miércoles, junio 09, 2010

La guerra civil bis (1)

El general Francisco Franco ganó la guerra civil. Y también ganó la segunda guerra civil. Cuando la primera guerra civil estalló, no estaba del todo claro que su bando, que entonces no dirigía él, fuese a ganar. Los resultados del first strike del llamado alzamiento (una forma como cualquier otra de no llamar a las cosas por su nombre) fueron bastante descorazonadores para los rebeldes. Luego pasaron muchas cosas que hicieron que, sin embargo, quien en un primer momento quizá pudo pensar que no tenía demasiado futuro, acabara con posesionarse de dicho futuro durante cuarenta años. Sobre este tema mucha gente tiene una opinión o, incluso, varias. La pregunta de qué le hizo a Franco ganar la guerra (pregunta que, en mi opinión, debe plantearse de otra manera: qué le hizo a la República perderla) es una de las preguntas más apasionantes del estudio de dicho enfrentamiento.

Casi nada más terminar la primera guerra civil, empezó la segunda. Una guerra de la que muchas de las personas que saben de la primera lo desconocen casi todo. La República, perdida la guerra en el terreno bélico, trató de ganarla en el terreno diplomático.

Cuando la segunda guerra mundial terminó se produjo un proceso inusitado en la Historia de la Humanidad. Por primera vez, los Estados ganadores se plantearon hasta qué punto no tenían la responsabilidad de ser jueces de quienes provocaban las guerras. Esta cuestión provocó la eclosión del concepto de crimen contra la Humanidad y los llamados juicios de Nuremberg, amén de cierta doctrina por la cual los amantes de la libertad tenían, no sólo el derecho, sino el deber de preservarla convirtiéndose en defensores activos de la misma. En la segunda mitad del siglo XX, luchar activamente por la democracia se convirtió en algo lícito.

Pasadas las décadas, este mecanismo mental, bastante trufado de wishful thinking, acabaría por hacer aguas. Resultó que no todos los presuntos amantes de la libertad lo eran en realidad: en la coalición militan o han militado elementos tan liberticidas como Josif Stalin o los secretarios de Estado norteamericanos a los que no les ha importado teledirigir desde Washington dictaduras atroces en el Tercer Mundo. Además, resultó que el mundo está lleno de escalas de grises. ¿Es lícito liberar a los bosnios del yugo serbio? Sí. ¿Y a los iraquíes del yugo de Sadam? El Hermano Lobo contestó: Auuuuuuuuuu....

Pero antes de que el mundo cayese en esta cuenta; antes de que la ONU se convirtiese, como lo ha sido en diversas etapas de su existencia, en una Asamblea donde los dictadores eran mayoría cuando menos numérica, el mundo creía estar entrando en una nueva etapa en la que toda ponzoña sería cortada de raíz. Y ahí comenzó, en lo que a España se refiere, la segunda guerra civil.

Las convicciones fascistas de Franco son terreno de la psicohistoria. Pero que Franco no sólo colaboró con los regímenes fascistas sino que los imitó y construyó un Estado a su imagen y semejanza, es algo que no niegan ni los mismos franquistas. Haciendo uso de su providencial esencia galaica, es decir la habilidad sempiterna de decir que sí y que no en la misma frase, fue un más que digno aliado de las potencias del Eje, pero no parte del Eje mismo. Durante la segunda guerra mundial fue un apasionado colaborador de Hitler, pero recibía a los embajadores británico y estadounidense, a los que también les cantaba alguna que otra melodía de sirena. Con la División Azul dio el paso más claro de implicación pro-Eje; paso que, en todo caso, tuvo más motivaciones que las puramente relacionadas con la guerra mundial, pues por esa vía consiguió quitarle presión a la válvula nacionalsindicalista, que amenazaba con estallar enervada por su cuñado Monchito.

