lunes, enero 14, 2008

Libertad de expresión y vergüenza torera

Pocas cosas me gustarían y me motivarían más que saber que este blog lo lee, de vez en cuando, algún profesor de Historia o profesor a secas. Yo nunca he sido maestro y nunca lo seré y, por eso, quizás debiera callarme lo que ahora sé que van a escribir mis dedos porque, de alguna forma, quien no se dedica a algo no debiera dar consejos sobre cómo debe desarrollarse ese oficio.

Pero soy un aficionado a la Historia, aficionado que ha tenido ya la osadía de escribir unas doscientas crónicas sobre el tema, y quizá eso me da algo de fuerza moral para opinar sobre cómo debería enseñarse la Historia, y por enseñar la Historia no me refiero enseñarla a quien quiere hacer de ello su vida profesional (el estudiante universitario) sino quien recibe esa enseñanza dentro de un torbellino de conocimientos, la mayoría de los cuales le parecen inútiles. Me refiero, claro, al estudiante adolescente.

Si yo tuviese que dar clases de Historia a adolescentes les contaría pocas cosas y les haría muchas preguntas. Porque detrás de cada una de las cosas que pasaron suele haber una pregunta, una pregunta muy sencilla: y tú, ¿qué habrías hecho? Contra lo que piensa el distante educando, las cosas que cuenta la Historia le son muy cercanas, porque él mismo podría verse sometido a decisiones de parecido jaez. Luego está esa otra vertiente, que es el juicio de la Historia. Los hechos históricos han de conocerse para ser juzgados; la Historia tiene consecuencias. Nosotros, de hecho, somos esa consecuencia y, como consecuencia que somos, tenemos el derecho, sino el deber, de juzgar los factores que así nos hicieron.

Muy recientemente, el Tribunal Constitucional español ha hecho pública una sentencia en torno a la cuestión de inconstitucionalidad 5152-2000. Recomiendo vivamente a quienes sean profesores que la busquen (está disponible en Internet), que la lean y que, después, la sometan a debate entre sus alumnos. Personalmente considero que, cuando menos a algunos de ellos, les ayudará a entender, al final del ejercicio, lo importante que es conocer la Historia y lo real que es esa frase tan tópica que dice que los pueblos que desconocen su Historia están condenados a repetirla.

El asunto que está en el fondo de la sentencia es, casi diría, menor. Se refiere a la condena del propietario de una librería de Barcelona que en ella vendía diversos libros, folletos y demás en los que, entre otras cosas, se negaba la producción del Holocausto nazi sobre el pueblo judío, en los años en torno a la segunda guerra mundial. Al hilo de este asunto, que ha experimentado el habitual via crucis de sentencias, apelaciones, súplicas y demás escalones procesales, nuestro Tribunal Constitucional dirime que un artículo de nuestro Código Penal es inconstitucional en lo que se refiere a considerar delito la negación del Holocausto.

No niegan nuestros superjueces que es punible expresar juicios degradantes contra diversas razas o etnias o incitar a que sean asesinadas. Sin embargo, considera que la negación de los crímenes contra la Humanidad es una «opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos»; y que, en consecuencia, o así lo entiendo yo, la libertad de expresión nos da a todos derecho a tener una opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos, sin que por ello se nos pueda perseguir.

Aunque a cualquiera que lea este artículo supongo le quedará clara la opinión que me merece la sentencia, eso no debe ser disculpa para que se me nublen los argumentos que existen a favor de una decisión así. Los tribunales, y muy especialmente los constitucionales, son muy reacios a admitir cortapisas a la libertad de expresión. La razón de ello es, en su fondo, la misma que exhiben, por ejemplo, los enemigos de la eutanasia. Se trata de una acción, la limitación de la libertad de expresión, que además de formularla en términos generales, hay, luego, que aplicar. Siempre que admitas que alguien puede limitar la libertad de expresión, debes de tener la certeza de que los hechos sometidos a dicha limitación son indubitables o, dicho de otra forma, que nadie va a poder utilizar esa habilitación para limitar la libertad de expresión en demasía. Por eso pongo el ejemplo de la eutanasia, porque quienes la combaten dicen: el problema no está en permitir que alguien que quiere morir pueda hacerlo; el problema es que, amparado en esa habilitación, pueda algún día llegar alguien que decida que se va a apiolar a unos cuantos miles de ancianos, o de locos, o de retrasados mentales, que le estorban.

