sábado, junio 13, 2009

La mafia en sus orígenes (y 5): la muerte de Lo Turridu

Es una apreciación meramente personal, pero a mí me parece que la muerte de Salvatore Giuliano, Lo Turridu, marca el final de esos primeros momentos de la Mafia siciliana. Luego hay muchas historias que contar, por ejemplo la guerra del juez Falcone. Pero son historias de otra calidad. Es por esto que esta quinta toma deja cerrado, quizás por el momento, el tema.

Salvatore Giuliano cobró caro su papel de desatascador contra la izquierda comunista siciliana. Se cobró aquel trabajo tan desagradable en forma de contactos e influencias al más alto nivel en los gobiernos italianos. Sin embargo, sólo era cuestión de tiempo que los políticos, que como sabemos siempre viven, de un forma u otra, al filo de la navaja, se diesen cuenta de que era negocio muy peligroso figurar en la agenda de un tipo como Lo Turridu. Aunque al mismo tiempo lo necesitaban. La democracia cristiana multiplicó por 1,5 sus votos en las áreas controladas por Giuliano desde el momento en que existió connivencia entre ambas partes.

Los poderes deciden acabar con Giuliano. Pero para eso necesitan a don Calo y su, digamos, capacidad logística.

El primer clavo del ataúd de Salvatore Giuliano lo clava el gobierno de Roma creando en Sicilia el Mando de las Fuerzas para la Represión del Bandidismo, al frente del cual colocará al coronel Ugo Luca, a quien muchos llaman El Chino, a causa de los muchos años que pasó en el Extremo Oriente realizando labores de información, o sea espionaje.

Luca y Vizzini se entendieron a la primera y llegaron a un pacto rápido. A cambio de protección para sus hombres, el jefe de la Mafia comprometió su colaboración en la caza de Giuliano. Este acuerdo supuso el inicio de un calvario para Lo Turridu, pues la Mafia comenzó a darle el queo a los carabineros de cada movimiento de su organización, con lo que la policía comenzó a ser sospechosamente eficiente (y selectiva) en sus acciones anticriminales. Giuliano, desde luego, no se quedó quieto. Ocho carabineros murieron en Bellolampo, dos más en Monreale e incluso un comandante del ejército fue asesinado en Montelvetrano. En paralelo, la Mafia maniobró para facilitar la detención de algunos de sus lugartenientes, tales como Nunzio Badalamenti, Castrenze Madonia, Antonio Guarino, Gaspare de Liso y Vincenzo Ofanto.

Con todo, no fue ninguno de estos hombres el utilizado para llegar hasta Giuliano. Fue Gaspare Pisciotta, un malhechor que para entonces ya estaba tuberculoso. Pisciotta era uno más de los fieles a Giuliano que se había dado cuenta de que algo no iba bien, porque la impunidad de que habían gozado en el pasado, y que su jefe les juró estaba garantizada con la victoria de la democracia cristiana, se había esfumado. Así pues, fue rápidamente sensible a las llamadas de la Mafia para que colaborase con la policía.

Otro elemento importante de la trama fue Benedetto Minasola, a quienes todos conocían como don Nitto, jefe de la Mafia de Monreale, que estaba mosqueado con la penetración en su territorio de los hombres de Giuliano.

En el hotel de Palermo donde Vizzini residía cuando estaba en la capital, don Calo le comentó a don Nitto que había que matar a Giuliano, y que Pisciotta estaba dispuesto a colaborar a cambio de impunidad y un pasaporte para irse a América (como el escolta que traiciona a Michael Corleone en la primera parte del Padrino y, con ello, causa la muerte de su primera mujer). Don Nitto se convirtió en el intermediario que atrajo a Pisciotta y lo llevó al cuartel de Calatafini de Palermo, donde se entrevistó con el coronel Luca. Mientras ocurrían estas gestiones, Giuliano acababa con el jefe de la democracia cristiana de Parnitico, Santo Flores, su principal colaborador y el hijo de éste, que sólo tenía tres años.

Giuliano tenía algunas costumbres que Pisciotta, por supuesto, conocía bien. Por ejemplo, cuando iba a Castelvetrano dormía en casa de un abogado de la localidad apellidado De María. Cuando Pisciotta avisó de que Guiliano iba al pueblo, se decidió la operación.

Ugo Luca puso en juego a otro personaje: el ex inspector de la seguridad pública Ciro Verdiani. Había sido cesado con la creación del mando de Luca, así pues odiaba a los carabineros y, conocedor de que Giuliano era su principal enemigo, procuraba darle soplos de todo lo que se enteraba. Luca lo llamó a su despacho y, jugándosela a fondo, le contó a Verdiani que pensaba matar a Giuliano. Sin embargo, le dijo, era algo que no podían hacer directamente los carabineros. Hacía falta alguien que fuese lo suficientemente bueno para llevar a cabo la operación pero que, al tiempo, estuviese lo suficientemente libre de cargos o responsabilidades como para no despertar sospechas. El ego de Verdiani se hinchó y se hinchó hasta que el policía, viéndose como el gran héroe de la lucha contra el crimen siciliano, aceptó. En realidad, todo aquello fue un movimiento de Luca para tener un Plan B por si la cosa salía mal, y así tener un pringao al que echarle la culpa. Como salió bien, optó por poner a los carabineros en primera fila para la foto.

Don Nitto era responsable de comunicarle al abogado De María toda la operación. De María ni se negaría ni se iría de la lengua; como miembro de la Mafia, estaba obligado a obedecer a su capo.
La noche de la muerte de Giuliano, los carabineros, dirigidos in situ por Verdiani, rodearon silenciosamente la casa del abogado De María, tras lo cual Gaspare Pisciotta y don Nitto llamaron a la puerta.

Pisciotta tenía una sola instrucción clara: cuando matase a Giuliano, resultaba imperativo que tuviese los pantalones puestos. Dado que toda la operación iba a hacerse pasar por una operación policial clásica, habría sido muy difícil, cuando no imposible, demostrar que la policía había logrado penetrar en su dormitorio hasta pillarlo en calzoncillos sin que antes hubiese sido prevenido. Así pues, Pisciotta le dice que le han descubierto y que debe huir. Cuando Giuliano se vuelve para ponerse los pantalones, espera unos segundos, que le debieron parecer siglos, hasta que se sube los pantalones, y después dispara tres veces.

Aún así, Pisciotta ser precipitó. Al morir Giuliano y soltar los pantalones que se estaba ajustando, éstos cayeron a los tobillos. Así pues, don Nitto y De María tienen que levantar el cadáver y terminar de vestirlo.


La policía, finalmente, tiene su gran triunfo contra el crimen en Sicilia. Pero ese triunfo no ha hecho otra cosa que consolidar a la Mafia.