domingo, agosto 15, 2010

Folletín de verano (17)











Repasando sus notas, en un pequeño cuadernito de tapas negras que usaba para ello, Luján puso delante de sus ojos la primera página. Estaba en un taxi que renqueaba por un Madrid repleto de paseantes y de personas ultimando compras para la cena de aquella noche. El taxista, impecable con su uniforme, era ancho y de mediana edad. Luján se fijó en dos enormes manazas nudosas, posadas sobre el volante. Directamente desde la cosecha, se dijo.


La primera página de sus notas tenía un título en letras mayúsculas, escrito y subrayado por Luján: TESTIMONIOS. Tenía por costumbre apuntar siempre en la primera página el nombre y dirección de las personas que tenía que ver en el marco de la investigación que estuviese llevando a cabo. El primer nombre era el de Aurelio Barandiaín. En realidad, en ese momento no había ningún otro nombre apuntado. Estaba, también, la dirección de la Pensión Natalia, muy cerca de la Puerta del Sol.


El taxista había tomado a su cliente como un viajero navideño más.


-¿Que vamos, al centro?


-No contestó Luján-. Vamos a Chamartín de la Rosa.


-¿A Chamartín? ¿A Chamartín, dónde?


-Yo le iré indicando.


Luján lo olió. Ese momento en el que el civil se da cuenta de que está con un policía. Notó la forma en que el taxista se acomodaba en su asiento, ponía la vista en el tráfico y decidía no volver a abrir la boca.


Tardaron muy poco en llegar. El tráfico era fluido. En realidad, era pobre. Comenzó a caer una lluvia fina, que arrancó un chasquido de fastidio de la boca del taxista. Llegados a Chamartín, Carlos Luján comenzó a darle indicaciones de memoria al taxista. Guiándose por detalles de las calles que veía, aquí una tienda, allí un árbol especialmente grande. Ni una sola vez tuvo que desdecirse de la instrucción dada. Era como si hubiera hecho ese viaje cientos de veces en los últimos meses, cuando, en realidad, hacía años que no iba por allí.


Por indicación de Luján, el taxista paró en una calle recoleta de casas bajas, junto a un parque casi circular en el que, a esa hora, jugaban algunos niños, liberados en esos días de las obligaciones escolares. Ya no llovía. Los niños, embutidos en sus abrigos, se perseguían jugando a Tú la llevas. La calle tenía un aspecto casi fantasmal, y los gritos de emoción de los niños que huían de su perseguidor rebotaban en el aire, incrementando con su eco la sensación de vacío y de soledad.


Carlos Luján sacó un cigarrillo y lo encendió. Resolvió pasear por el parque. Era un parque pequeño pero bien cuidado. Bancos, en grupos de dos o de tres, colocados en pequeñas islas delimitadas por setos bajos perfectamente cortados. Un trabajo de profesionales.


Se sentó en un banco, más o menos en el centro del parque, a eso de las doce menos cuarto de la mañana. Escuchó las campanadas de una iglesia cercana, fumando indolente un segundo cigarrillo. Observó el aspecto amenazador de las nubes y temió que volviese a llover. Pensó en Laura.


Y en Franco. Últimamente, no paraba de pensar en Franco.


Antes de las doce y media, un hombre bajo y ancho, casi completamente calvo, apareció andando desde la parte posterior del parque, saliendo de una caseta medio desvencijada que era el punto que Luján vigilaba. Llevaba un mono gastado de color indefinido y un rastrillo para barrer hojas. Eso fue lo que empezó a hacer, no muy lejos de donde estaba Luján. El inspector, viendo al jardinero rastrillar el suelo, reconoció ese gesto. Incluso sintió que la garganta se le anudaba. Sólo unos segundos. Eran ocho años en el cuerpo ya. Había aprendido a desanudarse.


Se acercó al hombre. A dos metros de él, se lo quedó mirando, con las manos en los bolsillos de su gabán. De repente, no tenía ganas de hablar. Pero tampoco quería marcharse.


El viejo acabó reparando en el hombre que lo observaba, parado en medio del sendero del parque. Lo miró con ojos inquisitivos.


Luján se escuchó hablar.


-Hola, Léntulo.


Léntulo Sediles pareció querer traspasar a Luján con la mirada. Entender quién era. Ya iba el inspector a deshacer el nudo de la memoria, cuando el rostro del jardinero se iluminó.


