tiempo de recogimiento y medio gas que sigue al carnaval, cuya función teórica es darle una alegría al cuerpo antes de entrar en este periodo de ayuno.

Debo confesar que yo nunca he respetado la cuaresma, aunque puedo aducir en mi defensa que tampoco respeto, por así decirlo, el carnaval, dado que es una fiesta que no entiendo. Como digo, el carnaval se supone que está ahí porque, antes de los cuarenta días de privaciones y la austera Semana Santa, es preciso calentar el cuerpo con una última juerga. Sin embargo, las lecturas históricas vienen a demostrar, a mi parecer, que maldita la falta que ha hecho nunca el carnaval, porque lo que la gente ha hecho mayormente ha sido pasarse la cuaresma y la Semana Santa por el arco del triunfo. Ahí están, sin ir más lejos, las crónicas de la época de Felipe II, en las que se nos cuenta que incluso el buen rey tuvo que intervenir en favor del recato en el vestir de muchas damas en las misas de Semana Santa, a las que acudían a varias cosas además de a llorar la muerte de Jesucristo y celebrar su resurrección. Así pues, si el personal lo que hacía era holgar y privar, no se entiende muy bien por qué necesitaba hacerlo en carnaval.

Originalmente, aunque sólo lo respetaban los muy radicales, la cuaresma católica suponía la abstinencia de la comida y también de la bebida salvo a ciertas horas (regulación corporal que, como vemos, se parece bastante al Ramadán musulmán), sumada a otra medida que es la que más extensión ha tenido e incluso tiene, como es no comer en los días de abstinencia ciertos alimentos.
La cuaresma tradicional prohibía, en los días de abstinencia, la carne, la grasa animal de todo tipo, los huevos y los lácteos. Pero hace mucho tiempo que los españoles, por el hecho de serlo, podemos tomar en cuaresma huevos y lácteos, pues disfrutamos de permiso papal para ello.
Se tiene por claro que la Cuaresma, como todos los ritos católicos, tiene orígenes precristianos. Al igual que la Navidad tiene su origen en las fiestas romanas y la Semana Santa se parece bastante a otras celebraciones paganas (como el entierro de Adonis), se sabe que los judíos cuaresmaban, según algunos por costumbre instituida por Moisés, según otros por costumbres que adquirieron cuando todo el mundo los llamaba apiru, es decir cuando vivían en Egipto. Nada hay de extraño en ello porque, como ya hemos dicho, casi todas las sociedades organizadas religiosamente tienen cuaresmas de diverso tipo. Los musulmanes la tienen y en algún sitio tengo leído que los budistas también (aunque esto es algo que Tiburcio puede adverar o negar con mucho más conocimiento de causa que yo). Se ha dicho también a veces que la cuaresma es una medida tendente a generar, siquiera indirectamente, una parada biológica para la caza y, de esta manera, sostener la población de las especies que los hombres se comen. A mí me cuesta creer en esta tesis; si la cuaresma es inmemorial, entonces fue instituida en unos tiempos en los que el hombre, por mucho que quisiera cazar, no estaba en condiciones de diezmar nada.

Lo que sí parece lógico es que la cuaresma tenga un origen de higiene corporal trasnmigrado en motivo religioso para así poder extenderlo entre la población. Hemos de recordar, en este sentido, que nuestros tatarabuelos comían mucho peor que nosotros; sin ir más lejos, tenían un aporte de grasas animales y colesterol muy superior al nuestro, por no mencionar la bastez de sus bebidas alcohólicas. La medicina premedicinal, por llamarla de alguna manera, se basa a menudo en concebir la salud como una situación de equilibrio que se rompe con la enfermedad; así pues, es lógico concebir, desde esa mentalidad, que los desequilibios provocados por la gula se equilibren eliminándola durante un tiempo. Al fin y al cabo, el hombre moderno es así cada vez que, llegando a casa en la tarde tras una comida opípara, decide no cenar para compensar (cosa que, parece ser, los nutrólogos consideran sirve de más bien poco).

Fue en el Concilio de Nicea, verdadero eje y pivote de nuestra religión católica, donde la cuaresma se discutió por primera vez de una forma sistemática. Pero eso no quiere decir que Nicea estableciese la cuaresma; en rigor, lo que hizo fue canonizar una práctica ya totalmente extendida en el orbe de la iglesia romana. Los doctores teólogos decidieron que era una creación apostólica como pudieron decidir que se le había ocurrido a Cristiano Ronaldo pues, como digo, ni ellos ni nadie tenían ni vulpeja idea del origen de la costumbre. La instituyeron, por cierto, algo más lenitiva que la posterior, pues sólo duraba 36 días. Lo de los cuarenta días, con sus cuarenta noches, no llegó hasta el siglo IX.

