viernes, junio 20, 2008
Madrid, 1908
Para contároslo, uso como fuente uno de los libros de mi colección: la guía Baedecker de España en su edición de 1908. Hace cien años había menos turistas que hoy, pero los había. Y ya necesitaban libritos en los que se les dijera cómo tenían que llegar a los sitios, así como los lugares recomendables. Las guías Baedecker fueron muy famosas y reputadas y, verdaderamente, están llenas de información. Acudo aquí al capítulo de Madrid aunque la guía que poseo repasa la práctica totalidad de las ciudades importantes de España. Cualquiera de vosotros, si tiene curiosidad por saber cómo era su ciudad hace un siglo, debería hacerse con una. Yo mismo me he quedado pijarriba ante la visión del mapa urbano de La Coruña reducido a menos de la cuarta parte de lo que es hoy en día.
El mapa urbano es, de hecho, lo primero que sorprende. Podría escaneároslo, pero lo cierto es que en este blog, como se quejaba alguien recientemente, las fotos aparecen demasiado pequeñas. Quizá algún día monte una página con todos los mapas de Madrid que tengo.
Digo que el mapa mosquea porque cuando lo miras, reconoces claramente Madrid; bueno, un Madrid que limita al este con el parque del Retiro, al norte con el inicio de la Castellana, al sur con Delicias y al oeste con el Palacio Real. Pero ya he dicho que lo reconoces, con su Puerta del Sol, su Plaza Mayor… Y, sin embargo, hay algo que te mosquea. Que no te cuadra. Me costó descubrirlo, y eso que es fácil. El mapa es raro porque no tiene Gran Vía. En efecto, en 1908 aún faltan nueve años para que la Gran Vía exista, así pues donde hoy hay una arteria de comunicación, entonces había un dédalo de calles y manzanas que hacen que, de hecho, puedas llegar a pensar si te estás equivocando de mapa.
Baedecker informa de que «la mayoría» de los hoteles están dotados de ascensor y energía eléctrica. Cita como los dos cojo-hoteles madrileños el Hotel de la Paz y el Hotel de París, ambos en la Puerta del Sol; así como, con intenciones menos pretenciosas, el Hotel de Rusia y el Hotel de Embajadores, ambos en la carrera de San Jerónimo; y el Hotel Inglés, en la calle Echegaray, que estaba donde está ahora.
El primer restaurante citado es Lhardy; en esto las cosas no han cambiado. Entonces era lo más de lo más, en dura competencia con El Ideal, en el número 17 de la calle Alcalá; restaurante éste en el que, según advierte Baedecker a sus lectores sajones (la guía está en inglés) se sirve el afternoon tea. No se olvida, por supuesto, del famosísimo Café Fornos, justo al lado del Ideal. El no va más de las cafeterías es el Café de Viena, en la calle Arenal, 3.
Al loro con las advertencias que hace Baedecker sobre tomarse un café en Madrid. Dice que estos cafés, casi todos situados alrededor de la Puerta del Sol, son frecuentados por «políticos, funcionarios cesantes, jugadores y ‘confidence men’ [sic]». No me alcanzan los conocimientos como para saber qué narices quiere decir esto último. Y añade: «los cafés en los que, al final de la tarde, se cantan las llamadas canciones flamencas deben ser evitados por las mujeres y, en el caso de los caballeros, si acuden deben hacerlo acompañados de algún amigo español».
O sea: en 1908, guiri que veíamos entrar en Casa Patas, guiri que rajábamos desde el ombligo hasta la nuez.
Por cierto, que entre las confiterías recomendables, Baedecker cita La Mallorquina, situada, por si alguien no lo sabe, en el número 8 de la Puerta del Sol.
La guía informa a sus clientes europeos, expertos en beer, de que las marcas mejores de cerveza en Madrid son Aguila, Mahou, Princesa y Santa Bárbara. E incluye una curiosísima advertencia: «la cerveza es mejor evitarla en verano». No lo pillo.
Los taxis de Madrid en 1908 eran coches de caballos y se llamaban simones. Tenían, como el metro hoy en día, tres coronas de desplazamiento con tarifas diferentes, llamadas primer, segundo y tercer límite. Pero el todo Madrid entraba en el primer límite, así pues Baedecker no se ocupa de los demás, consciente de que los turistas nunca van a las afueras (y, por si se les pasa por cabeza, les informa de que los alrededores de la ciudad no tienen el menor interés). El precio, un penique por hora por un simón monocaballo para un solo viajero.
El tranvía tenía ya 27 líneas con número y una decena de otras sin número de otra compañía. Una cosa que no existía entonces, no existiendo la Gran Vía, era el edificio de Telefónica. Para ir a la central de teléfonos había que ir al número 1 de la calle Mayor.
Con esa típica displicencia British, la guía avisa a los turistas de que algunas cosas no funcionan en Madrid como están acostumbrados. Por ejemplo, en materia de hospitales dice que el mejor es el de la Princesa, pero informa fríamente de que «none are good». Las casas de baños las califica de generally poor. Por una traducción que incluye me entero de que a las duchas, en 1908, se las llamaba en Madrid baños de chorro.
Otra cosa que me ha llamado la atención es la descripción de las fiestas. Baedecker informa, por ejemplo, de que el carnaval de Madrid es una puta mierda, además de algo peligrosillo, pues asevera, textualmente, que «el único baile de máscaras al que puede acudir una mujer con seguridad es el del Palacio Real». Eso sí, no oculta cierta admiración por el entierro de la sardina, celebrado «with a copious accompaniment of eating and drinking».
En lo que sí que ha cambiado el cuento es en Semana Santa. Al loro: «con el objeto de no interferir a las masas de beatos que van de una iglesia a otra, todo tañido de campana y todo tráfico rodado está prohibido en Jueves y Viernes Santo». Tratad de imaginarlo: Madrid paralizado como en un inmenso sabbath, sin más transporte que el realizado a pie, mientras miles de personas se mueven de iglesia en iglesia. «Incluso el servicio de tranvía», remacha la guía, «es totalmente discontinuo». Si vienes a Madrid en Semana Santa, pues, o rezas, o te jodes.
El Sábado Santo se celebraba un extraño mercado de tías (marriage market lo llama la guía), denominado por los madrileños El Pinar de las de Gómez, nombrecito que se las trae. En él, las mozas casaderas que habían estado en las iglesias, vestidas con sus mantillas y sus cositas, se paseaban por la calle Alcalá, entre las iglesias de Calatrava y San José, hemos de suponer que para ver si los inevitables días de abstinencia habían despertado en algún elemento masculino el deseo de desposarlas.
El Jueves Santo, por cierto, el rey en persona lavaba los pies de doce mendigos, al estilo de Cristo en los Evangelios, y luego les daba de comer; la guía nos informa, además, que de esta historia… ¡se vendían entradas! Esta costumbre ha caído en desuso. Hoy en día, el rey se limita a instar a los mendigos diciéndoles: «¿Por qué no te lavas?»
También nos dice Baedecker que había una extraña procesión llamada La Romería de la Cara de Dios. Comenzaba el Jueves Santo en la capilla de la Santísima Faz y continuaba toda la noche, llegándose hasta la cárcel, donde el personal se dedicaba a engullir, cito literal, «enormes cantidades de pancakes y brandy». La celebración terminaba con un espectáculo el Viernes Santo en la calle Princesa, a un tiro de piedra pues de la cárcel; celebración en la que, nos dice Baedecker, «the demi-mode is largely in evidence»; copio la frase textual porque me cuesta hacerle la exégesis.
De todo ello saco la conclusión de que en Semana Santa en Madrid estaba prohibido hacer el menor ruido habitual para no molestar la gravedad piadosa del momento; pero que, en paralelo, el personal se montaba unas romerías disfrazadas de pitufo con las que conseguía ponerse hasta el culo.
De las fiestas de Navidad, Baedecker nos informa que «han perdido casi toda su brillantez pasada».
Entre los espectáculos propios de la época estaba el viajecito semanal de la familia real desde el Palacio hasta la iglesia del Buen Suceso, recorriendo las calles de Bailén, Ferraz y Ventura Rodríguez. Todos los sábados, a las cuatro de la tarde. Y luego nos extrañamos de que los anarquistas les tirasen bombas, si hasta las guías de turistas publicaban dónde iban a estar cada sábado.
Nos dice Baedecker: «quizás el único artículo español sin adulterar en un Madrid hoy por hoy casi totalmente europeizado son las corridas de toros».
martes, junio 17, 2008
Madrid, años veinte

Ésta es la inevitable vista de la plaza de Cibeles que aparece en todas las guías. A mediados de la década de los veinte, que es cuando yo creo que está tomada esta foto, la fuente ya tiene su orientación actual, perpendicular al eje de la Castellana; siendo su ubicación original perpendicular a la calle Alcalá. Como podemos ver en la esquina inferior derecha de la foto, en aquel entonces todavía se daba la cohabitación de la tracción mecánica y la tracción animal. La intensidad del tráfico era tal que, si miráis con un poco de atención, veréis que en la calzada, justo enfrente de la esquina del Banco de España, hay mediopensionistas paseando. Hoy en día, no hay huevos de hacer lo mismo.

El Casón del Buen Retiro, como su propio nombre indica, es consustancial al Retiro. Aquí lo vemos desde la puerta del parque, formando un todo con él.
