lunes, junio 15, 2009

La huelga agraria del 34

Os contaré un pequeño secreto. Muchas veces, cuando me siento delante de este ordenador para escribir en el blog (o más bien escribir para el blog, pues preparo los posts en OpenOffice antes de volcarlos), no sé, en realidad, sobré qué voy a escribir. Frente al ordenador estoy yo y detrás de mí están mis libros. Siempre hay varios libros o conjuntos de libros donde he dejado una marca de página, o un conjunto de fichas, o los inevitables subrayados (todos mis libros, salvo las ediciones valiosas por antiguas, están subrayados; me gustan los libros subrayados, sobados, abiertos una y otra vez) que señalan la posibilidad de escribir, algún día, un post o varios. Así pues, tengo donde elegir y escribo más o menos lo que me apetece; la posibilidad que ofrece Blogger de etiquetar los artículos con una marca temática hace más fácil escribir sin ton ni son.

El secreto tiene que ver con que algunas veces, muchas incluso, es la música quien decide sobre qué escribir. Yo no sé si a vosotros os pasa lo mismo, pero el caso en que a mí hay músicas que se me quedan pegadas a temas del conocimiento, normalmente porque esa música sonaba en el momento en que yo hacía alguna lectura especialmente importante sobre esos mismos conocimientos. Este reflejo condicionado humano genera maridajes extrañísimos y casi imposibles de explicar a cualquiera que no sea yo, porque la identificación proviene de hechos tan íntimos que son imposibles de transmitir.

Hace muchos, muchos años, leí un libro sobre la historia del Egipto antiguo. Se trata de la monografía de Etienne Drioton y Jacques Vandier. Tiene casi 1.000 páginas, como corresponde a un manual universitario que está más diseñado para la consulta que para la lectura. En aquel entonces la Historia de Egipto me fascinaba más que ninguna otra y decidí pasar aquel verano leyendo el enorme libraco amarillo a ratos perdidos, en las horas de más calor. Por aquel entonces me pude comprar el primer tocadiscos que entró en mi casa. Lo que pasa es que la compra del tocata me dejó tan seco económicamente hablando (otra buena razón para leer de más en casa) que apenas pude comprar en el Discoplay de Princesa dos o tres discos, que escuchaba una y mil veces. Uno de aquellos discos era el de uno de los conciertos de Vinicius de Moraes y Toquinho, creo que en La Fusa, pero no estoy seguro. Un disco en el que ambos cantan una canción muy cadenciosa que se llama Tarde en Itapoa.

Aquel fue, por lo tanto, un verano de Tarde en Itapoa y dinastías faraónicas. La mezcla ocurrió tantas veces, y fue tan placentera, que desde entonces, cada vez que escucho esa canción, cierro los ojos y, si alguien me pregunta en qué pienso, le doy esta absurda respuesta: trato de imaginar al faraón Pepi reinando sobre el mundo con 108 años de edad.

Esta tarde he seleccionado para empezar a trabajar en el ordenador un disco que os recomiendo vivamente: Eleven string baroque, con piezas del guitarrista sueco Göran Söllscher. Confieso que la música barroca versionada para guitarra, piano y, en menor medida, arpa, me fascina casi tanto como Donizetti o los Doobie Brothers. Y no sabría decir por qué, no sabría decir cuál es el origen de este reflejo de Pavlov, pero lo cierto es que cada vez que Söllscher toca la primera pieza de este disco (el hermosísimo pasacalle de Silvio Leopoldo Weiss), si cierro los ojos, viajo al año 1934 y veo el rostro, contrariado y tenso, de Francisco Largo Caballero, en junio de 1934, escondido entre sus puños, mientras masculla: «¡Lo dije! ¡Lo dije!»



Y ahora debo explicaros el por qué de esta visión. Y, para eso, debo hablaros de la huelga general campesina de junio de 1934.

Y tiene importancia hablar de ello, además de porque esté sonando la música que lo pide, porque hablar de la huelga general campesina del 34 es sacar a colación un hecho que, en mi modesta, autodidacta y poco académica opinión, se ha estudiado poco y se ha tenido poco en cuenta al estudiar la mal llamada Revolución de Asturias, es decir el golpe de Estado revolucionario organizado por el PSOE y la UGT en octubre de aquel año. Una de las grandes preguntas de la historiografía respecto de aquellos hechos es por qué el golpe de Estado, cuyo objetivo principal eran los centros de poder de Madrid, sólo triunfó inicialmente en Asturias y, por otras razones, Cataluña. Los historiadores de derechas sacan de este hecho la conclusión, un poco precipitada, de que denota el escaso apoyo a las masas marxistas entre la población. Hay, a mi modo de ver otros factores, y uno de ellos es la huelga agraria y sus consecuencias.

