domingo, diciembre 12, 2010

Marruecos: los comienzos (y 2)

En un entorno en el que parecía haberse logrado cierta estabilidad, la tensión entre Francia y Alemania subió súbitamente de tono en septiembre de 1908. El 15 de dicho mes, las autoridades francesas detuvieron a un grupo de prófugos de la Legión Extranjera que fueron reclamados por el cónsul alemán por ser súbditos del país. Como suele ocurrir, al primer momento de máxima tensión se siguió una negociación entre las partes, que fue muy rápida, de forma que el 9 de febrero de 1909, ambas partes hicieron una declaración conjunta en la que, entre otras cosas, afirmaban que no tomarían medida alguna encaminada a obtener, para sí ni para nadie, un privilegio económico.

Lo más importante para España, sin embargo, no era lo que la declaración decía, sino lo que no decía, ya que ni citaba ni a España ni a los intereses españoles absolutamente para nada. Encabronado por lo que era una clara señal de superioridad francesa, el Gobierno español intentó llegar a algún acuerdo bilateral con los alemanes, pero éstos, obviamente, se negaron. Todo esto, unido al hecho de que Inglaterra se negó a negociar una nueva delimitación de Gibraltar, vino a alimentar la animadversión de muchos españoles hacia lo europeo; animadversión que, en mi opinión, explica, mucho más que otros factores que habitualmente se citan, la escasa proclividad que pronto mostrarán los españoles hacia nuestra implicación en la primera guerra mundial.

El cambio de Sultán en Marruecos, por lo demás, no supuso cambio alguno en el control y la seguridad de la zona. Si el país era una anarquía anteriormente, lo siguió siendo, y especialmente en los alrededores de Melilla. En octubre de 1908, una partida de moros ataca a unos trabajadores españoles en las minas de Beni-Bu-Ifrur. Las minas hubieron de cerrarse y, para cuando se reabrieron, lo hicieron bajo intensa vigilancia militar suministrada por el comandante de la guarnición melillense.

El 9 de julio, en el barranco de Sidi Musa, a tres kilómetros escasos del límite de la zona de influencia española, se produce un nuevo ataque en el que mueren seis obreros españoles. Los militares salen en defensa de los mineros y ocupan Sidi Musa, Iebel Sidi, Sidi Alí y Amet-el-Hach. El 18 de julio, los moros contestan, y comienzan unos combates que no terminan hasta el 27, día en el que se produce la célebre batalla del Barranco del Lobo, que inspira una célebre canción que una vez todos los españoles supieron (entre otras cosas, porque los niños la cantaban jugando en los recreos).


En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por la patria.

Pobrecitas madres, cómo llorarán
al ver que sus hijos
ya no volverán...


Y no me acuerdo de más.

La necesidad de mover tropas para defenderse frente a estas acciones es la que provoca la Semana Trágica de Barcelona. En medio de la campaña internacional de prensa que se monta contra la represión de dichos disturbios y muy especialmente el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, un militar francés, el general D'Amade, declara públicamente que las acciones militares españolas son una amenaza para el enclave galo de Taza e invita a actuar contra los españoles. El general, eso sí, fue cesado. De hecho, el Gobierno francés tuvo una actuación muy cauta respecto a España, desoyendo incluso las llamadas del Sultán en favor de una especie de juicio internacional sobre las actuaciones del ejército español en el área de la raya de Melilla.

Sin embargo, esto no quiere decir que Francia diese la espalda a sus intereses. En paralelo, negociaba con el Sultán una serie de acuerdos encaminados a consolidar su posición económica en la zona; acuerdos entre los que figura la formación de un monopolio de tabacos gestionado por una empresa francesa, algo que le habría de aportar jugosos dividendos. El siguiente paso de Francia para consolidar su posición en el área fue aprovechar el caos del país, que amenazaba la capital de Fez, para anunciar que estaba manejando la posibilidad de proceder a una intervención militar en la zona. España, consciente de que esa intervención cambiaría notablemente la relación de fuerzas en la zona, se apresuró a anunciar que estaba dispuesta a lo mismo. España temía, pues, la instauración por Francia de un protectorado real en Marruecos que la dejase de lado.

El 21 de mayo de 1911, tropas francesas entraban en Fez. El 3 de junio, España respondió desembarcando tropas en Larache. En tan poco tiempo transcurrido, los galos habían ocupado ya Fez, Rabat, Mequinez y Casablanca. Por su parte, el despliegue militar español supuso la ocupación de Alcázar, Arcila y la práctica totalidad de la franja entre Ceuta y Montenegrón. El 1 de julio, el que faltaba se unía a la fiesta: el cañonero alemán Panther echaba el ancla en el puerto de Agadir.

