miércoles, marzo 17, 2010

Companys (1)

En el momento en que seas este post, es posible que su equipo de redacción se haya marchado ya a Lugo de caldón; que es como el botellón, pero con caldo gallego.

Si quieres hacer comentarios, por lo tanto, no te extrañes de no leerlos. El chiringuito está cerrado hasta el lunes.

Feliz puente

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Lluis Companys es una de esas figuras históricas cuyo juicio es casi imposible. Al igual que otras personas, y ahora mismo me acuerdo del chileno Salvador Allende, su final, fusilado con los pies descalzos en los fosos de Montjuich, condiciona cualquier valoración. Companys es un mártir de la Historia, y eso tiene sus consecuencias.

Otro hecho importante es que la historiografía obviamente más interesada en la figura de Companys, la catalana, es paradójicamente la peor dotada para juzgarlo equilibradamente. Para muchos catalanes, detectar y reconocer errores en Companys equivale a pedirle a la grada culé que admita que Puyol cometió penalty claro sobre Cristiano Ronaldo y que, cinco minutos después, Messi marcó con la mano.

El tercer elemento es el trauma del franquismo, es decir, esa pavloviana reacción del español medio, tendente a rechazar todo lo que Franco apoyó y aceptar acríticamente todo lo que negó. Puesto que Companys fue fusilado por Franco y lo que simbolizaba, es decir la autonomía de Cataluña, fue sumido en una larga noche de piedra, en estos tiempos memoriohistóricos de guerracivilismo retórico (afortunadamente, sólo retórico), Companys se convierte en una de esas figuras cuyo público se divide netamente en: absolutamente partidarios, absolutamente no partidarios, y mediopensionistas ajenos al problema.

En estas notas te contaré lo que sé de la vida y de la muerte de este hombre, del que en lo político tengo una opinión bastante pobre, casi tan pobre como rica es mi opinión sobre él como persona. Porque no hay que olvidar que fue un amor, el amor a su hijo, el que puso a Companys frente al pelotón de fusilamiento. Y eso, a mi modo de ver, multiplica su dimensión humana.




El 16 de julio de 1936, muy poco tiempo después del asesinato de José Calvo Sotelo, todo el mundo en España, y en Cataluña, esperaba un golpe de Estado militar de corte derechista. Aunque con posterioridad intentó negarlo, ese día Lluis Companys, presidente de la Generalitat, sucesor del líder carismático de la Esquerra Françesc Maciá, celebra una reunión con Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso, Juan García Oliver y Diego Abad de Santillán; el gotha anarquista, pues. Dos años antes, Companys ha creído en la posibilidad de una rebelión por estrictos motivos nacionalistas; rebelión en la que llegó a proclamar la República catalana. Pero en octubre de 1934, las escasas fuerzas militares puestas en juego por el general Batet bastaron para dispersar a los escamots del Estat Catalá y los pocos ciutadans que se animaron a luchar por la independencia de facto de su nación. De ese fracaso, que supuso la suspensión de la autonomía de Cataluña y la cárcel para el propio Companys, éste aprendió que en la Cataluña que le tocó vivir no se podía hacer nada en modo revolucionario sin el concurso de la CNT y la FAI. Consecuentemente, se acercó a los anarquistas. Y los anarquistas se lo comieron por las patas.

Éste es, a mi modo de ver, el principal defecto de Lluis Companys, que siempre operó como obstáculo insalvable para que él pudiese ser un líder político de valía histórica. Companys era un pusilánime, un componedor, probablemente como consecuencia de su hombría de bien. Lo que le pasaba era que no era un hijoputa. Fuera como fuere, el 16 de julio de 1936, mientras la destrucción y la muerte llamaban a las puertas de la Historia de Cataluña, hubiera hecho falta que al frente de esa colectividad se encontrase un hombre con más decisión, más criterio, y pulso más firme, que Lluis Companys.

Los anarquistas pidieron armas. Companys se las negó. Pero les aseguró que, pasara lo que pasara, irían juntos. El propio Abad de Santillán dejó escrito que, aquel día, el president de la Generalitat se puso en manos de la FAI.

Que Companys no es sus socios de la CNT-FAI es evidente. Lluis Companys i Jover, barón de Jover dimisionario (renunció a la calidad noble por considerarla incompatible con sus ideas), apodado «El Pajarito» por su angulosa cara de gorrión a punto de contar un chiste, gustaba de llevar traje cruzado, corbata y pañuelo a juego asomando del bolsillo. Así se presentaba en todo acto político y así se presentó en los fosos de Montjuïch, a su encuentro con la muerte. Era un hombre, además, equilibrado y probablemente enemigo de la violencia en lo personal. A decir de algunos testigos de la época, por ejemplo, tras el fracaso definitivo del golpe de Estado en Barcelona, hizo todo lo posible por salvar al general Goded, cabecilla de la rebelión en Barcelona; le estaba hondamente agradecido por su gesto de haber hablado por la radio conminando a los militares a rendirse, una vez que lo supo todo perdido.

El jefe del alzamiento en Barcelona no fue el único que probablemente se salvó gracias a la actuación o la anuencia de Companys. Según Ángel Ossorio (aunque hay que entender que eran muy amigos, así pues es una fuente muy partidaria), políticos catalanes de derechas como Abadal, Ventosa i Calvell, Puig i Cadafalch, amén de «muchos industriales, los altos dignatarios del clero e innumerables curas» salvaron la vida gracias a la intervención directa de los consellers Gassol y España, bajo la inspiración de su presidente. Un hecho bastante claro es que Companys siempre facilitó los intercambios de presos.

Goded, sin embargo, no se salvó. En Cataluña, una vez que terminó el golpe, y tras el episodio nunca suficientemente aclarado de los 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu y que se apropiaron los anarquistas (fusiles que, según los comunistas, jamás aparecieron por el frente), en Cataluña, digo, y en Barcelona en particular, mandaban los del pañuelo rojinegro. Con ellos se reunió Companys el 20 de julio. En esta reunión, pronuncia un discurso cuando menos formalmente intolerable en un president de la Generalitat, que lo es por los votos de los catalanes: «Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no que queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo». Estas líneas, aún declamadas bajo el ardor revolucionario del momento, son la mejor expresión de dos hechos palmarios: el primero, que la Cataluña posgolpe de Estado era una región ocupada por los anarquistas, los cuales ejercían de una forma más o menos taimada el poder total; y dos, que Lluis Companys les sirvió de fachada para que cuando menos en apariencia esto no pareciese ser así.

El mismo día 20 de julio en que pronuncia las palabras escritas antes, Companys le niega a su propio gobierno autorización para reforzar la vigilancia del cuartel de Sant Andreu, donde todavía siguen los 30.000 fusiles, con el resultado de que sea asaltado por los anarquistas.

Hay que reconocer, en todo caso, que no pocos de los actos de Companys, que vistos hoy en día parecen tan absurdos, tienen su razón de ser para un nacionalista catalán. La mejor expresión de lo que significa ser catalán y nacionalista la realizó el inventor de la cosa, Françesc Cambó, con una frase que se hizo famosa: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». Como le ocurre casi siempre a todo nacionalista, todo queda supeditado al gran objetivo nacional. Companys pudo, efectivamente, retirarse, como de alguna manera he insinuado en los párrafos anteriores. Pero no es que no lo hiciese por miedo a los anarquistas. No lo hizo, más que probablemente, por miedo a Madrid.

La historia de Madrid y Barcelona durante la guerra civil es la historia de un gran desencuentro. Madrid y Barcelona, ambos interesados en luchar contra Franco, aparecen como un matrimonio mal avenido. Tan mal avenido que, al final de la guerra, cuando el presidente de Cataluña y el de España se encuentren apenas a unos centenares de metros de distancia, en la frontera con Francia, Manuel Azaña todavía se negará a pasar a Francia en compañía de Companys, por entender que con ese gesto el catalán podría estar pretendiendo dar la imagen de que ambos son estadistas del mismo nivel.

Casi todo entre el gobierno de la nación y el gobierno de Cataluña son recelos y desconfianzas. Cataluña recela de la voluntad de Madrid de dotar adecuadamente al ejército catalán. Madrid recela de que Cataluña acepte el principio de que todo lo que haga debe hacerlo en estricta dependencia del gobierno nacional, y no poco menos que como Estado independiente. Estos desencuentros cristalizan en hechos tan vergonzosos como el robo por la Generalitat, puro y duro, de los fondos obrantes en la delegación de Hacienda de Barcelona.

Companys no dimitirá nunca por miedo a Madrid. El momento en el que es posible que lo pensara con más claridad es mayo de 1937. Un gran amigo de Companys, Ossorio y Gallardo, pasa por Barcelona, le visita y le intima para que dimita. Companys, de hecho, se lo promete, e incluso le insinúa el nombre de Lluis Nicolau D'Olwer como su sucesor. Pero, tal y como le dirá Azaña al propio Ossorio algunos días más tarde, Companys amaga, pero no da. Las gentes de su círculo estiman que no lo hace porque tiene miedo de que la respuesta del primer ministro Negrín sea nombrar un gobernador y mandar la autonomía a freír espárragos. Y eso es algo que un nacionalista catalán no puede permitir. Y es algo, además, que nos ha de servir para entender la muy especial, pastueña, relación de Companys con los anarquistas. El peligro de fagocitación de Cataluña sólo existió desde mayo del 37, es decir desde que el poder anarquista en Cataluña fue descabalgado. Companys respetaba a los anarquistas porque estos, paradójicamente, a pesar de no creer en el soberanismo catalán, que decían cosa de burgueses, eran quienes garantizaban su vigencia.

El conmilitón de Esquerra Jaume Miravitlles ha retratado la Cataluña de los inicios de la guerra civil con estas palabras: «A las cuarenta y ocho horas del estallido, ya no regía el gobierno de Cataluña. Patrullas armadas anarquistas y socialistas capturan los cuarteles y la Maestranza. La ciudad era suya. Una auténtica fuerza revolucionaria, apoyada por la escoria de la sociedad, que infesta todo gran puerto, dictaba las leyes». El 23 de julio, en un intento por controlar la cosa, la Generalitat crea las milicias ciudadanas; cuerpo que, sin embargo, está gobernado por un Comité de Enlace y Dirección que, según reza el artículo cuarto del decreto de creación, contará con la presencia de «los representantes de las fuerzas obreras y organizaciones políticas coincidentes en la lucha contra el fascismo». Así pues, Companys coloca a la zorra para que se vigile a sí misma.

Hasta el 27 de septiembre, y aún existiendo formalmente el gobierno de la Generalitat, quien manda en Cataluña es el Comité de Milicias Antifascistas, dominado por los anarquistas. En dicho día, el Comité se disuelve, pero casi el mismo tiempo tres cenetistas, Juan P. Fábregas, Juan J. Domenech y Antonio García Birlán, entran en el gobierno catalán.

Existe la tentación de contar la Historia de Cataluña en la guerra civil como una sucesión de agresiones más o menos taimadas por parte del gobierno de la nación hacia el gobierno catalán. Es tesis muy repetida, por ejemplo, en los libros de recuerdos de las gentes de Barcelona. Y no les falta razón. Madrid, que nadaba en oro, estuvo con Cataluña cicatera y desconfiada, por ejemplo a la hora de mandarles aviones, que el frente catalán necesitaba como el comer butifarra blanca. Pero también debe tenerse en cuenta que Companys no hizo nada por rebajar esa tensión. A pesar de ser tan equilibrado en lo personal, su radicalismo político le llevó a aprovechar cada centímetro para mejorar la autonomía catalana en un momento en el que coordinación era lo que hacía falta (sin mencionar que tampoco hizo nada serio por acabar con el impresentable caos ácrata). Sólo así se entiende que en el gobierno catalán de 1 de agosto (en el que Companys cede el puesto de máximo responsable a Joan Casanovas; aunque éste, clarividente, le dirá: «No me das nada, porque nada hay») se nombre nada menos que un conseller de Defensa, en la persona de Díaz Sandino. Las comunidades autónomas no tienen ministros de defensa porque la defensa, hoy como en la Constitución del 31, está reservada al Estado español soberano. Con ese nombramiento, la Generalitat está sustantivando su voluntad, ya expresada en el 34, de ser una república libre federada a la república española.

