miércoles, abril 13, 2011

Sobre el egalitarismo educativo

Yo fui eso que en mi tierra, La Coruña, se llamaba un chapón. Creo que en la mayoría de España a eso se le llama empollón. Por mor de los varios traslados de vivienda en mi vida he acabado perdiendo mis calificaciones, pero lo único que me cuesta recordar del COU son las asignaturas, porque con las notas lo tengo bastante fácil. Filosofía, Matrícula de Honor. Historia del Arte, Matrícula de Honor. Historia Contemporánea, Matrícula de Honor. Matemáticas, Matrícula de Honor. Inglés, Sobresaliente (¡cachis!). Si queda alguna otra, Matrícula de Honor.

Tenía mis razones para estudiar tanto (una beca bastante jodidilla de obtener), pero eso no viene al caso. Lo que viene al caso es que puedo contar lo difícil que es, cuando menos desde mi punto de vista, ser un buen estudiante en un aula.

En primer lugar, no tiendes a ser demasiado popular, normalmente por dos razones, una bienintencionada, y la otra todo lo contrario.

El motivo bienintencionado es que mucha gente asume que, si estudias tanto, no tienes tiempo para las relaciones sociales y, además, tus intereses personales, fundamentales para abrochar relaciones, serán otros distintos de los habituales (en lenguaje actual; eres un freaky). Así que la gente no se acerca a ti por, digamos, respeto.

El motivo malintencionado tiene que ver con el complejo de inferioridad. Muchos estudiantes mediocres se sienten inferiores en su fuero interno respecto del que es capaz de sacar buenas notas (o está dispuesto a trabajar para conseguirlas) y, consecuentemente, conspira para retroalimentar ese déficit de popularidad que ya arrastras del párrafo anterior. Estos son los grupos que alimentan el mito de la rareza de los chapones, de su incapacidad para tal o cual cosa y, sobre todo, de lo inútil de su esfuerzo. Al grito de ¡Carpe diem! (es una manera teórica de formularlo: en la realidad, el estudiante mediocre jamás llega a conocer el significado de este latinajo), el mediocre malintencionado se arranca diariamente por la bulería de tú para qué estás estudiando tanto, te estás perdiendo la vida y total, da igual...

Ser un buen estudiante, cuando no se es por gusto (gente verdaderamente rara, escasísima) o sin esfuerzo (como los Mensas, más escasos aún), es una tarea un tanto esquizofrénica. Si estudias tanto es porque alguien te obliga (o sea, tus padres). Pero te pasas el día rodeado de tipos que son, de alguna manera, tus prescriptores vitales, que son un enjambre de hormigas cabezudas que necesitan convencerte de que no merece la pena ser cigarra. Como esos tipos, ya en la edad adulta, que, cuando comprueban asombrados que has dejado de fumar (y ellos no) tratan de convencerte para que vuelvas.

Y así pasas tu adolescencia: debatiéndote entre las chorradas de tu padre, y las chorradas de tus compañeros. En medio, como bisagra, digamos, inteligente, está el maestro. El problema con los maestros es que hay de todo. Los hay que se ilusionan con tus capacidades y son muy peligrosos, porque tienden, puesto que te respetan más que a la media de sus alumnos, a establecer contigo una relación un poco más de igual a igual; con lo que, además de freaky, ahora vas y te conviertes en un colaboracionista con el enemigo, lo cual no coadyuda demasiado para que tu popularidad mejore.

También los hay, para pasmo del que esto escribe, que en el fondo, y no pocas veces en la forma, incluso se apuntan al bando de las hormigas. Uno de ellos le dijo un día a mi madre: «No, si saca unas notazas, pero, ¿está segura de que es normal?» Si aquel tipo llega a encontrarse a Bobby Fisher en su aula, seguro que lo pone a jugar al softball. De hecho, yo tuve un año de bajón, 1º de BUP, en el que mi nota media bajó a notable raspado, y alguno de mis profes respiraba tranquilo.

En fin. Ser un buen estudiante es una decisión personal inducida, y como tal has de tomarla. La vida empieza a enderezarse el día que te miras al espejo, te dices que tú eres así, y que fin de la historia. Un proceso bastante parecido al que, supongo, tienen los homosexuales que salen del armario. A los homosexuales, sin embargo, no les basta con salir del armario. También quieren tener derechos; quieren poder casarse, y adoptar niños. Quieren que la homofobia esté penada. Quieren poder tener sus entornos y que se les respeten. Quieren un espacio vital para poder ser homosexuales. En suma, no quieren ser discriminados por ser homosexuales.

