sábado, abril 25, 2009

Los Teofilatos (y 3)

Los Teofilatos están a punto de asomar por última vez su jeta en el escenario de la Historia de la mano de Gregorio, descendiente de Alberico y nombrado conde de Tusculum por el emperador Otón III, al que Gregorio decidió apoyar abandonando a sus aliados romanos de toda la vida para luego, una vez conseguido el título, mutar en reyezuelo de su predio. Ocupaba entonces la silla pontificia el Papa Silvestre. Silvestre, que había sido preceptor del joven Otón, es un elemento especialmente interesante del papado por su intensa cultura y erudición, que hizo pensar a muchos ignorantes romanos que tenía pactos con el diablo.

Otón, apenas un joven de 18 años, ambicionaba el nostálgico proyecto de recrear en la ciudad los viejos oropeles de la perdida civilización romana. Se hacía llamar Italicus Saxonicus, a la antigua usanza, y realizó nombramientos entre los nobles romanos que venían más o menos a coincidir con los existentes en los tiempos antiguos. A Gregorio Teofilato, por ejemplo, lo nombró prefecto de la flota. La flota no existía, pero existía la boca del Tíber, sobre la que el prefecto ejercía poder, cosa que Gregorio comenzó a hacer para su beneficio. Esto, probablemente, lo enfrentó con el emperador, con lo que Gregorio, ni corto ni perezoso, se alió de nuevo con sus viejos amigos romanos y le montó a Otón un golpe de Estado en toda regla. Italicus Saxonicus, así, fue sitiado en el palacio del Aventino durante tres días completos. Sitiados por el tusculano, el emperador y el Papa Silvestre salieron cagando virutas de Roma el 16 de febrero del año 1001.

Es verdaderamente desgraciado el destino de este Otón. En efecto, en la defensa de Italia, había derramado la sangre de sus germanos y ya no tenía ejército. Así pues, fue rápidamente olvidado por quienes antes le habían obedecido, y vagó durante dos años, hasta su muerte, crecientemente desequilibrado y deprimido. Silvestre, protegido por su fama de nigromante, regresó a Roma, donde no fue acosado. Murió en mayo del 1003. Su epitafio, que puede consultarse en el Liber Pontificalis, es enigmático a la par que amargo: «el mundo, al borde del triunfo, su paz ahora desaparecida, se retorció de dolor, y la tambaleante Iglesia olvidó su descanso».

A la larga, y a la corta también, el epitafio del sabio Silvestre se rebeló muy acertado. Su muerte despertó automáticamente todos los antagonismos internos en la lucha por el papado. Tras dos nombramientos de transición, se impuso la figura, y la espada, de Gregorio el Tusculano, el cual impuso a uno de sus hijos en el papado. Murió el Papa joven, y entonces la tiara pasó a otro de sus hermanos. Así de simple. Y, cuando este hermano murió, el papado quedó, ya, definitivamente en bragas. Con el nombre de Benedicto IX, fue elegido Papa Teofilato, nieto de Gregorio de Tusculum.

Tenía catorce años.

Catorce.

Años.

Si Octaviano se las arregló para hacer del papado algo escandaloso, Teofilato consiguió convertirlo en algo ridículo, patético. Seis meses después de haber ocupado el Laterano, Benedicto Teofilato sufrió un primer golpe de Estado cuando oficiaba una misa (hay que imaginarse la escena: un tipo que anda por tercero de la ESO, con la tiara puesta y cantando la misa...) en la basílica de San Pedro. A Teofilato lo salvó la coincidencia astronómica de que se produjese un eclipse de sol que sus asesinos tomaron como un mal presagio, por lo que salieron de la iglesia por patas.

En una cosa se parecía Teofilato a su pariente y antecesor Octaviano: era un mujeriego. Esto jodió a los romanos, los cuales albergaron nuevos planes de clasificarlo por la B de Varios o, como se dice hoy, multiplicarlo por cero. Así pues, Benedicto huyó a Alemania, donde procuró la protección de Conrado, el rey local. Una vez más, un Papa sacó a relucir el juguetito de la corona imperial, y Conrado tragó el anzuelo. Benedicto excomulgó al arzobispo de Milán, que comandaba una coalición lombarda para frenar a Conrado, y regresó a Roma rodeado por un fuerte contingente de teutones.

En los dos años que siguieron, Teofilato Benedicto dejó chiquito a su pariente Juan XII. El Papa se gastaba las muchas riquezas obtenidas de honrados peregrinos en contratar mercenarios y echar polvos con putas. Aunque todo eso existía sólo por el apoyo militar de los alemanes. Cuando estos se fueron (eran mercenarios, y no iban a pasarse la vida lejos de sus casas), Teofilato, inteligentemente, cogió el canasto de las chufas y se fue a Tusculum, donde su tío, ya conde, le acogió. Allí, abrigado por los suyos, Benedicto reflexionó y se dio cuenta de algo obvio: todo el peligro de muerte que pendía sobre él, que era mucho, estaba justificado en el hecho de que fuese Papa. Así que decidió dejar de serlo ya que, entre otras cosas, quería casarse.

