lunes, enero 25, 2010

Goliat agotado (4)

Al iniciarse el nuevo periodo parlamentario británico, 23 de octubre, Italia ya había atacado. La Liga había condenado la agresión. Inglaterra levantó el embargo de armas a Abisinia. Parecía que la línea era dura y sin quiebra. Pero la quiebra existía.

En primer lugar, Samuel Hoare le decía a todo aquel que le preguntaba que su discurso de Ginebra en septiembre era matizable. Que tal vez se le había entendido mal. Parecía comenzar a arrepentirse de su tono duro. Esta indecisión contagió a Eric Drummond, embajador británico en Roma, el cual estuvo dubitativo y feble en sus conversaciones con los italianos; y a éstos les faltó tiempo para ir a cascárselo a los franceses, con lo que las dudas de Laval ante la posibilidad de que Inglaterra hiciese la guerra, o la no guerra, por su cuenta, se acrecentaron.

En las elecciones de 1935, los conservadores y sus aliados conservaron la mayoría, mientras que los laboristas crecían levemente y los llamados liberales oficiales samuelistas de Herbert Samuel se hundieron en la miseria. En esta perspectiva Attle, al frente de las izquierdas dinásticas, redobló sus ataques contra el rearme. Pero hasta ellos sabían que las votaciones internas habían demostrado que el apoyo a las sanciones a Italia era mayoritario. Así pues, cuando el 3 de diciembre el Parlamento retomó sus reuniones tras las elecciones, todo hacía pensar que el apoyo a dichas sanciones las sacaría adelante rápidamente. Austen Chamberlain habló de la posibilidad de dictar un embargo a las exportaciones de petróleo a Italia, y todo parecía marchar en la dicha dirección. La suerte parecía echada.

Pero fue entonces cuando Sam Hoare la cagó. Hasta el puto fondo.

El acuerdo entre Samuel Hoare y Laval es algo que probablemente permanecerá, al menos en parte, envuelto en cierto halo de misterio. Hoare sabía a lo que iba. El 7 de diciembre salió de Londres en dirección a Suiza para pasar unas vacaciones reparadoras, ya que estaba delicado de salud. Aceptó hacer una parada en París para ver a su colega Laval, por lo cual fue advertido por Eden de que se iba a entrevistar con un tipo muy avezado en los trucos diplomáticos y, consecuentemente, muy naniobrero. Hoare se dio por enterado y aseguró a Eden que no haría nada que comprometiese a Gran Bretaña y la posición inflexible que él mismo había expresado ante la Liga en Ginebra.Y, sin embargo, eso que prometió no hacer es, exactamente, lo que hizo.

El 8 de diciembre por la tarde, es decir apenas unas horas después de haber comenzado su periplo continental, Laval ya había conseguido convencer a Hoare de que apoyase un plan para solucionar lo de Abisinia. Un plan distinto de lo que había sido la posición británica expresada en Ginebra. Dicho plan suponía entregar a Italia dos tercios del país africano sin disparar un tiro a cambio de que lo que quedaba del país independiente tuviese una salida al mar en Assab.

Ya es jodido que un representante gubernamental se deje embaucar en una política que no es la de su gobierno sin haber consultado previamente. Pero más aún lo es lo que hizo Hoare. Porque Hoare no sólo le dio la razón a Laval: además, lo firmó. Y, firmando él, firmaba Inglaterra entera. Debió de darse cuenta de que la había cagado, porque al aprobar el comunicado público emitido por los franceses, sólo permitió que se dijese que se había encontrado una solución, pero que dicha solución no podía publicarse porque no contaba aún con el visto bueno del gobierno inglés. Una forma bastante infantil de verlo. Laval tenía un papel. Un papel firmado por un plenipotenciario británico. En lo que a Francia se refería, eso no era un posible acuerdo, sino un acuerdo; y, si Gran Bretaña lo rompía, entonces ellos adquirirían el derecho a rechazar el embargo petrolífero, que respetaban sólo a regañadientes. A Francia ya no le iban a parar los pruritos del ministro de Su Majestad: esa misma noche, oh casualidad, toda la prensa francesa tenía el texto del acuerdo que, según la nota oficial, no se podía conocer aún, convenientemente filtrado.

Para más coñas, para cuando el texto del acuerdo cruzó el Canal, Eden lo leyó y le exigió a Baldwin que llamase a Hoare urgentemente a Londres, el secretario del Foreign Office había hecho ya, en la mañana de ese mismo día, su primera intentona de patinar en Suiza, durante la cual resbaló y se arreó un hostión que le partió la nariz. Así pues, Hoare tenía prohibido viajar en las siguientes horas.

La sesión en los Comunes fue tormentosa. A falta de Hoare, fue Eden quien tuvo que tragarse el sapo de recomendar a ambos países, Italia y Abisinia, que aceptasen un acuerdo que era una rendición en toda regla a las pretensiones de Mussolini. Cuando Baldwin, ya en la noche, subió a la tribuna para hablar, estaba tan desbordado, o tal vez tenía tan poco que decir, que elaboró un discurso críptico que no consiguió más que disparar la radio macuto sobre lo que realmente estaba pasando. Se llegó a decir incluso que toda aquella confusión no era tal y que el asunto de Hoare no era sino un teatro pactado secretamente por Baldwin y Mussolini. No obstante, el escándalo parlamentario y de opinión pública obligó al Gobierno a cambiar de rumbo nuevamente unos días después, repudiando el acuerdo con Laval y, por lo tanto, dejando al secretario del Foreign Office en bragas ante el mundo. Obviamente, Hoare dimitió, y fue sustituido por Eden.

