viernes, enero 29, 2010

Goliat agotado (5)

Uno de los karmas habituales de alguna historiografía y de mucho admirador del bando republicano de la guerra civil española consiste en pensar que, en realidad, la guerra se perdió por razón de la inacción francobritánica. Esta tesis nos dice que la doctrina de no intervención en el conflicto español sostenida por las dos grandes cancillerías europeas, unida a la ayuda italiana y alemana a Franco, desequilibró de forma crítica la relación de fuerzas entre los dos bandos contendientes.

No seré yo, especialmente sabiendo como sé que este blog se honra de tener lectores que saben mucho más que yo de temas bélicos, quien entre en la discusión sobre los medios que cada uno tuvo y cómo supo, o no supo, coordinarlos y utilizarlos. Lo que sí aventuraré es la opinión de que, desde un punto de vista político, la mera ilusión de que Francia y/o Inglaterra pudieran haber hecho algo distinto de lo que hicieron, o sea nada, es, a mi modo de ver, totalmente ilusoria.

Mi tesis es que las posibilidades de que hubiese una intervención occidental en España fueron nulas. Inexistentes. Cero. Nunca existieron salvo ya al final de la guerra, como Negrín esperaba, si ésta hubiese estallado antes de lo que lo hizo (aunque, teniendo en cuenta que el prolegómeno de la guerra fue el pacto nazi-soviético, ya me explicará el doctor Negrín con qué armamento esperaba parar a Franco en las primeras jornadas de esa guerra).

Creo que lo expuesto hasta ahora, sobre todo en los que se refiere al dubitativo rearme inglés y a la actitud claramente dividida de las potencias frente al conflicto de Abisinia, demuestra claramente que ni Inglaterra tenía muchas armas o tropas para prestarle a España, ni una connivencia francobritánica era digna de esperarse en este asunto. La República española, a mi modo de ver, se pasó tres años haciéndose pajas mentales con una posibilidad que jamás lo fue.

Este asunto está muy lleno de mitos y medias verdades. Por ejemplo, Louis Levy, amigo de Leon Blum, el jefe de gobierno de izquierdas francés, publicó en aquellos tiempos que Blum intentó, sin éxito, convencer a Anthony Eden de la necesidad de intervenir juntos en España en defensa de la República legítima que, además, argumentaba Blum, era amiga de ambos países. Esta afirmación es tenida por cierta en muchos casos y, sin embargo, es muy dudosa. Francia tenía un gobierno de izquierdas pero una solidísima oposición de derechas, que incluso admiraba a Hitler como figura política y que, de haber visto armas o soldados franceses cruzar los Pirineos, habría montado la mundial, generando una inestabilidad política justo en el momento en que Francia menos la necesitaba. Más parece que Blum lo que quiso fue alguna forma de no intervención que le salvase la cara. Por lo que se refiere a Eden, siempre fue un decidido no intervencionista, pero es que, además, la República se lo puso, por así decirlo, muy fácil. Porque el segundo elemento del pretendido argumento de Blum (la proclividad de la República hacia Francia y Reino Unido) se puso rápidamente en entredicho desde las primeras horas tras el golpe de Estado, cuando el desgobierno español permitió que fuerzas de izquierdas, los famosos «incontrolados» de la historiografía acrítica de izquierdas (que haberla haina, como en la derecha), campasen por sus respetos y creasen de hecho minirregímenes políticos que casaban bastante mal con la idea de la democracia parlamentaria. Otras cositas, como prohibir de facto la profesión de las creencias religiosas católicas, o las matanzas de la Modelo, no ayudaron demasiado a convencer a París y Londres de que Madrid era un amigo de la democracia, las libertades y los derechos humanos.

A ello hay que unir el hecho de que tanto franceses como británicos tenían la sensación de que en la carrera de los armamentos, Hitler iba mucho más deprisa. Nunca he leído algún libro en el que figuren censos fiables de las fuerzas británicas y francesas disponibles en el verano del 36, pero lo que sí he leído son memorias de políticos del momento, como el propio Eden, Chamberlain o MacMillan, que nos dicen que detraer efectivos en una guerra en aquel momento habría sido, cuando menos para Reino Unido, una locura.

