lunes, octubre 19, 2009

Spain betrayed


Alguna vez en los comentarios públicos que los lectores dejáis a los post, y sobre todo en los privados que enviais a la dirección de correo electrónico, os quejáis de que no sea yo muy dado a aportar bibliografía. La explicación es siempre la misma y es que muchas de mis fuentes son libros hoy descatalogados y que por lo tanto no se venden en las librerías al uso, sino que han de ser encontrados en las de libros usados. En ocasiones se trata de libros muy difíciles de encontrar y, por lo tanto, trato de evitar la frustración de recomendar lecturas que luego el lector no puede hacer.

El libro que hoy os quiero comentar, sin embargo, es un libro de acceso bastante sencillo (yo lo compré de segunda mano en Amazon, además bastante barato); aunque tiene el handicap de que, que yo sepa, no ha sido editado en español. Este detalle, además, nos sirve para darnos cuenta de que, por mucho que se haya escrito y editado sobre la guerra civil española, aún quedan cosas dichas y por decir que debemos descubrir. Porque este libro, sin llegar a ser una revolución del conocimiento, sí es un libro que ayuda a entender muchas cosas de la guerra civil y atacar algunos de sus mitos.

La obra se llama Spain betrayed. The Soviet Union in the Spanish Civil War, y lo firman Ronald Radosh, Mary B. Habeck y Grigory Sevostianov. Está editado por la universidad de Yale en una colección muy interesante llamada Annals of the Communism, de la que tal vez traigamos a colación otros títulos en el futuro.

He dicho que el libro lo firman Radosh y sus dos colaboradores porque, en realidad, sus autores son otros. Sus autores se llaman Voroshilov, Codovilla, Marty, Ehrenburg, Walter, Kleber, Mije, Díaz. Y Stalin, al fondo, como una presencia permanente. Y esto es así porque el libro no es sino el compendio de unos 80 documentos guardados en los archivos de la URSS, que pudieron ser conocidos a partir de la década de los 90, referentes a la guerra civil española. Aunque cada grupo de documentos va precedido de un breve comentario de los editores, lo jugoso, en realidad, es leer los mismos. Su lectura es, ciertamente, muy interesante, aunque, siendo sincero, no se la recomendaría a personas no muy duchas en la marcha de la guerra civil porque, como cartas, memorandos e informes que son, dan por sabidas unas cuantas cosas que el libro no va a explicar. Como documentos internos que son, estas cartas están además exentas de la rigidez mentirosa de lo oficial. Los comunistas que las escriben son, por supuesto, comunistas convencidos, así pues no encontraréis en ellas ninguna vacilación a la hora de creer en los mensajes de Stalin. Pero sí encontraréis hechos hasta cierto punto inesperados, como las críticas entre comunistas, en ocasiones despiadadas, tan despiadadas como para destacar de un camarada su excesiva afición a la bebida o su pederastia, y la sinceridad de muchos análisis.

Otro consejo: si, por casualidad, eres adicto a la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, según la cual la España republicana era un régimen de hombres virtuosos que ocupaban su tiempo en recoger florecillas por el campo mientras recitaban églogas escritas por Azaña que exaltaban la bondad natural del ser humano, cuando fueron violentamente atacados por un grupo de matones al borde la antropofagia; si crees esta teoría, digo, mejor no me hagas caso y no lo leas. No te va a gustar. Esta teoría, por cierto, tiene otra teoría gemela, llamada Ricitos de Oro contra Marxistéitor, que fue la imperante durante los años del franquismo y hoy ha sido desempolvada en libros de curioso éxito editorial.

Como nos recuerda Radosh en el prólogo de su libro, una de las verdades históricas que ha sido aceptada durante medio siglo sin oposición es la idea de que la intención de Stalin al ayudar a la República española fue parar al fascismo. En una Europa de posguerra que efectivamente había parado al fascismo, esta teoría, que quería ver en la guerra civil un primer asalto que ganaron Hitler y Mussolini por culpa de la inanidad de los que finalmente se aliarían con Stalin para derribarlos, tenía plena lógica.

Con los años, sin embargo, hemos ido sabiendo cosas. La primera de ellas, que lo que llamamos ayuda, en realidad, no fue tal. Si una anciana se cae en la calle y yo la levanto, la estoy ayudando; pero si cuando ya está levantada le exijo que me pague 30 euros, entonces ya no le estoy ayudando, sino dando un servicio a cambio de pasta. Stalin cobró por cada bala, por cada fusil, por cada avión que envió a España. Además, si hemos de creer a quien mejor ha estudiado estos envíos, el historiador británico Gerald Howson, en muchos casos infló los precios y en otros envió material de desecho; de hecho, hasta crearon una relación de cambio especial rublo-dólar para las ventas de armas a la República. La pretendida ayuda de Stalin, pues, fue una simple y pura venta de armas y, en ocasiones, un atraco, nunca mejor dicho, a mano armada. Por cierto: Hitler y Mussolini también pasaron factura.

Stalin, además, y de esto es de lo que va en gran medida este libro, exigió otra cosa a cambio de su ayuda. Envió a España toneladas de asesores y algo que podríamos considerar conseguidores políticos, como el celebérrimo embajador Rosemberg o el cónsul en Barcelona Antonov-Oovsenko. Todos ellos se convirtieron en ejecutores y guardianes de la lenta conversión de la República española en una República Democrática de los Trabajadores, al estilo de las que la Internacional staliniana quería implantar.

De esto va a este libro. Ésta es la historia que se puede reconstruir leyendo los documentos, que están cronológicamente ordenados. Su lectura, por otra parte, despierta en el lector, o al menos en este lector, el tipo de sentimiento encontrado que provocan siempre este tipo de documentos tan directos. Por un lado, se aprecia el intento por hacerse con la España republicana en aras de unos intereses superiores, lo cual es criticable. Pero, por otro, hay momentos en los que llegas a comprender a los comunistas que escriben los textos. Es cierto que uno siempre piensa que es la hostia, así pues las afirmaciones que se hacen en los documentos sobre lo puta madre que son los comunistas y lo puta mierda que son todos los demás hay que ponerlas en salmuera. Pero por mucha salmuera que pongamos, llega un momento en el que es muy difícil no reconocer que el comunismo soviético era, claramente, la fuerza mejor organizada de aquella República y, además, la que tenía las ideas más claras. Desde el primerísimo día de la guerra, los comunistas tuvieron claro que la prioridad era ganarla. Frente a ellos, el otro gran grupo organizado, los anarquistas, se dejó de llevar por su histórica propensión a pensar en plan chorras y defendió la idea de que guerra y revolución eran fenómenos paralelos que se podían llevar a cabo al mismo tiempo.

En sus cartas, los comunistas se desgañitan sobre dos aspectos importantísimos. El primero, el cachondeo organizativo que era la República en los primeros meses de la guerra, donde no había gobierno, las milicias campaban por sus respetos, los catalanes tiraban para allá, los vascos para allí y el resto para ninguna parte, porque bastante tenían con parar a Franco, que llegaba del sur con el cuchillo de capar en la mano. De hecho, como bien sabemos, fueron ellos, o más bien sus brigadas internacionales, los que pusieron los medios para que el partido de Madrid se pudiese ganar finalmente gracias a un triple de chorra metido con la nalga izquierda.

El segundo aspecto es la industria de guerra. Las guerras las ganan siempre ejércitos con buenas retaguardias. Si el día D las tropas aliadas no hubiesen estado seguidas por barcazas con suficientes bocadillos de chope y cartuchos para seguir disparando, los alemanes no habrían tardado demasiado en verles el culo. Hay incluso algún que otro autor que ha escrito que una de las razones por la que Hitler perdió su guerra era su acendrado machismo, que le llevó a sustituir a los alemanes que dejaban las fábricas, no con mujeres que es lo lógico, sino con viejos y prisioneros de guerra, mucho menos productivos. Los documentos de este libro vienen a confirmar que, pese al moderado optimismo mostrado por algunos comunistas en los últimos meses de la guerra (cuando ya lo controlaban más o menos todo), la industria de guerra republicana nunca llegó a funcionar ni medianamente bien. Echan pestes hacia el igualitarismo anarquista, que fue un cáncer para la producción. Los anarquistas, como no creían en el dinero, donde no lo abolieron establecieron el igualitarismo salarial, según el cual todo dios en una empresa cobraba lo mismo. El resultado es inmediato: quienes tendrían que tomar decisiones dejan de tomarlas, puesto que ya no las cobran.

En términos generales, los comunistas, en los primeros meses de la guerra, muestran una sensibilidad política y estratégica de la que la España republicana carecía por completo. En uno de los documentos publicados en el libro, por ejemplo, abogan por que la República afirme su total respeto hacia todas las creencias religiosas, para así contrarrestar las campañas antirrepublicanas existentes en Reino Unido y Francia, sistemáticamente adornadas con fotos de momias de monjas desenterradas, imágenes sagradas destruidas y otros actos similares.

Para los comunistas, en 1936 y principios de 1937, lo fundamental es crear un ejército republicano, uno solo, y terminar con el cachondeo de las milicias de partido haciendo cada una una guerra distinta, como demuestran hechos vergonzosos como el Pacto de Santoña. Ellos tenían un modelo, que era el soviético, basado en la institución del comisario político de unidad, una especie de guardián revolucionario de la pureza ideológica de soldados y, sobre todo, mandos. Eso, más la institución de las levas obligatorias (cosa en la que les doy la razón), tenía que ser el primer paso para la organización de un ejército jerarquizado, disciplinado y, consecuentemente, potente.

En sus intentos, sin embargo, chocaron con un problema: Francisco Largo Caballero. Largo era un político básicamente oportunista. Tendría sus ideas, no lo niego. Pero las moldeaba al gusto del momento, según le iba el punto o le convenía. Cuando llegó el dictador Primo de Rivera y le ofreció el monopolio sindical en detrimento de la CNT, no dudó en ser consejero de Estado de una dictadura (dato éste que las historias del PSOE hechas por el PSOE no suelen abordar). Luego, cuando llegó la República, se decidió por hacerse revolucionario y tratar de procurar para España la dictadura del proletariado, momento en el que se dejó llamar El Lenin Español y cortejar por las fuerzas marxistas. Pero cuando fue nombrado presidente del gobierno, del llamado ampulosamente Gobierno de la Victoria (aunque en realidad fue el Gobierno de la Huida, porque salió echando hostias para Valencia cuando creyó perdido Madrid), se dio cuenta de los planes comunistas de okupar las estructuras de poder de la República, y les puso proa aliándose con los mismos anarquistas a los que había dado por donde amargan los pepinos durante la dictadura militar.

Con Largo al frente del gobierno de la República, los comunistas se las prometieron muy felices. ¿Qué le podía negar el Lenin Español al Stalin Auténtico? Pues muchas cosas. Largo tenía su propia visión de la guerra y empezó a no hacer caso de los consejos que recibía de los asesores soviéticos; lo más probable no es que tuviese visiones distintas, sino que temía su hegemonía o, más en concreto, temía que le diesen de lado (que es exactamente lo que acabaron haciendo). Un buen día, en escena repetida en muchos libros, se labró su desgracia echando a gritos al embajador Rosemberg de su despacho. A partir de entonces, los comunistas tuvieron muy claro que tenían que acabar con él, y lo que hicieron fue segarle la hierba debajo de los pies. La documentación recogida en el libro de Radosh et alia describe muy bien cómo los comunistas hicieron de los asesores militares de Largo, y sobre todo el general Asensio, el objetivo de sus ballestas. La ocasión se la pintaron calva con la pérdida de Málaga, un fracaso militar que adjudicaron a las presuntas intenciones traidoras de Asensio, aunque hay quien piensa que Málaga se perdió precisamente porque en las unidades republicanas los militares de oficio mandaban más bien nada, así pues la defensa fue un desastre.

Tocado Asensio, los comunistas cerraron una alianza con otro ilustre veleta de la política española: Indalecio Prieto. Este verdadero político polivalente, que lo mismo valía para comprar armas para la Revolución de Asturias que para ser la gran esperanza de un gobierno moderado tras el nombramiento de Azaña como presidente de la República, acabó seducido por el conde Duku y el lado oscuro de la Fuerza y, en célebre consejo de ministros, cuando los dos comunistas del gobierno se le pusieron de canto al presidente Largo, se alió con ellos y dijo que sin los comunistas él no seguía, forzando con ello la caída de su camarada y suponemos que no demasiado amigo.

Lo que siguió fueron los famosos sucesos de mayo de 1937, en los que un enfrentamiento entre gobierno catalán y anarquistas por el control de la central telefónica degeneró en varios días de guerra dentro de la guerra, guerrita que perdieron los anarquistas y sus aliados del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), consolidando con ello, definitivamente, el enorme peso de los comunistas dentro de la estructura de poder de la República; peso que ya era bastante evidente teniendo en cuenta que la URSS era el único país que estaba ayudando (a cojón de mono el kilo de balas) a la República. Cataluña, además, era un modelo para los comunistas, porque ahí se había hecho lo que ellos querían hacer en toda España, esto es unificar a socialistas y comunistas en el hoy mortecino (considerando aquel nivel de poder, me refiero) PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña).

El problema de los comunistas es que se hicieron con el control de la partida cuando ya era demasiado tarde. Desde mayo de 1937, está al frente del gobierno de la República el tercer gran socialista de la época, Juan Negrín, de quien lo más flojito que podemos decir es que era mucho más proclive que cualquier otro a escuchar a los comunistas (o al menos eso dicen ellos mismos). Pero un mes después de haber conseguido mandar a Caballero al carajo y de haberle enseñado a los anarquistas que tenían de sobra para encenderles el pelo, los nacionales tomaron Bilbao y, en los meses siguientes, volatilizaron el frente del Norte. La guerra civil, de alguna forma, terminó ahí.

