jueves, abril 02, 2009

Hess (1): el extraño viaje a Escocia

Es un secreto a voces que Tiburcio Samsa y éste que aquí escribe tenemos una interminable discusión en la que ambos somos capaces de ser muy apasionados. Si algún día veis en algún VIPS de Madrid a un tipo resultón y otro que es la viva imagen de George Clooney discutiendo vehementemente sobre si Rudolf Hess era más tonto que Joachim von Ribentropp o al revés, ésos somos nosotros. Hace tiempo que Tiburcio y yo abrimos esta discusión y me temo (bueno, más bien me solazo de ello) que nunca la cerraremos. Yo pienso que en el nazismo no hay un personaje más limitado y simple que Hess. Tiburcio apuesta por don Riben.

Era sólo cuestión de tiempo que echase mi cuarto a espadas hablando de mi candidato. El hombre que más pagó por la locura de Hitler. Ésta es, no su historia, sino lo que yo sé de su historia.



A las generaciones actuales el nombre de Rudolf Hess probablemente no les dice nada. Al fin y al cabo, si alguno de vosotros, lectores, nació el mismo año que Hess moría, entonces ahora tienes más de 20 años. Y, sin embargo, Hess fue una figura que en su día despertó, no diría yo que pasiones, pero sí opiniones muy encontradas y no poco interés. Rudolf Hess era una persona de escasa inteligencia (aunque alguno de los carceleros que lo trataron desmiente con vehemencia esta idea) destinada a no jugar un papel importante ni en su vida ni en la Historia. Y, sin embargo, fue el hombre que el destino escogió para ser un símbolo. El símbolo de los crímenes del nazismo y de la decisión de quienes lo derrotaron de no olvidarlos. Tan lejos llegó la convicción, sobre todo soviética, de no olvidar y no perdonar, que Hess se convirtió en una figura casi inusitada en la Historia pues fue, durante los largos últimos años de su vida, el único inquilino de una cárcel que se construyó para albergar a 600 internos. La cárcel de Spandau, en Berlín.

Rudolf Hess nació en Egipto, concretamente en Alejandría, el 26 de abril de 1894. Las características de su familia lo impulsaban a dedicarse al negocio del comercio exterior. Sin embargo, al joven Hess aquel destino no le llamaba demasiado. Para regatearlo, aprovechó el estallido de la Gran Guerra, en la que se enroló voluntario. Llegó a teniente y fue transferido a las fuerzas aéreas, donde aprendió a volar, una habilidad que habría de serle muy necesaria años después, cuando decidiese protagonizar la Historia.

Terminada la guerra, Hess decidió ingresar en la universidad de Munich para estudiar diversas materias relacionados con la política. Allí tuvo un profesor de geopolítica que sería su gran influencia: Karl Haushofer.

Haushofer era como luego serían muchos nazis. Sabido es que el nazismo, sobre todo en sus inicios, se apoyó mucho, a la hora de fabricar el mito de la raza aria, de elementos mistagogos y más propios de un programa-timo de ésos paranormales, como Thule y tal. Las clases de Haushofer solían estar trufadas de referencias a la astrología y este tipo de fuerzas tan inaprehensibles como rentables, y su influencia en la Historia de Alemania. Hess siempre lo admiró profundamente.

Haushofer decía querer levantar a Alemania sobre sus cenizas en aquellos años tan difíciles. Hess se dio cuenta de que ése era también su objetivo, así que comenzó a juntarse con compañeros estudiantes más o menos con las mismas inquietudes. Comenzó a repartir panfletos antisemitas y a ir a reuniones. En 1920 asistió a una reunión nazi, donde le pasó lo que le pasaría a mucha gente en los años siguientes: quedó literalmente fascinado por la oratoria de Adolf Hitler. Se afilió al partido. Es probable que Hitler llegase a leer, o a tener noticia de, la tesina del joven Hess, trabajo en el que había escrito que el hombre que salvase a Alemania «no debe vacilar por el derramamiento de sangre. Las grandes cuestiones se deciden siempre con sangre y hierro. Para alcanzar su objetivo, este hombre deberá estar dispuesto a atropellar incluso a sus más íntimos amigos». Ése es el tipo de fidelidad perruna que Hitler buscaba en sus lugartenientes.

