lunes, noviembre 13, 2006

Un imperio en decadencia

Hoy cambiamos un poco de tercio. Supongo que a los lectores de este blog no se les ha escapado que la marcha que les va a sus autores es la Historia contemporánea de España. Es por esto que damos tanto la brasa con las anécdotas de España en el siglo XX. Bueno, esto es así, tanto en mi caso como el de Inasequible Aldesaliento. Aunque también tiene su lógica, porque obviamente la Historia, cuanto más moderna es, más rebosa de anécdotas. Aunque probablemente fueron muy interesantes, carecemos de anécdotas de los viejos íberos.

Pero ya digo que cambiamos de tercio. Concretamente, al tercio de Flandes, cuando menos en parte. Hoy en día, muchos españoles, cuando queremos referirnos a nuestra intención de comenzar a tener éxitos en un terreno que nos es aún desconocido (por ejemplo, comenzar a exportar mercancías a un determinado mercado) utilizamos para ello la expresión «poner una pica en Flandes». Es dudoso, muy dudoso, que un estadounidense del año 2400 utilice la expresión «izar la bandera en Iraq», a pesar de que tiene el mismo significado. Con esto quiero decir que las guerras de Flandes, y otras tantas cosas que pasaron hace cosa de unos 400 años, fueron de una importancia muy superior a los hechos internacionales que hoy valoramos.

Cada era histórica tiene su gendarme mundial, y hubo un momento en el que dicho gendarme fue España. De los difíciles momentos en que dicho gendarme se quedó sin fuerzas va a este post. Debido a Inasequible con mis apostillas, ya sabéis, en negrita.

Un imperio en bancarrota
By Inasequilble Aldesaliento

Carlo M. Cipolla publicó un volumen titulado La decadencia económica de los imperios (Alianza Universidad, Madrid 1981) en el que defiende que la causa principal de la decadencia de los imperios es la economía. Cipolla afirma que en la vida de los imperios llega un punto de inflexión en el que asumen más compromisos de los que pueden asumir. En lugar de cortar pérdidas y retirarse a posiciones fácilmente defendibles, multiplican los asuntos de “interés vital” y por tanto irrenunciables. Entienden que es una cuestión de vida o muerte, de ser o no ser imperio, el no retroceder. El resultado final es el colapso: no hay recursos para mantener tantos compromisos y al final lo que no se quiso abandonar voluntariamente, se tiene que abandonar por la fuerza.

Los intereses vitales de los imperios son como los tumores malignos: tienden a la metástasis. Por ejemplo, Estados Unidos puede empezar definiendo como intereses vitales e irrenunciables en Oriente Medio, la defensa de Israel y que el petróleo saudí esté en manos amigas. De pronto entiende que la defensa de Israel implica otro interés vital: que no surja una potencia regional en la zona, lo que implica tener estrechamente controlados a los dos países que podrían aspirar a ese papel, Siria e Iraq. Por otra parte, puede entender que no basta con asegurarse los suministros de petróleo saudí, también hay que asegurarse los iraquíes, que son las segundas reservas petrolíferas del planeta. Insensiblemente, donde había dos intereses vitales, han acabado surgiendo cuatro y el escenario está dado para que Estados Unidos entienda como vital, llevar a cabo las siguientes acciones simultáneas: ocupar Iraq, apoyar la invasión israelí del Líbano, limarle las uñas a Siria, mantener estrechamente vigilado al régimen iraní y asegurarse de que el régimen saudí se mantiene y no es reemplazado ni por una democracia popular incontrolable ni por un gobierno islámico. La cuestión clave, que muchos estadistas han descuidado alegremente, es: ¿hay recursos suficientes para tantas tareas?

Esta desproporción entre medios y fines aplicada al Imperio español se ve tristemente en Felipe III y la Pax Hispánica, de Paul C. Allen. El libro relata las vicisitudes de la política exterior de Felipe III, especialmente en lo relativo a los Países Bajos. Felipe III, un hombre que había nacido más para vividor alegre y mundano a lo Jaime de Mora y Aragón que para monarca de un imperio lleno de problemas, heredó de su padre Felipe II más sueños imperiales y cuestiones sin resolver que doblones. Y así nos fue.