De alguna forma, la relación de fuerzas tras el golpe de Estado había quedado repartida: la República se quedó con la parte de España más productiva y moderna económicamente; mientras que Franco y los suyos se quedaron con las zonas tradicionalmente productoras de manduca. La torpeza de la República a la hora de aprovechar sus recursos productivos, como denuncian los comunistas, fue crítica para la guerra. Había embargo, sí. Lo cual quiere decir que no se podían comprar balas. Pero se podían comprar, con mucha más facilidad, metales, elementos químicos, o sea lo necesario para fabricarlas. España, además de comprar balas, podía fabricarlas. Pero si la fábrica había sido colectivizada y allí todo cristo cobraba lo mismo, es lógico que la producción fuese de puñetera angustia.

Con la caída del Norte, esa relación de fuerzas se acaba. Franco, desde aquel momento, tuvo en su poder una de las zonas más productivas de España, el eje Irún-Oviedo. A mi modo de ver, el día que cayó Bilbao y los franquistas se hicieron con la ría y sus industrias, ya la única esperanza de la República era que estallase la segunda guerra mundial (y eso, sin mediar un pacto rojo-nazi como el del 38).

Aceptando barco como animal acuático y dando la razón a quienes consideraban que lo que la República necesitaba era un control comunista, éste, como digo, llegó, en todo caso, tarde.

Hay otro aspecto de la historia de la guerra civil de interesantísima lectura en este libro: las brigadas internacionales. La imagen que las cartas, informes y memorandos dan de estas unidades tiene poco que ver con lo que nos dice el mito floreado de unos combatientes plenamente identificados con España y su lucha. Lejos de ello, hay muchos elementos sorpresivos:

En primer lugar, los informes sobre la materia respiran un ambiente de amplia, amplísima, desconfianza mutua entre españoles e internacionales. El general Walter, por ejemplo, tomando una postura pro española, se queja de que, allá por 1938, cuando más de la mitad de las BI ha tenido que ser reforzada con soldados españoles, aún los mandos siguen siendo aplastantemente no españoles. En el otro lado, en un larguísimo y jugosísimo informe, el general Kléber se queja de que las BI son siempre enviadas a lo peor de las batallas y que nunca se les provee de descansos. Un informe recogido al final del libro (eso quiere decir al final de la guerra, poco antes de que las BI salieran de España) insinúa deserciones masivas en estas unidades. Las cartas, por lo demás, refieren sin ambages, varias veces, la convicción de muchos internacionalistas en el sentido de ver al soldado español como una especie de medio soldado que no sabe luchar. Walter incluso insinúa discriminaciones de los soldados españoles a la hora de ser tratados por los servicios de las BI.

En segundo lugar, también afloran las diferencias entre los propios internacionalistas. Los franceses no salen bien parados. En otro punto, se habla de los polacos como pandas de borrachos. Se insinúa la existencia de sentimientos antisemitas. Los informes de los comunistas se desgañitan recomendando la concentración de nacionalidades en unidades propias. El argumento fundamental es el idioma, pero es posible que también se quieran evitar otro tipo de problemas.

En tercer lugar, parece haber un enfrentamiento nada larvado entre mandos de batalla y mandos de retaguardia. Los informes que leemos en el libro son los de estos primeros, y son muchas las referencias al headquarters de las BI en Albacete, al que acusan de estar acromegálicamente burocratizado y ajeno a la guerra.

En todo caso, la imagen de las BI que instilan estos informes en sus últimos meses en España, unidades formadas por soldados absolutamente quemados, que llevan toda la guerra luchando casi sin descansos, sin ropa adecuada, con un armamento de mierda, sucios, experimentando deserciones un día sí y otro también, está bastante lejos de lo que estamos acostumbrados a pensar de ellos.

Por último, una cosa que merece la pena leerse es uno de los últimos informes del libro, en el que uno de los asesores soviéticos le cuenta a Moscú una conversación con el presidente Negrín. En dicha conversación, según se nos refiere, Negrín aborda el asunto de cómo sería España al día siguiente de que la República ganase la guerra. Digamos que no es muy coherente con la idea de que la República luchaba para defender la democracia.

Negrín es partidario, según este informe redactado por un tal Marchenko, de crear un frente nacional, teniendo en cuenta que la unión de socialistas y comunistas es imposible por la oposición de algunos socialistas. De hecho, Negrín le dice a Marchenko que la única opción lógica sería la absorción del PSOE por el PCE [sic. Véase la página 498 del libro]. Propone Negrín la adscripción al frente nacional de militares republicanos sin adscripción política, entre los que cita al coronel Casado. Como se ve, a Negrín los servicios de inteligencia le funcionaban como un reloj.

Otra cosa que dice Negrín es que, en la España de después de la guerra y mediando victoria de los suyos, «no habría retorno al parlamentarismo», y «no sería posible el retorno al libre ejercicio de los partidos como en el pasado, porque en ese caso la derecha podría forzar su camino hacia el poder». «Esto significa», anota Marchenko, «que se necesita o bien una organización política unificada [partido único; la aposición es mía] o una dictadura militar [las cursivas también son mías]». Respecto a Cataluña, Marchenko pone en boca de Negrín el reproche de que la Esquerra en el gobierno autónomo «intenta regresar a la situación de antes del 18 de julio», es decir la autonomía, «lo cual no ocurrirá» porque «la burguesía no va a recobrar sus posiciones».

Todo muy democrático.

jueves, octubre 15, 2009

La gran guerra vasca (4)

El fracasado sitio de Bilbao no es un episodio crucial en la guerra vasca, pero sin embargo tuvo grandes repercusiones en la guerra carlista. La muerte de Tomás de Zumalacarregui dejó vacante el puesto de comandante general de las tropas carlistas, y la designación de sucesor terminó por aflorar un problema que ya existía antes de la muerte del caudillo militar vasco, aunque de una forma más larvada: el enfrentamiento entre carlistas foralistas y lo que podríamos denominar (malamente) carlistas castellanos.

Las dos grandes tendencias del carlismo son los fueros y el altar. Ambas se interpenetran. El nacionalismo vasco ha sido hasta antesdeayer un nacionalismo católico; pero de un catolicismo ultramontano y anticuado como pocos. Por su parte, el tradicionalismo religioso español siempre ha gustado de lo medieval, entre otras cosas los derechos forales, algo que no necesariamente tiene que ser así. Así pues, foralismo y catolicismo son ambas formas de pensar que se han dicho cositas durante mucho tiempo. Pero son distintas. Uno de los problemas del carlismo fue la pretensión, hasta cierto punto incierta, de que las dos cosas se podían convertir, y se habían convertido, en una sola. Ni de coña. El carlismo victorioso de 1939 sacrificó el foralismo euskaldún sin un suspiro, de la misma forma en que, desde 1936, el foralismo vasco se alineó en un bando guerrero que prohibía en la mayor parte del país la práctica de la religión católica. La teoría carlista decía que todo eso se superaba, se sintetizaba, en la Corona, esto es en la figura del pretendidamente auténtico heredero de los derechos dinásticos. Pero esa pretensión es muy débil. En realidad, aunque el carlismo lleve como nombre una pretensión dinástica, dicha pretensión es la parte más débil del conjunto.

La vertiente catolicista del carlismo decimonónico quería sustituir a Zumalacarregui por el cura Merino. Sin embargo, la existencia en el ejército carlista de tres herederos naturales del mando por ser tenientes generales (Moreno, Maroto y Eguía) dificultaba esa decisión. Así las cosas, el entorno de Don Carlos optó por apoyar a Moreno, mientras que los militares vascos, en su gran mayoría, prefirieron a Maroto. Eguía quedaba inicialmente descartado por su avanzada edad. Finalmente, el designado fue Moreno. Sin embargo, muy pronto el nuevo comandante general demostró adolecer de un defecto gravísimo para un militar en guerra: la pasión por obtener victorias con rapidez.

Quizá obsesionado con la idea de apuntarse un tanto pronto, idea que en sí misma demuestra que el propio Moreno no se sentía ni mucho menos el commander in chief indiscutido de todos los carlistas, arrastró a las tropas de Don Carlos, y al pretendiente mismo, al desastre de Mendigorria, donde bien pudo quedar el carlismo enterrado para los restos, si no llega a ser por la valiente y desesperada acción de los batallones alaveses. Así pues, finalmente, hubo de ser un vasco, un viejo vasco antiliberal como Eguía, el que tomase el mando. En realidad, el viejo teniente general estaba eso, viejo y achacoso. Pero tenía a su lado al más joven Bruno Villarreal, un militar alavés que tal vez no fuese gran cosa a la hora de guerrear pero que, sin embargo, se vestía por los pies a la hora de organizar ejércitos y que, consecuentemente, multiplicó los efectivos de las tropas carlistas justo en el momento en el que los estrategas cristinos habían diseñado un plan para empantanar a las tropas carlistas muy dentro de las tierras vascas.

El gran éxito de Villarreal, con todo, también fue su gran problema. Porque los ejércitos nutridos, para serlo, tienen que dejar de ser milicias. Hasta la muerte de Zumalacarregui, las tropas carlistas vascas habían sido, en realidad, milicias basadas en la fidelidad ideológica de los combatientes (un modelo que se repetirá en 1936 con las milicias republicanas anteriores a la formación del llamado Ejército Popular de la República) pero con elementos de flexibilidad desconocidos por un ejército. Muchos voluntarios carlistas, por ejemplo, abandonaban sus unidades durante algunos días para regresar a sus casas y reponer fuerzas. Con el tándem Villarreal-Eguía llegan las levas forzosas; y cuando un mozo es forzosamente movilizado, no se le pueden dar tales flexibilidades porque desertaría. El ejército carlista, pues, se convirtió en un ejército permanente, acuartelado y disciplinado.

En el verano de 1936, la guerra carlista toma muy mal cariz para los cristinos. El comandante general del ejército, Fernández de Córdoba, dimite por razones políticas, siendo sustituido por Espartero. El general carlista Gómez, en ese momento, rompe el cerco de fortines que teóricamente protege a la España cristina y cruza el Ebro. Envió Espartero contra Gómez a su división de reserva, mandada por Tello, que fue derrotada; motivo por el cual tuvo que echar mano de la división de Alaix y reducir su capacidad operativa en el País Vasco, con lo que los carlistas se volvieron de nuevo hacia la perla, o sea Bilbao. El 14 de septiembre, en Durango, Zabala, Valdespina, Epalza y Landaida, los cuatro integrantes de la Junta carlista de Vizcaya, convencen a Bruno Villarreal de la necesidad de intentar de nuevo ir a por Bilbao. El 23 de septiembre fueron los primeros disparos. En el segundo sitio de Bilbao participaron tropas bizcaitarras, donostiarras, alavesas, castellanas y aragonesas.

Durante el sitio 2.0, la probabilidad carlista de triunfar fue aún más remota que en el sitio 1.0. En el ínterin, los bilbainos habían construido baluartes exteriores a la ciudad desde donde hostilizaron a la artillería enemiga, obligándola con ello a disparar desde muy lejos. El 27 de septiembre por la noche intentaron una toma por sorpresa por Diente, pero fueron descubiertos.

El sitio de Bilbao 2.1 se produjo pocos días después, cuando Espartero, que había llegado en auxilio de la plaza, se marchó de nuevo hacia Logroño, donde los cristinos tenían problemas, motivo por el cual los carlistas, ahora al mando de Eguía, volvieron a la carga. Empezó el 9 de noviembre y en él los carlistas, que habían aprendido la lección, atacaron no la ciudad, sino sus baluartes. Acabaron por tomar el más importante de ellos, el de San Mamés, cuyos defensores suponemos que se batirían como leones (chiste fácil).

El día 17, los carlistas abordan la fase más complicada del sitio, que es la escala del muro de la ciudad o su agujereamiento, concentrando su fuego en el convento de San Agustín. Entraron a la carga tres veces, pero fueron rechazados otras tantas. El día 22 sometieron al convento a tal mano de hostias artilleras que varias porciones del edificio se derrumbaron. Los carlistas se tiraron a los boquetes en fila de a siete, pero fueron nuevamente rechazados. Parece bastante obvio que los fueristas nunca ponderaron en su justa medida lo terco que puede llegar a ser un bilbaino cuando se siente amenazado (aunque en su defensa cabe decir que ni de coña han sido los únicos).

Un militar carlista, Pedro Juan de Arana, dejó un diario de aquellas acciones. Su lectura nos deja claro hasta qué punto la armada carlista no era aún un ejército en toda su extensión. Hablando de las acciones del día 22, por ejemplo, informa de que el general, tras el cañoneo contra el monasterio, ofreció «voluntariamente al que quisiera que salga para asalto», y que, al ver que apenas tres mandos daban un paso adelante, «quedó penao [sic] porque decía si los paisanos de él no le acompañaban, que si le había dicho a cualquiera de los batallones de Navarra todos que habían salido, y después le fueron que irían todos y entonces les dijo que no quería (...)». El relato de Arana no es propio de un ejército que de tal se repute. O sea: ¿quién quiere atacar? ¿Nadie? Pues qué cabrones sois, porque si se lo digo a los navarros... ¿Ah, que ahora que os digo que los navarros sí atacarían, decís que atacáis? ¡Pues ya no os ajunto!

