domingo, enero 31, 2010

Goliat agotado (y 6)

La ambición nazi por anexionar Austria a Alemania es obvia y totalmente coherente con su ideología ultranacionalista. En 1934, Hitler ya había intentado dicha anexión, con ocasión del asesinato del canciller Eberhardt Dollfuss; pero, en ese momento, Francia e Italia se lo impidieron. En 1938, se diseñó el segundo acto de esta invasión. El canciller austriaco Schuschnigg fue convocado a la guarida de Hitler en Berchstesgaden y presionado hasta la saciedad. Se le dio leña al mono, no hasta que habló inglés, sino hasta que aceptó nombrar a un nazi, Seyss-Inquart, ministro del Interior. Este nombramiento puso a la policía austriaca en manos de los alemanes. El 9 de marzo, Schuschnigg convocó un referéndum para que los austríacos decidiesen sobre su anexión o no a Alemania. La respuesta de Hitler fue la invasión.

Al día siguiente de la invasión, Chamberlain habló en la Cámara de los Comunes con inusitada dureza contra la acción. A este discurso contestó Churchill con una alocución histórica en la que afirmó algo en lo que entonces nadie creía, y es que todo lo que estaba pasando con Hitler eran distintas partes de un programa agresor cuidadosamente diseñado, y se preguntó cuánto tiempo más esperaría Inglaterra sin hacer nada. Sin embargo, Inglaterra esperó.

En primer lugar, el ánimo pactista de Chamberlain se melló con aquella invasión, pero en modo alguno se derrumbó. Por otro lado, por extraño que nos pueda parecer a quienes sólo hemos vivido los tiempos posteriores, tiempos que han sido, cómo decirlo, de una cierta amnesia por parte de los aliados, lo cierto es que la invasión de Austria, sin contar con adeptos, sí contaba en Reino Unido con, digamos, personas neutralmente comprensivas. Un político tan poco sospechoso de filonazismo como Neville Henderson dijo públicamente que la tentativa del referéndum austríaco era un error, porque suponía mosquear a Hitler. Por lo demás, en Inglaterra en particular, y en Europa en general, existía la sensación de que, tras la disolución del imperio, Austria era una entelequia que no podría existir por sí sola. Como tercer y último factor, los estrategas en Londres y en París establecían una diferencia clara entre Austria, que era sólo miembro de la Liga de las Naciones; y Checoslovaquia, país con el que tanto Francia como Rusia tenían tratados de alianza defensiva. De alguna manera, pues, había analistas que se quedaban tranquilos pensando que Hitler le había metido mano a Austria, pero había dejado tranquila a Checoslovaquia. No se dan cuenta de que eso que he dicho de que las escaleras siempre tienen varios peldaños.

De todos los jefes de Estado no nazis, Stalin era el que veía con más claridad la amenaza. El 19 de marzo, propuso una conferencia de las grandes potencias. Es decir: la propuesta Roosevelt rediviva. El destino de la versión 2.0 fue el mismo que el de la anterior: el señor Chamberlain ordenó rechazarla e, incluso, moderó sus ataques públicos a Alemania, como si se arrepintiese de su violencia verbal tras la invasión. Incluso insinuó que, en caso de ser Checoslovaquia atacada, se pensaría eso de contestar.

Mientras los aliados dudaban, Hitler seguía con su guión.

Todo el mundo sabe que los derechos de los sudetes, minoría germanoparlante residente en Checoslovaquia, fueron la gran disculpa de Hitler para hacerse con el país. En realidad, a Hitler los sudetes, probablemente, le importaban una higa. El problema checo era para Hitler estratégico. Checoslovaquia tenía unas instalaciones de defensa envidiables, tanto es así que fueron altamente ponderadas por los generales alemanes cuando se hicieron con ellas sin disparar un solo tiro. Mientras existiese Checoslovaquia, existiría un parapeto tras el cual podía emboscarse Stalin, y no hay que olvidar que Hitler siempre pensó en la invasión de Rusia como su principal objetivo.

Todos los políticos británicos estaban, a finales de mayo del 38, convencidos de la inminencia de un ataque alemán sobre Checoslovaquia. Toda la infraestructura diplomática británica se aplicó en dejar claro a Alemania que no lo permitirían. Hitler, en ese momento, o dudó o hizo que dudaba; probablemente, fue sólo un movimiento estratégico, pues en ese momento los informes de sus generales desaconsejaban que se pelease.