Si no he entendido mal la sentencia, en ella se dice además que una cosa es que alguien se dedique a vender panfletos diciendo que hay que matar a los judíos, y otra muy distinta que escriba que nadie los mató durante la segunda guerra mundial, que los campos de concentración no existieron, etc. Es esta segunda una agresión más difusa y, como he escrito antes, se confunde con la pura y simple opinión histórica.

Yo no soy jurista y mi voto no vale más que el de nadie. Pero me gustaría decir que no comparto la sentencia. En mi opinión, este fallo es el fruto de un análisis jurídico por el cual quienes lo realizan pretenden respetar el espíritu y la letra de la norma cuya coherencia dirimen, es decir la Constitución Española. Pero olvidan que la Constitución, con ser la norma más alta de nuestro ordenamiento, no logra tocar el techo, pues por encima de las normas hay algunas otras cosas.

Acertadísimo me parece el voto particular del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata, en el cual le recuerda a sus compañeros algo que éstos supongo saben hasta dormidos: «El artículo 1.1 de la Constitución española declara que tanto la libertad como el pluralismo político son valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico». Dicho de otra forma: por encima de las leyes están los principios y objetivos para los cuales han sido hechas. Una Constitución democrática está hecha, primero que para cualquier cosa, para respetar, enaltecer y proteger la dignidad del ser humano. Obligar a un pueblo masacrado a convivir con negación de la memoria de esa masacre no es ni respetar, ni enaltecer ni proteger su dignidad.

Toda la argumentación del Constitucional se me aparece como un racimo de argumentos sobre la inocuidad de los juicios que niegan el Holocausto, no exentos de buenas intenciones, pero, por encima de todos, de una inocencia que me parece, sinceramente, pasmosa. A pesar de que nuestros magistrados no son tontos y parecen reconocer que se trata de juicios interesados, no dan ni un paso más y, cuando les tocaría concluir que, puesto que no son inocuos, debemos protegernos contra ellos y debemos proteger, muy especialmente a la juventud de su influencia, se frenan.

La sentencia es tan pulcra que a pesar de escribir varias veces la palabra nazi no escribe ni una sola vez la palabra fascismo. El fascismo queda definido, en uno de los puntos del texto, con la harto eufemística expresión «ideologías defensoras de la violencia como método de resolución de conflictos».

No le faltan al Tribunal motivos para pensar. El abogado del Estado, por ejemplo, les apostilla que «no se acierta a comprender por qué estaría justificada la punición del comportamiento consistente en enaltecer al autor de un crimen de genocidio y no, en cambio, la consistente en negar o justificar un crimen de genocidio o en rehabilitar a los regímenes o instituciones que amparan prácticas generadoras de delitos de genocidio». Yo creo que lleva razón. ¿Por qué razón es punible decir «Carlitos ha hecho muy bien cargándose a su mujer, porque las tías son todas unas guarras y hay que darles caña»; pero no lo es decir «no hay un solo hombre que le ponga la mano encima a su mujer; la violencia doméstica es un invento de la Internacional Femenina Judeo-Masónica»? Hay que estar muy ciego, o querer estarlo, para no darse cuenta de que el fondo de la cuestión de ambas frases es exactamente el mismo: denigrar a la mujer, colocarla en situación de ser que puede, debe incluso, ser agredido y dominado. Más aún: nos dice el abogado del Estado, con gran acierto, que profesar ideas tendentes a negar el Holocausto podría llegar a «estimular resortes psicológico-sociales no bien conocidos, y crear una atmósfera social que, como demuestra el desarrollo de los hechos en la Alemania nazi, comienza con la discriminación legal en el acceso a cargos públicos y profesiones, sigue con el estímulo de la emigración de parte de la población, y se extiende e intensifica en todos los campos de la convivencia hasta los extremos de destrucción y exterminio que conoce la Historia».

