jueves, octubre 15, 2009

La gran guerra vasca (4)

El fracasado sitio de Bilbao no es un episodio crucial en la guerra vasca, pero sin embargo tuvo grandes repercusiones en la guerra carlista. La muerte de Tomás de Zumalacarregui dejó vacante el puesto de comandante general de las tropas carlistas, y la designación de sucesor terminó por aflorar un problema que ya existía antes de la muerte del caudillo militar vasco, aunque de una forma más larvada: el enfrentamiento entre carlistas foralistas y lo que podríamos denominar (malamente) carlistas castellanos.

Las dos grandes tendencias del carlismo son los fueros y el altar. Ambas se interpenetran. El nacionalismo vasco ha sido hasta antesdeayer un nacionalismo católico; pero de un catolicismo ultramontano y anticuado como pocos. Por su parte, el tradicionalismo religioso español siempre ha gustado de lo medieval, entre otras cosas los derechos forales, algo que no necesariamente tiene que ser así. Así pues, foralismo y catolicismo son ambas formas de pensar que se han dicho cositas durante mucho tiempo. Pero son distintas. Uno de los problemas del carlismo fue la pretensión, hasta cierto punto incierta, de que las dos cosas se podían convertir, y se habían convertido, en una sola. Ni de coña. El carlismo victorioso de 1939 sacrificó el foralismo euskaldún sin un suspiro, de la misma forma en que, desde 1936, el foralismo vasco se alineó en un bando guerrero que prohibía en la mayor parte del país la práctica de la religión católica. La teoría carlista decía que todo eso se superaba, se sintetizaba, en la Corona, esto es en la figura del pretendidamente auténtico heredero de los derechos dinásticos. Pero esa pretensión es muy débil. En realidad, aunque el carlismo lleve como nombre una pretensión dinástica, dicha pretensión es la parte más débil del conjunto.

La vertiente catolicista del carlismo decimonónico quería sustituir a Zumalacarregui por el cura Merino. Sin embargo, la existencia en el ejército carlista de tres herederos naturales del mando por ser tenientes generales (Moreno, Maroto y Eguía) dificultaba esa decisión. Así las cosas, el entorno de Don Carlos optó por apoyar a Moreno, mientras que los militares vascos, en su gran mayoría, prefirieron a Maroto. Eguía quedaba inicialmente descartado por su avanzada edad. Finalmente, el designado fue Moreno. Sin embargo, muy pronto el nuevo comandante general demostró adolecer de un defecto gravísimo para un militar en guerra: la pasión por obtener victorias con rapidez.

Quizá obsesionado con la idea de apuntarse un tanto pronto, idea que en sí misma demuestra que el propio Moreno no se sentía ni mucho menos el commander in chief indiscutido de todos los carlistas, arrastró a las tropas de Don Carlos, y al pretendiente mismo, al desastre de Mendigorria, donde bien pudo quedar el carlismo enterrado para los restos, si no llega a ser por la valiente y desesperada acción de los batallones alaveses. Así pues, finalmente, hubo de ser un vasco, un viejo vasco antiliberal como Eguía, el que tomase el mando. En realidad, el viejo teniente general estaba eso, viejo y achacoso. Pero tenía a su lado al más joven Bruno Villarreal, un militar alavés que tal vez no fuese gran cosa a la hora de guerrear pero que, sin embargo, se vestía por los pies a la hora de organizar ejércitos y que, consecuentemente, multiplicó los efectivos de las tropas carlistas justo en el momento en el que los estrategas cristinos habían diseñado un plan para empantanar a las tropas carlistas muy dentro de las tierras vascas.

El gran éxito de Villarreal, con todo, también fue su gran problema. Porque los ejércitos nutridos, para serlo, tienen que dejar de ser milicias. Hasta la muerte de Zumalacarregui, las tropas carlistas vascas habían sido, en realidad, milicias basadas en la fidelidad ideológica de los combatientes (un modelo que se repetirá en 1936 con las milicias republicanas anteriores a la formación del llamado Ejército Popular de la República) pero con elementos de flexibilidad desconocidos por un ejército. Muchos voluntarios carlistas, por ejemplo, abandonaban sus unidades durante algunos días para regresar a sus casas y reponer fuerzas. Con el tándem Villarreal-Eguía llegan las levas forzosas; y cuando un mozo es forzosamente movilizado, no se le pueden dar tales flexibilidades porque desertaría. El ejército carlista, pues, se convirtió en un ejército permanente, acuartelado y disciplinado.

En el verano de 1936, la guerra carlista toma muy mal cariz para los cristinos. El comandante general del ejército, Fernández de Córdoba, dimite por razones políticas, siendo sustituido por Espartero. El general carlista Gómez, en ese momento, rompe el cerco de fortines que teóricamente protege a la España cristina y cruza el Ebro. Envió Espartero contra Gómez a su división de reserva, mandada por Tello, que fue derrotada; motivo por el cual tuvo que echar mano de la división de Alaix y reducir su capacidad operativa en el País Vasco, con lo que los carlistas se volvieron de nuevo hacia la perla, o sea Bilbao. El 14 de septiembre, en Durango, Zabala, Valdespina, Epalza y Landaida, los cuatro integrantes de la Junta carlista de Vizcaya, convencen a Bruno Villarreal de la necesidad de intentar de nuevo ir a por Bilbao. El 23 de septiembre fueron los primeros disparos. En el segundo sitio de Bilbao participaron tropas bizcaitarras, donostiarras, alavesas, castellanas y aragonesas.

