jueves, agosto 19, 2010

Folletín de verano (21)










En el tiempo que siguió a su entrevista en el Natalia, Carlos Luján sopesó si su siguiente paso debería ser tirar del hilo que tenía más claro, es decir, Lucía Odriozola. Seguía pensando que no debía ir a verla hasta no tener claras algunas cosas, no tener alguna información, algo para lo que dependía completamente de Léntulo Sediles. Pero Léntulo estaría realizando unas gestiones nada fáciles, recuperando contactos con personas que, en muchos casos, estarían muertas, exiliadas o arropadas bajo un manto de silencio. Él sabía que el jardinero no podía dar frutos en un plazo corto. Por otra parte, Lucía no sospecharía de que él dejase de visitarla. En realidad, Luján sabía que eso la relajaría, pues nunca se había sentido cómoda a su lado; probablemente, nadie puede sentirse cómodo al lado de alguien que te ha dado una paliza de muerte en el pasado. La misma paliza con la que Luján soñaba, algunas noches, reviviéndola en detalles que tal vez nunca ocurrieron, escenas que terminaban siempre con la visión de esos ojos entregados, no me pegue más, señor; los mismos ojos que habían guiado su mano esa noche de diciembre mientras ocultaba a los ojos del mundo una tarjeta con una anotación a mano…


Más o menos cada dos semanas, Rebollo le llamaba, o bien se lo encontraba a la hora de salir por la tarde en la misma esquina desde donde un día le llevó al Pardo. La respuesta de Luján, casi machacona, era la misma: sin avances. ¿Había tratado de localizar la partida de nacimiento de Cendoya en La Abubilla? Sí, pero los registros se habían quemado en la guerra, junto con el resto de la iglesia. Sin avances. ¿Había pedido a la guardia civil que preguntase por el pueblo? Sí, pero en La Abubilla apenas quedaban los restos de dos o tres familias de las que más de cien que formaron el pueblo en sus mejores tiempos. Sin avances. ¿Localizó a inquilinos contemporáneos de Longares en la Pensión Natalia que pudiesen dar razón de él? Sí, un viajante de comercio y un funcionario del Ministerio de Agricultura; pero ambos apenas recordaban a un compañero de inquilinato poco dado a las confesiones pero, eso así, con una evidente habilidad para servir cualquier cosa con una sola mano, utilizando una cuchara y un tenedor. Sin avances.


Cada vez que Carlos Luján levantaba los ojos de la libreta donde había anotado sus no-avances, encontraba el rostro decepcionado, pero no enfadado, de Rebollo. Al inspector no le gustaba que el caso no avanzase, pero de alguna forma parecía esperar que así fuese.


Aquel juego le duró a Luján algo más de medio año. Recién pasado el verano, se encontró sentado en compañía de Rebollo en una terraza de la calle Goya. El policía se había vuelto menos cauto o, tal vez, más seguro. Lo que antes eran citas en bancos del parque o en el interior de coches, a veces con cristales opacos como los del vehículo oficial que le había llevado a El Pardo, se convertían poco a poco en citas públicas y notorias. Luján se daba cuenta de que a Rebollo cada vez le importaba menos que se supiera de su existencia y de sus contactos con el propio Luján. Él, sin embargo, cada vez se sentía peor. Había aprendido a compaginar su vida de policía de medio pelo que en realidad realiza una investigación por orden directa del mismísimo Franco, pero la investigación le quemaba. No había avances. Léntulo Sediles no aparecía, y él no quería presionarle. Discretos informes le llegaban de que el club de Lucía no había gran novedad, salvo cierto trasiego de chicas normal en ese negocio. Luján vivía pensando que cualquier día le meterían en un coche negro y le llevarían ante un general Franco que, ceñudo, le reprocharía: «Luján, me ha decepcionado». Y no conocía lo suficiente a Rebollo como para conocer el significado real de su indiferencia.


Fue por eso que aquella tarde cálida, justo en el momento de percibir ese olor dulce y fresco tan característico que entonces tenía Madrid cuando la noche veraniega se adivinaba, no pudo más y se inclinó sobre su interlocutor para susurrarle.


-Rebollo, quisiera dejarlo.


Ismael lo miró como si estuviese intentando comerse un escorpión vivo.


-¿Dejar, qué? ¿La policía?


-No seas imbécil. Lo quiero es volver a la policía. Quiero dejar esta investigación.


Rebollo echó un buen trago de su horchata. Sonreía amargamente al soltar el vaso.


