miércoles, febrero 03, 2010

Palomares á feira

A veces, al hablar de Historia, hay que hablar de microhistoria. Los hechos históricos son una cosa y luego está la microhistoria de los lugares y las personas; ésa que pertenece tan sólo a familias, locales de algún lugar, allegados. Es lo común que a la mayoría de las personas nos interese más la Historia que las microhistorias, sobre todo de lugares o personas que no conocemos o sobre las que no sabemos nada. Yo, sin embargo, hoy me voy a atrever a contaros una microhistoria. La que yo he llamado El Palomares gallego (o sea, á feira). Ya sabéis que el pueblo costero de Palomares, en el sur, se hizo famoso porque en sus aguas cayó una bomba americana que se dijo nuclear, lo cual, en tiempos del franquismo, provocó eso que ahora se llama alarma social, y que entonces se llamaba acojone a secas, de que las aguas estuvieran contaminadas. El conflicto inmortalizó la imagen de un gallego, el ministro Manuel Fraga, bañándose en aquella playa, en plan David Hasselhoff cutre y fondón, para demostrar a España y al mundo que allí no pasaba nada.

La historia que hoy os cuento la contaré como la refiere Manuel Barro Quelle en su interesantísimo y ameno libro San Ciprián, parroquia de Lieiro, editado por Ediciós do Castro en su serie Limiar Etnografía (mi edición es de 1989).

San Ciprián, o mejor San Cibrao que es como se llama ahora, y está bien que sea así porque en la misma provincia de Lugo no es el único San Ciprián que existe, es una de las huellas humanas existentes en uno de esos rincones soberbios que tiene España, y que es la costa cantábrica al norte de la provincia de Lugo. Yo, como buen coruñés de La Coruña, crecí medio convencido de que Lugo era una entelequia de ficción. El deporte nacional coruñés es denostar a los compostelanos (y el de los compostelanos la recíproca: una vez colgaron en el puente de la Autopista del Atlántico, dirección Coruña, un cartel cachondo que decía: A la playa de Santiago, 65 kilómetros) y a los vigueses. A los lucenses los dejamos en paz pero, como ya digo, yo creo que eso es así porque la mayoría cree que en realidad no existen.

Lugo, sin embargo, existe. Existe, a pesar de ser la parte discriminada de esa esquina ya de por sí un poquito discrimada que llamamos Galicia; esa región a la que las autovías y los trenes rápidos suelen llegar con un sospechoso retraso. Eso sí, los lucenses, a fuerza de ser considerados entes de ficción durante tanto tiempo, han crecido por su cuenta, y eso hace que, en algunas cosas, Lugo no se parezca a nada, salvo a sí misma. Llegas a San Cibrao con el oído medio acostumbrado al gallego; pero apenas medio día allí te enseñará que, en realidad, no hablas gallego; no, cuando menos, ese gallego. Los lucenses ponen los acentos tónicos en otros sitios, contraen lo que otros expanden, expanden lo que otros ni pronuncian y, por animarse a ser distintos, hasta rompen una de las reglas de oro del gallego, que es la ausencia de ese fonema tan castellano que es la jota. Fonema que sobrevive, como irredento galo, en la aldea de Astérix el Lucense.

Eso sí, el no haberse enterado, o haberse enterado a medias, de que los humanos, en estos últimos tiempos, nos hemos vuelto una panda de cabrones, hace que estas gentes de San Cibrao sean, cómo diría, especiales. Ya es agradable para un gallardonita pasear a su perro por un lugar que no tiene semáforos. Pero es que San Cibrao, además de no tener semáforos, tampoco tiene hijos de puta. Los coches paran cuando aún estás a siete metros de llegar al paso de cebra. Primero paran en silencio. Pasados unos días, tocan la bocina. ¿Mala hostia? Pues no: te están saludando. Y en mi restaurante preferido, siempre me preguntan si quiero repetir. ¿Qué más se puede ambicionar?

Debes visitar San Cibrao, créeme. Un pueblo pequeño con esta pequeña ría en la que el mar se acuesta y se estira cada día.


Si vuelves a este mismo paseo unas horas más tarde, podrás ver la misma escena, pero sin agua.
Eppur si mouve:


Como toda la costa norte de Lugo, el mayor atractivo que encontrarás serán los contrastes. Para muestra, este pedazo lluvión en alta mar mientras en tierra, lo adivinarás, hacía un solaco importante.


En, fin si no vas, te lo perderás. Y, bien pensando, tampoco estará mal, porque tocaremos a más.



Pero, de todas formas, de lo que yo quiero hablarte hoy es de esto:



Esta imagen está tomada en la playa de O Torno, quizá la principal de las cuatro (sic) playas de San Cibrao. Obviamente, es un monumento. Si te acercas, intuirás en la placa que lo acompaña que se trata de un monumento homenaje a la Armada española.

Todo esto plantea varias preguntas. Por ejemplo: ¿por qué San Cibrao, provincia de Lugo, se sintió un día compelida a homenajear a la Armada española? ¿Qué favor le pudieron hacer los marinos? Y, sobre todo, ¿qué leches es eso que hay en el monumento, escoltado por cuatro pequeños obeliscos? ¿Un pote gallego? ¿La marmita de Panorámix?

