domingo, mayo 15, 2011

La "normalidad" del 36 (14: ... y Calvo Sotelo)

El líder del Bloque Nacional no se muerde la lengua. Nada más comenzar su perorata, brama hacia los escaños del gobierno y de la izquierda: «Vosotros, vuestros partidos o vuestra propaganda insensata, han provocado el sesenta por ciento del promedio del desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad». En las últimas semanas, continúa más adelante, ha ocurrido además que el Frente Popular se ha roto, refiríendose a la postura de la CNT. A pesar de ser contestado por diputados de izquierda en el sentido de que la CNT nunca formó parte del Frente Popular, Calvo Sotelo insiste en que el millón de votos aportado por los anarquistas en febrero fue el que dio la victoria a las izquierdas; y, consecuentemente, puesto que ahora la CNT se ha separado de la coalición, ésta tiene apenas una representación minoritaria.

«Aquí», continúa el diputado, «hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas. Diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado y apóstoles del comunismo libertario; aquí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesionales liberales que a estas horas están arrepentidos de haberse equivocado el 16 de febrero al dar a sus votos el camino de perdición por donde nos lleva a todos el Frente Popular». Como se ve, la opción estratégica de Sotelo aquel 16 de junio es tratar de arrastrar a los políticos no obreristas fuera del Frente Popular, explotando la sensación de ahogo que sabe que sienten. Apenas unos días después de este debate, según recuerda Sánchez Albornoz, el propio Azaña apostilla un informe que le acaban de presentar sobre los conflictos de la calle con un lúgubre: «pues ya estamos listos para que nos fusilen». «Nos», sin duda, se refiere a los republicanos burgueses.

Distinguió en su discurso Calvo Sotelo dos tipos de desorden: el económico y el militar. El primero era causado, según él, por la lucha de clases, y el segundo por «la generación de un concepto democrático que arruina todo sentido de autoridad nacional». A su modo, un tanto simbólico, Calvo Sotelo elaboró en este punto del discurso una advertencia que parece bastante clara a la luz de los hechos: la inexistencia de autoridad es el fulminante que hará que los cuartos de banderas se alcen.

Frente al caos económico, Calvo Sotelo defiende un Estado integrador, administrador, dice, de justicia económica, sin capitalismo abusivo, sin salarios de hambre, sin «libertad anárquica» ni «destrucción criminal». Y, una vez que ha horneado el pastel, le pone la guinda: «a este Estado le llaman muchos Estado fascista. Pues si ese es el Estado fascista, yo, que participo de la idea de este Estado, yo que creo en él, me declaro fascista».

Contra lo que pueda parecer, la reacción que registra el diario de sesiones es más bien tibia. Los diputados de la izquierda, de hecho, se limitan a comentar, jocosamente, que la confesión del diputado no es ninguna novedad. Impertérrito, Calvo Sotelo continúa desarrollando su discurso, hablando ahora del principio de autoridad y del Ejército, contra el cuál, añade, se han producido recientemente ejemplos de desprecio intolerable. En un momento de su intervención realmente polémico, Calvo Sotelo afirma que no cree sinceramente que en España haya un solo militar dispuesto a alzarse a favor de la monarquía; pero la misma convicción guarda también para la idea de que «sería un loco el militar que no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera». Esta frase provocó un broncón en las bancadas de la izquierda y una admonición del presidente: «no haga su señoría invitaciones que fuera de aquí puedan ser mal traducidas».

En una estrategia que no puede ser espontánea, Calvo Sotelo va de menos a más. Comienza con anécdotas de poca monta, como un problema surgido en Toledo con unos militares que asistían a un curso de gimnasia. Luego saca a pasear el asunto de Alcalá de Henares, que ya hemos visto terminó con el traslado de dos regimientos y un caso de grave insubordinación por parte de los mandos, y que provoca protestas mil entre los diputados del Frente Popular por lo que suponen las palabras de Sotelo de amparo parlamentario a un delito; y, finalmente, llega el diputado del Bloque Nacional al caso de Palenciana, donde un guardia civil, brama, «fue decapitado con una navaja cabritera».

Ahí se monta la mundial. Los diputados del FP se levantan de sus asientos y fremen. Acusan a Calvo Sotelo de mentiroso y aseveran que esa acusación es falsa. Entonces, Calvo Sotelo dice: «¿Que no es cierto que el guardia civil fue internado en la Casa del Pueblo y decapitado? El que niegue eso es....».