En el año 1934, que es el que nos interesa, aproximadamente la mitad de la población activa española está situada en el sector agrario. España aún no ha generado la suficiente inversión industrial y de servicios como para permitir el éxodo masivo del campo a la ciudad que será la tónica del franquismo. La propiedad agraria, además, está presidida por una serie de esquemas muy arcaicos que generan elevadas masas de desempleo, que la crisis internacional agudiza.

Para resolver este problema, la República puso en marcha una reforma agraria que en 1934, es algo claro ya para las masas campesinas, ya ha fracasado. Aunque ha habido ocupación de tierras y asentamiento de colonos en las mismas, ésta no ha supuesto nada más que una muesca en el paro agrario. La reforma agraria fracasó por errores de diseño, falta de financiación y por la cerril oposición de los propietarios.

Por lo demás, como sabemos bien, las elecciones de noviembre de 1933, que para sorpresa de las izquierdas, tanto obreras como burguesas, pone la República en manos de la derecha, radicaliza notablemente a las formaciones obreristas. Pero hay una diferencia fundamental que es importante entender. Otras organizaciones obreras no agrarias tienen disciplina. Están dispuestas a obedecer al mando que, en buena teoría marxista, es la elite que tiene que decidir el momento en que estallará la revolución. Así se decide, de hecho, tras el proceso que, en diciembre de 1933 y enero de 1934, descabalga de la dirección de la UGT a los moderados contrarios al golpe de Estado revolucionario (Besteiro, Trifón Gómez y Andrés Saborit), y pone al frente del sindicato, y del PSOE, a Francisco Largo Caballero. A partir de ese momento, todas las federaciones del sindicato y del partido trabajan conjuntamente para la preparación de un golpe de Estado revolucionario, cuyo motivo, o tal vez disculpa, son los temores de que en España ocurra como en Austria y las derechas acaben sacándose las caretas y apareciendo como fascistas que toman el poder para no soltarlo ya.

La FETT, Federación Española de Trabajadores de la Tierra, es la federación agraria de la UGT y el sindicato más poderoso en el campo en términos generales, aunque el anarquismo también prendió en algunas zonas concretas (por ejemplo Cádiz, como demuestra la tragedia de Casas Viejas). Son dirigentes de la FETT Ricardo Zabalza, un maestro navarro; Manuel Martínez, asturiano; y Manuel Vázquez, pacense.

Entre la FETT y el resto de las federaciones de la UGT hay una diferencia, gran diferencia. Todas ellas están golpeadas por el fantasma del desempleo masivo, pero ése es un problema que se puede gestionar en no pocos casos. Pero no así en el caso de la FETT. Los afiliados a la UGT agraria escucharon muchas declaraciones y discursos en 1931 que prometían solución para los problemas de paro endémico en el campo. Y, a pesar de medidas tomadas a su favor como la Ley de Términos Municipales, han visto cómo ese prometido reparto de la tierra no ha llegado y ahora, con el gobierno de las derechas, se ha frenado. La gran diferencia entre la FETT y el resto de las federaciones ugetistas, por lo tanto, es que ésta está abocada a gestionar una situación revolucionaria y, lo que es peor, apenas tiene posibilidades de frenarla.

El 22 de febrero de 1934, en la correspondiente reunión de la Ejecutiva de la UGT, Zabalza, que acude, presenta una carta de la FETT llamando a la huelga agraria y requiriendo el criterio de dicha Ejecutiva. La carta es una bomba para Largo Caballero. No puedo asegurar que el líder socialista pensara siempre en octubre como el mes para dar su golpe de Estado; pero lo que es probable es que, si tenía en mente otra fecha, fuese posterior; así parece desprenderse del hecho de que la entrada de la CEDA en el gobierno (teórico motivo para el golpe del 34) le acabó pillando de sorpresa. Largo, pues, tenía una planificación que quizá ni siquiera incluía la realización de un pronunciamiento dentro del año 34, y ahora le venía la federación más numerosa de la UGT diciendo que quería ir a una huelga general al día siguiente por la mañana y, para colmo, reclamaba por ello la acostumbrada solidaridad de otras federaciones. En la cabeza de Largo, y si lo digo es porque así lo expresó en la Ejecutiva, aquello suponía repetir el experimento de la huelga general revolucionaria de 1917, que no fue sino una huelga de ferroviarios que acabó por arrastrar a todos los demás.

