martes, octubre 13, 2009

Desfiles pacíficos

Menudo follón se ha montado con el desfile de la Fiesta Nacional y los abuchecos al presidente del gobierno. Alberto Ruiz Gallardón, esa luminaria de la gestión municipal según la cual, si un tráfico rodado pasa por las vías A, B y C, no pasa nada porque se hagan obras simultáneas en las vías A, B y C, ha sido oportunamente cazado por las cámaras de la televisión española dorándole la píldora a su presidente y afeándole la conducta a sus administrados.

A mí, sinceramente, me cuesta entender el argumento gallardonita, si es que lo he entendido bien. Parece ser que dice don Alberto que cuando una celebración lo es de Estado, no se debe abuchear a alguien en concreto. Si como digo entiendo bien el argumento, esto viene a querer decir que sólo debes abuchear a un político en un acto que organice él o ella. Este argumento, como digo, me mueve a dos consideraciones.

La primera es: ¿por qué, entonces, el presidente del gobierno permite ser aplaudido en actos de Estado? Si los actos de estado, Gallardón dixit, no están para expresar la volición del personal respecto de sus políticos, tan delito es mandarlos al carajo como aplaudirles y decirles ¡presidente, presidente!, tal y tal. Así las cosas, ¿será que un acto de Estado es como la misa católica y hay que estar en ellos de pie y calladitos hasta que el cura nos dé la palabra?

La segunda: ¿es delito, por lo tanto, expresar tanto el apoyo como el rechazo hacia el gobierno, cualquier gobierno, en actos no partidarios como los funerales de Estado? ¿Y los partidos de fútbol? Porque a la final de la copa va al presidente del Gobierno, pero es obvio que no la organiza. Dado que no la organiza él, parece ser que es una falta de respeto, Gallardón dixit, aplaudirle o abuchearle.

En todo caso, la función de estas pequeñas notas es tranquilizar a nuestro presidente con un argumento que creo yo algo más sólido que los esgrimidos por el pelotilla municipal ayer en la mañana mientras desconocía, o tal vez sabía muy bien, que estaba siendo grabado. Zapatero, quédate tranquilo, que los desfiles que has vivido tú son juegos de niños al lado de los que han ocurrido en el pasado.

Quizá el desfile conmemorativo más encabronado que se ha vivido en España, que es el que quiero recordar aquí, es el producido el 14 de abril de 1936 en el mismo escenario que ayer, es decir en el paseo de la Castellana. Claro que, en aquel entonces, como en España todavía no se había inventado a Alberto Ruiz Gallardón para que diese por saco, la parada tuvo como escenario las cercanías de la plaza de Colón. De aquella, además, lo que hoy conocemos como plaza de Cuzco era poco menos que un secarral.

El 14 de abril de 1936 se celebró una parada militar para conmemorar los cinco años de la II República. No registran las crónicas si el gobierno, que participó en pleno desde la tribuna, tuvo o no que soportar silbidos. Quizá esto es así porque no estaba allí Ruiz Gallardón para dorarles la píldora. Aunque hay razones más de peso para que unos silbiditos no se valoren.

A la altura de la calle Marqués de Riscal, en un momento del desfile, alguien, y que yo sepa nunca se ha sabido a ciencia cierta quién, tiró un petardo. Un petardón, más bien. Como digo, pudo ser cualquiera. En la calle marqués de Riscal se había encontrado, o se encontraba, entonces, una de las sedes de Falange, aunque ese es un dato que, en mi opinión, avala el dato de que no fueron ellos, pues hay que ser muy imbécil para hacer una putada justo enfrente de tu casa, además de que no entra en el estilo de Falange petardear (nunca mejor dicho) un desfile militar. Pero la participación en el hecho de grupos de izquierdas tampoco casa con el hecho de que quien estaba en la tribuna era el gobierno del Frente Popular nacido de las elecciones de febrero de aquel año. A menos que fuesen anarquistas, claro, porque a éstos les daba igual Juana que su hermana.

En todo caso, el autor de la petardada consiguió lo que probablemente buscaba, y es que todo el mundo, durante un momento, pensara que el petardo era una bomba en condiciones. Los testimonios del día indican claramente que aquello retumbó como si un troll tuviese un ataque de aerofagia. Hubo carreras, gritos, de todo. Las fotos del día en las que se ve al mismo Azaña desde la tribuna tratando de tranquilizar al público (una vez supo que no había sido nada, claro) no tienen desperdicio.