Merced al hecho de que Franco nunca entró en la segunda guerra mundial, y por lo tanto nunca se alistó en el Eje propiamente dicho, cuando las tropas de Hitler comenzaron a poner el culo contra Mannheim y se fueron retirando por las Ardenas arriba, no fue invadido. En realidad, para entonces ya le estaba ratoneando a los alemanes el wolframio que necesitaban para blindar sus blindados, cicatería de la que Washington estaba perfectamente informado. El día que capituló Japón, las tropas aliadas habían alcanzado sus últimos objetivos.

¿O no?

Ésta fue la tesis de los republicanos españoles y de la docena de naciones que eran sus aliadas en ello. Merced a las tesis de Nuremberg, la guerra, que se conformó como una guerra contra el liberticidio, no se podía considerar terminada hasta que todos los liberticidas fuesen vencidos. Y quedaba Franco quien, verdaderamente, no se podía ocultar, entraba entonces en los estadios y plazas de toros mientras hasta los cabestros saludaban brazo en alto, como se había saludado a Hitler y a Mussolini.

Mi misión en este post y los que le seguirán será contaros cómo ganó Franco esa guerra o, si lo preferís, y de nuevo creo es la forma más correcta de expresarlo, cómo la perdió la República.




El final de la guerra civil, borrascoso y complejo, levanta muchas dudas en materia de legitimidad. En febrero de 1939, durante una reunión fantasmagórica en el castillo de Figueras, el gobierno del doctor Juan Negrín había recibido el apoyo de todos los grupos republicanos. En esto se apoyaba Negrín, una vez terminada la guerra y en el exilio, para sostener la idea de la pervivencia de su Ejecutivo. Sin embargo, no pocos juristas, incluso del lado republicano, recordaban que todo gobierno, por definición, tiene un pueblo y un territorio sobre el que ejerce su mandato, condiciones éstas que ya no se daban en el caso del republicano. Además, hay que tener en cuenta que, tras el mal llamado golpe del coronel Casado (yo prefiero llamarlo golpe de Miaja), y dado que quienes lo secundaron lograron el control de las tropas republicanas, cabe sostener que el gobierno Negrín había sido depuesto, luego ya no representaba a la legalidad republicana.

Sean las cosas como sean, lo que está claro es que el Negrín que aparece en París a finales de marzo de 1939, y acuerda con los miembros allí presentes de la Diputación Permanente de las Cortes una reunión de la misma, se considera no sólo el mayor, sino el único depositario de la legalidad republicana. Tanto es así que en su discurso ante la Diputación, 31 de marzo, no sólo expresa su convencimiento sobre la legitimidad de su gobierno, sino que se permite el lujo de coquetear con la ilegitimidad de la propia Diputación, dado que ésta sí que no tiene territorio sobre el que actuar y, consecuentemente, la idea de unas Cortes que se reúnen en tierra extraña es algo difícil de asumir. Es la primera ocasión, y no la última, en la que Negrín pretende hacer de su capa un sayo y seguir siendo presidente del gobierno republicano sobre la base de que lo controle Rita.

Lo que recibe Negrín es una verdadera andanada retórico-jurídica. Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, argumenta, más o menos, que si Negrín está allí para comentar cositas porque le apetece, entonces que no diga que es el presidente del Consejo de Ministros; y que si está allí como presidente del Consejo de Ministros, entonces lo hace frente a la Diputación Permanente, representante constitucional del Parlamento, con todo lo que supone de derecho de ésta de juzgar su gestión y, sobre todo, darle órdenes. Termina diciendo Barrio que, en su opinión, el gobierno de la República ha dejado de existir; pero, si existiese, la Diputación estaría tan viva como él.

En suma, la doctrina Negrín, según la cual pervive el gobierno pero no las instituciones parlamentarias (una teoría, por cierto, que tiene de democrática lo que yo de lagarterana; y es que hay que ver las cosas que hay que oír y leer cuando se moteja a Negrín de supercampeón de las libertades) le parece al republicano una carallada. En el paroxismo de afirmarse más allá de todo control o auditoría, Negrín llega a decir que no sólo la Diputación Permanente, sino el mismo Parlamento no pueden relevarle de las responsabilidades que tiene como presidente del gobierno.