Si mi abuelo hubiese muerto en un campo de concentración; si mi abuelo, pues, hubiese sido llevado a una situación en la que llegase a pesar menos de una cuarta parte de su peso normal, después de haber sido transportado por Alemania o por Polonia en un vagón de ganado donde no se limpiaban ni los excrementos ni la basura; si mi abuelo hubiese sido obligado a ocupar una fila de personas desnudas, una fila dentro de la cual habría niños, repito, niños de seis, de ocho, de doce años, muchos de los cuales sabrían que iban a morir. Si mi abuelo hubiese sido hacinado dentro de un local cerrado desde cuyo techo comenzase a manar gas insecticida tóxico, y hubiese sido obligado a morir dando boqueadas y tratando de escalar los cuerpos desnudos de sus compañeros, en una carrera imposible y cruel por respirar el último hálito de aire no tóxico. Si mi abuelo hubiese sido obligado a todo eso, digo, un libro en el que se dijese que a las personas como mi abuelo hay que matarlas me heriría; pero un libro en el que se dijera que mi abuelo murió de un ataque de risa mientras cenaba pato a la naranja me heriría en la misma proporción. Y de un sistema democrático que no me facilitase cuando menos la protección jurídica de no tener que leer ni escuchar esas cosas pensaría que es, decididamente, perfectible.

A mi juicio, el Constitucional comete el error de no darse cuenta de que no siempre el mayor culpable de un crimen es quien lo comete realmente y que, en consecuencia, no siempre el peor pecado de inducción se produce por parte de quien ordena claramente una muerte, la pide o la exige. Adolf Hitler, el líder nacionalsocialista alemán, dio muchos mitines antes de llegar al poder. Quizá los señores magistrados deberían repasar esos discursos (claro que les costará encontrarlos, porque hay lugares del mundo donde su edición está prohibida). Si lo hicieran, verían que Hitler tardó mucho tiempo en declamar públicamente que había que ir a por los judíos; en no pocos de sus discursos los denigra, los hace diana de sus invectivas, de sus acusaciones, de su opinión subjetiva sobre la Historia; pero en modo alguno dice que haya que exterminarlos. La pregunta que yo le haría a los redactores de la sentencia es: en consecuencia, ¿podemos considerar que esos discursos son inocentes del delito de provocar un genocidio? ¿Verdaderamente no son un escalón más de una escalera muy larga que lleva a la convicción de que lo mejor que se puede hacer con tu vecino es cortarle las barbas, separarlo de su mujer y de sus hijos, obligarlo a cavar un hoyo y, una vez hecho, a que se meta dentro antes de recibir un tiro en la cabeza? ¿Verdaderamente el único culpable de ese crimen es el soldado que aprieta el gatillo?

De hecho, la parte más repugnante de la actuación antijudía de Hitler, los asesinatos en masa, jamás fue ni anunciada, ni admitida, ni tan siquiera insinuada, en los discursos del Führer; fue necesario que el ejército aliado penetrase en Polonia, Alemania y otros territorios para que pudiese descubrir la tristísima verdad que aquel señor tan valiente le ocultaba a todo el mundo.

Todo eso, sin embargo, fue posible por algo. Fue posible por las decenas, centenares, miles de ocasiones en las cuales el propio Hitler, o Goebbels, o Himmler, o Göring, o cualesquiera otros corifeos de la barbarie, dijeron y repitieron cosas como: los judíos son culpables. Ellos nos roban, ellos conspiran contra nosotros. Alemania no es grande porque los judíos mueven los hilos contra ella. Los judíos te tienen sin trabajo, los judíos son los responsables de que sólo puedas comer chucrut de mierda. Los judíos son los cabrones de esta historia.

Antes de la violencia, antes del asesinato, antes del genocidio, todo lo que hubo fueron «opiniones subjetivas e interesadas sobre acontecimientos históricos». Y qué bien le hubiese ido a la Humanidad si, en ese momento, algún juez le hubiese parado los pies al nacionalsocialismo paranoide.

Como bien recuerda en su voto particular Rodríguez-Zapata, esta actitud de considerar un crimen la trivialización o negación del genocidio nazi no es algo inhabitual. El delito existe en Alemania, Austria, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia, Holanda, Liechtenstein, Lituania, Polonia, Rumania, Suiza y, por supuesto, Israel. Claro que todos estos países, salvo Suiza, comparten de una forma u otra una característica de la que nosotros carecemos: son países que han vivido bajo la bota nazi. Ellos, que lo vivieron, saben de lo que hablan.

