domingo, abril 10, 2011

La "normalidad" del 36 (8: El entierro del bochorno)

La II República española es un periodo extraño y sorprendente. Es más extraño y sorprendente aún cuando algunos lo cuentan; lo digo más que nada porque escribo estas líneas después de haber terminado de ver un capítulo grabado de La República, la ominosa serie de la TVE1 que a día de hoy aún no sabemos a ciencia cierta a qué república se refiere; capítulo en el cual un teniente coronel que se ha alzado con Sanjurjo y que espera consejo de guerra es liberado de la cárcel (cosa que, por cierto, es jurídicamente imposible) nada más y nada menos que por José Antonio Primo de Rivera. ¡Acabáramos! Ya bastante complicada era la República ATE (Antes de Televisión Española), para que ahora resulte que, además, Primo de Rivera y Azaña eran amigos...

En fin. Verdaderamente que no hace falta acudir a la invención de chorradas con «rigor histórico» para valorar la rareza de la República. El 14 de abril de 1936, ella sola y sin ayuda de nadie, ya dio buena prueba de ello.

Tal fecha era el tercer aniversario de la República, aniversario que se celebró, entre otras cosas, con un desfile por la Castellana; como puede verse, Franco no inventó gran cosa con su desfile de la Victoria. La tribuna presidencial no se situó en la plaza de Colón, como suele ser habitual ahora, sino frente a la calle Fernando el Santo. Todo un espectáculo esa tribuna en la que ya está, a eso de las once de la mañana, el presidente del gobierno, Manuel Azaña, bajo el cual hay una enorme bandera republicana... y, a pie de calle, escoltando la tribuna, una serie de muchachos de camisa azul, corbata roja y sanfermineros pañuelos rojos al cuello: las milicias socialistas. Cosas de aquel 36 tan «normal».

Comienza el desfile con las fuerzas de Wad-Ras, luego el regimiento de León. Unos veinte minutos o media hora tras comenzar la parada, un anormal con capacidad motriz, llamado Isidro Ojeda, falangista para más datos, echa a andar sus piernas, se separa del público y se encamina hacia la tribuna con algo que humea y brilla en la mano. Al llegar cerca de la dicha tribuna, lo arroja con estépito. En realidad, sólo es una traca, pero al personal le da la impresión de que un nuevo Mateo Morral ha aparecido en la Historia de España, un Mateo Morral inverso, pues éste es un radical de derechas y en lugar de intentar matar al rey ha intentado matar, dicen, al presidente del Gobierno. Azaña, todo hay que reconocerlo, no se mueve. Otros en la tribuna se hacen caquita y se bajan por si acaso, pero no él; y en su caso tiene especial mérito teniendo en cuenta que son muchos los testimonios existentes de que Azaña le tenía verdadero pavor al sufrimiento físico. Finalmente, todo se aclara. Se llevan a Ojeda, todo el mundo se calma, y el desfile sigue adelante.

El desfile continúa con el paso de diversas unidades. Finalmente, le llega el turno para pasar por delante de las autoridades a cuatro compañías de la Guardia Civil. Al paso de la Meretéricar, las reacciones del público no son unánimes. Algunas pesonas aplauden. Pero otras gritan el eslógan de las izquierdas UHP (Unión de Hermanos Proletarios), dan vivas a Rusia e incluso mueras al Cuerpo. En ese momento, en Fernando el Santo, a espaldas de la tribuna, se oyen disparos de pistola. Una vez más, carreras, gritos, ayes. De allí vienen, además, gritos contra la Benemérita.

El alférez Anastasio de los Reyes se encuentra muy cerca de la tribuna, de paisano, junto con otros cuatro guardias civiles. Ha venido a ver el desfile; como decimos, ni está de servicio ni participa en la parada. Su primer impulso es impedir a sus compañeros que vayan a por los alborotadores pero, como la cosa continúa, acaba por ir a por unos de ellos hasta dispersarlos.

Segundos después, se oyen uno disparos, y caen al suelo el alférez De los Reyes y dos de sus compañeros: Emeterio Moreno Morate y Antonio García. No son los únicos heridos; también lo será una mujer, el niño que llevaba en brazos y un tercer civil llamado Benedicto Montes. García, pese a estar herido en un costado, dispara contra sus agresores, que acaban huyendo.

El tiroteo, que se ha producido a menos distancia de Manuel Azaña de la que necesita Cristiano Ronaldo para meter un gol de falta directa, termina con el desfile. La tribuna y lo que no es la tribuna se desaloja rápidamente y la parada termina.


En el suelo de Recoletos yace el cadáver del alférez Anastasio de los Reyes, asesinado por la espalda por no sabemos quién.