Tras el putsch de la cervecería de 1923, Hitler fue condenado a cinco años y Hess a 18 meses. Ambos coincidieron en la prisión de Landsberg. Allí, Hitler comenzó a escribir su biblia particular, Mein Kampf, y Hess se prestó para ayudarle con la labor. Ambos, desde entonces, fueron uña y carne política. En 1932, Hess era ya director de la comisión política del NSDAP.

A partir de ese momento, Rudolf Hess comienza una existencia gris, siempre dos pasos por detrás del líder. Mientras otros jerifaltes nazis comienzan a construir sus propios mitos y esferas de poder (véase Göring, Himmler, o Göbbels), Hess sabe cuál es su papel, y lo ejerce con sumo cuidado y paciencia. Esta es la primera razón que hace tan inexplicable su movimiento de 1941, la decisión que, según algunos testimonios, arrancaría algunas de las escasísimas lágrimas que derramó Hitler durante la guerra. Que no fue otra que tomar, casi robar, un avión, y tirarse en paracaídas sobre la nación enemiga, Gran Bretaña, con la pretensión de negociar un tratado de paz.

Los servicios secretos estadounidenses sabían, como muy tarde en mayo de 1941, que Hess había derivado hacia el pesimismo en lo que a la guerra se refería. Era evidente que la Blitzkrieg había dado sus frutos, pero tras la batalla de Inglaterra, a los alemanes les había quedado claro que la defección de Gran Bretaña era imposible y prácticamente todo lo que podía pasar, y pasó, era ya malo, a saber: la entrada de EEUU en la guerra, la invasión del norte de África, y la apertura del frente del Este, que es de suponer que todos los nazis bien informados daban por segura porque conocían a Hitler y sabían que ésa era en realidad la pelea que quería librar; además, todo el mundo en el NSDAP estaba convencido que si Stalin había firmado con ellos el pacto de no agresión había sido con la intención de poder ganar tiempo para luego aplastarlos.

Así las cosas, Hess comenzó a abrigar la idea de una paz, ahora que Alemania tenía una posición fuerte para negociar (tenía la bota sobre el cuello de media Europa), en la que se llegaría a una entente con algunas potencias, notablemente con Gran Bretaña, beneficiosa para los germanos. No fue el único que tuvo esta idea. Hay testimonios, por ejemplo, de que Heinrich Himmler se pinchaba con la idea de que Hitler y Roosevelt se repartiesen el mundo en una especie de Yalta adelantada.

A través sobre todo de la familia Haushofer, Hess decidió actuar por sí solo, lo cual sugiere que, si bien le era completamente fiel a Hitler, en realidad por quien bebía los vientos, intelectualmente hablando, era por su querido profesor.

Por lo demás, Hess tenía acceso a Hitler y si algo que le gustaba al Führer era hablar, hablaba en ocasiones durante horas, en monólogos interminables y, además, como tenía el hábito de levantarse tarde, lo solía hacer en madrugadas que a las gentes de su entorno se les hacían eternas. A Hess no le costó averiguar que Hitler estaba dispuesto a negociar un acuerdo con Gran Bretaña que no se basara en una mera reparación a Alemania por las pérdidas impuestas en Versalles (si hemos de creer a Hess, Hitler decía que eso no sería sino otro Versalles después de Versalles, y que acabaría por generar nuevas guerras; juicio que demuestra que Hitler era un sanguinario y un loco, pero no era nada tonto en materia de política exterior); acuerdo en el que sólo veía dos condiciones irrenunciables: la fijación de esferas de interés para que ambas potenciales no volviesen a ponerse en peligro de pisarse la manguera, y la recuperación de las colonias alemanas. Y, bueno, supongo que lo cómodo es ir por la vida pensando que Hitler estaba loco y tal, y que todo lo que hizo era malo y todo lo que hicieron sus enemigos, bueno. Pero a mí me parece que esto mismo que pretendía, es decir la repartición de esferas de poder geográficas, es exactamente lo que hicieron los aliados al final de la guerra.