En otro voto particular, el magistrado Ramón Rodríguez Arribas se muestra claramente partidario de evitar lo que él denomina «democracia ingenua», definida como aquélla que lleve «el supremo valor de la convivencia hasta el extremo de permitir la actuación impune de quienes pretenden secuestrarla o destruirla». Amén, señor magistrado. Supremo no quiere decir gilipollas.

¿Tiene derecho a la libertad de expresión quien la usa para alimentar un ambiente social que acabe con la libertad? ¿Acaso se insulta y se desprecia más diciendo «te pegué porque me salió de las narices» que diciendo «¡que no, mujer, que no fue así!; te diste con una puerta, ¿no te acuerdas?» Si la democracia es un partido de fútbol, ¿tenemos derecho a echar del campo a quien se obstina a coger la pelota con la mano y jugar al rugby?

¿Libertad de expresión, o respeto hacia las víctimas de la barbarie? Discutir esto se me hace, la verdad, bastante más útil que andar estudiando los montes más altos de la Comunidad Autónoma de turno.

14 comentarios:

  1. Anónimo10:03 p. m.

    Lo siento, pero estoy en contra de tu opinión. y lo estoy porque me afecta directamente. Soy de los que opinan que el tema de las causas del cambio climático están muy lejos de estar probadas, y que lo que vivimos son oscilaciones normales. En algún sitio se ha dicho que las opiniones como la mía ponen en peligro a la humanidad (no solo a una raza), y que deberían estar penadas, justo como la negación del Holocausto:

    "Cuando por fin nos pongamos serios con el calentamiento global deberíamos celebrar juicios por crímenes de guerra contra esos bastardos; una especie de Nueremberg del clima" David Roberts, redactor jefe de Grist

    "[La disidencia en materia del cambio climático está] en una categoría moral similar a la negación del holocausto, quitando que en este caso el holocausto aún está por llegar y tenemos tiempo para evitarlo. Aquellos que intentan que no lo hagamos tendrán que responder algún día por sus crímenes". Mark Lynas

    Personalmente, prefiero vivir en un sitio donde algún capullo pueda negar el holocausto libremente, que en otro donde me puedan meter en la carcel por negar la importancia que se le da en la actualidad al cambio climático.

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  2. Me dan mucho miedo las limitaciones a la libertad de expresión, por muy bien intencionadas que sean. De acuerdo con que hay que prohibir las incitaciones a la violencia y al racismo. Mi temor es que sin casi darte cuenta puedes pasar de prohibir escritos que alaben el terrorismo islámico a censurar aquéllos que se oponen a la guerra de Iraq.

    En cuanto al Holocausto, generalmente quienes lo niegan, tienen otros escritos que incitan a la violencia que sí que caen dentro de aquello que considero prohibible. Sus negaciones de la realidad del Holocausto suelen descalificarse por sí mismas y dudo de que convenzan a nadie más que a los fanáticos que las escriben. Por sí solas, si no van acompañadas de incitaciones a la violencia, no me parecen actos criminales.

    Una cuestión complicada es el caso de David Irving, un historiador o que se pretende historiador, que habla alemán y ha consultado los archivos alemanes y que ha mantenido posturas bastante equívocas sobre el Holocausto. Hablo en pasado, porque creo que recientemente modificó sus puntos de vista, aunque no estoy muy seguro.

    Una pregunta, pensando en Irving: ¿en qué momento un historiador cruza la línea que va de la interpretación a la manipulación? ¿en qué momento debemos retirarle el título de historiador? En el caso de Irving no me queda duda. Pero me gustaría conocer opiniones sobre otros "historiadores" discutibles.

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  3. Anónimo12:00 p. m.

    Yo también pienso como Tiburcio.

    Se puede decir que el holocausto es mentira y que la tierra tiene 8000 años, fue creada en siete días y al séptimo se hizo la luz.

    Lo que delata que estas cosas son falsas son las pruebas que las justifican.