Companys juega en los sucesivos gobiernos catalanes como un tahúr con media baraja, es decir combinándola según la circunstancia del momento. En el gobierno de agosto dará entrada al PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya; en Cataluña, socialistas y comunistas soviéticos se habían fusionado). Cuando la CNT proteste, el 5 de agosto habrá nuevo gobierno del que dimitirán los tres pesuqueros Ruiz Ponseti, Vidiella y Comorera. El 26 de septiembre Casanovas, que está hasta los pelos de los anarquistas, dimite y le sustituye Tarradellas. En este nuevo gobierno entran de nuevo dos ministros del PSUC, pero se compensa dando entrada al poumista Andreu Nin en Justicia. Que durará apenas dos meses, puesto que el 14 de diciembre es cesado y sustituido por Vidiella, del PSUC.

En todos estos movimientos adivinamos la yenka de Companys: izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos tres! El lampedusiano Companys lo mueve todo para que nada cambie, porque necesita de todos: de la CNT, que tiene el poder en las calles, en los pueblos, en Aragón, donde está imponiendo la colectivización a cristazos; y del PSUC, porque el PSUC, cada vez más, es la correa de transmisión con el gobierno de Madrid, poderoso y más capaz, porque tiene el oro. Un historiador tan poco sospechoso de catalanista o progresista como Ricardo de la Cierva ha dicho de Companys que era un hombre-puente. En mi opinión, lo que era más era uno de esos hombres que, según reza el saber popular, cree que podrá engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Companys creía que Madrid le había dado a Cataluña independencia absoluta a causa de la guerra. Así lo dijo en alguna entrevista periodística que se le hizo en el 36. Y es difícil de saber si esta apreciación por su parte es un fallo de cálculo, simple estupidez o un discurso que él sabía hueco, porque lo cierto es que ni Largo Caballero ni Negrín, uno por marxista de libro y el otro porque eran los marxistas de libro (comunistas) su principal apoyo, jamás creyeron en la necesidad de otorgar autonomía a Cataluña o a Euskadi en tiempos de guerra; y por lo que se refiere a Azaña, son tantos los puntos de sus diarios en los que derrama una absoluta displicencia hacia las pretensiones catalanistas que bien se podría hablar de tsunami retórico antinacionalista.

En una de esas entrevistas periodísticas, apenas un mes después de comenzada la guerra, Companys dijo: «[los catalanes] cuando todo haya terminado, esperamos retener la mayor libertad que el momento ha puesto en nuestras manos». Esta frase nos dice algo sobre la lectura estratégica de Companys. Pensaba en la guerra, pero también pensaba en otra cosa. Parafraseando a Cambó, quizá pensaba: «¿Victoria? ¿Derrota? ¡Cataluña!» Para el catalanismo soberanista de la Esquerra, la guerra era triste y jodida; pero no por eso dejaba de ser una oportunidad para afianzar el autogobierno.

Conforme avanza el verano del 36, las deudas implícitas en el matrimonio del catalanismo con el anarquismo van aflorando. La CNT y la FAI son malos compañeros de viaje para cualquiera que quiera algunas dosis de orden, porque los anarquistas quieren hacer la revolución; al contrario que los comunistas, que prefieren ganar la guerra primero, para los anarquistas revolución y guerra con procesos paralelos, tal vez incluso el mismo proceso. Esto mina, rápidamente, el crédito de la República en general, y el de Cataluña muy en particular porque en aquel entonces Barcelona ya era parada y fonda de la mayoría de los foráneos que recalaban en España. Por eso Companys, en declaraciones a la prensa, llama inútilmente a la sujección de toda medida de fuerza a las decisiones del Tribunal Popular, y amaga con dimitir. Pocos días después, el 17 de septiembre, hace unas declaraciones a un periódico canadiense que son una defensa cerrada de los anarquistas, a los que alaba por haber abierto 102 escuelas en los dos meses de guerra. Ése es Companys: el lunes eres un cabrón, el martes tú protestas, y el miércoles va y dice que eres un santo. La yenka.

En esos tiempos, mediados de septiembre, Pasionaria pasa por Barcelona y Companys, que la recibe, le dice que está rodeado de cobardes, protesta contra la FAI y amenaza con dimitir. Pero, una vez más, está haciendo lo que el famoso disco de los Kinks: give the people what they want. Le está diciendo a la sanguínea líder comunista lo que ésta quiere oír. Ni dos meses después, en un acto económico, pronunciará estas palabras, bien diferentes: «Yo, Lluis Companys, Presidente de la Generalitat de Cataluña, estoy aquí no por ser quien era sino porque lo han querido las organizaciones proletarias. Cuento por tanto con el apoyo de los trabajadores de Catalunya. Si no lo tuviera, me marcharía (...) Utilizadme, si yo, demócrata y republicano, puedo aportar un sentido de responsabilidad a la obra de advenimiento de la clase trabajadora, por el clima social que represento. Utilizadme. Cuando ya no me necesitéis, exprimido como un limón, arrojadme al arroyo y proseguid vuestro camino».

Acojonante. Un presidente, que lo es por los votos de los catalanes, de todos los catalanes, ya sólo se considera tal por el apoyo de las organizaciones proletarias. Y lo acepta. Y no sólo lo acepta, sino que asume que está siendo utilizado por éstas hasta que no les sea útil.

Con la llegada del otoño del 36, sin embargo, a Companys le llegará un balón de oxígeno. El mismo balón de oxígeno que alimenta a todo nacionalista periférico: Madrid.

martes, marzo 16, 2010

Desmemoria de la Historia

El disidente soviético Víctor Kravchenko, en su libro Yo escogí la libertad, describe una imagen pavorosa de la hambruna ucraniana: un ama de casa rural de aquel país hirviendo excrementos de caballo. Los caballos, es sabido, tienen la boca muy grande y no han leído ninguno de los libros escritos por eminentes nutrólogos donde se dice que lo sano es masticar la comida muchas veces. Así pues, brutos como son, los caballos comen a mogollón, bocao a bocao, y esto hace que traguen, a menudo, pequeños frutos enteros, los cuales, a veces, son sólo parcialmente procesados por sus estómagos, con lo que terminan en sus intestinos, relativamente incólumes, mezclados con el resto de la mierda.

La mujer del libro de Kravchenko hervía dicha mierda buscando que el agua separase esos frutos razonablemente sólidos, para así poder comérselos.

Millones de personas en Ucrania fueron condenadas por el DTV (Demócrata de Toda la Vida) Josif Stalin a estos extremos de hambruna. Paradójicamente, en una de las áreas del mundo que es un granero natural. Todo ello, en aras de un proyecto: la construcción de la URSS.

Ya he escrito en este blog que la gestión de las nacionalidades no fue precisamente el fuerte de los dirigentes soviéticos. La combinación de su carácter rusocéntrico y la esencia antinacional del comunismo auténtico (un buen comunista, por mucho que apoye en aras de la libertad a las nacionalidades, es internacionalista y clasista; así pues, un comunista vasco debería identificarse antes con un obrero vietnamita que con un tendero de Getxo) hizo que una de las labores de la construcción de la URSS fuese doblegar a aquellos territorios que, en su seno, querían seguir siendo particulares.

A esto se une, o se cruza como en los segmentos secantes, la lucha contra el campesinado. Los campesinos, por esencia fuertemente ligados a la tierra y renuentes a renunciar a su propiedad, fueron uno de los grandes obstáculos para el desarrollo de la revolución. Para poder sacar adelante su proyecto soviético, Vladimir Lenin, en quien ahora muchos quieren ver el germen de un demócrata (como hay gente que quiere ver lo mismo en José Antonio Primo de Rivera; y es que, como cantaba la canción procaz, son distintas las maneras/que tienen de purgarse las porteras, véase post scriptum), ordenó y ejecutó una política de apiole masivo del campesino que se obstinaba el seguir siendo propietario, el kulak.

¿Por qué Ucrania? Pues, simple y llanamente, porque en Ucrania se juntaban ambas cosas. Ucrania era el punto en el que los dos segmentos se secaban. A los ucranianos les jode poderosamente que los occidentales, en generalización propia de la distancia, los llamemos rusos. Ellos tienen su propia nacionalidad y la querían seguir teniendo. Y ese movimiento social, además, era un movimiento básicamente rural porque en la Ucrania de hace ochenta o noventa años, haber haber, lo que había eran agricultores y ganaderos.

En los años 1932 y 1933, con el objeto de doblegar esta resistencia rural-nacional, el padrecito Stalin sometió a Ucrania a una hambruna que, a mi modo de ver, calza como un guante en la calificación de genocidio. Desde el poder sostenido a base de represión, el Kremlin se llevó, literalmente, todas las cosechas ucranianas, castigando al pueblo ucraniano sin cena para que se fuese enterando de quién mandaba.

El propio Stalin le confesaría a Winston Churchill que en la broma habían muerto, literalmente de hambre, diez millones de ucranianos. Pudieron fácilmente ser menos, pero en todo caso no bajaron de cuatro millones. Piénsese en la cifra. En el Bernabéu caben, creo, 90.000 personas. Piénsese en 44 estadios Santiago Bernabéu, construidos uno detrás de otro, y todos ellos petados de cadáveres, muertos de hambre.

La hambruna de Ucrania contó, además, con importantes complicidades intelectuales en Occidente. Por ejemplo, el periodista americano Louis Fisher, muy querido por algunos estudiosos de la guerra civil española (era amigo de Negrín), el cual, en marzo de 1935, publicó en Estados Unidos un artículo que comenzaba con este primer párrafo (traducción propia): «He estado leyendo las historias de Thomas Walker en el New York Evening Journal y otros periódicos de la cadena Hearst acerca de la hambruna en la Ucrania soviética. Estos cuentos y las fotos que les acompañan son tan fantásticos e irreales, y tan distintos de la Ucrania que yo he vistado en julio y agosto de 1934, que me alimentaron las sospechas».

(I have been reading Thomas Walker’s stories in the New York Evening Journal and other Hearst Newspapers about famine in Soviet Ukraine. These tales and accompanying photographs are so fantastic and unreal, and so unlike the Soviet Ukraine which I visited in July and August of 1934 that my suspicions were aroused.) El artículo completo, en inglés, está aquí.

A Stalin, por lo tanto, no le faltaron amiguitos que en Occidente dijesen que todo era mentira, que ellos habían estado allí y que no habían visto nada. Que Ucrania era el mundo cascada de colores/mágico mundo de colores.

Viene a colación esta historia porque hace muy pocos días, en la Comisión de Educación del Congreso, se ha debatido una proposición para que este asuntillo de la hambruna ucraniana fuese incluido en los currículos escolares, supongo que en la asignatura de Historia. La propuesta no prosperó por los votos unidos del PSOE y del resto de grupos a su izquierda. Por lo que he podido leer, estos grupos se han apresurado a decir que no cuestionan la gravedad de los hechos, pero que votaron en contra por un hecho formal, y es que el Congreso no es quien debe decidir qué materias se estudian en las escuelas. Valiente disculpa. Como si fuera la primera vez que el Congreso, o cualquier otra Asamblea política, aprobase proposiciones estéticas, con escaso poder ejecutivo pero alto significado simbólico. ¿Acaso no se aprueban mociones solicitando la libertad para el Kurdistán o la salvación para la foca monje?

¿Qué les das, Iosif Visarionovich Dzhugashvili, qué les das?



PS:

La portera
de mi casa
se purga con clorato de potasa.
En cambio
la de enfrente
se purga con clorato efervescente.
Son distintas las maneras
que tienen de purgarse las porteras.

Bada badún
badún, badún badún badera...

lunes, marzo 15, 2010

El doctor Comas Llabería

En algunos comentarios que se han ido haciendo a diversos post ha surgido la figura del español nula o escasamente recordado por la Historia. Sabido es que no sería la primera vez que me quejase de la poca admiración que sentimos por las personas que han hecho cosas grandes en nuestro país.

Así pues, he resuelto ir, de vez en cuando, rescatando de mis lecturas nombres de personas de las que sabemos poco o nada y que, en mi opinión, merecen un homenaje. Os animo a que me hagáis llegar propuestas (y si son textos, mejor).

Hoy quiero hablaros de un hombre que fue un pionero y que lo dio todo por la ciencia. Motivos más que suficientes para que tuviese un reconocimiento de su Barcelona natal muy superior al que tiene. Me refiero al doctor César Comas Llabería.

A finales del siglo XIX, esto es bien sabido, el físico alemán Wilhelm Roetgen descubrió los rayos X. Esto, como digo, es bien sabido. Lo que ya no es tan sabido es que la primera sesión experimental de esta tecnología en España se celebró en Barcelona apenas dos meses después de aquel descubrimiento. Y se celebró gracias a los oficios de un estudiante de Medicina.