El alférez Anastasio de los Reyes no era un hombre joven. De hecho, estaba pronto a recibir la jubilación. En casa lo esperan inutilmente para comer. A media tarde, dado que no ha regresado, su hijo David, que entonces tiene 24 años, sale a la calle a buscarlo.

Su padre ha pasado por la Casa de la Moneda, adonde la Cruz Roja ha llevado al muerto y los otros dos guardias heridos, y luego al Depósito Judicial, en la calle Santa Isabel, donde lo encuentra David.

El Gobierno, nervioso y alerta, decide que el alférez debe ser enterrado en la intimidad. Es uno de los pocos casos en los que esta decisión no la toma la familia, sino todo lo contrario. En todo caso, las autoridades quieren que el cadáver sea llevado a la Almudena esa misma noche, y sin alharacas. David de los Reyes, sin embargo, no está de acuerdo. Como tampoco lo está el jefe directo del asesinado, teniente coronel Florentino González Vallés, jefe del Parque Móvil de la Guardia Civil, donde servía el alférez. González Vallés intentó, sin éxito, establecer una capilla ardiente en el propio Parque Móvil. Tras su fracaso, fue el propio hijo el que peregrinó por despachos y ventanillas para conseguir el cadáver de su padre, sin conseguirlo tampoco.

Fue en ese momento cuando González Vallés, junto con otros mandos militares, tomó la decisión de robar el cadáver del alférez De los Reyes.

El robo se basó en algo muy fácil. A las puertas del Depósito Judicial se produjo una auténtica concentración de uniformes y galones. El teniente coronel entró con unos funerarios y anunció que se llevaba el cadáver. Los empleados de la dependencia protestaron diciendo que el cuerpo estaba a disposición de la Dirección General de Seguridad. Pero los militares tiraron para delante y se lo llevaron sin más.

Los mandos que montaron aquello habían previsto el alquiler de una carroza, donde se montó el féretro, que comenzó a remontar el Paseo del Prado, camino del Parque Móvil, arriba en la Castellana. En muchos cuartos de banderas se había corrido la noticia del audaz acto de desobediencia de González Vallés, así pues no eran pocos los que acompañaban el improvisado desfile. En algún punto del trayecto, desconozco cuál, un coche llegó a toda leche en dirección contraria a la carroza, se paró delante de ella y del mismo salió el Inspector General de la Guardia Civil, general Pozas, quien conminó a los miembros del cuerpo a que se diesen la vuelta. González Vallés, fríamente, escuchó las amenazas de su superior, le informó de que asumiría personalmente todas las consecuencias, y siguió a lo suyo. Pozas le tuvo que dejar hacer; no tenía a nadie con quién impedir la marcha.

A la entrada en el Parque Móvil, ya tenía el jefe de la dependencia allí, esperándole, una comunicación oficial que le señalaba el día 16, a las 11 de la mañana, como fecha para el entierro. Nuevo mosqueo. Los allí presentes consideraron (y es más que probable que no se equivocasen) que lo que se quería haciendo un entierro a media mañana es que la mitad de los militares de la capital no pudiesen asistir al mismo. Por lo tanto, en el mismo Parque se celebró una especie de asamblea militar en la que todos los presentes acordaron desobedecer también en este punto y celebrar el entierro a las tres de la tarde. Con tal efecto se elaboró una esquema mortuoria, publicada por el ABC, que es uno de los pocos casos (no conozco ningún otro, pero puede que existan) de esquela censurada por la autoridad gubernativa. Contrariamente a lo que informaba el texto original del Parque Móvil, en la esquela finalmente publicada no figuraba ni la pertenencia del alférez a la Guardia Civil, ni la hora del entierro.

Llegado el día del entierro, el Parque Móvil, en las alturas del hipódromo, hoy Nuevos Ministerios, está petado. El que en Madrid no se ha enterado de la fecha y hora de las exequias es porque no tiene orejas. A pesar de la cantidad de cuarteles de Madrid en los que a esa hora se ha dictado cuartel y revista para evitar que sus mandos puedan estar en las exequias, la comitiva es nutrida, y en ella los uniformes son abrumadora mayoría.

En la cabecera de la manifestación ya hay problemas. Llega a la misma el teniente Moreno, de Asalto, brioso colaborador del golpe de Estado revolucionario del 34. Hay gente que quiere sacarlo de allí a hostias. Pozas, que ha adaptado el fait accompli de la convocatoria a las tres y está allí, tiene que mediar para que le dejen en paz.

Presiden el entierro el general Mena, subsecretario de Guerra; el general Pozas, Inspector General de la Guardia Civil; y Alonso Mallol, Director General de Seguridad. Es importante este detalle porque, cuando más abajo en la Castellana el entierro sea tiroteado, ello dará para que muchos historiadores hablen de que se disparó contra los derechistas y militares que iban con el cadáver; olvidando que también se disparó contra el Gobierno, bien representado en las exequias.