Igual que hay ciudades costeras en las que barrios enteros han sido ganados al mar, la gran parte del elegante barrio que está en la margen izquierda del Prado según se pasa Cibeles está ganada al Retiro. Eso incluye el Palacio de Comunicaciones, adonde recientemente se ha trasladado el alcalde Gallardón, donde, por las crónicas que he leído, había en el siglo XIX un jardín donde en verano había cuchipandas y espectáculos y, consecuentemente, era el lugar preferido de los madrileños y madrileñas para irse a meter mano.

El museo de Ciencias Naturales. No es que haya cambiado mucho, salvo el hecho de que hoy en sus jardines hay un monumento a la Constitución de 1978 que, obviamente, en esta foto no puede estar, porque aún no había nacido ningún famoso vidente. La importancia de la foto, creo yo, está en la observación de lo que hoy es la calzada de la Castellana. Aquello era un camino de cabras más o menos pavimentado. A la izquierda de la foto, donde hoy están los Nuevos Ministerios, había un hipódromo. Algunas décadas antes, esta zona de la Castellana estaba tan a tomar por culo que era a donde se iba el rey Amadeo de Saboya a echar polvos con su amante sin que le viesen.

La plaza del Callao, con el Palacio de la Prensa al fondo. Llama la atención el hecho de que se vea una fila de coches aparcados en lo que hoy es el tramo de la Gran Vía que va hacia Plaza de España. Esto es así porque, en aquella época, el mundo conocido terminaba más o menos ahí. Por lo demás, el trasiego de paseantes a la derecha de la foto deja bastante claro lo estresante que era entonces el tráfico por esta arteria madrileña.

Esta foto es la que me ha dado la pista fundamental sobre la fecha de la guía. Es la entrada de la plaza de toros un día de corrida. Lo que pasa es que esa plaza de toros no es la plaza de toros actual, la de Las Ventas. Dado que ésta fue inaugurada en 1929, la foto, y consecuentemente la guía, tiene que ser anterior a dicha fecha.
Esta plaza de toros es la responsable de que para los toreros que vienen a Madrid sea tradición vestirse en el hotel Wellington, en la calle Velázquez. Entonces, la plaza quedaba a un tiro de piedra de dicho hotel y es por eso que se utilizaba. Según he podido leer, la ubicación de esta plaza era lo que hoy es más o menos la esquina de Alcalá con Claudio Coello.
Ya hemos visto por diversas fotos que en los años veinte, en Madrid, el tráfico rodado no era gran cosa. Sin emnbargo, en esta foto podemos ver un big rush y un atasco de puta madre; lo cual nos sirve para inferir algo plenamente cierto, y es que hasta la llegada del fútbol, allá por los años cincuenta, el espectáculo por antonomasia en Madrid y en España eran los toros.
Uno, dos, tres, cuatro. Hasta cuatro tranvías se cuentan en la foto uno detrás de otro. En paralelo, coches particulares y en paralelo de éstos, coches de caballos. Triple fila, algo inusitado para la época.

He dejado para el final mi preferida. El pie de foto de la guía dice: tres señoritas madrileñas con la típica mantilla. La foto yo diría que podría estar tomada en algún bulevar, tal vez la Castellana (pensé que sería el Retiro, pero al fondo a la izquierda creo distinguir un edificio, lo cual me hace dudar). Es claramente una foto amateur. Aquí nada está preparado. Estas tres señoritas no son en modo alguno modelos preparadas para la foto. ¿Que por qué digo esto? Pues por la sencilla razón de que en el encuadre de una foto preparada no figuraría la silla de tijera que se ve a la derecha, sobre la cual, si observais un poco, veréis que hay un vaso, imagino que de limonada (el vaso tiene una cuchara, indicativo de, cualquiera que sea la bebida, tiene que ser una bebida mezclada con azúcar).
Estas tres señoritas son simplemente tres paseantes captadas por el fotógrafo. Los años veinte se aprecian, por ejemplo, en que las faldas terminan ya un palmo y pico por debajo de la rodilla, mostrando cierta liberación que algunos años antes habría sido imposible. También destaca la mujer de enmedio, ligeramente más moderna que sus dos amigas; su amplio collar le da cierto aire parisien, sin llegar, desde luego, a confundirla con una cocotte de ésas a las que mataba a polvos Toulouse Lautrec. Estas son tres españolas castas y susanas, y por si hubiera alguna duda no hay más que observar a la mayor y más alta de ellas, a la izquierda de la foto, y su más que visible crucifijo. La española de aquella época, por lo demás, viste de oscuro, especialmente cuando está sola porque no ha salido con su hombre o no tiene hombre aún. Las diferencias de concepto son muy sutiles y se aprecian, si acaso, en las diferentes modalidades de escote escogidas por nuestras amigas.
Cabe estimar, desde luego, que estas nuestras bisabuelas iban o volvían de misa cuando se encontraron con el fotógrafo.
viernes, junio 13, 2008
El pistolerismo (VI): Martínez Anido y la Ley de Fugas
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Auge y caída del barón de König
Mal rollito
La figura de Severiano Martínez Anido se asemeja en muchas cosas a la de Francisco Franco. Ambos fueron militares de larga trayectoria. Martínez Anido había servido en Filipinas, Cuba y Marruecos, es decir en todas las grandes guerras de España que le había tocado vivir como militar. Franco también era un militar del que no se podía decir que hubiese dado la espalda a un solo conflicto. Ambos, además, compartían el enorme defecto de tener una visión puramente militar de las cosas. Para ellos, el mundo era el patio de un cuartel y los problemas, guerras. De esta manera luchaban contra ellos.
Existen indicios de que Martínez Anido tenía cierta conciencia de justicia social. En su primera intervención ante la prensa tras ser nombrado gobernador de Barcelona, dijo que distinguiría entre terrorismo y reivindicaciones obreras, y que tampoco podía ser que los obreros fuesen tan salvajemente explotados como lo eran. Hubo quien llegó a creer que por fin llegaba a Barcelona un mandamás que entendía a los obreros. Sin embargo, metodológicamente, Martínez Anido actuó no como un político, intentando negociar; sino como un militar, es decir viendo la manera de atajar el mal del terrorismo pistolerista de raíz. Por esto, lo primero que hizo fue realizar una lista de todos los activistas a los que iba a expulsar de Barcelona. El asesinato de Valentín Otero, activista del Libre, no hizo sino impulsarle a ir más allá y, de hecho, a los pocos días de llegar al cargo dirigió una redada tan precisamente organizada que se podría decir que casi toda la plana mayor de la CNT fue detenida, incluido Seguí. Esta redada coincidió con el día en que unos activistas del Libre se dirigieron a una obra en la barriada de Sarriá, hicieron que los obreros se colocasen en una pared a punta de pistola, sacaron de la fila al cenetista Alfonso Cortina y lo mataron allí mismo, delante de sus compañeros.
Las acciones de Martínez Anido, del Libre y de la propia CNT fueron haciendo que las actividades se radicalizasen, como consecuencia de lo cual incluso los jefes más jefes empezaron a estar en peligro. El 26 de noviembre, se produjeron los atentados simultáneos de un destacado líder del Libre, el propietario del Hotel Continental Antoni Albareda; y un par de presidentes de sindicatos de la CNT: Ramón Batalla, de la construcción , y Josep Caneja, de metalurgia.
En suma, en el conjunto del mes de noviembre, primero en que Martínez Anido fue gobernador, hubo ya 22 muertos.
Y aquí llegamos a uno de los sucesos más poco claros de toda esta historia. Como ya sabemos, hay dirigentes de la CNT en la trena. Según algunos testimonios que hay que tomar con pinzas, puesto que la fuente es Inocencio Feced, quien traicionó y mintió a todo dios y por lo tanto es poco de fiar, Martínez Anido y su comisario Arlegui decidieron que, teniendo en cuenta el cariz que tomaban las cosas, había que pasar por la turmix a Françesc Layret, abogado habitual de los cenetistas. Los ánimos, además, se encrespan después de que el día 29 un grupo de pistoleros del Libre se carguen al cenetista Carles Bort en el mismo bar donde estaba tomando copas.
El día 30, una nutridísima fuerza de guardias salió del cuartel de la calle Consejo del Ciento y tomó un muelle del puerto de Barcelona, que los policías aislaron del mundanal ruido. Al mismo tiempo, en la cárcel Modelo todos los grandes popes del cenetismo como Seguí y otros, junto con el nacionalista Lluis Companys, eran sacados de sus celdas y llevados esposados a unos camiones que les dieron varias vueltas por Barcelona. Los detenidos llegaron a pensar de todo. Primero, que les llevaban al castillo de Montjuich; después, que los iban a deportar a Guinea; después, que los iban a tirar al agua para que se ahogasen. Finalmente, cuando ya estaban embarcados, fueron informados de que serían llevados al castillo de La Mola en Mahón. Martínez Anido llevaba adelante sus planes: muertos los perros, se acabó la rabia.
La mujer de Companys, en cuanto supo lo que estaba pasando, se fue echando leches hacia la casa de Layret, para contárselo. Al saber que estaba en la calle esperándole, Layret se apresuró a bajar a su encuentro. En la calle, muy cerca de la dona Companys, estaban los pistoleros Fulgencio Vera, AKA Mirete, Ángel Coll, Fulgencio Grisca y Carles Baldrich. Los cuatro dispararon. El abogado no tenía ni la más mínima oportunidad. Hay que hacer notar que Layret era diputado. Su muerte, por lo tanto, es un magnicidio del tamaño de la de José Calvo Sotelo, que precipitó el estallido de la guerra civil. Ésta, además, cuenta con la sospecha histórica de que fuese el propio terrorismo de Estado el que procedió al asesinato. Y con el agravante de que Layret era minusválido.