El gigante franco-británico-soviético que, según la prensa mundial, le había parado los pies al de los bigotes tenía, sin embargo, los pies de barro. A Daladier y su ministro de Exteriores, Bonnet, les había costado Dios y ayuda convencer al blandito Chamberlain. De hecho, el británico en lo que pensaba era en algo parecido a la solución Hoare-Laval, es decir impulsar a los checos a hacer concesiones a los alemanes para así impedir que los aliados tuviesen que cumplir sus amenazas de intervenir. En esta convicción cumplió un papel muy importante un sentimiento insondablemente estúpido, injusto y tocahuevos al que son aficionados los británicos: el euroescepticismo, el anticontinentalismo, el considerarse ente aparte, isla distinta, respecto de Europa propiamente dicha. Esa estupidez, que explica cosas como que Reino Unido no esté en el euro, decisión que le ha costado muchos millones a su economía (amén de la convergencia de ambas divisas, en detrimento de la libra), le costó en este caso centenares de miles de muertos. Fruto de este sentimiento son cosas como la oposición cerril que, aún en 1938, exhibían laboristas y liberales frente al rearme británico, concebido como la construcción de un ejército para luchar en el continente.

A primeros de agosto, Chamberlain llamó a su despacho a Lord Runciman y le encargó un viaje a Praga donde debería presionar al presidente Benes para que cediese ante las peticiones de los sudetes. La Misión Runciman llegó a Praga el día 4. De alguna manera, Chamberlain seguía creyendo que Hitler era alguien con quien se podía pactar. Y, sin embargo, no fue así. En las dos semanas que Runciman pasó en Checoslovaquia (la mayor parte de cuyo tiempo lo gastó en mansiones aristocráticas dándose unas pitanzas de puta madre), éste sólo descubrió que Konrad Heinlein, el sedicente líder de los sudetes, no tenía margen para llegar a ningún acuerdo y, por su parte, los checos no tenían la sensación de que tuviesen que ceder en nada. Aún así, el 4 de septiembre, bajo una intensísima presión, Benes anunció que aceptaba la autonomía local de los sudetes. Toda Gran Bretaña recibió el anuncio con la convicción de que era el preludio de un acuerdo de paz estable.

El 12 de septiembre, Hitler pronunció un discurso en Nuremberg en el que se deshizo en insultos contra Benes, no sacó a relucir ni la más mínima reivindicación, y dejó bien claro que iba a por él. Automáticamente, los nazis sudetes comenzaron a montar disturbios en su tierra, que fueron sin embargo sofocados con relativa facilitad por la policía. Sin embargo, el mal ya estaba hecho. Hitler, doctorado en encuentros con los responsables políticos británicos, los conocía bien y sabía de lo que eran capaces, y de lo que no. Por lo demás, como no me he cansado de repetir en estas notas, el conflicto de Abisinia, y muy especialmente el pacto Hoare-Laval, le habían demostrado que a Londres y a París les entraba en la cabeza solucionar conflictos haciendo cesiones injustas, dando la espalda incluso a los aliados cercanos y fieles. No se equivocó, porque la reacción a su discurso fue que franceses y británicos se pusieran a discutir un plan por el cual se le ofrecería a Berlín algo que, en puridad, Berlín no había pedido: partir Checoslovaquia y anexionar el área germanoparlante al Reich.

En realidad, era Francia quien tenía que moverse. Era Francia, no Inglaterra, quien tenía un tratado defensivo con Checoslovaquia. Pero París estaba en esclerosis. Ya sé que los franceses gustan de tener de sí mismos la imagen de un pueblo que fue invadido por Alemania gracias a no se sabe qué mala suerte, porque siempre estuvo formado por una aplastante mayoría de bravos y valientes antinazis. La verdad es que, en 1938, muchos franceses no era antinazis (ni lo fueron después) y de bravos y valientes no tenían nada. Especialmente sus políticos, los cuales preferían la inacción, siempre y cuando no les comprometiese. El silencio francés dejó espacio para que la persona que se creía, infatuadamente, el hombre que pasaría a la Historia con el sobrenombre de El Pacificador, diera un paso adelante.

Neville Chamberlain decidió solucionar directamente todo aquel embrollo entrevistándose con Hitler.

Hitler y Chamberlain se entrevistaron tres veces: en Berchtesgaden, en Godesberg y en Munich. En la primera de estas entrevistas, que es la nos interesa ahora, Chamberlain cometió un error de principiante, que fue verse a solas con el Führer. Aquel 15 de septiembre, frente a frente sin otra presencia que el traductor de Hitler, el canciller alemán jugó a placer con el bienintencionado primer ministro. Primero lo llevó al punto de ebullición mostrándose decepcionado con la poca chicha de los ofrecimientos del inglés, para luego, como si le sacasen un favor, ofrecer detener a sus tropas de momento a cambio de que Gran Bretaña aceptase la autodeterminación de los sudetes. En realidad, como se ha sabido posteriormente, Hitler no ofreció nada; su operación de invasión de Checoslovaquia estaba planificada para el 1 de octubre, pero eso Chamberlain no lo sabía, así pues creyó que le arrancaba una prórroga inexistente.

