martes, abril 12, 2011

Datos estúpidos para sobremesas frikis (1)

Los grandes monarcas barrocos nunca estaban solos. Acompañarlos era una mezcla de obligación y honor. Siempre había alguien cuando dormían, cuando comían, cuando se vestían, cuando se desnudaban. El protocolo de algunas cortes era tan estricto en este punto que de Luis XIV se ha calculado que únicamente pasó totalmente solo 8 minutos de su vida.

Abderramán III, califa de Córdoba, el hombre que construyó un palacio para su amante, confesó, cuando se sintió morir, que en toda su vida sólo había sido feliz apenas 45 minutos. Se desconoce cuál era su concepto exacto de felicidad.

Su antecesor Abderramán II tenía un tic nervioso en la cara, muy acusado. Le comenzó teniendo 14 años, cuando su padre, al-Hakam, reprimió una rebelión en Toledo y consecuentemente ejecutó a decenas de notables de la ciudad en un foso. El padre obligó al hijo a ser testigo del espectáculo. Abderramán jamás se curó del tic.

Se dice que quizá el principal padecimiento físico de los antiguos egipcios eran los dientes. Se suele atribuir este hecho a la cantidad de arena de los alimentos, sobre todo el pan.

Cuando Rudolf Hess fue detenido en Escocia tras haber aterrizado allí en su extraño viaje, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine privada para ver Los hermanos Marx en el Oeste. A pesar de ser informado de la detención de un tipo que decía ser Hess y probablemente lo era, decidió entrar a ver la peli.

Una norma de 1906 estableció que las conferencias telefónicas en España podrían celebrarse en cualquier idioma. Fue una de esas normas que no hizo sino reconocer lo que la gente ya estaba haciendo.

Contrariamente a lo que se piensa, la autorización del marido para poder viajar o trabajar no era la medida más discriminatoria para la mujer existente en el Derecho franquista. La peor, con mucha probabilidad, era la previsión legal de que la mujer no pudiese ser testigo de un testamento, puesto que, indirectamente, negaba a las mujeres la posibilidad de tener albedrío y, sobre todo, memoria.

Alejandro Dumas padre disfrutó durante parte de su vida de una curiosa pensión, consistente en doce melones al año. Un pueblo francés famoso por dicho cultivo le solicitó algún ejemplar de sus obras para iniciar una biblioteca, y Dumas contestó ofreciendo la totalidad de las mismas (unos 500 libros) a cambio de la citada pensión. El Ayuntamiento aceptó.

Cuando Francisco Franco tuvo un accidente de caza que le hirió en una mano, a principios de los sesenta, fue llevado de urgencia en domingo a un sanatorio en el área de Moncloa. El médico que lo atendió, Ramón Soriano, que acabaría escribiendo un libro sobre la experiencia, no fue prevenido de quién era el paciente que estaba tumbado en la camilla de urgencias. Consecuentemente, con esa manía que tienen los médicos de hablar de los pacientes como si no estuviesen presentes, comentó con la enfermera, en voz alta, algo así como «anda que no le dirán veces a este señor que es igual que Franco». Franco contestó con un galaico «eso dicen».

Un chiste muy popular en la Rumanía comunista habla de un tipo que va por la calle a la pata coja. Un amigo que le ve, le grita: «¿Perdiste un zapato?» «¡No!», le contesta el otro, «¡encontré uno!»

La calle de la Ballesta de Madrid se llama así porque en su tiempo hubo allí una vivienda con una especie de jardín trasero cuyo dueño tenía allí un jabalí. La gente se entretenía disparando al pobre animal, que hemos de suponer que acabaría palmándola.

En los años cuarenta del siglo pasado, según Torrente Ballester, aún se decía en la catedral de Santiago de Compostela, cada 5 de agosto si no me falla la memoria, una misa por el alma de Carlomagno.

La escena de Yo, Claudio en la que el emperador (Derek Jacobi) se echa a llorar cuando le comunican que, tal y como él ha ordenado, su mujer Mesalina ha sido ejecutada, es, en realidad, una licencia poética. Las crónicas del tiempo cuentan, más bien, que estaba comiendo cuando se lo dijeron, y que siguió papeando como si tal cosa.