Rudolf Hess tenía una gran capacidad de rayarse con determinadas ideas que le venían a la cabeza, hasta convencerse de que eran verdades como puños. Así que se convenció a sí mismo de que la única razón de que Inglaterra no aceptase un trato tan bueno es que no lo conocía; o, quizá, de que necesitaba una, llamémosle «disculpa», para poder negociar con Hitler salvando la cara. A esta última idea no le faltaba lógica. Al fin y al cabo, el gobierno de su majestad ya había negociado con Hitler en 1938 por la cuestión de Checoslovaquia, sin estar ambos países siquiera en guerra, y el gobierno había sido severamente censurado por ello.

Fue entonces cuando Hess decidió darle a Churchill la oportunidad de negociar, volando él a Gran Bretaña.

Todo el viaje de Hess se basa en dos ideas, las dos erróneas; lo cual demuestra que ni él ni el astropolítico Haushofer eran precisamente lumbreras. La primera idea se basaba en considerar que los elementos británicos de corte muy conservador y dosis de, digamos, «comprensión» con el nazismo, tales como el coronel Hamilton a quien Hess quiso ver nada más tocar tierra en Escocia, pondrían en juego su posición para defender una negociación con Alemania. Nada de eso ocurrió, sin embargo.

El segundo error es aún más gordo y demuestra, a mi modo de ver, los estrechos sistemas binarios que utilizaba Hess para verlo todo en política internacional. Siempre había sabido que Alemania atacaría a la URSS y pensaba que, una vez que ese ataque se produjese, las posibilidades de negociación con Inglaterra se multiplicarían, porque Inglaterra nunca haría lo que verdaderamente hizo, esto es: favorecer, con su ayuda, una victoria del comunismo ruso sobre la civilizada Alemania.

Hess no se daba cuenta de que los agresores habían sido ellos. Que a los ojos de Churchill, y de cualquier otro inquilino del War Office, no eran negociadores de fiar; al fin y al cabo, ¿acaso no estaban tratando de apuntalar su postura a base de invadir un país con el que habían firmado un tratado de paz dos días antes por la tarde? Hess no se daba cuenta de que Inglaterra no percibía riesgo, ni para sí ni para sus áreas de influencia, en una alianza con la URSS, pues Stalin no ambicionaba ni uno solo de los bombones de la bombonera de Churchill.

Rodolfo, por lo tanto, soñaba con un Estado Mayor del Foreign Office celebrando con champán la invasión de la URSS, al grito de «¡por fin alguien se atreve con el comunismo!», y obligando a los Comunes a votar afirmativamente un acuerdo con Alemania en el que dijese que toda Europa central le pertenecía y que ahí nadie más que ellos mandaban.

De alguna manera, pues, Hess tenía un sueño que, curiosamente, quien acabaría por realizar sería Francisco Franco, esto es: siendo un país antidemocrático, conseguir el apoyo decidido de las democracias a base de hinchar el pecho y decir que eres el campeón contra el comunismo.

El 10 de mayo de 1941, tras almorzar con Alfred Rosemberg, Rudolf Hess se inventó un vuelo desde Ausburgo a Stavanger y solicitó un avión para realizarlo.

El lugarteniente del Führer dejó tras de sí dos cartas. Una era para su mujer y la otra la tenía su asistente, Pintsch, quien tenía instrucciones de ir a Berchtesgaden, al Nido de Águila, a entregársela en mano a Hitler. Don Adolf recibió la carta en presencia de Fritz Todt, ministro de Armamento, pero la apartó por pensar que no era importante. Cuando la leyó finalmente se quedó pegado, y esto es algo que está fuera de toda a la luz de los testimonios. Él mismo dictó la declaración a la prensa, en la que sostenía que Hess estaba loco.