Pasado este incidente, llegó el momento de que por el tramo final de la Castellana desfilase la Guardia Civil. El cuerpo armado había demostrado, cinco años antes, un escrupuloso respeto a la voluntad popular que quería que el rey se marchase y, por lo tanto, no puso ni medio problema a la proclamación de la República. Pero, en cinco años, habían pasado muchas cosas. Para empezar, un ex director general de la Guardia Civil, Sanjurjo, se había levantado contra la República en agosto del 32. Y luego habían estado las tragedias de Castilblanco, de Arnedo, y otras tantas, en las que la Guardia Civil, o bien había sido masacarada, o bien había masacrado y/o participado en hechos más o menos luctuosos. Una de las banderas de las izquierdas, por lo tanto, era el odio a la Guardia Civil (que le duró, más o menos, hasta el ministerio Barrionuevo).

Quizá por eso, y por supuesto a causa también del hecho histórico de que no estuviese por ahí Ruiz Gallardón para desplegar entre las masas sus inmensas habilidades conciliadoras y de paso sus impuestos y sus multas, al pasar los de verde la cosa se desmadró. Grupos de personas entre el público, al paso de los desfilantes, procedieron a abuchearlos y a insultarlos.

Es ley de vida que a los desfiles militares va siempre una gran multitud de gente a la que le gustan esas cosas y es, por lo tanto, mayormente proejército. Las chanzas y burlas de una parte del público fueron, pues, rápidamente contestadas por otra parte, entre la que se encontraba Anastasio de los Reyes, un alférez de la guardia civil al que no le tocaba desfilar y que se encontraba viendo pasar a sus compañeros. De los Reyes, junto con otros miembros del público, ordenó callar a los que insultaban y, dado que la dialéctica de aquellos años no es la de hoy, recibió, por toda constestación, una bala en la espalda que acabó con su vida.

Pues sí. Hoy discutimos sobre si se puede pedir a gritos la dimisión de un presidente del gobierno durante un desfile. Pero, hace 70 años, lo que pasó fue más bien que le mataron a un paisano (pues De los Reyes estaba entre el público) casi en las mismas barbas.

El asesinato del alférez Anastasio de los Reyes es el momento en el que una mano negra, muy negra, comienza a inclinar definitivamente el plano de la Historia de España, para hacerlo caer irremisiblemente en la guerra civil. Marca un antes y un después, a mi modo de ver, porque demuestra que el gobierno del Frente Popular, a pesar de las promesas en las Cortes por parte de Azaña en ese sentido, no estaba dispuesto a gobernar para todos, sino para los suyos.

En realidad, este problema no surge por el desfile y el asesinato, sino por el entierro, celebrado al día siguiente. El entierro del alférez De los Reyes fue un acto de rebeldía ante las instituciones por parte del estamento militar y las derechas. El gobierno quería un entierro sencillito y en la intimidad familiar. Sin embargo, los compañeros del guardia civil se empeñaron en que no fuese así y, tras instalar la capilla ardiente en un cuartel que estaba más o menos donde hoy está AZCA (si no están erradas mis referencias), llevaron el féretro en procesión paseo abajo. En el trayecto fueron tiroteados dos o tres veces. Una desde la Escuela Normal, que no sé muy bien dónde estaba. Otra, según los periódicos, desde unas casas en obras en la calle Miguel Ángel. Y otra más abajo, desde los tejados de algunos edificios.

Ante las agresiones, que calentaron mucho los ánimos, el cortejo funerario, contra lo que se le había dicho, decidió seguir la procesión hasta Manuel Becerra, conocida entonces por muchos madrileños con el sardónico nombre de plaza de la Alegría, porque ahí era donde se despedía a los féretros camino del cementerio. Al paso por la plaza de la Independencia, al parecer, hubo conflictos porque algunos de los miembros del cortejo pararon los tranvías y obligaron a sus conductores y viajeros a descubrirse al paso del cadáver. Puede ser, a la vista de los relatos escritos del día, que uno de esos conductores, quien al parecer levantó el puño, se llevara unas hostias como panes. En los listados de las casas de socorro aparece, de hecho, algún que otro tranviario.

En Becerra se montó la mundial. Creo que fue allí donde murió de un disparo Antonio Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. Con todo, lo peor fue que el teniente a cargo de los guardias de asalto, José Castillo, tuvo al parecer un momento de pánico en medio de aquel batiburrillo y quizá temió por su seguridad personal (cosa que no me extraña, pues el cortejo fúnebre, formado mayoritariamente por militares armados, había sido tiroteado, así pues sus miembros muy tranquilos no estarían). Como no estaba por allí Ruiz Gallardón para recordar a los paisanos que en los actos no partidarios no se pueden hacer cosas feas, y de paso ponerles unas cuantas multas por ensuciar el mobiliario urbano, la cosa se fue de madre, el personal se fue a por Castillo, no sé si porque era de la poli o porque le reconocieron, porque lo cierto es que Castillo era un significado marxista que tenía entre sus dedicaciones entrenar a las formaciones socialistas paramilitares. El caso es que Castillo se sintió, como digo, amenazado, y disparó, prácticamente a quemarropa, en el pecho de un joven de 19 años, Luis Llaguno, de ideología tradicionalista, que quedó hecho un siete, si bien, que yo sepa, no la palmó.