El escándalo del pacto Hoare-Laval no sólo tuvo la consecuencia de provocar una crisis en un gobierno que apenas unas semanas antes era visto como extraordinariamente estable; también hirió de muerte a la Sociedad de Naciones y su Comité de los Cinco, formado para buscar una solución para el problema de Abisinia y que, formado por Gran Bretaña, Francia, España, Polonia y Turquía, estaba presidido por el español Salvador de Madariaga. Además de eso, dejó sin efecto la estrategia de parar a Mussolini con sanciones, pues la reacción francesa a la británica de negar lo firmado no fue otra que hacer lo propio con ellas. Las sanciones del petróleo, por ejemplo, nunca llegaron a aplicarse realmente (en todo caso, se aplicaron tan tarde que para entonces el Duce tenía los tanques llenos). En mayo de 1936, el Negus huyó de Addis Abebba y, pocos días después, escuchaba desde Londres el anuncio de Mussolini de adhesión del país.

Por su parte, Hitler jugó sus cartas con inteligencia. Cuando se decretaron las primeras sanciones contra Italia, se unió a ellas pero, en cuanto la postura francobritánica se demostró débil, tornó a negociar con Mussolini. Es muy posible que, a cambio de modificar su política, consiguiese el apoyo de Italia (bueno, más bien que silbase y mirase para otro lado) a la remilitarización del Rhin, que en es momento tenía ya en mente.

El 7 de marzo de 1936, Alemania remilitarizó el Rhin. El Tratado de Versalles, y después ese mismo Tratado de Locarno que Hitler había prometido respetar, establecían que Alemania no podría tener ningún establecimiento militar en la margen izquierda del wagneriano río ni en los 50 kilómetros de la ribera derecha.

La reacción del Parlamento inglés fue tibia. Esa mayoría de tibios pecó de una falta muy común en los políticos, que a veces parecen vivir rodeados por una espesa niebla que apenas les deja ver a una cuarta de sus narices. Ocupar el Rhin no era, en sí, ningún problema para la seguridad de Gran Bretaña ni casi de Europa. Pero sostener eso es olvidar que las escaleras que llevan muy alto siempre tienen varios peldaños. Ocupar el Rhin permitió a Alemania crear una nueva línea Hindenburg que dificultase notablemente ser atacada por el Oeste. Lo cual quería decir que Hitler ganaba, automáticamente, capacidad ofensiva por el Este. Los políticos británicos puede que no se sintiesen preocupados en mayo del 36. Pero en el verano del 38, cuando debieron haber protegido Checoslovaquia y lo que hicieron fue contemplar cómo era fagocitada por los nazis, quizá, si eran medio listos, se pararon a pensar que todo aquello empezó en el Rhin.

Algunos tratadistas contemporáneos de los hechos consideran que la respuesta lógica habría sido la contrainvasión francesa del Sarre. Esta medida, sin embargo, no habría contado con el beneplático de la opinión pública de los países democráticos, y muy especialmente la británica, que con seguridad le habría puesto la proa. Además, en Francia quedaban unas semanas para las elecciones, y ningún candidato en sus cabales decreta una leva general en esas circunstancias.

A todo esto hay que añadir que, una vez más, Hitler había girado la manija con maestría de sirlero. Pocos días antes de la ocupación del Rhin, había publicado en la prensa francesa una entrevista en la que sólo le faltó decir que prefería el camembert a la cerveza alemana. Ese tono conciliatorio había encantado a los políticos franceses. Incluso, 24 horas antes de empezar los movimientos de tropas, su embajador en Londres estaba frente a Eden en el Foreign Office fingiendo un vivo interés por la propuesta del inglés de pactar un «Locarno del aire», es decir resolver el problemilla del poder aéreo teutón. Además, la invasión del Rhin comenzó en sábado, con lo que Hitler demostró haber asimilado las consecuencias de que tanto en Gran Bretaña como en Francia se practicase el fin de semana inglés, con dos días libres enteros. Para colmo, invadir el Rhin y comenzar a orear ofertas de colaboración en las que llegó incluso a ininuar el reingreso alemán en la Liga, fue todo uno.

Los cantos de sirena de Hitler, por mucho que ahora no se quiera recordar, no convencieron únicamente a los ultrafachas que siempre hay en todo país. El carismático líder liberal Lloyd George, por ejemplo, los creyó. Como los creyó Lord Snowdon, el histórico dirigente de los socialistas británicos.

Aún y a pesar de esta inacción básica, se dieron dos pasos de cierta importancia para mostrarle a Hitler que las futuras potencias aliadas se tomaban en serio sus historias. En primer lugar, el gobierno Baldwin concentró todas las materias de defensa en un solo ministerio; acción ésta que es propia de países que o se están dando, o saben que se van a dar de hostias con alguien. El hecho de que la voluntad de no nombrar a alguien incómodo en Berlín o Roma bloquease el nombramiento de Hoare y, sobre todo, de Churchill, y que la cosa recayese en el más blandito sir Thomas Inskip, no cambia las cosas. El segundo detalle es que Gran Bretaña y Francia avanzaban rápidamente hacia la alianza militar.

Para alguien tan hábil en el sucio juego de la política como Hitler, parecía claro que lo que ahora tenía que hacer era reforzar la línea del Rhin, acelerar el rearme y quitar a Alemania de la primera fila de las preocupaciones de las cancillerías británica y francesa. Y esto fue exactamente lo que ocurrió. Pudo ser casualidad, o sea un golpe de suerte. Aunque también hay gente que, en hablando de política internacional, no cree en las casualidades.

Casualidad o no, el 18 de julio de 1936 estalló la guerra civil española. Una guerra que, casualidad o no, acabaría por ser inusitadamente larga. Tan larga como, casualidad o no, le convenía a Hitler y, probablemente, a Stalin.

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