-No te puedes ni imaginar lo que estás proponiendo.


-Lo sé se quejó Luján-. Pero es que esto no avanza. Es cierto que yo, al principio, supe ver… Pero, joder, Rebollo, ¿no te das cuenta de que cada línea de investigación que inicio se me cierra?


Rebollo suspiró ruidosamente y miró a Luján negando con la cabeza. A Luján no le importó. Otras veces le jodía esa actitud superior. Pero es que, en aquel momento, Rebollo estaba, en efecto, por encima de él.


-Luján… el caso Anselmo López es un laberinto con decenas de caminos distintos. Y sólo uno es el bueno. Lo que más hacemos, y haremos, es fracasar.


Carlos Luján reflexionó sobre lo que le habían dicho. Y se dejó llevar.


-Vale. Pero, entonces, si estamos ante un enigma tan difícil, ¿por qué resolverlo? ¿Para qué? El muerto era un pobre diablo, el asesino otro pordiosero de la vida. Y hace ya ocho años…


-¿Tendré que recordarte le interrumpió Rebollo, llevándose otra vez el vaso a los labios- que juraste no hacer esa pregunta jamás?


Sobre la conciencia de Luján se expandió un manto de desconsuelo. Era cierto. Él sabía desde el primer día que ésas eran las reglas del juego, y lo había aceptado.


-Al menos dime que no labro mi desgracia con tantos fallos.


Esa frase divirtió a Rebollo. Rió con ganas, casi escandalosamente. Se inclinó hacia Luján y le palmeó la espalda, sin dejar de reír. Luego se retrepó en su silla y le miró muy serio.


-¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? Tu futuro es un poquito tu trabajo, que es excelente y todo el mundo lo dice; y otro poquito que sepas dónde estás, cuál es tu tiempo, y respondas a tus auténticas fidelidades. ¡Ah, ah! Rebollo levantó una mano, deteniendo el gesto de Luján de ir a hablar- No, por favor. No más discursitos sobre lo mucho que crees en Franco. Cada día que pasa, todo esto importa menos. Cada amanecer en paz, tenemos treinta millones de razones más para seguir existiendo como existimos. Tú serías poca cosa contra treinta millones.


-Ya, pero, además…


-Además nuevo gesto imperativo de Rebollo, reclamando silencio-, no quieres serlo. Sí, Luján, sí. En diciembre pasado, esa tarde que nunca ocurrió, tú recibiste una misión, y lo sabes. Pero yo recibí otra, y la he cumplido como tú has cumplido la tuya. Bueno, mejor que tú, porque yo ya he hecho mi informe final.


Apuró su horchata, sin perder su divertida sonrisa.


-Te he puesto un siete informó-. Más que suficiente.


-Más que suficiente, ¿para qué?


-Por lo que se ve, no para dejar de ser imbécil.


Ambos se miraron a los ojos. En las pupilas de Rebollo, Luján encontró su informe. Y lo entendió todo.


-¡Me estabas captando!


Rebollo torció el gesto.


-A medias. Nadie te va a proponer un traslado.


-Qué cabrón…


-¿Por qué?


-¿Me lo preguntas? ¿Acaso me has preguntado si quiero ser un secreta?


Rebollo se alzó de hombros.


-No hace falta. Es obvio que no quieres, si lo declaras en voz alta en medio de una terraza.


Luján miró a su alrededor, a los parroquianos más cercanos. Nadie parecía haberse percatado. Cuando regresó a Rebollo, éste tenía su típica expresión sardónica «sabía que lo harías».


-A ninguno de nosotros nos han preguntado si queríamos entrar informó, con voz grave y monocorde-. Como no se le pregunta al soldado si quiere ir a la guerra.


-Ah. ¿Estamos en guerra?


-No lo dudes en la voz de Rebollo no había ni asomo de cinismo-. Estamos en guerra cada día, en cada instante. Ahora mismo, en esta tarde tan fresca, en medio de gentes pacíficas, disfrutando de una horchata, estamos en guerra. Que la vayamos ganando no quiere decir que no exista. La guerra, Luján, nunca terminará; y entender esto es la única forma de ganarla.


Luján miró al suelo. Repasó los últimos meses, ahora con nuevos ojos, los ojos de alguien que sabía que durante los mismos había sido un animalito observado por un grupo de biólogos.


-¿Lo de la calle Hermosilla fue mi prueba?


-Tu inteligencia no decepciona.


-¿Qué debería haber hecho para… fallar?