Berlín justificó este movimiento por la necesidad de proteger a los comerciantes alemanes de la plaza, bastante numerosos. Pero, en todo caso, remitió una nota a París en la que decía una gran verdad: una vez que los tres países europeos habían movido ficha militar en Marruecos, ya no era posible volver al statu quo anterior. El Acta de Algeciras, la verdad de una forma un tanto ficticia, partía de la base de promulgar la autoridad del Sultán y la integridad del Imperio. Ambas cosas, sin embargo, se veían desmentidas por los hechos. Marruecos era una nación ocupada, cuyo monarca por lo tanto carecía de autoridad real; y, además, se había convertido, por la vía de los hechos, en dos naciones distintas, el Marruecos francés y el español. Eso sí: de hecho, pero no de derecho.

Francia, probablemente, pensó en elevar la tensión. Existen indicios de que el gobierno de París pensó en enviar un buque de guerra a Mogador, lo cual habría puesto las cosas muy difíciles. Sin embargo Francia, dentro del espíritu de la Entente Cordiale, pulsó antes el sentir de la Inglaterra, que le contestó que, se hiciera lo que se hiciera, Londres no lo secundaría activamente, por lo que se abandonó la idea; pues a Francia, de toda la vida, le ha dado caquita la idea de hostiarse con Alemania en solitario.

Había, pues, que negociar. Inglaterra, la principal alcahueta de la negociación, propuso una conferencia cuatripartita entre Inglaterra, Francia, Alemania y España. Alemania prefería una mesa tripartita sin Inglaterra. Por su parte Francia no sólo quería a Inglaterra en la negociación, sino también a Rusia, consciente de que no hacerlo sería dejar las manos libres a quien se había convertido en actor proalemán del tablero europeo. Alemania, quizá como reacción a este movimiento francés, reaccionó de la única manera que podía para evitar la presencia inglesa en la conferencia: restringiéndola al máximo. Como muchas otras veces en la Historia de Europa, sin ir más lejos las varias que la Unión Europea ha estado en encrucijadas de difícil solución, Berlín tomó la opción de llamar a París y sugerir: «Oye, chato, ya que nosotros somos los que tenemos más cañones y más bancos y que el otro que nos puede hacer sombra es un anglosajón aislacionista insular, ¿por qué no nos reunimos solitos y nos dejamos de leches?»

Eso mismo fue lo que hicieron. Y, por el camino, dejaron a España en la cuneta. Francia y Alemania se reunieron, según explican sin ambages los memorandos alemanes de la época, para «encontrar los medios posibles para evitar los rozamientos que podrían producirse en Marruecos entre sus intereses respectivos». Alto y claro. En Marruecos había dos intereses susceptibles de solaparse, y ellos eran los de Francia y los Alemania. España era vista como lo que probablemente era ya, es decir como un elemento exótico que reclamaba unos derechos difusos sobre el país pero cuya operatividad e influencia real eran despreciables pues, al fin y al cabo, nosotros éramos los de «la opción sí, pero la responsabilidad no».

Las protestas de los ministrinis españoles fueron muchas y batallonas, pero tuvieron la misma utilidad que intentar abollar una campana lanzándole un merengue. A todo lo que se atuvo París fue a admitir que se negociaría con España, pero tras la firma de los acuerdos con Alemania, y sobre la base de los mismos.

Habían pasado menos de diez años desde la declaración anglofrancesa de abril de 1904. En aquel entonces, Londres, consciente de que tenía que limitar en lo posible el creciente poder francés en la otra orilla del Estrecho, exigió a París que todo movimiento en Marruecos respetase los inalienables derechos de España. Ahora, sin embargo, el negociador era otro, Alemania y, fuese por egoísmo o, más probable, por que verdaderamente así estaban las cosas, aceptaba una negociación con París sin tener ni mínimamente en cuenta los intereses de España.

Como podemos ver, por lo tanto, la crucial historia hispanomarroquí de los 15 primeros años del siglo XX es la historia de un inmenso trile francés en el que París fue ganando constantemente poder en el área de Marruecos a base de disminuir la importancia de España en la zona; a veces mediante el pacto, a veces mediante el ninguneo. El verdadero ganador de esos años es, sin lugar a dudas, Francia, que se benefició de ser un país políticamente mucho más estable que España, con camnbios de gobierno menos frecuentes, y que tenía las cosas mucho más claras respecto al Magreb, aparte de un ejército más moderno y capaz.