El asesinato de Layret casi viene a coincidir en el tiempo con una escena que más que de la Historia de España parece de una película de Pajares y Esteso. No fue hasta que el barco que llevaba a los presos estaba a medio camino entre Barcelona y Mahón que los organizadores del viaje cayeron en la cuenta de que no habían solicitado el ingreso de aquellas personas en La Mola. Sí, como suena. Durante un rato pareció que el barco tenía que darse la vuelta con su carga camino de la ciudad condal de nuevo. Finalmente, tras muchas conferencias telefónicas y hemos de suponer que después de que Martínez Anido amenazase con las peores soflamas al gobierno de Madrid, éste aceptó el traslado de los presos, que llegaron a Mahón a las mil y monas, sucios, sin haber podido comer decentemente y sin dormir.
Con el nuevo año aparece una nueva moda; una de las más tétricas de nuestra Historia, prolija en bestialidades. Cierto día, las fuerzas policiales cercaron a unos cenetistas que se encontraban en el Camp de l’Arpa, y detuvieron al dirigente Gregori Daura. Una pareja de policías lo conducía a la jefatura cuando, a la altura más o menos de la plaza de toros monumental, Daura, según la versión oficial, intentó huir, ante lo cual los guardias «tuvieron» que matarlo a tiros.
Había nacido la tristemente famosa ley de fugas.
Martínez Anido llegó más lejos. En una reunión que probablemente se celebró el 12 de diciembre de 1920, selló un pacto con el Sindicato Libre para que ambas fuerzas, la policía y dicho sindicato, fueran a por la CNT. El 17 detuvo a Ángel Pestaña. El 22, en un bar del Poble Nou, unos pistoleros del Libre se llevaron por delante a un recaudador de cuotas sindicales, Juan Llovet, e hirieron a otros. Al día siguiente, como represalia, el dirigente del Libre Juan Soler era asesinado por cuatro pistoleros cenetistas en la puerta misma del mercado de la Boquería. El 27, otro grupo de pistoleros acababa con el dependiente Enric Aymerich, también del Libre, en la propia tienda en la que trabajaba.
El de 1921 fue el año de Martínez Anido, y también el peor del pistolerismo barcelonés. El mismo día 3 comenzó la matanza en la persona de Josep Juliá, un activista de la CNT. El día 4, los anarquistas saldaban una vieja cuenta cargándose a Marià Sans, un pistolero que lo había sido del barón de König y que había vuelto a Barcelona creyendo que podría confundirse con el paisaje. Curiosamente, Sans llevaba un tatuaje en un brazo con la frase «¡Viva la anarquía!»; quizá como camuflaje.
Sólo en las primeras dos semanas de enero hubo nueve atentados con varios muertos y heridos; fuera de Barcelona también había violencia, pues en Bilbao fue asesinado el gerente de Altos Hornos de Vizcaya. El desparpajo de la CNT creció en volumen cuando, el 18 de enero, se llevaban por delante a un policía, el inspector Espejo, que acababa de tener un éxito policial con la detención de unos pistoleros llegados de Valencia. Arlegui, del cual Espejo era hombre de confianza, juró vengarse; probablemente por esto se disparó, y nunca mejor dicho, la aplicación de la ley de fugas y del terrorismo de Estado. Françesc Villena, dirigente cenetista, muere a tiros poco tiempo después. De madrugada, la policía saca del calabozo a los valencianos detenidos (Joan Vilanova, Antoni Parra, Juli Peris y Ramón Gomar), y se los lleva camino de la cárcel a patita y esposados. A la altura de la calle Calabria, los policías se demoraron unos pasos, levantaron las armas y les dispararon. A Antoni Parra le alcanzaron en un hombro y cayó al suelo, con tan buena suerte que sus compañeros, muertos, cayeron sobre él. Se quedó quieto y disimulando y así consiguió llegar vivo al hospital. Cuando, estando en la Morgue, levantó la mano para avisar de que estaba vivo pues no le salía la voz, el susto del personal del hospital fue morrocotudo. Conocido el hecho de que Parra estaba vivo, la policía argumentó que habían sido atacados, momento que los presos habían aprovechado para intentar huir.
Lejos de amilanarse con aquel fallo, la policía repitió la aplicación de la ley de fugas en la persona de José Pérez Espín, poco menos que fusilado en la Vía Layetana. Horas después, Agustín Flor, Francisco Bravo, Benito Benacho y otro activista fueron detenidos en un tranvía; pero, siendo trasladados a comisaría, y de nuevo en la Vía Layetana, fueron pasaportados.
Así las cosas, los cenetistas se dieron cuenta de que lo que tenían que hacer era matar a Martínez Anido. Dos de sus activistas, Doménech Rivas y Ricart Pi, se comprometieron a hacerlo precisamente durante el entierro del inspector Espejo, el día 23. Sin embargo, fueron descubiertos por la policía en la comitiva y detenidos. Horas después de la detención, morían en la Diagonal, presuntamente en medio de su huida.
En febrero de 1921, el diputado socialista Julián Besteiro presentó una interpelación al ministro de la Gobernación, Bugallal, sobre la ley de fugas. El ministro negó que tal cosa existiese, por supuesto. La policía de Barcelona cambió de táctica. Ahora los presos eran soltados y, casualmente, alguien les esperaba en la calle para matarlos.
La gran represalia de la CNT contra la ley de fugas fue matar a quien consideraban el responsable máximo de su aplicación, que no era otro que el primer ministro Eduardo Dato. Pero el asesinato de Dato, como magnicidio que es, es algo más que un mero capítulo del pistolerismo, motivo por el cual dejaremos su relato para mejor ocasión.
En el mes de marzo de 1921, es decir después de la muerte de Dato, hubo nueve atentados; y en abril, más aún. El paroxismo llegó a tal punto que en uno de los atentados murió un activista del Libre, Francisco Celis, a manos de activistas del Libre que lo habían confundido con un enemigo suyo. Rabiosos, los pistoleros del Libre iniciaron una campaña de asesinatos en la persona de los abogados laboralistas que solían defender a cenetistas.
El día 24 se podría haber producido una auténtica carnicería en Barcelona si los anarquistas no hubiesen sido torpes. Se celebraba una ceremonia del Somatén a la que fue invitado el propio rey; puesto que estarían en ella Martínez Anido y Arlegui, la CNT decidió que era una ocasión de puta madre para acabar con todos sus problemas con una sola bomba.
Joan Baptista Acher, alias El Poeta, y Josep Pérez, alias El Mula, en compañía de otos activistas como Roser Segarra y Elías Saturnino, prepararon la bomba y alquilaron un taxi para hacerse llegar con el mismo a la ceremonia. Al llegar a Barcelona, sin embargo, se encontraron con la que la policía no es tonta y que los accesos estaban muy vigilados. En una decisión que lo dice todo de la humanidad del terrorismo anarquista, decidieron dejar el taxi abandonado cerca del lugar del desfile, con el motor el marcha, para que se incendiase y de esa forma activase la bomba. Dicho de otra forma: organizaron una puta carnicería, en la que hubieran muerto decenas de personas absolutamente inocentes. Por suerte, eran tontos del culo. Dejaron el taxi abandonado en frente del único lugar donde podían apagarlo inmediatamente: un taller mecánico.
En mayo hubo unos quince atentados, además de la aplicación de la ley de fugas Gregori Fabre, alias El Brasileño. La primera semana de junio de 1921 se saldó con un atentado diario. Poco a poco, no obstante, la política de dureza de Martínez Anido iba haciendo más difícil a la CNT mantener su estructura. El resto del año la violencia continuó, aunque algo más atenuada.
Sin embargo, nadie es eterno. Tampoco Martínez Anido. Pero de eso hablaremos otro día.
lunes, junio 09, 2008
Polonia
En 1942, en la batalla de Stalingrado, en expresión de sir Winston Churchill se escuchó girar los goznes de la Historia. Hasta ese momento el guión hablaba de una posible victoria, total o parcial, de la Alemania de Hitler en el teatro europeo; pero desde entonces los aliados comenzaron a darse cuenta de que la victoria podía llegar a ser suya y, lo que es más importante, podía llegar a ser total. Esta convicción dio paso a otra pregunta de dificilísima contestación, y es qué es lo que se iba a hacer con Alemania. En menos de medio siglo, Alemania había colocado Europa patas arriba dos veces. En la primera de ellas, además, se optó por una solución basada en castigarla duramente por ello, pero sin invadirla. Por otro lado Adolf Hitler, dentro de sus paranoias, había manejado algunos conceptos en los que casi todo alemán creía sin necesidad de ser nazi; y uno de esos conceptos era el famoso Lebensraun o, si se prefiere, el derecho alemán a ser un apoyo para los alemanes residentes fuera de las fronteras del país, lo cual había soportado las reivindicaciones hitlerianas en la antigua Checoslovaquia y, por supuesto, Polonia.
En la batalla de Stalingrado, por cierto, pelearon alemanes y polacos, pues en las unidades del Ejército Rojo había polacos metidos. Esto se sabe porque hubo casos de alemanes nacidos en áreas, digamos comunes con Polonia; alemanes que, por lo tanto, hablaban polaco y escaparon de aquel infierno mediante el sistema de robar a algún soldado polaco muerto su uniforme y hacerse pasar por quien no eran.
