jueves, abril 23, 2009

Los Teofilatos (2)

Octaviano nació aproximadamente en el año 937. Su madre era hija de Hugo de Provenza, pero eso da igual porque el rijoso rey de Italia había huido a sus posesiones originales para no volver. El propio hecho de que Alberico, en medio de una sociedad europea crecientemente constantinopolizada, pusiera a su hijo un nombre latino como Octaviano, era la demostración de su confianza en revivir en él los brillos del imperio romano de Occidente. Sin embargo, su padre murió relativamente joven, en 954, cuando el muchacho era un adolescente. Alberico, sintiéndose morir de unas fiebres, se arrastró hasta la tumba de Pedro y, allí, hizo jurar a los nobles romanos que nombrarían a Octaviano rector de la ciudad y Papa cuando el pontífice reinante muriese. Los nobles, que lo apreciaban sinceramente, así lo juraron.

El Santo Padre reinante murió tan sólo un año después. Así pues, la principal silla de la cristiandad, el lugar reservado para el deputy god de la Iglesia católica, fue ocupado por un jovencito imberbe, tan bien educado que apenas chapurreaba el latín, y del que lo mejor que se puede decir es que era un puto broncas. Octaviano eligió el nombre de Juan XII, con lo que inició la costumbre papal de elegir un nombre distinto del que se ha tenido hasta entonces. Las crónicas de la época, que en todo caso pueden no estar exentas de alguna exageración, lo acusan de cositas como convertir el palacio Laterano en un lupanar y beneficiarse a peregrinas en la misma basílica de San Pedro. Un angelito. Aparte de ludópata, no tenía medida con las tías que le hacían tilín, regalándoles posesiones y aún joyas del tesoro vaticano.

Su error fue regalar tierras, porque eso ponía en peligro la posición de las casas nobles ya existentes. Éstas se aglutinaron alrededor de Berengario, que había sucedido a Hugo como rey de Italia. Pero Juan/Octaviano tenía sus métodos. Por ejemplo, llamar en auxilio al monarca germánico Otón, que ambicionaba ser emperador; el cual, al fin y al cabo, y merced a la chorrada de la donación de Constantino, tenía que pasar por el Vaticano para lograrlo.

Otón de Sajonia era la gran esperanza blanca del sueño imperial que Europa no había abandonado nunca, aunque en los tiempos que relatamos el referente mítico ya no era tanto el imperio romano como los bellos tiempos del carolingio, siglo y medio atrás. Otón era un gobernante decidido y con visión integradora, así pues logró colocar bajo su espada a los muy diversos condados alemanes. Pero lo que lo hizo grande más allá del equivalente a Deutschland fue que logró frenar en seco a los hunos, invasores que acojonaban, y de qué manera, a los europeos. El 10 de agosto del 955, en Ausburgo, Otón les dió a los hunos hasta en el cielo de la boca. La batalla de Ausburgo es injustamente olvidada por aquéllos a los que les gusta atesorar batallas sangrientas, porque allí murieron hasta los piojos de las cabezas de germanos y orientales. El ganador de la batalla, es decir Germania, tuvo decenas de miles de bajas aquel día; así que tratad de imaginaros la pila de muertos que se produjo en el bando de los hunos.

Otón fue vitoreado por los supervivientes de Ausburgo como Imperator; algo que no se escuchaba en los bosques de Europa de mucho tiempo atrás. Podría sentirse, sin lugar a dudas, el sucesor de Carlomagno; al fin y al cabo, gobernaba sobre un territorio sobre el cual había sentado sus reales un día el ancho y brutal rey franco. Sin embargo, hay algo que Otón no tenía y Carlomagno sí; el francés había tenido un León XIII que, sentado sobre la pretendida (falsa) legitimidad otorgada por Constantino, había coronado a Carlos como emperador y, consecuentemente, sucesor de esos emperadores a quien todos admiraban, nimbados por la niebla de la Historia. Pero la decisión de coronar a un emperador germano por el Papa Formoso había provocado unos de los mayores conflictos que jamás se vieron en Roma, y Otón lo sabía. Por eso, cuando se presentó en la ciudad eterna, el 2 de febrero del 961, lo hizo abrumadoramente rodeado por sus rubios pretorianos.