A la altura de la Escuela de Sordomudos, aún muy cerca del punto de partida, suenan los primeros disparos contra la comitiva. Militares y civiles, casi todos falangistas, se dirigen hacia allí a saludar a los izquierdistas que han disparado. Se monta una tangana a hostia limpia en plena calle. El propio Jefe Superior de Policía, que acude allí a parar la movida, se lleva un par de mangüitis y es desarmado.

El cortejo cambia. Ahora, hombres uniformados y armados avanzan lentamente por los laterales arbolados de la Castellana, los fusiles y pistolas amartillados, protegiendo el paso del cadáver del alférez De los Reyes. Sí, amiguitos: un entierro en plena Castellana, protegido por los propios participantes en el mismo tras haber sido tiroteado. Normalito el 36, ¿eh?

A la altura de la calle Miguel Ángel hay un edificio de respetable tamaño en construcción, donde resulta haber cuadrillas de izquierdistas armados. Desde allí se monta un tiroteo digno de las pelis de Clint Eastwood que hace que varias decenas de militares y civiles se desvíen del entierro y vayan al edificio, que toman en plan SWAT. Un obrero cae de un andamio, no sabemos si por voluntad propia, despiste, o concurso de alguna otra fuerza motriz.

A la altura de la calle Lista, hoy Ortega y Gasset, o sea a la altura del hotel Villamagna, el general Pozas, atinadamente, decide que el entierro se desvíe por dicha calle en lugar de seguir Castellana abajo, para así evitar los francotiradores que puedan estar esperando. Los militares que llevan el entierro no sólo se niegan, sino que, incluso, un capitán se acera a Pozas, lo toma por las solapas, lo zarandea y apela de general de mandil.

Pues sí. Un mandito militar, un capitán, se va a por el que hoy sería director general de la Guardia Civil, lo zarandea y apela de cobarde. Éstas son las «normalidades» que deparaba el 36.

Alonso Mallol ordena, en ese momento (¿por qué en ese momento? ¿Dos tiroteos no le parecieron suficientes?) que toda la fuerza de Asalto se movilice.

Al llegar a Cibeles, los militares del cortejo están súper encabronados. Alguien, en algún momento, recuerda que en ese momento hay pleno en el Congreso. Teóricamente, el cortejo debe tirar Alcalá arriba hasta la plaza de Manuel Becerra, donde tradicionalmente se le decía entonces el último adiós al cadáver, camino del cementerio. Pero el recuerdo de la sesión parlamentaria enciende los ánimos. «¡Al Congreso, al Congreso!», gritan muchos. Quieren seguir por el paseo del Prado, luego carrera de San Jerónimo, llegar al palacio de las Cortes, depositar el féretro en la escalinata de los dos leones y allí, delante de los diputados, rezarle un responso al alférez.

Esta noticia, según algunos testimonios, pone en guardia a los diputados. Las izquierdas movilizan a su gente.

Los diputados tenían en la mente que la II República podía terminar como la primera, esto es con una toma del Congreso por los militares. Lo cual es posible. Lo que sí es casi seguro es que si el entierro hubiese seguido esa trayectoria habría habido un baño de sangre, pues la fuerza pública habría tenido que enfrentarse con una manifestación de hombres perfectamente armados. Esto no ocurrió, sin embargo, porque David de los Reyes, al fin y al cabo el hijo del finado, se negó al proyecto, y los militares tuvieron que aceptar su punto de vista.

Con todo, el entierro no había dicho su última palabra. En Manuel Becerra se formó una manifestación violentísima, más aún teniendo en cuenta que en la plaza esperaban varios camiones de guardias de asalto, enviados por Mallol con la instrucción de acabar con aquello más pronto que tarde. Al mando de la guardia de Asalto se encontraba el que pronto sería famoso teniente José Castillo, instructor de las juventudes socialistas y de ideas bien claras. A partir de aquí, más que información se debe acudir a la imaginación, pues los testimonios son bastante variados. Lo que yo tengo por más cierto son dos cosas: una, que Castillo tenía órdenes terminantes de dominar algo que era ya muy difícil de dominar. El entierro había sido tiroteado y había tenido conflictos casi en cada metro de recorrido. Sin ir más lejos, en la calle de Alcalá, la actitud provocadora de un conductor de tranvía, puño en alto, había provocado una gran pelea. Lo de Manuel Becerra debió ser un pandemonium. Lo segundo que tengo por cierto es que no pocos de los manifestantes (y es lógico, pues muchos eran militares) reconocieron a Castillo, el policia seudocomunista, y la tomaron con él. Castillo, al parecer, iba a caballo, y es posible que lo rodeasen y zarandeasen. Tal y como estaban los ánimos, y como muestra baste recordar que allí en la plaza murió Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio, es de imaginar que Castillo pensara que podían, no sólo desmontarlo, sino matarlo.