Por último, hay que considerar que, en política internacional, si haces una cosa, debes entender que con ello otorgas a otros el derecho de hacer lo mismo. Que Hitler quería Austria y Checoslovaquia no era ya ningún secreto en 1936. De haber intervenido Francia e Inglaterra en España, bien podría Berlín tomarles la palabra, abandonando incluso a Franco si hubiera sido preciso, para echarse acto seguido sobre ambos países situados a su oriente, sin negociaciones ni nada; a hostia limpia. Difícilmente podrían haber aducido Londres y París la ausencia de legitimidad para estas invasiones, con las cuales Alemania habría ganado mucho más que las potencias, que sólo habrían conseguido controlar España (todo esto aceptando barco como animal acuático, esto es que los mismos republicanos que nacionalizaban empresas por el artículo 37, permitían la propiedad privada sólo en pequeños negocios, toleraban en su seno las colectivizaciones ácratas, permitían la creación de checas y el asesinato de los burgueses en las cunetas, etc., fuesen a asumir su conversión en una democracia liberal parlamentaria).

La guerra civil española provocó una polarización de posiciones en Francia que disparó la crispación, generando cierta esclerosis del gobierno que benefició directamente a Alemania, pues ralentizó el rearme galo. En Inglaterra el enfrentamiento ideológico se reprodujo, aunque con algo menos de violencia en el lenguaje y en los actos, como corresponde a los británicos (de entonces). Muchos de los políticos en el gobierno entonces, de corte conservador, se burlan con mayor o menor elegancia en sus memorias de la honda incongruencia de los laboristas: pedían la inmediata intervención en España de tropas británicas, apenas semanas después de haber defendido en la tribuna pública que el rearme británico era una gilipollez.

El primer movimiento francobritánco no llegó hasta el otoño de 1937, es decir con el frente norte (en mi opinión, la guerra) ya perdido para la República. Fue la Conferencia de Nyon, en la que ambas potencias tomaron posición contra las acciones incontroladas en el Mediterráneo y se pusieron de acuerdo para patrullarlo conjuntamente.

En una cosa, sin embargo, aciertan los críticos de la no intervención francobritánica: aseguran que con ella las potencias creían haber comprado la paz, pero sólo consiguieron aplazar la guerra. Europa, por voluntad de Hitler, estaba en el camino de Munich.

Por increíble que pueda parecer a toro pasado, durante la segunda mitad de 1936 ni la guerra civil española, ni Hitler ni Cristo que los fundó fueron los temas de preocupación del país que era crucial para la seguridad de Europa y el mundo, es decir Inglaterra. En ese tiempo, los ingleses estaban centrados en los rumores en torno a la posibilidad de que el rey Eduardo VIII tuviese la intención de casarse con una mujer que tenía dos maridos vivitos y coleando; es decir, con una divorciada. Esta historia es bien conocida y, por lo tanto, base recordar que el 11 de diciembre de aquel año, el rey abdicó. Lo importante a efectos de lo que aquí se cuenta es que la opinión pública británica pasó esos seis meses pensando en otras cosas y que la crisis constitucional supuso el retraso en el cese del Ejecutivo Baldwin, necesario para renovar la labor del gobierno.

No fue hasta mayo del 37, pocos días después de la coronación del nuevo rey, que Baldwin dimitió para ser sustituido por Neville Chamberlain, hasta entonces canciller del Exchequer. El nefando Sam Hoare dejó los temas militares (el Almirantazgo) para ser ministro del Interior; aunque, tras la dimisión de Eden, pasaría a formar parte del llamado Grupo de los Cuatro (Neville Chamberlain, Edward Halifax, Samuel Hoare y John Simon) que dirigió la estrategia internacional de Inglaterra. En el puesto naval le sustituyó Duff Cooper. Inskip siguió siendo el gran coordinador de la defensa nacional, lo cual dio continuidad al esfuerzo, aunque en el terreno militar hubo algún que otro cambio difícil de entender. Por ejemplo, Chamberlain cesó en 1938 a Lord Swinton al frente del ejército del aire, a pesar de los varios logros que había conseguido en el robustecimiento de la RAF, para sustituirlo por un menos resolutivo Kingsley Wood. Eden seguía siendo ministro de Asuntos Exteriores. De momento.