Llegaron hasta las escaleras de San Pedro en medio del sepulcral silencio de los romanos. Al llegar allí, Otón descabalgó, pero se guardó de ordenar a su escudero Ansfield que siguiese detrás de él con la espada preparada. Arriba se encontró con el joven Papa Juan, quien le introdujo, en medio de una procesión, en la basílica oscura. Y allí, junto a la tumba de San Pedro que había sido saqueada de sus tesoros, lo coronó y dio nacimiento a lo que conocemos como Sacro Imperio Romano-Germánico.

Todo parece indicar que Juan, en su estupidez de camorrista de medio pelo, de Latin King de la Salvación, creyó estar dándole a un salvaje un puñado de abalorios sin valor. Quizá creyó que el puto alemán tomaría su coronita de mierda y se volvería a los bosques a adorar a los árboles, creer en espíritus y, lo más importante, a dejar de dar por culo. Es normal que alguien tan egoísta y limitadito como este Vicario de Cristo juerguista y mentiroso no se diese cuenta de que tenía delante de sí a uno de esos raros especímenes que de vez en cuando brotan en el mundo del poder, capaz de mirar más allá y tener planes ambiciosos, históricamente hablando.

Otón tenía ya cincuenta años. El Papa Juan tenía 20 y la costumbre de ir empalmado por la vida. Lo primero que hizo el alemán nada más ser emperador fue llevárselo a un aparte y darle la brasa con que se dejase de vidas licenciosas. Juan miró al suelo y fingió haber visto la luz. Pero sólo lo hacía para quitarse de enmedio al puto viejo. En cuanto Otón abandonó Roma, dos semanas después, y convencido de que el alemán le quería gobernar (y la verdad es que no se equivocaba), ¿qué hizo este Octaviano, signo y cumbre de la honradez y la hombría de bien? Pues ofrecerse a coronar emperador ¡a su enemigo Berengario!, a cambio de su apoyo. Cuando Berengario se negó, más que nada porque bastante tenía con conservar la cabeza unida a los hombros con la de hostias que le estaba arreando Otón, Juan se lo ofreció al hijo de don Beren, Adalberto. Lo cual riza el rizo de las putadas de este Papa venal (uno de los varios, por no decir muchos, de la lista), pues Adalberto, para presentar batalla a Otón, se había aliado con los sarracenos de Provenza. Dicho de otra forma: la alianza del Papa con Adalberto abría las puertas de Roma a los musulmanes. ¡Ole con ole y ole!

Por cierto, visto que Adalberto no se decidía, Juan llegó a negociar con los bizantinos y hasta con los hunos.

Otón, quien se resistía a perder la ilusión de que Juan pudiese reformarse, decidió enviar a un propio a Roma para comprobar con sus propios ojos que estaba haciendo todas las cabronadas que se le atribuían. Ese enviado fue nuestro amigo Liutprando de Cremona, el que apelaba de puta para arriba tanto a la abuela como a la bisabuela de este cráneo previlegiado. El monje, a su llegada a Roma, se encontró a un Papa altivo y desafiante, dispuesto a incumplir las promesas de reforma que le había hecho por carta al emperador y acusándole a él de haberle traicionado. Pero, de todas formas, antes de que el monje regresara a los reales del germano, éste se movió, pues en el interín Adalberto resolvió sus dudas y decidió ir a Roma a ser coronado emperador por el Papa.

La sola noticia de que Otón se dirigía a Roma (lo hizo con lentitud porque era verano y en verano la efectividad de sus tropas norteñas se reducía) levantó a los romanos contra el Papa y Adalberto, que fueron poco menos que cercados por el populacho en la residencia del pontífice. Juan, nada más conocer la cercanía del emperador, se dirigió a San Pedro, robó todo lo que pudo y huyó a Tívoli junto con su cómplice.