-¡Señorito Calanda!


Luján sonreía y negaba con la cabeza.


-Calanda no, Léntulo, Calanda no. Calanda era mi tío, don Augusto. El Dueño.


El Dueño, sí. A Don Augusto Calanda, todo el mundo lo llamaba el Dueño en el Pinar de Chamartín. Allí había muchos más dueños, pero él era, por así decirlo, el más ostentoso. Su casa era admirada incluso por quienes nunca la habían pisado, y buena parte de la responsabilidad por ello era, precisamente, de Léntulo Sediles; pues incluso los que jamás habían disfrutado de la hospitalidad de El Dueño habían podido ver, desde la misma calle, su bien cuidado jardín.


-¡Su tío de usted! balbució el hombre- ¡El patrón!


-Mi tío, sí confirmó Luján-. Ha pasado mucho tiempo.


-¿Mucho tiempo? ¡Veinte años! Los nervios y la falta, ya, de bastantes dientes, hacían temblar las palabras de Léntulo, algunas de ellas perdidas en un mar de saliva- Era usted así el jardinero colocó su mano derecha a poco más de un metro del suelo-, así, así… vaya si lo recuerdo. Siempre detrás de mí y de Larita.


Larita. Luján la había olvidado. Grande y recia, silenciosa. Con que sólo alguien le gritase a Léntulo, enseñaba los dientes. Aquella perra que daba toda la impresión de ser capaz de tirarse a una hoguera si su dueño se lo ordenara.


-Me encantaba patearle los montones de hojas barridas que usted se había pasado la mañana acumulando dijo Luján, porque era verdad, y también para picarle.


-¡Desde luego! Léntulo se reía-. Era usted un mal bicho, Señorito. Un mal bicho…


-Creo que lo sigo siendo.


Le ofreció un cigarrillo. Léntulo lo rechazó sin palabras, negando educadamente con la cabeza. Luján se dijo: seguro que fuma. Pero sabe que no puede. Un cigarrillo siempre llama a otro y, si acepta el mío, luego no tendrá con qué continuar.


Luego le miró con aspecto de ir a confesar un pecado.


-¿Su señor tío, Señorito?


-Murió en Francia contestó Luján-. En el 38.


-¿En Francia? Pero, ¿entonces…?


-Logró huir, sí. En realidad, tuvo mucha suerte. El Alzamiento lo pilló de vacaciones. Ya sabe lo que opinaba del mar. Siempre decía que era incómodo y húmedo. Menuda gilipollez. Todo el mundo se iba a San Sebastián y él, a la casa de Lalín. Veranear en secano le salvó la vida.


-Pero… ¿entonces?


-Murió de pena, Léntulo informó Luján, convocando los recuerdos de tristes tardes, en un Madrid retumbante, observando a su madre llorar sin ruido por el alma de aquel desgraciado primo-. Los rojos saquearon la casa, lo rompieron todo y, lo que no rompieron, lo quemaron. O lo robaron. Rompieron la Marquesita a martillazos.


Luján había crecido en una familia que, por alguna razón que nunca conoció, había tomado la costumbre de llamar La Marquesita a aquella talla gótica de la Virgen María con el niño, en madera oscura, que era el más preciado tesoro de Don Augusto.


-Quizá usted lo vió continuó Luján-. La prensa lo publicó, publicaron las fotos de la talla rota en mil pedazos. De alguna manera, alguno de esos periódicos llegó a Francia, donde se había trasladado el Dueño. Cuando vio las fotos, enfermó de melancolía.


Léntulo asintió.


-Un cristiano no puede sobrevivir a su Madre.


Carlos Luján asintió sin palabras, mientras dejaba que toneladas de humo se escapasen de su boca e hiciesen una pequeña mella en la mañana gélida. Repentinamente, notaba cómo las palabras pesaban como plomo en su garganta. Sabía que Léntulo estaría gimiendo de miedo en cuanto él abordase la razón que le había traído hasta allí; sabía que no podía hacer nada por impedirlo. Y, sin embargo, esperaba y esperaba, tontamente. Al fin y al cabo, era Nochebuena. Por qué no creer en un milagro.


-Si lo han enterrado aquí, quiero decir al Dueño anunció solemne, el jardinero Léntulo-, le rogaría me diese razón del panteón. Quisiera ir a presentarle mis respetos.