-Pues es obvio, Luján: contarlo.


-Ya. Y tú sabes que no lo he hecho.


-Lo sé, sí.


Luján apretó los labios. Qué cabronazo.


-Quizá se lo conté a Laura. Con eso podría bastar para borrarme.


Rebollo se levantó y puso unas pesetas sobre la mesa. Luego negó en silencio con la cabeza unos segundos.


-Créeme le dijo, mientras tomaba su sombrero y echaba a andar-, no se lo has contado.











Semanas después de aquella conversación, como siempre extraña, reapareció Léntulo Sediles en la vida de Carlos Luján. Al inspector no le sorprendió ni que el ex jardinero de su tío regresase de la nada, ni que hubiese tardado varios meses en hacerlo. En realidad, aquello venía a cuadrar, con bastante concreción, en sus planes. Él sabía que la búsqueda del jardinero no era fácil y que tocaría muchos palillos que no harían sino romperse nada más intentarlo.


El día de Difuntos de 1957, mientras Carlos Luján caminaba lentamente hacia la comisaría, donde le había tocado guardia, pensando en cualquier pequeño obstáculo cotidiano, lo vio parado frente a la puerta del establecimiento, con los brazos pegados al cuerpo, como si alguien muy poderoso le hubiese ordenado estar allí pero él desconociese la razón. Lo saludó con la cabeza cuando ya estaba llegando, a unos veinte metros de la comisaría, a lo que Sediles reaccionó asintiendo con la cabeza, dándole la espalda y echando a andar. Obviamente, la idea de entrevistarse con un policía en una comisaría nunca le había hecho la menor gracia. Luján se dijo que debería respetar ese sentimiento. Así que lo siguió. Muchos bares estaban cerrados y, además, probablemente Sediles estaba poniendo la suficiente tierra de por medio como para no elegir una cafetería donde pudiese haber policías.


En Sol, Sediles tomó un autobús. Luján se subió a él y se sentó, distraídamente, cerca de una de las puertas de salida, pero sin hablar con él. El vehículo renqueó por Madrid, calle Alcalá arriba. En la parada de Manuel Becerra, Sediles se apeó, y Luján también. Al inspector le pareció lógico, en tal día como aquél, citarse en la plaza de la Alegría1. Sediles escogió una pequeña taberna, y entró. En todo el trayecto, ni siquiera se volvió una vez para ver si Luján le seguía.


Carlos Luján entró en el colmao, pidió un agua de sifón y, sin mediar palabra, se sentó frente a Sediles en la mesa que éste había escogido. Junto a un ventanal, el jardinero miraba el Madrid gris del último otoño.


-Los días de guardia somos pocos y no podemos alejarnos mucho del teléfono le dijo a su interlocutor-. Así que, por favor, sé conciso.


-No sé si sabré fue la contestación de Sediles.


-Inténtalo contestó Luján. Aquello comenzaba a interesarle de verdad. Si Sediles no podía explicarle algo en dos palabras, es que había tocado pelo.


-Puede usted creerme que desde el mismísimo momento que nos vimos en la pasada Navidad me puse al tema se excusó Sediles, con tono casi plañidero-. Pero no resulta fácil encontrar personas que quieran hablar de…


-De La Aromática.


-Sí, eso… de la Aromática. Usted estaba en lo cierto, señor Inspector. Yo pertenecí a ese sindicato, hace ya muchos años. Aunque, probablemente, es injusto conmigo.


-Léntulo, no te ofendas. Pero no hemos quedado para hablar de ti.


-Lo sé, lo sé la prevención de Sediles no pareció cambiar con esa leve presión por parte del policía-, pero es necesario para entender algunas cosas. Porque yo estuve sindicado en esa asociación pero, con los años, acabé, como otros muchos, vinculándome directamente a la UGT.


La última parte de la frase Luján la adivinó más que la escuchó. Comprendía que había siglas que era mejor no pronunciar en público. Asintió.


-Supongo que no hemos quedado, como usted dice, para juzgar la labor de la UGT…


-Creo que ambos podemos suponer la opinión del otro sin más comentarios.


Sediles asintió, mientras aceptaba un cigarrillo de su interlocutor y lo encendía.


-En fin dijo, retomando el hilo tras la primera, profunda chupada-, aquello acabó como acabó y no hay más que decir. Pero lo cierto es que la UGT no era lo peor que había en el mundo. En ese mundo, quiero decir.


Luján se alzó de hombros, dejándole hablar.


