miércoles, octubre 21, 2009

El derecho a desenterrar... y a enterrar

Ian Gibson, escritor e historiador que ha dedicado casi toda su vida intelectual a la investigación de la figura de Federico García Lorca, ha declarado a la BBC que, si finalmente se decide no identificar los restos del poeta, se plantearía incluso marcharse de España. Éstas son sus palabras, que se pueden leer en http://news.bbc.co.uk/today/hi/today/newsid_8314000/8314605.stm:

«If the earth is put back and those remains are still there unidentified, I would have to think very carefully about whether I stay in Spain," rues Lorca's biographer, Ian Gibson. "Because this has been my life, and I think it's their absolute duty to find him. If they don't I will be disgusted.»

[«Si se echa de nuevo la tierra y los restos aún están sin identificar, yo podría tener que pensarme muy bien si seguir en España o no», se lamenta el biógrafo de Lorca, Ian Gibson. «La causa es que esto ha sido mi vida, y que pienso que es una obligación suya [creo que se refiere a los herederos de Lorca] encontrarlo. Si no lo hacen, me sentará muy mal.»]

Vaya por delante que las declaraciones de Gibson me parecen, en lo personal, de una lógica aplastante. Gibson ha dedicado toda su vida a buscar el cadáver de Lorca, además de a buscar otras muchas cosas (su huella en la cultura española, su personalidad, su valía literaria, su carácter mítico, etc.) Es, sin duda, el mayor lorcólogo, excepción hecha de autores que se han dedicado únicamente al Lorca literato. Lo que me parece mal de la crónica de la BBC no es tanto la declaración de Gibson (aunque es un poco ampuloso eso de «amenazar» con marcharse de España), como la selección de datos realizada por el periodista.

Hay algo en todo este proceso de los restos de Lorca que no encaja. La guerra civil, como hecho político, es algo cerrado hace ya muchos años. Las fuerzas republicanas comenzaron en 1956, con la declaración de reconociliación nacional del PCE, a ajustar cuentas con sus propios errores. Ese proceso continuó en los años subsiguientes y tuvo un punto muy importante en el llamado por el franquismo Contubernio de Munich, en el que curiosamente los que faltaron fueron los comunistas que en el fondo habían lanzado el proceso, y que supuso un ajuste de cuentas con sus errores de prácticamente todas las fuerzas políticas implicadas en la guerra, excepción hecha, claro, de quienes la ganaron y unos pocos más (anarquistas, algunos nacionalistas...). Quienes ganaron la guerra, conocidos en los últimos años del franquismo como el búnquer, nunca se retractaron de sus opiniones ni de su visión. Pero han desaparecido todos (Garzón los busca, pero no los va a encontrar) y, para colmo, sus hijos políticos pactaron con sus enemigos de otrora para traer la democracia; que es la peor traición que podían haber imaginado. Con la transición política, se pusieron mojones para comenzar a reparar las goteras más sangrantes de ese feo pleonasmo que llamamos memoria histórica: primero, la amnistía; después, el reconocimiento de haberes también para los militares de la República. Y, finalmente, en un proceso que probablemente ha tardado demasiado, el asunto de las fosas, que está en curso.

Hay personas, muchas personas, de multitud de ideologías, creencias y no creencias, para las cuales el reposo de los restos de sus seres queridos en un lugar conocido resulta muy importante. De hecho, éste ha sido, desde que el hombre salió de las cavernas, uno de los sentimientos humanos más intensos y socialmente respetados. Por lo tanto, es perfectamente comprensible que quien sabe, o sospecha, que su abuelo está enterrado a los pies de alguna tapia, tenga la ambición de encontrarlo, sacarlo de ahí y sepultarlo en algún lugar con más merecimientos, donde esa persona pueda ser visitada y, con ello, reconocida. Tiene, pues, mucho sentido el proceso de apertura de fosas por parte de quienes tienen ese tipo de deseos.

Pero con la familia de Lorca, cuando menos de momento y mientras no cambien de opinión, se está conculcando ese derecho. Por alguna razón que, como digo, se me escapa, parece como si algunas de las personas que tienen tan claro el derecho de algunos a abrir fosas le niegan a otros el derecho a no abrirlas; cuando, en realidad, estamos hablando de lo mismo.