César Comas era estudiante de quinto año de Medicina en la universidad de Barcelona, pero tenía otra afición, fundamental para entender la importancia de los rayos X y para estar tan al cabo de la calle de su desarrollo como para apenas ocho semanas después de su descubrimiento estar ya experimentando con ellos: la fotografía. De hecho, en 1895, año en que cursaba su quinto año, César Comas llevaba tres siendo el fotógrafo de la Facultad de Medicina.

En diciembre de 1895, Comas tuvo rápida noticia de la comunicación presentada por Roetgen ante la sociedad de Física y Medicina de Würzburg, la ciudad donde enseñaba, y en la cual explicaba las características de los rayos X. Inmediatamente, Comas albergó el proyecto de obtener por sí mismo imágenes fotográficas de sólidos opacos a la luz normal.

El 2 de febrero de 1896, en el laboratorio de la cátedra de Análisis Químico del profesor Casares, en la facultad de Farmacia, Comas llevó a cabo sus primeros experimentos privados, experimentos que continuaron los días 10 al 23 de dicho mes, ya en el laboratorio de fotografía de la facultad de Medicina. Por lo que he podido leer, utilizó un tubo de Crookes, que no sé muy bien lo que es pero sé que entonces no era fácil de conseguir y que fue aportado por el catedrático de Física Tomás Eschiche Mieg.

El éxito alcanzado durante todos estos experimentos generó la celebración de una sesión pública a primeras horas de la tarde del lunes 24 de febrero de 1896, que se convirtió en la primera sesión de rayos X producida en España. Se celebró en el entonces antiteatro de la facultad de Medicina (en el antiguo hospital de la Santa Cruz y de San Pablo, en la barcelonesa calle del Carmen). Por lo que se sabe, la celebración de la demostración tuvo que vencer diversas oposiciones de los rectores de la facultad, los cuales encontraban aquello exótico y difícil, máxime, supongo, viniendo de alguien que ni siquiera era todavía médico.

Comas colocó el tubo de Crookes sujetado con una pinza aislante y conectado a un carrete de Ruhmkroff. Luego tomó una plancha taladrada de zinc, que colocó sobre un papel negro que protegía una placa fotográfica. Todo este conjunto fue colocado en una caja gruesa de cartón sobre la cual colocó una tabla de madera. Colocando el tubo de Crookes sobre la caja, hizo circular por él la corriente eléctrica, generó los rayos X y provocó que la inscripción de la placa de zinc (Facultad de Medicina de Barcelona, y la fecha de la sesión) se imprimiese en la placa fotográfica.

Fue una larga sesión de rayos X: 35 minutos. Finalmente, el doctor Comas procedió al revelado de la imagen allí mismo y, al mostrarse la foto de la placa, obtuvo una cerrada ovación.

Cuando terminó su carrera universitaria, el doctor Comas y un pariente suyo, el doctor Agustín Prió Llabería, se convirtieron en unos de los primeros radiólogos de España. En abril de 1898 establecieron en Barcelona su consulta, que entonces se llamaba gabinete de roetnología. Los testimonios que he leído nos dicen que ambos doctores pusieron siempre sus instalaciones a disposición de los hospitales que, lógicamente, por aquel entonces aún no tenían instalaciones propias de radiología.

He dicho, al principio de este post, que el doctor Comas lo dio todo por la ciencia. Y es verdad. Él, como otros médicos que investigaron los rayos X, sospechó, desde el primer momento, que dichos rayos no podían ser completamente inocuos para el ser humano. Con frialdad de científico, resolvió tomar sus prevenciones, pero no para protegerse de esos males, sino para descubrirlos. Los dos socios convinieron que el doctor Comas utilizaría siempre la misma mano, la izquierda, para las manipulaciones tras la pantalla radioscópica; mientras que su primo, el doctor Prió, utilizaría la derecha.

Sus sospechas se confirmaron. Al cabo de los años, el doctor Prió sufrió en su mano derecha un epitelioma maligno por el cual le fue amputado el brazo. Aún así, la enfermedad se había extendido ya, y le costó la vida. El doctor Comas, por su parte, sufrió dolencias parecidas en su mano izquierda, debiéndosele ser también amputado el brazo, aunque en su caso la enfermedad no se extendió. Murió en 1956, a los 82 años de edad.

Ni qué decir tiene que la radiología médica ha ayudado a salvar en los últimos cien años mogollón de vidas. Quizá por eso, más recuerdo del que yo creo que tienen merecerían estos doctores barceloneses, que dieron, uno la vida, y el otro un brazo, por el bien común.

El doctor Comas, según señalan insistentemente las investigaciones que sobre él se han realizado y he podido consultar, así como la propia prensa de la época, murió en la pobreza casi absoluta.

Sic transit gloria mundi.

viernes, marzo 12, 2010

Alicante

En los primeros días de marzo de 1939, perdida ya Cataluña y empujada una parte relevante de la fuerza militar de la II República española más allá de los Pirineos, la guerra civil ya tenía un ganador claro. Mi opinión personal, que no deja de ser la opinión de alguien a quien la Historia bélica no se le da muy bien, es que la guerra estaba de hecho perdida ya desde el otoño del 37; eran ya demasiadas las carambolas que tenían que ocurrir a la vez para que el signo de la partida pudiese cambiar. Pero por perder la guerra debemos entender, no lo que un observador más o menos avizorado pueda decir siete décadas después, sino la verdadera impresión general del momento.

miércoles, marzo 10, 2010

Cuando no hay salida

Cuando no hay salida, absolutamente ninguna, se produce la tristísima realidad del suicidio. Suicidarse, es decir acabar con la vida propia, es una de las cosas más tabú de nuestra sociedad. Desde las personas individuales hasta los medios de comunicación, todo el mundo oculta el suicidio como realidad y, quizá por eso, es una realidad difícil de aprehender.

Por ejemplo: ¿vosotros sabríais decirme cuánta gente se suicida en España hoy en día?

Pues os quitaré la curiosidad: una persona cada dos horas y media, aproximadamente. Según el INE, en el año 2007 algo más de 3.200 personas fallecieron por suicidio o lesiones autoinflingidas.

Y la segunda pregunta: eso, ¿es mucho, o es poco?

Para contestar dicha pregunta, podríamos acudir a la comparación internacional. Pero eso es para otro tipo de blogs. Este es de Historia, así pues, y en consecuencia, este esforzado amanuense, sin cobraros IVA ni nada por ello, se ha picado picadito los datos de los fallecidos por suicidio en los primeros 94 años del siglo XX. ¿Por qué 94? Pues porque a partir de ese año, más o menos, los datos de las defunciones por causa de muerte están colgadas año a año, y me rallaba un poco tener que ir bajándome ficheros uno a uno para coger tan sólo un par de datos.

La serie histórica, tal y como queda, es tal que así:




De estos datos cabe hacer una interpretación epidérmica bastante sencilla. En los primeros años del siglo XX, los españoles se suicidaban poco, tal vez porque eran pocos o porque se morían tan pronto que no tenían tiempo de matarse a sí mismos. La cosa cambia radicalmente en los albores de la cuarta década del siglo, justo cuando se proclama la II República (y la supercrisis económica del 29, que yo creo que es bastante más responsable de esta tendencia que los hechos políticos). La Guerra Civil parece ser algo parca en suicidios, probablemente a causa de la enorme gama de posibilidades de morir que siempre alumbra una guerra (aparte las naturales dificultades de hacer estadísticas fiables); pero en la inmediata posguerra se produce un repunte muy breve pero muy brutal, hasta el punto de que el volumen de suicidios al inicio de los cuarenta no se vuelve a ver hasta mediados de los ochenta. Por último, el franquismo marca una tendencia suavemente descente en los suicidios, que repuntan al iniciarse la década de los ochenta, con subidas muy bruscas.

No obstante, el número bruto de suicidios no es una cifra muy fiable. Así que para afinar un poco más, lo que he hecho ha sido calcular la tasa de prevalencia de los suicidios sobre el total de fallecimientos, en tanto por 1.000. Esto es: número de suicidios por cada 1.000 fallecimientos totales. El resultado es un tantico sorprendente.


La serie histórica de la ratio confirma el carácter notablemente dramático de la crisis del 29 y la República sobre los suicidios en España, aunque matiza notablemente el pico de la posguerra. A mi modo de ver, nos viene a decir que en los primeros años cuarenta hay muchos suicidios porque hay muchas muertes en general, probablemente como consecuencia de la pobreza generalizada y la represión política.

Observar la ratio, en todo caso, matiza mucho, a mi modo de ver, la impresión primera de que los años del franquismo (tramado en rojo en el gráfico) marcaron un descenso de los suicidios. Así vistos, lo que muestran éstos es cierta tendencia a subir y, además, a colocarse en «suelos» del entorno de 6 suicidios por cada 1.000 fallecimientos, estratosféricamente superiores a lo observado con anterioridad.

Con todo, lo que la ratio confirma es que, claramente, los años de democracia (en verde) y muy especialmente la década de los ochenta, marcan un repunte de la situación hacia límites realmente desconocidos en el pasado reciente.

¿Por qué? Bueno, eso es pregunta para sociólogos, porque conocen la materia; y, en ausencia de éstos, para actores y cantantes, porque a éstos les da igual Juana que su hermana y tienen opinión de lo que caiga. Como ninguno de los tres es mi caso, no sé si decir algo; pero creo que echaré mi cuarto a espadas.

Es evidente que no es la democracia en sí lo que es tóxico para la estabilidad emocional y psicológica de las personas, hasta el punto de disparar su tasa de suicidios. Sí lo es, más bien, el hecho de que las dictaduras parecen ejercer en muchas capas de la población el efecto sedante de aportarles un modo de vida reglado, predecible, en el que se sienten cómodos; y, al fin y al cabo, los regímenes de libertades no hacen sino romper esa estabilidad. La democracia de los años ochenta significó reconversión industrial; significó, ahora que tanto se habla del tema, reformas en el sistema de pensiones (que forzaron la retirada del Parlamento del secretario general de la UGT, Nicolás Redondo padre, hasta entonces diputado del PSOE); significó un entorno laboral en el que eso del contrato y la empresa para toda la vida se fue el garete. También cabe preguntarse si es que eso de que la mujer haga lo que quiera no ha puesto al hombre de los nervios y/o no ha colocado a la mujer ante problemáticas que joden bastante.

Otra vía de pensamiento, creo yo que más acertada (al menos intuitivamente) se basaría en considerar que los tiempos políticos, en nuestro caso, vienen a coincidir, casi por casualidad, con corrientes evolutivas sociales más profundas, que nos habrían pillado de una forma u otra. Según esta hipótesis, la creciente importancia de los suicidios en las muertes registradas por la población española estaría más correlacionada con el hecho de que la vida, en general, se ha hecho más difícil. Éste es un factor que recuerdo bien que, cuando yo era un crío, en los años sesenta, se señalaba mucho de los Estados Unidos: un país donde era extremadamente importante tener dinero y capacidad de consumo, lo que provocaba que quienes no alcanzaban dichos estándares fuesen unos, por así decirlo, hiperfracasados. ¿Se habrá convertido España en un sistema social que expulsa a sus fracasados, abocándolos, en proporciones históricamente desconocidas, al suicidio?

Se podría pensar: es que, mal que nos pese, la tasa de suicidio no deja de ser cierto signo de desarrollo. En apoyo de esto, siempre se puede aducir la famosa leyenda urbana, que mi experiencia me dice que hay cienes y cienes de personas que creen a pies juntillas, de que Suecia es el país más suicidal de Europa y tal vez del mundo. Lo malo es que la dicha leyenda es mentira. En el año 2007, se mataron 11,4 suecos por cada 100.000 habitantes. Esta tasa es desde luego superior a la de España (6,1). Pero empalidece ante la mostrada por países como Lituania (28), Hungría (21,4) o Eslovenia (18,4). Eso sí, en las estadísticas se observa que los países con menor prelación del suicidio son mediterráneos: Chipre (2,2 suicidados por cada 100.000 habitantes) y la quebrada Grecia (2,6). Si tenemos en cuenta que la tasa italiana es también muy baja (5,2), plugue que nos preguntemos si no será que los mediterráneos se suicidan menos.