-El asunto eran los jurados mixtos. En los años anteriores a la República se había hablado mucho de eso, de cómo los obreros podían conseguir una discusión aceptable con el patrono para pactar las condiciones de trabajo y todo eso. Entonces, con la República, llegó Largo2 y los puso en marcha. A los patronos el viejo esbozó media sonrisa por la que se escaparon hilos de humo- no les hacían demasiada gracia.


Luján calló. No estaba allí para discutir si aquellos jurados fueron o dejaron de ser un instrumento de dominación obrera, como él pensaba. Además, sopesó que su silencio incrementaría la confianza de su interlocutor, lo cual jugaba a su favor.


-No eran los únicos apostilló, con tono lúgubre, el jardinero-. A los jurados también les presentaron batalla los obreros.


Luján no pudo reprimir un rictus escéptico. ¿Los obreros, contrarios a su propia obra? Como adivinando sus pensamientos, Sediles negó con la cabeza, sin abandonar su media sonrisa amarga.


-A los anarcosindicalistas no les gustaban los jurados. Ellos preferían la acción directa. Eran revolucionarios.


-Vosotros también.


-No en el mismo sentido si Sediles se sintió incómodo con la imputación del policía, no lo dejó traslucir-. Nosotros, o por lo menos algunos, muchos de nosotros, éramos revolucionarios del vivir mejor. Queríamos vivir mejor y creíamos tener derecho a ello. Nuestros patronos tenían dinero y buena vida y nosotros salarios muy bajos y condiciones a veces incluso de esclavitud. Queríamos cambiar eso, pero la mayoría, señor Inspector, sólo queríamos cambiar eso. Eso es lo que los patronos nunca entendieron.


-Bueno Luján sacó un cigarrillo para sí y habló entre dientes mientras lo encendía, con tono sarcástico- cuando alguien quema la iglesia donde vas a misa todos los domingos, le resulta difícil pensar que eso es obra de personas moderadas que todo lo que quieren es un salario digno.


Sediles acusó el golpe. Se echó atrás en la silla y apretó los labios, que le temblaron ligeramente. Luján se arrepintió de haberse dejado llevar por la pasión. Ahora sabía que mejor habría permanecido callado. Era necesario un gesto conciliador. Así pues, rió brevemente mientras agitaba su mano derecha con el cigarrillo prendido entre los dedos, como ahuyentando a un molesto insecto inexistente.


-¡Pero todo eso pasó! ¿No, Léntulo? En fin, retomemos el hilo. Lo que me quieres decir es que estabais, por un lado, los razonables; y, por otro, los cabestros.


Fue la forma de plantear las cosas que se le ocurrió en ese momento. Y funcionó. Sediles la creyó, o tal vez la quiso creer. Lo cierto es que su rostro se relajó y retornó a fumar y hablar en tono bajo.


-Nosotros estábamos a lo que estábamos se justificó-. Luego nuestros jefes, los dirigentes, bueno… eso tal vez es otra historia. Pero nosotros estábamos para lo que estábamos, no sé si me entiende.


-Ajá. Estabais para lo que estabais.


-Pero ellos no repentinamente, Sediles hablaba casi con angustia-. Ellos no querían, yo que sé, ir de aquí a la esquina de enfrente. Ellos querían hacer todo el camino ahora, llegar hasta el final. Acabar con todo lo existente para construir una sociedad nueva, sin Estado, sin dinero, sin vicios, sin mejores y peores, sin dominadores ni dominados.


-El Paraíso Luján trataba de hacerse solidario con su interlocutor, para hacerse perdonar la frialdad anterior-. Y, si hay que imponerle a alguien el Paraíso a tiros, se hace, ¿no?


Sediles asintió con fuerza.


-Usted no lo puede saber, pero, ¿creerá que en nuestras asambleas pasábamos más tiempo hablando de la CNT que de los patronos?


Luján fumó en silencio unos segundos, mirando directamente a los ojos al jardinero de su tío. Un buen hombre que siempre lo había sido y siempre lo sería. Un par de ojos que a él nunca le habían mentido y ahora, se decía, no tenían por qué hacerlo. Esos ojos, en ese momento, le enseñaron algo; y ese algo era la verdad del enemigo.