    Que el Holocausto ocurrió, lo demuestran no sólo testimonios de cientos de supervivientes, sino fotos, documentos, y sitios como Auschwitz que está en pie en Polonia y se pueden visitar, gratis además.

    Y la tierra tiene más de 8000 años, como demuestran miles de fósiles y yacimientos.

    Decir decir, se puede decir lo que se quiera. Lo importante es enseñar a los adolescentes a buscar la verdad utilizando un método científico.

    Este señor dice que el País Vasco es un pueblo que ha sido siempre independiente. Este otro dice que Dios le dictó el Corán a Mahoma, este otro habla de una conspiración judeomasónicaencontubernioconelcomunismorojo, y este otro dice que Dios creó el mundo con los fósiles puestos.

    Lo importante es enseñar a los chavales a aplicar el sentido común a las pruebas que la historia nos presenta, porque limitar la libertad de expresión es como poner puertas al campo.

    Al menos a mí así me lo enseñaron n un instituto de bachillerato público en los años 90.

    Como siempre su blog se sale. felicidades

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  4. Esto que decís el Tibur y el Anónimo estaría muy bien siempre y cuando los hombres funcionásemos por microchips y no tuviésemos más allá de 600K de memoria.

    Para conseguir que un robot mate hay que decirle: «Mata». Pero para conseguir que un ser humano mate no es necesario hacer eso. Basta con decirle: «¿Te has fijado cómo te mira ese tipo? ¿A que parece que está pensando que eres un cabrón hijo de puta?»

    La negación del Holocausto es una ventanita por la que se cuela la intolerancia. Es todo lo que necesita el intolerante para criar intolerantitos. El intolerantito empieza por pensar, simple y llanamente, que le están engañando. Que nada de lo que le cuentan es verdad. En un proceso muy sutil, acaba llegando él solo a la conclusión (o eso cree él, que llega solo) de hacer y decir según qué cosas.

    La opinión que habéis expresado es la que me suelo encontrar por ahí. Y me resulta curioso que no pocas personas que opinan más o menos lo que vosotros luego se escandalizan cuando alguien se refiere a un negro usando la palabra «negro». ¿Por qué? Pues, me contestará mi interlocutor, porque en el hecho de usar esa palabra hay una intención denigratoria.

    O sea: decir negro en lugar de afroamericano es tener una clara intención denigratoria, pero decir que el Holocausto no existió es tener una opinión.

    Por lo demás, Tibur, yo no veo frontera. Es que no hay que magnificar la Historia como ciencia. La Historia es una disciplina de las Humanidades y, como tal, tiene la exactitud de mi mujer señalando el destino a seguir en un mapa de carreteras. El historiador es un ser humano afectado de filias y fobias que casi siempre, por no decir siempre, quiere ver algo al empezar a estudiarlo, y trabaja para dicha conclusión, aún sin darse cuenta. No hay frontera para el historiador y el propagandista. Sólo hay, como apunta Anónimo, el criterio propio y el saber se convierte, pues, en una lotería. Hay gente que ha tenido buenos maestros que le han educado el sentido crítico y hay gente que no. Los primeros leerán libros de Historia, o de Filosofía, o de Literatura, construyendo una visión propia sólida. Los demás admiran lo que el crítico del periódico les dice que admiren, leen aquello que es coherente con su visión de las cosas y, básicamente, parcelan su conocimiento en pildoritas.

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  5. Anónimo3:30 p. m.

    Irving modificó su postura a raíz de ser condenado en costas en su juicio contra Deborah Lipstadt (irónicamente, ahora va de "mártir de la libertad de expresión" cuando su demanda judicial atacaba al fantástico libro de Lipstadt).

    De Irving tengo yo su gran biografía de Rommel, de antes de que se quitara la careta y de un tema en el que sus prejuicios no invalidan el libro (aunque haya que tomar ciertas partes conm un grano de sal).

    En el tema en sí, creo que el razonamiento original es un enorme hombre de paja. Decirle "negro" a un negro puede ser ofensivo, injurioso, malos modales o falta de educación; no creo que sea delito. Por otra parte, los países que sufrieron a los nazis no es que tengan una percepción que nos falta, es que tienen un grado de culpa social y la presencia de víctimas directas o indirectas (tales como familiares) que pueden justificar una mayor protección.