En todo caso, parece claro que en el último cuarto de siglo hemos trepado, y no es, desde luego, buena noticia esta trepada. Quizá debiéramos cantar, con Presuntos, aquello de ah/cómo hemos cambiado...

domingo, marzo 07, 2010

Vita Pauli (y último apéndice: los reyes)

Bueno, pues que parece que os va la marcha, aquí os dejo un segundo, y último, apéndice a la vida de Pablo de Tarso, dedicado a las vicisitudes políticas de Judea en los tiempos inmediatamente anteriores a Jesús. Que la disfrutéis.

Aviso de que el pdf completo de Vita Pauli está ya colgado en la biblioteca. En lo alto del menú de la izquierda tienes el vínculo para llegar allí.

El rey histórico más antiguo que es citado en la Biblia es Darío. Por lo tanto, los exégetas siempre han creído que algunos de los escritos del Viejo Testamento datan del tiempo en que Judea era parte del imperio persa. Entre el imperio persa y la dominación romana, que es la verdadera gran protagonista de los tiempos de Jesús, ocurre la dominación del imperio macedonio alejandrino. Como supongo que sabréis, tras la temprana muerte de Alejandro Magno, sus generales se dividieron su imperio creando con ello varias dinastías reales, la más importante de las cuales fue la de los ptolomeos en Egipto, que tuvo por capital Alejandría; seguida del imperio fundado en el 312 antes de Cristo en Siria por Seleuco I, con capital en Antioquía, y que conocemos como dinastía seléucida. Judea fue ptolemaica hasta el 198 antes de Cristo, año en el que la victoria seléucida en Paneion hizo que cambiase de manos.

En el 198, los seléucidas se las prometían muy felices, pero lo cierto es que estaban a punto de chocar con el primo de Zumosol. Ocho años más tarde, en la batalla de Magnesia, fueron derrotados por los romanos. La posterior Paz de Apamea dejó al imperio seléucida sin sus posesiones en Asia Menor y, además, le impuso unas reparaciones de guerra tan costosas que forzaron la caída de sus reyes en la corrupción. Dado que este proceso coincide en el tiempo con el fin de la costumbre de reservar el sumo sacerdocio judío a la dinastía zadokita, la intensa necesidad de dinero de los reyes seléucidas influirá notablemente a la hora de encumbrar a dicha posición a tipos no muy religiosos, pero ricos.

Antíoco VI Epífanes, que como su propio sobrenombre indica se creía la encarnación de Zeus en la Tierra (sólo superado, algún siglo más tarde, por Cayo Calígula, que se creía Zeus mismo), intentó anexionar Egipto a su imperio para volver a ser grande, pero fue frenado por los romanos en el 168 AC. En Jerusalén, las noticias de su derrota animaron a los puristas a intentar derribar al sumo sacerdote Menelao, bastante helenizante, en la persona de Jasón, hermano de Onías III y, por lo tanto, descendiente de la estirpe de Zadok. La rebelión hizo aque Antíoco considerase a Jerusalén una ciudad traidora y, a su vuelta, la saquease, Templo incluído.

Así las cosas, Jerusalén fue declarada ciudad no judía (manda huevos) y su templo, aún controlado por Menelao El Pelota, dedicado a Zeus Olímpico. Como resultado, todos los judíos se levantaron como un solo hombre, y encontraron como líderes a Matatías, sacerdote asmodeo, y sus cinco hijos, entre los cuales sobresalía Judas Macabeo. La enorme habilidad de este último como jefe militar de guerrilla hizo que, finalmente, los planes helenizantes hubieran de ser abandonados, y el Templo dedicado de nuevo al culto de su Dios. En todo caso, los asmodeos no se quedaron tranquilos con esta victoria, y continuaron la lucha hasta el año 142 AC, cuando el último hijo vivo de Matatías, Simón, consiguió la plena autonomía de Judea. Los judíos eligieron a Simón como su líder político y religioso «por siempre, hasta la llegada del Mesías».

Simón el asmodeo y su descendencia habría que abrir una etapa de más o menos un siglo de gobierno autónomo de Judea y de ocupación del sumo sacerdocio. Su hijo, Juan Hircano, unió al reino Idumea, Samaria y parte de Galilea. Sus hijos Aristóbulo y Alejandro Janeo continuaron el expansionismo judío hasta que el reino de Judea casi alcanzó el tamaño que había tenido en los good old days de David y Salomón. Estos últimos miembros de la dinastía simoníaca, además, adoptaron el título de rey. Rey de los judíos, como rezaba el sarcástico cartel que había sobre la cabeza de Jesús cuando fue crucificado.

El problema para la monarquía simoníaca es que su último miembro, Sandrito, había montado un Estado militar imperialista de tales dimensiones que tenía al país agotado. A su muerte, ocurrida en el 76 AC, fue sucedido por su hermana, Salomé Alejandra; con su hijo mayor Hircano II ocupando el sumo sacerdocio y el más joven, el muy ambicioso Aristóbulo II, la capitanía general del ejército. En el 67 AC, a la muerte de Salomé, ambos hermanos se enfrentaron en una guerra civil. En realidad, Hircano no era sino la fachada que estaba utilizando el noble idumeo Antipater para llevar a cabo sus ambiciones de descabalgar a los asmodeos y hacerse con el reino. Antipater se dio cuenta de que el que manda, manda; así, cuando en el año 63 Pompeyo se presentó en la zona procedente de la guerra contra Mitrídates, rey del Ponto, y para anexionar Siria al imperio romano, en lugar de enfrentársele, como hizo Aristóbulo, se puso de su lado. De esta manera, consiguió que el bello e infatuado Pompeyo le hiciese el trabajo sucio, esto es someter a Jerusalén a sitio y someterlo, anexionando Judea al imperio. Pompeyo llegó a Judea teniendo poderes absolutamente plenos, que le habían sido concedidos por la Lex Manilia. Estaba tan seguro de sí mismo (bueno, la verdad es que siempre fue así de chulo) que cuando se enteró de que en el Templo judío había un sancta sanctorum en el que nunca entraba nadie, salvo el sumo sacerdote el día del Yon Kippur y tras siete días de purificación, se empeñó en visitarlo personalmente. Y lo hizo.

Hircano II fue confirmado en el sumo sacerdocio de la provincia romana de Judea, con Antipater manejando los hilos detrás de él. En los siguientes años, Antipater se trabajó a los romanos y muy especialmente a Julio, el cual le hizo ciudadano de pleno derecho y lo nombró prefecto de Judea. Consiguió sobrevivir políticamente al asesinato del César, pero fue asesinado en el año 43 AC, con lo que su labor debió ser continuado por su hijos Fasael y Herodes. Cuando Marco Antonio adquirió el control de la zona tras la batalla de Philippi, los nombró co-tetrarcas.

Dos años más tarde, en el 40, los partos invadieron Judea y colocaron un rey asmodeo, concretamente Antígono, hijo de Aristóbulo II. Fasael Antipater fue capturado y asesinado, pero Herodes Antipater huyó a Roma, donde el Senado lo proclamó rey de los judíos. En el año 37, con la ayuda del ejército romano, Herodes Antipater entraba en la Jerusalén reconquistada.

Herodes Antipater, que reinaría 33 años, hizo todo lo posible porque los judíos no le viesen como un idumeo usurpador. Repudió a su mujer, Doris, para poder casarse con Marián, la nieta de Aristóbulo. Pero aún así no consiguió ser querido por sus súbditos. Además, tenía el problema de que una de las mayores amigas de Cleopatra, la faraona de Egipto, era Alejandra, hija de Hircano y suegra de Marián. Cleopatra, que estaba en ese momento en lo mejor con Marco Antonio, ambicionaba que Judea volviese a ser, como en los viejos tiempos, parte del imperio egipcio, y trataba de convencer a su novio de que la apoyase, lo cual amenazaba con destrozar a Antipater.

En el año 36, siempre intentando llevarse bien con los judíos, y sobre todo con Alejandra, Herodes accedió a nombrar a Aristóbulo III, hijo de Marián y por lo tanto hijastro suyo, sumo sacerdote. El pobre Aristóbulo, sin embargo, se ahogó algunos meses después mientras se bañaba. No fueron pocos los que creyeron que su padrastro había tenido algo que ver. Marián, indignada, habló con su suegra, ésta con Cleopatra y ésta con Marco Antonio, quien accedió a investigar el hecho.

Afortunadamente para Antipater, que fue imputado y conminado a presentarse ante Antonio en Laodicea, éste en paralelo, como bien sabemos, estaba conspirando junto con Cleopatra contra Octavio, el cual le mandó la flota al mando de Agripa y le infligió una derrota definitiva en Actium, el año 31. Ambos se suicidaron poco después, como también es bien sabido.

Octavio se reunió con Antipater en Rodas y, contra lo que éste pensaba (al fin y al cabo, había sido uno de los aliados de Marco Antonio), le confirmó como rey de los judíos e incluso le otorgó alguna tierra más, como la comarca de Jericó.

Herodes Antipater fue un buen administrador y constructor, que mejoró las instalaciones de Jerusalén y construyó algunas fortalezas defensivas, entre las cuales se encuentra la de Masada, que acabaría siendo crítica para la identidad judía porque ahí se inmolarían decenas de zelotes rodeados por los romanos.

Su política, además, había sido la de no buscar enfrentamientos con el fundamentalismo judío. Ni siquiera tomó medidas contra los ciudadanos, sobre todo fariseos, que rehusaron realizar el juramiento de fidelidad a su persona que instituyó en el 17 AC. Pero en sus últimos años esto fue cambiando y los castigos a los actos farisaicos fueron siendo cada vez peores.

Herodes declaró herederos suyos a Aristóbulo y Alejandro, ambos hijos suyos con Marían y, consecuentemente, al menos medio asmodeos, lo cual hacía fue que fueran mejor vistos por los judíos ortodoxos que su propio padre. No obstante, a ambos los ejecutó en el año 7 AC por conspirar contra él; algo que ya había hecho con su madre años antes. En estas circunstancias, Herodes tuvo que asociar al trono a Antipater, su primer hijo, fruto de su matrimonio con Doris, la mujer en su día repudiada por él. Sin embargo, a éste también lo despojó de todos sus oropeles, también por sospechas de conspiración.

Antipater se estaba quedando sin herederos. Literalmente, tenía que optar por las sobras. Y las sobras eran el joven Herodes, hijo de la conocida como segunda Marián, hija del sumo sacerdote Simon Boethus, con la que se había casado el rey en el año 23 tras apiolarse a la primera Marián. Pero en el año 5 también este Herodes cayó en desgracia; Herodes Antipater se divorció de su madre e incluso le quitó a Simón el sumo sacerdocio. Así las cosas, fue nombrado heredero del trono el hijo de este Herodes caído en desgracia, de nombre Antipas.

Antipas ni siquiera era hijo pata negra de Herodes; era el producto de un polvete con una esposa menor, la samaritana Maltake. Tenía un hermano mayor y más importante, Arquelao, pero por alguna razón Antipater no se fiaba de él.

Herodes Antipater murió en marzo del 4 AC; no sin antes, según los cristianos, haber decretado la matanza de los inocentes, que valiente chorrada es. Probablemente enloquecido por décadas viendo conspiraciones en todas partes, apenas unos días antes de su muerte decretó la ejecución de Herodes Antipater junior, el hijo de Marián la segunda y, en lugar de dejárselo todo a Antipas, dividió el reino en tres: a Herodes Antipas le dejaba Galilea y Peraea como tetrarca; a Herodes Arquelao le dejaba Judea, Samaria e Idumea con título de rey; y una serie de territorios al Este del lago de Galilea a Herodes Felipe o Filipo, el tercer hermano por la vía de otro matrimonio de Herodes Antipater junior, en este caso con la denominada por la Historia Cleopatra de Jerusalén (para distinguirla de la de la nariz y la leche de burra).

Los tres hermanos se fueron flechados a Roma a defender sus derechos para ser los verdaderos reyes de todo. Entre medias, un tal Judas, cuyo padre había sido ejecutado por Antipater, lanzó una rebelión en Galilea en el curso de la cual llegó a tomar la ciudad de Séforis. En Roma, Augusto confirmó los términos del testamento de Antipater, pero muy pronto, en el 6 DC, tuvo que destituir a Arquelao por los enormes problemas que causaba su etnarcado (porque le negó el título de rey), entre ellos su matrimonio con la princesa capadocia Glafira, que había sido la mujer de su medio hermano Alejandro; algo que estaba en contra de la ley judía, que prohibía, no sé si sigue prohibiendo, el matrimonio con la viuda de un hermano. Es tras esta destitución en el año 6 cuando Judea se convierte en una provincia romana bajo el mando de un prefecto.