A todo esto hay que añadir, además, que conforme la guerra avanzaba el planteamiento de los diferentes aliados se fue distanciando. Estados Unidos tenía una visión del conflicto europeo más lejana, y por ello se mostró dispuesto a apoyar, cuando menos en el plano teórico, las soluciones más radicales tendentes al debilitamiento de Alemania como potencia futura. La URSS tenía un espíritu claramente revanchista, que no podemos reprocharle tratándose un país al que la locura germana le costó millones de muertos y una devastación como yo creo que no ha producido jamás otra guerra en la Historia de la Humanidad. Inglaterra estaba, cada vez, más preocupada por poner tampones al avance soviético que otra cosa. Y los franceses, como siempre: haciéndose los importantes.
Polonia no estaba, desde luego, entre las potencias que negociarían el futuro de Alemania. Pero lo cierto es que, a su lado, el revanchismo soviético se quedaba cortísimo. Los polacos fueron, probablemente, los principales paganos de la segunda guerra mundial, entre otras cosas porque el ahora enemigo acérrimo de Hitler, Stalin, había firmado antes de la guerra un acuerdo secreto con los nazis que tenía entre sus cláusulas principales el reparto de influencias en Polonia, motivo por el cuando Hitler la invade y empieza la guerra, los rusos se quedan en casa. Polonia fue considerada por los nazis un menos-que-país poblado por menos-que-hombres, lo cual hizo que su trato hacia la población eslava fuese deplorable y que Polonia, entre otras cosas, se convirtiese en el principal teatro de los asesinatos masivos que practicó el nazismo.
Todo el mundo, y aquí me refiero a todo el mundo entre los aliados occidentales, estaba de acuerdo, conforme avanzaba la guerra, en que era necesario evitar que Alemania pudiese volver a dar por culo. Esto suponía desarmarla y debilitarla. Sin embargo, sobre la mesa del despacho del presidente americano Franklin Delano Roosevelt comenzaron a caer informes en los que se hablaba (con razón) de la interdependencia de la economía europea y, en consecuencia, de las terribles consecuencias que tendría una Alemania hundida hasta el hambre para el continente; sin mencionar, decían los sociólogos, que un pueblo hambriento es un pueblo cabreado y, de esta forma, podría llegarse a conseguir exactamente lo contrario de lo que se pretendía. Para algunos de estos expertos en Washington y Londres, había un nuevo objetivo más que tener en cuenta: el problema de que Alemania cayese en la órbita soviética y se convirtiese en la espadaña comunista en la Europa occidental.
Surge aquí el nombre de Henry Morgenthau. Morgenthau era secretario del Tesoro de Roosevelt y redactó un memorando, que la Historia recuerda como Plan Morgenthau, dirigido a dibujar estratégicamente estos planes respecto de Alemania. El Plan Morgenthau, que en todo caso contaba con muy serias oposiciones dentro del gobierno americano, establecía la cesión de Alemania a Polonia de la Prusia Oriental y la Alta Silesia; del Sarre y de la región comprendida entre el Rhin y el Mosela a Francia; la conversión de Alemania en una confederación de estados, al estilo suizo; el control internacional de la cuenca del Ruhr; y el desmantelamiento de todo lo que en Alemania fuese diferente de la explotación agroganadera, es decir, la eliminación de su poderío industrial y minero.
El 11 de septiembre de 1944, los aliados americano y británico se reunieron en Québec, Canadá, momento en el cual Roosevelt aún dudaba si seguir los consejos de Morgenthau. Churchill, con esa capacidad que tenía de inventar frases lapidarias, protestó afirmando que el Plan Morgenthau condenaba a su país a «vivir encadenado a un cadáver», pero decidió protestar menos cuando los americanos le cedieron la gestión directa de la Alemania del sur y la cuenca del Ruhr. No obstante, a la llegada de Anthony Eden, probablemente el mayor valedor de una Alemania no reducida a la condición de país económicamente menor, éste se negó a aceptar los postulados americanos e incluso tuvo una discusión épica con su propio primer ministro. La gran ventaja que tuvieron esos gritos es que fueron tantos y tan altos que llegaron a Washington, donde fueron oídos por altos funcionarios opuestos al informe Morgenthau. Roosevelt cedió a regañadientes. El Plan Morgenthau no fue oficialmente abandonado por los americanos hasta julio de 1945.
Antes, no obstante, ya se había hablado del asunto de la desmembración. En Teherán, en 1943, los aliados hablaron fundamentalmente de la dirección de la guerra; pero también dejaron espacio para hablar del futuro. En aquella conferencia quedó claro que, si bien había diferencias en torno a la potencia económica que se le permitiría a Alemania, no había enfrentamientos en torno al concepto de que debía ser desmembrada. En Teherán se habló de aislar Prusia y la creación de dos o tres estados adicionales. Stalin, que era un cabronazo no exento de visión de futuro, diría en aquella conferencia que los alemanes siempre tendrían deseos de reunificarse, y que los aliados deberían luchar contra eso con medidas económicas y, si es necesario, por la fuerza; en los años noventa, sin embargo, no estaba ahí para invadir el país e impedir su reunificación; pero, ciertamente, tuvo razón. Churchill defendía la creación de una especie de Austro-Bavaria (como si no le bastasen todos los follones que supuso la existencia de Austria-Hungría) y Roosevelt, en una posición muy morgenthoide, hablaba de hasta cinco estados alemanes diferentes.
Y luego, la cuestión de Polonia.
Desde el primerísimo momento en que se habló de Polonia entre los aliados, la URSS dejó claro un asunto. No aceptaría la frontera ruso-polaca existente al iniciarse el conflicto, fijada en 1922 tras la guerra entre ambos países; sino la denominada Línea Curzon, trazada por los británicos en 1919, bastante más al Oeste. Por lo tanto, la URSS le metía un bocado generoso a Polonia por el Este; lo cual marcaba la necesidad de darle algo por el Oeste; a costa, pues, de Alemania, que no estaba en condiciones de decir esta boca es mía y, además, me gustaría utilizarla.
Desde enero hasta noviembre de 1944, una vez aprobados estos principios, un comité tripartito trabajó en Londres en delimitar las futuras zonas de ocupación de Alemania. El 11 de noviembre, para escándalo de los soviéticos (y del que esto escribe), al grupo tripartito (EEUU, Reino Unido y la URSS) fue unida Francia, país que para conseguir esto tuvo que magnificar el mito de su resistencia antinazi hasta hacer creer al mundo esa mentirijilla histórica según la cual los alemanes, en Francia, estaban totalmente rodeados de franceses dispuestos a morir con el nombre de su nación en los labios (aunque, por alguna razón que aún no nos han explicado los franceses, no lo hicieron) .
De todas formas, el principal conflicto era el angloamericano que había aparecido en Québec, ya que los británicos, a cambio de aceptar los principios estadounidenses, reclamaban más zonas del país. De hecho, se corrió el serio peligro de terminar la guerra antes de que se hubiese llegado a un acuerdo en torno a cómo repartir el país tras el armisticio.
El 4 de febrero de 1945, y durante una semana, los aliados se reunieron en Crimea. El principal asunto era la participación de Francia, asunto al que Stalin se negaba y Churchill apoyaba, buscando claramente meter cuantos más socios no comunistas en el club, mejor. Pero el gran tema de Crimea fue Polonia.
A finales de 1944, Londres había mantenido conversaciones con representantes polacos en las que quedó claro que la frontera occidental de Polonia debería trazarse según el curso del río Oder, dejando por lo tanto la ciudad de Stettin (de grandes resonancias germánicas, por cuanto fue ya plaza comercial de las rutas hanseáticas) del lado polaco. No obstante, quedaba aún por definir el territorio al noroeste del país, la parte, por así decirlo, más alemana. En diciembre de 1944, ante la Cámara de los Comunes, Churchill no tuvo ningún reparo en admitir que esta propuesta (se le quita un cacho a Polonia por el Este y se le pone por el Oeste) supondría un éxodo masivo de polacos, así como la expulsión de centenares de miles de alemanes.
En torno al conflicto estos territorios al Norte, británicos y estadounidenses defendían una frontera delimitada por el río Neisse en su lado oriental, lo que suponía dar a la Polonia la Alta Silesia, de unos 9.700 kilómetros cuadrados. Los soviéticos, por su parte, defendían la denominada frontera del Neisse occidental, que englobaba toda la Baja Silesia (26.000 kilómetros cuadrados), además de una parte no despreciable de Brandenburgo. Los aliados hubieron de quedar en tablas, y la cuestión de Polonia aparcada hasta el día que dejase de haber hostias.
El 22 de abril de 1945 murió FDR. Por cuatro días no llegó a ver la reunión de las tropas rusas y americanas en Torgau. El día 30, Adolf Hitler se suicidó en su refugio de Berlín.
El 7 de agosto de 1945, en Potsdam, el ambiente entre los aliados ya no era el mismo. Para empezar, ya no eran los mismos. A Roosevelt le había sustituido Harry Truman y a Churchill, mediada la conferencia, habría de sustituirle Clement Attle, una vez que fue oficial la victoria laborista en las elecciones británicas. Además, ahora los aliados habían ganado. Ya no había enemigo. Los enemigos eran ellos mismos.
EEUU seguía empeñado en la desmembración de Alemania en muchas partes. Los papeles que Truman llevaba en la cartera a su llegada Postdam preveían la creación de un Estado de Alemania del sur que comprendiese Austria, Baviera, Wurtenberg, Baden y Hungría, con capital en Viena (otro que no se leyó la Historia de Europa en el siglo XIX). Y preveía el control internacional cuatripartito del área del Ruhr, Renania y el Sarre. La resistencia, sobre todo de Stalin, le obligó a bajarse de la burra. Ahora ya estaban de acuerdo en que sólo habría una Alemania (aunque, como sabemos, pronto habría dos); pero quedaba el asuntillo de las fronteras.
