lunes, octubre 02, 2006

Parlamento, a tus zapatos

Las guerras civiles y los parlamentos suelen engancharse por medio de una bisagra que se llama concordia. La mayor parte de las veces que un parlamento habla de una guerra civil o de sus consecuencias, es para señalar la necesidad de alimentar la concordia entre los contendientes. Como bien demuestran las decenas, si no centenares o miles, de pronunciamientos de los legisladores franquistas, impresos en el BOE, el leer una guerra civil en términos de ganador y perdedor es un ejercicio que está condenado al fracaso.

Los parlamentos, en realidad, nunca o casi nunca toman partido en las guerras. Se puede decir, por ejemplo, que eso no es cierto porque no han sido pocos los que han tomado decisiones muy claras en contra del nazismo alemán. Sin embargo, éste es un análisis erróneo. La mayoría de los pronunciamientos parlamentarios lo han sido contra el Holocausto, no, en sí, contra la segunda guerra mundial. Lo que se condena son los crímenes de lesa humanidad. Y los crímenes de lesa humanidad siempre tienen una característica fundamental, que es que no son bilaterales. Hay una víctima que siempre es la víctima; y un verdugo que siempre lo es.

Se critica mucho, en el momento presente, al partido conservador español, Partido Popular se llama, por negarse a aprobar condenas parlamentarias del franquismo, es decir del destilado de la guerra civil española. Se quiere ver en esa negativa la comprensión, aún la anuencia, respecto de la represión franquista, que colocó a media España bajo su bota. A mí me parece, sin embargo, que la razón puede ser otra.

Hoy, en España, vivimos un intento. Un intento por convertir una guerra civil, bilateral, en una guerra civil unilateral; una historia de buenos y malos. Según esta visión, el compendio de todo lo malo de la sociedad española alentó la rebelión militar de julio del 36, el cual se alzó contra el compendio de todo lo bueno que había en la sociedad española. Si verdaderamente fuese así, no habría, realmente, problema en aprobar condenas parlamentarias, pues estaríamos ante esa excepción citada en el caso del Holocausto (o de las matanzas de bosnios, por citar un precedente más cercano). Sin embargo, hay ciertas dudas de que pueda ser así.

Si algún día lograse yo superar mis problemas con Blogger, que son bastantes, y aprender a subir fotos, podría colocar en este post una del 16 de abril de 1936, es decir del entierro del alférez De los Reyes. Este alférez de la guardia civil se encontraba dos días antes, 14 de abril, de paisano, entre el público que asistía al desfile conmemorativo del V aniversario de la República. Fue un desfile movido, primero porque un gilipollas hizo estallar una especie de petardo relativamente cerca de la tribuna donde se encontraba el flamante presidente Azaña, lo cual encrespó los ánimos; y, segundo, por los enfrentamientos que se produjeron cuando, desfilando la guardia civil, que tenía fama de desafecta al régimen, se empezaron a escuchar insultos.

En el ámbito de esta refriega, el alférez De los Reyes, que es lógico considerar que defendió a sus compañeros, recibió un tiro mortal de necesidad. Razón por la cual dos días después lo estaban enterrando.

El entierro tuvo lo suyo. El gobierno quería una cosa sencillita y corta, pero de eso, nada. El finado estaba en unas instalaciones al final (al final de entonces) de la Castellana, y sus deudos decidieron llevárselo en procesión hasta la Cibeles, para luego torcer allí hasta Manuel Becerra. Una manifestación en toda regla, pues.

La foto que yo tengo es una foto tomada en la Castellana durante dicho desfile, y en ella se ve a los asistentes al entierro tirados en el suelo, parapetados detrás de los árboles, mirando al cielo y con pistolas y pequeñas ametralladoras en la mano. Lo que están haciendo es bastante obvio. Tratan de localizar a las personas que, desde pisos altos de las casas del paseo, les están tiroteando.

Así que ya tenemos un primer elemento de la ecuación: durante el entierro de un guardia civil, convertido en una manifestación antigubernamental en toda regla, otras personas tirotean a los manifestantes. Todo muy normal.

A pesar de todo eso, el cortejo logró llegar a Becerra, no sin que se hubiese producido un muerto por los disparos, Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. En la plaza, los ánimos se encresparon más todavía. Los guardias de Asalto trataron de controlar una manifestación que ya era incontrolable. En esa situación, un teniente de Asalto de filiación socialista, José Castillo, perdió los nervios y disparó en el pecho de un joven estudiante de medicina, Manuel Llaguno, de filiación tradicionalista (carlista). Los manifestantes trataron de linchar al policía y sólo a duras penas el agresor pudo salir vivo de allí. A los pocos días, fue puesto en libertad. Libertad muy corta pues José Castillo habría de morir, el 12 de julio de 1936, asesinado no se sabe muy bien por quién, aunque si el nombre no se conoce, la filiación es bastante fácil de sospechar.

La muerte de José Castillo era la rabia que llevaban embalsada en los ojos los guardias de Asalto de filiación izquierdista que, pocas horas después, asesinaron a un diputado en Cortes, José Calvo Sotelo.

Rebobinemos: unas personas entierran a un alférez muerto y son tiroteadas. Responden a dicha agresión, pues ellos mismos van armados. Aunque se intenta que su manifestación se disuelva o recorra un tramo más corto, simplemente desoyen la orden. Al llegar a Becerra, los ánimos se encrespan de tal manera que un miembro de las fuerzas del orden dispara impunemente sobre un joven. Al instante, es prácticamente linchado. Salvado de la situación, es liberado pocas horas después y, apenas diez semanas después de lo ocurrido, va caminando tranquilamente por la calle, donde es asesinado.

Hay gente que puede pensar que en los hechos resumidos en el pasado párrafo es posible ver a una víctima y a un verdugo.

Yo, la verdad, sólo veo víctimas.