viernes, enero 18, 2008

¡Ahí está el Rubito!

No es inhabitual que la Historia recuerde frases famosas que empezaron guerras. Quizá el caso más citado es el Alea iacta est, la suerte está echada, que dicen pronunció Julio tras pasar el Rubicón; aunque los puristas suelen recordar que este mito es sobre todo eso pues lo que el general hizo al atravesar el río que lo colocaba fuera de la ley fue, al parecer, citar unos versos de un poeta griego que quieren decir algo así como «juguemos la partida de dados». También quiero recordar aquí otra frase quizá menos famosa pero más premonitoria, que fue el lamento del almirante Tojo cuando, tres el exitoso bombardeo japonés contra Pearl Harbour, anunció: «hemos despertado al tigre».

¿Hubo una frase que marcase el principio de la guerra española? Pues quizá sí, la hubo. Pero fue una frase que más parece una gilipollez que una frase: «¡Ahí está el Rubito!» La pronunció quien la tenía que pronunciar, esto es el general Francisco Franco, y lo hizo en medio de un episodio que es el que hoy quiero contaros: la odisea del Dragon Rapide.

5 de julio de 1936. La ciudad de Londres. En la ciudad de Londres vive un personaje bastante conservador de ideas, Luis Bolín, que en ese momento tiene como dedicación principal ser el corresponsal del diario monárquico ABC en el Reino Unido. Cuando llega a casa, la mujer de Bolín le informa de que su jefe, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del periódico, le ha llamado desde Biarritz. Según confiesa Bolín en sus memorias, no tiene la más mínima duda de que ese detalle señala que el golpe de Estado contra la República está a punto de estallar en España. Así lo dice en sus memorias, sin más explicaciones. O sea, si un día te llama tu jefe a tu casa, es que va a haber un golpe de Estado.

Bolín espera con nerviosismo a la segunda llamada de Luca de Tena, que se produce poco después. El marqués le da instrucciones concretas y sincréticas. Debe alquilar en Reino Unido un hidroavión capaz de volar desde Canarias hasta Marruecos, preferentemente Ceuta. Un español que trabaja en la banca Kleinwort, radicada en la célebre City londinense, le facilitará el dinero necesario. El objetivo es que el avión esté en Casablanca el 11 de julio. En la ciudad marroquí de tantas resonancias fílmicas, el piloto del avión deberá esperar en un hotel determinado a la llegada de alguien que se identificará por la contraseña Galicia saluda a Francia.

Luca de Tena informa a Bolín de que la más que probable misión del piloto será ir a Canarias a recoger a alguien. ¿A quién? Para saberlo, deberá ir a la consulta de un médico de Tenerife.

Si el 31 de julio nadie hubiese aparecido por Casablanca, el piloto debería regresar a Londres.

Bolín se sintió probablemente abrumado por las circunstancias. En sus memorias asegura que tuvo claro, desde el primer momento, que el extraño pasajero del avión sería Franco. Estas cosas es muy fácil decirlas a toro pasado, pero lo que está claro es que no dudaba de que la misión estaba íntimamente relacionada con el golpe de Estado. Bolín, por lo tanto, tenía que alquilar un avión cagando leches, pero eso no es algo que sepa hacer cualquiera. Por esa razón llama a su amigo Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, quien también residía entonces en Londres. Lo primero que hace La Cierva al conocer el encargo es echarle a Bolín un buen jarro de agua fría: en su opinión (y no se equivocó), las posibilidades de encontrar un hidroavión disponible eran nulas. Incluso dudaba de poder encontrar algún avión con el radio de autonomía requerido para esos vuelos.