Herodes Antipas, de lejos el más listo de toda esta panda, se las arregló para que en su tetrarcado no se le presentasen problemas a Roma. No se puede decir lo mismo, sin embargo, de sus relaciones con los judíos. Se casó primero con una princesa nabatea, hija del rey Aretas, pero pasó de ella cuando conoció a Herodias, tía suya y al tiempo hermana política, puesto que era hija de su medio hermano Aristóbulo y estaba casada con su tío Herodes Felipe (no confundir con el Herodes Felipe que recibió una parte de la herencia de Antipater; éste era ciudadano privado y vivía en Roma).

La crítica de este matrimonio, impío a ojos de los judíos, es la que le costó la cabeza a Juan el Bautista.

El principal problema que le supuso este matrimonio a Herodes Antipas fue Agripa, el hijo anterior de Herodias que estaba en Roma. En la capital del imperio, Agripa se había hecho muy amigo de Antonia y de sus hijos Druso y Claudio (el cojo tartamudo que sería emperador). Esta amistad no gustaba al emperador Tiberio y, consecuentemente, a la muerte de Druso, Agripa cayó en desgracia y fue pseudodesterrado a Idumea. Herodias le comió la oreja (y quién sabe si otras cosas) a su nuevo marido para conseguir un mejor tratamiento para su hijo, cosa que consiguió; fue trasladado a Tiberias y acabó de nuevo en Roma, donde intentó poner a Tiberio contra Antipas, pero no lo consiguió. Fue adscrito a la guardia personal de Tiberio Gemelo, donde pudo labrar una gran amistad con Cayo Calígula. No obstante, sus críticas a Tiberio dieron con él en prisión.

viernes, marzo 05, 2010

Vita Pauli: un apéndice

Aquí está. Un poco aburrido, lo avisé, pero está. como apéndice a la Vita Pauli, aquí tenéis una pequeña guía de urgencia de las diferentes maneras de ser judío en los tiempos de Jesús.

Los sumos sacerdotes

El antiguo Israel ha sido definido a menudo como un Templo-Estado. El Templo de Jerusalén, en efecto, es el centro de Israel y, consecuentemente, sus sumos sacerdotes juegan un papel importantísimo dentro del esquema religioso judío. Hasta la grave crisis producida durante el reinado de Antíoco IV, la condición de sumo sacerdote estaba reservada a una dinastía, la de Zadok. La principal función diferenciadora del sumo sacerdote se producía el llamado Día de la Expiación, que conocemos mejor por su expresión hebrea Yon Kippur, en el que podía entrar a una sala en lo profundo del templo donde sólo podía entrar él, a hacer un sacrificio a Dios como expiación de sí mismo y del pueblo de Israel. La tarea no era fácil: dado que el sumo sacerdote debía entrar impoluto, tenía que estar siete días antes aislado.

El último sumo sacerdote zadokita fue Onías III, que fue depuesto por Antíoco IV el año 174 antes de Cristo. De una forma no muy legítima, fue sustuido durante tres años por su hermano Jasón; pero tampoco éste apareció a los ojos de Antíoco como suficientemente helenista, por lo que fue sustituido por Menelao, que comienza la lista de sumos sacerdotes no zadokitas. Cabe decir, por cierto, que Onías IV, heredero de la familia de Zadok, emigró a Egipto, donde el faraón le autorizó a montar un templo judío zadokita en Leontópolis, el cual permaneció durante más de dos siglos hasta que lo clausuró el emperador Vespasiano.


Los hasidim

Éstos son un poco el origen de todo. Hasidim significa algo así como «gentes de Dios». Eran admiradores y seguidores de la Torah y, consecuentemente, deploraban la penetración tanto helenística como seléucida en los usos y costumbres de los judíos. Así pues, los hasidim eran vistos por muchos judíos, sobre todo jóvenes, como fachas amigos de los viejos tiempos. Sin embargo, adquieren gran importancia para la sociedad judía durante el torpe reinado de Antíoco Epífanes, quien pretende helenizar en exceso a la sociedad judía y, de hecho, desdibujar el concepto de una nación israelita. Antíoco sufrió la rebelión de los asmodeos, que tuvieron el apoyo incondicional de los hasidim.

Esta alianza duró más tiempo aún que los enfrentamientos, pero pronto los hasidim se separarían de la élite asmodea por causa de su intolerancia religiosa. Esto ocurrió, por ejemplo, en el año 152, con la promoción por parte de Alejandro Balas del sumo sacerdocio de Jonathan, un hombre de familia sacerdotal, pero sin suficientes plumas como para merecer la más alta magistratura religiosa.

Es en el reinado de Juan Hircano cuando la alianza entre los hasidim y los asmodeos se rompe definitivamente. Y es posible que de esta escisión nazcan los fariseos.


Fariseos

No está claro cuál es el origen de la palabra fariseo. Quienes quieren ver el origen de este grupo en la ruptura de los hasidim con el poder asmodeo consideran que la palabra proviene del hebreo perusim, separatistas; los fariseos, por lo tanto, serían el grupo resultante de la ruptura entre los puristas religiosos y la dinastía que quería reinar en Israel. Pero hay otras teorías; por ejemplo, se dice que podría querer decir algo así como «persianizadores», lo cual vendría del hecho de que los fariseos creían en algunos conceptos teológicos extraños para otros judíos, tales como la resurrección de la carne, el juicio final, así como la existencia de un reino de ángeles y otro de demonios.

Los fariseos, y aquí hay una pista de su origen de los hasidim, destacan por ser extremadamente puristas en materias como la comida, el respeto del sabbath, etc. La gran importancia de los fariseos para la sociedad judía de los tiempos de Jesús radica en que, a lo largo de los siglos, consolidan una interpretación de las leyes judías, transmitida oralmente, que acaba por tomarse por tan sagrada e infalible como las escrituras mismas. De hecho , mucho tiempo antes de que Jesús naciese presuntamente, ya estaba consolidada entre sus nacionales la idea de que toda esa tradición, que sigue todo un curso de transmisores hasta llegar a Shammai e Hillel, que fundan dos escuelas rabínicas distintas, en realidad procede del mismo Moisés. Según estas tradiciones, en el mismo acto en que Moisés recibió las leyes escritas, recibió esta tradición oral.

Por eso Jesús, en tanto que Mesías que anuncia la llegada de la Edad del Hombre y el fin de los días proféticos, choca frontalmente con el fariseísmo. Sus enseñanzas se dan de leches con el carácter sacro (inamovible) de la interpretación farisea de la ley.

De las dos grandes escuelas fariseas, la de Shammai propugnaba una interpretación estricta de la ley, mientras que Hillel era más flexible. Se ha querido ver en los pensamientos de Hillel el origen de las creencias cristianas; yo no estoy muy de acuerdo con esta afirmación, la verdad, como tampoco lo estoy con quienes quieren ver en Jesús a un esenio. La escuela hillelita es la que acabó imponiéndose, tras la guerra del año 66 después de Cristo, de la mano de Yonahan ben Zakkai, su rabino.

La estricta observancia de la pureza que propugnaban los fariseos es la que está en el origen de la radical separación entre hebreos y gentiles; incluso entre hebreos y samaritanos (la parábola del buen samaritano de los Evangelios es, a mi modo de ver, y sin género de dudas, un cuento inventado para putear a los fariseos o, tal vez, para marcar distancias con ellos).


Saduceos

Precisamente el rechazo del carácter sacro de la tradición es lo que distingue a los saduceos de los fariseos. Los saduceos, precisamente por su fidelidad exclusiva a la ley escrita, se veían a sí mismos como viejos o tradicionales creyentes, en oposición a los fariseos, que eran vistos como creyentes de cuño más nuevo; aún en los tiempos en los que el poder espiritual de Jerusalén había caído claramente en manos de los fariseos.

Los saduceos consideraban que el fariseísmo se había dejado penetrar de ideas extrañas a la ley mosaica. Entendían que la creencia en la resurrección de la carne, en un juicio final con premios y castigos, en ángeles y demonios, era una contaminación zoroastriana, y por eso algunos estudiosos creen que los llamaban «persianizadores». Otro elemento que los separaba era que, mientras que el judaísmo fariseo es tremendamente fatalista y creyente en la predestinación (otro probable detalle mesopotámico, pues las religiones de origen babilónico prácticamente no conceden papel alguno al albedrío humano), el saduceísmo cree en la capacidad individual de buscar o rechazar la salvación.

Los saduceos también tuvieron un papel político importante. Fueron un apoyo decidido de las dinastías asmodeas, cuando menos desde Juan Hircano. Flavio Josefo nos cuenta que Hircano fue primero un seguidor de los fariseos, hasta que una noche, en medio de una cena, les invitó a que le corrigiesen en todo momento en que le viesen apartarse del camino correcto. En ese momento Eleazar, uno de los fariseos invitados, se levantó, le tomó la palabra, y le dijo que, puesto que tenía escasas credenciales para ser sumo sacerdote, si tanto quería seguir el camino correcto debería retener los poderes temporales, pero dimitir de la alta magistratura religiosa. La intervención de Eleazar fue una grosería. La pretendida ilegitimidad de Hircano procedía de las sospechas de que su origen no fuese muy limpio, ya que se decía que su madre había estado prisionera de unos soldados seléucidas (o sea, que lo mismo se la habían beneficiado e Hircano, en consecuencia, podría no ser hebreo propiamente dicho). Como le ocurre a todo el mundo al que acusan en la cara de ser un hijo de puta, Hircano se mosqueó, pero todo lo que consiguió fue que Jonathan, otro comensal, se levantase para aclararle que lo que había dicho Eleazar era lo que pensaban los fariseos todos. Pues entonces, dijo Hircano, los fariseos todos, a tomar por culo. Y se acercó a los saduceos.

El saduceísmo es una tendencia sobradamente más elitista que el fariseísmo. En realidad, su práctica y mando estuvo siempre en manos de un puñado de familias, lo cual provocaba que no fueran muy populares entre el pueblo llano.

Por alguna razón que al menos yo desconozco, en torno al 90 antes de Cristo, durante el reinado de Alejando Janeo, los saduceos cambiaron de bando y decidieron apoyar el del rey seléucida Demetrio III, lo que marcó el principio del fin de su influencia política en Jerusalén. Janeo, una vez sofocada la rebelión, hizo crucificar a los 800 principales saduceos, y el resto huyeron del país en su mayoría.


Esenios

Los esenios son la tercera vía entre saduceos y fariseos. Se supone que son otra derivación de los hasidim surgida en la segunda centuria antes de Cristo; aunque también se ha querido ver en ellos a los seguidores de los llamados recabitas, unos hebreos que habrían decidido en la Antigüedad abjurar el modo de vida «moderno» y retirarse a dedicarse a la agricultura. Según Plinio, los esenios eran célibes, no admitían mujeres entre ellos (aunque Josefo cita a una subclase de esenios supernumerarios, que se casaban y tenían hijos), y no usaban el dinero. El autor latino se extraña de que en una comunidad así, en la que por definición nunca nace nadie, el número no se reduzca, sino todo lo contrario. Es, por lo tanto, fácil de sospechar que el ideal de pureza y vida aparte de los hechos del siglo era notablemente atractivo para muchas personas, así pues es razonable pensar que durante muchas décadas o centurias, los esenios tuviesen más demanda que oferta.

Plinio nos dice sobre el lugar de los esenios que infra hos Engada oppidum fuit; o sea, que debajo de ellos había estado la ciudad de Engada o Engedi. Pero ese «debajo» ha dado para mucha especulación. Caso de que el autor latino nos estuviese diciendo, que el probable, que el centro esenio estaba al norte de Engada, esto abonaría la tesis, bien conocida, de que ese centro esenio es en realidad Khirbet Qmram y, por lo tanto, los famosos judíos del Mar Muerto serían esenios.

Los esenios compartían con los fariseos su pasión por la pureza ceremonial. Pero, como ya hemos insinuado, tenían elementos muy notablemente propios, que han dado para más de una y más de dos pajas mentales de la historiografía marxista, porque guardaban todas sus posesiones en común y no tenían, propiamente hablando, propiedad privada. Tenían prohibido hacer sacrificios animales, jurar, enrolarse en la milicia o realizar actividad comercial. No tenían esclavos y montaron entre ellos una suerte de Estado del Bienestar que se ocupaba de los viejos, enfermos o discapacitados de la comunidad. Sólo los adultos eran admitidos en la comunidad.