Luján se acercó a un banco y se sentó. Le hizo un gesto a Léntulo invitándolo a seguirlo. El jardinero miró a ambos lados antes de hacerlo. Actuaba como si todavía siguiese trabajando en la mansión de alguien. Como si todo lo que le rodease tampoco fuese suyo.


-Léntulo… nunca lo supe. ¿Por qué te fuiste?


-El Señorito era muy joven explicó el jardinero, después de unos segundos en los que pareció esperar la autorización de alguien para hablar-, muy joven. Pero aquellos años… aquellos años fueron muy malos.


-Algo sé. Me lo contó mi madre, durante la guerra. Augusto Calanda, el fascista de El Pinar. El millonario entre millonarios. Mejor cerrar la casa, y esperar mejores tiempos.


-Eso es.


-Pero mi tío todavía necesitaba servicio. Y todavía podía pagarlo.


-Pero yo soy jardinero, Señorito.


-Ya. Pero sabes hacer muchas cosas. Yo te he visto hacer muchas cosas distintas: arreglar calderas averiadas, pintar…


Léntulo miró al horizonte, lejos de la mirada de Luján. Cerró los ojos dos o tres segundos, luego los abrió, secos.


-Cosas que tiene la vida fue toda su respuesta.


Léntulo Sediles había abandonado el servicio de Don Augusto Calanda en abril de 1936. A la familia, habitual inquilina de la casona de El Pinar, se le anunció que se marchaba porque había encontrado un interesante empleo en el Ayuntamiento, de jardinero de un parque de Chamartín de las Rosas. Para Carlos y para sus primos aquello fue una tragedia. No por Léntulo. Por Larita. Larita era una perra de raza no muy definida pero, sin lugar a dudas, con grandes mastines en su árbol genealógico. Era enorme y ancha y bonachona, salvo que alguien se acercase a su dueño con lo que ella interpretase como una actitud amenazante. En el jardín de la casa de El Pinar, todos los niños de las familias Luján y Calanda habían convertido a la persecución de o por Larita en su principal juego. Al tío Augusto le dio tanta pena de esa nostalgia infantil y colectiva que, en las menos de quince semanas que ocurrieron entre la marcha de Léntulo y su afortunada marcha a su pueblo natal de vacaciones, cada vez que tenía un rato libre cogía su Hispano-Suiza, metía dentro a los niños y los llevaba a Chamartín, a ver a Léntulo y a Larita. Por eso Carlos Luján conocía tan bien aquel camino, aquel parque.


Y otras cosas que, conforme fue mayor para entender, su familia le había referido.


-¿Cosas que tiene la vida? Respondió, con voz más desanimada que airada- Léntulo, tú estabas sindicado.


El anciano jardinero volvió la mirada hacia el inspector, con el terror pintado en su mismo centro.


-Te fuiste, simple y llanamente, porque te prohibieron trabajar para el Fascista de El Pinar.


Léntulo, la faz cerúlea, respiró pesadamente. A Luján algo le dolía en el centro del pecho, sin dejar de mirarlo con ojos muy abiertos. Había amado a ese hombre como a un bondadoso tío. Y Larita… Pero eran años de oficio.


Había aprendido a desanudarse, como había aprendido España entera.


-No he venido a denunciarte informó, con un susurro.


Y ya estaba. Como en el taxi, como en el resto de la vida. Es difícil saber si será el tono de voz, o la forma de mirar, o de comportarse, o la seguridad con la que se abordan las cosas; pero un policía siempre acaba por delatar que lo es. Y fue ese momento, el hecho de pronunciar esa frase que Léntulo, obviamente, no creyó, fue ese momento el que ante Léntulo tuvo mayor valor probatorio que todas las credenciales que el inspector Carlos Luján hubiera podido presentarle.


El viejo jardinero socialista se echó a llorar y, en un gesto desesperado, tomó las manos del policía falangista y comenzó a besárselas.


Carlos Luján se quedó unos segundos contemplando esa escena como si las manos no fuesen suyas, como si sus ojos fuesen un cinematógrafo que exhibiese la escena de un drama en blanco y negro, como aquella mañana gris de Nochebuena. Luego las retiró. Necesitó de cierta violencia. Léntulo no quería soltarlas.