Cuando alguien tiene un enemigo, aprende a odiarlo con meticulosidad y sin preguntas. Aprende a convertirlo en el compendio de todo mal y a negar todos y cada uno de sus deseos y de sus objetivos. Carlos Luján sabía odiar con pericia a todo lo que Léntulo Sediles significaba, y aquella mañana su desprecio no disminuyó ni un ápice. Pero en ese segundo en el que aprendió que el enemigo también tiene grados, como lo tiene el amigo, aprendió que en la diferencia entre esos grados pueden encontrarse cosas que no tienen demasiado que ver con el odio total y la negación neta. Sediles acababa de confesarle que su grupo de socialistas, durante aquellos años en que sus reuniones y discusiones fueron libres y posibles, había invertido más tiempo en vilipendiar a sus supuestos aliados que a sus enemigos declarados. Y en esa confesión aprendió, de alguna forma, que lo que Léntulo Sediles le estaba refiriendo aquella mañana, todo aquello sobre personas sinceras que sostienen reivindicaciones sinceras, podría ser cierto. Que probablemente lo era. Y, así, durante esos segundos en que fumó en silencio, el jardinero dejó de ser un enemigo para ser, tan sólo, un contrincante. Alguien diferente.


Pero todos tenemos miedo del cambio; máxime si se produce en nuestro interior. En la segunda bocanada, Luján borró con pericia esos pensamientos. Estaba allí para tirar de un hilo.


-Supongo que esto acaba en que te marchaste de La Aromática porque sus miembros se radicalizaron.


Sediles se alzó de hombros levemente.


-Yo ya me había ido contestó-. Pero sí, eso fue lo que pasó.


Luján enarcó las cejas, y estrechó la mirada.


-No estarás intentando escaquearte, ¿verdad?


Sediles abrió los ojos y la boca, y apenas pudo pronunciar un leve «¿Por qué?»


-Pues es fácil, Léntulo. Hasta ahora me has dicho que abandonaste esa organización y que, más aún, tras abandonarla tú se radicalizó para caer en manos de la CNT. Creo que me estás preparando para decirme que no has averiguado una puta mierda.


La decepción se dibujó en el rostro de Sediles. Luján la sintió, incluso como suya. Ambos, jardinero y señorito, habían sido más que amigos en el pasado y ahora estaban allí, en la mesa de una taberna, ventilando una gestión policial, uno desde la plena dominación y el otro, más que probablemente, temiendo aún por su vida, por su integridad física o por su libertad. Pero Luján había decidido dejar de contemporizar. Como introducción, ya había bastado. Él no necesitaba un curso acelerado sobre las diferencias entre anarcosindicalismo y socialismo. Habían pasado muchos meses ya desde su primera entrevista con Sediles. Meses de investigación por su parte en los que no había obtenido respuesta alguna; por no tener, ni siquiera tenía preguntas. Se le había encargado una investigación al máximo nivel, y ahora el máximo nivel parecía hasta desinteresado en que la investigación avanzase. Necesitaba algo más. Si para conseguirlo tenía que trabajar el pánico de aquel hombre al que apreciaba, no le parecía un coste elevado.


-No me puedo creer que me diga usted eso, Señorito.


-Señor Inspector.


Luján hizo cuantos esfuerzos pudo para que su rostro no trasluciese la menor emoción. Pero su estrategia no surtió el efecto deseado. Algo absolutamente inesperado pasó. Él esperaba que Sediles se derrumbase y confesase que había intentado engañarle con cuatro informaciones. Que llorase incluso y le intentara besar las manos como había hecho, meses antes, en el parque. Y, sin embargo, no fue así.


-Señor Inspector, de acuerdo. Como tú quieras: señor Inspector, te estás equivocando.


Nunca, nunca en los años anteriores ni en los minutos que siguieron a esas palabras, nunca, en una palabra, Léntulo Sediles le había tuteado, ni lo volvería a hacer.


El rostro del jardinero se endureció y, aún exento de odio, Luján llegó a sentir un escalofrío en su espinazo. Algo que nunca le había pasado. El bonachón Léntulo Sediles, el hombre que había soportado con una sonrisa todas sus travesuras y gamberradas, lo miraba ahora desde una superioridad absurda, dislocada, desde una actitud como sólo tienen las personas que ostentan un poder real sobre otras, o que…


O que.


Luján dio un respingo en su asiento. Y supo que, por primera vez desde que se había sentado, no era él quien controlaba la conversación.


-Léntulo… ¡tú sabes algo!


Léntulo sorbió su copa de sol y sombra y lo miró largamente, respirando muy tranquilo.


-¿No le ha extrañado que viniese a verle en festivo?


De nuevo, el escalofrío. Sentir un leve temblor en las manos.