Creían en la predestinación aún mucho más que los fariseos. Para ellos, todo estaba en manos de Dios. Creían en la inmortalidad del alma y consideraban que la vida biológica era un proceso en el cual la obligación del ser humano es caminar hacia la perfección virtuosa (un concepto sólidamente extendido entre todas las creencias espirituales, desde los eremitas hasta los budistas). Ofrecían sus sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, porque sus reglas propias de pureza eran tan estrictas que no podían hacerlo dentro de la liturgia común.

Ser plenamente admitido en la comunidad esenia era un curro de tres años. El primer año, iban a todas partes vestidos de lino blanco, algo así como el uniforme esenio, con la sola posesión de la estaca que, según dicta el Deuteronomio (23:12-14) ha de llevarse para cavar un agujero cuando el vientre aprieta, cagar dentro y luego taparlo (se ruega a los dueños de algunos perros se sirvan repasar el Deuteronomio). Finalizado el primer año, el novicio era admitido a los rituales con agua purificadora, pero no era hasta pasados tres años que podía participar en las comidas comunales.

Los esenios se levantaban antes del amanecer para recitar sus oraciones en común y trabajaban en la agricultura hasta medio día. Entonces se bañaban, se ponían el uniforme de lino y los miembros plenos participaban en una modesta colación, en la que podían hablar sólo por turnos, respetando la jerarquía. Después se ponían de nuevo las ropas de trabajo y volvían al tajo hasta la noche, cuando había una cena comunal en la que sí podían asistir no miembros.



Zelotes

Según Hipólito, los esenios se dividieron en cuatro partidos distintos, dentro de los cuales había uno que rechazaba completamente el contacto con los gentiles. Este partido fue llamado de los Zelotes o Sicarios. El modelo zelote es Phineas, de quien nos habla, por ejemplo, el libro de los Números (25) cuando describe la apostasía de los judíos de Baal-peor, que fue reprimida por Moisés con la ayuda de Phineas, que asesina a un judío que ha traído a una madianita a la que se está pasando por la piedra pómez, y luego ensarta a la madianita también, deteniendo con ello la maldición de Jehová sobre su pueblo descastado. Esa ira divina se denomina en griego zeloo o zelos, y de ahí el nombre.

Si la tradición zelote nace de la historia de Phineas, que es una historia violenta, es lógico que se trate de un grupo de judíos gustosos de coger el cuchillo, y usarlo. Zelote es un tal Menahem que trata de comandar a los judíos en su revuelta contra Roma, en el 66 después de Cristo; y más que probables zelotes son los ladrones (lestai en griego) de los que habla Josefo y que en el año 67 tomaron el control del Templo, liderados por un tal Juan de Gischala. Como es bien sabido, esta confusión flaviana entre zelotes y ladrones es de gran importancia para los cristianos, porque abona la tesis de que los famosos compañeros de tormento de Jesús (como decía una respuesta de la Antología del Disparate: «Jesús fue conducido al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones») no eran cortabolsas, sino zelotes. Como lo era Barrabás, de quien se nos dice que estaba en la cárcel por haber matado a alguien durante una insurrección, y es aclamado por el personal cuando lo liberan (esto, por cierto, hace aún más increíble la historia del juicio de Jesús, puesto que ningún prefecto en sus cabales liberaría a un tipo de esa calaña ni aunque se lo pidiera Inés Sastre vestida de lagarterana y montando un caballo blanco con alas).

Los exégetas tienden a considerar que los zelotes se consolidan como grupo propio más o menos en el año 6 de nuestra era, tras la deposición de Arquelao. En este momento es cuando Judea se convierte en provincia romana y, consecuentemente, el legado de Siria, Publio Sulpicio Quirino, decreta un censo para establecer el tributo que se deberá pagar. Según las fuentes, un tal Judas, zelote, unido a un tal Sadduk, fariseo, inspiraron una revuelta causada por el rechazo a la idea de que los hebreos debieran pagar tributo a gentiles.

Ésta es la gran diferencia de los zelotes que los convierte, a ojos de muchos, en algo así como la ETA hebrea del tiempo: mientras otras escuelas del judaísmo son puras y estrictas, pero dicha pureza judaica no les lleva a rechazar el hecho de vivir bajo la administración de no hebreos, los zelotes no admiten esta posibilidad. La persona que, en los Evangelios, le pregunta a Jesús si deben los judíos pagar tributo a los romanos (y Jesús responde aquello de dad al César lo que es del César bla bla bla), es más que probablemente, si no un zelote, un simpatizante de ellos. Los zelotes, teológicamente hablando, son básicamente fariseos. Lo que pasa es que los fariseos se sientan a esperar la llegada de los tiempos divinos, mientras que los zelotes se sienten en la obligación de provocarlos.

Los zelotes, por cierto, se hicieron famosos por llevar dagas, sicae en latín, escondidas entre sus ropajes. De ahí que también les llamasen sicarii, que es de donde viene nuestro sicario.


La comunidad de Qmram

El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto afloró la existencia de estos judíos, que han despertado mucha curiosidad desde entonces. Parece ser que su origen son los maskilim de que habla el libro de Daniel, es decir los virtuosos.

En el año 152 antes de Cristo, cuando Jonathan, hijo de Judas el Macabeo, accedió al sumo sacerdocio de la mano de Alejandro Balas, los fariseos lo consideraron un ultraje. Pero los maskilim, que ambicionaban términos de virtud aún mayores, se opusieron con mayor fuerza. Ellos, como virtuosos, eran zadokitas; nadie podía ser sumo sacerdote a menos que perteneciese a la saga de los Zadok. Como consecuencia de estos enfrentamientos, una parte de estos maskilim pudo decidir irse a alguna zona solitaria a vivir bajo sus propias reglas de voluntarios de la pureza y la santidad. Se configuraron como personas eternamente preparadas para ser los hombres de Dios cuando éste regresase a la Tierra y reclamase sus servicios. Por ello, su vida consistía en purificarse y llevar una vida recta.

La comunidad de Qmram estaba estrictamente jerarquizada, con los sacerdotes en el vértice. Sin embargo, tenían una asamblea general que era la que debía aceptar a los nuevos miembros. Esos miembros pasaban entonces dos años de noviciado. En el primero retenían su propiedad privada y en el segundo debían entregarle todo al tesorero, aunque el caudal permanecía separado hasta que el miembro era totalmente admitido.

Las faltas en la comunidad se castigaban con un año sin poder estar en contacto con la pureza de los demás, además de la reducción de las raciones en un cuarto. Las faltas muy graves se castigaban con la incomunicación, tras la cual el castigado debía de pasar un periodo de reaprendizaje de dos años para poder volver a tener el carné.

No existen grandes evidencias de que los comunitarios de Qmram fuesen célibes, aunque resulta probable que muchos de ellos lo fuesen.

El fariseísmo más estricto, el shammaíta, es considerablemente más blando que las reglas de Qmram. Por ejemplo, el respeto del sabbath era mucho más estrecho. La regla de la comunidad llega al punto de decir que si un animal pariese a su cría con la mala suerte de que ésa cayese en un hoyo o en un pozo, si era sabbath, el comunitario debía dejarla morir sin hacer nada.

Los hombres de Qmram estaban convencidos de estar viviendo los años finales de la Humanidad predichos por los profetas, y esperaban la señal que les mostrase la llegada de la nueva era. Estas creencias proféticas los ligarían con algunas de las principales creencias de los primeros cristianos. Pero, dee todas formas, las mayores coincidencias se dan con los esenios.

jueves, marzo 04, 2010

De pajas, y de vigas

El martes pasado por la noche estuve viendo el debate de Madrid Opina en Telemadrid. El primer asunto que se trató a fondo fue el de la muerte del disidente Orlando Zapata en Cuba; un tema siempre espinoso porque España, en general, siempre ha tenido problemas a la hora de aclararse sobre lo que piensa acerca del régimen cubano.


Decidí escribir estas líneas porque me sorprendió que, por encima de todas las intervenciones, cada una de colores distintos como es lógico y positivo, sonaba un bajo continuo, como en los conciertos barrocos, consistente en esta idea: lo que se haga, que se haga sin poner en peligro las relaciones con Cuba. Hay que respetar a Cuba. Tenemos muchos negocios en Cuba. Hay demasiados intereses como para tirar de la cuerda. Como digo, incluso flamantes portavoces del anticastrismo, de una forma más o menos velada, aceptaban esta idea.


Cuando el próximo verano esté dando sus últimas boqueadas, hara 35 años que el régimen del general Francisco Franco fusiló a unos activistas de ETA y del FRAP. Fue un acto extemporáneo en el que lo peor de lo peor del régimen franquista se empeñó en revivir los usos de décadas atrás y demostrar que a la España franquista nadie le jugaba, no un órdago, tres míseras piedras.

El franquismo, por cierto, argumentó que aquellos tipos eran terroristas y que, por lo tanto, bien fusilados estaban. Llama la atención el extraño parecido que tiene este argumento con otros que se oyen por aquí últimamente. Y es que, como dijo el maestro Muñoz Seca, los extremeños se tocan.


Traigo a colación a este post dos fotos que he encontrado por ahí, precisamente de aquel final del verano de 1975. Olof Palme era jefe de gobierno en Suecia. En Europa se montó la mundial contra la dictadura española; especialmente en Portugal, que acababa de derribar la suya, donde la embajada española fue poco menos que saqueada.


Grupos antifranquistas suecos montaron cuestiaciones por la calle para pedir dinero que enviar a las familias de los fusilados. Y Palme, sabiendo con seguridad que su imagen sería foto mundial, salió a la calle, se colocó el cartel peticionario, y participó en la cuestación como uno más.


Sólo dejo aquí una pregunta: ¿qué habríamos pensado los españoles demócratas si Palme hubiera decidido quedarse en su despacho porque: a) no hay que poner en peligro las relaciones con España; b) hay que respetar a España; c) al fin y al cabo, tenemos negocios en España?






miércoles, marzo 03, 2010

Vita Pauli (4)

Pasa el tiempo. La labor evangelizadora en Asia Menor cada día va mejor. Llega un día en el que incluso cabe sospechar que la iglesia cristiana, en realidad, tiene ya más fieles gentiles que judíos. Es el momento, que decimos hoy en día, que llega el peligro de morir de éxito. La palabra mágica es: sincretismo.

El sincretismo es aquel proceso por el cual un creyente de la creencia A se convierte en acólito de la creencia B, pero se trae, por así decirlo, elementos de la creencia A consigo. En realidad, el sincretismo será más que probablemente practicado por la propia Iglesia católica dentro de algunos siglos, cuando decida jugar en la Champions League de ser la iglesia universal del ser humano occidental y necesite, por lo tanto, absorber a miles y miles de mitraístas, baquianos, creyentes en Cibeles, en Atis, en Thot, en Osiris; y lo que haga sea transliterar algunos de sus mitos y de sus ritos para convertirlos en ritos cristianos, como ocurre con la Navidad. Pero estamos en un momento muy previo para eso. De momento, el cristianismo es tan sólo un prometedor Alcorcón F.C. que parece apuntar maneras para ser algún día, con mucha suerte, club de primera.

El problema para un cristianismo que cada vez es más gentil y menos judío es que, en realidad, la creencia en Jesucristo es una creencia judía. La consideración de Jesús como un Mesías, un enviado, es una creencia judía que está en las profecías de dicha religión. A los gentiles este montaje teológico les sonó tan extraño que incluso confundieron en nombre griego del Mesías, Christos, con un nombre de pila, Chrestos, habitual en los esclavos; y es por ello que Cristo comenzó a ser tomado como un nombre de persona, como si fuera el primer apellido de Jesús (Cristo) o parte de su nombre (Jesucristo); en lugar de ser lo que es, que es un apelativo. Jesús es el Cristo porque es el Mesías. Es como si mañana le dijera yo a un amigo que no hable español: «Yo soy Juan y soy tu confidente», y mi interlocutor sacase la conclusión de que mi nombre es Juan Confidente.

Es por esta razón de que los gentiles tendían a no saber lo que es un Mesías que Jesús y Dios comenzaron a ser llamados Señor (Kyrios... remember Kyrie Eleison) o Jesús Hijo de Dios (Theos Hypsistos), conceptos que los no judíos entendían mejor. Es por la dicha razón que hoy cantamos en la iglesia aquello de «El Señor hizo en mí maravillas/gloria al Señor».