Algunos días después, en medio de la vuelta-no vuelta de Espartero (pues al general le gustaba ir bien pertrechado de hombres y, aunque disponía de 15.000, dijo que hasta que no reuniese 5.000 más no haría nada en Bilbao) los carlistas se infiltran en el convento de San Agustín. A las dos de la tarde, los guardianes del edificio salieron despavoridos hacia Bilbao anunciando que el enemigo había entrado. Los bilbainos, que suelen profesar la filosofía de que los grandes males demandan remedios aún peores, viendo que no podían desalojar a los carlistas del convento, resolvieron quemarlo con ellos dentro. Así pues, los invasores se hubieron de refugiar en una pequeña porción del lugar libre de fuego, y no pudieron entrar en Bilbao.

Días después, en el valle de Asúa, se produjo la batalla de los hermanos Marx, en la que Espartero cargó contra los carlistas, casi al paso, en una carga de caballería caótica y medio cachonda en la que las formaciones se rompieron antes de llegar al enemigo, entre otras cosas porque el enemigo, y nunca he logrado leer una explicación convincente de por qué, salió echando hostias antes del embate. Una batalla, pues, que no ganó nadie, sino que perdieron ambos contendientes. Muy español.

Llegada la Navidad del 36 los carlistas, que se habían convencido de la inoperatividad de Espartero, licenciaron a muchos soldados para que regresaran a sus casas a esperar al olentxero y se dispusieron a pasar las fiestas a las puertas de Bilbao, tocándose los huevos. Sin embargo, en esos días regresó Gómez de su paseo por la España cristina, con 15.000 cristinos mordisqueándole el rabo. Así, en la mismísima Nochebuena, Espartero recibió los refuerzos que necesitaba, tomó el puente de Luchana, se llegó hasta Bilbao y puso a los carlistas en huída.

Ahora Espartero tenía tropas. Se podía plantear destruir la capacidad militar del carlismo o, cuando menos, del foralismo. Él pensaba que lo que el destino dictada era que el carlismo desapareciese en las laderas del monte Oriamendi. Lo que no sabía, sin embargo, es que cabalgaba hacia el más grande mito del carlismo.

miércoles, octubre 14, 2009

Pensar como Franco: the solution




Bueno, pues aquí está la foto, tal y como la publicó la prensa en noviembre de 1975: el despacho de Franco tras su muerte, con la mesita y las tres fotos dedicadas que el Caudillo había decidido dejar para la posteridad.

Quiero, antes de nada, decir que difícilmente se me ocurrirá una adivinanza más divertida. Me lo he pasado en grande leyendo vuestras cábalas. Al principio tuve un poco de miedo porque si repasais los mensajes veréis que el segundo del hilo, en el que nuestra amable corresponsal citaba a su marido entendido en Historia (dile que se pase por aquí cualquier día), el tal marido se marcaba dos bull's eye como dos soles. Pensé: estos cabrones van a dar con la solución antes de que yo me vuelva a duchar.

Y de hecho lo hicisteis, porque no pocos de vosotros avizorasteis que el tercer personaje, considerando lo católico que era Franco, tenía que ser un Papa. Aunque la cosa tenía su truco.

Eso sí, le doy un premio especial a quien propuso a Sofía Loren. La imagen de Franco en su despacho mirando un retrato dedicado de Sofía Loren, lo confieso, me ha perseguido estos últimos días, lo cual ha hecho que fuese riéndome por la calle. He desbarrado bastante y, bajando por la cuesta, me imaginaba al rey espiando en su despacho una foto de Marta Sánchez; o a Zapatero suspirando frente a la foto dedicada de Natalia Verbeke; o a Rajoy ponderando ante Soraya las beldades bien expresadas en la foto dedicada de Norma Duval.

Veamos. Felicidades a casi todos, porque apostasteis por Eisenhower. El de Eisenhower es, sin lugar a dudas, el abrazo de más fuste internacional que jamás dio Franco, y parece lógico que guardase su foto dedicada como oro en paño. Además, conociendo al general, seguro que sentía una íntima solidaridad con Ike, pues ambos, dentro de su cabeza, seguro que eran la vanguardia de la lucha contra el comunismo internacional.

El segundo nombre de los fáciles no era tan fácil. Aunque sí si se piensa un poco. Tener una foto de Marcelo Caetano, dictador portugués, sería para Franco como tener la foto de un colega. Además, Franco y Caetano con seguridad tuvieron muchas y grandes relaciones, como compete a dos países con regímenes del mismo color que, además, están situadas en la misma planta del rascacielos del mundo.

Pero luego está la tercera. Muchos disteis, como digo, con la clave de que tenía que ser un Papa. Pero, si no recuerdo mal, el único nombre que se manejó en los comentarios era el de Pío XII. Dicho de otra forma: acertábais al considerar que Franco tendría la foto de un Papa, pero, al mismo tiempo, estimabais que tendría que ser uno tan ultramontano como el propio Franco. Ahí estaba la dificultad, porque, sin embargo, la foto es de Juan XXIII, el reformador del concilio vaticano. Franco, si no ando muy equivocado, vivió a tres papas: Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Desde luego del último no tendría una foto, porque le puso la proa con los fusilamientos y los procesos de sus últimos años. Pero tenía razón nuestro comentarista al considerar que, entre los otros dos, el más lógico es Pío. Pero, no. Franco tenía la foto de Juan XXIII, lo cual, de alguna manera, venía a decir que, de los papas que había conocido, era el que más admiraba (o tal vez el único que le dedicó una foto, que resulta difícil de creer).

Lo que yo me pregunto es: y, ahora, ¿dónde estarán esas fotos?

martes, octubre 13, 2009

Desfiles pacíficos

Menudo follón se ha montado con el desfile de la Fiesta Nacional y los abuchecos al presidente del gobierno. Alberto Ruiz Gallardón, esa luminaria de la gestión municipal según la cual, si un tráfico rodado pasa por las vías A, B y C, no pasa nada porque se hagan obras simultáneas en las vías A, B y C, ha sido oportunamente cazado por las cámaras de la televisión española dorándole la píldora a su presidente y afeándole la conducta a sus administrados.

A mí, sinceramente, me cuesta entender el argumento gallardonita, si es que lo he entendido bien. Parece ser que dice don Alberto que cuando una celebración lo es de Estado, no se debe abuchear a alguien en concreto. Si como digo entiendo bien el argumento, esto viene a querer decir que sólo debes abuchear a un político en un acto que organice él o ella. Este argumento, como digo, me mueve a dos consideraciones.

La primera es: ¿por qué, entonces, el presidente del gobierno permite ser aplaudido en actos de Estado? Si los actos de estado, Gallardón dixit, no están para expresar la volición del personal respecto de sus políticos, tan delito es mandarlos al carajo como aplaudirles y decirles ¡presidente, presidente!, tal y tal. Así las cosas, ¿será que un acto de Estado es como la misa católica y hay que estar en ellos de pie y calladitos hasta que el cura nos dé la palabra?

La segunda: ¿es delito, por lo tanto, expresar tanto el apoyo como el rechazo hacia el gobierno, cualquier gobierno, en actos no partidarios como los funerales de Estado? ¿Y los partidos de fútbol? Porque a la final de la copa va al presidente del Gobierno, pero es obvio que no la organiza. Dado que no la organiza él, parece ser que es una falta de respeto, Gallardón dixit, aplaudirle o abuchearle.

En todo caso, la función de estas pequeñas notas es tranquilizar a nuestro presidente con un argumento que creo yo algo más sólido que los esgrimidos por el pelotilla municipal ayer en la mañana mientras desconocía, o tal vez sabía muy bien, que estaba siendo grabado. Zapatero, quédate tranquilo, que los desfiles que has vivido tú son juegos de niños al lado de los que han ocurrido en el pasado.

Quizá el desfile conmemorativo más encabronado que se ha vivido en España, que es el que quiero recordar aquí, es el producido el 14 de abril de 1936 en el mismo escenario que ayer, es decir en el paseo de la Castellana. Claro que, en aquel entonces, como en España todavía no se había inventado a Alberto Ruiz Gallardón para que diese por saco, la parada tuvo como escenario las cercanías de la plaza de Colón. De aquella, además, lo que hoy conocemos como plaza de Cuzco era poco menos que un secarral.

El 14 de abril de 1936 se celebró una parada militar para conmemorar los cinco años de la II República. No registran las crónicas si el gobierno, que participó en pleno desde la tribuna, tuvo o no que soportar silbidos. Quizá esto es así porque no estaba allí Ruiz Gallardón para dorarles la píldora. Aunque hay razones más de peso para que unos silbiditos no se valoren.

A la altura de la calle Marqués de Riscal, en un momento del desfile, alguien, y que yo sepa nunca se ha sabido a ciencia cierta quién, tiró un petardo. Un petardón, más bien. Como digo, pudo ser cualquiera. En la calle marqués de Riscal se había encontrado, o se encontraba, entonces, una de las sedes de Falange, aunque ese es un dato que, en mi opinión, avala el dato de que no fueron ellos, pues hay que ser muy imbécil para hacer una putada justo enfrente de tu casa, además de que no entra en el estilo de Falange petardear (nunca mejor dicho) un desfile militar. Pero la participación en el hecho de grupos de izquierdas tampoco casa con el hecho de que quien estaba en la tribuna era el gobierno del Frente Popular nacido de las elecciones de febrero de aquel año. A menos que fuesen anarquistas, claro, porque a éstos les daba igual Juana que su hermana.

En todo caso, el autor de la petardada consiguió lo que probablemente buscaba, y es que todo el mundo, durante un momento, pensara que el petardo era una bomba en condiciones. Los testimonios del día indican claramente que aquello retumbó como si un troll tuviese un ataque de aerofagia. Hubo carreras, gritos, de todo. Las fotos del día en las que se ve al mismo Azaña desde la tribuna tratando de tranquilizar al público (una vez supo que no había sido nada, claro) no tienen desperdicio.

Pasado este incidente, llegó el momento de que por el tramo final de la Castellana desfilase la Guardia Civil. El cuerpo armado había demostrado, cinco años antes, un escrupuloso respeto a la voluntad popular que quería que el rey se marchase y, por lo tanto, no puso ni medio problema a la proclamación de la República. Pero, en cinco años, habían pasado muchas cosas. Para empezar, un ex director general de la Guardia Civil, Sanjurjo, se había levantado contra la República en agosto del 32. Y luego habían estado las tragedias de Castilblanco, de Arnedo, y otras tantas, en las que la Guardia Civil, o bien había sido masacarada, o bien había masacrado y/o participado en hechos más o menos luctuosos. Una de las banderas de las izquierdas, por lo tanto, era el odio a la Guardia Civil (que le duró, más o menos, hasta el ministerio Barrionuevo).

Quizá por eso, y por supuesto a causa también del hecho histórico de que no estuviese por ahí Ruiz Gallardón para desplegar entre las masas sus inmensas habilidades conciliadoras y de paso sus impuestos y sus multas, al pasar los de verde la cosa se desmadró. Grupos de personas entre el público, al paso de los desfilantes, procedieron a abuchearlos y a insultarlos.

Es ley de vida que a los desfiles militares va siempre una gran multitud de gente a la que le gustan esas cosas y es, por lo tanto, mayormente proejército. Las chanzas y burlas de una parte del público fueron, pues, rápidamente contestadas por otra parte, entre la que se encontraba Anastasio de los Reyes, un alférez de la guardia civil al que no le tocaba desfilar y que se encontraba viendo pasar a sus compañeros. De los Reyes, junto con otros miembros del público, ordenó callar a los que insultaban y, dado que la dialéctica de aquellos años no es la de hoy, recibió, por toda constestación, una bala en la espalda que acabó con su vida.

Pues sí. Hoy discutimos sobre si se puede pedir a gritos la dimisión de un presidente del gobierno durante un desfile. Pero, hace 70 años, lo que pasó fue más bien que le mataron a un paisano (pues De los Reyes estaba entre el público) casi en las mismas barbas.

El asesinato del alférez Anastasio de los Reyes es el momento en el que una mano negra, muy negra, comienza a inclinar definitivamente el plano de la Historia de España, para hacerlo caer irremisiblemente en la guerra civil. Marca un antes y un después, a mi modo de ver, porque demuestra que el gobierno del Frente Popular, a pesar de las promesas en las Cortes por parte de Azaña en ese sentido, no estaba dispuesto a gobernar para todos, sino para los suyos.

En realidad, este problema no surge por el desfile y el asesinato, sino por el entierro, celebrado al día siguiente. El entierro del alférez De los Reyes fue un acto de rebeldía ante las instituciones por parte del estamento militar y las derechas. El gobierno quería un entierro sencillito y en la intimidad familiar. Sin embargo, los compañeros del guardia civil se empeñaron en que no fuese así y, tras instalar la capilla ardiente en un cuartel que estaba más o menos donde hoy está AZCA (si no están erradas mis referencias), llevaron el féretro en procesión paseo abajo. En el trayecto fueron tiroteados dos o tres veces. Una desde la Escuela Normal, que no sé muy bien dónde estaba. Otra, según los periódicos, desde unas casas en obras en la calle Miguel Ángel. Y otra más abajo, desde los tejados de algunos edificios.