Álvaro de Albornoz, otro fino jurista republicano que, según las propias memorias de Pasionaria, se enfrentó con ella (y perdió) en febrero del 36 cuando los comunistas quisieron abrir las cárceles, interviene para decir que no puede haber primer ministro si no hay gobierno; y, sin territorio ni población, no hay gobierno que valga.

Y así está el tema republicano: la Diputación Permanente de las Cortes no cree que exista gobierno, y el gobierno no cree que exista la Diputación Permanente.

En la sesión del día siguiente, 1 de abril, las cosas se ponen aún peor. Pasionaria, el gran aval de Negrín en realidad, carga contra la Diputación Permanente, a la que prácticamente moteja de atajo de cobardes por no haber volado echando leches a Madrid para ordenar a Casado que depusiese su rebelión cuando la puso en marcha. Se monta la mundial, con reproches de alto signo por ambas partes, hasta que Ibárruri concluye dejando claro que, para los comunistas, no hay más gobierno que el de Negrín.

Finalmente, la Diputación claudica, y acepta el principio negrinista, un poco absurdo la verdad, de que el gobierno del doctor no puede dejar de serlo por imposibilidad de declinar su puesto frente al órgano constitucionalmente encomendado para ello (el Parlamento). Ya digo que, para mí, este argumento es tautológico. El gobierno no puede dimitir ante el Parlamento porque el Parlamento ya no existe. Pero si no existe el Parlamento, ¿cómo es posible que siga existiendo el gobierno?

En ese momento procesal, la respuesta a la pregunta no es ni jurídica, ni constitucional, ni siquiera ideológica: es, fundamentalmente, económica. No pocos de quienes participaron en esa discusión sabían, o sospechaban, que tentáculos republicanos habían logrado sacar de España, antes de la debacle final, fondos cuantiosísimos cuya exacta valoración nunca hemos conocido y, muy probablemente, nunca conoceremos. Procedente de incautaciones masivas y otros medios, la República contó con un importante flujo de fondos, y discutir sobre quién estaba al frente de las instituciones republicanas en el exilio equivalía, en la práctica, a discutir quién controlaría esa pasta. Negrín, más que probablemente, afirmaba su candidatura para seguir siendo presidente del Consejo de Ministros porque esperaba controlar esos fondos; algo que no pasó dado que, tras la odisea vivida por el famoso yate Vita, las riquezas del mismo caerían en las manos de su correligionario Prieto, quien no sólo no se las devolvió, sino que acabó arreglándoselas para echarlo del PSOE.

Lo importante a los efectos de esta serie, sin embargo, es que, tras muchos dimes y diretes cuyo fondo, como digo, es la pasta, la República sobrevive con dos, que pronto serán tres, focos de legitimidad institucional y política: por un lado, está el gobierno de Juan Negrín, llamado a ser muy potente como consecuencia de su capacidad económica derivada de los activos conservados, pero que pronto se quedará sur la paille; por otro lado, están las Cortes republicanas, o más concretamente su Diputación Permanente, que se sienten, eso sí con la opinión contraria de Negrín, representantes del sentir popular que votó en febrero de 1936; y, con el tiempo, y gracias al golpe de suerte del atraque del Vita en Veracruz y la decisión del presidente Lázaro Cárdenas de darle el control de los fondos, surgirá un tercero en discordia: Indalecio Prieto. Negrín y Prieto, que serán enemigos irreconciliables a partir del momento en que el segundo se quede con los fondos del Vita, se parecen, sin embargo, en una cosa: ambos quieren jugar el partido de la oposición antifranquista a su puta bola.

Serán las Cortes republicanas las que traten de guardar las esencias institucionales de la República y las que, en 1942, más concretamente el 27 de julio, cuando perciban que las tornas de la segunda guerra mundial comienzan a cambiar claramente, pongan en marcha la operación de acoso y derribo internacional del régimen franquista.


Ha estallado la guerra civil bis.