Aquella cuaresma de los primeros tiempos del cristianismo, puesto que estaba tomada de las costumbres judías como las que el propio Jesucristo respeta en la última cena, tiene un hondo sabor hebreo, a sabbath. Los fieles habían de abstenerse de comer carne y beber vino en todo caso, y sólo podían tomar una colación, a las seis de la tarde, compuesta de alimentos permitidos (pan, hortalizas y frutas). Pero, además, debían vestir de forma modesta, dar limosnas, velar (privarse del sueño), absternerse de todo recreo e incluso del trato demasiado estrecho con gente. A los esposos se les pedía continencia, aunque no exactamente que no hiciesen nada.

El pescado siempre fue alimento permitido en cuaresma, pero eso, a partir de un par de cientos de kilómetros de la costa, era ciencia-ficción, porque no llegaba. Este verano hará 28 años de un estío en el que gasté unos días de mis vacaciones en la hospedería monástica de Santa María de Huerta, que está, si no me equivoco, cerca de la raya de Aragón. Allí los frailes me contaron varias historias de lo que habían leído en los legajos de sus archivos, entre las cuales me decían que allá por la Edad Media el poderoso abad de Santa María, por cuaresma, fletaba un convoy non-stop desde Santander que traía pescado para los frailes y para el pueblo entero. El carro, me decían, era un rápido que iba a toda hostia desde su origen, parando tan sólo para cambiar las postas, con el objeto de que el pescado llegase razonablemente fresco. Ignoro si la historia es cierta o no, pero la verdad es que, puesto que los frailes no tenían motivos para mentirme, tampoco los tengo yo para no creerles.

Contra lo que pueda parecer y defiende la imaginería hispana, siempre tan proclive a la iconoclastia, España no fue un país que se distinguiera por su dureza a la hora de imponer la cuaresma. En Francia, Luis XIV, en 1671, ordenó a la policía que realizase registros domiciliarios desde el Miércoles de Ceniza hasta Pascua, para requisar cuantos alimentos prohibidos encontrase en los hogares. En esa misma época la marquesa de Montpensier, que cruzó la raya de los Pirineos para asistir a las extrañas bodas de Luis XIV con María Teresa, hija de Felipe IV, se escandalizaba de que los aristrócratas españoles invitasen a cenar a los franceses y les diesen carne en viernes. Otras crónicas anteriores nos pintan a Felipe III cenando sólo en viernes porque tenía la costumbre de cenar carne.

El asunto de qué es o no es alimento de vigilia ha dado siempre para mucho. Ya he contado en este blog que la duda afectó en su día al chocolate bebido, que fue finalmente declarado alimento de vigilia. La principal duda, sin embargo, ha afectado siempre a los anfibios, tales como las ranas, o a las tortugas, al caracol, la nutria, el castor... animales, en general, que viven más en el agua que en la tierra. Tras sesudas reflexiones, los doctores teólogos acabaron por dictaminar que la grasa de todos esos animales no es en modo alguno comparable a la grasa de, un suponer, el cordero o el cerdo (en esto les doy la razón), y que, por lo tanto, podían ser considerados alimentos de vigilia.
De hecho, os puedo dar aquí la instrucción que la Iglesia católica le facilitó a Victoria, infanta de Francia e hija de Luis XV, cuando ésta, que era extremadamente religiosa a la vez que toda una Arguiñano, mostró sus reticencias sobre la posibilidad de poder o no comer en vigilia cierto pájaro acuático.

Se ha, le dijeron, de asar el pájaro o lo que se quiera comer. Una vez asado, se pincha con una aguja larga, como de punto, y se vierte el jugo que salga en un plato que ha de estar helado (hoy diríamos: un plato que haya estado un buen rato en el congelador).
Si al cuarto de hora de haber vertido el jugo, éste ha cuajado y aparece espeso, es grasa animal, así pues no se puede comer en vigilia. Pero si permaneciese líquido, entonces delata su condición aceitosa, no grasa, y se puede comer.

Pues, hala, a disfrutar (en la medida que se pueda).