En Inglaterra, la cosa fue al trantrán. Hess cayó en su paracaídas muy cerca de una casa y con una pierna herida. Fue asistido por un lugareño y luego rápidamente detenido. Cuando la noticia llegó a Londres, Winston Churchill estaba a punto de entrar en su sala de cine, donde le proyectaban aquella noche Los hermanos Marx en el Oeste. Le dijeron que alguien había caído en paracaídas en Escocia y que podía ser Hess. «Sea o no sea Hess», dictaminó el premier, «yo me voy a ver a los hermanos Marx».

Dos días después, un colérico Adolf Hitler daba personalmente la orden a Albretch Haushofer, hijo de Karl, para que confesara por escrito todas y cada una de las empanadas mentales que se había construido aquel grupito sobre una negociación con Inglaterra. Haushofer, cuando consiguió tener un diálogo civilizado con su esfínter, escribió un informe en el que puso cuantos más posibles interlocutores ingleses, mejor: el duque de Hamilton, parlamentario conservador; Lord Dunglass, secretario privado de Neville Chamberlain; el subsecretario de Estado del ministro del Aire, Balfour; el subsecretario de Estado del ministerio de Educación, Lindsay; y el subsecretario de Estado de asuntos escoceses, Wedderburn. Luego citaba a otros subsecretarios, personajes presuntamente prominentes y un extraño y fantasmagórico «Círculo de la Mesa Redonda», formado por jóvenes ingleses defensores del imperialismo británico.

O sea: más o menos como si Obama mañana quisiera negociar con Zapatero una cosa muy importante y decidiese dirigirse a un oscuro diputado socialista por Palencia, el secretario de algún viejo político del PSOE de la época de Felipe González y un grupo de funcionarios de segunda fila.

Por mucho que Haushofer escribiese en su informe, es de suponer que mientras se iba por la braga, que todas esas personas tenían una relación de puta madre con Buckingham Palace, es más que probable que Hitler, que como digo podía ser un loco pero no tenía un pelo de tonto, cuando leyese aquellas notas, pensara: estos tíos son tontos del culo.

Y es que lo eran, querido Tiburcio. Lo eran.

Eran tan imbéciles que el mismo Haushofer reconoce en su tembloroso informe que en 1940, cuando Hess le habló de la posibilidad de impulsar una negociación, él le ofreció dos posibilidades. Una era contactar con Lothian (el presunto líder del circulito artúrico antes citado), Hoare (embajador en Madrid por aquel entonces) u O'Malley (director general para Europa del Foreign Office), dado que todos ellos podían ser encontrados en países neutrales. Y la otra era una carta, primero, y un encuentro después, en Inglaterra, con Hamilton.

Hess escogió la segunda posibilidad. O sea: sabiendo que podía hacer gestiones discretas, que es como se hacen las gestiones diplomáticas, eligió dejar a Alemania en evidencia, a Hitler en gayumbos frente a sus enemigos, y marcharse a Inglaterra a negociar ¡con un diputado! la paz entre dos naciones. Y todo eso, sin el placet del único que podía dar, en Alemania, real contenido a una oferta de paz.

¿Era o no era limitadito?

Visto lo visto, no debe llevarnos a sorpresa la forma tan racional que tuvo Hess de explicarse que los ingleses lo encerrasen y no le dejasen hacer sus ofertas de paz a nadie. El lugarteniente de Hitler decidió que todas las personas que le visitaban lo hacían drogadas y por eso no se enteraban de lo que él les decía. «Tengo la impresión», acabaría diciendo en Nuremberg, «de que a la mayoría de la gente que venía a verme por primera vez le habían ofrecido antes té o algo de comer» donde, según él, les habían metido el orfidal o el rohipnol a paletadas. ¿Quiénes? Pues quiénes va a ser: los judíos y los bolcheviques.