De hecho, a pesar de que en los tiempos de Felipe III y de Felipe IV los ancianos nobles del Consejo de Castilla que habían sido funcionarios de Felipe II veían a éste con nostalgia y forjaron de él la imagen del buen gobernante (el Rey Prudente), lo cierto es que fue, en mi opinión, Felipe II y no el III quien labró la bancarrota de España con una política bélica enloquecida. De hecho, Felipe II ya declaró bancarrotas durante su reinado. Lo que es más importante: según algunos historiadores, fue él quien, indirectamente, creó o educó la figura del rentista improductivo (hidalgo) que tanto daño le haría a la capacidad económica de Castilla. La necesidad de financiar sus ejércitos forzó a la monarquía felípica a financiarse, además de con la plata de Indias, mediante la emisión de juros que venían a devenir en rentas seguras para sus tomadores. Por ello, la ocupación del español pudiente dejó de ser crear riqueza para ser vivir de los juros.

Un libro más clásico que el de Allen, pero interesante por abordar el mismo problema ya en los años de Felipe II, es Guerra y decadencia, de I.A.A.A. Thomson.

Si un consejero de Felipe III hubiera tenido que definir cuáles eran los intereses vitales de España en 1600, posiblemente habría enumerado los siguientes: defender el imperio de América; asegurar las rutas marinas entre las Indias y España; derrotar a los rebeldes holandeses y erradicar el protestantismo de esas tierras; contener al Turco en el Mediterráneo; asegurarse de que Francia no levanta cabeza y dar una lección a la protestante Inglaterra. El libro de Allen muestra la discrepancia entre esos objetivos grandiosos y los recursos existentes en el caso de los Países Bajos.

A comienzos del siglo XVII se había llegado a una situación de tablas en los Países Bajos, más por las malas finanzas españolas que por los éxitos militares holandeses. Era un misterio cada año si se podría emprender una campaña militar en la zona. Todo dependía de que llegase a tiempo y bien provista la Flota de Indias y de que, por medio de espías, se supiese si el Turco iba a estar activo o no ese año en el Mediterráneo. Lo ganado en la campaña de un año bueno, podía perderse en el siguiente si la falta de doblones impedía volver a la ofensiva y no había los medios para levantar un nuevo ejército.

Debe entenderse que el ejército de Flandes fue, mayoritariamente, un ejército mercenario. Aunque había muchos españoles en él, también había soldados de otras partes del imperio pero, en cualquier caso, estaba formado por soldados y mandos que peleaban por dinero. A lo largo de la larguísima guerra de Flandes sobran los episodios en los que el ejército sitiador de una ciudad abandona el asedio, por la misma razón por la que en un anuncio actual de la tele le dan a George Clooney con la puerta en las narices: no money, no party.

La impresión es la de un imperio que estaba continuamente viviendo de prestado, desnudando a un santo para vestir a otro, esperando siempre un milagro, sabedor de que el menor contratiempo se podía convertir en catástrofe, porque no había los medios para tapar un nuevo boquete en una nave que se hundía.

El imperio español sobrevivió durante el reinado de Felipe III por una combinación de buenos diplomáticos, que lograron a base de astucia lo que las arcas vacías y los cañones sin pólvora ya no conseguían, una política algo más realista, que tendió más a la paz que a la guerra, y a que el recuerdo de las pasadas glorias españolas aún imponía a sus enemigos. Fue en ese momento cuando España hubiera debido retirarse de algunas de sus posiciones para salvaguardar el resto, pero eso hubiera implicado un grado de sabiduría que muy pocos gobernantes en el mundo han tenido.

Y, muerto Felipe III, llegaría el reinado del cuarto y de su valido, el conde-duque de Olivares. En la monumental biografía que de él ha escrito J. H. Elliot puede seguirse, con meticulosidad, la lenta y definitiva putrefacción de la situación que Ina describe en este post.