Chamberlain volvió el día 16 a Londres para consultar con sus grupos políticos y aliados la oferta. El día 19, en un ejercicio de cinismo planetario, los laboristas, repentinamente solidarizados con la causa checa, le instaron a mostrarse firme ante Hitler; como que podría haber hecho mejor si Reino Unido se hubiese rearmado adecuadamente durante los meses y años en los que esos mismos laboristas clamaban contra ello.

La entente franco-británica forzó la máquina con Benes y éste, tras recibir el no de Stalin, cedió el 22 de septiembre.

Con aquel sí debajo del brazo, Chamberlain volvió a Alemania, soñando con posar para la prensa junto a un sonriente Hitler, amigos para siempre means you'll always be my friend / na naino naino naino naino naino ná... Fue en ese momento, en ese preciso momento, en el que Hitler se quitó la careta.

El Führer que recibió a Chamberlain en Godesberg estaba en los últimos estadios de su muy calculada estrategia de tensión, ésa que había denunciado Churchill hasta quedarse sin voz, sin éxito. Frente a la oferta de Chamberlain de una transferencia ordenada del territorio, Hitler, a pesar de tener lo que teóricamente quería, informó fríamente al inglés de que su intención era entrar con su ejército sí o sí. Chamberlain volvió a Londres con el único éxito de haber arrancado de Hitler una breve prórroga de la invasión hasta el 1 de octubre; prórroga que no era tal pues, como sabemos, ésa era la fecha indicada para la acción militar.

El 28 de septiembre, la Cámara de los Comunes se reunió en un ambiente prebélico. En un país que había pasado del rearme como de comer mierda y que había creído siempre en su euroescepticismo de los cojones, de repente se instalaban cañones antiaéreos y se cavaban trincheras en los parques. Se decía en los mentideros que aquel día se iba a vivir una repetición del discurso de sir Edward Grey cuando, el 4 de agosto de 1914, dio un ultimátum a Alemania tras la invasión de Bélgica. Se decía que Downing Street estaba hasta los huevos y que no haría más concesiones.

En el clímax de levantarse para hablar, Neville Chamberlain recibió un recado de un edecán. Lo leyó, y lo que leía pareció trastornarlo. Luego respiró profundamente y, con voz campanuda (los británicos ponen voz campanuda como nadie), anunció que Hitler había admitido una reunión de las cuatro grandes potencias para resolver el asunto.

Un hombre, un solo hombre, expresó a las claras lo que pensaba de aquel anuncio que, inmediatamente, relajó la tensión de la sala. Ese hombre era Anthony Eden, quien abandonó la cámara sin miramientos. Churchill, por su parte, permaneció sentado en su sitio, taciturno. Probablemente, fueron los únicos en toda la cámara que se preguntaron por qué alguien que lleva cinco año haciendo promesas y no cumpliéndolas se va a levantar un día y, justo cuando tiene en su mano lo reivindicado, va a decidir volverse honrado.

Gran Bretaña y Francia fueron a Munich encantados. Encantados de pensar que iban a conseguir una solución, la que fuese, que les evitase la guerra. Mussolini, la cuarta potencia de la mesa, no sólo aceptó estar, sino que consiguió arrogarse el papel de diseñador de la solución con presuntas concesiones de Hitler que se aprobaría en Munich. Esto nos garantiza que Hitler sabía lo que le iban a proponer mucho antes de que se lo propusieran.

El 29 de septiembre por la mañana, los negociantes de Munich salieron de sus casas. A las dos y media de la madrugada del 30, ya habían firmado. A esa reunión estaban convocados los checos. Pero, para cuando llegaron a la sala, Hitler y Mussolini se habían marchado y sólo quedaban sus teóricos aliados, quienes les explicaron que acababan de firmar un papel que consolidaba la partición del país. El gobierno Benes capituló doce horas después.

El acuerdo de Munich, el papel que se supone introducía cesiones por parte de Hitler a Godesberg, se basaba en dos cosas. En primer lugar, Berlín formaría una comisión para la fijación de las fronteras de Checoslovaquia, en la que los checos deberían estar presentes. La segunda concesión era que esa comisión tendría soberanía para decidir, si así lo consideraba, que zonas mayoritariamente sudetes no pasaran a ser alemanas. Hitler sabía bien lo que firmaba. Dos minutos después de haberlo hecho, se cagó y se meó en lo firmado; jamás un solo checo apareció por la dicha comisión.

