martes, mayo 17, 2011

La "normalidad" del 36 (15: ¿que narices puedo poner para ser original?)

El mismo día 16 que se celebra el debate parlamentario, hay 100.000 trabajadores en huelga sólo en Madrid. En varias provincias agrícolas, la quema de cosechas ha acabado con la práctica totalidad de ellas. En Cádiz se declara la huelga general y el pan debe ser elaborado por el Ejército. El día 18, la CNT llama a una huelga de dependientes de comercio que deja los mostradores de toda España sin servir. Ese mismo día dos falangistas, José Luis Obregón Siurana y Luis Cabañes Abarca, son asesinados. Más muertos de junio: uno en Valladolid, otro en Albacete, otro en Orihuela (Alicante), y un último en Sevilla, en el curso del asalto a un almacén de cereales. El día veinte estallan en Madrid once bombas. Once.

Se muere el comandante Pedro Romero, instructor de las milicias izquierdistas. A su entierro va al presidente del Gobierno, cuatro ministros y varios generales; frente al féretro desfilan las milicias comunistas, en un acto castrentoide bastante extraño a los ojos del presente.

Jesús Hernández, en el congreso del Partido Comunista madrileño, perpetra esta perla: «Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1879, los trabajadores franceses cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la República española no haya cargado todavía ninguna carreta de nobles». Años después, cuando se cayese del guindo estalinista, Hernández engrosaría la fila de plañideras que escribirían páginas y páginas sobre sus burradas como dando la impresión de que quien las había cometido fue otra persona. La verdad es que Hernández, por mucho que se arrepintiese después, fue un dedicado recadero moscovita. Él mismo confiesa en sus memorias que estuvo a punto de matar a Prieto, antes de la llegada de la República. Su momento dulce llegó con la guerra civil, cuando, junto con Vicente Uribe, copó la cuota comunista en los gobiernos republicanos y, desde allí, se dedicó a trabajar por la dirección comunista de la guerra. Suyo es el discurso de Valencia en el que desgranó un florilegio de dicterios contra Largo Caballero, que sirvieron para echarlo del gobierno cuando se enfrentó con los comunistas (echó al embajador soviético en España, Rosemberg, de su despacho). Luego, como digo, le daría por hacer repaso crítico de su pasado; una benicarlada más.

El 23 de junio, es cosa archisabida, Franco le dirige su famosa carta al presidente Casares. La carta de Franco es, antes que cualquier otra cosa y dijese lo que dijese la propaganda franquista, una carta corporativa. Lo primero de lo que se queja Franco en la misiva es de la reincorporación al Ejército de militares implicados en la chorrada del 34 en Cataluña, la eliminación de la antigüedad como elemento para el ascenso y su sustitución por dosis crecientes de arbitrio ministerial. Cierto es que los políticos se quedan solos cuando se trata de nombrar ejecutivos, sean ellos magistrados del Tribunal Contitucional, consejeros de RTVE o lo que se tercie; pero, la verdad, yo nunca he entendido muy bien la prelación de la antigüedad en el Ejército. Un idiota de la vida de 55 años no deja de ser bastante más idiota que él mismo con 30 años. Pero aquí lo importante, a mi modo de ver, es que lo primero de lo que Franco quiere hablarle al presidente no es del caos, sino de la falta de orden en los ascensos. También protesta, justo es reconocerlo, por conflictos como el de Alcalá de Henares; pero lo hace en un segundo plano.

Hace la carta profesión de respeto constitucional castrense pero, acto seguido, y como buen gallego, plantea las cosas de modo y forma que lo primero dicho no tenga, en realidad, importancia alguna: «La falta de dignidad y justicia de los poderes públicos en la Administración del Ejército en 1917 hizo surgir las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas». Una vez más, no nos encontramos con un discurso basado en el clima de violencia, sino en la ausencia de una adecuada administración de lo militar. Una vez más, pues, el mensaje es corporativo.

Cabe preguntarse por qué escribió Franco a Casares aquella carta. Cuando el general era el jefe del Estado, y puesto que la historiografía oficial iba de demostrar que sus pedos olían a rosas, se trató esta carta como un signo de fidelidad constitucional hasta el último segundo que, lamentablemente, fue traicionada por la deriva de la República y, sobre todo, por el asesinato de Calvo Sotelo. Una teoría bastante endeble, pues a finales de junio ya está Mola dándose de cabezazos contra el difícil muro tradicionalista y, por lo demás, lleva ya muy adelantados los planes para el alzamiento, que de hecho tiene ya fechas tentativas.