Ante las agresiones, que calentaron mucho los ánimos, el cortejo funerario, contra lo que se le había dicho, decidió seguir la procesión hasta Manuel Becerra, conocida entonces por muchos madrileños con el sardónico nombre de plaza de la Alegría, porque ahí era donde se despedía a los féretros camino del cementerio. Al paso por la plaza de la Independencia, al parecer, hubo conflictos porque algunos de los miembros del cortejo pararon los tranvías y obligaron a sus conductores y viajeros a descubrirse al paso del cadáver. Puede ser, a la vista de los relatos escritos del día, que uno de esos conductores, quien al parecer levantó el puño, se llevara unas hostias como panes. En los listados de las casas de socorro aparece, de hecho, algún que otro tranviario.

En Becerra se montó la mundial. Creo que fue allí donde murió de un disparo Antonio Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. Con todo, lo peor fue que el teniente a cargo de los guardias de asalto, José Castillo, tuvo al parecer un momento de pánico en medio de aquel batiburrillo y quizá temió por su seguridad personal (cosa que no me extraña, pues el cortejo fúnebre, formado mayoritariamente por militares armados, había sido tiroteado, así pues sus miembros muy tranquilos no estarían). Como no estaba por allí Ruiz Gallardón para recordar a los paisanos que en los actos no partidarios no se pueden hacer cosas feas, y de paso ponerles unas cuantas multas por ensuciar el mobiliario urbano, la cosa se fue de madre, el personal se fue a por Castillo, no sé si porque era de la poli o porque le reconocieron, porque lo cierto es que Castillo era un significado marxista que tenía entre sus dedicaciones entrenar a las formaciones socialistas paramilitares. El caso es que Castillo se sintió, como digo, amenazado, y disparó, prácticamente a quemarropa, en el pecho de un joven de 19 años, Luis Llaguno, de ideología tradicionalista, que quedó hecho un siete, si bien, que yo sepa, no la palmó.

Otro hecho que no registra la Historia, a mi modo de ver de forma injusta, es el enorme favor que le habría podido hacer a la paz de España el alcalde Gallardón de haber existido entonces. De haber existido Gallardón en aquellos tiempos, el trayecto desde el Hipódromo hasta Becerra habría estado tan preñado de zanjas y túneles en construcción que el funeral no se habría podido celebrar.

La acción de Castillo al disparar sobre Llaguno puso en marcha el reloj de la guerra civil. Llaguno estaba desarmado, motivo por el cual el disparo de Castillo se produjo sobre un civil que no era una amenaza; algo que cualquier policía sabe que es pecado mortal. Sin embargo, a Castillo no le pasó nada. Todos sus compañeros lo avalaron y afirmaron la fuerza necesaria de su acción, por lo cual, que yo sepa, ni siquiera fue sancionado (lo cual tiene coña, porque el Director General de Seguridad, su supermando pues, acabó dimitiendo a causa de estos hechos). Como no fue sancionado ni arrestado ni nada, pudo, pocos días después, salir de su casa tranquilamente hacia el trabajo y encontrarse con unos ignotos pistoleros (probablemente tradicionalistas, aunque se habla también de falangistas, y de mediopensionistas) que se lo apiolaron. El asesinato del teniente Castillo es el que encabrona lo sufiente a un guardia civil y un grupo de guardias de asalto como para salir una noche en busca de venganza. La noche en la que esos tipos matan a José Calvo Sotelo, haciendo con ello imposible toda evitación de la guerra civil. Con la muerte de Calvo Sotelo, ya ni Gallardón la habría parado.

Cabe decir, además, que la reacción del gobierno, y más concretamente de Casares Quiroga que en esos días asumió las funciones de Interior por estar imposibilitado su titular, fue de un sectarismo acojonante. Tras el consejo de ministros que analizó los sucesos del desfile y del entierro, el gobierno anunció una serie de acciones muy duras contra los grupos de derechas. Evidentemente, las derechas habían alentado una rebelión durante el entierro del alférez, rebelión que es en gran parte responsable de los sucesos posteriores. Por decirlo claramente: nunca debió haber follón en Becerra si el cortejo fúnebre hubiese respetado las reglas de juego. Además, su actitud cuando menos en el tramo del desfile desde el principio de la Castellana fue provocadora y violenta, como demuestran los episodios de los tranvías.

Pero, siendo esto cierto, no lo es menos que un gobierno no podía pasar por encima del hecho de que el entierro fue tiroteado por lo menos tres veces por pistoleros de izquierdas. Un gobierno que de tal se precie habría repartido hostias por igual, porque si algo deja claro el entierro del alférez de los Reyes es que los grupos radicales, de uno y otro bando, se sentían con capacidad para campar por sus respetos en aquella España que estaba a punto de partirse como una baguete de pan duro que estrellásemos contra la pared. Y luego está el impresentable caso de Castillo. Castillo fue asesinado el 12 de julio. Esto es: 88 días después de haber disparado sobre Llaguno. ¿Alguien podrá sostener que 88 días son suficientes como para haber cerrado una investigación policial interna sobre un hecho tan grave? 88 días después de su acción, Castillo trabajaba con normalidad y no había sido sancionado. Es obvio que el gobierno no quiso saber nada a la hora de apartarlo del servicio, sancionarlo o someterlo a una encuesta mínimamente rigurosa.

Creo que es Stanley Payne el que ha escrito que el asesinato de Calvo Sotelo fue el detonante final de la guerra civil porque enseñó a los alzados que, en realidad, estaban más seguros si daban el golpe de Estado que si no lo daban. Creo que la frase es cierta pero puede, en cierto sentido, retrotraerse algunas semanas, hasta la fecha del entierro del alférez De los Reyes. Fue ahí, a mi modo de ver, cuando muchas de las fuerzas sociales y militares que finalmente apoyarían el golpe de Estado del 36 aprendieron que no tenían nada que esperar del gobierno del Frente Popular.

Al lado de esto, lo del desfile de ayer es una especie de coña marinera.

Aunque, eso sí. Si lo que queremos son desfiles del 12 de octubre que transcurran sin abucheos, no tenemos nada más que volver al franquismo. Durante los desfiles del Día de la Raza no había un dios que abuchease a la tribuna.

Yo, para mí, que si hay abucheos, lo que deberíamos hacer es felicitarnos de ello. Los máximos mandatarios intocables dan repelús.

domingo, octubre 11, 2009

¿Eres capaz de pensar como Franco?

La adivinanza de este post es realmente challenging. Pero teniendo en cuenta que los lectores de este blog ya me han dejado varias veces pijarriba tras sus exhibiciones de profundo saber, lo mismo es más fácil de lo que creo.

Para acertar esta adivinanza, tendrás que pensar como el general Franco.

¿Que cómo pensaba Franco? Pues no tengo ni puta idea. Descubrirlo es cosa tuya.

El planteamiento es el siguiente: Franco, como todos los gobernantes, tenía un despacho. En ese despacho, tenía varias mesas y tal, en una de las cuales tenía tres fotos dedicadas. A lo largo de su vida pudieron ser más, pero yo me estoy refiriendo a las fotos que tenía en el momento de su muerte, en 1975.

La pregunta es simple: ¿de quién eran esas fotos dedicadas que Franco quería tener junto a sí en su mesa de trabajo?

Conociendo el resultado final como lo conozco yo, me parece hasta fácil. Los tres personajes elegidos por Franco para ser su referencia icónica diaria tienen su lógica para serlo. Aunque hay otras muchas lógicas posibles, cierto es.

Lo vamos a hacer tal que así. Como te he dicho, son tres fotos. Al final de este post, colocaré los nombres de veinte políticos y personajes de la época, lista dentro de la cual se encuentran DOS de esos tres personajes; los otros 18 son falsos, así pues las posibilidades de que aciertes by fluke son remotas. Tienes que escoger los dos nombres que, según tú pienses, pueden ser los correctos. Y estaría bien que me explicaras por qué.

¿El tercero? Bueno, el tercero es para nota. Ése lo tendrás que adivinar tú sólo, sin ayudas. Y me atrevo a decir que, si lo consigues, eres un puto crack.

Ea, aquí está la lista. Dale al cebollo.


Adolf Hitler
Kurt Waldheim
Herbert von Karajan
Benito Mussolini
Dwight Eisenhower
Hassan II de Marruecos
Fidel Castro
El Sha de Persia
Marcelo Caetano
Emilio Mola
Manolete
Juan de Borbón
Lola Flores
Nikita Khruschev
José Antonio Primo de Rivera
El conde de Romanones
Augusto Pinochet
Luis Carrero Blanco
Santiago Bernabéu
Haile Selassie

viernes, octubre 09, 2009

La gran guerra vasca (3)

Los primeros años de la guerra carlista, como hemos visto, se pueden definir como un momento en el que se hace valer el enorme error isabelino a la hora de valorar a las fuerzas carlistas y los avances casi constantes de éstas, beneficiadas del proceso de conversión de las mismas en un ejército moderno en las manos de uno de los principales genios militares de nuestra Historia, Tomás Zumalacarregui. Sin embargo, todo se acaba, y también la buena suerte. Los éxitos carlistas, que parecían interminables, se van a estrellar contra las murallas de una ciudad. De una ciudad que no es cualquier ciudad, como bien saben en Baracaldo, Portugalete y otros satélites: la misma Bilbao, propiamente hablando.

Tras demostraciones como el ataque e incendio del silo de pan, los carlistas sitiaron Bilbao, y fueron allí con todo lo gordo. Zamalacarregui puso en juego 23 batallones y 18 cañones que, situados en Begoña y Artagan, hostilizaron la ciudad sin piedad. El 13 de junio de 1835 comenzó la historia y pronto los isabelinos trataron de concentrar tropas de apoyo. Espartero juntó 6.000 hombres en Portugalete, Iriarte tenía 2.000 más en Valmaseda y pronto llegarían unos 15.000 más al mando de Latre y Valdés. Pero tal demostración no logró romper el cerco.

La clave estuvo en la artillería. Los bilbainos tenían unos cañones que más parecían los atributos sexuales de un polifemo y, además, sabían utilizarlos muy bien. Zumalacarregui contaba con sus cañones para ablandar a la villa, pero del sitio salieron más disparos y más certeros y pronto la artillería carlista quedó para el arrastre. Así las cosas, cuando los refuerzos isabelinos consiguieron llegar, los carlistas tuvieron que volver grupas.

Aquí hay que hacerse una pregunta clara. Porque claro era para cualquier observador avezado que los carlistas no contaban con fuerzas suficientes para tomar Bilbao, y menos aún para conservarla en su poder si lo conseguían. En tal caso, ¿por qué un militar experimentado y nada temerario como Zumalacarregui se avino a realizar la operación? La clave, pienso yo, quizá se encuentra en el especial ambiente que entre los vascos generó el incendio de Gernika, así como el hecho de que el sitio de Bilbao se vio precedido por algunas victorias fáciles y sonadas de los carlistas, como la toma de Vergara. Por lo demás, para entonces los carlistas habían comenzado a practicar uno de sus deportes preferidos: la disensión interna. En el Consejo Real de don Carlos había quien le comía la oreja al presunto sucesor de la corona con el concepto de que la fidelidad de Zumalacarregui era relativa. Y probablemente no les faltaba razón pues Zumalacarregui, como casi todos los combatientes vascos, era carlistas porque los carlistas eran fueristas; en modo alguno era fuerista como consecuencia de su carlismo.

El general vasco hizo lo que pudo. Eligió Soloetxe como el lugar ideal para romper la resistencia de la ciudad y lo atacó durante todo el día 14 de junio de 1835. En Deusto y Olabeaga, envió unas gabarras a bloquear la ría, así como a presentar batalla a las avanzadillas de Espartero. Al día siguiente, mientras inspeccionaba unas defensas, fue herido en una pierna, herida de la que moriría once días más tarde, en un episodio nunca suficientemente aclarado, porque aún hace ya casi doscientos años, un balazo en una pierna no era como para pensar que se tuviera que morir.

Las últimas palabras de Zumalacarregui, asimismo, alimentan la leyenda. Dijo algo así como que siempre supo que la Junta de Vizcaya les llevaría a la ruina. Esta última confesión ha alimentado siempre la interpretación de que el sitio de Bilbao, empresa imposible, fue realizado por presión de dicha Junta, es decir de los políticos.

Eraso continuó las operaciones, aunque en las filas carlistas el desánimo podía untarse en el pan sin cuchillo. Ni aún así los isabelinos se apuntaron un tanto, pues sus columnas fueron derrotadas el día 18 en Castresana por un general de nombre bastante poco metrosexual (Sarasa). Las autoridades bilbainas, entonces, pidieron auxilio al rey francés Luis Felipe de Orleans. Pese a que éste apenas podía mandarles un tercio de las tropas que Madrid tenía ya concentradas en la zona, confiaban más en él. No obstante, para fin de mes, los carlistas se habían quedado sin munición, y tuvieron que levantar el campamento.

El sitio de Bilbao ha dado para mucho en las imaginaciones más o menos calenturientas de contemporáneos, herederos e historiadores. Para mí, sin embargo, fue un episodio que tuvo poca significación, y no habría tenido mucha más de haber vencido los carlistas. En primer lugar, este planteamiento es prácticamente de ciencia ficción. Las tropas de Don Carlos (por llamarlas así y no llamarlas las tropas vascas foralistas, que es como habría que llamarlas, en oposición a la resistencia vasca liberal de la ciudad) no tenían artillería, y sin artillería, a mediados del siglo XIX, era imposible debelar una ciudad adecuadamente pertrechada. De haber conseguido entrar, hubieran tenido que salir, más pronto que tarde, por patas.