Lo jodido del asunto es que el Chamberlain que llegó el 30 de septiembre a Londres era un hombre exultante convencido de que había hecho Historia; y recibido así por los cándidos ingleses. Se trajo a Londres un papel, que supongo reposará en el Foreign Office, en el que Hitler había firmado que a partir de ese momento participaría en una política de consulta mutua en Europa. Al parecer, Hitler lo firmó sin siquiera haberlo leído. Para qué, si no lo iba a cumplir...

Hitler eliminó en Munich todos los problemas que le podrían haber causado cuarenta divisiones checas; quizá por eso, cuando fue a por Francia, pudo ir con todo lo gordo. Y consiguió algo más jodido aún para los aliados; a partir de aquel día, a Moscú le quedó claro que las cancillerías occidentales no se iban a mojar el culo por los asuntos orientales, así pues buscó su propio buen rollito con Hitler.

Para la Historia queda la vibrante declaración de Duff Cooper, el último miembro del gobierno Chamberlain que hasta el último momento presionó para que el acuerdo de Munich no se firmase. En los Comunes anunció su dimisión, y lo hizo con una confesión que no dejaba en muy buen lugar al resto de sus compañeros: “He renunciado al privilegio de servir como lugarteniente de un dirigente por el que sigo profesando la más profunda admiración y afecto. Puedo que haya arruinado mi carrera política. Pero eso importa poco; conservo algo que para mí es de gran valor, pues puedo seguir andando por el mundo con la cabeza bien alta».

Semanas después, Polonia y Hungría plantearon sus reivindicaciones territoriales sobre Checoslovaquia. La letra de Munich decía que deberían resolverse en otra conferencia de las cuatro potencias. Lejos de ello, Hitler, en la históricamente famosa Sentencia de Viena, las resolvió por su cuenta, terminando con ello de atomizar el país y hacerlo desaparecer. Seis meses más tarde, los alemanes ocuparon Praga.

Aunque a los británicos hoy les cueste reconocerlo, Chamberlain fue un héroe. El tipo que les había traído la paz. Eso sí, la experiencia les dijo que lo mejor era rearmarse y, automáticamente, comenzaron a florecer las llamadas para que ello se hiciese, acompañadas de aspavientos sobre lo mal que se habían hecho las cosas hasta entonces. ¿Llamadas por parte de quién? Pues de quién va a ser: de los laboristas, cómo no.

Faltaba entonces ya medio año, o así, para que estallase la segunda guerra mundial.

La historia de Hitler, Mussolini, Baldwin, Chamberlain, Daladier, Laval, Bonnet, Eden, Hoare, y algunos otros, es una historia que, a mi modo de ver, debería llevarnos a reflexionar sobre algunos puntos.

Punto uno: con los matones no se negocia. A un matón, o se le meten dos hostias para que se relaje, o se le deja hacer porque es más fuerte que uno. La ilusión de que un matón va a volverse Campanilla por mor de una negociación es propia de personas con una mentalidad estratégica apenas embrionaria.

Punto dos: la diplomacia internacional siempre ha sido igual y siempre lo será. Así pues, siempre es más fuerte quien está solo que quien basa su fuerza en formar parte de una alianza; porque alianza es sólo una manera formal de decir jaula de grillos.

Punto tres: el belicismo matonista genera guerras; pero el pacifismo modelo Mundo Cascada de Colores las genera aún peores. Lo tristísimo de las guerras más sangrientas es comprobar cuántas personas pudieron prevenirlas y no lo hicieron y, además, forzaron esa inacción con toda su buena voluntad.

Punto cuatro: siempre que se acepten condiciones en una negociación ha de ser a cambio de contraprestaciones claras, exigibles y comprobables. Cuando un negociador todo lo que pone en aval de sus promesas es su pretendida buena voluntad, lo que hay que hacer es levantarse de la mesa e irse de copas.

Punto cinco: durante todo el proceso que hemos visto, la opinión de Goliat era clara. Goliat, o sea Gran Bretaña, era un gigante pacifista, buenista se dice hoy. Goliat creyó en las buenas intenciones de David no menos de tres veces durante cinco años en los que David no hizo otra cosa que putear, mentir, faltar a su palabra y, sobre todo, acumular piedras con las que bombarder al gigante. Quienes se dieron cuenta de la jugada de David fueron tildados de catastrofistas, de aguafiestas, de belicistas; aunque acabarían por formar el gobierno nacional que finalmente plantó cara a Hitler. De ello se deduce, a mi modo de ver, que, por mucho que nos duela, la opinión mayoritaria no siempre es la certera. Razón por la cual hacen falta responsables políticos que hagan lo que crean que deben hacer y, luego, se la jueguen ante el Tribunal de la Historia, que es el que verdaderamente da y quita.

Y, en todo caso, si vis pacem...

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