Los aliados creyeron que podrían negociar a partir de las fronteras de Versalles con la inclusión del Sarre para Alemania tras el plebiscito de 1935. Es decir, que todavía estaba en discusión si la frontera en la línea del Neisse era por el lado oriental u occidental del río. Sin embargo, se encontraron con que Stalin había realizado una política de fait accompli: el 21 de abril, cuando todo dios estaba embarcado en buscar a Hitler para meterle un rayo por el culo, el padrecito de la URSS había firmado un acuerdo con los polacos por el cual les cedía la gestión administrativa de todos los territorios situados al este de la línea del Neisse occidental; es decir, imponía su frontera germano-polaca por la vía de los hechos. Churchill se sintió horrorizado; había estado de acuerdo en la deportación masiva de alemanes, pero pensando en algunos cientos de miles; la acción soviética suponía que habría que expulsar a un millón de germanos de sus hogares y, además, alojarlos en un país destrozado y totalmente empobrecido.
Los acuerdos finales de la conferencia de Postdam no son categóricos al aceptar la frontera Oder-Neisse, pero los aliados sabían bien que una vez que le das un sonajero a un bebé, no lo soltará nunca de buen grado. En 1949, el parlamento polacó blindó jurídicamente la posesión de los territorios en litigio y, en 1950, ya creada la República Democrática Alemana y situada ésta en la órbita soviética, Polonia firmó definitivamente un acuerdo con Alemania (con una de las alemanias, se entiende) consolidando estas fronteras.
Por lo demás, la conferencia de Postdam también declaró que debería procederse a la «la transferencia a Alemania de las poblaciones subsistentes en Polonia, Checoslovaquia y Hungría». Sin embargo, en el caso de Polonia, no habían delimitado lo que era o dejaba de ser Polonia; para polacos y soviéticos, esto incluía la línea Oder-Neisse occidental, mientras que para los aliados sólo llegaba a la línea Oder-Neisse oriental. ¿Había que expulsar a los alemanes entre medias? Este hecho, junto con otros, hizo que, en realidad, esto de las expulsiones masivas se quedase en poca cosa.
Por lo demás, Alemania pagó caro este movimiento polaco-soviético. Los territorios en litigio sumaban la cuarta parte de la superficie del país, y acumulaban casi la quinta parte de su producción carbonífera.
Siguió habiendo alemanes en Polonia; alemanes que habían vivido de toda la puta vida en Polonia, se entiende. Algunos se quedaron, otros se fueron. Este lío acabó creando las figuras del polaco-alemán, del alemán-polaco, del polaco-polaco en Polonia, del alemán-alemán en Polonia… Hay varias combinaciones.
Todas ellas se fueron a concentrar la noche del domingo, durante unos cuantos segundos, en los ojos de un futbolista, Podolski, autor de dos goles en un torneo internacional de primer nivel que, sin embargo, no pudo, no quiso, celebrar.
viernes, junio 06, 2008
El pistolerismo (V): mal rollito
De momento, quiero recordaros que, en diferentes puntos de este blog, podéis encontrar los cuatro capítulos anteriores de esta serie, que he llamado sucesivamente:
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Auge y caída del barón de König
Y ahora vamos con la quinta pasadilla.
Habíamos dejado nuestra historia en junio de 1920 con un nuevo gobernador civil de Barcelona nombrado, el funcionario de Aduanas Federico de Carlos y Bas, que se trajo a la capital de Cataluña un zurrón lleno de buenas intenciones. Bas, en realidad, quería la cuadratura del círculo. Pretendía que los problemas obreros se resolviesen creando órganos de discusión entre obreros y empresarios; pero, al mismo tiempo, pretendía tener contentos a los burgueses manteniendo la suspensión de libertades.
En cualquier caso, el periodo de Bas no tuvo por principal problema los conflictos de los obreros con los patronos, sino los de los obreros entre sí. Coincidiendo con el cambio de gobernador civil, se inició la guerra propiamente dicha entre la CNT y el Sindicato Libre, guerra cuya sangre anega los años del pistolerismo.
El 6 de julio de aquel año, un tal Joan Purcet, dirigente del Libre, cocinero de un afamado restaurante barcelonés llamado Royal, regresaba a casa cuando a unas manzanas de llegar unos pistoleros anarquistas lo esperaron y le dejaron la chaqueta hecha unos zorros, y a él muerto dentro. Dos días más tarde, los del Libre respondían en la céntrica plaza de Urquinaona, donde dispararon una salva de balas contra el dirigente cenetista Vicens Roig. El día 21, una asamblea de trabajadores en la empresa Soler y Doménech, donde tenían que discutir la jornada laboral, acabó a tiros entre los partidarios de un sindicato y de otro. Antes de terminar el mes otro activista del Libre, Joan Casanovas, fue asesinado.
El 4 de agosto, en Valencia, la CNT perpetró una de sus típicas salvajadas, que tanto hicieron por hacerla evolucionar mediante el siempre irritante método de dar un paso hacia delante y tres para detrás. En la ciudad del Turia se había refugiado el conde de Salvatierra después de haber fracasado, como también hemos visto, como gobernador de la plaza barcelonesa. La verdad es que Salvatierra había recibido toneladas de cartas amenazadoras y tenía miedo, pero con el tiempo y al ver que no era atacado se fue confiando. El 4 de agosto, cuando como fruto de aquella confianza había decidido irse a San Sebastián a pasar la canícula, alquiló un coche en el que iba con su mujer y su cuñada cuando dos pistoleros anarquistas, que finalmente lo habían localizado, dispararon contra todos ellos. Mataron en el acto la marquesa de Tejares, la cuñada; y el conde murió en el hospital al día siguiente.
Hasta el día de la muerte del conde, buena parte de la burguesía española había considerado el problema del pistolerismo como una cosa entre catalanes, lejana, lejana. Sin embargo, aquel atentado cambió totalmente las cosas e hizo ver a los todos que aquél era un problema de dimensión nacional. Por si fuera poco, el día 23 se produjo otro hecho que avalaba la españolización del conflicto catalán: el asesinato de José Yarza, arquitecto municipal, en Zaragoza. Como principal consecuencia, las clases patronales se presentaron a ver al presidente, Eduardo Dato, y le dijeron que o enculaba a los sindicatos o ya podía ir pensando en dimitir. Como a Dato le pasaba lo que a todo político, es decir que no entendía el significado del verbo dimitir, la represión a los sindicatos se endureció, impulsando a la CNT a buscar protección mediante la alianza con la UGT. El 3 de septiembre, en la Casa del Pueblo de la calle Piamonte de Madrid, se firmó aquel acuerdo en el que muchos quisieron ver la fusión futura de los dos sindicatos; hecho este tan poco probable que ni siquiera a día de hoy ha llegado.
Un análisis superficial lleva fácilmente a la conclusión de que la convergencia sindical es fácil. O aquella lo era. UGT y CNT eran sindicatos prácticamente complementarios desde un punto de vista geográfico y sectorial, lo cual quiere decir que donde uno dominaba el otro no estaba; ambos eran, más que mayoritarios, absolutistas en sus dominios. Por lo tanto, la unión aparece ante muchos observadores como algo lógico. Pero ése es, ya lo he dicho, un análisis epidérmico. En primer lugar, la ideología marxista y la anarquista se parecen como un perrito pequinés y un chimpancé; ambos son animales terrestres, vale; pero el primero sería mal acompañante de Tarzán y el segundo lo sería de las señoras que pasean por nuestros parques. Hubo sus intentos de acercamiento, con viaje a Moscú incluido de algunos representantes cenetistas, e incluso conversiones claras, como las de Andreu Nin o Joaquín Maurín, ambos anarcosindicalistas en sus inicios que acaban siendo marxistas de libro. Pero son las excepciones que confirman la regla.
En la confluencia entre CNT y UGT había, además, otro gran problema. La UGT era una organización fuertemente centralizada, basada en la labor de dirigentes que obtenían las directrices de asambleas a diversos niveles; mientras que la CNT era un movimiento puramente asambleario, en el cual la base acababa por decidirlo todo, y en el que, además, se tendía a no obligar a nadie a hacer algo que no quisiera hacer. Así pues, Seguí podía firmar lo que le viniese en gana; si, días después, la asamblea de la CNT de Sevilla decidía que ni de coña, entonces la CNT de Sevilla no iría a convergencia alguna, dijera lo que dijera el papelito firmado por Seguí, pues a ellos esas cosas no les vinculaban en lo absoluto.
Y un tercer problema. Ambos sindicatos, en el fondo, estaban luchando por la hegemonía en la clase obrera. Cuando dos empresas luchan por un mercado, son amigos sólo de boquilla. Las escasas ganas de amigarse quedarían bien patentes unos pocos meses después, tras el golpe de 1923, cuando la UGT pactó con la dictadura de Primo de Rivera, consiguió seguir teniendo existencia legal en medio de aquel régimen y se dedicó a impulsar en todo lo posible el debilitamiento de la CNT. Este comportamiento abrió heridas entre los anarcosindicalistas que explican algunas de las burradas que luego harían durante la República.
No obstante esta política más legalista, dirigida sobre todo por Salvador Seguí, la vertiente pistolera de los anarquistas siguió currando. Josep Saleta, conocido como El Nano, se apioló el 8 de septiembre a un dirigente del Sindicato Libre, José Román, y dejó gravemente herido a otro, Josep Villalta. El día 10 fue asesinado otro activista del Libre, Bruno Llorens, de una forma además bastante cruel, pues como sólo le hirieron los disparos lo mataron a hostias. Éste es el punto en el que el Libre decide responder al hierro con hierro.