Desde un punto de vista antifranquista, por otro lado, se puede pensar que la carta de Franco es la típica carta nenaza del que quiere ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. De quien sabe que es pieza fundamental en el golpe de Estado, que su prestigio militar le es muy necesario a los conspiradores; pero que, al mismo tiempo, quiere quedar bien con el gobierno de la República por si acaba siendo el vencedor de la movida, como de hecho lo fue, puesto que si los nacionales ganaron la guerra civil, el ganador del golpe de Estado del 18 de julio es, sin duda alguna, el Gobierno. Franco, que algo sabía de estrategia, bien podría tener la mosca detrás de la oreja.

Yo, personalmente, me decanto por otra teoría. Una teoría que creo consistente con la personalidad de Franco, un tipo que tenía muchos defectos, pero que contaba con una de las principales virtudes de los líderes políticos: un sentido especialmente desarrollado para la gestión de los tiempos. Esto es algo que pretendo explicar en la próxima serie que quisiera escribir, dedicada a cómo escaló Franco hasta el poder omnímodo en la España nacional, y cómo lo conservó; pero baste con formular hoy que esta maestría en la gestión de los tiempos es un cornerstone de su estrategia. En junio de 1936, es mi teoría, Franco sabe que van a pasar muchas cosas, y muy deprisa. A mi modo de ver, y esto es algo desde luego muy discutible porque son muchos los que lo discuten, las fidelidades del general están absolutamente claras. Franco piensa, probablemente mucho antes de junio del 36, probablemente ya desde las desilusionantes respuestas que le da Portela Valladares a sus admoniciones, que ya sólo hay una salida para la situación. A mi modo de ver, la carta a Casares es una pequeña cortina de humo.

¿Sabe Franco, en el momento de escribir esta carta, que más o menos desde mediados de abril, cuando muchos de los militares obrantes en el entierro del alférez De los Reyes comenzaron a ser trasladados, el general Mola controla la Unión Militar Española y cuenta con una actitud, si no comprensiva, al menos no abiertamente contraria, de Falange? Sería difícil decir que no. Y hay otro factor importante. La propuesta que yo le hago a mis lectores es que lean la carta de Franco a Casares colocándola junto a las admoniciones remitidas a Portela meses antes. Si las neuronas del lector emiten en la misma onda que las mías, observará algo que no tiene mucho sentido. En febrero del 36, la obsesión de Franco es convencer al presidente del gobierno de que hay un intento comunista por hacerse con el poder, que la calle es un caos, y que hay que hacer algo para defender el orden. Cuatro meses después, su obsesión es el desorden interno en el ejército, la resurrección de las Juntas Militares a través de la UME, y los desplantes sociales al Ejército. De haber una lógica en ambas argumentaciones, debieran haber ido en orden inverso. Si en febrero del 36 había un peligro en la calle, en junio, después de centenares de muertos, incendios, asaltos, etc., ese peligro se había multiplicado por sí mismo. A mi modo de ver, pues, la carta de Franco tiene un punto absurdo que hace que haya que pensar que fue redactada por motivos más o menos laberínticos.

¿Qué pretende Franco con la carta? ¿Ir de acusica? Sostener esa teoría es propio de un guionista histórico de televisión; con ello quiero decir que es una chorrada. Cuando uno le quiere contar al presidente del Gobierno que la Brunete va a bombardear la Cibeles mañana por la mañana, no le manda una carta. Franco, a mi modo de ver pues, no quería ganar puntos ante el Gobierno; más bien creo que quería añadir presión a su manera, extremadamente prudencial. Mi teoría es que Franco, en junio del 36, no es que no esté decidido a unirse al golpe, como se ha dicho y escrito alguna que otra vez; de lo que no está convencido es de que el golpe vaya a tener éxito. Pero, estratégicamente hablando, está comprometido con el movimiento y, por ello, le escribe la carta a Casares Quiroga.

Porque yo le veo una utilidad a la carta: desviar el punto de mira de Casares. Meticulosamente estudiada para no hacerla aparecer como una amenaza relacionada con el clima de violencia en la calle, quizá hizo que el primer ministro retirase parte de su mirada del capitán general de Canarias. Por dos veces en los dos últimos meses antes del golpe de Estado llamó Casares al teniente coronel Yagüe a Madrid, probablemente para pulsar lo que más le preocupaba: el ambiente en el ejército africano. Por este detalle podemos apuntar la idea de que, tal vez, Casares se equivocó. Recordad el consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Si Casares quería tener cerca a Yagüe, al que, como teniente coronel que era, podía haber enviado sin problema de agregado militar a la embajada de España en Indonesia, es porque le temía. Si esto es cierto, entonces hemos de concluir que si no llamó a Franco, es porque no le temía.

Probablemente, Casares pensaba que controlando a Yagüe, controlaba al ejército de África. No se dio cuenta de que quien, realmente, mecía la cuna de las harkas era el enano de Canarias; el tipo que le había escrito aquella carta. Si a eso unimos el famoso episodio de la visita de Alonso Mallol a Pamplona, con la intención de pillar a Mola, y que éste conocía de antemano por un comisario local (haber sido director general de Seguridad tiene estas gavelas), podemos entender por qué a Casares le montaron un golpe de Estado en sus mismas narices, un golpe del que muchos le avisaron, sin que él lo creyese nunca. Bueno, claro, hay un tercer factor, para qué negarlo. Casares, como Azaña, sólo se escuchaba a sí mismo.