Cuando Zabalza convocó, tres días después, Comité Nacional de la FETT y les contó la reacción negativa de la Ejecutiva de la UGT, lo mandaron a la mierda. Hemos de entender una gran diferencia entre los agricultores y los trabajadores de otros sectores: aquéllos pasaban masivamente hambre física, pues en el campo no había trabajo para casi nadie y en algunas de las poblaciones andaluzas y extremeñas había tasas de paro del 45% o similar; cosa que no ocurría en la industria, no con esa intensidad. Así pues, los agricultores, impasible el ademán, pasaron del Lenin Español como de comer mierda, y decidieron que harían un pliego de reivindicaciones que, si no eran atendidas por el gobierno, lanzarían la huelga general.

El gobierno había dictado normas de laboreo forzoso para evitar el aumento del paro, pero este laboreo forzoso era precisamente lo que los propietarios petardeaban sistemáticamente. En realidad, la actitud de los propietarios había pasado de ser obstruccionista durante el primer bienio reformista a identificarse con el calificativo de chulesca durante el bienio de las derechas. Esto provocó muy serios incidentes. Por ejemplo, en la villa granadina de Puebla de don Fabrique, propietarios y guardia civil apalearon a los agricultores. No pocas casas del pueblo rurales fueron atacadas. Para entonces, en el campo español había ya 415.000 parados. En esta situación, era inevitable que el siguiente paso fuera la ocupación de fincas, protagonizada, sobre todo en Extremadura, por los llamados yunteros (agricultores que poseían una yunta y animales para tirar de ella, pero carecían de tierra para explotar).

Con la llegada del 14 de abril, llegó el tercer aniversario del día en el que tantos y tantos jornaleros de Casas Viejas, de Torredonjimeno, de El Coronil, de Pozoblanco, de Navalmoral de la Mata, habían creído ver llegar el final del hambre para sí y para sus familias. La presión de abajo a arriba se hizo insoportable. Probablemente, Largo nunca la entendió adecuadamente. Don Francisco era un estuquista, un obrero de la construcción; un marxista de libro. Como buen marxista, creía en la existencia de una elite revolucionaria que era seguida por las masas obreras con una obediencia casi vaticana (los extremos se tocan, y es habitual encontrar en el acólito marxista las mismas dosis de obediencia acrítica que aparecen en el monaguillo militante). Alguien como Largo Caballero no tenía herramientas mentales para comprender que el mundo rural funciona de otra forma; es un mundo donde las decisiones llegan de abajo a arriba, no de arriba a abajo. Otra cosa que probablemente no comprendió en toda su extensión el Lenin español fue que un revolucionario al que mueve el hambre se parece a un revolucionario al que mueve el deseo de justicia social más o menos lo que se parece una metáfora gongorina al bosón de Higgs.

Presionados asimismo por la FETT, la Comisión Ejecutiva de la UGT propuso una huelga agraria escalonada; cada provincia iría a la huelga en fechas diferentes conforme le fuese llegando la fecha de la siega. Parecía una propuesta lógica, pero no tenía otro motivo que evitar la producción de una huelga general en el campo cuando el golpe de Estado revolucionario ni tenía todavía motivo para producirse (pues la CEDA no estaba en el gobierno) ni, de hecho, contaba aún con financiación y medios suficientes. Para disgusto de Caballero, la FETT rechazó la propuesta de huelga escalonada.

Ricardo Zabalza «celebró» el 14 de abril enviándole una carta al presidente Alcalá-Zamora (terrateniente cordobés de Priego, por cierto) en la que, entre otras cosas, le decía que una república en la que los agricultores ven a sus hijos morirse de hambre «camina hacia la disolución o hacia un suicidio próximo» (cursivas mías).

En esta frase hemos de ver otro factor fundamental para entender la huelga del campo y las diferencias con la dirección de la UGT: al contrario de lo que pensaba Caballero, los dirigentes agrarios consideraban que, en abril del 34, la situación estaba ya madura para la revolución marxista. En la visión de Ricardo Zabalza y los suyos, el hambre era tan profunda en el campo que no había que esperar más para hacer saltar por los aires una república por la que, además, cada día de hambre que pasaban sentían menos cariño.