Las actas del pleno no recogen la expresión concreta, así pues tuvo que ser de hijo de puta para arriba. Por supuesto, el presidente le insta a retirar esas palabras, a lo que Calvo Sotelo se niega porque dice que sólo son su respuesta a una afirmación dicha por el diputado Carrillo (Santiago) de que su acusación había sido una canallada. En medio de un follón de mis demonios, Martínez Barrio da por retirados lo insultos de Calvo Sotelo, ante lo cual los diputados de la derecha exigen a gritos que se retiren los de Carrillo (el cual, por cierto, responde con más insultos). No es hasta que Martínez Barrio le reconviene al dirigente de las JSU su lenguage y da también por retirados sus insultos, que la cosa puede continuar.

Como puede verse, el mito es cierto: las Cortes republicanas son un dechado de prístina habilidad retórica y cortesía parlamentaria.

Termina Calvo Sotelo dirigiéndose directamente al presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga. Ante las contestaciones de éste, un tanto sobradas, Calvo Sotelo se refiere al «estilo de improperio propio del antiguo señorito de La Coruña», lo cual inicia otro sub-debate en torno a la condición proletaria o altoburguesa del presidente del Gobierno.

Este rifirrafe final, con seguridad, influyó en la decisión de Casares, quien cambió de idea y, en lugar de esperar a la intervención de otros oradores como era su primera intención, decidió levantarse para contestar a Calvo Sotelo inmediatamente. Negó haber tomado medidas por imposición del Frente Popular, afirmación que queda elegante pero es poco creíble, porque no fueron, desde luego, las necesidades tácticas del Ejército español las que forzaron el traslado de los dos regimientos alcalaínos. Y después pronunció la que puede considerarse La Frase. La gran frase que ha pasado a la Historia, y que se produjo comentando las insinuaciones de golpismo realizadas anteriormente por el diputado de las derechas:

«Yo no quiero incidir en la falta que cometía su señoría, pero sí me es lícito decir que, después de lo que ha dicho su señoría ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría».

Después, el discurso de Casares se dedicó a quitarle importancia a los disturbios de la calle y a echar mano de un recurso bien conocido y, como decía anteriormente, en parte cierto: echarle la culpa al gobierno anterior, de otro color. Para Casares, lo que hacían las derechas criticando la anarquía de la calle era «examinar su propia obra»; más aún, culpó a los patronos de los excesos de los obreros.

En otras palabras: Calvo Sotelo, que en mi opinión algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas (pero no todo; de haber estado bien informado, sus asesinos no le habrían encontrado en casa y en bata, sino que se habría ausentado de su domicilio, como Gil Robles o Goicoechea), hizo un discurso destinado a enervar a los bancos de la izquierda y dirigido a quienes no estaban en el Parlamento. Calvo Sotelo intentó que su voz llegase hasta los cuarteles pues, probablemente, el 16 de junio ya estaba convencido de que la única salida a la situación era la iniciada el 18 de julio.

Por su parte, Casares Quiroga hizo algo que es bastante habitual en las izquierdas gobernantes, que es tratar de actuar como si fuesen oposición. Se olvidó de que, cuando uno es el que gobierna, en realidad el origen de los disturbios da igual; lo importante es que demuestre que está haciendo todo lo posible por sofocarlos y, en este sentido, su discurso se quedó retóricamente cojo (cosa que no debe extrañarnos, teniendo en cuenta la rampante mediocridad de su autor).

Después de Casares habló Dolores Ibárruri, como siempre sustantivando un compromiso de hierro con la verdad de las cosas. Habló, cómo no, de Asturias, y citó casos de revolucionarios que habían visto extirpados sus testículos, o de mujeres colgadas vivas, niños fusilados, madres obligadas a contemplar las sesiones de tortura en la persona de sus hijos, y hasta niños a los que se les habían saltado los ojos. Pasionaria, como digo, siempre en su mundo. Que yo sepa, jamás pidió la menor disculpa, ni la han pedido sus herederos, por soltar una sarta de mentiras tan grave en sede parlamentaria.

Entre las varias réplicas habló Calvo Sotelo de nuevo. Y lo hizo, entre otras cosas, para contestar a la apelación de Casares, con palabras multrirrepetidas en los libros de Historia:

«Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde el banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Pues bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de su señoría. Me ha convertido su señoría en sujeto y, por tanto, no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que pueden nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ni una de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más!»

Mientras continuaba el debate, diputados de izquierdas redactaron una proposición incidental que fue la que finalmente se aprobó. En la misma se decía que no había lugar a votar la proposición presentada por las derechas (esto es: ni siquiera la derrotaron, sino que la dieron por no presentada) y añadían un voto de confianza en el Gobierno «para la realización del programa del Frente Popular».

