sábado, octubre 24, 2009

La gran guerra vasca (5)

>La victoria del monte de Oriamendi es, en efecto, la gran victoria vasca. Esta batalla es crucial para la suerte de los carlistas, que llegaron a ella pertrechados y organizados, pero bastante cansados. Frente a ellos tenían a Espartero el cual, tras haber recibido el refuerzo de las tropas que llegaban persiguiendo a la expedición de Gómez, pensaba que se encontraba a las puertas del golpe definitivo que acabaría con los rivales dinásticos para siempre. Teniendo como tenía más de 60.000 hombres, proyectó una ofensiva en estrella, desde cuatro puntos, con otros tantos avances liderados por él mismo, Evans, Sarsfield y Alaix. Los 28 batallones de Evans, que atacaban en la zona de San Sebastián, tuvieron éxigto en Hernani frente a las tropas carlistas de Guibelalde y, finalmente, tomaron la cresta fortificada del Oriamendi.

En este punto, la causa carlista alcanzó su momento más bajo desde el punto de vista militar. Alaix estaba en el puerto de Arlabán presionando, lo cual impedía a las tropas carlistas acudir en apoyo de Guibelalde. Sarsfield había iniciado la marcha desde Pamplona para pillar al propio Guibelalde por la espalda. Y Espartero avanzaba desde Bilbao, poniendo en peligro Durango primero, y Eibar después. El infante Don Sebastián, comandante de las tropas carlistas, sabía que tenía que ser rápido. Impuso a sus exiguos 15 batallones una rápida marcha con la que fueron capaces de quemar 100 kilómetros en dos jornadas, adelantándose con ello a Sarsfield. Éste fue el movimiento genial de la batalla, un movimiento en el que Sebastián fue capaz de aprovechar su debilidad en su beneficio: puesto que eran pocos, lo único que podían hacer mejor que el enemigo era moverse deprisa. Una vez que hubieron sobrepasado a la marcha de Sarsfield, el general Zariategui quedó encomendado de pararlo, mientras que Sebastián se dirigía al encuentro de Guibelalde y, en famosa batalla el 16 de marzo de 1837, echaba a Evans del Oriamendi y lo perseguía camino de San Sebastián. Espartero, en Eibar, intentó replegarse a Durango, pero también fue atacado. Entre Sarsfield, Evans y Espartero perdieron más de 6.000 hombres. Los carlistas habían hecho valer la única arma que en realidad tenían, que era la rapidez.

Ocurre a menudo en la Historia que el momento mejor, más dulce, cuando mejor nos van las cosas, resulta ser el principio de un cambio de orientación. Para los carlistas este cambio era necesario. Habían ganado, habían conseguido su más resonante y mítica victoria; pero ello no podía esconder el hecho de que llevaban cuatro años de guerra, el territorio y el pueblo estaban agotados, y tenían que cambiar de estrategia. La guerra tenía que salir del País Vasco. Fruto de esta necesidad son las expediciones de los carlistas.

El general Villarreal, jefe de las tropas carlistas, había aprendido de la experiencia de la guerra. Se daba cuenta de que cualquier acción importante, como un eventual tercer sitio a Bilbao, necesitaba tener a los cristinos, y muy especialmente a Espartero, despistado y ocupado en otras cosas. Qué mejor estrategia para eso que irse a Castilla a darle por saco. Sin embargo, en una cosa se equivocaron los estrategas carlistas, y supongo que a sus tataranietos no les gustará leerlo: se equivocaron al no darse cuenta de que lo que pasa en el País Vasco, no necesariamente ocurre en el resto de España.

Ellos pensaban que sus expediciones soliviantarían a la población contra Madrid. Pero lo cierto es que no fue así. No, al menos de una forma suficientemente masiva. Al no conseguir dejar el problema carlista en herencia en los sitios que pasaban, las expediciones carlistas no conseguían impedir que las tropas cristinas volviesen a su territorio cuando la expedición terminaba. Así las cosas, fracasaron rotundamente en el objetivo de descongestionar el País Vasco y Navarra y eliminar la presión que la guerra generaba sobre estos territorios.