-Léntulo… ¡Léntulo, joder! ¡He dicho que no he venido a denunciarte!


-Señorito balbucía el viejo-… ¡Señorito Calanda!


Luján resolvió esperar. Lo dejó llorar unos minutos, a lo largo de los cuales Léntulo peroró en murmullos, de los que su interlocutor apenas captó palabras sueltas. Finalmente, el jardinero recuperó parte de la compostura.


Con un profundo, largo, suspiro, dio por terminada su crisis de pánico. Esta vez sí que aceptó el cigarrillo que le ofreció Luján. Más que fumárselo, lo devoró.


-¿Desde cuándo lo sabe? Acabó por preguntar, con gesto pedigüeño.


-¿Me preguntas que si El Dueño lo sabía? No, no creo. No creo que lo supiera nunca.


-Yo soy católico declaró Léntulo, recuperando la compostura-. Apostólico y romano. La Marquesita…


-Sí, sí. Te recuerdo rezándole, Léntulo a Luján le tranquilizó observar que su sonrisa hacía mella en su interlocutor-. Lo sé, lo sé. Me lo dijeron después, cuando la guerra.


-Sí ya. Como le dirían otras cosas.


El anciano temblaba. Miraba al suelo, y temblaba. Luján se repetía en silencio: todo esto es necesario, Carlos. Todo esto es necesario.


-Me lo contó doña Brigi le informó.


Léntulo volvió fugazmente la cabeza, como si necesitase acopiar esa información en los ojos de Luján.


-¿Doña Brigi? ¿Siguió con ustedes?


-Hasta el final contestó Luján-. Siguió siendo la criada de mis padres antes, durante y después de la guerra. En el 38 y el 39 vivíamos de ella. Tú sabes lo que valía entonces en Madrid una persona con familia en el campo. De no ser por las viandas que consiguió colar, supongo que habríamos muerto de hambre. Pero ella seguía llamando Señora a mi madre. Murió de pulmonía, en el 46.


Luján dio una calada profunda a su cigarrillo y, después, siguió hablando.


-Una noche, en el invierno del 36, doña Brigi fue a mi habitación, a arroparme. Y me encontró llorando. Estaba llorando por ti, Léntulo.


El viejo jardinero retornó a mirar el rostro de Luján. Ojalá se percate de que no le estoy mintiendo, pensó él. ¿Por qué la gente nunca cree las historias que les cuentan los policías?


-¿Llorando… por mí,… el Señorito?


Luján dejó escapar una risa breve.


-Yo era un crío, Léntulo. Pensaba muchas tonterías. Y una de las tonterías que pensaba era que los jardineros no tienen casa. Que viven en sus jardines, en sus invernaderos. Y aquel invierno, en la noche, desde casa se escuchaban las detonaciones de todo lo que llegaba desde Garabitas1. Y yo pensaba que tú estabas en la calle, sin refugio. Pensaba que te matarían.


El pecho del jardinero pareció colapsarse bajo su ropa de trabajo.


-¡Señorito! ¡Usted pensaba eso!


-Rezaba por ti, entre lágrimas.


Luján adivinó la intención de Léntulo: retornar el besuqueo de sus manos. Lo detuvo con un gesto de la mano.


-Doña Brigi pensó que tenía miedo de las bombas, así que se sentó en la cama y empezó a explicarme que no podían llegar hasta nuestra casa. Entonces yo le confesé mi miedo. Y ella me dijo, lo recuerdo bien: «mocete, no derrames ni una sola lágrima por ese currinche».


Léntulo permaneció en silencio. La impresión que daba era la de sentirse dolido con el relato. Pero no, en modo alguno, sorprendido.


-No me voy a extender, pero supongo que ya te imaginas que quien compartió contigo muchas labores de servicio en las temporadas que pasábamos en el Pinar, con nuestro tío, te llamó de todo menos bonito. Y fue ella la que me dijo que estabas sindicado. Que siempre lo habías estado.


-¿Siempre? Señorito, yo…


-Siempre, Léntulo un susurro bastó para callar al azorado jardinero. Privilegios de policía-. No empecemos ahora a dar vueltas a cosas que importan poco. Aunque sé que no te lo crees, no he venido aquí para meterte en ninguna cárcel ni colocarte delante de ningún paredón ni darte ningún paseo2. He venido sólo porque hace unos pocos días he recordado, repentinamente, que dentro de todos aquellos insultos que Doña Brigi me soltó sobre ti, dentro de todos sus relatos sobre lo mucho que te gustaba frecuentar la calle Piamonte3, acabó por confesar que todo eso lo había averiguado muchos años antes cuando descubrió, por casualidad, tu carné sindical.