El día 12 por la noche, alguien que según todos los indicios era Inocencio Feced, un activista fácilmente sobornable, hizo estallar una bomba en la sala Pompeya del Paralelo barcelonés, en aquel entonces la principal artería de la noche condal. La propia bomba y la estampida descontrolada de clientes y cocottes provocaron seis muertos y dieciocho heridos. La bomba del Pompeya es uno de esos misterios de la Historia de España que, al menos con mi nivel de información, permanece ignoto. Mucha gente, apoyada en el hecho de que Feced era un pistolero a sueldo, piensa que fue un acto pagado por empresarios que buscaban de esta manera que Dato no tuviese más remedio que ir a por las organizaciones obreras. Otros piensan que fueron los propios activistas obreros. Tanto la CNT como el Sindicato Libre afirmaron no tener ninguna relación con los hechos; sin olvidarse, por supuesto, de afirmar que el otro era quien lo había hecho.
En cualquier caso, el Sindicato Libre tenía paraguas, habiéndose convertido ya en el apoyo de los patronos en el mundo laboral. La CNT era la que tenía un problema de cojones. Pero es que los cojones son dos, así pues el problema se dobló. A los anarcosindicalistas les crecieron los enanos cuando los obreros, en las diversas asambleas que se fueron celebrando, fueron decidiendo que iba a converger con la UGT su puta madre.
¿Podían ir las cosas peor? Podían. El 7 de octubre, el Libre comienza su carrera matarife con el asesinato de los anarcosindicalistas Françesc Capistrón y Victoriano Abarca.
El mes de octubre fue un mes muy duro para los anarcosindicalistas posibilistas liderados por Seguí. Como acabamos de ver, las cosas estaban jodidas, pero el Noi del Sucre tenía mucha fuerza de voluntad. A pesar de que las asambleas iban en contra de la convergencia con la UGT, Seguí y los suyos supieron aprovechar muy bien un conflicto que duraba ya nada menos que siete meses, el de las minas de Río Tinto en Huelva, para vender las bondades de la convergencia sindical. Una vez conseguido esto, incluso consiguió el apoyo suficiente parea poder firmar, el 1 de noviembre, la aceptación cenetista de las comisiones mixtas que proponía el gobernador Bas. No obstante, la oferta llegó tarde.
Las agresiones de la CNT a sindicalistas del Libre y a empresarios y el atentado del Pompeya, quienquiera que fuese su autor intelectual, habían colocado ya a los patronos en una posición muy radical y, al tiempo, muy fuerte. El mismo día que Seguí le comunicó a Bas la aceptación de las mixtas, el gobernador le informó de que sería prontamente cesado. La verdad es que había razones para ello. Por muy buenos oficios que desplegase el funcionario de Aduanas, lo cierto es que en sus poco más de cuatro meses de mandato, se habían producido en Barcelona del orden de 70 atentados. Eran ya tan habituales que su producción ni siquiera alteraba el ritmo de vida de la ciudad. Los obreros tardaron un montón en aceptar las ofertas pacificadoras y, mientras tanto, mataron tanto y con tanta dedicación que, en realidad, cercenaron toda posibilidad de acuerdo.
Si a eso unimos que la estrategia de los patronos fue típicamente catalana, es decir se basó en la publicación de una especie de manifiesto aseverando que Dato no les hacía ni puto caso porque Madrid intentaba aplastar a Cataluña y bla, bla, bla (que es un discurso que lo mismo vale para un roto antiobrerista que para un descosido hidráulico), lo cierto es que nuestro buen señor Bas tenía menos futuro como gobernador de Barcelona que un paparazzo en el cumpleaños de Cayetano de Alba.
Dice un refrán español: si no querías caldo, ahí tienes dos tazas. Es exactamente lo que le pasó a la CNT. Porque el nombrado por Dato para ocupar el puesto fue el gobernador militar de la ciudad, Severiano Martínez Anido. Dos apellidos que han quedado ligados en la Historia a la represión de la clase obrera.
En esta historia que torpemente vamos desgranando, vamos de culo, cuesta abajo, y sin frenos.
jueves, junio 05, 2008
Hablando de economía
Yo sé que lo normal en muchas personas es que no lean. Y las que leen, suelen leer una sola cosa. El mundo está lleno de lectores de best sellers, o de novela negra, o de novela histórica, o de química inorgánica, o de mecánica de fluidos. A mí, sin embargo, el día que nací me debió de cagar un palomo (cosa que no me extrañaría, pues prácticamente nací en la calle), porque soy un lector multiafición. La Historia es, desde luego, mi lectura preferida. Pero tengo otras. Gracias a algunas de esas aficiones colaterales es por lo que he descubierto los mejores blogs de la internet española, tales como Wonkapistas (sociología) o Historias de la ciencia (para sacar el alumno de ciencias que llevas dentro).
Una de estas cosas sobre la que me gusta leer y reflexionar es la economía. Los atentos visitantes habituales de este blog sabéis que alguna vez hemos hablado de economía, por ejemplo aquí o aquí. Sin embargo, no han dejado de ser incursiones colaterales.
Como, inmodestamente, pienso que en materia de economía hay muchas cosas que decir, tomé hace unos días la decisión de intraescindirme. De esta manera nació Oikonomia, un blog específico sobre la materia, y en el que ayer coloqué mi primer post. Ha nacido, pues, el blog independiente, dependiente de Historias de España.
Sospecho que en esta aventura no me acompañará Tiburcio. Es hecho sabido por casi todos los biólogos que los elefantes no están bien dotados para los conceptos financieros. La teoría con más visos de ser cierta se basa en el hecho de que todo ser que se inicia en el mundo de las matemáticas sencillas, que son las que hacen falta para echar cuentas, comienza utilizando técnicas muy rudimentarias, entre las cuales se cuenta contar con los dedos. Si os fijáis con atención en las patas de los elefantes, descubriréis que tienen todos los dedos pegaos, motivo por el cual es imposible utilizarlos para contar.
A ello hay que unir que el budismo no es un terreno propio para la reflexión económica. La economía es la ciencia de gestionar recursos finitos, y el budismo más bien trata de alcanzar conceptos relacionados con la infinitud.
La razón de que esté solo en este nuevo divertimento hará que su renovación sea más lenta. Si bien trato de mantener cierta disciplina en esta ventanita y tener un ritmo más o menos regular de apariciones, en el caso de Oikonomia no me lo voy ni a plantear. Escribiré cuando crea que tengo algo que decir, o me apetezca decirlo.
Hala, fin del anuncio.
domingo, junio 01, 2008
La [sorda] guerra civil monetaria
La mayor parte de estos expertos, algunos con miles de páginas escritas, demuestra sin embargo un desconocimiento bastante supino del tema que nos ocupa hoy. Una guerra que se libró dentro de la guerra y que, en una parte nada desdeñable, decidió el signo de su final. A la hora de encontrarle respuestas a la preguntas de por qué Franco ganó la guerra y la República la perdió, se acude a un montón de hipótesis, pero habitualmente no se cita una que a mí, sin embargo, me parece crítica: Franco ganó la guerra, en parte, porque supo ser económicamente más eficiente que la República. O, si lo queremos ver de otra manera, tal vez más exacta, la República fue tremendamente torpe a la hora de pelear en el flanco económico de nuestra guerra.
Según han señalado diversos expertos, tras producirse el golpe de Estado de los nacionales y una vez que la situación experimentó su estabilización, en términos crudos cada uno de los bandos ganaba en una de las dos mitades de la realidad económica. Los que pronto serían franquistas se habían quedado, aproximadamente, con el 70% de la producción agrícola; mientras que la República tenía en sus manos el 80% de la producción industrial. Inmediatamente después de iniciarse la guerra militar, se inició otra, la económica, o mejor deberíamos decir la monetaria, que fue tan cruenta y difícil como la otra y en la que el bando nacional jugó con evidente ventaja. Porque hay otra carencia en muchos juicios de la guerra civil que aquí nos interesa mucho. Se dice habitualmente que la República concitó la mayor parte de la solidaridad internacional. Y es verdad, aunque a medias. Esa solidaridad era la de los intelectuales, los políticos, las organizaciones culturales y sociales. Pero el mundo económico estuvo muy lejos de comulgar con este sentimiento. En los años de la República, los poderes constituidos dejaron que ocurrieran muchas cosas que levantaron el escepticismo respecto de España en las plazas financieras internacionales. Detalles como quemar impunemente iglesias y conventos en mayo del 31, o sacar de las cárceles en febrero del 36 a los líderes de un golpe de Estado revolucionario marxista cuyo último objetivo era implantar la dictadura del proletariado, son cosas que no suenan demasiado bien en los despachos de las personas que viven de hacer negocios.
La República, pues, estaba sometida a duda, y más que lo estuvo cuando, avanzado el golpe de Estado, el gobierno central se mostró incapaz de conseguir hacer efectivo su poder, y en diversas zonas del territorio nacional, Madrid incluido (esto quiere decir: a la vista de los embajadores) quedó bastante claro que en según qué circunstancias mandaba más un comité de sindicalistas de barrio que todo un ministro de la Gobernación.
La República, pues, fue siempre a remolque en el ámbito jurídico-económico, y prueba de ello son indicios como la estudiada equidistancia de la Justicia inglesa cuando Madrid y Burgos pleitearon por la posesión de las oficinas bancarias establecidas en Londres. Aún sabiendo, como sabían, los jueces ingleses que el único gobierno legítimo de España era el republicano, se resistieron a darle la razón, en un pleito que no resolvieron ellos, sino el final de la guerra.