Además, hemos de tener en cuenta que, mediante este sitio un tanto extemporáneo y chulesco, los carlistas perdieron a uno de sus mejores generales. Y, sin duda alguna, el mejor general del flanco más irredento del carlismo, que era el vasconavarro. La muerte de Zumalacarregui dio un pasito más hacia el embroque de Vergara. Don Carlos, que también tenía su vertiente de tonto contemporáneo, con siete trienios de antigüedad y seis balcones a la calle, se encargaría de dar unos cuantos más. Las sospechas que surgen de las postreras palabras de Zumalacarregui, por lo demás, apuntan a que los vascos también aportaron a este episodio sus buenas cuotas de cortoplacismo, oportunismo político y, en general, estupidez.

martes, octubre 06, 2009

Ciencia y orgullo

[Por alguna razón que desconozco, Blogger se empeña en que hoy es 7 de octubre. Como no se puede ir en contra los destinos de la ferralla y la pensalla, aquí queda este post, que debiera publicarse algunas horas más tarde de lo que se publica].

Hoy es miércoles, día 7 de octubre. En tal fecha, este blog, y varios cientos de blogs más por lo que sé, hace una paradinha en las funciones propias de su sexo. La razón es que al dueño de este colmao le provoca, como dicen en algunos lugares de América Latina, unirse a la campaña La ciencia española no necesita tijeras, representado por el logo que ves a la izquierda de este post. Adhiriéndome debo colocar ese logo, cosa que he hecho con gusto; escribir este post, hoy mismo, explicando por qué creo que no se debe reducir el presupuesto público de apoyo a la ciencia. Y, bueno, también se supone que debería twittear algo; pero para eso, claro, tendría que saber qué diablos es eso de twittear. La tercera condición, pues, queda en suspenso.

Puestos a daros las explicaciones de las que va este post, os diré que yo, cuando era un chavalín, pude elegir con total libertad por dónde irían mis derroteros culturales y profesionales. En la escuela se me daba bien todo, quizá con la excepción de la química. Mis especialidades eran el latín y las matemáticas, así de ecuménico me mostraba. Pero quizá una de las razones de que me decidiese por las letras era la mala sensación que me causaba la Historia de las ciencias. En la Historia de las Ciencias, apenas hay hitos que lleven nombres españoles. Recuerdo la ley de Boyle-Mariotte, o la de Hooke o, por supuesto, las de Newton. Repasaba en mis libros los faradios, los newtones, o elementos en la tabla periódica como rutherfordio, y me daba cuenta de que no hay una sola ley física que sea la Ley de Gómez, ni un solo elemento químico que se llame guadalquivirio.

Acusaba Machado a España de despreciar todo aquello de lo que no tiene idea. Es probable que haya sido nuestro mal durante mucho tiempo. España, como proyecto, tuvo la mala suerte de morir de éxito casi recién inventada, convirtiéndose en una potencia militar y económica. Cometimos el error de convertirnos en el principal baluarte de una manera de ver las cosas, la vaticana, a la que le costó entender que sus prevenciones nada tenían que ver con el avance del conocimiento; asunto del que sabe un poquito el señor Galilei, entre otros. La España que nació poderosa aprendió a girar alrededor de un concepto: el prestigio.

Todo, o casi todo, lo que se hizo desde el día en que dejamos de ser grandes, en algún momento del siglo XVII; y el momento en que nos dimos cuenta de que éramos directamente una puta mierda, o sea 1898; casi todo lo que se hizo entre esas dos fechas, digo, tuvo como objetivo conservar el prestigio. El orgullo de ser español. Y en ese terreno, la ciencia poco tenía que hacer, porque la ciencia, o mejor dicho la investigación o desarrollo científico, es un feto de maduración muy larga; así pues, procura muchas tardes de fatigas y negativas antes de poder echar un polvete en condiciones.

Nuestro orgullo era un orgullo de corto plazo. El orgullo de los matones. Por mucho que la Historia de la Ciencia española tenga muchas más referencias de las que probablemente sospechamos los legos en la materia, creo que no falta a la verdad quien diga, o al menos yo lo digo, que la ciencia española no estuvo en la agenda de nuestros reyes ni de nuestros consejos durante mucho tiempo. Despertamos a ello, más o menos, cuando, como digo, nos dimos cuenta de que éramos el cagarro de Europa. Desarrollamos una admiración probablemente excesiva por lo extranjero (hace bien pocos años se comenzaron a vender los coches Opel en España con el eslógan Ingeniería alemana a su alcance, como si la ingeniería alemana fuera la pera limonera, mientras los ingenieros españoles levantaban en Figueruelas la fábrica más eficiente de la marca) y empezamos a decirnos que aquello ya no podía ser.

Nos ha costado mucho darle la vuelta a esa tortilla. Ha costado mucho que España entendiese el valor del conocimiento, y el valor de liderarlo. Aunque no ha sido un camino de rosas. Hoy recordamos bien que Santiago Ramón y Cajal recibió un Nobel de Medicina y mucha gente olvida que Echegaray lo recibió de Literatura. Sin embargo, la emoción colectiva de ambos premios no tiene ni comparación; en su momento, fue mucho más valorado el segundo que el primero.

El franquismo, que mandó a tomar por culo a un porcentaje nada desdeñable de la ciencia española, no puso las cosas fáciles. La Transición política, tan denostada hoy por tanto y tanto culiparlante acostumbrado a ponderar los pares de banderillas siempre a toro pasado, fue, entre otras muchas cosas, la sensación de que, por fin, íbamos a ajustar cuentas con nosotros mismos. A aprender de los errores, muchos. Y la ciencia estaba en el paquete.

El guión de la democracia decía que se habían acabado, por fin, las visiones estrechas. Que había llegado el momento de que un español pudiese decir: soy español, y además un matemático de puta madre; y, dicho esto, un coro de tornerofresadores exclamase con admiración: «¡OOOOH!» Que había llegado el momento en el que, para un español, ser una autoridad en materia de cromodinámica cuántica (creo que se escribe así) se convertiría en una oportunidad para ser profeta en su tierra como no lo ha sido ninguno de sus abuelos desde los tiempos de Abderramán III el cachobestia. Por supuesto, también queríamos otras cosas: queríamos ganar la Eurocopa de Fútbol y, si es posible, el mundial. Queríamos que ¡Peeeeedro! ganase un Óscar. Queríamos situar a alguna de nuestras pericas en la lista de las tías más buenas de Vanity Fair. Cuando una nación sueña que es grande, todos los sueños caben.

Todos vosotros habéis tenido alguna vez un sueño. O dos, o veintisiete. Sueño quiere decir ese logro complicado que daríamos cualquier cosa por conseguir, y que está lejos, allá lejos. Porque todos habéis tenido un sueño, todos sabéis cómo se consigue: regando todos los días. La lotería es el único éxito que te cae por lotería. Todo lo demás te lo tienes que currar. Te lo tienes que currar muchas veces. Un amigo mío dice: cada por fin cuesta por lo menos cincuenta me cago en la puta.

Rebajar el presupuesto de investigación es, simplemente, bajar los brazos. Dejar de regar. El mismo tío que hace eso no tiene huevos de hacer lo mismo con el programa ADO y decirle al personal: a partir de ahora, nos quedamos sin medallas olímpicas. O de sacar una ley que impida a los galácticos clubes de fútbol superar determinado nivel de endeudamiento. El detalle demuestra, a mi modo de ver, la vara que usan algunos a la hora de medir nuestro éxito como país. Siguen en las mismas: el prestigio. Sólo que ahora, el prestigio ya no se mide entrando en Nápoles a sangre y fuego, sino corriendo los 1.500 metros en menos tiempo que los marroquíes. Pero el error sigue siendo el mismo.

Y ahora te hablo a ti. Sí, a ti. No te escondas. Sé bien, por comentarios privados que me llegan cuando escribo en este blog, que tiene un porcentaje de lectores que aún residen en la juventud despreocupada y multiorgásmica. Y te hablo a ti porque supongo que estás hasta los cojones de las ciencias. Te putean, te dejan sin salir alguna que otra vez, te atan a la dura silla del estudio. Y qué difíciles son de entender, ¿verdad?

Pues, mira. No seré yo quien te diga que los exámenes y las notas no sirven para nada. Sirven. Pero lo más importante de la escuela, y de la universidad, es que te está enseñando (o debería) a pensar. En la vida, los conocimientos tienen valor, pero relativo. Un conocimiento es algo que se adquiere. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de química; pero tú dame cinco años sabáticos, y ya verás cómo me empapo de formaldehídos.

Lo importante de la educación es saber pensar. Y no sabrás pensar si no aprendes a pensar como piensan los científicos. También tienes que aprender a pensar como los poetas, ciertamente. Pero eso no es cuestión del día de hoy, porque la poesía y los presupuestos del Estado tienen, afortunadamente para la primera, poco que ver.

Habría que aumentar la asignación para investigación, no a pesar de la crisis, sino precisamente porque estamos en crisis. En la pista hay dos corredores al límite de sus fuerzas. Uno, el corredor cobarde, se para y se tira al suelo, derrengado. El otro, el corredor valiente, aprieta los dientes, rompe a sudar y se deja los cuádriceps en cada paso. Si hubiésemos querido ser el corredor valiente, habríamos aumentado los presupuestos de ciencia. Pero somos unos putos membrillos.

En fin, hasta aquí he llegado. Como he dicho, no voy a twittear una mierda porque no sé lo que es eso, ni siquiera me imagino si será legal. Pero si eres lector científico, no te digo ya si eres el padre de esta iniciativa y estás leyendo esto, que sepas que me debes una. Algún día deberías escribir en tu blog científico por qué hay que conocer la Historia.

A mandar.

lunes, octubre 05, 2009

La gran guerra vasca (2)

Con total seguridad, los pseudoliberales que eran el apoyo de la reina Isabel infravaloraron a las diputaciones vascas y, en general, a los vascos. Cuando la sublevación está queriendo estallar, el Estado está casi en bancarrota y no parece capaz de financiar un esfuerzo bélico. Sin embargo, el invento del ministro Mendizábal, la famosa desamortización (y es por esta razón que se hizo tan apresuradamente) le permitió a los militares que pululaban por palacio levantar el ejército de 100.000 hombres con que soñaban y que consideraban, quizá recordando a los 100.000 hijos de San Luis, más que suficiente para sofocar la rebelión. Las provincias vascas y navarras, sin embargo, demostraron un poder casi estratosférico de movilización, pues llegaron a tener un ejército de 40.000 miembros, más 10.000 reservistas, que no está nada mal para un territorio que no acumula ni de coña ni la mitad de la superficie, ni la mitad de la población, de España.

La guerra carlista tiene dos años de desarrollo, hasta 1835, que lo son básicamente de hostigamiento del enemigo, sin enfrentamientos directos; tiempo durante el cual el ejército vasco-carlista, sin embargo, se organiza en cuatro divisiones operativas. En realidad, los vasconavarros no podían llegar realmente muy lejos con esa estrategia; el terreno era relativamente pequeño y el ejército contrario muy grande. Haría falta alguien que fuese capaz de comprender las tácticas guerreras tradicionales de los vascos, escasamente basadas en el enfrentamiento frontal, y adaptarlas a la guerra moderna (moderna entonces) que reclamaba movimientos de tropas coordinados de miles de hombres.

Ese hombre fue Tomás de Zumalacarregui.

Los vascos aprendieron a desenvolverse como un ejército napoleónico. A plantear ataques frontales combinados con movimientos sorpresivos de ruptura de las líneas enemigas. En relativamente poco tiempo, los carlistas consiguieron asegurarse el control del País Vasco, excepción hecha de sus capitales. Y comenzaron a pensar en hacer lo que ya venían haciendo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto, es decir organizar expediciones y razzias en terreno castellano. Actitud que obligó a los castellanos a cambiar el paso y diseñar una guerra de contención en la que no habían pensado, y que les llevó a intentar aislar más o menos lo que hoy es el País Vasco y Navarra con una línea de fuertes. El general Gómez fue el primer estratega carlista que se dio uno de esos paseos: salió con 4.000 soldados, tiró para Santander, luego pasó a Asturias, luego a Galicia, puteó varias ciudades; luego bajó hasta Extremadura y a Algeciras, con un columna de 30.000 isabelinos persiguiéndole, y luego se volvió a su tierra forrado y con un montón de prisioneros.

A la eficiencia carlista (yo creo que cabe poca duda de que, en esos momentos, la inteligencia militar estaba más en el bando carlista que en el isabelino) se unió, como factor importante, la torpeza liberal. Como hemos dicho, los gubernamentales controlaban las capitales, especialmente Bilbao. Allí destituyeron a la diputación bizcaitarra (que se fue a Gernika) y formaron otra de corte totalmente liberal, de la que eran cabezas visibles el eterno Uhagón y Mariano de Eguía. Esta diputación de pega decretó la movilización de todos los jóvenes del área; medida torpe donde las haya, porque todo lo que consiguió fue que los jóvenes del área desertasen a las filas carlistas en fila de a 27.

La reina Isabel había mostrado cierta sensibilidad regionalista al poner al frente de su ejército a generales vascos. Casi todos lo eran: Valdés, Quesada, el mítico Mina, Iriarte, Oraá, Jáuregui. Isabel no entendió que, para bien o para mal, desde entonces y ahora también, los vascos no distinguen, en realidad, entre vascos y no vascos; sino entre vascos nacionalistas (entonces, fueristas) y resto del mundo. A los ojos de un fuerista, si alguien era de Mundaka pero profesaba el centralismo isabelino, era tan poca cosa como si hubiese nacido en el mismo Chamberí. En los albores de la guerra propiamente dicha, el general carlista De la Torre le mete una mano de hostias del cuarenta y siete a las tropas isabelinas del Barón del Solar. Esta derrota y otras acciones cambian completamente la faz de la guerra por el lado isabelino. La reacción de los militares, heridos en su orgullo, es iniciar una represión, con fusilamientos incluidos, que sirve para disparar el contador de agravios que todo nacionalista que se precie ha de llevar siempre consigo, dispuesto a ser alimentado. Por lo demás, a finales de 1833 ya está don Baldomero Espartero en el campo de batalla.