Neville Chamberlain era un pactista. Estaba honradamente convencido de que se podía pactar con Hitler. Había creído la versión de los nazis de que el Führer se mostraba así de capullo porque tenía una serie de reivindicaciones irrenunciables (su Lebensraun) y que, una vez que las consiguiese, se apaciguaría. Le costó ver, por lo tanto, que muchas cosas que estaban pasando señalaban con bastante claridad que se avecinaba la debacle. Además, tuvo que enfrentarse, en aquellos meses, con una clara desafección por parte de la Commonwealth. A Australia y Nueva Zelanda no les preocupaba Hitler y por ello dejaron claro que, más que ayudar a Inglaterra, estarían pendientes de los movimientos de Japón. En Sudáfrica, las leches entre germanófilos y aliadófilos eran casi diarias. Y Canadá no quería entrar en guerra al lado de Inglaterra. A todo ello hay que unir la propia oposición dentro de Gran Bretaña, ya que los laboristas y muchos liberales se opusieron al servicio militar nacional hasta muy poco tiempo antes de estallar efectivamente la guerra.

En mi opinión, don Neville pecó de precipitación. Como no quería, o sentía que no podía, ir por la vía del rearme y la construcción de una coalición aliada, optó por intentar romper el Eje cortejando a Italia. Dentro de esa política dio pasos de gran torpeza. En julio de 1937, mientras los japoneses apretaban su invasión de China, le escribió una carta personal a Mussolini que no consultó con Eden. Más aún. Durante aquel otoño de 1937, se carteó varias veces con su cuñada, la viuda de Austen Chamberlain, una señora que vivía en Roma y, además, era admiradora de Mussolini. Es más que probable que los servicios secretos italianos interceptaran esa correspondencia, a través de la cual tenían información de primera mano sobre los pensamientos estratégicos de su principal enemigo.

Anthony Eden, mientras tanto, decidió aprovechar las acciones de Japón, que habían puesto a Estados Unidos muy nervioso, para tratar de conseguir lo que sólo conseguiría Pearl Harbour, es decir una mayor implicación de la potencia americana en la paz europea. Sin embargo, Estados Unidos era, entonces, un país decididamente no intervencionista, así pues no consiguió el inglés llevarlos a su terreno. Además de este fracaso, Eden cometió otro error, que fue nombrar para el puesto crucial de embajador británico en Berlín, de donde salía sir Eric Philips, al titular de la legación en Buenos Aires, sir Neville Henderson. Henderson era una persona, al parecer, propensa a ponerse muy nerviosa y propensa, además, a actuar por su puta cuenta en medio de esos ataques de nervios. Tener en Berlín semejante bomba de relojería se demostraría como letal para los intereses aliados.

En medio de este juego en el que primer ministro y titular del Foreign Office parecían diseñar y tutelar políticas diferentes, llegó una invitación a Londres por parte del pígnico jerifalte nazi Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, para asistir en Berlín a una competición deportiva. Fue uno más de los acercamientos, entre melosos y mentirosos, de los nazis. Chamberlain mordió el anzuelo y envió a lord Halifax, obviamente no con la intención de contemplar a unos deportistas dando saltitos, sino de entrevistarse con Hitler. En mi opinión, esa entrevista fue todo lo que le faltaba a Hitler para entender que los planes que tenía (primero Austria, luego Checoslovaquia, luego Polonia, luego Rusia y luego lo que tocara) no sólo los debía, sino que los podía llevar a cabo.

Ante el apocado Halifax se desplegó un Hitler en estado puro. Hablaron, por ejemplo, de la India y de los problemas acuciantes que ya se le presentaban a la corona británica con Ghandi y el Partido del Congreso de Nehru. Con total frialdad, como quien recomienda una receta de cocina, Hitler le dijo a Halifax que, si fuese su problema, lo resolvería en unas pocas horas asesinando al líder pacifista y a todos lo demás cabecillas del independentismo. Como quiera que Halifax, flemático él, disimulara su asco, Hitler siguió adelante. Entonces le habló de una curiosa teoría suya. Según el Führer, cuando una nación tiene reivindicaciones territoriales (como las de Alemania), el asunto se puede resolver sólo de dos maneras: una es la guerra. La otra, lo que él llamaba «razón mayor», que era algo así como fabricar algún tipo de mentira para poder entregar ese terreno al demandante sin derramar sangre. En otras palabras: Hitler, quizá inspirado por el hecho de que Laval y Hoare no habían intentado nada muy distinto con Abisinia, le propuso a Halifax que Londres se inventase alguna milonga para entregarle lo que, de otra forma, él iba a conseguir a base de hostias.