Otro hecho que no registra la Historia, a mi modo de ver de forma injusta, es el enorme favor que le habría podido hacer a la paz de España el alcalde Gallardón de haber existido entonces. De haber existido Gallardón en aquellos tiempos, el trayecto desde el Hipódromo hasta Becerra habría estado tan preñado de zanjas y túneles en construcción que el funeral no se habría podido celebrar.

La acción de Castillo al disparar sobre Llaguno puso en marcha el reloj de la guerra civil. Llaguno estaba desarmado, motivo por el cual el disparo de Castillo se produjo sobre un civil que no era una amenaza; algo que cualquier policía sabe que es pecado mortal. Sin embargo, a Castillo no le pasó nada. Todos sus compañeros lo avalaron y afirmaron la fuerza necesaria de su acción, por lo cual, que yo sepa, ni siquiera fue sancionado (lo cual tiene coña, porque el Director General de Seguridad, su supermando pues, acabó dimitiendo a causa de estos hechos). Como no fue sancionado ni arrestado ni nada, pudo, pocos días después, salir de su casa tranquilamente hacia el trabajo y encontrarse con unos ignotos pistoleros (probablemente tradicionalistas, aunque se habla también de falangistas, y de mediopensionistas) que se lo apiolaron. El asesinato del teniente Castillo es el que encabrona lo sufiente a un guardia civil y un grupo de guardias de asalto como para salir una noche en busca de venganza. La noche en la que esos tipos matan a José Calvo Sotelo, haciendo con ello imposible toda evitación de la guerra civil. Con la muerte de Calvo Sotelo, ya ni Gallardón la habría parado.

Cabe decir, además, que la reacción del gobierno, y más concretamente de Casares Quiroga que en esos días asumió las funciones de Interior por estar imposibilitado su titular, fue de un sectarismo acojonante. Tras el consejo de ministros que analizó los sucesos del desfile y del entierro, el gobierno anunció una serie de acciones muy duras contra los grupos de derechas. Evidentemente, las derechas habían alentado una rebelión durante el entierro del alférez, rebelión que es en gran parte responsable de los sucesos posteriores. Por decirlo claramente: nunca debió haber follón en Becerra si el cortejo fúnebre hubiese respetado las reglas de juego. Además, su actitud cuando menos en el tramo del desfile desde el principio de la Castellana fue provocadora y violenta, como demuestran los episodios de los tranvías.

Pero, siendo esto cierto, no lo es menos que un gobierno no podía pasar por encima del hecho de que el entierro fue tiroteado por lo menos tres veces por pistoleros de izquierdas. Un gobierno que de tal se precie habría repartido hostias por igual, porque si algo deja claro el entierro del alférez de los Reyes es que los grupos radicales, de uno y otro bando, se sentían con capacidad para campar por sus respetos en aquella España que estaba a punto de partirse como una baguete de pan duro que estrellásemos contra la pared. Y luego está el impresentable caso de Castillo. Castillo fue asesinado el 12 de julio. Esto es: 88 días después de haber disparado sobre Llaguno. ¿Alguien podrá sostener que 88 días son suficientes como para haber cerrado una investigación policial interna sobre un hecho tan grave? 88 días después de su acción, Castillo trabajaba con normalidad y no había sido sancionado. Es obvio que el gobierno no quiso saber nada a la hora de apartarlo del servicio, sancionarlo o someterlo a una encuesta mínimamente rigurosa.

Creo que es Stanley Payne el que ha escrito que el asesinato de Calvo Sotelo fue el detonante final de la guerra civil porque enseñó a los alzados que, en realidad, estaban más seguros si daban el golpe de Estado que si no lo daban. Creo que la frase es cierta pero puede, en cierto sentido, retrotraerse algunas semanas, hasta la fecha del entierro del alférez De los Reyes. Fue ahí, a mi modo de ver, cuando muchas de las fuerzas sociales y militares que finalmente apoyarían el golpe de Estado del 36 aprendieron que no tenían nada que esperar del gobierno del Frente Popular.

Al lado de esto, lo del desfile de ayer es una especie de coña marinera.

Aunque, eso sí. Si lo que queremos son desfiles del 12 de octubre que transcurran sin abucheos, no tenemos nada más que volver al franquismo. Durante los desfiles del Día de la Raza no había un dios que abuchease a la tribuna.

Yo, para mí, que si hay abucheos, lo que deberíamos hacer es felicitarnos de ello. Los máximos mandatarios intocables dan repelús.