viernes, marzo 28, 2008

¿Boicot? Pues va a ser que sí.

El barón Pierre de Coubertin alumbró a finales del siglo XIX el sueño de resucitar unos juegos deportivos, los olímpicos, que formaban parte de un amplio abanico de celebraciones parecidas que se hacían en la antigua Grecia. A Coubertin le fascinaba la idea, relatada por los historiadores de aquella época, de que la celebración de los juegos era un hecho capaz de detener las guerras en curso, y quiso ver en este detalle la prueba de la capacidad del deporte a la hora de colaborar en la paz mundial.

Lo que el barón apenas llegó a barruntar a lo largo de su vida era que, además de impulsar un sueño intelectualmente atractivo, estaba también alumbrando un gran negocio. Los juegos olímpicos se han ido consolidando, en los últimos 110 años más o menos, como la gran cita de referencia del deporte mundial. Esto ha hecho que para la ciudad que organiza los juegos (son ciudades, no países, las que optan) hacerlo se convierta en un chollo. No siempre sale bien, conste. Hay juegos como los de Montreal que parecen haber reportado escasos beneficios para sus organizadores. Pero, por lo general, organizar los juegos es algo que todo el mundo desea.

Si es verdad que los juegos griegos no se veían influenciados por la política, será porque no eran negocio. En la época moderna ha sido exactamente al revés. Lejos de ser capaces de aplazar las rencillas, no han hecho sino reflejarlas.

El primer boicot de los Juegos Olímpicos se produjo en 1956. Pero antes ya había habido sus conatos. Cabe recordar, en este sentido, el hecho, íntimamente unido a la Historia de España, de que los primeros combatientes internacionales en el bando republicano, una vez declarada la guerra civil, fueron deportistas que se encontraban el 18 de julio de 1936 en Barcelona, esperando los inicios de unos juegos inspirados sobre todo por las naciones y los partidos comunistas como una especie de alternativa a los juegos que se celebraban en la Berlín de Adolf Hitler. No fue sin embargo hasta 20 años después, cuando el premier soviético Nikita Kruschev reprimió a sangre y fuego un levantamiento en Hungría, cuando tres naciones europeas: Países Bajos, Suiza y la España de Franco, decidieron no acudir a las olimpiadas de Melbourne. Paralelamente, algunos países asiáticos boicotearon los mismos juegos por razón de la Crisis del Canal de Suez, uno más de los episodios de la siempre difícil existencia del Estado de Israel.

En los años setenta, los boicot surgieron a causa de las políticas de apartheid. Hay que citarlas en plural porque aunque todo el mundo se acuerda de Sudáfrica, entonces también se tenía una política parecida en Rhodesia, nación africana también gobernada por los blancos. Ambos países, y muy singularmente Sudáfrica, pasaron muchos años fuera del ámbito deportivo a causa de su política de segregación racial. La cosa, en todo caso, se puso fea después de que la selección neozelandesa de rugby, los famosos All Blacks, realizase una gira por Sudáfrica. A partir de entonces, los países africanos exigieron que Nueva Zelanda fuese excluida de los Juegos Olímpicos y, en las olimpiadas de Montreal 1976, tomaron las de Villadiego después de haber comenzado las competiciones. Fue así porque el Comité Olímpico se negó a prohibir la participación de Nueva Zelanda, aduciendo en defensa de dicha decisión que el rugby, es decir el deporte donde el país había roto el bloqueo a Sudáfrica, no es un deporte olímpico.

No fue éste el único problema que ocurrió en Montreal. Aquel año, la República Popular de China presionó para que Taiwán no pudiese acudir bajo el nombre de República de China. Los formosanos se negaron a ir de otra manera y no participaron ni en Montreal ni en los juegos siguientes de Moscú.

Con todo, fue aquí, en Moscú, donde el boicoteo a los juegos alcanzó su punto más elevado. La invasión soviética de Afganistán provocó que los Estados Unidos liderasen un movimiento occidental de boicot a los juegos, que le salió bastante bien aunque con notables deserciones. La URSS contestó en la siguiente convocatoria, en Los Ángeles 1984, boicoteando los juegos en compañía de todos sus países satélite salvo la Rumania de Nicolae Ceaucescu.

Los responsables del movimiento olímpico podrán considerarse por encima del bien y del mal, cosa que probablemente hacen; pero, en la realidad, están absolutamente manchados del polvo del camino como todos nosotros. Para Adolf Hitler, los juegos olímpicos de Berlín fueron una ocasión de oro para vender su nueva Alemania, surgida de las cenizas de una pavorosa crisis económica, de identidad y de ilusión nacional. El movimiento olímpico, de una forma un tanto lerda, colaboró en el apuntalamiento de la imagen mundial de un asesino. Y pretender que el deporte está por encima de estas cosas es, lo repito, una gilipollez.

El movimiento y el negocio olímpicos alcanzaron su punto mayor de paroxismo, en mi opinión, en los juegos de Munich 1972. Tras el asesinato de varios atletas israelíes por parte de un comando palestino, el espectáculo tenía que haberse detenido, simple y llanamente. Pero hace treinta y pico años era ya mucha la pasta que estaba en juego en los juegos, valga la redundancia, y las competiciones continuaron. Me recuerdo a mí mismo, que entonces tenía diez años, viendo en la tele unas eliminatorias de 400 metros lisos y, cuando los locutores cantaron los corredores de cada calle, al llegar a la 6 informaron de que allí no había nadie: era el puesto de uno de los atletas de la delegación israelita. No se puede caer más bajo.

¿Son mala idea los boicot? Lo que me parecen es inevitables. Al menos mientras el movimiento olímpico siga concibiéndose como un ente apolítico, en el sentido de más allá de la política. Si el movimiento olímpico tuviese una dimensión moral de la que en mi opinión carece, tomaría la decisión pura y simple de no otorgar nunca la sede olímpica a lugares que puedan hacer de ello manipulación en contra de los derechos del hombre. Porque eso es lo que hacen las dictaduras cuando organizan olimpiadas. Aceptar regímenes políticos atroces en el seno de los juegos se supone que es respetar la filosofía del barón De Coubertin, todo eso del buen rollito mundial y tal; aunque se les acepta de una forma un tanto curiosa, pues si la Sudáfrica de Pik Botha no podía ir a los juegos porque no otorgaba derechos a las personas de raza negra, la China de Mao, mientras mataba de hambre a 70 millones de personas (y matar es la peor forma de privar de derechos), seguía yendo, que tiene eggs.

En lo que se convierte el movimiento olímpico en manos de una dictadura es en un vehículo de propaganda y de enmascaramiento de muchas realidades que conculcan los más básicos derechos del hombre.

¿Boicot a los juegos olímpicos de Pekín? Por supuesto. Por decencia. Por justicia. Y por salvar lo poco que le va quedando de presentable a ese bonito sueño que se llama, por llamarse algo, movimiento olímpico.