viernes, noviembre 23, 2007

El general Melgarejo

No pocas veces, durante las lecturas e investigaciones que están en la trastienda de este blog, me entran ganas de abrir una sección que se llamase algo así como Freaks de la Historia. Verdaderamente, los hechos pasados están trufados de personajes extraños, impredecibles, a menudo grotescos, absurdos o patéticos. Y lo increíble es el enorme poder que algunos de estos freakys llegan a atesorar.

La cosa es que Tiburcio se me ha adelantado. Nos remite esta interesante y divertida pieza sobre uno de estos freaks: el general Melgarejo.

Se lo dedicados a nuestros lectores bolivianos (285 en lo que va de año, según las estadísticas).

Cuando estuve en Bolivia, la gente todavía recordaba como un chiste la dictadura del General Melgarejo. Recuerdo haber visto un libro que se titulaba Dichos y hechos del General Melgarejo. No recuerdo ahora si estaba en la sección de Historia o en la de humor. Para hacer una comparación que se entienda de este lado del océano, es como si los rusos se partieran de risa contando los años de Stalin y editaran un libro narrando como una gracieta cómo la Operación Barbarroja le pilló por sorpresa. O bien los bolivianos tienen un sentido del humor muy peculiar, o bien son masoquistas.

El General Melgarejo nació en 1820 en el departamento de Cochabamba. Su vida, antes de alcanzar la Jefatura del Estado, fue una sucesión de asonadas, batallas, borracheras y burdeles. En 1853 fue capturado en el curso de un cuartelazo fallido y condenado a muerte. El Presidente Belzu le indultó. Que no ejecutaran a Melgarejo en ese momento es uno de los pocos argumentos que conozco a favor de la pena de muerte.

En 1864 la vida política boliviana pasaba por un momento de tensión, o sea, lo habitual. La Presidencia de Achá estaba llegando a su fin y los políticos se preparaban para las elecciones. Había dos candidatos principales, la oficialista del General Sebastián Ágreda y la opositora del General Manuel Isidoro Belzu. A éstos vino a sumarse el Partido Rojo del Teniente Coronel Adolfo Ballivián. Como se ve, en aquellos tiempos, mirar la lista de candidatos a la presidencia boliviana era como mirar el escalafón de los oficiales del Ejército. Ballivián pensó aquello tan viejo de «¿para qué correr el riesgo de presentarme a unas elecciones que puedo perder, cuando puedo conquistar el poder de aquella manera?», y atrajo a su campo al General Melgarejo, al que las asonadas le gustaban tanto como el vino, o casi.

Significativamente, Melgarejo dio su golpe el 28 de diciembre de 1864; digo significativamente, porque su mandato fue una inocentada para Bolivia. En las primeras horas del golpe, todo el mundo asumió que Melgarejo lo estaba dando a favor de su mentor, Ballivián. Cuando uno de los coroneles conjurados le preguntó a Melgarejo a quién proclamaban como caudillo. La respuesta fue: «¡Qué bruto eres! ¿Quién ha de ser sino yo?». Otra versión de la historia cuenta que los ballivianistas le pidieron que proclamara a su jefe Presidente y Melgarejo les recordó que era la festividad de los Santos Inocentes y les dijo que eran unos inocentes por creer que él había organizado la revolución en beneficio ajeno, cuando en verdad la había hecho en provecho propio.

El régimen de Melgarejo se caracterizó por la arbitrariedad, rasgo que en los sobrios es grave y en los alcohólicos y megalómanos no digamos. El propio Melgarejo decía que gobernaba con «la Constitución en el bolsillo», que viene a equivaler al «La calle es mía» de Manuel Fraga algo más de 100 años después. Para Melgarejo el poder servía para satisfacer sus pasiones, sobre todo las más bajas, y hacer lo que le diera la real gana. Y una de las cosas que más le daba la real gana hacer era ejecutar a los enemigos e incluso a algunos de los amigos. La lista de ejecutados por el tirano es bastante larga y en algunos casos no se limitó a dar la orden, sino que la ejecutó el mismo, tal vez por aquello de que uno nunca está mejor servido que por sí mismo.