Creo, pues, que existen algunas razones, basadas en la desesperación, para que Castillo hiciese lo que hizo: disparar al personal con munición real e, incluso, alcanzar a un joven tradicionalista, Luis Llaguno, en el pecho, dejándolo, unos dicen que muy malherido, otros que muerto.

En el entierro del alférez De los Reyes, contando a Llaguno, hubo seis muertos (José Rangel, Luis Rodríguez Vargas, Julio Mir, Manuel Rodríguez Jimeno y Sáenz de Heredia) y 32 heridos. Repetimos: seis muertos y 32 heridos. En un entierro.

El asesinato y entierro del alférez De los Reyes es de gran importancia para el estallido de la guerra civil. Es la primera vez, y ya no será la última, que guardias civiles y falangistas comparten trinchera. Y es la ocasión de oro que el Gobierno desperdicia de mostrar esa presunta ecuanimidad de «gobierno para todos» que prometiera Azaña en la radio el día que accedió a la presidencia del Consejo. Muchas personas habían metido la pata esos días. Sin embargo, el gobierno sólo actuó contra una mitad. En el Congreso, Azaña sentenció: «todo ha sido producto del fascio». Hombre, todo, todo...

El mismo día 17 se envió un proyecto a las Cortes, que fue aprobado al día siguiente, que establecía las mayores sanciones para militares que apoyasen organizaciones sediciosas (no se tiene noticia de que se usase esta ley, un suponer, contra el propio teniente Castillo). Anarquistas, socialistas y comunistas se reunieron ese mismo día 17. Los dos últimos, revolucionarios pero al fin y al cabo exentos de ese cierto nivel de cabestrez congénita de que hace gala el anarcosindicalismo de la época, trataron de convencer, sin éxito, a sus hermanos proletarios de que no convocasen una huelga general. En todo caso, estos tres grupos enviaron, en la misma madrugada del 17 al 18, una delegación que se fue a ver a Azaña para exigirle la disolución de todas las organizaciones reaccionarias.

Azaña obedeció. Horas después, el consejo de ministros daba nota de unos problemillas de salud del ministro de Gobernación Amós Salvador, quitado de enmedio, pues, al mejor estilo soviético, y su sustitución provisional por Santiago Casares Quiroga, bastante más sectario y, como dicen hoy los consultores, proactivo. Automáticamente, Casares se lanzó a disolver organizaciones y privar de derechos a los militares retirados del 31 que participasen en actividades contrarias a la paz del régimen. Pues fueron, efectivamente, los retirados los principales objetivos de las medidas tras el entierro.

Por supuesto, los cabecillas de la movida fueron, al amparo de este decreto, declarados en disponibilidad forzosa. La medida afectó al teniente coronel Florentino González Vallés; a los comandantes Marcelino Muñoz Lozano, Eduardo Nofuentes Montoro, Rodrigo Pareja Aycuéns y Emiliano López Montijano; capitanes José Argelés Escrich, Jesús Cejudo Belmonte, Rafael Bueno Bueno, Antonio Jover Bedia y Luis Maroto González.


Todos ellos, con la sola excepción, además cuestionable, de Nofuentes, se unirían al golpe de Estado de julio.

Con todo, lo más grave tras el entierro del alférez De los Reyes no fue lo que hizo el gobierno, sino lo que no hizo. Ya he dicho con anterioridad que, en mi opinión, Castillo tuvo razones muy humanas para disparar. Pero, por muy humanas que sean dichas razones, en un país democrático, cuando un poli saca la pipa en público y se lía a tiros con el personal, como poco hay una investigación durante la cual el afectado lo más dañino que puede tocar es un mondadientes. Lejos de ello, sin embargo, Castillo salió de rositas. Que yo sepa, no fue suspendido, no fue imputado y, pocas semanas después, estaba de servicio, camino de la ofi, cuando unos tipos que, según parece, eran tradicionalistas como Llaguno que querían vengarlo, se lo llevaron por delante.

No tomar ninguna medida contra Castillo fue la mejor manera que encontró aquel gobierno Azaña del 36 para dejarle claro a la media España de derechas que la media España de izquierdas podía quemar, disparar, patear e insultar impunemente. Ni siquiera cuando el agente elegido para todas esas acciones era un miembro de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado se tomaban medidas serias.

El asesinato y posterior entierro del alférez Anastasio de los Reyes cocinó un pastel cuya guinda fue el asesinato de José Calvo Sotelo. El pastel de una convicción descrita, si no recuerdo mal, por Payne.


La convicción de que, en el fondo, las derechas estaban más seguras alzadas contra el gobierno, que a merced de sus actos.