El día 6, tras muchos barrigazos por los despachos de sus amigos aeronáuticos, Juan de la Cierva da con una empresa llamada Olley Air Service, con base en el pueblecito de Croydon, que al parecer posee algún avión que puede servir. Bolín se desplaza al lugar y allí habla con el capitán Olley, quien considera que el aparato más adecuado para el tipo de viaje que el cliente quiere hacer es un De Havilland Dragon Rapide de siete plazas, matrícula G-ACYR. Así pues, mucha gente cree que eso de Dragon Rapide es el nombre del avión; pero no es verdad, es simplemente parte de la denominación del modelo. De hecho, el príncipe de Gales poseía otro igual que guardaba la Olley en el mismo hangar que el que albergaba al que sería el avión de Franco.

Una vez encontrado el avión, Bolín y La Cierva trazan su plan. Como ya he dicho, aunque no tienen todos los detalles de la cosa, saben o sospechan con claridad dónde se van a meter, así que se ponen a pensar en la mejor manera de poder volar sin despertar sospechas. Delante de la mujer de Bolín, La Cierva le dice: «¿por qué no te llevas a una rubia guapa y vistosa?» Como puede verse, el mito de las rubias como seres superficiales tiene varias generaciones. Finalmente, deciden mejorar la estrategia haciendo que Bolín vuele desde Londres en compañía de un hombre y de dos mujeres rubias. O sea: dos hombres maduros con dos tías buenas, ricachones bajando al moro para echar un quiqui. Como cortina de humo, la verdad es que no está mal.

Douglas Jerrod, un editor inglés, es el encargado de buscar al amigo inglés, y acaba decidiéndose por Hugo Pollard, comandante retirado, cazador de zorros y un hombre, dice Bolín que le dijo Jerrod, «muy de tu cuerda». A la vista de las cosas que escribe Bolín en sus memorias (cosas como que el interior de la catedral de Málaga, inmediatamente tras su toma por los franquistas, todavía conservaba el hedor a rojo, que hay que ser bestia), hemos de entender que el señor Pollard no debía de ser precisamente votante del Partido Laborista.

Bolín recoge en sus memorias que Jerrod, nada más llamar a Pollard, le aconseja que les espere metiendo la cabeza bajo un grito de agua fría; lo cual parece una manera de insinuar que nuestro contacto inglés se bebía hasta el agua de los floreros. Se fueron a verle a su casa de Midhurst, en el condado de Sussex. Si es cierto lo que cuenta Bolín en sus memorias, hay que reconocer que era un buen conocedor de la cultura inglesa, pues afirma que, nada más conocer a Pollard, se arrancó a hablar con él «de la belleza de las flores en aquel verano delicioso, de la excelencia del tiempo que era, desde luego, excepcional». En efecto, la jardinería y el clima son los dos asuntos por los que debe comenzar toda conversación con un inglés de pura cepa.

Bolín termina proponiéndole a Pollard que vuele con él a Marruecos, pero que para completar la expedición hacen falta «dos chicas rubias, discretas y bien parecidas». Ante proposición tan harto sospechosa, lo único que le ocurre preguntar a Pollard (según Bolín, claro) es si viajarán asegurados a todo riesgo y, ante el anuncio de la firma de otras tantas pólizas de seguro, acepta.

Las dos rubias resultan ser una tal Dorothy, amiga de Pollard; y Diana, la hija de éste, quién se apunta entusiasmada al viaje a pesar de no saber, según Bolín, ni dónde queda Marruecos.

El capitán Olley, propietario del avión, tenía más conchas que el tal Pollard, o tal vez ideas menos definidas. Síntoma claro de que no las tenía todas consigo con esa pretendida excursión en plan canita al aire es que le dijo a Bolín que imaginaba que el viaje estaría sometido a riesgos no cubiertos habitualmente por póliza de seguros, así pues le hizo jurar solemnemente que sólo utilizaría el avión para transportarse a él mismo y a sus invitados. Esta inquietud por parte de Olley dio sus problemas, pues Bolín se dio cuenta de que, si algo le pasaba al avión, él tendría que abonarlo. Lo habló con La Cierva, y el inventor con el duque de Alba; los dos últimos acordaron que, si el avión resultaba dañado por hechos no cubiertos por el seguro, pagarían cada uno la mitad del pago garantizado.