Francia, consciente de su posición fuerte, presionó en las negociaciones con Alemania en que la existencia de un Marruecos de influencia española ni siquiera se citase, algo que era demasiado hasta para Berlín. Sin embargo, en buena parte lo consiguió, pues la referencia a España no aparece en el tratado final, aunque se cita en la carta explicativa que lo acompaña. Dicha carta, en todo caso, todo lo que dice es que Alemania se comprometía a no intervenir en acuerdos entre Francia y España sobre Marruecos lo cual, visto lo visto, era dejar a Madrid a los pies de los caballos. En realidad, en ese momento a Alemania lo único que le interesaba de España era que le vendiese la Guinea, operación que sin embargo se quedó en proyecto.

El 4 de noviembre de 1911 se firmaban los acuerdos francoalemanes, en los que se dejaba total libertad a Francia en Marruecos, con la única cortapisa de respetar la libertad económica de las naciones. Comenzaron las negociaciones entre Francia y España, y en el primer minuto quedó clara la actitud gala: París pretendía que España pagase el precio de las concesiones económicas que, en virtud del tratado de noviembre, le había hecho Francia a Alemania. El Gobierno Poincaré, en efecto, quería cobrarse en la zona española las concesiones hechas a los germanos en el Congo, por lo que pensaba reclamar Larache y Alcazarquivir. Se habló incluso, en aquella época, de una visita de un representante francés al rey Alfonso XIII, en la que el galo se habría expresado en términos tan prepotentes que el monarca dijo haberlas recogido en una nota que guardó en su caja fuerte, añadiendo que «ahí la encontrarán en caso de desgracia para mi persona». El caso es que la desgracia le vino al rey veinte años después, pero ignoro si los republicanos, buscando sus títulos de propiedad y su documentación como los buscaron, encontraron la maldita nota.

Las negociaciones empeoraron. Francia, sacándose de la manga una intención por sustantivar la unidad del Imperio marroquí que hasta aquel minuto le había importado un cojón, opinó que dicha unidad debía ser garantizada mediante la imposición en todo el territorio del sultanato de un mismo acervo jurídico. Todo Marruecos, pues, se regiría por las mismas leyes, que serían las francesas, por supuesto. Con todo, el principal conflicto, lógicamente, era la fijación de la frontera entre las zonas francesa y española.

Francia ambicionaba Cabo de Agua, pero abandonó la idea ante el criterio inglés de que formaba un todo con las Chafarinas; argumento que, en el fondo, no quiere decir otra cosa que Londres consideraba que dicha cesión a Francia modificaba el statu quo en la zona, y eso es algo que no estaba dispuesta a admitir porque quería seguir siendo la única gran potencia con capacidad para dominar el Estrecho. Así las cosas, Francia dijo contentarse con ganancias en la ribera derecha del Lucus hasta unos 10 kilómetros de Larache, algunos terrenos en la margen derecha del Uarga, y pequeñas entregas en la región de Uazán.

España contestó en marzo de 1912: el Cabo de Agua, ni de coña. Las modificaciones en el Lucus, ni de coña. En el Uarga, pequeñas cesiones y sólo en la margen izquierda, lo cual para Francia era hacerse un pan con unas tortas, pues era terreno insuficiente para protegerse de las kabilas rifeñas. En compensación, Madrid exigía los terrenos de la tribu de los Beni-Yoahi, en la cuenca del Muluya; algo que los franceses reputaban imposible por lo que suponía de poner en peligro la conexión entre Marruecos y Argelia. El acuerdo, que se dilató algo más por el asesinato de Canalejas, no se firmó hasta noviembre, el 27.

Finalmente, España cedía un trozo del Muluya, así como el margen izquierdo del Uarga y una pequeña franja en el derecho; no muy grande, pero productiva y fértil en grado sumo (el valle del Uarga era considerado entonces, hoy lo desconozco, el granero del Rif). Con estas cesiones, Poincaré lo confiesa abiertamente en sus memorias, los franceses tenían lo que querían, es decir tierra suficiente como para conectar Orán y Fez a través de Taza.

Al Oeste del Marruecos español también cedíamos terreno, concretamente entre la laguna de Ez-Zerga y el paralelo 35.

Se redujo considerablemente el tamaño de Ifni, el territorio de soberanía española, que quedó reducido al terreno comprendido entre el Uad Bu Sedra y el Uad Nun. Se perdió la zona entre el río Tazeronalt y el Uad Bu Sedra. Por lo tanto, el protectorado español del Ifni y el protectorado del sur de Marruecos quedaron desconectados. Entre este protectorado sur y Río de Oro se situaba una extensión de desierto considerado por el tratado res nullius o tierra de nadie, aunque se reconocía el derecho de España a ocuparlo.

