martes, marzo 31, 2009

Putas (y 2)

El otro día hemos dejado a los españoles renacentistas pasándoselo teta (y nunca mejor dicho) en las celebraciones de Semana Santa. Costumbre inveterada que se prolongó en el tiempo. A finales del siglo XVI, sin ir más lejos, los Jurados de Valencia dictaminaron normas por las cuales las rameras debían visitar las iglesias de Semana Santa adecuadamente vestidas con hábitos de lienzo crudo, «cerrados de cuello a los pies, de modo que no enseñen los pechos y vayan honestamente». ¿A qué se podía ir a la iglesia hace cuatro siglos enseñando canalillo? Pues a qué va a ser, a hacer bisnes.

Valencia parece haber sido un lugar especialmente dotado para el putiferio. Una descripción que nos ha llegado de la burdelía valenciana, debida al diplomático italiano De Montigni (allá por 1511) nos dibuja un gran lupanar con una sola entrada (frente a la cual había una horca) que dentro escondía un pequeño pueblo con cuatro calles y un buen racimo de sublupanares donde trabajaban 300 hetairas. Además, tenía servicios adyacentes en forma de tabernas y posadas. Un auténtico Port Aventura Polvera, vaya.

Y como en la España católica no se hace hilo sin puntada, anótese esta información del De Montigni: «Notamos, de paso, la fuerza de la antigua costumbre, que persistía aún en aquella época, de percibir diezmos hasta del mismo libertinaje. La Iglesia no ponía en olvido sus regalías tradicionales, y el clero no perdía nada en la fundación de tales conventos». ¿Debe extrañarnos esto? Será porque desconozcamos la Historia. Varias cortes de Valladolid, a lo largo de aquel siglo XVI, reclamaron del rey que obligase a los hombres que visitasen monjas que las hablasen por la reja, en lugar de entrar con ellas hasta la cocina. Algunos digo yo que rezarían de ver en cuando.

En la etimología de las palabras que con el tiempo se van usando para designar a la puta encontramos, conforme nos adentramos en el Siglo de Oro, algunas novedades. Por ejemplo, se las comienza a denominar sotas, apelación que tuvo bastante éxito y larga vida. También se la llama marca o mafla. Así, por ejemplo, lo dice Polo de Medina en unos versos:


Serás, ¡oh, Venus!, mi manfla.
yo seré, Venus, tu cuyo;
Serás de este Marte, Marta.
Que le abrigues aún por julio.


Otro denominativo es tusona, que proviene del hecho de que las putas son llamadas Damas del Tusón, como correlato coñero de los Caballeros del Toisón. Asimismo, se la llama chula, chanflona, mujer de fortuna, daifa, cuya [que también significa amante, con en el poema antescrito], y picaña, cantonera [esquinera], manceba, ramerilla, pellejo, tapada de medio ojo [pues las putas copiaron de las musulmanas esta costumbre] o germana. El burdel es la ramería o el guantos. La cama barata donde se acuestan los amantes se llama trinquete, el chulo jayán o rufo.

Y también, ojirri, a las putas del XVI se las llama solanas, concretamente en el caso de que desarrollen su oficio en la gran mancebía madrileña situada en la Puerta del Sol. Así pues, puede parecer que Solana es apellido insulso; pero, como si fuese un kinder sorpresa, tal vez lleve dentro alguna que otra cosa inesperada.

En Antón Martín, zona de antigua vocación putera como sabemos (allí está la calle de Ave María), funcionó un hospital de los hermanos de la orden de San Juan de Dios, específicamente dedicado a la cura de las enfermedades venéreas, morbo bastante común por aquellas calles, pues, pese a las medidas profilácticas, la inmensa mayoría de las putas estaban enfermas.

Sobre la clientela de los burdeles alguna pista tenemos. Véanse, al efecto, estos versos de fray Domingo Cornejo [nota: Marica, aquí, es meramente un diminutivo de María]:


Marica, que a decir mal
de frailes te precipitas
estando por condenado
tu amor siempre en la capilla.
Resabio de privilegio
tienes, y lo saco, amiga,
en que de tu trato todas
las órdenes participan.
Del mercedario te pagas,
del agustino te obligas,
y el teantino de tus partes
tiene muy larga noticia (...)


O éstos del conde de Rebolledo:


En escrupulosa da
Clice con extremo tal
que en pecado venial
un solo instante no está.
Ifúndele tanto horror
la muerte, siempre temida,
que para estar prevenida
duerme con su confesor.


O esta otra letrilla, ya del siglo XIX:


Entré en la casa del cura
y sólo conté una cama.
Si en la cama duerme el cura,
¿en dónde se acuesta el ama?


Tal vez el sexoescándalo más bestia del que yo he leído sea el de doña Ángela de Luna, natural de la ciudad navarra de Corella. Doña Ángela fundó un convento en su pueblo y fue nombrada abadesa del mismo, pero resultó ser una jeta. Resulta que la buena señora se decía milagrera; por ejemplo, expelía, a través de la orina, ciertas piedrecitas rojas con una cruz impresa que luego se demostró fabricaba ella misma con polvos de ladrillo. Pero lo más abracadabrante es que tuvo siete abortos auxiliada por los frailes.