-Mi carné sindical… -se limitó a repetir Léntulo, como hipnotizado por el relato del policía.


-Aquella noche dijo doña Brigi: «malditos rojos, no respetan nada; ni siquiera un nombre tan bonito como La Aromática».


Luján tragó saliva. Léntulo parecía narcotizado.


-Porque así se llamaba el sindicato de jardineros. ¿Verdad, Léntulo?


El jardinero miró al horizonte, suspiró pesadamente y, luego, asintió en silencio4.


Así que era eso. Luján reprimió un escalofrío. Gracias, doña Brigi. Uno nunca olvida las cosas que ocurren cuando está temblando de miedo.


-Era una sociedad obrera, Señorito le escuchó decir a Léntulo-. Y muy necesaria. Los jardineros no somos productores. Entre nosotros nos llamábamos, con chanza, las Artes Verdes. Ya sabe, para tratar de igualarnos con las Artes Blancas, o las Artes Gráficas. Pero, quiá. Dónde se vio un jurado mixto5 para los jardineros. Cada jardinero tiene un patrón, un solo patrón. Los obreros sólo tenemos fuerza cuando somos muchos y el patrón, uno.


-No hace falta ser marxista para defender eso.


El viejo apoyó los codos en las rodillas, juntó las manos, suspiró de nuevo y miró a Luján. Casi tenía media sonrisa en los labios.


-Pero sí hace falta ser marxista para conseguirlo, Señorito.


-El tiempo te desmentirá.


Nuevo amago de sonrisa.


-Estaré muerto antes de que en España amanezca, Señorito. Así pues, me da igual. Podo los setos, barro las hojas, y cuido de las plantas. Es lo que me queda por hacer.


Léntulo se pasó la lengua por los labios, resecos de aire gélido.


-Pero vine a esta Tierra con mis ideas, y con ellas me iré. Dicho sea con todos los respetos hacia la figura de su señor tío, al que idolatro; y de usted mismo. Señorito.


Ambos interlocutores se escrutaron la mirada. Luján vio en los ojos del jardinero la fuerza que otorga la resignación. Se dio cuenta de cuál era su reflexión estratégica. Léntulo y Luján habían sido casi uña y carne. Así pues si Luján, ahora convertido en policía, había ido a buscarlo, podían ocurrir dos cosas: que fuese verdad que no pensaba denunciarlo, o que no. Si no era verdad, entonces para Léntulo ya todo daba igual. Era irrelevante que llorase, que le besase las manos, que le mintiese, o que tratase de convencerle de que La Aromática había sido sólo una tertulia de café. Saber que estaba perdido había hecho temerario al viejo Léntulo.


-He venido aquí para que lleguemos a un acuerdo anunció, finalmente, Luján.


La mirada de Léntulo se puso en guardia.


-¿Un acuerdo? ¿Qué puede usted querer de mí?


-Información.


-¿Información?


-A una mujer llamada Lucía Odriozola se le intervino, durante un registro en su domicilio realizado hace ocho años, una tarjeta con una referencia escrita a mano: La Aromática, Chamartín de las Rosas. Hasta el día de hoy, nadie ha reparado en que esa tarjeta es una anotación relacionada con actividades sindicales de personal de jardinería. Y así quiero que siga siendo. Por lo que a mí respecta, y yo llevo esa investigación, esa tarjeta no existe. Nunca existió. Pero eso no quiere decir que no quiera averiguar qué hay detrás de ella.


Luján dejó pensar a Léntulo unos segundos. Conforme lo hacía, notó cómo el color le abandonaba la faz.


-Señorito, usted… quiere… ¡Señorito!


-Ahora me llamo Señor Inspector, Léntulo. A partir de ahora mismo, así me vas a tratar. Y, sí, lo que te estás imaginando es exactamente lo que quiero.