-Tú sabías…


-¿Que usted tenía guardia? Desde luego; no me habría acercado desde Chamartín de no saberlo.


Apuró su cigarrillo, ya apenas una colilla, casi con fruición. Y luego añadió.


-Y le aseguro que mis ugetistas no tienen ni puta idea de quién es usted. Señor Inspector.


Carlos Luján trató de dominarse. Sacó su libreta del bolsillo del gabán y su pluma. Tomó nerviosamente una página en blanco.


-A ver dijo, lo más profesionalmente que pudo-. Quiero todos los detalles. Nombres, direcciones, lugares. Quiero saber…


-Señor Inspector…


-¡Cállate! Una organización con ramificaciones en la policía es algo muy, muy serio, Léntulo. No estoy para coñas. Se acabaron las contemporizaciones y las buenas palabras y todo lo demás. ¡Ahora mismo, quiero saberlo! ¡Todo!


La rudeza de Luján se había construido para mellar la voluntad del viejo jardinero. Pero no funcionó. El hombre se quedó parado frente a él, mirándolo de abajo a arriba, con las dos manos agarrando la base de la pequeña copa panzuda con una absurda línea roja que nadie respetaba, esperando su silencio. Y, finalmente, ganó. Luján, consciente de que no tenía ganas o valentía para levantarse y darle dos hostias a aquel viejo, pues esa era la forma que había aprendido para arrancar confesiones; o, tal vez, sospechando que no conseguiría nada por ahí, se quedó parado frente a Sediles, con la pluma apenas agarrada, sin ser capaz de gritarle una vez más.


-Cuando comencé a desapolillar viejos contactos comenzó a relatar con voz suave el jardinero, y daba la impresión de haber empezado a hablar cuando había querido-, no tardé en averiguar lo que pasaba. Todos mis compañeros de sindicato me venían a contar más o menos la misma historia que le he contado a usted aquí: se desvincularon de la organización tiempo atrás, la asociación cambió, radicalización… Algunos incluso tenían recuerdos de movilizaciones violentas en que había participado la gente de La Aromática. Hasta que un día dí con un… viejo amigo Sediles adelantó una mano en señal de stop y la puso frente a la libreta de Luján, en señal inequívoca de que no daría su nombre-. Sí, digámoslo así: un viejo amigo que se equivocó.


Sediles pidió otro cigarrillo. Luján se lo sacó de la cajetilla, sin recatarse de confesar en el gesto su impaciencia.


-Este equivocado viejo amigo siguió con ellos. Un tiempo. Demasiado tiempo.


-¿Cuánto?


-El suficiente como para que hoy le cayeran veinte años, por lo menos.


Luján suspiró.


-Léntulo, soy policía. No puedo escuchar eso y quedarme de brazos cruzados.


-Tendrá que elegir contestó el jardinero-. Puede actuar como le obliga su oficio. En ese caso, como yo me negaré a seguir hablando, tendrá que detenerme.


-Cosa que haré si es necesario. Y si tengo que interrogarte, también lo haré.


-No lo dudo, Señor Inspector. Como no dudo del significado final de eso que dice de que me interrogará Sediles asentía y fumaba, casi chulesco en la actitud. Luján nunca le había visto así-. Pero, por mucho que quiera correr la policía franquista… ¿qué hora es?


-Las diez menos cuarto contestó Luján, consultando su reloj.


-Ajá. Por mucho que quiera correr, y suponiendo que esta conversación termine ahora mismo, usted necesitará inmovilizarme, encontrar a una patrulla, llevarme a la comisaría, y luego, como usted dice, interrogarme.


Carlos Luján sintió un pinchazo de dolor en el fondo de su estómago. Si cuando tenía quince años le hubieran dicho que algún día iba a terminar discutiendo fríamente con Léntulo Sediles la posibilidad de darle una paliza de muerte, se habría echado a llorar durante una semana entera. Claro que había aprendido a compartimentar las cosas. Y eso le ayudó a pensar con claridad.


-Tu amigo huirá.


-Si no me ve en Chamartín para el Ángelus huirá, sí asintió Sediles-. Y, en ese momento, todos los golpes que usted me dé serán inútiles, señor Inspector. «Oficialmente», yo estoy aquí hoy para despistarle a usted. Para contarle que el último miembro activo de La Aromática era un tal Julián López al que la policía abatió hace dos o tres años. Si no vuelvo para el Ángelus y le confirmo que eso es lo que usted sabe, huirá.


-Le encontraré.