En la primavera de 1942, Hess sufrió el primero de los muchos periodos de estreñimiento de su vida; periodos que, invariablemente, tendería a interpretar como envenenamientos. Decidió que lo envenenaban a través del cacao (eso a pesar de que el primer estreñimiento se solucionó precisamente tras haberlo tomado). Así que, siempre según su confesión, guardó pequeñas cantidades de la bebida con las que realizó una serie de experimentos (sic) que «demostraron claramente» (resic) que el cacao contenía «algún tipo de sustancia» (re-re-sic) que no podía curarse con laxantes normales. A continuación Hess hace una confesión que suena tristemente coñuda en alguien que admiró tanto al asesino y torturador de millones de personas: «el sufrimiento era indescriptible. Si me hubieran pegado un tiro o gaseado, incluso dejado morir de hambre, habría sido humano en comparación». Otro signo de inteligencia de don Rudolf: entre la perspectiva de agonizar en un campo de concentración y no cagar, la primera de las opciones le parecía la más beneficiosa.

Asimismo, el noviembre de 1941, Hess tendría el primero de sus muchos ataques de amnesia que por casualidad lo atacarían durante su vida, el más importante de los cuales duró casi todo el juicio de Nuremberg. Este primer ataque de amnesia duró hasta el 4 de febrero de 1945, fecha en la que confesó a los médicos que se lo había inventado todo. En julio de aquel año, ya perdida la guerra, se le reseteó de nuevo el disco duro. Lo hizo porque estaba convencido de que en el juicio de Nuremberg le estaban dando un «veneno cerebral» (re-re-re-sic).

La guerra había terminado y Hitler estaba muerto. Ahora, tocaba pagar. Hess lo haría hasta el último segundo de su vida.

A modo de epílogo de este capitulín: son muchas las teorías que apuntan a que Hitler, o bien impulsó el viaje de Hess, o bien lo conocía y miró hacia otro lado, permitiéndolo por omisión. Yo, sinceramente, no las creo. No es que piense que Adolf Hitler fuese una persona de extremada inteligencia, pero ya he dicho en este comentario que no le faltaban ni olfato estratégico-bélico ni visión de la jugada en política internacional. Hitler tendría que haber sido mucho más idiota de lo que era para poder creer que la misión de Hess sería atendida por los ingleses, quienes además no utilizarían al prisionero nazi de forma propagandística, como de hecho hicieron.

Cualquier persona que ha negociado con un enemigo sabe cómo se hace eso. Para negociar con la ETA, uno no va y coge el autobús que le lleve a dondequiera que suelan residir sus jefes. Se va a Argel, a Suiza, a Noruega, a sitios así. Utiliza intermediarios, hombres buenos con interlocución por ambas partes. El plan de Hess es tan burdo, tan estúpido, tan basado en preconcepciones absurdas, que un estadista de la talla de Hitler, un tipo capaz de firmar el pacto ruso-soviético por ejemplo, jamás lo podría albergar, apoyar y alentar. Una cosa es decir que Hitler era un cabrón; otra, muy distinta, que era un estúpido. Hitler, que había negociado con Stalin, que tenía compromisos con Mussolini y otros aliados, jamás habría aceptado como posibilidad de negociación el diálogo con un diputado conservador y un grupito de diletantes. Pero es que, además, hasta Hitler podía comprender que ninguna negociación con Alemania sería escuchada ni cinco segundos a menos que llevase un aval cierto y comprobable de su persona. Si Hitler hubiese apoyado la misión de Hess, hoy leeríamos en los libros de Historia los testimonios de militares británicos que recordarían cómo Hess, nada más tocar tierra, dijo haber hecho ese viaje en nombre de su jefe. Cualquier persona medianamente lista hubiera entendido que ésa era la única manera de no ser arrestado por gilipollas.

Y como eso es lo que pasó, yo me inclino a creer que el viaje a Escocia no fue otra cosa que el viaje, bienintencionado si se quiere, de alguien con más bien pocas luces. Lo que pasa es que la dificultad de aceptar eso, la dificultad de aceptar que alguien pueda albergar en su cabolo una gilipollez de tal calibre, es la que alimenta las teorías, como digo en mi opinión falsas, de que había algo más detrás.