-Le juro, Señori… Señor Inspector, le juro por Dios y por la Sagrada Marquesita, le juro por lo más sagrado que yo no tengo contactos ya con nadie que…


-Pues si no los tienes, hazlos. No te será difícil. ¿No dices que ahora que no hay marxismo estáis tan puteados? La gente encabronada larga mejor, ¿o no?


-¿Y qué garantías tengo yo de que cualquier policía me va a dejar en paz?


En todo el centro. Luján suspiró. Era, en cualquier caso, inconcebible que la pregunta no surgiese.


-Yo te cubro respondió-. Puedes creerme que puedo hacerlo mintió-. Tengo contactos al más alto nivel.


Se dijo: tampoco le estoy mintiendo del todo. Por mucho que supiese que ni Ismael Rebollo ni Francisco Franco, Caudillo de España, moverían jamás un dedo por salvar la vida de un jardinero marxista.


En todo caso, a Léntulo aquellas palabras parecían haberle tranquilizado.


-Necesito que seas cauto. Pero también necesito que averigües algo. Por qué Lucía Odriozola había hecho esa anotación, y la conservaba. Con quién se relacionaba de la Aromática aquí mismo, en Chamartín. Por qué. Para qué. Cuándo.


-¿Quién es Lucía Odriozola? Preguntó Léntulo.


-Eso a ti no te importa. Tienes el nombre, eso es todo lo que necesitas.


Se levantó. Sacó su libreta y un lápiz. Arrancó una hoja y escribió nerviosamente en ella.


-Toma le dijo a Léntulo, alargándole el papel, junto con tres cigarrillos-. Me puedes llamar a este número. Aunque preferiría que me visitases. Dices en la puerta que me tienes que ver, me dan el recado y bajo. Y espero añadió, alzando los brazos, como un combatiente que se rindiese-, que sepas valorar esto: un policía falangista ha venido aquí, armado, y tú le has confesado que eres marxista. Y no te vas ni detenido, ni denunciado. Porque esas cosas, Léntulo, ya no hacen ni puta falta. Aunque tú no lo creas, en España empieza a amanecer.


Léntulo, aún sentado en el banco, sopesaba su destino. Mirando a ninguna parte, le dio a Luján toda la impresión de estar tratando de asimilar las muchas cosas que habían pasado en menos de media hora de su vida. Quizá había atendido al discursito final. Quizá no.


Pasados unos segundos, levantó la vista y miró a Luján, de abajo a arriba.


-Larita tenía debilidad por usted, Señor Inspector.


Luján se quedó callado. No esperaba algo así.


-Varios meses después de terminar la guerra, alguien le dijo a unos balillas6 que había trabajadores municipales que guardaban banderas republicanas en las mismísimas dependencias del ayuntamiento. Registraron varias, entre ellas la casita del parque, allí, al fondo. Yo estaba comiendo y Larita, ya muy vieja, me miraba. Ellos entraron, hicieron una pregunta que no entendí y luego dos de ellos se dirigieron al fondo de la caseta. Uno de ellos, en el camino, me empujó para apartarme; casi me caí de la silla. Larita se le tiró. Y ellos la mataron a patadas, allí mismo.


Los labios de Léntulo temblaban de nuevo. Se levantó, muy trabajosamente, y enfrentó de nuevo la mirada del policía.


-Desde ese día, para mí, Señor Inspector, es de noche. Noche cerrada.


Se dio la vuelta y echó a andar hacia la caseta, arrastrando los pies. Luján observó que metía la mano derecha dentro de uno de los bolsillos de su ropa de trabajo, guardando el papel que él le había dado.





1 Se refiere al monte Garabitas, situado en el área de la Casa de Campo y Ciudad Universitaria. Una posición estratégica que el ejército franquista tomó ya en 1936, y que conservaría durante toda la guerra, desde la que bombardeaba Madrid.



2 Durante la guerra, a la acción de llevarse a una persona, normalmente de la cárcel, a algún lugar apartado y, una vez allí, fusilarlo, se lo denominaba «dar el paseo».



3 Sede de la Casa del Pueblo de Madrid hasta el final de la guerra.



4 Así se llamaba, en efecto, la organización de jardineros que figuraba en 1935 como una de las sociedades obreras propietarias de la Casa del Pueblo de Madrid.



5 Órganos creados por Largo Caballero, al principio de la República, para la discusión de las condiciones laborales y salariales. Antecedentes de la actual negociación colectiva.



6 Falangistas.