Lo mismo ocurre con la promesa de la llegada del Reino de Dios. Para los judíos, pasados, presentes y futuros, esta expresión tiene un significado bastante claro. Pero no para los gentiles. Aquellos gentiles que no habían pisado nunca una sinagoga no sabían una mierda de las visiones de David que están en el fondo de esta promesa; y es por eso que la religión cristiana tuvo que hacer tanto hincapié en la resurección de la carne, algo en lo que no todas las teologías judías creían.

Esta necesaria «des-judaización» del cristianismo, sin embargo, tuvo como consecuencia que el cristianismo cayera en el peligro del sincretismo; en el peligro de acumular, como en un enorme sumidero intelectual, todas y cada una de las creencias que estaban en el sustrato culturo-religioso de sus nuevos prosélitos. Con ello, el cristianismo se veía en peligro de encontrarse en esa situación paradójica de las empresas que producen por encima de costes, es decir la situación por la cual, cuanto más vendes, más pierdes.

Evidentemente, esta situación acojonó, especialmente, a los máximos guardianes de la pureza, es decir la iglesia cristiana de Jerusalén, y muy probablemente también a las hermandades fariseas que eran, si no su apoyo, sí su comprensiva vecindad; pues es bien sabido lo extraño que resulta que los Evangelios hagan de los fariseos los grandes enemigos de Jesús cuando éstos, precisamente por creer en la resurección en una medida no alcanzada por los saduceos, en realidad estaban más cercanos a la doctrina cristiana (una más de las preguntas sin respuesta acerca de la labor de los evangelistas). Y es por esta razón que la iglesia de Jerusalén contraatacó.

Lucas nos cuenta en los Hechos (capítulo 15) que unos tipos de Judea subieron a Antioquía para predicar que todo aquél que no se circuncidase según la ley mosaica, no se salvaría. La expresión usada por el cronista es muy genérica, pero tengo yo por racional sospechar que lo que hubo aquí fue una delegación en toda regla de la iglesia de Jerusalén para tratar de poner las cosas en su sitio. Un pequeño golpe de Estado circunciso que se basaba en dejarse de hostias (nunca mejor dicho) y hacer que fuese claro como el caldo de un asilo, y para todos, el principio de que ser cristiano implicaba seguir las leyes milenarias de los judíos. Más que probablemente, se trataba, además, de una manera de evitar la entrada dentro de la iglesia cristiana de elementos sincréticos o sólo medio creyentes. Esto fue así incluso a pesar de que los propios teólogos judíos no se ponían de acuerdo en la materia. En las disputas teóricas entre dos de las principales corrientes del judaísmo, por ejemplo, la escuela de Shammai sostenía que todo gentil que se convirtiese debía circuncidarse; mientras que la escuela de Hillel, más comprensiva, establecía que no, siempre y cuando las obligaciones espirituales ligadas a la circuncisión fuesen respetadas.

Algo antes de la llegada de los predicadores de Judea, Pedro estaba ya en Antioquía; no sabemos si para tratar este tema u otro. Lo que sí nos cuentan los exégetas es que, cuando llegaron los predicadores, éstos traían un mensaje de Santiago para Pedro/Piedra, en el que más o menos le decía que habían llegado a Jerusalén noticias de que se sentaba con gentiles e incluso compartía comida con ellos; que eso había causado sorpresa entre los cristianos e indignación entre los judíos no cristianos con los que convivían. Y que se cortase un pelo.

Supongo que sabéis que para los judíos la comida no es cosa baladí. Las restricciones que tenemos los católicos, eso de no comer carne los viernes y tal, son caralladas al lado de los escrúpulos de la religión hebrea a la hora de definir qué alimentos son kosher. Para los judíos, que un judío compartiese comida gentil con gentiles era la hostia. Los cristianos de Jerusalén, que necesitaban como el comer la comprensión y el apoyo de los judíos oficiales, se encontraban ante el problema de que éstos, ahora, no les veían como personas pías y observantes de la ley, porque un hebreo que tal sea no se sienta a la mesa de unos mediopensionistas y se come lo que le ponen en el plato. Ni de coña.

Pablo, sin embargo, no podía dar marcha atrás. Llevaba entonces varios años predicando a los gentiles, cada vez más gentiles totalmente alejados de la teología y la moral hebreas. Gentes a las que, por lo tanto, no podía contarles que salvarse consistía en respetar una sedicente ley mosaica inventada por unos tipos de otra nación y otra cultura. Eso sería como predicar el cristianismo en Palencia sosteniendo que para salvarse hay que practicar las costumbres del pueblo azerbaiano. Como decirles a los valencianos que no pueden tirar petardos porque resulta que el Dios auténtico habló en el Cáucaso y allí consideran que los petardos con cosa del diablo. Pablo, en resumen, sabía que, si aceptaba la ligazón mosaica del cristianismo, conforme más se alejase de Jerusalén, menos colines se iba a comer, hasta llegar a un punto en el que no se comería ninguno. Él le contaba a sus prosélitos que para salvarse sólo hacía falta el perdón de Dios y la Fe en Él. Si ahora tenía que introducir una disposición adicional que dijese «y además rajarse la cebolleta», sabía que podía haber problemas o, lo que es peor, retrocesos.

Esto generó el segundo gran concilio del cristianismo, aunque no se llame así. Delegados de la iglesia de Antioquía se desplazaron a Jerusalén para un gran debate sobre la materia. Los Hechos nos dicen que los judíos, apoyados por fariseos, presentaron la moción de que la circuncisión tenía que ser conditio sine qua non para la salvación. Pero perdieron. Según los Hechos, fue Santiago el que intervino finalmente para aportar el argumento final: vista la exposición de Barnabás y de Pablo sobre sus logros entre los gentiles, resultaba obvio que Dios había entrado en ellos. Pero si Dios había entrado en ellos, ¿como podrían los hombres negarlo?

Evidentemente, no tenemos forma de contrastarlo, pero yo diré aquí que se me hace difícil tamaña prueba de comprensión en Santiago. O, mejor dicho: la narración que conocemos es sincrética, como un acta de una junta de accionistas que sólo recogiese la constitución de la misma y los acuerdos aprobados, sin información alguna de los debates intermedios. No podemos saber, por lo tanto, cuáles fueron los argumentos, y sobre todo las amenazas, que se vertieron en medio de la discusión. No podemos saber hasta qué punto lo que pasó allí fue, simple y llanamente, que la iglesia de Pablo y Barnabás era ya tan grande que, en realidad, la de Santiago, Pedro y Juan no podía aspirar a imponerse sobre aquélla. No podemos saber si hubo amenaza de escisión y, si la hubo, quién la blandió. No podemos, por lo tanto, saber si las sabias palabras de Santiago son fruto de la amorosa comprensión, o una simple y pura cesión.

Pero eso sólo significaba que los gentiles no tendrían que circuncidarse. Quedaba la otra cuestión: ¿podían gentiles y judíos comer juntos? ¿Podía un judío sentarse una mesa con tipos que comían alimentos sanguiñolientos? ¿Podía un judío aceptar la relativa mayor laxitud gentil en lo que al contacto de los dos sexos se refiere?

Esta discusión, probablemente, fue mucho, muchísimo más agria, larga y jodida que la del pito. Una vez más, si hemos de creer a las fuentes que tenemos, fue Santiago el que encontró una fórmula de compromiso: los gentiles serían aceptados en la mesa de los judíos, siempre y cuando se abstuviesen de practicar ciertas cosas especialmente rechazables por parte hebrea: básicamente, comer alimentos asociados de alguna manera a alguna idolatría, y carne que aún contuviese sangre, así como respetar las reglas judías del contacto entre sexos.

El decreto de Jerusalén supuso una victoria sin paliativos de los gentiles. Cierto que se les impusieron ciertas restricciones. Pero consiguieron lo que Pablo y Barnabás habían ido a buscar a Jerusalén, y es que fuesen reconocidos miembros de pleno derecho de la iglesia cristiana.

Esta fue la segunda, y más importante, victoria del cristianismo. Lo hiciesen de buen grado o presionados, fruto del convencimiento o la transacción, con el decreto de Jerusalén los judíos cristianos aceptaron un status quo que, suponía, colocar las semillas de una religión universal. Pablo había ganado su partida. Suyo era el gobernalle de la nave. Era su interpretación de las cosas la que se había impuesto y, como él había previsto, esa victoria tuvo como consecuencia, en las siguientes décadas, el crecimiento constante del cristianismo, la formación de un tsunami de conversiones que acabaría teniendo su clímax, siglos más tarde, en la solemne chorrada que conocemos como herencia de Constantino.

Aún nos quedaría seguir los pasos del viejo Saulo hasta su probable decapitación, quizá en el lugar marcado por la tradición y ocupado hoy por la iglesia romana de San Paolo fuori le Mura. Pero en estos tiempos descreídos, tal vez sea demasiado cristianismo.

Le dedico esta serie a Chiky Orange, más que nada porque me da la gana.

lunes, marzo 01, 2010

Vita Pauli (3)

Desde que, en el año 200 Antes de Cristo, Judea fuese incorporada al imperio seléucida, que tenía su capital en Antioquía, esta ciudad se convirtió en destino principal de los judíos que abandonaban Palestina. Era una ciudad con una gran actividad comercial.

miércoles, febrero 24, 2010

Vita Pauli (2)

Tarso era la principal ciudad de una región de doloroso nombre, Cilicia, y allí había nacido Saulo, se dice que algunos, pocos, años después del teórico nacimiento de Jesucristo. Dominada por varios pueblos, formó parte de la monarquía seléucida, aunque en el 170 antes de Cristo el rey Antíoco Epífanes le dio status de ciudad libre, que conservó hasta que, el año 64, fue absorbida por el imperio romano. Se puede decir que Tarso era una especie de Salamanca del área; una ciudad universitaria (aunque las universidades propiamente no existían aún) con un fuerte nivel formativo. De sus ágoras salieron filósofos de cierto renombre, como Atenodoro el Estoico o Néstor el Académico. El primero de ellos es el más sobresaliente, aunque sólo sea porque tuvo entre sus alumnos al mismísmo Octavio. 

La elite de Tarso estaba formada por hombres que tenían el privilegio de la ciudadanía romana. Pablo era un miembro de dicha elite. No sabemos a ciencia cierta por qué, aunque algunos estudiosos han recordado que los suyos eran una familia de skenopoioi, o fabricantes de tiendas (de campaña); lo cual, probablemente, pudo en su momento ser útil para generales que pasaron por Cilicia, como Marco Antonio o Pompeyo, el Warren Beatty y el Brad Pitt romanos respectivamente; y cabe recordar que la capacidad de otorgar a particulares la ciudadanía romana solía ser una prerrogativa incluida en el imperium de los jefes militares en campaña. 

Como judío, portaba el nombre arameo de Saulo, el primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín; a la cual, según las Escrituras, pertenecía el fundador de la Iglesia católica. Pablo fue siempre, y siempre se sintió, judío. «Hebreo hijo de hebreos» es la expresión que usa para definirse a sí mismo al escribirle a los filisteos. Más en concreto, en Hechos 23:6, le grita al Sanhedrín que él es «fariseo hijo de fariseos»; lo cual, de ser cierto, le colocaría ligeramente en disposición de creer la palabra cristiana, teniendo en cuenta la creencia farisea en la resurrección. 

Su educación, por lo que se sabe, fue hebrea y bastante coherente con la cosmovisión farisaica, pues el joven Saulo fue enviado a estudiar con Gamaliel, el rabino heredero de la escuela de Hillel. Él mismo reconoce en Hechos (22:3) que fue educado por Gamaliel «en la estricta observancia de la ley de nuestros padres». Al parecer (lo siento, pero en estos momentos no tengo una edición a mano), el Talmud se refiere a un alumno de Gamaliel que se habría mostrado imprudente en materias de aprendizaje. En esta cita, algunos estudiosos han querido ver una referencia al joven Saulo y a ciertas dudas o rebeldías que le habrían surgido. 

En los Hechos (3:34 y ss) aparece Gamaliel tratando de mover al Sanhedrín hacia la comprensión respecto de los cristianos; pero la referencia del Talmud vendría a explicar que su discípulo se mostrase tan cabestro con ocasión del juicio y lapidación de Esteban, por lo que, dentro de los terrenos arenosos de la especulación, cabe imaginarse a un joven Pablo de Tarso dejándose llevar por los naturales radicalismos, en este caso judíos, propios de la adolescencia; pero, al tiempo, y llevado por su sed intelectual, prestando oídos a ciertas teorías que se acabarían imponiendo dentro de su cabolo. 