Nada más llegar a Roma, Otón, con la ayuda de Liutprando, convocó un sínodo. Tenía que desplegarse con mucha mano izquierda pues los prelados de la curia eran tipos muy especiales (siempre lo han sido, lo siguen siendo y es de suponer que lo serán siempre). Habían visto a papas ladrones, violadores, incapaces de mantener su palabra, pero todo eso como que lo asumían. Lo que por lo visto no podían asumir es que un seglar (Otón) se atreviese a cesar a un Papa.

Otón elaboró una pormenorizada lista de delitos cometidos por el Santo Padre y le conminó a acudir al sínodo a defenderse, eso sí garantizándole que sería juzgado según los cánones de la Iglesia, lo cual en realidad daba igual porque sería muy difícil encontrar uno solo en el que el señor pontífice no hubiese hecho sus necesidades. Juan respondió con una carta en la que amenazaba de excomunión a todo aquél que nombrase otro Papa. El sínodo le respondió recordándole, entre otras cosas, que la redacción de su carta era «más propia de un muchacho estúpido que de un obispo» (de donde se deduce que hasta entonces no se habían dado cuenta de que Octaviano sólo era un muchacho estúpido) y le devolvían la amenaza de excomunión en su persona si no se presentaba. Finalmente, la racionalidad llegó al sínodo, se depuso a Juan y se eligió a León VIII. Aunque Otón hizo un esfuerzo político con este nombramiento, pues el Papa era romano, el hecho de que los romanos no hubiesen tenido nada que ver en su elección soliviantó a los vecinos de la ciudad, acostumbrados a nombrar papas prácticamente en exclusiva. Otón sofocó la rebelión pero, instantes después, tuvo que abandonar la ciudad para perseguir a Berengario y Adalberto.

Momento aprovechado por Juan para regresar.

En el 964, el Papa depuesto convocó un sínodo al que acudieron solamente unos 30 prelados literalmente cagados de miedo, pues todos habían votado la deposición del Papa. Ésa fue la señal del declive de Juan, y del papado. Con sus imbecilidades, Octaviano había conseguido colocar el solio pontificio quizá en la peor posición de toda su Historia. Es posible que nunca antes, y nunca después, del reinado de este Teofilato rijoso y vendepatrias, haya el papado significado tan poco más allá de las murallas de Roma; y digo esto a despecho de cismas y otras situaciones bien comprometidas. La situación era especialmente jodida en uno de los grandes viveros del catolicismo europeo, Francia, que parecía mostrarse proclive a escindirse, y lo justificó apelando al Papa, al loro, de «monstruo desprovisto de todo conocimiento humano y divino, desgracia del mundo». Como decimos en mi tierra: ¡Ca... rallo!

Juan consiguió el frágil apoyo de los obispos que quedaban en Roma a base de medidas tan evangélicas y propias del Vicario de Cristo como azotar o amputarle la nariz a los disidentes. Pero no logró nada, porque los curas europeos habían tomado ya su opción por Otón, por muy seglar que fuese.

Como fin lógico al sainete de la vida de Octaviano, ésta se extinguió cuando aún Otón estaba camino de Roma con la intención de apiolárselo. Al Papa de Roma lo mató un marido ultrajado que le sorprendió en el acto de tirarse a su mujer, y que, en consecuencia (y es que hay que ver la cantidad de gente descreída que hay que no respeta las púrpuras) le arreó tal mano de hostias que Juanito la espichó tres días después.

Otón llegó a Roma y sometió a la ciudad. Ésta se rebeló. Esto pasó varias veces durante el reinado de Otón, y el de su hijo Otón II, y el de su nieto Otón III. Allá por el año 1000, los Teofilatos parecían definitivamente alejados de la Historia. Pero no fue así. Eran condes de Tusculum, y todavía darían más guerra.