En abril de 1834, algún tiempo después de que el gesto de D. Carlos de jurar los fueros vasconavarros haya galvanizado a su bando, Zumalacarregui administra una nueva derrota a Quesada en Alsasua. Es una batalla directa, sin historias raras. Y en ella las fuerzas isabelinas son superiores en número. Y, aún así, pierden. Mal rollo. Rodil sustituye a Quesada como máximo general del ejército isabelino del norte. Su llegada supone un incremento exponencial de la represión. Pero parece poco, porque es cesado y sustituido por Mina, que va más allá. Los carlistas actúan en consecuencia. La guerra carlista se convierte en una guerra sin prisioneros. Lo dicho: sin prisioneros. Ya sé que hay mucha gente que va por ahí diciendo y escribiendo que si la guerra civil española del 36 fue la guerra más cruel nunca conocida en España y bla, bla, bla. Además de viajar más, hay que leer un poquito más de Historia.

Mina, cuando llegó al norte, tenía a su disposición 45 batallones. Zumalacarregui, todo lo más, podía reunir algo más de veinte. Sin embargo, el error del general isabelino fue pensar que todo el monte era orégano y que los navarros, igual que le habían ayudado contra el francés, le ayudarían ahora. En el momento en que reclamó la ayuda navarra, entró a jugar el gesto de D. Carlos de haber jurado los fueros, y los navarros se decantaron por ponerse enfrente. El viejo general fue finalmente sustituido tras los incidentes de Lecaroz, donde hizo fusilar a uno de cada cinco varones.

A Zumalacarregui, sin embargo, le preocupaba una cosa. Con diferencia, de todos los territorios históricos, aquél donde los fueristas tenían más fuerza, más posibilidades, era Vizcaya. Pero el líder militar bizcaitarra, Zabala, se contentaba con hacer guerra de guerrillas. En octubre de 1834, Zumalacarregui consiguió la destitución de Zabala y la colocación en su lugar del navarro Eraso. Con el riñón cubierto, pues, el general baja a las tierras alavesas y, en Alegría, consigue una humillante victoria contra las tropas isabelinas. La batalla de Alegría es importantísima. Es la primera vez que los vascos no ganan a base de dar por culo desde los bosques y las colinas, sino en una llanura, cargando y acometiendo con la bayoneta. Peleando como un ejército mayor de edad, que es lo que para entonces había hecho Zumalacarregui de ellos. La represión carlista fue brutal, inhumana. Querían tomar Vitoria. Aún así, no lo consiguieron.

A principios de 1835 los isabelinos, a la deriva, declaran el estado de sitio. Si había alguna esperanza entre los vascos liberales de que podrían conseguir una solución pactada al conflicto, se disolvió ese día. Pero ni el estado de sitio puede esconder el hecho de que, para entonces, los vascos mandan en los campos de Vasconia, hasta el punto de que las tropas carlistas, en marzo de aquel año, atacan un edificio utilizado como silo de harina, que está a apenas 200 metros de las puertas del mismo Bilbao. Este hecho coloca la situación en la capital vizcaína en muy mal tono. El gobernador militar no hizo nada por ayudar a la dotación del almacén mientras los carlistas entraban, los mataban a todos e incendiaban el edificio. Los bilbainos, pues, vieron morir en directo a sus vecinos sin que nadie les ayudase y, para colmo, se quedaron sin pan. Las gentes comenzaron a volverse contra los militares.

Algunas semanas después, Gernika es atacada por Iriarte, que ha ido allí hostigado por los carlistas. Pero éstos le engañan, porque no se han ido de la ciudad y le reciben desde las casas a tiros. Cuando Iriarte quiere volver grupas, se encuentra con tropas guipuzcoanas que rodean la ciudad y le cortan el paso. Los isabelinos registran enormes pérdidas. Y hay otra cosa importante, importantísima: la participación, fuera de Guipúzcoa, de tropas donostiarras. Eso se debe al genio militar de Zumalacarregui, que era euskaldún como el que más, pero al mismo tiempo tenía claro, con preclara conciencia militar, que en la guerra hay que dejarse de chorradas diferenciadoras, porque en la guerra no hay más diferencia que la que nos separa del enemigo. Cien años más tarde, en Santoña, cuando los gudaris vascos se rindan tras haber perdido el País Vasco a manos de Franco, no habrá ya ningún Zumalacarregui entre ellos.

A socorrer a Iriarte acabó yendo Espartero, que logró salvar a algunas compañías que se habían refugiado, con el culo contra la pared, en un convento. Aquella acción de Espartero de Gernika fue el origen de su decisión más jodida. Porque hemos de saber que Espartero es un personaje histórico con muy buena imagen en España. Era liberal, lo cual place a los ojos de los progresistas. Y más les place aún el hecho de que, habiendo empezado de soldado raso, terminase sus días recibiendo incluso una oferta para ceñir la corona de España. Nunca nadie en la Historia de España ha llegado tan alto desde tan abajo. Sin embargo, los vascos odian a Espartero. Y, la verdad, no cabe culparles de ello. Espartero hizo lo único que no se le puede hacer a los vascos: quemar Gernika. Un vasco que se precie de serlo, pues, odia a Espartero por la misma razón por la que odia a Franco. Exactamente la misma. Franco provocó más muertes, claro está. Pero, vascamente hablando, probablemente el crimen esparteril es peor, porque la intención del general fue borrar Gernika, su casa de juntas y el árbol, para siempre (aún hoy, por cierto, resulta inexplicable que no lo consiguiera). Y, una vez terminada su labor, colocó un cartel que decía: «Aquí fue Guernica». Creo que sus intenciones eran bien evidentes. En las reacciones, muchísimas, contrarias al movidón, comienzan a leerse los actualmente comunes argumentos referidos al imperialismo castellano.

Y aquí, entre las ruinas humeantes de la ciudad sagrada de los vascos, dejamos el relato por hoy.

jueves, octubre 01, 2009

La gran guerra vasca (1)

Cualquiera de vosotros puede discutirme esta opinión. Pero, a la espera de vuestros argumentos, enuncio el teorema de que, hablando de Historia, no hay ningún hecho más complejo que una guerra civil. Es por eso que resulta peligroso tratar de explicarlo mediante esquemas sencillos.

En una guerra civil se juntan un montón de cosas distintas. No hay bandos puros, que sólo pelean por una razón. En cada bando, siempre, hay gentes diversas que toman su opción por motivos muy diferentes. Toda guerra civil es un dédalo de razones y de interpretaciones entrecruzadas que son las que hacen que saber de Historia sea, en realidad, interpretar la Historia.

Uno de esos hechos poliédricos, inaprehensibles, son las guerras carlistas. En la guerra carlista se juntan, como mínimo, cuatro grandes corrientes: primero, el absolutismo dinástico; segundo, el tradicionalismo católico; tercero, el fuerismo vasco; y, cuarto, las tensiones regionalistas, más que nacionalistas, en otros lugares de España, sobre todo Cataluña. En esta pequeña serie, os voy a hablar, básicamente, de uno solo de estos componentes, porque pienso que, en realidad, es el más importante: el fuerismo vasco. La guerra carlista de 1833 es, también, la gran guerra vasca. El primer enfrentamiento serio entre los vascos y el resto de los españoles. De ahí nacen muchas cosas. Creo que es importante conocerla, siquiera epidérmicamente, para entender eso que hoy llamamos el problema vasco.

La historia empieza, como dije, en 1833, a la vera de la cama de un rey voluble y moribundo. Fernando VII agoniza entre sábanas sudorosas y a su alrededor, inquietos, sus hombres políticos conspiran para evitar hechos que reputan peligrosos. Todo el mundo, en ese momento, considera que, muerto el rey, y puesto que sólo ha tenido una hija (Isabel, que además tiene apenas tres años entonces), la corona ceñirá las sienes de Carlos, su hermano. Carlos es un decidido partidario de la monarquía tradicional, como en el fondo lo ha sido Fernando. Isabel no es que sea muy liberal, pero es muy pequeña. En ella cifran sus esperanzas los sectores más liberales de palacio.

Todo el mundo le come la oreja al enfermo terminal. Fernando, entre que está sonado y que es ya de por sí gilipollas, da por la mañana una de cal y por la tarde una de arena. Primero anula la Ley Sálica, que impide reinar a las mujeres, abriendo el portillo para la sucesión en la persona de su hija. Luego da marcha atrás, presionado por la camarilla real partidaria de Don Carlos, dirigida sobre todo por el ministro Calomarde. Dice la tradición que el asunto lo zanjó la infanta María Carlota, quien arrancó de las manos de Calomarde el testamento del rey, lo rompió y luego le arreó una hostia al ministro. Calomarde habría respondido con la famosa frase «señora, manos blancas no ofenden».

Curiosamente, todo este problema de la Ley Sálica no afectaba a uno de los territorios que más decididamente serían carlistas, es decir Navarra. En Navarra, la norma aprobada en su día por Felipe V nunca había estado vigente, así pues en el territorio de Navarra no había impedimento alguno para que Isabel fuese la heredera. Sin embargo, los navarros tenían muy claro que lo que Isabel traía prendidas eran las ideas más aperturistas de sus partidarios, de un liberalismo primigenio pero ya enemigo de los fueros vasconavarros, considerados por los liberales como una chocha herencia caduca de los tiempos medievales. Navarra se hizo, entonces y por un largo siglo, carlista hasta las trancas. En las calles del futuro Euskadi se cantaba:

D. Karlosek emon dau
erege-berbea, erege-berbea,
gura dabela gorde
euskaldun legea...

O sea: D. Carlos ha dicho/el mismo rey, el mismo rey/que quiere respetar/la ley vasca.

Este planteamiento político-bélico, a la muerte de Fernando VII, tiene y tendrá su importancia para la causa vasca, por cuanto tenderá a vincular la suerte de los derechos seculares de los vascos a la causa del Antiguo Régimen; y, como quiera que ésta es la causa finalmente perdedora de la larga guerra civil que en el fondo fue todo el siglo XIX, acabará pagando muchos platos rotos y reaccionando mediante el encastillamiento en un nacionalismo con fuertes tintes tradicionalistas.

Las diputaciones vascas no habían enviado diputados a las Cortes de Cádiz. Más aún, el País Vasco, aunque de una forma un poco a la remanguillé, jugó bastante la baza de los afrancesados, es decir, otra causa finalmente perdedora. Se dice que esta pseudoidentificación de los vascos con José Bonaparte, a quien dieron importantes ministros como Urquijo, Colón de Larreategui o el muy céntrico Mazarredo, tiene que ver con la ilusión que algunos sectores del fuerismo albergaron de que Napoleón acabaría por esponsorizar la creación de un Estado independiente al norte del río Ebro; cosa que, que yo sepa, Napoleón se planteó con la misma seriedad con la que se planteó la posibilidad de usar rorcuales comunes para sus cargas de caballería.

En este caldo de cultivo, no cabe extrañarse de que las Cortes de Cádiz decidiesen proponer la abolición de los fueros euskaldunes sin, en realidad, pensárselo mucho. Para los diputados liberales, quitar los fueros era tan lógico como es lógico para un barrendero quitar de la acera unos papeles que molestan. Aunque hoy veamos, o queramos ver, los fueros, pelaos o amejorados, como lo más de lo más de la modernez política, lo cierto es que son privilegios antiguos; y las Cortes de Cádiz rompieron con todo, o casi todo, lo antiguo. Y, como decía, no hubo allí ningún vasco para oponerse seriamente a la movida (vascos hubo, sí; pero no habían sido elegidos por los vascos, ergo no los representaban).

Las relaciones con Fernando VII tampoco fueron buenas. Al Borbón nunca le gustaron los fueros porque eran una forma de no poder meter mano en el País Vasco y Navarra y Fernando, nunca lo olvidemos, era un rey absoluto (además de un tonto absoluto y un vendeatumadre absoluto). Durante la tercera década del siglo, hizo todo lo que pudo para terminar de abolir los fueros navarros, decisión que llegó a publicar sin llevarla a efecto. El problema fuerista provocó que los vascos tomasen las armas, y ahí está la asonada de Lausagarreta en Vitoria (1827) para atestiguarlo. Estos problemas dan alas a los tradicionalistas carlistas, los cuales predican con fuerza la idea de que sólo Don Carlos respetará los fueros. En 1830, de hecho, Madrid prepara una expedición militar para someter a los euskaldunes de una vez, con 30.000 hombres. No es la fiereza de los vascos la que detiene esos ímpetus, como le pasara a Roldán siglos antes, sino la casualidad que quiere que en el momento en que los fernandinos cruzan el Ebro para empezar a repartir, Mina entre por los Pirineos en una pseudoinvasión liberal que obliga a los ejércitos estatales a olvidarse por un rato del asunto de los fueros.

En septiembre de 1833, a la muerte del rey Fernando, las tres provincias vascas y Navarra se alzan prácticamente al segundo. Aunque con diferencias. Vizcaya y Álava fueron insurreccionales desde el primer momento. Pero la cosa no fue tan fácil y ni en Guipúzcoa ni en Navarra tuvo éxito la cosa, especialmente ésta última, a causa de la importancia que allí tiene la nobleza.