En el ámbito económico hubo guerra. Pero antes de contárosla, quisiera explicaros dos o tres conceptos básicos sobre política monetaria.
La política monetaria es fruto de la modernidad. Los economistas de hace cuatrocientos años pensaban que un país es más próspero cuantas más riquezas atesora. Lo cual no es exactamente cierto. El país más próspero, sabemos hoy, es el que está más equilibrado, especialmente si tiene lo que algunos economistas llaman el triple 5: menos de un 5% (sobre el PIB) de déficit público, menos de un 5% de inflación y menos de un 5% de desempleo. Uno de estos equilibrios básicos son los precios, porque una subida descontrolada de precios se come cualquier riqueza; y si no lo creéis, probad a meter 100.000 euros en un calcetín y, cuando dentro de cincuenta años vuestros nietos os abran la cabeza, entenderéis que yo tenía razón.
La política monetaria consiste en darse cuenta de que la inflación sube porque la gente demanda muchos productos; y demanda muchos productos porque tiene pasta para pagarlos. Así pues, si se reduce el stock de pasta disponible, la gente tendrá que comprar menos, la demanda se retraerá, y la inflación se moderará.
Los gobiernos modernos, por lo tanto, miden constantemente la masa monetaria que tiene el personal, en varios escalones que empiezan por las monedas y billetes en circulación pero que siguen en todo aquel activo que sea razonablemente líquido, como puedan ser los depósitos bancarios o las letras del Tesoro. En los tiempos de la guerra civil, no obstante, los instrumentos financieros estaban mucho menos desarrollados que ahora, por lo que lo verdaderamente importante de la ecuación eran los billetes y monedas.
España vivió tres guerras civiles en el siglo XIX. En ninguna de ellas hubo guerra monetaria; ambas dos Españas siguieron usando la misma moneda en todo momento. Eso era así porque hasta comenzado el siglo XX casi no se aprecia circulación de moneda fiduciaria, es decir moneda que no vale por sí misma sino por lo que representa. Hoy en día, todo es moneda fiduciaria; usamos billetes que, valer, valer, lo que se dice valer, intrínsecamente no valen una mierda. Esto, en el siglo XIX, era impensable. En aquella época circulaban monedas de plata y de oro que valían por sí mismas (o sea, valían lo que la plata y el oro de que estaban hechas). En tiempos de la guerra civil, sin embargo, la mayor parte de la circulación era fiduciaria. Y esto fue lo que permitió montar el merdé.
En puridad, hay unos meses en los que no ocurre nada. Pero es un plazo muy breve. Que, no obstante, no está exento de medidas de signo monetario. La principal de ellas fue la limitación de disponibilidad de billetes y monedas. El mismo 19 de julio, domingo, el gobierno de la República establece que los particulares no podrán retirar más de 2.000 pesetas de sus cuentas corrientes en las siguientes 48 horas (en ese momento, todavía se piensa en una solución rápida para el conflicto). Lógicamente, terminado el plazo, y puesto que la guerra no había terminado, fue nuevamente prorrogado, aunque se flexibilizó el movimiento de dinero en el caso de empresas que pretendiesen pagar salarios.
Este «corralito financiero» por razones bélicas fue automáticamente prorrogado varias veces e incluso endurecido a partir del mes de agosto, cuando se prohibió la disposición de más de 1.000 pesetas en los bancos y 250 si eran cuentas de cajas de ahorro. Semanas después, sin embargo, se aprobarían límites más laxos, ante la amenaza de secar el sistema económico. Estas restricciones, con cierta tendencia continuada a la laxitud, especialmente con los comerciantes, fueron prorrogadas hasta diciembre de 1938. A la entrada del 39, parece que ya nadie se preocupaba de prorrogar nada, convencidos como estaban todos de haber perdido la guerra.
Por su parte, en la zona nacional también fueron limitadas las disposiciones de fondos, si bien en este caso el sistema de flexibilizó mucho a partir de junio de 1938, a causa de la marcha de la guerra, favorable para este bando.
En noviembre de 1936, cuando las tropas franquistas quedan frenadas sin poder tomar Madrid como pretendían, ambas partes se dan cuenta de que se enfrentan a una guerra larga. Es cuando propiamente comienza la guerra monetaria. De fecha 12 de noviembre de 1936 es el decreto del Gobierno de Burgos por el cual anuncia que considera ilegales y absolutamente faltos de valor los billetes emitidos por la República con posterioridad al 18 de julio de 1936; medida que es paralela al estampillado por parte del bando franquista de la moneda existente en su lado (o sea: los billetes posteriores al 18 de julio sin la estampilla pasaban a no valer nada en zona nacional) y la creación de la suya propia, lo cual permitía dirimir claramente cuál era la moneda nacional y cuál la republicana. Por cierto, que la casa inglesa a la que se encargó la realización de los billetes, Thomas de la Rue, se negó; y aún una segunda, Bradbury Wilkinson, a pesar de comprometerse en un inicio, se hizo la orejas finalmente; motivo por el cual la moneda fue impresa en Zaragoza (Litografía Portabella) y Leipzig (Giesecke und Devrient).
Este decreto es de extremada importancia. Lo que supuso fue darle un mensaje a todo quisqui, muy sencillo: como yo gane la guerra, ni se te ocurra venir a verme para pedirme que canjee tu puto dinero de los rojos por pesetas de las mías.
Esta medida se complementa con otra, tomada en agosto de 1936, que decretaba la nulidad de las operaciones realizadas con el oro del Banco de España. Obviamente, a los rusos, principales destinatarios de dicho oro vía compraventa de armas, este hecho les importaba un flus; pero, ciertamente, la medida supuso una limitación para la República a la hora de utilizar el oro para otro tipo de operaciones en el exterior.
Todo este movimiento fue notablemente dañino para la República, tanto en el interior, puesto que los particulares, y muy especialmente los comerciantes, comenzaron a atesorar toda la moneda anterior al 18 de julio que encontraban; como en el exterior, donde todo aquél que hacía negocios con la España republicana se lo pensaba dos veces, ante la sospecha de que le estuviesen pagando con papelitos sin valor.
Una de las grandes ventajas que había tenido la República en la disposición de fuerzas resultante tras el golpe de Estado era que en su poder habían quedado absolutamente todas las reservas de oro de España, que en aquel momento era uno de los países con mayores riquezas áureas acumuladas. Como ya hemos visto, el ministro de Hacienda y luego presidente Juan Negrín decidió sacar el oro de España y llevarlo a Moscú, en una decisión, por cierto, que provocó dos dimisiones en el seno del Banco de España, por considerar la decisión ilegal. Yo creo que los dos dimitidos (Martínez Fresneda y Álvarez Guerra) tenían toda la razón. Que el Banco de España tenga oro no quiere decir que el gobierno de la nación pueda disponer libremente de ese oro. De hecho, Zapatero no puede decidir ahora que va a utilizar una partida de oro del Banco de España en comprar chupa-chups. ¿Era una guerra? Ya, pero, ¿acaso había el gobierno declarado el estado de guerra?
De todas formas, Negrín hizo más cosas que trasladar el oro a Moscú y usarlo en comprar armas. Primero decretó que el oro en poder de particulares se depositase en el Banco de España, y luego decretó que dicho oro debía ser vendido obligatoriamente al Estado a un precio puesto por el gobierno. Dichas incautaciones siguieron con la plata, las piedras preciosas, y otras propiedades suntuosas. En el bando nacional se llevó a cabo la misma política, en realidad con más saña, puesto que Franco, al no disponer del llamado oro de Moscú, carecía por completo de metales preciosos para respaldar su moneda. Las necesidades del bando nacional fueron tan acuciantes que llegó, incluso, a incautar a principios de 1938 las escobillas de los dentistas, habitualmente fabricadas con partes de oro.
En una carrera alocada por acumular metales preciosos, provocada por las serias dudas que la guerra monetaria de Burgos generaba sobre el papel moneda, la República retiró de la circulación las monedas de plata que aún existían, sustituyéndolas por certificados de plata. Como no se logró parar la acumulación masiva de monedas por los particulares, en diciembre de 1937 el cambio de monedas por certificados se amplió a otras monedas. Se llegaron a emitir simples discos de cartón timbrados.
La República, sin embargo, tenía otro problema además de las serias dudas que sobre el valor de sus monedas y certificados había creado la zona franquista. El segundo problema estaba dentro y se centraba en el cachondeo de emisiones que se produjo en el marco de un país en el que el más tonto, con cien pistolas y unos cuantos militantes, se montaba su chiringuito revolucionario particular en cualquier esquina.
Haría falta un blog entero para hablar de los muchos experimentos vividos, y que son hoy piezas cotizadas de los numismáticos, en forma de dinero emitido por ayuntamientos, comités sindicales y demás. Por no lograr, la República ni siquiera logró la unidad de acción monetaria con las comunidades catalana y vasca, especialmente con esta primera la cual, de la mano de su hombre fuerte económico Josep Tarradellas, fue realmente a lo suyo.
En fecha tan temprana como septiembre de 1936, Cataluña comienza a emitir su propia moneda. A finales de este mismo año, con medidas de clarísimo corte revolucionario, Cataluña dicta medidas como la entrega obligatoria de todas las acciones y divisas en poder de particulares, u otra medida que, por cierto, tomaron todos, es decir republicanos y franquistas, como fue la apertura sistemática de las cajas de seguridad en poder de particulares; práctica que, por cierto, jurídicamente tiene la misma calificación de la violación del domicilio propio. Además, como ya hemos contado, la Generalitat, a finales del 36, se hace con el poder de las delegaciones en Cataluña del Banco de España y del Ministerio de Hacienda, con toda la pasta que contienen.