Pero quería seguir siendo millonario. Primero pensó en arramblar con las riquezas vaticanas, como de hecho habían hecho otros pontífices antes que él; pero se encontró las arcas vacías. En esas condiciones, lo único que podía hacer era vender el papado, es decir, obtener un préstamo contra los beneficios futuros de la institución. Buscando alguien a quien le gustase aquello contactó con su padrino, Giovanni Gratiano, arcipreste de la iglesia de San Juan de la Porta Latina. Padrino y ahijado/Papa cerraron el trato por 1.500 libras de oro.

Hay mucha gente que piensa que el movimiento de Gratiano fue bienintencionado. De hecho, don Juanito tenía aquel dinero ahorrado para restaurar una iglesia, lo que nos hace pensar que era piadoso y esas cosas. De hecho, su compra fue asesorada por dos prelados, el monje Hildebrando y Pedro Damián, que eran conspicuos representantes de un movimiento reformador de la iglesia que eliminase la corrupción de la curia.

Bueno, el caso es que, después de pagar 1.500 libras de oro, Giovanni Gratiano se convirtió en el vicario de Cristo en la Tierra con el nombre de Gregorio VI.
La verdad es que Gregorio poco hizo. Las finanzas vaticanas eran un desastre y Roma precisaba un tuneado a fondo. Pero no fue ése el peor problema. El peor problema es que Benedicto, que se había retirado inicialmente a los Montes Albanos, se aburrió pronto de lo de casarse y tal y, además, es de suponer que se le acabó la pasta. Así que regresó a Roma y reanudó su pontificado, sólidamente apoyado por muchos teólogos, los cuales sostenían un sutil argumento que bien demuestra lo chorras que puede llegar a ser esto del derecho teológico: al haber cometido el Papa simonía, su acto no era válido. Así pues, Gregorio no era Papa y quien, en consecuencia, permanecía en el cargo, era precisamente el Papa que había cometido simonía.

Para terminar de joder la marrana, Silvestre III, un Papa o Papillo o Papete que se había hecho nombrar durante la primera huida de Benedicto, regresó también a Roma.
Si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. Tres Papas en Roma, a la vez. Flipante.

Hartos de tanta mamonada, los romanos se fueron a ver al emperador, a quien llevaban combatiendo durante siglos, y le entregaron la ciudad. Llegó el 20 de diciembre del 1046 para presidir un sínodo cuyo tema principal fue qué hacer con aquellos tres capullos. A Silvestre III se lo quitaron de enmedio enseguida, pues formalmente nunca había sido nombrado Papa. Al pobre Gregorio acabaron convenciéndolo de que se quitase de enmedio, así pues se exilió en compañía de Hildebrando (quien ni de coña había dicho su última palabra).

El tercer acto fue deponer a Benedicto y poner a un candidato imperial. Pero Benedicto, que había huido a Tusculum, regresó en cuando los alemanes volvieron grupas hacia casa y se dedicó a dar por culo entre los romanos, excitando su costumbre de tener papas nombrados por ellos, y no por un sucio teutón de mierda. El cuento le duró ocho meses. Porque cuando, en julio del 1048, el emperador Enrique III se presentó en Roma con su pandi, a Benedicto no le apoyaron ni los hobbits.

Tras huir de Roma, Benedicto murió, nadie sabe a ciencia cierta cómo. Su hermano, conde reinante en Tusculum, logró colocar en el papado a un pariente, pero sólo durante unos meses. La suerte de los Teofilatos se había acabado. Fueron las fuerzas imperiales, y muy especialmente Hildebrando, los que tomaron las riendas del papado y comenzaron a hacerlo fuerte. 30 años después, en Canosa, el papa Gregorio VII, que un día había sido monje y se había llamado Hildebrando, humilló a sus pies al emperador romano-germánico. Otra cosa que hizo fue retirar a los romanos el monopolio de facto para el nombramiento del obispo de Roma, así como la creación del Colegio Cardenalicio para así generar una élite de poder donde otros no pudiesen meter cuchara.



El mejor resumen de la obra de los Teofilatos es, para mí, la alocución de Arlondo, obispo de Orleans, en el concilio de Reims:

«¡Oh, Roma, cuán digna eres de compasión y qué espesas tinieblas han sucedido a la dulce luz que derramabas sobre nuestros cielos! Allí resplandecían los León, los Gregorio, los Gelasio... Entonces, la Iglesia podía llamarse universal. ¿Por qué hoy tantos obispos, ilustres por su ciencia y virtud, se han de someter a los monstruos que la deshonran? Si el hombre que se sienta en ese trono sublime carece de caridad y de sabiduría, es un ídolo; lo mismo daría consultar a un trozo de mármol. ¿A quién, pues, acudiremos cuando tengamos necesidad de consejo sobre las cosas divinas? Volvamos hacia Bélgica y Germania, donde brillan tantos obispos, lumbreras de la religión, e invoquemos su juicio, ya que el de Roma se vende a peso de oro y pertenece al que ofrece más. Y si, oponiéndose a Gelasio, alguno nos dijera que la Iglesia romana es juez nato de todas las iglesias, le responderemos: ¡Comenzad por colocar en Roma un Papa infalible!»


Este apasionante balance es obra, en buena parte, de los Teofilatos. Cuyo nombramiento, teóricamente, fue iluminado por el Espíritu Santo.