Si el interlocutor de Hitler hubiera sido, un suponer, Winston Churchill, con seguridad, nada más oír eso, se habría levantado, habría musitado un "señor mío, esta entrevista ha terminado", y se habría marchado del despacho sin siquiera estrechar la mano de su interlocutor. Pero Halifax estaba hecho de una madera mucho más blanda. Y no sólo eso, porque había llegado a Berlín con una instrucción clara de Chamberlain: pacta, pacta, pacta. Así pues, en lugar de hacer lo que debiera haber hecho, hizo lo contrario. No sólo no mostró indignación, sino que comenzó a desplegar argumentos sobre algunas concesiones que se le podrían hacer a Alemania, a su debido momento, en sus reivindicaciones territoriales.

A Hitler le debió quedar claro en esa entrevista que los británicos, por decirlo claramente, no tenían huevos. Y es de suponer que, cuando meses después, leyese el teletipo con la dimisión de Eden y su sustitución por Halifax, se debió descojonar de la risa. Y luego, cuando se le pasó la carcajada, hizo otra cosa, como veremos al final de este post.

En los siguientes meses, el conflicto entre Downing Street y el Foreign Office se hizo irrespirable. Eden no podía soportar los esfuerzos de Chamberlain por enamorar a Mussolini, esfuerzos que el primer ministro redobló tras el regreso de Halifax de Berlín.

La gota que colmó el vaso tuvo relación con Estados Unidos. En ausencia de Eden, Roosevelt comunicó a Londres una propuesta en la cual la Casa Blanca proponía una reunión diplomática de todos los países el 22 de enero de 1938, con el objeto de deplorar la situación internacional y alcanzar un acuerdo entre todos sobre los principios básicos que deberían regir las relaciones geoestratégicas. Era una jugada bastante bien diseñada. Roosevelt era presidente de un pueblo que no quería entrar en la guerra (de hecho, sólo lo hizo cuando los japoneses les entraron). Necesitaba un cambio de opinión pública. Su más que probable cálculo era que las potencias del Eje se negarían a acudir a esa cumbre diplomática, lo cual haría evidentes ante el mundo sus intenciones de no respetar regla alguna, lo cual atraería a densas capas de la opinión americana, conscientes entonces de que la actitud de Estados Unidos tenía que volver a ser la de los tiempos de Wilson, hacia el alineamiento sin paliativos con los aliados.

La propuesta era alambicada y podría haber funcionado, o no. Pero es que no lo sabremos. Porque el primer ministro, en ausencia de su titular de Asuntos Exteriores, reunido únicamente con su estrecho círculo de asesores, la rechazó.

Cuando Eden regresó a Inglaterra y se enteró de lo que había pasado, se colocó en abierta rebeldía respecto de su propio primer ministro. Por su cuenta y riesgo, envió instrucciones a sus embajadores para que tratasen de reconstruir la situación con un lógicamente cabreadísimo Roosevelt, que no había conseguido nada y, además, había quedado en bragas delante de su opinión pública.

Pero lo importante de todo es lo que acabamos de contar: poco más de un año y medio antes del estallido de la segunda guerra mundial, en el gobierno británico primer ministro y titular de Exteriores tenían cada uno una estrategia, y la llevaban a cabo uno a espaldas del otro. Insisto: éstos son los tipos de los cuales buena parte de la historiografía española espera una decisión unitaria para intervenir en la guerra española. Ja.

El enfrentamiento era cainita. Chamberlain seguía empeñado en que podía embaucar a Mussolini. Eden, mucho más práctico, exigía que, para creer en esa posibilidad, el Duce debería dar un paso, y sugería la retirada de los soldados italianos de España. Cuando el embajador italiano Grandi pasó de entrevistarse con Eden pretextando que tenía un partido de golf (sic), Chamberlain no sólo no le afeó la conducta, sino que le invitó a Downing Street.

El 20 de febrero de 1938, Eden dimitió, y fue sustuido por Edward Halifax, el pusilánime.

Hitler, ya digo, probablemente se descojonó.

Y, tres semanas después, invadió Austria.