En lo concerniente a la forma en que España ejercería su poder en su protectorado, el tratado de 1912 establecía importantes matices, en todo caso, coherentes con nuestra propia decisión de no exigir la administración del territorio por no querer asumir las responsabilidades de la misma. Además, ya en el Acta de Algeciras España había admitido la idea de la unidad del Imperio, y en el tratado de 1912 no hizo sino admitir los hechos aceptando que su protectorado estuviese bajo la autoridad civil y religiosa del Sultán, por muy teórica que fuese dicha autoridad; esta admisión habría de provocar innumerables conflictos interpretativos en el futuro. El Sultán ejercía dicha autoridad a través de un delegado, el Jalifa, escogido de una dupla de candidatos propuestos por Madrid. Desde Tetuán, el Jalifa ejercía la autoridad del Sultán, aunque sus actos administrativos estaban monitorizados por un Alto Comisario español.




Gabriel Maura, portavoz de la oposición conservadora, habría de decir en las Cortes, durante el pleno que conoció de este tratado: «Este tratado recorta todos nuestros derechos y no da entera satisfacción a ninguno de nuestros intereses, y cada uno de estos intereses, recortados, o mal satisfechos, es un peligro y un rozamiento y un conflicto para el mañana».

Estas palabras del maurismo cabreado son, de alguna manera, el reflejo de los porqués que, en mi opinión, explican que sea importante conocer esta primera etapa de la política marroquí española; la política que se produce antes de la guerra abierta y de otros episodios, como el desastre de Annual, que son bien conocidos.

Los primeros pasos de la política marroquí española explican, a mi modo de ver, la sobreactuación de España en materia marroquí. En efecto, a lo largo del siglo XX Marruecos ha tenido una importancia inusitada en nuestra Historia, importancia que se ha desarrollado con el bajo continuo de unas relaciones casi nunca buenas, casi siempre imposibles. Ciertamente, en el día presente hay factores nuevos que no existían hace cien años, entre los que cabe citar la cuestión del Sáhara y el pequeño detalle de que España es una democracia constitucional y Marruecos una dictadura atroz; pero algo de lo que hoy ocurre tiene que ver con este poso, esta sensación existente en la política española desde muy atrás, de que en el asunto de Marruecos se iba a pelo puta y era necesario apretar los dientes, dar un golpe de riñones y, consecuentemente, hacer movimientos no pocas veces absurdos o excesivos.

España no tuvo una política colonial coherente en Marruecos, porque reclamó un protectorado que no podía pagar ni mantener; lo cual, para colmo, no la libró de tener que hacer lo que no quería, es decir embarcarse en imponentes gastos militares; la política de opción sin responsabilidad , al fin y a la postre, nos salió tan cara o más que habernos metido en el asunto de hoz y coz desde el primer momento. Como lo que nace mal crece peor, si la etapa colonial fue mala, la poscolonial fue peor aún, pues España nunca fue para Marruecos esa potencia de referencia, papel que en todo caso ha jugado Francia, nación que, como he tratado de explicar en estas notas, ha ido siempre a lo suyo, y cuando lo suyo le ha supuesto joder a España, no le ha importado lo más mínimo.

García Prieto, en el mismo debate parlamentario en el que intervenía Gabriel Maura, se refería a la existencia en España de un conflicto entre imperialistas y «partidarios de una política de recogimiento» en Marruecos. Buena parte de la política marroquí española tuvo como objetivo llegar a algún tipo de transacción con esos imperialistas, con lo cual, finalmente, no se conseguiría otra cosa que alimentarlos. Por el camino, la sobreactuación española, los intentos constantes por ejercer un poder y un mando que los tratados nos negaban, fue uno de los elementos que, junto con la agitación francesa y la propia dinámica entre los fieles al Sultán, acabó generando un conflicto cainita entre dos pueblos vecinos, condenados a no entenderse.

Puede pensarse, en todo caso, que la sobreactuación española en Marruecos nos aportó cuando menos un beneficio. Al menos, digo, la eterna reivindicación de Marruecos, que Francisco Franco se llevó a Hendaya en la cartera, impidió que España entrase en la guerra con Alemania. Sin embargo, hay personas que, como yo, pensamos que si Hitler llega a transigir en lo de Marruecos, la reacción de Franco habría sido tirarse un pedo y decirle al Führer «si me lo pintas de colores, entro en la guerra».