    Sigo, no sin recordar la ironía de que quienes niegan el cambio climático vayan de "víctimas del sistema".

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  6. Anónimo3:38 p. m.

    Como muy bien documenta Lipstadt, no existe "una" negación del holocausto. En realidad sí, porque igual que en otros casos de conspiranoia los defensores de teorías contrapuestas se unen contra el "establishment" sin que el hecho de que sus teorías sean contradictorias los separe. Al revés, unas se refuerzan a otras.

    Los revisionistas no dicen que millones de víctimas murieran de un ataque de risa. Ojalá, eso los haría menos incómodos y peligrosos.

    Irving, por ejemplo, no se ocupaba tanto de negar el holocausto como el hecho de que Hitler lo ordenara o, incluso, lo conociera. Otros pretenden eliminar el factor más horrible, la voluntariedad, para reducirlo a un caso de muertes debidas a las malas condiciones en los campos y no a ejecuciones deliberadas. Otros pretender reducir el número a cifras menos escandalosas.

    Frecuentemente, todos mezclan algo de un sitio y algo de otro.

    Y no existe diferencia per se con el estudio histórico "real". También el estudio histórico determina responsabilidades y puede exculpar a algunos (nadie prohíbe las memorias de Speer, por ejemplo). También el estudio histórico reduce las cifras originales, exageradas por la propaganda como si los números reales no fueran lo suficientemente espantosos. También el estudio histórico ha rebatido mitos que aún permanecen en mucha gente sobre lo sucedido en los campos. Eso lo hacen estudiosos que no tienen nada en absoluto de revisionistas o negacionistas.

    Yo pienso que el proceso va al revés. La intolerancia o el antisemitismo no entran por la ventanita de la negación; es el intolerante y el antisemita el que busca "estudios" que le respalden y le refuercen: "¿ves? tienes razón, es todo mentira, es una conspiración, es lo que tú deseabas que fuera".

    Como siempre, la cita de Pratchett: "People think they want news, but what they actually want is olds". Quiero que mi periódico me diga que mi partido es bueno y el tuyo malo, que mi revista diga que mi equipo es bueno y el tuyo malo, y que mi libro diga que mi bando era bueno y el tuyo malo.

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  7. Algunas apostillas, jn:

    1) Llamar negro a un negro no es delito. Cierto. A medias. Hay países del mundo donde puedes perder tu trabajo si llamas negro a un negro. Especialmente si eres un funcionario público.

    Pero es que, de todas formas, mi comentario no iba por ahí. Iba porque todo aquél que acepte que hay que desterrar las expresiones denigrantes está aceptando algo que a mí me parece de cajón: no hace falta decir «te hiero» para anunciar una voluntad de herir. Que es, precisamente, lo que se discute cuando se habla de la trivialización del Holocausto.

    2) Según Lipstadt, no existe negación del Holocausto. Debo confesarte que no he leído a Lipstadt, pero también sé otra cosa: Lipstadt no ha leído libros que yo sí que he leído. Porque he tenido la ocasión de leer algún que otro panfleto negador del Holocausto y, con conocimiento de causa te digo: fíate de mí. La negación del Holocausto does exist.

    3) El avance de la Historia rompe mitos, eso es cierto. Pero también tiene mitos incontrovertibles a decenas. La negación del Holocausto, además, no es una teoría histórica. Es la continuidad de las ideas del Volkische Beobachter, sólo que ahora ya no se dice que los judíos conspiran contra la Gran Alemania, sino que los judíos conspiran para crear la falsa historia de un Holocausto falso. Pero el valor de x, una vez despejada, es exactamente el mismo.

    4) Por último, me parece wishful thinking eso que dices de que el intolerantito busca estudios que le confirmen esto o aquello. El intolerantito, por definición, no busca nada; absorbe lo que le dicen o lo que le ofrecen. Ciertamente, las personas que consumen literatura ideológica la consumen de su cuerda; pero eso no tiene necesariamente nada que ver con el proceso de la intolerancia, que está poco relacionado con la afirmación de las ideas propias y mucho con la destrucción de las ajenas. El sociata de libro que se compra Público todas las mañanas no tiene nada que ver con el intolerante que sueña con abrirle la cabeza a quien no piensa como él.