Barro Quelle nos saca de dudas: es una bomba.

Para ser exactos, se trata de una mina submarina de la segunda guerra mundial. Que yo sepa, nadie puede decir con exactitud de dónde pudo salir. Pero es obvio que estuvo unos veinte años bien agarrada a algún lugar, o dándose de barrigazos por el fondo de los mares, y decidió salir a la luz el día que las traicioneras corrientes la llevaron hasta esa pequeña ría sancibrense que, como has visto en las fotos, se queda escuchimizada cuando llega la marea baixa; y dicen las crónicas de aquel diciembre de 1965 que tuvo mareas de ésas que a los que no somos de mar nos dejan acojonados. Esto pasó a mediados de la década de los sesenta; hace, pues, ahora más de cuarenta años. Y apareció, como decimos, unos veinte después de cuando tenía que haber explotado.

Según tengo leído, el artefacto entró por la ría sin pedir permiso y se metió adentro, como las gaviotas hambrientas de cangrejillos, hasta llegar al puente de la carretera, que está algunos cientos de metros más allá del mar, donde quedó, debo suponer que para indiferencia de los sancribrenses, batiéndose contra los vanos, hasta que alguien la ató al puente, del lado de Lieiro, aunque con tan poca convicción que la puñetera bomba se soltó y se subió a lomos de la marea baja, otra vez camino del mar, donde acabó por reposar en la playa de O Torno, que es la que mira al Cantábrico por el lado de la ría. Una vez allí, nos cuenta Barro Quelle, «estivo moito tempo mudando de sitio, segundo as mareas». Así que podemos imaginar a los lucenses sancibrenses, de pie desde el paseo que preludia las arenas de la playa, viendo a la panzuda olla moverse de un lado a otro, según la llevaba el mar, apostando sobre dónde pararía; especulando en su gallego musical y diferente.

Ya he dicho que en San Cibrián todo se integra. Nos integramos los madrileños, y ya tiene mérito aceptarnos. Se integran los caboverdianos, los malayos, los filipinos que laboran en la flota de Burela. Se integran los españoles de diversas procedencias que han ido a dar con sus carreras laborales en la fábrica de aluminio de Alcoa, que le da al paisaje la extraña impresión de que más allá del pueblo vive Blade Runner. Los lucenses todo lo fagocitan y lo hacen suyo; te atraen y te engañan con pan, con merluzas que saben a merluza, con carne de ternera o de potro, y para cuando te das cuenta ya estás, tú también, saludando por la calle a todo cristo que te cruzas.

Puestos a integrar, en San Cibrao se integran también las bombas. Barro lo confiesa con desparpajo: «Lembramos nós [lembrar=recordar], que daquela andabamos na escola, como saiamos correndo para ir a xogar ás "chapas" á praia e o sitio preferido era a "bola da calamina", que tapabamos con area [arena] e facíamos camiños para ir subindo coas "chapas"». Dicho queda: los niños, que tenían el colegio como quien dice a dos pasos de la playa, tomaron por entretenimiento jugar sobre la panza de la bomba.

Según el cronista sancribrense, y por increíble que pueda parecer, durante todo ese rato, que debió de durar sus semanas o meses, a nadie se le ocurrió pensar seriamente que aquella mina pudiera ser peligrosa. Si algo identifica, a mi modo de ver, al auténtico gallego, es que, cualquiera que sea su ideología o extracción, suele ser una persona que cree en el destino más que la media. Hemos de suponer que aquellos habitantes vieron llegar la panzuda mina, asumieron que si aparecía tantos años más tarde era porque ya no era peligrosa, y lo dieron por cierto.

Aunque siempre hay alguien que adquiere conciencia. Un innominado ciudadano, siempre según la versión de Barro Quelle, acabó llamando a Madrid y contando lo de la bomba. Inmediatamente, se presentaron en la villa unos hombres de la Armada, especialistas en explosivos y esas cosas, y al punto descubrieron que la bomba estaba armada y que, nos dice el relato en el que aquí me baso, «poido ter explotado en calqueira intre».

En los tiempos de Franco los ayuntamientos no eran electivos (bueno, la verdad es que nada en absoluto era electivo), lo cual hacía que no fueran muy representativos. La verdadera célula social sancribrense estaba representada por la cofradía de pescadores, el viejo gremio profesional. Fue, pues, la cofradía de pescadores la que decidió solicitar a Madrid que aquella bomba no dejase el pueblo. Convenientemente desarmada (nos ha jodido), dijeron los pescadores, debería formar parte de un monumento de agradecimiento a la Armada.

Y allí se colocó, y allí está, desde 1967, supongo que la bomba original, aunque puede ser que la hayan cambiado por una reproducción, como el David de Miguel Ángel que domina la Piazza della Signora de Florencia.

Para mí que la bomba no estalló porque el pueblo, simple y llanamente, no lo merecía.

San Cibrao, parroquia de Lieiro, concello de Cervo. Lugo, Galicia, España.