-O no, Señorito. O no. Por de pronto, los amigos de mi amigo le llevan ventaja. Usted no sabe quiénes son y ellos saben que a usted le toca trabajar el Día de Difuntos.


Carlos Luján procesó lo más deprisa que pudo la información que le acababan de facilitar. Soltó la pluma y la dejó suavemente sobre la mesa. Soltó la libreta y dejó que ésta se cerrase sola. Se encogió de hombros, suspiró, y trató de sonreír.


-Está bien, elijo. Elijo escuchar lo que ese amigo sin nombre te ha contado.


Sediles asintió.


-En realidad, todo comenzó en el 36. Todo el mundo tiene sus discusiones y sus escisiones y, en realidad, los anarquistas más que nadie. En el 36, la CNT y la FAI no se presentaron a las elecciones, pero no es un secreto para nadie que apoyaron en muchos sitios la idea de que se votase al Frente Popular. Ellos piensan que sin ese apoyo el Frente no habría ganado nunca.


Luján asintió, sin dejar de recordar. Se acordaba de su padre quejándose precisamente de eso. Su padre, que incluso el mismo día que se estaban votando las elecciones del 36 estaba seguro de la victoria de las derechas y que asistió, embotado, al cambio radical de panorama, y luego se pasó meses despotricando de los ácratas, auténticos culpables, para él, de aquella debacle.


-Pero los anarquistas son libres. Se organizan en grupos y el grupo es soberano. Aquí en Madrid no fueron pocos los frentepopulistas, pero eso no significaba nada para quienes no querían serlo. Y los jardineros anarquistas no querían ser del Frente Popular. Querían… no sé lo que querían. ¿La guerra civil, la revolución?


Se alzó de hombros.


-Alrededor de La Aromática comenzaron a congregarse personas nada relacionadas con la jardinería. Se oyó hablar de una célula radical y los radicales simplemente acudieron a ella como las abejas a las flores. Eran pocos, pero se dieron cuenta de dos cosas que poseían: por un lado, el conocimiento de cómo fabricar bombas. Algo que muchos sabían hacer entonces. Y, por otro, el arte del camuflaje.


-¿Del camuflaje?


A Léntulo Sediles la conversación parecía incluso divertirle.


-Camuflaje, sí, señor Inspector. Usted es policía. Dígame la verdad. Digamos que le encargan vigilar la mansión de alguien que se piensa va a ser asesinado. Digamos que hace una ronda por los alrededores de la casa. Si se encuentra con alguien, ¿lo detiene?


-Por supuesto.


-¿También al jardinero?


Carlos Luján sintió que le faltaba el aire. ¡Pues claro! Sediles esbozó una sonrisa y asintió.


-Ser jardinero es tener el mejor motivo del mundo para estar a unos pocos metros de cualquiera. Y supone manejar setos, arbustos, arizónicas… lugares donde es muy fácil esconder una bomba.


-¿Me estás contando preguntó Luján, con un susurro- que La Aromática se convirtió en una célula terrorista?


Sediles asintió.


-Destinada a conservar la pureza del anarcosindicalismo traicionado, o algo así. Una organización cuyo objetivo era hacer algo sonado tras lo que ellos veían como la traición del 36. Su estrategia era esperar a que las cosas se calentasen con las derechas para, después, hacer algo a lo bestia de lo que pudiesen ser acusadas las mismas derechas.


»Su primera oportunidad fue el follón del alférez De los Reyes3. Entonces pensaron en cargarse a algún personaje del Gobierno, pero tuvieron mala suerte: el «jardinero» que iba a colocar la bomba fue detenido por otra causa. Su segunda oportunidad fue tras el asesinato de Calvo Sotelo. Entonces decidieron matar a Azaña».


-¡A Azaña!


-A Azaña, sí. Los aromáticos juzgaron que, con la situación como se había puesto, no serían los únicos que habían pensado en esa posibilidad4. Y contaban con la actitud que usted acaba de mostrar, señor Inspector; nadie les creería capaces de hacer algo así.


-Y, ¿qué pasó?


Léntulo Sediles se alzó de hombros, con un rictus en la boca que quería decir: lo que estoy diciendo es algo obvio.


-¿Qué iba a pasar? Iban a cargárselo el viernes 24 de julio.


-Ya. Pero la guerra estalló antes.


Sediles no contestó. Ambos interlocutores fumaron un rato en silencio. Hasta que la cabeza de Luján volvió a funcionar.


-Has dicho que tu, er, amigo, estuvo vinculado a esas personas durante suficiente tiempo como para que hoy le cayesen veinte años.