Acto seguido, Olley le presentó al piloto, Cecil W. H. Bebb, con quien acordaron que el avión despegaría el sábado 11 de julio a las siete de la mañana.

El avión hizo escala en Burdeos, donde los viajeros tomaron unas copas con Luca de Tena y el marqués de Mérito, también en la conspiración, que se subió al avión para luego irse desde Casablanca a Tánger por sus propios medios. Según Bolín, cuando entraron en España, y por estulticia del operador de radio (al parecer, venía bolinga desde Burdeos), se perdieron y anduvieron volando en plan gilipollas hasta que vieron el Naranco de Bulnes. Con eso y mediante el poco ortodoxo sistema de volar muy bajo al pasar por estaciones de tren para tratar de leer los letreros de la población, consiguieron orientarse más o menos. Pero se les acababa el carburante y el piloto manejó la posibilidad de aterrizar en cualquier campo perdido, lo cual habría hecho imposible la misión. Finalmente, llegaron a la costa atlántica, divisaron un aeropuerto militar en el pueblo portugués de Espinho, y aterrizaron allí.

Nada más parar los motores los detuvieron, claro. Hasta un idiota sabe que no se puede aterrizar en un aeropuerto militar sin avisar, así como así.

Otra vez, la misión se podría haber ido al carajo. En el pueblo de Espinho había fiesta a la que acudieron los detenidos junto con los militares que los habían detenido y, nos dice Bolín en sus memorias, «este acontecimiento, unido al encanto de las rubias, impresionó favorablemente al oficial quien, mediado el camino, nos dijo que tanto el aparato como nosotros quedarían en libertad a primera hora de la mañana».

La pregunta es: ¿exactamente hasta qué punto unas rubias inglesas han de desplegar encantos para quebrar la voluntad de un militar portugués? Bolín no nos lo aclara. Y hay que tener en cuenta que una de las rubias era la mismísima hija de Pollard. Ejem…

Desde Espinho el avión dio un salto a Alverca, donde Bolín y mérito se reunieron con el general Sanjurjo. Asimismo, en Alverca es donde Bolín, preocupado ante la posibilidad de que la policía republicana le siguiera el paso y fuese detenido en Casablanca, le dio informaciones parciales a Pollard, especialmente la misión de ir a la casa del médico en Tenerife y darle la famosa contraseña de Galicia saluda a Francia.

Si hemos de creer a Bolín, Pollard no sólo no se dio la vuelta o se asustó sino que, como se dice en lenguaje taurino, se recreó en la suerte, indicándole a Bolín que, si tenía que ir a ver a un médico espía, lo mejor es que trucase las cosas para que la visita fuese creíble. Así, ambos escribieron en la agenda de Pollard los nombres de varios médicos en poblaciones diferentes de Europa, algunos ciertos y otros inventados, para así poder dar soporte a la historia de que el ex militar era un enfermo crónico que por eso tenía la referencia de facultativos distintos en las ciudades que visitaba.

El 13 de julio, la expedición se entera en Casablanca del asesinato de Calvo Sotelo, que se ha producido en la madrugada del mismo día en Madrid. La noticia genera en los conspiradores la reacción que se produjo en muchos otros que eran de su partida: se dan cuenta de que ya todo es imparable. Por eso, aunque las instrucciones que tenían era esperar a que alguien les contactase diciendo la famosa contraseña, deciden actuar por su cuenta y enviar el avión a Canarias. Otra decisión que salvó la operación pues, según nos cuenta Bolín, el emisario que estaban esperando nunca llegó siquiera a iniciar viaje, así pues hubieran esperado en vano. Aunque Bolín no lo dice claramente en sus memorias, parece claro que, además, la noticia de la muerte de Calvo Sotelo multiplicó en él las sospechas de que podían estar siguiéndole (a él y al marqués de Mérito), motivo por el cual tomó una decisión muy arriesgada: que los ingleses se fuesen solos a buscar a Franco a Canarias. Verdaderamente, el tal Pollard debía de ser un conservador de pies a cabeza para que el periodista le confiase esa misión.