Como es bien sabido por todos aquéllos que son católicos o han recibido una sólida educación católica (o incluso una educación a secas que tal nombre merezca), en algún momento de la vida de este Saulo que azuzó al personal para apiolarse al buen Esteban y luego lideró la represión de los cristianos de Judea, estando en las afueras de Damasco fue «aprehendido por el Cristo Jesús», por usar la expresión que él mismo usa en su e-mail a los filisteos. Saulo estaba en Damasco junto con una partida de represores, con la orden de detener a todo aquél que perteneciese a El Camino y llevarlo a Jerusalén cargado de cadenas. Estando allí, una gran luz lo rodeó y le provocó un desmayo, dentro del cual oyó la voz de Dios que le amonestaba: «Saul, Saul, ¿ma'at radepinni?» Que creo que quiere decir algo así como por qué narices me puteas, tío. Acto seguido, Dios le dio instrucciones de seguir hasta Damasco y esperar órdenes, cosa que hizo el converso, entre otras cosas porque el flash había sido tan fuerte que tardó tres días en recuperar la vista; y no lo hizo hasta que un devoto del Camino, Ananías, no le visitó, lo saludó como un hermano y le tomó las manos. 

Es Ananías quien le explica a Saulo que la misión que Dios le ha reservado es ser el mensajero de Jesucristo en el mundo. Creer esta versión de los hechos es, como tantas otras cosas, cuestión de Fe y, por lo tanto, entrar a valorarla sería insultante. Cabe la posibilidad, en todo caso, de que lo que se produjese en Pablo fuese una evolución de pensamiento que él revistió luego de conversión fantástica o mágica, dentro de una estrategia para impetrar su misión de divinidad. Como ya hemos insinuado con anterioridad, dentro de las muchas y variadas formas de pensamiento judío de la época, y que sólo de una forma excesivamente simplista podemos dividir en: saduceos, fariseos, esenios, zelotes, ruegos, preguntas, despedida y cierre, existían no pocas escuelas que consideraban que la llegada del Mesías, algo que era esperado y que es repetidamente telegrafiado en el Antiguo Testamento, supondría el final de la Era de la Ley (Mosaica). No es intención de este amanuense dar el coñazo más de lo estrictamente necesario; pero si queréis que algún día hablemos de las diferentes formas de ser judío en los tiempos de Jesús, no tenéis más que pedirlo; lo que pasa, ya digo, es que es un asunto un tanto cansino (o, al menos, a mí se me lo hace). 

En la madurez de su apostolado, Pablo escribirá (Romanos, 10:4): «Cuando vengo a Cristo por salvación, esto pone fin a mi búsqueda de encontrar y obtener justicia por medio de la observancia de la ley». Esta simple frase es la expresión de un cambio radical, sin el cual el cristianismo no habría pasado, a mi modo de ver, de ser una secta judía, y no precisamente de pata negra. En esta convicción paulina, o saulesca, está la clave de por qué los que no somos judíos, y probablemente nunca seríamos aceptados por los judíos como tales aunque quisiéramos serlo, podemos hacer nuestra una creencia que, en realidad, parte del mismo corpus moral y filosófico que la religión hebrea: la creencia en que la ley, las costumbres, todas las reglas en las que se han creído hasta el momento, son sustituibles por una nueva lista de obligaciones y derechos. 

La creencia judía sostiene la existencia de un pacto de hierro, tan sólido como eterno, entre Dios y su pueblo. Pablo, como Mahoma siglos después, supo ver que el siglo estaba en situación de proponer la firma de un nuevo contrato. Y nada de esto es fruto de la casualidad, sino del importante cultivo filosófico del apóstol, y su inteligencia estratégica. De Damasco, Pablo fue a Arabia. Muchos creyentes han dicho que este movimiento fue para hacer como Moisés, es decir retirarse a pensar, chatear con las zarzas ardientes, y tal. Pero es probable que no sea así, porque se nos cuenta que, a su vuelta a Damasco, fue perseguido por el etnarca nabateo Aretas, persecución por cuya causa tuvo que ser sacado por el hueco de una muralla escondido en una cesta (o sea, más o menos como Vito Andolini de Corleone, vaya). 

No sabemos a ciencia cierta, en todo caso, qué tipo de milonga se montó Saulo durante su visita a los futuros pozos de petróleo. Mi teoría personal es que Pablo, ya convertido a la teoría de superación de lo mosaico que está implícita en casi cualquier forma de creencia en el Cristo y su resurrección, fue, sin embargo, consciente de que en Jerusalén, donde estaba todo lo gordo del cristianismo, le iban a hacer tragar su propio talón izquierdo; pues, al fin y al cabo, hasta antesdeayer él mismo estaba porculizando a los cristianos. Quizá por esa razón se marchó a Arabia, para intentar hacer la guerra por su cuenta; pero allí los futuros musulmanes no le debieron hacer mucho caso y algo haría para que el etnarca, además, quisiera ponerse sus huevecillos por collar. A mi modo de ver, esta teoría la confirma el hecho de que cuando Saulo se encontró solo, fané y descangallao, por decirlo en modo tango, no le quedó otra que irse a Jerusalén y pedir plaza en el cotolengo que hasta hacía poco había intentado quemar. Y fue al llegar allí cuando el chipriota Barnabás, quizá ya de antes su amigo Barnabás (¿o su conversor? Yo, de hecho, me pregunto si la luz blanca no será en el fondo Barnabás), terció por él. 

Una vez salvada la cabeza, Saulo vuelve a Tarso, donde desaparece de la vista durante casi diez años. Poco o nada sabemos de esa época. Es probable que sufriese algún tipo de atentado, quizá por parte de partidarios de Esteban que no olvidaban su pasada inquina hacia él pero, según todos los indicios, queda apartado de la misión apostólica. Pedro y Santiago, tal y como yo lo veo, aceptaron barco como animal acuático y asumieron que Barnabás no mentía cuando decía que Saulo era buen chico en el fondo; pero, aún así, lo apartaron del headquarters cristiano, por lo que pudiera pasar. 

La suerte de Pablo no cambia hasta el año 45, cuando el único vicepresidente de la cosa cristiana que parece creer en él, Barnabás, es designado para evangelizar Antioquía, y le llama. Aunque esto no afecte directamente a Pablo, es importante, para aprehender la progresiva radicalización del cristianismo hebreo de Jerusalén, entender que más o menos por aquel tiempo se produjo un gran conflicto con el poder central romano, a cuenta de un emperador que ha sido largamente versionado en el papel y en la pantalla: Cayo Calígula. Calígula sucedió a Tiberio, tras lo cual tomó varias medidas hasta cierto punto rompedoras. De todas ellas, la que nos interesa es su decisión de liberar a Herodes Agripa de la prisión a la que le había sometido Tiberio por haberle ofendido. Calígula y Herodes se llevaban muy bien (aunque el verdadero amigo del judío era el cojo y tartamudo Claudio), tan bien que el emperador le hizo rey.

Uniendo los territorios que Felipe, el tío de Herodes, había gobernado como tetrarca hasta su muerte, y los que en su día gobernó Lisanias, formó Calígula un reino al frente del cual colocó a Herodes (detalle que provocó que Herodias, hermana de Herodes, instase a su marido Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, a reclamar la misma dignidad real para sí, con lo que consiguió que su marido se llevase un cañete imperial). 

Como bien saben quienes han visto o leído Yo, Claudio, o se han entretenido con ese curioso periodista del corazón de la Antigüedad que se llamó Cayo Suetonio, Calígula tuvo un momento en el que, quizás por una enfermedad que le afectó a la cabeza, cambió de forma de ser y comenzó a convertirse en un tipo algo despótico. Entre otras cosas, dentro de sus nuevas decisiones hizo caer en desgracia a Macro, el jefe de los pretorianos que quizá, si hemos de creer algunos rumores en los que también creía Robert Graves, hizo bastante más que mucho para animar a Tiberio a morirse para dejarle sitio a Cayo. Cuando en el año 38 Macro cayó en desgracia, con él lo hicieron varios personajes amigos suyos, entre los cuales se encontraba un tipo venal y corrupto, llamado Aulio Avilio Flaco, que había sido nombrado por Tiberio prefecto de Egipto cuando el otrora imperio pasó a ser provincia romana después de que, tras la batalla de Actium en el 31, las tropas egipcias quedasen laminadas y Cleopatra cometiese suicidio. 

Por razones que probablemente tienen que ver con sus contactos con los habitantes autóctonos de Alejandría, que odiaban a los judíos que allí había en gran número porque siempre fueron prorromanos, Flaco decidió hacerse valer ante Calígula desplegando una política antijudía. Es cierto que las manifestaciones y rebeliones que siguieron terminaron con el arresto de Flaco, que fue llevado a Roma. Pero la inquina con la que el prefecto romano se desempeñó contra los hebreos, despojándolos de casi todos sus derechos, despertó las reticencias entre éstos y el joven emperador. 

Estamos ya en los albores de la quinta década del siglo. Para entonces, Calígula ya se ha toleado bastante y anda haciéndose empanadas mentales, día sí, día también, con el asuntillo de si es un dios o deja de serlo. La megalomanía del emperador va a peor casi con los días. En la ciudad palestina de Jammia, un grupo de no judíos levanta una estatua del emperador revestido de sus dotes divinas y los judíos, considerando el hecho sacrílego, la derriban. Cuando el emperador se entera, monta en cólera y ordena al legado de Siria, Publio Petronio, que marche hacia Jerusalén con sus tropas y eleve manu militari una estatua gigante del propio Cayo en el Templo. O sea, más o menos como construir un minarete en todo el medio de la plaza de San Pedro, o decorar la Ka'aba sagrada de los musulmanes con retratos del Pantócrator. 

La situación alcanzó una gravedad tal como no se conocía desde los tiempos en los que el memo de Antíoco Epífanes poco menos que quiso convertir el templo en un altar a Zeus, que hay que ser tonto de los cojones con siete balcones a la calle, dos trienios de antigüedad y pilas de repuesto. En Ptolemais, Petronio fue interceptado por una delegación de judíos, entre los cuales había incluso miembros de la familia de Herodes, que le dijeron que todo el pueblo judío se levantaría, y moriría si era preciso, como un solo hombre, para impedir tamaña blasfemia. Tanto le dieron la brasa a Petronio que éste escribió a Roma sugiriendo que, al menos, la cosa se aplazase hasta después de las cosechas, ganando tiempo. Calígula le contestó preguntándole qué parte de «¡Obedece!» no había entendido. 

Herodes Agripa sufrió probablemente un pequeño ictus cerebral cuando le contaron la noticia de lo que el emperador quería hacer. Tardó días en recuperarse, pero cuando lo hizo le escribió a Calígula una carta plañidera y convincente que, tal vez, tuvo la suerte de llegar a Roma cuando el niño estaba con el biorritmo ascendente, porque el caso es que decidió hacerle caso y paralizar su proyecto. La carta de Cayo a Petronio en la que le daba instrucciones de volver grupas se cruzó con otra, desesperada, del propio Petronio, en la que éste instaba al emperador a dar marcha atrás por el gran desastre que se avecinaba si seguía adelante. Cuando el emperador leyó esta última carta, quizá ya con el biorritmo decubito prono, se cogió un mosqueo del cuarenta y dos y le escribió a su legado una misiva en la que le anunciaba que le había condenado a muerte y le ofrecía, como era costumbre, la opción de suicidarse para que su familia conservase el patrimonio. Petronio, sin embargo, es uno de los tipos con más suerte de la Historia. Esta carta encontró muy mal tiempo y tardó tres meses en llegar a sus manos. Para cuando llegó, hacía unos veinte días que Petronio sabía del asesinato de Calígula. 

Las cosas, pues, estuvieron a punto de definir una guerra civil en Palestina en la que, los episodios ocurridos décadas después en Masada lo demuestran, los judíos habrían muerto, uno tras otro, bajo la espada romana, antes de permitir que su templo sagrado se convirtiese, como Calígula quería, en un templo dedicado a Zeus Epiphanes Neos, el joven Zeus manifestado, pues tal era lo que se consideraba el muchacho. El suceso, en todo caso, radicalizó a los judíos de Jerusalén, haciéndolos, si cabe, más arrimados a la tradición. 

Y ésta es la parte importante del asunto, como acabaremos por ver. Paciencia.