La sesión de 16 de junio del 36 es histórica, aunque no por los motivos que habitualmente se han manejado. Teóricamente, es el momento, el franquismo dixit, en el que el gobierno del Frente Popular anunció su presunta intención de acabar con la vida de Calvo Sotelo. Es una teoría poco creíble. En primer lugar, en un parlamento en el que se habían escuchado amenazas de muerte tan simples como directas (así, la de José Díaz hacia Gil Robles), las palabras de Casares Quiroga se han querido intepretar como una amenaza, pero para mí que no lo fueron. Si analizamos la frase del sectario republicano gallego, creo que lo racional es sostener que la intención más probable de sus palabras era advertir a Calvo Sotelo de que si algún día los militares se alzaban, le consideraría como parte actora e impulsora de dicha conspiración; lo cual está muy lejos de definir lo que finalmente le pasó a Sotelo. A mi modo de ver, pues, las palabras de Casares Quiroga no tuvieron nada de proféticas ni fueron pronunciadas pensando, a un mes vista, en una acción de asesinato presuntamente ya decidida o discutida; entre otras cosas, porque dudo mucho de que a Casares le diese la neurona como para planificar ni el color de su calcetín derecho a un mes vista.

Lo importante de la sesión, por lo tanto, no está en la tan traída y llevada condena en avance de Calvo Sotelo, sino en el hecho en sí de que el Gobierno del Frente Popular, en las horas que duraron los debates, decidió taparse los ojos. Las izquierdas, en ese punto, ya sólo sabían decir dos cosas: en primer lugar, que los hechos denunciados eran falsos, como hicieron los diputados cordobeses con los hechos de Palenciana; a pesar de que, como con notable desparpajo les recordó Calvo Sotelo, en España la censura de prensa podía funcionar, pero no con ello había impedido que el asesinato de Palenciana fuese publicado en periódicos franceses, por lo que era de general conocimiento. La segunda cosa que dijeron las izquierdas era que la culpa era de sus enemigos. O sea: no había violencia y, si la había, era cosa de los patronos.

Manuel Azaña, en su repugnante, por lo autocomplaciente, Velada de Benicarló, abordará este mismo hecho a su manera, tratando de presentar a los gobernantes republicanos como pobres hojitas de pino arrastradas por la corriente violenta del río de las dos españas. Olvida Azaña en sus lacrimógenos repasos de lo que hizo y de lo que no hizo como gobernante que esas tiernas hojitas de pino fueron, en realidad, señores que tenían en su poder los resortes del Estado. Tenían, pues poderes que usaron cuando usaron, y no usaron cuando no usaron; y cuando no los usaron, los únicos responsables de ello, proveniesen los disturbios del egoísmo patronal, de la cabestrez anarcosindicalista o del terrorismo de camisa azul, fueron esos mismos gobernantes, que se quedaron tan tranquilos, en sus palcos de ópera, haciéndose pajas mentales a base de imaginar las grandes cosas que la Historia acabaría por decir de ellos.

El mensaje del 16 de junio no es: en España hay un caos. El mensaje es: en España hay un caos, y el Gobierno no está dispuesto a sofocarlo. Es más: está dispuesto a alentarlo, de palabra, obra o, sobre todo, omisión, cuando quienes alimenten la mala leche sean socios de su club. Por decirlo de otra manera, las izquierdas, el 16 de mayo, no le dieron al general Emilio Mola ni una sola razón, por pequeña que fuese, para romper sus instrucciones y cesar en los contactos que ya estaba desarrollando.

Las derechas, por su parte, se echaron al monte aquel día de junio. Quizás Gil Robles, que lo montó todo con su proposición, pensaba en tener un debate de acoso al Gobierno. Pero, tras pedir la palabra Calvo Sotelo, la cosa cambió. Las izquierdas no tienen un poco de razón en sus reproches; la tienen toda. Calvo Sotelo sobrepasó aquella tarde todas las líneas rojas e hizo un discurso que no tenía por destino los diputados de la nación, sino los cuartos de banderas. No fue un discurso golpista, pero tampoco lo fue legal. Quiso el Bloque Nacional dejar claro que las derechas estaban agraces para estar en un golpe de Estado contra el gobierno, y lo dijo sin sutilezas.

El 16 de junio del 36, al cierre de aquel debate estéril, aún antes de la muerte del teniente Castillo y del propio Calvo Sotelo, de alguna manera, el plano inclinado que llevaba a la guerra civil adquirió una pendiente tan pronunciada que ya no era posible no caer.