-Eso he dicho, sí.


-Sin embargo, nadie le reprocharía hoy haber intentado matar a un miembro del gobierno de abril del 36 o a Azaña. Es más, si lo supiera manejar, sería un héroe.


Sediles asintió. Antes de hablar miró por la ventana. Un gesto insulso que, sin embargo, Luján se dio cuenta en ese momento de que llevaba repitiendo durante toda la entrevista.


-La historia no termina ahí. Es más, si terminase ahí, usted y yo no creo que nos hubiéramos vuelto a encontrar.


Luján reflexionó. El jardinero tenía razón. No tenía sentido que Lucía Odriozola hubiese conservado aquella tarjeta con el nombre de La Aromática si su relación proviniese de antes de la guerra. Le hizo un gesto a Sediles para que continuase.


-Llegó la guerra. Y del grupo unos van, otros vuelven. Unos se van al frente, otros no. Hay quien regresa al redil de la CNT e, incluso, hay quien se hace comunista. Una guerra civil no le afecta a dos personas de la misma manera.


-Lo entiendo.


-La Aromática sigue siendo lo que era. Un grupo anarquista violento que ahora tiene un enemigo muy claro. Pero usted sabe cómo cambiaron las cosas a partir de mediados del 38. Y lo de Casado. Sobre todo, lo de Casado.


El golpe de Estado del coronel Segismundo Casado. El hecho que alcanzó su cúspide en la noche del 5 al 6 de marzo de 1939, cuando el coronel Casado, precedido por el líder socialista Julián Besteiro y el cenetista Cipriano Mera, dan una alocución radiada en Madrid en la que anuncian la toma del poder para, en contra de los designios del gobierno de Juan Negrín, rendir la República ante Franco. En realidad, aquel movimiento no fue tanto un movimiento a favor de Franco como un movimiento contra los comunistas, en ese momento el único poder real que quedaba dentro de la República y, sobre todo, de su ejército. En Madrid se libró una guerra dentro de la guerra entre comunistas y casadistas (sobre todo, anarquistas) que acabaron ganando éstos, lo cual significó el final de la guerra.


-Dentro de la guerra hubo dos revoluciones incompatibles continuó Sediles, mirando, sin ver, hacia la calle-: la comunista y la anarquista. Es difícil pensar en planteamientos tan distintos capaces de estar en un mismo bando. Cada una quería un resultado totalmente diferente, pues una hubiera intentado construir una Unión Soviética en España y la otra rechazaba de plano algo así.


-Pero Franco les unía.


Sediles negó con la cabeza.


-En marzo del 39, Franco ya no era el problema. Franco ya había ganado la guerra. Por unas u otras razones, eso da igual. Lo importante es que había ganado. Y, por eso, había sonado la hora de los reproches, reproches asesinos. Porque ambos aliados no es que quisieran discutir quién tuvo la culpa de tal o cual error. Lo que querían era matarse, despedazarse. En el objetivo de acabar con los anarquistas, a los comunistas no les importó diezmar las filas de la República; y, en el objetivo de acabar con los comunistas…


-… incluso el pacto con Franco valía.


-Exacto. Incluso el pacto con Franco valía. Aunque Franco no pactó, no pactó con nadie.


Mientras pronunciaba las palabras anteriores, entre susurros, Léntulo Sediles había pedido al camarero otro sol y sombra, que ya le habían servido. Dio un buen trago de la copita, llena a rebosar, y luego suspiró ruidosamente.


-No pactó dijo- que él sepa.





1 La plaza de Manuel Becerra era conocida por los madrileños antiguos como plaza de la Alegría por la costumbre que existía de rezarle en ella a los difuntos el último responso, camino de su enterramiento en el cementerio de La Almudena.



2 Francisco Largo Caballero, ministro socialista de Trabajo en el primer bienio de la República.



3 Se refiere a la muerte de este alférez de la guardia civil durante unos disturbios producidos el 14 de abril de 1936, en el desfile conmemorativo de la República. El entierro del alférez fue una gran manifestación de las derechas, asimismo tumultuaria, durante la cual un pariente de José Antonio Primo de Rivera resultó muerto y el teniente Castillo disparó a quemarropa contra un joven monárquico, acción que se considera provocó que fuese asimismo asesinado algunas semanas después.



4 De hecho, cuando menos unos conspiradores, dirigidos por el militar monárquico Jorge Vegas Latapié, organizaron el asesinato de Azaña en aquellos días.