Con los buenos estudiantes, sin embargo, no ocurre esto. Los buenos estudiantes, por lo que se ve, tienen menos derechos. Es mucho mejor negocio ser homosexual que sacar un diez. En el momento en el que alguien, o sea Esperanza Aguirre, ha pedido un espacio propio para los buenos estudiantes, han llovido las tortas. Y han llovido, además, por parte de los provisores y responsables de la política educativa española, que tiene eggs. Dicen que eso es discriminatorio y que lo importante de un aula es que socialice adecuadamente a los alumnos.

Discriminar es dar un trato distinto a los iguales. La diferencia fundamental de criterio entre los defensores de la medida y sus detractores está ahí. Los primeros parten de la base de que los estudiantes no son todos iguales, mientras que los segundos consideran que sí, que lo son.

Esto segundo es algo que yo, cuando menos, no entiendo. Estudiar y sacar un diez es algo que está al alcance de la mayoría de la población. Yo tenía compañeros en el colegio que no eran capaces de pasar de un tres en Historia pero, sin embargo, se sabían de memoria las características técnicas de decenas de modelos de motos distintos. A su padre le podrían engañar diciendo que es que no valían para estudiar, que no les entraba, que no tenían memoria; a mí, no.

Buena parte de la gente que no saca dieces es porque no quiere. Porque no quiere o porque a sus padres les importa un huevo que lo saquen o no que, al fin y al cabo, es el mismo hecho disfrazado, en un caso, de pitufo, y en el otro de pitufina. Como decía la maestra de baile de Fama, el éxito cuesta y aquí (sudando con los codos sobre la mesa) vais a empezar a pagar, y hay gente que ni está dispuesta a pagar dicho coste, ni tiene ningún aliciente o presión para hacerlo.

Luego hay gente, que es la gente que le encanta a los defensores del egalitarismo educativo, que no saca dieces porque ha tenido una educación deficiente, aún queriendo tenerla de buena calidad. Esto lo entiendo. Lo que no acabo de entender es la conclusión que de ello saca la generación pedagógica LOGSE, esto es: puesto que hay algunos que llevan un peso de plomo en las piernas que les impide saltar más de medio metro, lo que hacemos es colocarle a todo el mundo el listón a medio metro.

Para mí que lo que habría que intentar es quitarles el plomo de las piernas. Si resulta que hay niños que hablan siete veces mejor el chino mandarín que el español, ¿qué se gana poniéndolos a estudiar los sintagmas verbales, fistro diodenal teórico donde los haya, además en un idioma que apenas controlan? ¿No sería mejor juntarles en un aula donde una maestra parecida a Lucy Liu les explicase lo que es un 动词短语? ¡Anda, leche, que es que eso es un ghetto!

Pues no. Yo no era igual que algunos o muchos de mis compañeros. Pero eso era en mi detrimento, no en mi beneficio. Como entonces todavía se daba en cierta medida el castigo físico en las familias, ellos se jugaban los capones de sus padres por suspender; algo que no les ocurría siempre. Yo me jugaba otras cosas más ciertas.

Un sistema educativo que juega en contra del estudiante brillante, lo haga de palabra, obra u (más habitualmente) omisión, es un sistema educativo que no está bien de la cabeza. Especialmente en los tiempos que corren, en los que el nivel educativo es tan bajo que la impulsión hacia el simple cumplir el expediente es prácticamente invencible. Un sistema educativo, además, que destaca sus funciones socializantes antes que las puramente educativas es, a mi modo de ver, un sistema educativo que ya sólo es lo primero. Si las aulas fuesen necesarias para socializarse adecuadamente, los analfabetos serían todos como Dustin Hoffman en Rain Man. El aula es para aprender. No tanto para aprender el año de la toma de Constantinopla por los turcos, sino para aprender a memorizar datos, a utilizarlos; aprender a documentarse, a resumir, a poner informaciones en conexión, a sacar conclusiones; porque de estas cosas va el 99,9% de los trabajos que hay en el mercado, independientemente de que luego la estantería se rellene de ingeniería química, matemáticas actuariales, Derecho del medio ambiente o habilidades de márquetin. Y quien aprende más que los demás, quien se esfuerza por aprender, debiera ser estimulado para ello, y por ello.

El resto del debate, a mi modo de ver, son chistes floreados.