Pollard, su hija y su amiga llegaron a cabo Juby, un pequeño saliente de la costa del antiguo Sahara Español justo enfrente de Canarias, el día 15 de julio. Ese aterrizaje, forzado por las circunstancias del vuelo, repitió la jugada de Espinho (es decir, aterrizar en un aeródromo militar sin permiso previo), sólo que esta vez el aeródromo no era portugués, sino español (para que nos entendamos: republicano). El mando de Cabo Juby, de hecho, cablegrafió al Ministerio de la Guerra en Madrid la incidencia, es decir que un avión ocupado por turistas británicos había aterrizado allí sin permiso. Sin embargo, aquí se hizo patente que Bolín había acertado con su arriesgada decisión pues, de haber ido en el avión un español, además sospechoso, con seguridad allí habrían quedado todos detenidos. Al ser ingleses, la reacción de Madrid fue ordenar la detención del avión, pero a la llegada a su destino. ¿Cuál era su destino? El aeródromo de Gando. ¿A quién tenía que ordenarle dicha detención? Al comandante militar de Canarias. Y, ¿quién era el comandante militar de Canarias? Pues Francisco Franco Bahamonde. Alguien que, obviamente, no les detuvo.

El Dragon Rapide llegó al aeropuerto grancanario de Gando el miércoles 15 de julio por la tarde. Pollard y sus rubias cogieron un barco en el Puerto de la Luz y se fueron a Santa Cruz de Tenerife, en busca del médico. Llegado a su consulta, Pollard se presentó declamando lentamente, con la pronunciación que le habían enseñado, la contraseña Galicia saluda a Francia. Con gran sorpresa, la respuesta del médico fue cabrearse e invitarlo a marcharse. Al parecer, para aquel entonces aquel hombre, que debía de ser algo así como un conspirador amateur o a tiempo parcial, había terminado hasta las narices de mensajitos y contraseñas y ya no quería saber nada más de movidas.

Aún así, debió rendir un último servicio a su causa pues Pollard le informó del hotel donde se hospedaba, hotel en el que, unas horas después, le visitó un militar joven.

Esto ocurría el jueves día 16. Franco, en cuanto fue informado de que había un avión en Gando, decidió actuar. Con la disculpa de lo rarita que estaba la situación, aisló las Canarias desde el punto de vista de las comunicaciones, no sin antes solicitar a Madrid permiso para desplazarse a la isla de Gran Canaria al funeral de un militar amigo recientemente fallecido (el general Amado Balmes). De esta manera consiguió no despertar sospechas en su desplazamiento y, además, pudo sumar Tenerife a la sublevación sin que en Madrid se coscasen de la movida.

El 17 de julio, Franco desembarca en Gran Canaria, tras lo cual se produce una lucha entre el ejército y los guardias de asalto, a los que el gobernador civil republicano ha puesto en alerta. Sin embargo, los sublevados se imponen con relativa rapidez, como ya ha ocurrido en Tenerife. No obstante, la necesidad de imponerse en Las Palmas lo retrasó, pues Franco tenía previsto salir para Marruecos el 17 de julio, pero no pudo hacerlo hasta el 18.

A Cecil Bebb, el piloto del avión, alguien le dio instrucciones de salir para Marruecos y le hizo el juego típico de entregarle medio naipe que debería completarse con otro medio que llevaría su pasajero. Sin embargo, según Bolín a Franco no le hizo falta enseñar su media carta: Bebb, nada más verlo (y una vez que aquel hombre de paisano le dijo: «Soy el general Franco», información de gran importancia para un aviador de Croydon), decidió que era la persona por la que se había hecho todo ese montaje, lo cual dice mucho de su clarividencia pues Franco era bajito, un poco barrigudo y, además, iba vestido de paisano. A mí siempre me ha parecido que a Bolín le pareció inelegante describir en sus memorias al caudillo presentando medio naipe para hacerse respetar.