    El intolerante medio es el papel de Ethan Suplee en American History X (Seth Ryan). Su cámara de video, su trabajo de mierda, sus lorzas, y las ideas de otros.

    Yo no soy padre, pero los que lo son me cuentan que con los niños hay que tomarse el trabajo de ser estricto incluso a veces que no te apetece; porque una sola vez que pases algo realmente importante te hará descubrir que los pasos atrás no se recuperan nunca del todo.

    La negación del Holocausto, permitirla me refiero, es ese paso que damos atrás porque estamos demasiado cansados para discutir.

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  8. Estimado amigo,
    como veo que éste es un blog sobre historia de España quiero anunciar mi nuevo libro ESTOS DÍAS AZULES sobre los aviadores de la guerra civil española: www.breotosar.blogspot.com

    Gracias y saludos!

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  9. Anónimo5:22 p. m.

    Me he expresado mal. Para empezar, debería repasarme el libro antes de seguir poniendo en boca de Lipstadt cosas que pueden ser conclusiones mías, pero en cualquier caso lo que quería decir es que no existe un único negacionismo del holocausto. No existe una teoría única, ni siquiera una que sirva de punta de lanza como el diseño inteligente sirve al creacionismo.

    Lipstadt no niega el negacionismo. Es más, en el prólogo cuenta cómo tuvo que hacer frente a la inercia de la comunidad histórica que le decía que no se molestaba, que el negacionismo era una anécdota, que se iría solo si se lo ignoraba. Talk of wishful thinking.

    Quiero decir que existe uno que niega que la cámaras de gas fueran cámaras de gas, otro que dice que las cámaras de gas no tenían capacidad suficiente, y otro que niega que existan siquiera los edificios considerados cámaras de gas. Teorías todas ellas contradictorias entre sí, pero que pese a ello se "apoyan" y se consideran aliadas (porque lo son) a pesar de que cualquiera con un mínimo de lógica dice que si una de ellas fuera verdad, las otras serían falsas.

    En España hemos tenido la oportunidad de ver ese funcionamiento muy de cerca con el tema de las conspiranoias del 11M, que es como lo del asesinato de Kennedy, lo de Pearl Harbor o lo del 11S pero aquí en vez de allí. Y lo que he visto es que se aplica lo del "I want to believe": busco razonamientos pseudocientíficos que respalden mis emociones, sentimientos y deseos.

    Es cierto que se produce un efecto de propaganda, de concreción y explicitación de ciertos sentimientos, y de penetración en ámbitos a los que quizás no llegaría en otro caso.

    Pero si no se hubiera producido el holocausto, Irving estaría escribiendo de Dreyfuss, de los protocolos de los sabios del sillón o del lobby judío de Washington. Y lo leerían los mismos.

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  10. Me parece acertado un muy acertado post y estoy de acuerdo en que en determinadas ocasiones la excusa de la libertad de expresión no debe prevalecer sobre la dignidad de la persona ni sobre la verdad histórica. Y que en casos como este, permitir la divulgación de falsas verdades y mentiras manifiestas no hace que nuestro sistema sea más democrático. Lo hace más permisivo precisamente con aquellos que pretender acabar con ese sistema.

    Al margen de este tema, si se me permite, quisiera manifestarme en contra de una opinión imperante. Tampoco yo estoy muy convencido de todo lo que se dice sobre el cambio climático. Aparte de mi opinión, respetable aunque estuviese equivocada, estamos hablando de hechos científicos. Y no veo yo tanta unanimidad científica como quieren hacernos aparentar y si veo que determinados estudios son silenciados sistemáticamente por los medios de comunicación.
    Y habría que recordar que la ciencia ha avanzado gracias a la postura de determinados heterodoxos.
    saludos. Gran Blog, magnífica entrada.

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  11. Anónimo11:10 p. m.

    "Amén, señor magistrado. Supremo no quiere decir gilipollas."

    Completamente de acuerdo con tu postulado, amigo. Los votos de minoria al menos levantan el ánimo.

