miércoles, marzo 10, 2010

Cuando no hay salida

Cuando no hay salida, absolutamente ninguna, se produce la tristísima realidad del suicidio. Suicidarse, es decir acabar con la vida propia, es una de las cosas más tabú de nuestra sociedad. Desde las personas individuales hasta los medios de comunicación, todo el mundo oculta el suicidio como realidad y, quizá por eso, es una realidad difícil de aprehender.

Por ejemplo: ¿vosotros sabríais decirme cuánta gente se suicida en España hoy en día?

Pues os quitaré la curiosidad: una persona cada dos horas y media, aproximadamente. Según el INE, en el año 2007 algo más de 3.200 personas fallecieron por suicidio o lesiones autoinflingidas.

Y la segunda pregunta: eso, ¿es mucho, o es poco?

Para contestar dicha pregunta, podríamos acudir a la comparación internacional. Pero eso es para otro tipo de blogs. Este es de Historia, así pues, y en consecuencia, este esforzado amanuense, sin cobraros IVA ni nada por ello, se ha picado picadito los datos de los fallecidos por suicidio en los primeros 94 años del siglo XX. ¿Por qué 94? Pues porque a partir de ese año, más o menos, los datos de las defunciones por causa de muerte están colgadas año a año, y me rallaba un poco tener que ir bajándome ficheros uno a uno para coger tan sólo un par de datos.

La serie histórica, tal y como queda, es tal que así:




De estos datos cabe hacer una interpretación epidérmica bastante sencilla. En los primeros años del siglo XX, los españoles se suicidaban poco, tal vez porque eran pocos o porque se morían tan pronto que no tenían tiempo de matarse a sí mismos. La cosa cambia radicalmente en los albores de la cuarta década del siglo, justo cuando se proclama la II República (y la supercrisis económica del 29, que yo creo que es bastante más responsable de esta tendencia que los hechos políticos). La Guerra Civil parece ser algo parca en suicidios, probablemente a causa de la enorme gama de posibilidades de morir que siempre alumbra una guerra (aparte las naturales dificultades de hacer estadísticas fiables); pero en la inmediata posguerra se produce un repunte muy breve pero muy brutal, hasta el punto de que el volumen de suicidios al inicio de los cuarenta no se vuelve a ver hasta mediados de los ochenta. Por último, el franquismo marca una tendencia suavemente descente en los suicidios, que repuntan al iniciarse la década de los ochenta, con subidas muy bruscas.

No obstante, el número bruto de suicidios no es una cifra muy fiable. Así que para afinar un poco más, lo que he hecho ha sido calcular la tasa de prevalencia de los suicidios sobre el total de fallecimientos, en tanto por 1.000. Esto es: número de suicidios por cada 1.000 fallecimientos totales. El resultado es un tantico sorprendente.


La serie histórica de la ratio confirma el carácter notablemente dramático de la crisis del 29 y la República sobre los suicidios en España, aunque matiza notablemente el pico de la posguerra. A mi modo de ver, nos viene a decir que en los primeros años cuarenta hay muchos suicidios porque hay muchas muertes en general, probablemente como consecuencia de la pobreza generalizada y la represión política.

Observar la ratio, en todo caso, matiza mucho, a mi modo de ver, la impresión primera de que los años del franquismo (tramado en rojo en el gráfico) marcaron un descenso de los suicidios. Así vistos, lo que muestran éstos es cierta tendencia a subir y, además, a colocarse en «suelos» del entorno de 6 suicidios por cada 1.000 fallecimientos, estratosféricamente superiores a lo observado con anterioridad.

Con todo, lo que la ratio confirma es que, claramente, los años de democracia (en verde) y muy especialmente la década de los ochenta, marcan un repunte de la situación hacia límites realmente desconocidos en el pasado reciente.

¿Por qué? Bueno, eso es pregunta para sociólogos, porque conocen la materia; y, en ausencia de éstos, para actores y cantantes, porque a éstos les da igual Juana que su hermana y tienen opinión de lo que caiga. Como ninguno de los tres es mi caso, no sé si decir algo; pero creo que echaré mi cuarto a espadas.

Es evidente que no es la democracia en sí lo que es tóxico para la estabilidad emocional y psicológica de las personas, hasta el punto de disparar su tasa de suicidios. Sí lo es, más bien, el hecho de que las dictaduras parecen ejercer en muchas capas de la población el efecto sedante de aportarles un modo de vida reglado, predecible, en el que se sienten cómodos; y, al fin y al cabo, los regímenes de libertades no hacen sino romper esa estabilidad. La democracia de los años ochenta significó reconversión industrial; significó, ahora que tanto se habla del tema, reformas en el sistema de pensiones (que forzaron la retirada del Parlamento del secretario general de la UGT, Nicolás Redondo padre, hasta entonces diputado del PSOE); significó un entorno laboral en el que eso del contrato y la empresa para toda la vida se fue el garete. También cabe preguntarse si es que eso de que la mujer haga lo que quiera no ha puesto al hombre de los nervios y/o no ha colocado a la mujer ante problemáticas que joden bastante.

Otra vía de pensamiento, creo yo que más acertada (al menos intuitivamente) se basaría en considerar que los tiempos políticos, en nuestro caso, vienen a coincidir, casi por casualidad, con corrientes evolutivas sociales más profundas, que nos habrían pillado de una forma u otra. Según esta hipótesis, la creciente importancia de los suicidios en las muertes registradas por la población española estaría más correlacionada con el hecho de que la vida, en general, se ha hecho más difícil. Éste es un factor que recuerdo bien que, cuando yo era un crío, en los años sesenta, se señalaba mucho de los Estados Unidos: un país donde era extremadamente importante tener dinero y capacidad de consumo, lo que provocaba que quienes no alcanzaban dichos estándares fuesen unos, por así decirlo, hiperfracasados. ¿Se habrá convertido España en un sistema social que expulsa a sus fracasados, abocándolos, en proporciones históricamente desconocidas, al suicidio?

Se podría pensar: es que, mal que nos pese, la tasa de suicidio no deja de ser cierto signo de desarrollo. En apoyo de esto, siempre se puede aducir la famosa leyenda urbana, que mi experiencia me dice que hay cienes y cienes de personas que creen a pies juntillas, de que Suecia es el país más suicidal de Europa y tal vez del mundo. Lo malo es que la dicha leyenda es mentira. En el año 2007, se mataron 11,4 suecos por cada 100.000 habitantes. Esta tasa es desde luego superior a la de España (6,1). Pero empalidece ante la mostrada por países como Lituania (28), Hungría (21,4) o Eslovenia (18,4). Eso sí, en las estadísticas se observa que los países con menor prelación del suicidio son mediterráneos: Chipre (2,2 suicidados por cada 100.000 habitantes) y la quebrada Grecia (2,6). Si tenemos en cuenta que la tasa italiana es también muy baja (5,2), plugue que nos preguntemos si no será que los mediterráneos se suicidan menos.

En todo caso, parece claro que en el último cuarto de siglo hemos trepado, y no es, desde luego, buena noticia esta trepada. Quizá debiéramos cantar, con Presuntos, aquello de ah/cómo hemos cambiado...