Y es que un elemento que, a mi modo de ver con pleno acierto, han destacado muchas veces los historiadores vascos, es que la insurrección de 1833 es, fundamentalmente, una movida popular. Tomemos el ejemplo del mismo Bilbao. Allí, el diputado general liberal Uhagón (la historiografía vasquista no duda en recordar que no fue en realidad elegido, sino impuesto por Fernando VII), unido al corregidor (hoy diríamos delegado del gobierno) creen tener la sartén por el mango y, con el mando de los miqueletes en la mano, presionan a los diputados carlistas para que acepten una situación de sometimiento. Éstos, en efecto, no se atreven a rebelarse, y por lo tanto acuden a la reunión de la diputación montada por los liberales. Pero cuando la noticia llega al extrarradio, a barrios hoy bien caros como Begoña o Deusto, el personal se encabrona y, poco a poco, se monta una buena manada de pueses armados que se dirigen a pedirles cuentas a sus diputados. Los miqueletes les abren la puerta de la ciudad y, de hecho, cuando esa multitud se presenta en la Diputación exigiendo la proclamación de D. Carlos, la guardia del edificio se junta con ellos dejando al corregidor y al diputado liberal, como aquél que dice, en bragas.

La situación está llamada a resolverse como casi siempre. Desde el centro se monta una gran armada, al mando del general Sarsfield, que entra en el País Vasco a leche limpia. Toma Vitoria y se dirige hacia Bilbao. El 25 de noviembre, los carlistas abandonan la ciudad. Pero se dispersan en pequeñas partidas por todo el territorio.

En Madrid creen estar sofocando una rebelión. Pero lo que ha empezado es una guerra en toda regla.

martes, septiembre 29, 2009

El hipódromo


Esta imagen data de la primavera de 1905. El edificio que se ve al fondo de la imagen es el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con su inequívoca cúpula. Lo cual quiere decir que lo que estás viendo es el paseo de la Castellana hace algo más de cien años.

Como puedes comprobar viendo la foto, hace cien años la Castellana no era propiamente Madrid. Madrid, obviamente, era mucho más pequeño. Algunos días antes de tomarse esta foto, aprovechando ya el buen tiempo, se celebró en Madrid una de las primeras carreras pedestres urbanas, que ganó un tal señor Carlos Robert, quien invirtió 46 minutos en correr 10 kilómetros. ¿Que no te lo crees? Bueno, lo de la marca planetaria no te lo puedo demostrar, pero por lo menos te puedo enseñar la foto, donde Robert (izquierda) posa junto a José Nougués, que quedó segundo. No pierdas detalle de lo artesanal de los dorsales.


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... pues bien: esta carrera, en la que participaron 35 corredores, se publicitó como una carrera desde Madrid hasta Chamartín, y volver. O sea, que Chamartín de la Rosa aún era un pueblo distinto de la capital (lo siguió siendo bastante tiempo, de hecho). Esto te podrá dar una medida de que la Castellana estaba en el extrarradio.

Unos pocos año antes de la foto que reproduzco, Amadeo de Saboya, el brevísimo rey italoespañol que acabó trayendo una república, tenía una amante a la que visitaba asiduamente en su casa del principio de la Castellana. Lo hacía así porque por aquellos lares no se aventuraban los paseantes.

En la Castellana, como puedes ver en la foto, había un hipódromo. Celebérrimo hipódromo. Durante muchos años, el no va más para la sociedad madrileña. Esta foto es una de las pocas que he encontrado tomada en dicho hipódromo. Hoy, esta instantánea es imposible. Sobre lo que fue lugar para las carreras de caballos se levanta hoy la fea mole de los Nuevos Ministerios.

Me pregunto qué dirían las encopetadas damas de la foto si alguien les hubiera dicho que estaban pisando el futuro centro financiero de España.

domingo, septiembre 27, 2009

Lhardy

A veces, los lugares son Historia. El paso del tiempo es un tamiz muy exigente que pocas pepitas de oro logran superar. Teniendo en cuenta la cantidad de gente que, en los últimos treinta siglos, ha muerto de enfermedad, o a causa de la violencia, o del hambre, la verdad es que cada uno de nosotros es una puta casualidad. Igual le ocurre a los lugares. Les resulta muy difícil sobrevivir, porque para sobrevivir es necesario resultarle interesante a todo tiempo que llegue. Cuando se es una pirámide enorme, sobrevivir es relativamente fácil. Pero cuando se es un restaurante más, ya la cosa cambia. Quizá por eso Lhardy, en la madrileña Carrera de San Jerónimo, tiene tanto mérito. Lugar que ha sido, y creo que sigue siendo, de reunión de gente importante y pituca, Lhardy tiene ya 170 años en sus fogones, y alguna que otra anécdota jugosa. El centro de este post es, de hecho, la circunstancia de que Lhardy ostenta un curioso récord histórico que, que yo sepa, no ha sido igualado por otros restaurantes famosos: el de haber servido de refugio último de conspicuos políticos en huida.

Emilio Lhardy nació en Suiza, y recaló en Madrid en 1839. Dicen quienes saben de esto que, quizá, la decisión de visitar un país en aquel entonces tan ignoto, y bastante incómodo, pudo provenir de que Lhardy tenía cierta amistad con Prosper Merimée, digno artista francés que profesaba cierta admiración por España.

Lhardy, como buen suizo, no era cocinero, sino pastelero. Había nacido en Chaux-les-Fonds en 1806, y desde muy joven había mostado vocación por el pasteleo y la cocina. Su pericia en las artes blancas la adquirió en Francia, que en ese momento era la capital mundial del dulce y el lugar donde se estaba inventando la pastelería moderna. Sabido es que el rey de los bollos, el cruasán, fue inventado por los vieneses (que también se llevan lo suyo en lo azucarado), y tiene esa forma porque de esa manera los locales de la ciudad tomada por los turcos se comían la media luna sin cometer crimen alguno. Pero, más allá del cruasán, todos los demás bollos y pasteles, o casi todos, son de invención francesa, pues a los franceses a pasteleros no los gana nadie (de lo bolleros y bolleras que sean, prefiero no hablar) y es por eso que la práctica totalidad de los inventos en la materia los conocemos por sus nombres franceses.

Según lo que he podido leer, Lhardy trajo a Madrid la delicadeza y el adorno en la pastelería, hasta entonces rica pero basta y simplona, como sabe cualquiera que se haya comido alguna vez una rosquilla tonta, una lista, un hueso de San Expedito o similar. De él se dijo, en aquella época, que le había puesto corbata blanca a los bollos de tahona; expresión que parece decirnos que tomó lo que ya se hacía y lo adornó, quizá, con azúcar glas. Pero, además, se trajo todo el bagage de invenciones parisinas. En el interior de su establecimiento comenzaron a verse en Madrid los petit-choux, más conocidos hoy como petisús o piononos; los millefeuilles, que a base de generaciones de españoles zampabollos han sido traducidos y se llaman milhojas; los brioches; los maffins, que hoy se escriben con su u original y correcta... Lhardy pone de moda los vaul-au-vents, de soltera volovanes, e introduce esas especialidades saladas propias de las pastelerías, notablemente el jamón de York.

La verdad es que Lhardy llegó y besó el santo. Le entró a los madrileños por donde otros restaurantes no le podían entrar, es decir excitándoles la glándula azucarada, y tuvo un éxito inmediato. De tal suerte que, con permiso La Fontana de Oro y de otros lugares también de mucho porte, en mi opinión el siglo XIX madrileño es, en gran parte, el siglo de Lhardy, y de Fornos. En uno he entrado y he comido. En el otro no he podido porque a la máquina del tiempo parece que le falta una bujía que hay que traer de Alemania. Estos dos locales había que pisarlos para ser alguien en Madrid. Yo diría que, por establecer una distinción, Lhardy era más aristocrático, más encopetado, más serio. Mientras que Fornos era un restaurante un poco crápula. En Fornos era donde se recogían las pequeñas masas de madrileños impenitentes que de madrugada salían de la cuarta del Apolo (hoy Hacienda municipal de Madrid) con ganas de seguir la juerga. Tenía el Fornos unos reservados en la planta de arriba que permanecían muchas veces toda la noche abiertos, o más bien entreabiertos, servidos por algún discreto camarero que nunca observaba muy de cerca lo que ocurría dentro, como en el tango, a media luz. En Fornos se ha jincado más que en Física o Química.

La prosperidad de Lhardy llevó al dueño a quedarse con todo el edificio, en cuya última planta incluso instaló un par de habitaciones para el caso de que a algún ilustre comensal se le hiciese tarde para volver a casa, y que pudiese dormir allí. Ignoro si hoy sigue existiendo este servicio, aunque sospecho que no.

Prueba del tono aristocrático de Lhardy es su vinculación con la casa real. Tanto de Isabel II como de Alfonso XII (en este último caso, con total seguridad) se dijo o se supo que eran asiduos del restaurante, a donde les gustaba ir de incógnito, sin ser reconocidos; que era algo más sencillo que hoy en día porque entonces no había programas del corazón. Pero, con todo, el verdadero monocultivo de Lhardy, sobre todo en el siglo XIX y principios del XX, son los políticos. Todo el que mandó un poquito en España acabó, por fas o por nefas, comiendo o cenando en Lhardy no una, sino varias veces.

En 1865 ocurrió el primer asilo que hoy quiero contaros.

En aquel año, concretamente en la noche de San Daniel, hubo unos gravísimos incidentes estudiantiles que conmocionaron a la capital. Uno de los principales objetivos de los estudiantes era el ministro gaditano Luis González Bravo. En aquellos tiempos, los ministros no tenían tantas escoltas (medio siglo después, todo un primer ministro sería asesinado en la Puerta del Sol mientras contemplaba un escaparate) y, además, Madrid era un lugar pequeño en el que era fácil que te encontrasen. Así que González Bravo resolvió disfrazarse de arriero. Esto equivale a pensar que mañana José Blanco se va a disfrazar de chófer para andar por Madrid; así tendréis una imagen bastante clara de lo que han cambiado los tiempos.

González Bravo, que además de político era periodista y, ya lo hemos dicho, sanguíneamente gaditano, resolvió cruzar la Puerta del Sol hacia el Ministerio de la Gobernación, hoy sede de la Comunidad de Madrid, y allí refugiarse. La plaza estaba llena de alborotadores dando por culo. Lo que siguió tiene su lógica pues, como es bien sabido, los de Cai no se callan ni sumergidos en una piscina de ácido sulfúrico. Bravo, viendo lo soliviantados que estaban los comunes, se subió a una farola y comenzó un discurso para convencerles de deponer su actitud.

Los transeúntes de Sol se quedaron agilipollados escuchando a tamaño pico de oro, pues González Bravo no era ningún mal orador. Pero, conforme avanzó la perorata, comenzaron a darse cuenta, siquiera intuitivamente, de un hecho: en España, y en 1865, los arrieros, todos, hablaban con acentos cerrados, profiriendo anacolutos como quien respira y, por lo general, asesinando el idioma canónico con cada palabra. Pero aquel arriero hablaba que lo flipabas.

Ergo no era un arriero.

Viendo que el personal se estaba coscando de la movida, González Bravo se bajó de la farola. Quiso tirar hacia Gobernación, pero se dio cuenta de que ese detalle lo delataría. Así pues, echó a andar, como distraído, en dirección contraria, seguido de grupos de madrileños crecientemente mosqueados. Al llegar a la altura de Lhardy, abrió la puerta y se tiró en plancha. Don Emilio lo acogió en su seno y lo tuvo allí hasta la mañana siguiente, pues antes el gaditano no se atrevió a salir, no fuera que le sacasen la mugre.

El general Prim, todopoderoso regente de los destinos de España que fue, tenía la costumbre, honradamente no sé si la inventó, de contratar los servicios de catering de Lhardy, pues servía las comidas en su casa, pero se traían cocinadas del restaurante. Se dice también que el arquitecto de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo, se ponía allí ciego de queso de Rochefort, su verdadera pasión; eso, claro, los días que no se quedaba en casa porque tenía invitado a cenar a su amigo Emilio Castelar, pues ambos políticos, uno monárquico en todas sus células y el otro republicano hasta en el Purgatorio, eran buenos amigos. Lamentablemente, esa España ya nunca volverá.

El segundo gran asilado de Lhardy fue el marqués de Salamanca. Financiero y político español, forrado hasta las cachas a base de hacer negocios en los que no faltó la generosidad, Salamanca adquirió un palacio en la calle Cedaceros, a tiro de piedra del restaurante, razón por la cual lo frecuentaba mucho. Cuando llegó la revolución del 68, La Gloriosa, y en sus primeras horas, todos los que se podían considerar representantes del viejo orden contra el cual se alzó la revolución, se consideraban en peligro. Salamanca era hombre envidiado a la par que admirado, y pronto le llegaron mensajes de que permanecer en su casa no era seguro. Así pues, Salamanca huyó del hogar y se fue a refugiar a Lhardy, donde los buenos oficios de don Emilio le procuraron ropas de fogonero. Y así disfrazado salió a la calle, de incógnito, para tomar el tren de Aranjuez y desde allí huir a su finca de Los Llanos, donde terminó por esconderse.