¿Acaso no es el mismo derecho el de saber y el de no saber? Si nos parece imperativo que un familiar que quiera saber si unos restos son de su pariente pueda saberlo, ¿por qué no nos lo parece, equidistantemente, que otro familiar que no quiera saberlo tenga derecho a ejercitar su deseo?

Lorca es un símbolo clarísimo. No lo niego. Pero, símbolo y todo, su futuro, o el futuro de sus restos, le pertenece a su familia. No le pertenece a Ian Gibson, ni al pueblo español, ni a la asociación nosecuantitos de la Memoria Histórica, ni al Ministerio de Cultura, ni al Real Madrid. En este punto, se hará lo que la familia quiera. Si quiere que se desentierre la fosa donde un día le contaron a Gibson que está Lorca, y otras tantas donde creo también se sospecha que podría estar, se desenterrará. Si no, no. Y si, una vez encontrados los restos (tal vez porque hay más parientes de más víctimas y, por lo tanto, la decisión de abrir la fosa no les pertenece sólo a ellos), la familia quiere dar muestras de ADN para un chequeo comparativo, se hará. Y si no quieren, no se hará. Y este es un proceso en el que ninguno de los demás votamos.

A mi modo de ver, el reportero radiofónico británico debería haber prestado algo menos de atención al lógico cabreo del eterno buscador de Lorca, y haber destacado más la prelación absoluta del deseo de la familia. Además, en su crónica tampoco se aprecian demasiados esfuerzos por averiguar cuáles son las razones que han llevado a los Lorca a no apoyar la exhumación y comprobación de sus restos. El cronista se limita a exponer que los Lorca consideran que identificar los restos de García Lorca no cambiará en nada su legado (y a anotar, más adelante, el miedo que tienen a que dicha exhumación se convierta en un circo mediático) para, a continuación, extenderse un poco más sobre otros motivos aducidos por personas que son identificadas como «críticos» (¿en qué momento exactamente se les olvidó a los periodistas que una fuente debería tener siempre nombres y apellidos?), entre los que cita una historia bastante rocambolesca: la familia García Lorca habría pactado con Franco, muchos años atrás, el traslado de los restos del poeta.

A la dicha teoría, Laura García Lorca contesta más o menos que es una gilipollez. Y, verdaderamente, lo es. ¿Qué motivo tendría Franco para pactar con los Lorca, obviamente en vida del dictador, un traslado de los restos a otro lugar? El único que se me ocurre es que Franco temiese que España fuese algún día como es hoy, es decir, estuviese gobernada por sus enemigos que se dedicasen a hacerle la puñeta. Pero es que yo creo que hay que ser muy iletrado en Franco y sus sinapsis neuronales para llegar a pensar que alguna vez pensó que esto sería así. Franco siempre pensó que todo quedaba atado y bien atado y que, en consecuencia, en el año 2009 todavía estaríamos en Cuéntame.

No obstante, el cronista le dedica cierto espacio a la dicha teoría, y concluye con una frase que es un monumento a la objetividad periodística: «Ella [Laura García Lorca] sonó [al negar la teoría] convincente y sincera, pero hasta que la tumba no se abra no puede estar más cierta que cualquier otro». Yo no sé si es que el periodista quiere insinuar que hay que abrir la tumba de Lorca sí o sí porque lo mismo Franco se llevó el esqueleto de allí; pero si es así, ya vamos dos a cero: además de los deseos de Gibson, el periodista introduce los suyos propios por delante de los de la familia. Y eso lo hace, además, poco tiempo antes de admitir que, aunque se abra una zanja del tamaño del Guadalquivir, no hay garantía alguna de que los restos sean finalmente localizados, porque las probabilidades son 50/50. Y, no contento con todo esto, el cronista informa a la familia de Lorca en su crónica que, si finalmente decide no identificar los restos de Lorca, en España se montaría la mundial (all hell would break loose).

Such is life. And journalism.

Existiendo medios y posibilidades, la decisión de exhumar los restos de Juan Español pertenece a los bisnietos de Juan Español. Con las mismas, los bisnietos de Juan Español tienen perfecto derecho a decidir no hacer nada. Que eso le escueza a Ian Gibson y/o a la BBC debería ser un dato secundario.

Dejen en paz a los Lorca con la decisión que tomen, cualquiera que ésta sea.