Durante el sitio 2.0, la probabilidad carlista de triunfar fue aún más remota que en el sitio 1.0. En el ínterin, los bilbainos habían construido baluartes exteriores a la ciudad desde donde hostilizaron a la artillería enemiga, obligándola con ello a disparar desde muy lejos. El 27 de septiembre por la noche intentaron una toma por sorpresa por Diente, pero fueron descubiertos.

El sitio de Bilbao 2.1 se produjo pocos días después, cuando Espartero, que había llegado en auxilio de la plaza, se marchó de nuevo hacia Logroño, donde los cristinos tenían problemas, motivo por el cual los carlistas, ahora al mando de Eguía, volvieron a la carga. Empezó el 9 de noviembre y en él los carlistas, que habían aprendido la lección, atacaron no la ciudad, sino sus baluartes. Acabaron por tomar el más importante de ellos, el de San Mamés, cuyos defensores suponemos que se batirían como leones (chiste fácil).

El día 17, los carlistas abordan la fase más complicada del sitio, que es la escala del muro de la ciudad o su agujereamiento, concentrando su fuego en el convento de San Agustín. Entraron a la carga tres veces, pero fueron rechazados otras tantas. El día 22 sometieron al convento a tal mano de hostias artilleras que varias porciones del edificio se derrumbaron. Los carlistas se tiraron a los boquetes en fila de a siete, pero fueron nuevamente rechazados. Parece bastante obvio que los fueristas nunca ponderaron en su justa medida lo terco que puede llegar a ser un bilbaino cuando se siente amenazado (aunque en su defensa cabe decir que ni de coña han sido los únicos).

Un militar carlista, Pedro Juan de Arana, dejó un diario de aquellas acciones. Su lectura nos deja claro hasta qué punto la armada carlista no era aún un ejército en toda su extensión. Hablando de las acciones del día 22, por ejemplo, informa de que el general, tras el cañoneo contra el monasterio, ofreció «voluntariamente al que quisiera que salga para asalto», y que, al ver que apenas tres mandos daban un paso adelante, «quedó penao [sic] porque decía si los paisanos de él no le acompañaban, que si le había dicho a cualquiera de los batallones de Navarra todos que habían salido, y después le fueron que irían todos y entonces les dijo que no quería (...)». El relato de Arana no es propio de un ejército que de tal se repute. O sea: ¿quién quiere atacar? ¿Nadie? Pues qué cabrones sois, porque si se lo digo a los navarros... ¿Ah, que ahora que os digo que los navarros sí atacarían, decís que atacáis? ¡Pues ya no os ajunto!

Algunos días después, en medio de la vuelta-no vuelta de Espartero (pues al general le gustaba ir bien pertrechado de hombres y, aunque disponía de 15.000, dijo que hasta que no reuniese 5.000 más no haría nada en Bilbao) los carlistas se infiltran en el convento de San Agustín. A las dos de la tarde, los guardianes del edificio salieron despavoridos hacia Bilbao anunciando que el enemigo había entrado. Los bilbainos, que suelen profesar la filosofía de que los grandes males demandan remedios aún peores, viendo que no podían desalojar a los carlistas del convento, resolvieron quemarlo con ellos dentro. Así pues, los invasores se hubieron de refugiar en una pequeña porción del lugar libre de fuego, y no pudieron entrar en Bilbao.

Días después, en el valle de Asúa, se produjo la batalla de los hermanos Marx, en la que Espartero cargó contra los carlistas, casi al paso, en una carga de caballería caótica y medio cachonda en la que las formaciones se rompieron antes de llegar al enemigo, entre otras cosas porque el enemigo, y nunca he logrado leer una explicación convincente de por qué, salió echando hostias antes del embate. Una batalla, pues, que no ganó nadie, sino que perdieron ambos contendientes. Muy español.

Llegada la Navidad del 36 los carlistas, que se habían convencido de la inoperatividad de Espartero, licenciaron a muchos soldados para que regresaran a sus casas a esperar al olentxero y se dispusieron a pasar las fiestas a las puertas de Bilbao, tocándose los huevos. Sin embargo, en esos días regresó Gómez de su paseo por la España cristina, con 15.000 cristinos mordisqueándole el rabo. Así, en la mismísima Nochebuena, Espartero recibió los refuerzos que necesitaba, tomó el puente de Luchana, se llegó hasta Bilbao y puso a los carlistas en huída.

Ahora Espartero tenía tropas. Se podía plantear destruir la capacidad militar del carlismo o, cuando menos, del foralismo. Él pensaba que lo que el destino dictada era que el carlismo desapareciese en las laderas del monte Oriamendi. Lo que no sabía, sin embargo, es que cabalgaba hacia el más grande mito del carlismo.