El 1 de mayo, la FETT lanzó un manifiesto que fue otro baldón sobre la mesa del cada vez más atribulado Largo Caballero. Los dirigentes del sindicato agrario habían tirado de libro leninista y aplicaron la teoría bolchevique al pie de la letra, intentando adjuntar a su movimiento las masas pequeñoburguesas conexas a la clase obrera. Para gran disgusto de Caballero, pues, el manifiesto incluía dos reivindicaciones, tales como la rebaja de arrendamientos y la liberación de créditos para agricultores en apuros, que no estaban diseñadas para atraer a jornaleros o yunteros, que nada podían ganar con ellas; sino para atraer a los pequeños agricultores propietarios. La FETT preparaba la revolución.

Ese mismo 1 de mayo, la guardia civil mató a cuatro agricultores en la localidad pacense de Fuente del Maestre. La olla ya no parecía capaz de soportar la presión ni un segundo más. En un intento desesperado, la Ejecutiva de la UGT en pleno dirigió una nota a la FETT haciéndole ver el peligro que para el conjunto de la organización podría representar la huelga anunciada. Las bases campesinas miraron para otro lado. Lejos de ello, el 5 de mayo, la FETT lanza la idea de un Frente Campesino que englobe también a la CNT. Estrategia que se reproducirá en el golpe revolucionario del 34 con la creación por Largo Caballero de las Alianzas Obreras que, propiamente hablando, sólo funcionaron en Asturias (el Frente Campesino también funcionó así así; en Cádiz, auténtico stronghold del anarquismo rural, la CNT no secundaría la huelga general campesina).

El 14 de mayo, los dirigentes de la FETT visitaron al ministro de Trabajo, Estadella, para echarle la justa llorada y plantearle sus reivindicaciones. Es más que probable que tanto el titular de esta cartera como el de la de Agricultura, Cirilo del Río, estuviesen por la labor de llegar a algún tipo de componenda con las organizaciones obreras rurales. A todas luces, sin embargo, el hombre fuerte en este asunto dentro del gobierno era Rafael Salazar Alonso, ministro que hoy denominaríamos de Interior.

En el siglo XX español ha habido dos ministros del Interior que no se han parado en barras. No, ninguno de los dos está situado en el franquismo, porque los ministros de Interior franquistas, cuando menos hasta 1965 o así, no tuvieron que enfrentarse con conflictos callejeros masivos. Tampoco es Manuel Fraga, a pesar de que su famosa frase de «la calle es mía» suene campanudamente prepotente. Los dos ministros del Interior duros son, en mi opinión, Juan de la Cierva, que se ocupó de la Semana Trágica de Barcelona; y Rafael Salazar.

Salazar Alonso creía sinceramente que podía contestar a los movimientos obreros reprimiéndolos. Por eso, cuando el ministro Estadella (18 de mayo) saca un decreto en el que trata que las contrataciones de jornaleros se hagan por turno estricto (y no, como ocurría, «saltando» a los sindicados o simplemente conflictivos), Salazar contesta arrastrando al gobierno para que declare las cosechas servicio público nacional, lo cual declaró automáticamente ilegal cualquier huelga realizada contra las mismas. Salazar estaba convencido de que no se preparaba una huelga, sino una revolución. Y, por mucho que el jurista socialista José Prat le contestase en las Cortes que una revolución no se anuncia con diez días de anticipación, algo de visión correcta no le faltaba, a la luz del tono de las discusiones en el seno de la FETT.

En los días previos a la huelga, se produjeron dos movimientos. Uno, de Largo, fue una circular a todas las organizaciones en la que les ordenaba que no secundasen nada sin su autorización. De alguna manera, la Ejecutiva de la UGT trataba de aislar la huelga agraria, para no hacer así peligrar la revolución que preparaban. El segundo movimiento fue un intento de Estadella y del Río para revolver el asunto mediante una oferta muy mediana, porque los terratenientes y el sector duro del gobierno se negaron a dar un paso en el asunto de las contrataciones y la utilización de maquinaria, que eran la madre del cordero.

La huelga general del campo español, una huelga que se ha producido muy pocas veces en la Historia del mundo con tal nivel de anuencia, comenzó al amanecer del 5 de junio de 1934. Se ha estimado que afectó a no menos de 700 municipios en 38 provincias. Durará masivamente hasta el 10, y una semana más en las provincias más radicalizadas.