Un punto que todos los historiadores destacan es el inmenso desgobierno económico del período de Melgarejo. Melgarejo veía Bolivia como su finca y no dudó en entregar concesiones a diestro y siniestro a cambio de calderilla. Así, la Compañía de Salitres de Antofagasta acabaría llevando al país a la guerra con Chile en 1879. El contrato Church para el ferrocarril Madeira-Mamoré le costó al Estado un millón de libras. En el extranjero colocó dos empréstitos que rentaron la tercera parte de lo esperado.

El 20 de mayo de 1866 decretó que las tierras que las comunidades indígenas llevaban explotando desde tiempo inmemorial eran propiedad del Estado. Los comuneros que quisieran tener la propiedad legal de esas tierras deberían pagar una cantidad que variaba entre los 25 y los 100 pesos. Quienes no la hubiesen pagado, se verían privados de la tierra en el plazo de 60 días. La tierra sería entonces sacada a pública subasta, previa tasación legal. Dado que la tasa de analfabetismo entre los indígenas era elevadísima y que vivían en condiciones de mera subsistencia, donde el dinero apenas circulaba, cabe preguntarse cuántos de ellos llegaron a enterarse de que les iban a robar las tierras. Leer los nombres de las familias terratenientes que participaron en la rebatiña es como leer el nombre de los políticos que hicieron la Historia de Bolivia durante los siguientes cien años. Por cierto, que unos de los beneficiados fueron los Sánchez Melgarejo. El colofón de la expropiación fue que en algunas zonas los indígenas se levantaron y fueron duramente reprimidos. Tan duramente que se dio el caso de que algunos militares apostaron entre ellos quién mataba más indios.

Otra de las medidas desastrosas de Melgarejo fue la adulteración de la moneda en 1865, acuñando moneda de peor ley. De un plumazo Melgarejo se cargó todos los esfuerzos de sus predecesores para lograr la estabilidad monetaria.

La política exterior de Melgarejo fue de chiste. Debía de pensarse que la diplomacia existe para hacer amiguitos y que los territorios se intercambian como cromos en el recreo del colegio.

Fue en tiempos de Melgarejo que se produjo la guerra del Callao. Chile convenció a Melgarejo de que era imperativo que firmasen un tratado para defenderse del neocolonialismo español. Lo que no le dijeron era que ahora Bolivia tendría que defenderse del colonialismo chileno. El tratado establecía que la zona comprendida entre los grados 23 y 25 de latitud sería de explotación conjunta (la frontera estaba entonces en los 24 grados de latitud). Lo interesante es que la parte más próxima a Chile de ese territorio era precisamente la más pobre, o sea que Melgarejo cedió territorio a cambio de nada. Bueno, nada no exactamente. Chile le regaló un caballo, Holofernes, tan inteligente que sabía hasta cómo tomar cerveza.

En 1867 firmó con Brasil un tratado para delimitar la frontera entre los dos países. Melgarejo cedió a Brasil 300.000 kilómetros cuadrados y Bolivia perdió el acceso al río Madeira y toda la margen derecha del río Paraguay. Por más que he indagado, no he logrado descubrir qué logró Melgarejo a cambio de esta cesión. Me parece que los brasileños ni tan siquiera le regalaron un caballo.

Aparte de ceder terreno, en el campo de la política internacional Melgarejo intentó jugar al gran estadista. Reconoció la beligerancia de los insurrectos cubanos. Constituyó una misión diplomática especial para salvar la vida del Emperador Maximiliano de Habsburgo. Ofreció su ayuda a Napoleón III en la guerra franco-prusiana. Sería interesante saber cómo los 1.600 soldados bolivianos habrían cambiado la suerte del conflicto. Dado que lo de los soldados no pudo ser, Melgarejo expresó su deseo de enviarle a Napoleón III 10.000 pesos para que se tomase una taza de té en su nombre. Con ese dinero, una y trescientas.

Los últimos años del régimen de Melgarejo estuvieron salpicados de rebeliones contra el tirano. Finalmente fue la de enero de 1871 la que triunfó, gracias a la defección del batallón Colorados y de su Coronel, Hilarión Daza.

Melgarejo huyó a Perú, donde anduvo pobre y aislado, intentando que la familia de su concubina, Juana Sánchez, a la que tanto había enriquecido, le ayudara. El 23 de noviembre de 1872, el hermano de Juana, harto de los requerimientos de Melgarejo, le mató a la puerta de la casa de su hermana.

Melgarejo está enterrado en Perú. Ningún gobierno boliviano ha tenido ganas de pedir la repatriación de sus restos.