El 1 de julio, un socialista llamado Diego Robledo sale de la Casa del Pueblo de Huelva cuando es acribillado hasta morir. En La Coruña, en esos días, los izquierdistas paran un autobús, obligan a todos los viajeros a bajar, localizan a los hermanos derechistas José y Francisco Freire Caamaño, y los matan a tiros. De paso que disparan, ya van y se cargan a una señora que estaba por ahí, demasiado cerca de los cerdos fascistas.

En el Congreso, Calvo Sotelo califica los partidos políticos de «cofradías cloróticas de contertulios». Se informa a los señores lectores de que por cloróticas quiso decir, probablemente, anémicas.

Bilbao y Burgos se unen a la huelga de la construcción. Dos falangistas, Claudio Fernández y Juan Martínez Pichardo, son asesinados; uno en Ciudad Real, y el otro en Villanueva de San Juan. En Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real, la guardia municipal se dirige a la casa de un falangista local para deternerlo, pero no lo encuentran. Discuten con el padre y, como el viejo se pone bravo, se lo apiolan. Es lo que tiene no darle la razón a los municipales.

El día 3, el Gobierno dicta un laudo para terminar con la huelga de la construcción en Madrid: cuarenta horas semanales, aumento de salarios y vacaciones pagadas. La UGT responde que sí. La CNT responde haciendo estallar cuatro bombas en las conducciones de agua de la ciudad.

En Atarfe, Granada, un cachondo mental hace una lista con todos los izquierdistas importantes del pueblo y los suscribe a El Ideal de Granada, periódico católico. A la recepción de los primeros ejemplares, se celebra una asamblea que decreta la huelga general. Las fábricas quedan desiertas, la siega se para en seco y el pueblo se queda sin pan ni alimentos.

En la calle Torrijos de Madrid, dos militantes del SEU falangista, Miguel Ariola y Jacobo Galán, toman sus colaciones en la terraza, cuando son tiroteados y muertos. Al día siguiente, un coche sigue a un grupo de izquierdistas que pasea por la calle Gravina y les saluda a balazos. Dos muertos y varios heridos. Horas después, en la madrugada, en la carretera de Carabanchel aparece el cadáver de Justo Serna Enamorado, teniente y militante de Falange, con setenta y tres puñaladas.

5 de julio. En Castrillón, Asturias, tirios y troyanos se encuentran, con resultado de dos muertos. En Madrid, un centenar de falangistas rodea el coche oficial del director general de Seguridad y saluda brazo en alto. Según denuncian los derechistas en las Cortes, para ese momento uno de cada dos trabajadores de Madrid está en huelga.

En Montalvo, Cuenca, una chica joven ve pasar a unos marxistas dando vivas a Rusia. Ella da un viva al fascio. Clin clin, negocio para la funeraria.

El 11 de julio alguien vuela el puente que une las provincias de Pontevedra y La Coruña (se ignora si la razón era que se trataba de un puente de derechas, o de izquierdas). En Valencia, cuatro falangistas asaltan, pistola en mano, la sede de Unión Radio, toman el micrófono y lanzan un saludo nacionalsindicalista a las ondas. El alcalde se presenta en la emisora y da una arenga. Se monta una manifa, durante la cual se destroza una cafetería. Los manifestantes tratan de asaltar un periódico de derechas, pero son repelidos por la guardia civil. Se desfogan quemando el centro patronal.

El 12 de julio son las famosas maniobras de Llano Amarillo. Me han contado mil veces la escena de Azaña presente en estas maniobras, repentinamente rodeado de militares gritando: «¡Café, café, cafë!» Sin embargo, Azaña no estuvo allí, que yo sepa. Pero algo hay. El general Gómez Maroto, comandante general de las fuerzas de África, anda mirando el cielo; es posible que alguien medio le contase que Franco iba a venir desde Canarias (como de hecho acabó yendo). Y está lo del café, que no es exactamente como muchas veces se cuenta. Por lo que yo he podido leer, durante el almuerzo terminadas las maniobras, muchos militares pedían café constantemente a los camareros, en medio de los platos, a destiempo. Obviamente, ese «¡café!» quería decir «Camarada, Arriba Falange Española». Pedir café en aquella comida, pues, equivalía a declarar: yo me sublevaré.

«Pues ya estamos para que nos fusilen», dicen que dijo, más o menos por esas fechas, don Manuel Azaña. Pero se equivocaba. Toda situación es susceptible de empeorar.


Faltaba, aun, la coda final.