El movimiento adquirió auténticos tintes revolucionarios en Jaén, provincia agraria y socialista hasta las cachas, y donde los piquetes eran piquetones de pueblos enteros. En Torreperogil hubo dos muertos. El control huelguístico fue total en Mancha Real, Lopera, Marmolejo o Porcuna. En Vilches, una masa de 300 huelguistas asaltó un cortijo y mató al hijo del propietario, cadáver al que acabaría uniéndose el de uno de los campesinos. En varios lugares, los esquiroles, es decir los obreros que fueron traídos para realizar las faenas de los huelguistas, fueron asesinados.

Otro caso relevante es el de Sevilla capital. Allí, CNT y PC plantearon a la UGT la posibilidad de una huelga de solidaridad con el campo. La UGT consultó a Madrid y desde Madrid, Largo Caballero les contestó que y una mierda. Signo inequívoco del ambiente existente es que los ugetistas sevillanos se volvieron a casa y una vez allí... convocaron la huelga con la CNT y el PC. El 18 de junio, que era lunes, pararon en Sevilla hasta las campanas de la Giralda; no circuló un taxi, no abrió ni un bar. Este hecho, es decir los obreros yendo a la huelga urbana de solidaridad, se produjo también en Málaga; también con la participación de la UGT; y también contra el parecer de Largo Caballero.

En Trasierra, Badajoz, huelguistas y no huelguistas se enfrentaron con las facas en la mano; hubo once heridos. En Alemanchel hubo enfrentamientos con la guardia civil, que mató a un huelguista. Incluso en provincias con menor implantación sindical, hubo huelgas y enfrentamientos. En Ávila, por ejemplo, hubo una batalla campal entre agricultores y guardias de asalto. Ocurrió en un pequeño pueblo llamado Cebreros, en el que, casi dos años antes, había nacido un tal Adolfo Suárez González.

El gobierno respondió con una represión durísima, con 7.000 detenidos, no pocos de los cuales fueron condenados a largas penas de cárcel.




Algunas semanas después, cuando la UGT, el PSOE y, muy especialmente, su líder Francisco Largo Caballero, el Lenin español, llamó al golpe de Estado revolucionario, éste fracasó. El objetivo de Largo era poner el país patas arriba y hacerse con el poder al puro estilo del palacio de invierno. Pero le faltó fuelle.

Diversas interpretaciones, como digo normalmente de derechas, tienden a justificar el fracaso del golpe de Estado caballerista en el que hecho de que los españoles no estaban por la labor de secundar una revolución. Puede ser, desde luego. Pero hay otros factores posibles.

Lo que tenemos delante es una interesante ucronía: ¿qué habría pasado si en octubre de 1934 los golpistas hubiesen tenido a su disposición todas sus estructuras de agitación en el campo? ¿Cuál habría sido la suerte de la revolución si los no menos de dos centenares de miles de ugetistas del campo se hubiesen movilizado, adecuadamente dirigidos, por la revolución? O, dicho de otra forma, ¿por qué, llegado el momento de la revolución, se quedaron en casa?

La primera razón es evidente: tenían 2.000 dirigentes en la trena, y eso quiere decir que su capacidad organizativa era nula. Habían gastado sus fuerzas en la huelga de junio, y en octubre estaban, literalmente, derrengados.

La segunda razón es discutible, pero posible. Ricardo Zabalza, en representación del comité de huelga del paro campesino, remitió a la Ejecutiva de la UGT un escrito en el que, entre otras cosas, decía (cursivas mías): «La conducta de los campesinos es de un gran heroísmo, pero la feroz represión gubernamental y circunstancias de estar detenidos por centenares los elementos dirigentes impiden mantener la huelga muchos días, a menos que la solidaridad de los trabajadores industriales se manifieste enérgicamente por medio de la huelga general. El Comité [de huelga] acuerda demandar esta solidaridad en primer término a la UGT».

Y la UGT contestó: que te follen.

Resulta razonable imaginar que algún que otro sindicalista agrario pensase, en octubre del 34: pues que te follen a ti también.

En parte, pues, los sindicatos agrarios se cargaron la revolución de Octubre; desde luego no con intención de hacerlo, sino por pura y simple desesperación, y por el simple hecho de que puedes conseguir que seis encabronados se enfríen; pero si son 60.000 o 300.000, entonces, más que enfriarlos, bastante tendrás con que no te pongan a hervir con ellos.

Y es por esto que, cuando toca Söllscher y recuerdo esto, se me aparece Francisco Largo Caballero sentado en su despacho, con la cabeza entre los puños, golpeándose con ellos las sienes, y mascullando entre dientes: ¡Lo dije! ¡Lo dije!