El general García organizó una expedición a Castilla en 1837 que sirvió como test. Luego llegó la de Gómez, que se paseó por España entera, como si fuese Miguel Yndurain, durante casi seis meses. Sin embargo, la expedición de Gómez de 1837, a pesar de que a los admiradores del bando carlista les gusta mucho por lo que tuvo de chulesca y sobrada, fracasó en su intento principal, y los carlistas habrían de pagar el fracaso muy caro. Su objetivo principal era sentar plaza en Galicia y Asturias y, con el germen de los ejércitos que llevaba el general, construir en ambas comunidades autónomas un nuevo stronghold carlista, fácilmente comunicable con el primigenio a través de Cantabria, generando con ello un frente de resistencia mucho más ancho que resultase mucho más difícil de abarcar para los cristinos con las tropas de que disponían. Cuando Gómez bajó de Santiago de Compostela y tomó Córdoba (haciendo con ello, de alguna manera, el viaje inverso de los invasores musulmanes, bastantes siglos atrás) recibió la orden de intentar crear la resistencia en Andalucía, pero también fracasó. Por el camino, además, los batallones de castellanos carlistas que había formado le desertaron en gran proporción. El suelo de un carlismo no sólo vasconavarro, más identificado con el conflicto dinástico que con los intereses foralistas, se fue bastante a tomar por culo. Su fracaso se hizo patente, como ya hemos contado, cuando consiguió regresar al País Vasco y no consiguió con ello otra cosa que ponerle a Eguía, que sitiaba Bilbao, la presión de los 15.000 cristinos que le perseguían.

El Oriamendi le enseñó a los euskaldunes que les atacaba algo especial en el corazón cuando lo que estaba seriamente amenazado era su tierra. Pero también les enseñó que eso no podía ser así permanentemente. Hay una cosa que se llama en los juegos de estrategia «cansancio de guerra». Es una variable necesaria para que los juegos sean realistas y que, sustancialmente, reduce la efectividad y acometividad de las tropas conforme la fecha de los combates se aleja más de la fecha del inicio de las hostilidades; más democrático el país, más rápidamente crece el cansancio de guerra.

Como acertadamente observa Stefan Zweig al rememorar el estallido de la primera guerra mundial, los primeros soldados que van al frente siempre van abarrotando los trenes y cantando felices. Luego el tiempo pasa, los cirujanos hacen su labor serrando piernas, los funerarios la suya echando tierra sobre los sueños jóvenes, y el personal empieza a hacerse preguntas. Con el tiempo, los motivos que llevaron a la guerra, que tan netos, tan necesarios, tan inmarcesibles fueron un día, ganan en relativismo. A menudo la historiografía vasca comete el error de creerse su propio mito de que los fueros eran y son un sistema de gobierno perfecto. El nacionalismo vasco está teñido de esa suerte de pátina mítica que hace de los vascos un pueblo noble y ultrademocrático. En realidad, los vascos no se han librado de ese fenómeno connatural a las sociedades humanas, ese fenómeno por el cual el tipo que tiene pasta toma el poder y manda sobre el que no la tiene. Los fueros y las diputaciones vascas también han sido, a lo largo de la historia y al menos en parte, un método para la dominación de los acomodados sobre los menos acomodados. Los vascos tendrían que ser robots para que no fuese así. Y esto quiere decir que la defensa de los fueros, como toda defensa ideológica, tiene sus agujeros, muy pequeñitos, microscópicos, cuando las cosas van bien y el personal vive dabuti, pero que se van agrandando conforme las incomodidades y tragedias que inevitablemente provoca una guerra se van multiplicando.

En 1837, el año que en Gómez se pasea por España mirando a Espartero y citándole a Maradona al decirle «y ahora me la vas a [censored]», ese año en el que parece que el carlismo está en su fase más matona, más chula y más poderosa, se están poniendo, en realidad, las bases para esa bajada de pantalones que llamamos abrazo de Vergara.

Con todo, no fue eso lo peor. La peor cagada en materia de expediciones aún no la hemos contado. La expedición que protagonizaría el propio pretendiente Carlos in person. De nuevo, nos vamos a encontrar con ese difícil análisis de todo lo carlista: sobre el papel, hay que decir que la Expedición Real llegó hasta las afueras de Madrid, que se dice pronto. Pero, en realidad, fue un fracaso.

Lo contaremos otro día.