    Y si, yo no tengo abuelos exterminados en los campos nazis. Tengo bisabuelos, tios abuelos, tios, primos que he logrado 'encontrar' gracias a la meticulosidad alemana de registrar todo. Y si, ¿sabes qué mas?, todos habla ladino y se creian de alguna forma españoles porque casi cinco siglos antes los reyes les ofrecieron expulsaron sin ninguno de sus bienes, o convertirse. Los mios escogieron irse y de seguro muy avergonzados estarán sus cenizas (porque nada mas quedo de ellos) al saber de este dictamen.

    En fin, que ya el ladino como idioma está extiguido y mucha de mi familia también, me da pena comentar estas cosas.

    Suerte y sigue con este entretenido BLOG.

    Desde Chile.

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  12. Anónimo12:56 p. m.

    Una cosita.
    La historia no puede ser ciencia, pero eso no quita que se pueda aplicar un método científico. No se por qué la gente le tiene tanta alergia a la palabra "científico"..si simplemente se trata de considerar que algo está probado cuando se presenta suficiente evidencia a la comunidad de historiadores. Evidencia es aquello que se puede contrastar, como la autenticidad de las facturas de Zyclon-B que se exhiben en el museo Auschwitz-Birkenau y otros papeles que demuestran el sistemático exterminio de la población judía por el mero hecho de ser judía.
    Si un historiador me demuestra con pruebas contundentes que todo aquello es falso (por ejemplo demuestra que los cientos de latas de insecticida encontradas en Auschwitz contenían fabada asturiana, porque encuentra restos de morcilla en ellas), entonces lo aceptaré. Como dice "anónimo chileno", los alemanes lo apuntaron todo, así que hay pruebas del holocausto para aburrir.
    Yo no soy partidaria de prohibir la investigación para "evitar males mayores". Esa es la justificación que gente como la Inquisición Española ha utilizado siempre.
    En cuanto a los "intolerantillos", ahí me está usted un poco paternalista. Prohibir ser idiota es imposible. A los nazis había que haberlos parado cuando empezaron a aplicar la violencia no cuando la predicaban. Yo pienso que lo importante son las acciones, no las opiniones.
    Y lo del cambio climático, a mí me parece que esto es como pensar en los años 30 que fumar no era perjudicial para la salud.

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  13. Anónimo5:10 p. m.

    Bueno, técnicamente manifestar una opinión ES una acción.

    En este caso, la dificultad es que "negar" una interpretación histórica, por muy bien establecida que esté (que lo está), no es lo mismo que alentarla. La entrada original del blog tiene razón al decir que en realidad la intención es la misma, pero la ley mide las intenciones sólo en tanto en cuanto se reflejan en hechos.

    En los casos en los que a la negación del holocausto se unan el antisemitismo evidente y la apología de la violencia, que serán los más, pues no hay problema. El problema lo hay en los textos que se mantienen en una postura falsamente académica, como si dijéramos. De ahí que el tribunal diga que "el bien jurídico que estima necesitado de protección penal [...] presenta una naturaleza muy difusa".

    No soy jurista, pero si no me equivoco la lesión amparada por el delito de injurias, que es otra limitación a la libertad de expresión que puede servir de comparación, tiene un gran componente social. Eso puede explicar al menos en parte por qué sociedades que han pasado por esto directamente pueden considerarlo delictivo, y otras no.

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  14. Se que este artículo tiene algún tiempo y no se si aún leerá los comentarios. Estoy en gran parte de aucerdo con usted. El problema es que la frontera es muy difusa. Hay un párrafo que me ha llamado la antención:
    "Todo eso, sin embargo, fue posible por algo. Fue posible por las decenas, centenares, miles de ocasiones en las cuales el propio Hitler, o Goebbels, o Himmler, o Göring, o cualesquiera otros corifeos de la barbarie, dijeron y repitieron cosas como: los judíos son culpables. Ellos nos roban, ellos conspiran contra nosotros. Alemania no es grande porque los judíos mueven los hilos contra ella. Los judíos te tienen sin trabajo, los judíos son los responsables de que sólo puedas comer chucrut de mierda. Los judíos son los cabrones de esta historia."
    Salvando las distancias si sustituimos la palabra "judíos" por "españoles" y "Alemania" por "Catalunya"/"Euskadi"/"Ponga aquí el nombre de su nación oprimida", el discurso es muy similar al usado por los nacionalistas.

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