Todos estos hechos, de alguna manera, se respiran aún en esta esquina del Madrid de siempre. Y si, encima, comes bien, pues ya es la leche. Eso sí, siempre es recomendable que consigais que pague otro.

viernes, septiembre 25, 2009

Little Big Horn

Las grandes potencias, mientras lo son, atesoran básicamente el recuerdo de grandes victorias militares. Las grandes potencias son como los líderes de la liga de fútbol. Están acostumbradas a tener la pelota y a ganar. Pero a veces, eso todos lo sabemos, un club modesto salta al campo y le enchufa un pepino al más pintado. Estos son los dolorosos recuerdos de todo poderoso.

miércoles, septiembre 23, 2009

El robo de la Monna Lisa

Una de las noticias de alcance en este verano que ya se nos acaba fue la de una tipa rayada que se fue al Louvre y le tiró algo, no sé si tinta, a la Monna Lisa. La cosa quedó en nada, porque la Monna Lisa, o Gioconda, obra de Leonardo da Vinci, está más protegida que un teniente general de Nebraska en Kabul. Pero ha sido un mojón de la larga carretera construida por la criminalidad con o contra el arte.

Confieso que nunca he entendido el halo de simpatía que suele rodear a los ladrones de arte. Especialmente a los que hacen de los museos y templos el lugar habitual de sus acciones. Ya que tanto nos gusta odiar casi para todo a los ricos, parecemos olvidar que un ladrón de arte, casi siempre, trabaja para los más ricos de entre los ricos, que son los tipos que pueden pagar cifras astronómicas por tener en su poder obras de arte que jamás podrán vender, porque no tienen mercado. Los ladrones de arte son tipos que hurtan a las personas comunes el placer de contemplar una cosa bella.

La Gioconda de Da Vinci es el Cadillac de las obras de arte, en lo que a robo se refiere. Cualquier ladrón importante se ha hecho pajas pensando que la robaba, cosa que hoy en día es poco menos que imposible. Sin embargo, y esto es lo que quiero contaros hoy, la Gioconda fue robada. Lo fue cuando ya era un cuadro famoso, mítico, y lo fue de una forma casi gilipollas. Robarla fue un juego de niños para su ladrón. Y, además, aquel robo tuvo algo más de original porque, a pesar de todo lo que he escrito antes, su ladrón tuvo motivos para hacer lo que hizo, además de los puramente crematísticos.

Pero antes hablemos un poco de la Gioconda. ¿Por qué se llama así? Pues se llama así porque la versión más aceptada sobre quién es la señora que sonríe enigmáticamente en el cuadro sostiene que se trata de Monna (diminutivo de Madonna, o sea, señorita) Lisa Gherardini, dama florentina que a los doce años de edad (sic) se casó con Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.

El cuadro se debió comenzar en 1502, porque fue el momento en que Leonardo estaba en Florencia, la grandiosa ciudad medicea, quizá la más bonita del mundo, después de haber terminado sus labores como ingeniero militar para César Borgia. Soderini, nombrado gonfaloniero perpetuo de la ciudad, lo necesitaba para que le echase una mano en el sitio de la vecina Pisa, donde Leonardo estuvo junto con el padre de otro nombre bien conocido del Renacimiento italiano como Benvenutto Cellini.

Giorgio Vasari, el artista que es la fuente de la teoría giocondesa, nos dice que Leonardo tardó cuatro años en terminar el cuadro, hasta el punto de que lo acabó estando ya en Milán, adonde se fue en 1506. También nos da Vasari la clave de la sonrisa del cuadro: dice que Leonardo, para conseguir en su modelo un estado beatífico, amén de vencer el aburrimiento de pasar horas posando, hizo instalar unos músicos en la misma habitación, que tocaban constantemente para elevar el alma de la señorita.

Sin embargo, hay mucha gente que duda de todo esto, pese a ser la versión que da nombre al cuadro. Dan que pensar dos datos: el primero, que Vasari nunca vio directamente el cuadro, del que, por lo tanto, habla por referencias. La segunda es que, según esta versión (y es que es más que seguro que es así), el marido de Elisa Ghirardini nunca llegó a poseer la pintura, lo cual no tiene mucha lógica pues, si no fue el marido, ¿quién habría encargado el trabajo a Leonardo?

A partir de ahí, las teorías. Hay quien piensa que el cuadro es un encargo de Giuliano de Médicis, y la persona retratada sería, entonces, una perica de su incumbencia. Antonio de Beatis, clérigo que visitó a Leonardo por aquellos años ya en Francia, recuerda que el artista le enseñó varios cuadros entre los cuales se encontraba uno de una dama pintado al natural y que, según el propio autor, habría sido encargado por Giuliano. Que el hijo adoptivo de Lorenzo el Magnífico no poseyese la pintura que había encargado tiene su lógica, ya que por aquel entonces se casó con Filiberta de Saboya; y es más que probable que a Fili no le gustase demasiado que su maridito colgase de la pared el retrato de alguna de sus anteriores burracas.

Otros eruditos identifican a la Gioconda con Constanza de Ávalos, una aristócrata italiana que se dice habría practicado el salto del tigre con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, durante la guerra de los españoles en Nápoles.

Francisco I, el rey francés que llamó a Leonardo a su seno, se lo encontró en Amboise recién llegado de Italia, y observó que llevaba un retrato femenino muy bonito. Leonardo fijó la cláusula de rescisión de la elegante Monna Lisa en 4.000 escudos de oro, un pastón de la época que, sin embargo, el rey pagó sin decir cette bouche est la mienne. Desde aquel día, La Gioconda es francesa. Ha pasado por Versalles y por el dormitorio privado de Napoleón, hasta recalar en el Louvre, donde está desde que otro Napoleón, el tercero, así lo decidió.

Pero llega el 22 de agosto de 1911. Ese día, los pintores copistas que pululan por el Louvre, y que suelen trabajar en la sala de la Gioconda precisamente, observan, al entrar en la misma, que el cuadro no está. Inicialmente, no se mosquean demasiado. En aquel entonces, había en el Louvre un equipo de fotógrafos tomando imágenes de las grandes obras del museo, trabajo que hacían por la noche para restituir los cuadros en la mañana antes de la apertura. Todo el mundo pensó que se trataba de un mero retraso. Sin embargo, cuando uno de los copistas decidió ir a ver a los fotógrafos y comprobó que ellos no tenían el cuadro, todo el mundo se puso muy nervioso.

El robo de la Gioconda aparecía como algo realmente improbable. Para empezar, el cuadro está pintado sobre una madera, así pues quien lo robe no puede enrollarlo; se lo tiene que llevar debajo del brazo y, aunque no es un cuadro muy grande, tampoco cabe en los calzoncillos precisamente.

Cuando la policía llega al Louvre, encuentra en una escalera que lleva al llamado patio de la Esfinge, fuera de las rutas propias de los visitantes, tanto el marco del cuadro como los restos del cristal que ya entonces lo protegía. Se sabe que el robo se produjo el día anterior, lunes (cerrado para los visitantes) por el testimonio de dos albañiles que pasaron por la sala, primero a las siete y luego a las nueve, observando, en la segunda pasada, que faltaba el cuadro. Así pues, ése es el rango de horas en que la sustracción se produjo. Observando los itinerarios, la policía observó que para poder ir desde la sala hasta la escalera de la Esfinge a la salida del edificio es necesario pasar por el llamado pasadizo Visconti, que tiene un vigilante. Pero a ese vigilante le tocaba el lunes por la mañana fregar unas dependencias, así pues no pudo vigilar.

Esto hizo bastante evidente que el ladrón, por fuerza, era alguien que conocía muy bien las rutinas del museo. Interrogando a los testigos, se obtuvieron testimonios de un hombre saliendo el lunes por la mañana por el pasaje Visconti, llevando un paquete de relativas dimensiones. Los testigos le vieron arrojar a los pocos pasos un objeto brillante. Buscando en el área, la policía encontró el pomo de cobre que faltaba en la puerta que daba al patio de la Esfinge.

Así pues, el ladrón se disfrazó de albañil con una blusa blanca, pero iba vestido con traje y corbata por debajo. Una vez solo en la sala, descolgó el cuadro y se fue a la escalera de la Esfinge, donde se escondió, tiró el marco y el cristal. Luego aprovechó que pasaba un fontanero para, siempre haciéndose pasar por albañil, pedirle que le abriese la puerta al pasadizo Visconti. Cosa que hizo en el momento en que el vigilante estaba fregando. Se quitó la blusa blanca, envolvió en ella el cuadro, et voilá!

Ni Ocean's Eleven, ni leches. Fue un robo a lo Clemente: patadón p'alante y, si hay que dar hostias, se dan.

Los policías se las prometieron muy felices: en uno de los cristales rotos de lo que había sido la protección del cuadro, apareció una huella dactilar. Convencidos como estaban los policías de que el ladrón tenía que haber sido alguien que trabajase en el museo, tomaron las huellas de absolutamente todas las personas en esa circunstancia. Para su disgusto, no encontraron ninguna que coincidiese.

El robo de la Monna Lisa fue el no va más informativo del año 1911. Los periódicos ofrecieron grandes recompensas por devolver el cuadro. Un inglés llamado Harde Rathborne se presentó con toda su buena voluntad en la embajada británica en París para entregar un cuadro que había comprado en una subasta creyendo que era el Leonardo, pero que al final resultó ser una copia (aunque de cierto valor).

Y luego, nada.

La Monna Lisa no apareció, y el tiempo pasó.

Estamos ahora casi en 1914, el año que acabaría por estallar la primera guerra mundial. Alfredo Geri, un industrial florentino aficionado al arte, inserta un anuncio en la prensa de su ciudad ofreciéndose a comprar objetos artísticos para realizar una exposición. Entre las muchas ofertas recibidas por Geri se encuentra una carta remitida desde París por un tal Vincenzo Leonardi. El comunicante le afirma en la carta, sin tapujos, que se ha hecho con el cuadro de Leonardo, porque lo quiere ver colgado de la galería florentina de los Ufizzi o, quizá, en algún museo romano. Tras algunas dudas iniciales, Geri contesta a la carta, así pues Leonardi se desplaza a Florencia. El 11 de diciembre, se presenta en su despacho un joven delgado y vestido como un obrero, que le pide, con toda frialdad, medio millón de francos por el cuadro.

Leonardi, en efecto, tenía un interés crematístico. Eso sí, moderado, porque a principios del siglo XX mucha gente opinaba que cinco o seis millones de francos era una ganga por aquel cuadro. Pero también tenía otro motivo: deseaba ver la obra del maestro italiano colgado de la pared de un museo italiano. Fue, pues, un robo nacionalista.

Geri y los responsables de los Ufizzi montaron una compraventa del cuadro en un hotel de la ciudad, para poder comprobar, como hicieron, que la pintura era auténtica. Una vez hecha esa comprobación, Leonardi fue detenido sin oposición. En realidad, se llamaba Vincenzo Perugia, era pintor de brocha gorda y, efectivamente, había trabajado en el Louvre, aunque no en el momento del robo. La policía parisiense, cuando comprobó las huellas digitales de los empleados, se olvidó de los que habían dejado de serlo corto tiempo antes. De hecho, como se acabó por descubrir, incluso había sido interrogado por los policías; los cuales, para terminar de señalar su impericia, ni siquiera cayeron en la cuenta de que Perugia había sido ya condenado dos veces, una por tentativa de robo y otra por tenencia ilícita de armas.

Más aún. Para sonrojo de la policía y pavor de los amantes del arte, se acabó por saber que el domicilio de Perugia en París fue registrado. Durante dicho registro, Perugia escondió el cuadro colocándolo sobre una mesa y poniendo un tapete sobre ella, para hacer pasar la tabla por un tablero más. El comisario encargado del registro se sentó precisamente en esa mesa para escribir su informe. Escribió su atestado apoyando el papel sobre la Gioconda de Leonardo y, lo que es peor, apretando uno de sus codos contra el tablero.

Tras aquel registro, Perugia instaló el cuadro en su cuarto trastero, y esperó dos años a que la pasión de la desaparición se disolviese para intentar su regreso a Italia.

Justo antes de la Navidad de 1913, el gobierno italiano trasladó el cuadro de Florencia a Roma, y lo exhibió en el edificio del Ministerio de Instrucción Pública. El rey y miles y miles de italianos acudieron a comtemplar en directo la obra de arte. Sin embargo Italia nunca albergó la idea de quedarse con la obra. Los gobernantes del país, con buen criterio, siempre tuvieron claro que la obra pertenecía a Francia, por lo que se apresuraron a anunciar su devolución. La Monna Lisa regresó a París el primero de enero del aciago año de 1914.

En el juicio de Perugia su abogado, con habilidad, expuso los motivos altruistas de la acción del pintor de brocha gorda y excitó la grandeur de los franceses destacando lo mucho que el mundo agradecería que Francia mostrase clemencia con el encausado. Los franceses, que son bastante pacatos en lo que concierne a las ideas chauvinistas, tragaron el anzuelo y lo condenaron a poco más de un año de cárcel. El ladrón de la Monna Lisa aún viviría hasta 1947.

lunes, septiembre 21, 2009

La construcción de las pirámides

Si hay un hecho que es oro molido y habitualmente visitado por los mistabobos, charlatanes, inventagilipolleces paranormales y demás comerciantes de la inopia ajena, ese hecho es la construcción de las pirámides. Siete de cada diez veces que un escritorcillo de lo paranormal no sabe con qué orear chorradas, le da la matraca a la idea, extendidísima, de que los egipcios o bien eran extraterrestres ellos mismos, o bien contaron con la ayuda de extraterrestres o seres superiores para construir las pirámides.