Fue padre de buena parte de las criaturas fray Juan de la Vega, provincial de los carmelitas descalzos. Sin embargo, Juan y Ángela se dedicaban a otros menesteres. Una sobrina de la De Luna, Vicenta de Loya, acabó por denunciarla y afirmó que siendo todavía una niña, su propia tía la sujetó mientras fran Juan la violaba; este cabronazo, al tiempo que cometía la dicha tropelía, le susurraba a la pobre niña: «¡Dichosa tú, que así logras este mérito más ante Dios!».

Esta historia, aunque con algo menos de escándalo sexual, se repitió en el siglo XIX en la calle de Lope de Vega de Madrid, donde vivía la beata Clara, que hacía milagros con los que encandilaba a la nobleza. Finalmente se supo que aquellos milagros eran más bien caralladas y que la tal beata tenía una juerga diaria y un amante semanal.

Una institución paralela al burdel, que existió ya desde finales de la Edad Media, fueron las casas de recogidas, donde las putas arrepentidas podían acudir para intentar rehacer su vida. En Madrid hubo una muy famosa en la calle de Hortaleza, a cargo de de las hermanas de Santa María Magdalena de la penitencia. Normalmente, casi todas las casas de recogidas, de las que hubo ejemplos en todas las ciudades de España, tenían como norma que quien entraba en ellas ya no podía salir, como no fuese casada o entregada a la vida monacal. Algunas de estas casas admitían también mujeres ingresadas por adulterio, aunque parece que en este caso la decisión del ingreso se debía más a los familiares que a ellas mismas.

Felipe IV, en 1623, dictó una pragmática que prohibía los burdeles. Fue, por lo que sabemos, algo así como la Ley Seca americana; no la respetó ni quien la dictaba, pues de este cuarto Felipe se dice que le construyeron un túnel para poder meter en palacio a una jovencita con la que quería cometer guarreridas españolas.

Se dice que, en las guerras de Felipe V contra el archiduque austríaco, que consolidaron a la actual dinastía borbónica en la corona española, las putas rindieron un gran servicio a la causa francesa, por odio hacia lo soldados del archiduque, fundamentalmente ingleses y alemanes, por lo tanto protestantes. Resolvieron inocularlos con sus bichitos, así pues los buscaron, se los pasaron por la piedra y enviaron a 6.000 de ellos al hospital, debilitando las filas del austríaco. Finalizada la guerra incluso solicitaron llevar una escarapela conmemorativa de la hazaña.

Es por aquellos años en los que el barrio de las Huertas de Madrid, hoy centro del barrio de las letras y culto y tal, se convirtió en el epicentro de los polvos por encargo. Decía una letrilla madrileña:


Calle de las Huertas,
más putas que puertas.


Por aquel siglo XVIII aparecen otras denominaciones para la puta, como churriana o dama del Barranco. Esto del barranco tiene que ver, probablemente, con el mucho putiferio que se produría en el barranco que había entonces por la zona de Embajadores, más o menos donde está hoy la calle Miguel Servet. Una copla de la época, referida al tipo de la maja (majas, como manolas y chulas, las hubo putas; pero no todas lo fueron) dice:


Si quieres saber majo
dónde trabajo,
calle de Embajadores,
junto al Barranco,
y por más señas
Fábrica que la llaman
de Cigarreras.


El regidor madrileño José María Barrafón intenta en 1830 el confinamiento de las putas en el barrio de Huertas. Dado que la calle de San Juan fue la que más burdeles abrió, se dio en llamar a las prostitutas damas sanjuaneras. Por lo tanto, tengo por mí que el apellido San Juan, si fuere de raigambre madrileña y relativamente moderno origen, también puede esconder sorpresitas.

A mediados de 1850 funcionó en Madrid lo que parece haber sido la primera sociedad de sexo libre y consentido que existió en nuestra capital. Se trató de Los Guiñolistas, un grupo de hombres y mujeres bien situados, que se dejaban ver por teatros y casinos y que, según un relato de la época que he podido leer, «llegaban al grado íntimo y secreto que a mujeres con mujeres, y a hombres con hombres, enlazan entre sí como a los antiguos cainitas, como a las antiguas discípulas de Safo». De todas maneras, en Madrid existieron mancebías en lugares como el Jardín Botánico, el Prado o la plaza de Oriente, especialmente dedicados a los sodomitas. En un baile celebrado en 1879 en la calle de la Alameda se pudieron ver más de cien homosexuales vestidos con trajes elegantes, joyas, los hombros al aire y el pecho como el de la mujer. Así que si los actuales desfilantes del Orgullo se creen que han inventado algo, mejor que se compren un libro.

Con todo, en aquellos años el mayor lupanar de España, o para ser más políticamente correctos debiéramos decir del Estado español, era Cuba. La existencia de la esclavitud en las colonias favorecía la explotación de mujeres para la prostitución; por así decirlo, la trata de negras era legal. A lo que hay que unir las propias mujeres blancas que, quizá huyendo de escándalos u amenazas en sus lugares de origen, acababan recalando en la isla. En 1873 se hizo una revisión de las prostitutas de La Habana, campaña en la que se inscribieron 400 putas, de las cuales 126 (96 blancas y 30 negras) precisaron asistencias. En 1878 las inscritas son medio millar, y aún no contamos a las clandestinas u ocasionales. La mayoría de ellas se exhibían en la propia cama, pudiendo ser vistas por los paseantes desde la calle.



Bueno, con estas notas queda cerrado este puto capítulo. Y no olvidéis usar condón hasta en los sueños eróticos.