Para evitar ser obstruido por alguien en su viaje en coche a Gando, Franco fue por vía marítima. El hecho de que en la playa de Gando no hubiese puerto le obligó a tirarse de la barca y, con agua hasta las rodillas, andar hasta la orilla (o sea: la barca se acercó bastante, porque las rodillas de Franco no estaban demasiado lejos del suelo).

Como bien sabemos, mientras ocurría todo esto, el ejército del Marruecos español se sublevaba, con cierta precipitación sobre los planes iniciales. El avión salió de Canarias como a la una de la tarde, paró en Agadir para repostar y allí se retrasó un poco más porque era fiesta. Como resultado, en Casablanca se hizo de noche sin que el aparato hubiese aparecido. Sin embargo, a eso de las nueve y cuarto de la noche, el avión llegó. Eso sí, cuando estaba descendiendo, hubo un apagón en el aeropuerto y las luces de la pista se apagaron. Fue, sin embargo, cosa de poco, y pronto estuvo solucionada.

Franco entró en la Casablanca francesa con un pasaporte falso, prestado por el diplomático José Antonio de Sangróniz y al que había puesto su propia foto. Como era tan tarde, los conspiradores debieron cambiar de planes y, en lugar de seguir hasta Tánger, destino último del viaje, dormir en Casablanca. Esta decisión salvó de nuevo la operación. Poco tiempo después, el marqués de Mérito, que estaba en Tánger, llamó para decir que ese aterrizaje debía desestimarse, recomendando Tetuán. Se decidió volar allí al día siguiente. Esto da que pensar que si Franco hubiera salido hacia Tánger, tal vez la habría cagado.

En el hotel, Franco se afeitó el bigote, para dificultar su reconocimiento. De él nos dice Bolín en sus memorias que «el general tenía entonces cuarenta y tres años: era bien proporcionado y bien parecido». En fin, qué podemos decir; para gustos se pintan colores pero, la verdad, una cosa es ser franquista y otra estar ciego.

En el pasaje tal vez más sincero de sus memorias, Bolín nos cuenta que él y el general durmieron aquella noche juntos en la misma habitación, en la que estuvieron dándole a la sin hueso por lo menos hasta las dos de la madrugada. Franco no era nada optimista sobre lo que iba a comenzar. «Tan negro fue el cuadro que pintó ante mis ojos», relata Bolín, «que acabé por preguntarle si podríamos vencer».

Otra cosa que nos dice Bolín es que Franco «hablaba todavía cuando, para facilitarle siquiera dos horas de descanso, apagué la luz con el pretexto de que me estaba quedando dormido». Esta capacidad de dar la brasa nocturna hasta la extenuación, de ser cierta, la compartía Franco con su entonces amigo Adolf Hitler, de quien sus cercanos han dejado escrito que era capaz de pasarse la noche entera dando la barrila. O, tal vez, es que aquella noche Franco, a pesar de todo lo que dicen sus hagiógrafos de nervios de acero y bla, bla, bla, estaba nervioso. Acojonado incluso.

A las cinco de la mañana del día siguiente, el avión salió de Casablanca. Una vez que se supo sobrevolando suelo español, Franco se puso el uniforme militar.

A la llegada a Tetuán, se produjo la que, para mí no hay duda, fue la escena más tensa para los conspiradores. Aterrizaban en Tetuán, sabiendo que el ejército de Marruecos y, consecuentemente, aquella plaza, se había sublevado. Pero no podían saber cuál había sido el resultado de la sublevación. En esa pista podían estar, perfectamente, tropas fieles a la República esperando su llegada. Franco no podía saber si al bajar del avión sería vitoreado o detenido. Al llegar al edificio principal, los viajeros vieron a cinco militares en posición de firmes. Y entonces Franco pronunció esa frase tan absurda.

‑¡Ahí está el Rubito!

Había reconocido al comandante Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de Regulares marroquíes. Tan seguro estaba de su fidelidad que, en ese momento, supo que la plaza era suya. Y todo empezó.

Del Rubicón al Rubito.