Entre otras cosas, la Generalitat de Cataluña autorizó a sus ayuntamientos a resolver sus problemas monetarios mediante la emisión de monedas respaldadas por la Generalitat, lo cual aumentó la confusión. Entonces había 1.075 municipios en Cataluña, de los que se ha calculado que 687 emitieron moneda. Pero no sólo ellos. Los estudiosos de la cosa nos informan de que, dado que el problema monetario persistía porque las monedas reales (emitidas antes de la guerra) desaparecían en los calcetines del personal, cuando alguien, fuese ese alguien el zapatero o el deshollinador, tenía que devolver unas perrillas y no tenía con qué, emitía su propio certificado.
El gobierno de la República decretó a finales de 1938 el final de este cachondeo y anunció que todas las emisiones de billetes y vales que no hubiesen sido realizadas por el Tesoro Público o el Banco de España debían retirarse de la circulación, pasando a ser la única moneda del sistema la procedente de una emisión que iba a realizar. Pero esta medida se tomó cuatro meses antes de terminar la guerra; tardísimo, pues. A todas luces, la enorme atomización de las emisiones de moneda impidió a la República presentar un frente único a la pelea monetaria franquista; devolverle la pelota estampillando sus monedas y declarando las nacionales ilegales.
En todo caso, los catalanes le hicieron tanto caso que Franco, cuando tomó Barcelona, se encontró allí una emisión de moneda catalana con valores de 25 a 1.000 pesetas (lo que se dice una emisión completa) que Tarradellas iba a colocar en la calle.
Por su parte, el Gobierno vasco también emitió su propia moneda, consistente en unos talones librados a cargo del Banco de España por los bancos y cajas vascos, que fueron conocidos como los Eliodoros a causa del nombre del consejero de Hacienda que los diseñó, Eliodoro de la Torre. Por haber monedas, hasta la hubo emitida en Aragón por la CNT, que no creía en el dinero, y que emitió unos certificados que, para no ir en pesetas, se medían en grados.
En enero de 1938, la incapacidad del gobierno para detener la sangría de monedas reales, que hizo que en realidad fuesen los famosos certificados de plata los que funcionasen como moneda fraccionaria, alcanzó el paroxismo con una medida desesperada, mediante la cual el gobierno mantenía el privilegio del Banco de España en la emisión de monedas de muy alto valor (100 pesetas) y dejaba en manos del Ministerio de Hacienda la emisión de las que usaba todo dios.
Conforme la guerra se fue definiendo, y muy especialmente después del verano del 37 cuando el Norte, y por lo tanto una de las grandes zonas industriales de España, cayó en manos de Franco, la cotización internacional de la peseta franquista se sostuvo, y la republicana bajó primero y terminó por desplomarse por completo. Ambas zonas tenían realidades bien distintas. La zona franquista se había enfrentado al problema real de no tener nada con que respaldar su moneda mediante una economía de guerra en la que incautó hasta el último grano de oro que vio pasar por allí cerca, aunque, probablemente a causa de la influencia que ante el nuevo gobierno tenían los banqueros y gentes del mundo económico, dicha incautación se hizo permaneciendo lo incautado en los bancos, por lo tanto con una mayor apariencia de legalidad. El gran problema del bando franquista fue ir incorporando a su política monetaria a las zonas republicanas que iba tomando, repletas de personas con papelitos o moneda atesorada. Aunque es difícil de demostrar, algunos autores piensan que lo que hizo Franco fue, en gran medida, vomitar los papelitos de nuevo en la zona republicana, creando una superdisponibilidad de moneda, es decir un crecimiento brutal de la masa monetaria, lo cual creaba una espiral inflacionaria. En otras palabras, Franco, además de enviar la Legión Cóndor a bombardear a la República, envió también a la inflación.
Por su parte, la República pagó los platos rotos de una gestión económica deficiente. Desde que el 17 de julio de 1936 se subleva el ejército en Melilla, el gobierno legítimo español sigue siendo legítimo y sigue siendo español, pero ya es muy poco gobierno. Su capacidad de imponer la autoridad en el sistema económico fue muy baja. No sólo los dos gobiernos autónomos, catalán y vasco, jugaron a la independencia de facto, en un movimiento insolidario que les costó cuarenta años bajo la bota imperial y algún que otro episodio históricamente vergonzante como el Pacto de Santoña; es que una miríada de comités de la UGT, de la CNT, del POUM, del PSOE, de las Juventudes Socialistas, de la caraba en verso, se hizo con el poder efectivo de las relaciones económicas en grandes áreas del país, creando reinos de taifas socioeconómicos que evitaron que la respuesta de la República en la guerra económica fuese fuerte y unitaria.
Desde que en noviembre de 1936 Franco tira un torpedo a la línea de flotación del sistema monetario republicano hasta el final de la guerra, éste no dejó de ir con la lengua fuera, tratando de equilibrar y resolver un problema imposible; porque en economía lo que prima siempre son las decisiones de los agentes económicos, de los particulares. Y la materia prima de dichas decisiones es la confianza. No dudo que para ganar las guerras es muy importante convocar congresos de escritores antifascistas y esas cosas; pero más importante aún es generar una confianza en las relaciones económicas que nunca existió del todo en el área republicana; desconfianza que provocó que, cuando los españolitos empezaron a escuchar las emisiones de Radio Nacional desde Burgos avisándoles de que sus pesetas no valían una mierda, tomaron decisiones que, de hecho, tendieron a agravar el problema.
El día que estalló la guerra, la circulación de billetes y monedas en la España que permaneció fiel a la República era de 3.486 millones de pesetas, según las estimaciones; y de 2.000 millones en el área nacional. En septiembre de 1937, momento en el que la guerra monetaria ya estaba básicamente saldada, dicha circulación había aumentado en zona republicana a 10.000 millones, mientras en el área franquista se ha estimado en 2.650 millones. Las diferencias de crecimiento significan también diferencias de inflación, de empobrecimiento real, de deterioro de las expectativas, y de cachondeo monetario.
Hay guerras que se ganan sin pegar un tiro. Son, sin embargo, tan dañosas como las que estamos acostumbrados a ver y a leer en los best seller históricos.
miércoles, mayo 28, 2008
Mera
De la abultada nómina de secundarios de la guerra civil española hoy quiero sacar a colación uno que tuvo verdadera mala suerte, pues tan sólo le faltó un mes para contemplar el final de aquello contra lo que había luchado. El 25 de octubre de 1975, en efecto, moría en París Cipriano Mera.
Mera es el primer militante anarcosindicalista que consiguió el mando de un cuerpo del ejército, aunque este hecho, muy probablemente, se debe no sólo a sus méritos sino a la prematura muerte de Buenaventura Durruti en el frente de Madrid. Nació en 1896, en el pueblo madrileño de Tetuán de las Victorias, hoy, como casi todo madrileño sabe, plenamente integrado en el casco urbano que nuestro alcalde Gallardón fríe a impuestos.
Siguió la tradición del barrio, pues en Tetuán quien no se hacía trapero se hacía albañil; escogió lo segundo. Siempre sintió que sus ideas eran las anarcosindicalistas y por ello militó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde muy joven. En 1936 había llegado ya a la categoría de líder obrero y por eso fue una de las principales cabezas de la pavorosa huelga general de la construcción que, cuando estalló el golpe de Estado, llevaba ya cosa de setenta días de desarrollo, que se dice pronto.
Manuel Azaña conoció a Mera junto al (entonces) comunista Valentín González El Campesino, ya en la guerra, en 1937. En su diario deja un recuerdo insulso de este combatiente, muy al uso del estilo infatuado y superior que gastaba este señor al que algunos valoran tanto: «Nada en su persona me había llamado la atención. Es hombre seco, la faz terrosa, rasurado, de cejas espesas y prominentes, en cuya sombra se cobijan los ojos, que deben de ser pequeños. Avellanado y taciturno, es él quien parece un campesino, y no el otro.»
Resulta difícil saber cuántas celdas conoció Mera. Fue encarcelado en los años anteriores a la República por participar en huelgas. Lo volvió a ser en 1933 después de haber actuado en comités destinados a impedir el voto a las derechas, que aún así ganaron las elecciones. Fue encarcelado incluso después de la victoria del Frente Popular, a causa de una huelga, lo cual hay que reconocer que tiene su mérito revolucionario.
De hecho, cuando Mola, Franco, Queipo y el resto de la reata se alzan en diversos puntos de España, Mera está en la cárcel. Es liberado el 19 de julio tras gestiones en ese sentido llevadas a cabo por el general Pozas, que acaba de ser nombrado ministro de la Gobernación. Inmediatamente, participa en diversas acciones bélicas y muy especialmente en la operación de Cuenca.
Es el 19 de julio de 1936 y Mera, ya lo hemos dicho, sale de la cárcel. En unas horas, casi todo el pescado estará vendido: Sevilla cae del lado de los franquistas, también lo hace Galicia, gran parte de Castilla, Navarra; resiste Cataluña… Durante gran parte de la guerra, el frente estará partido en dos o, si lo preferís, habrá dos guerras: una en el sur (Andalucía primero, luego Extremadura, Toledo, Madrid…); y el norte por otro (País Vasco, Asturias, el frente de Aragón…). Y esto, la existencia de los dos frentes, es probablemente posible gracias a Cipriano Mera pues Mera, el día 19 de julio, cuando el Estado Mayor está a por uvas y viéndolas venir, se acuerda de que el viaje entre Madrid y el Mediterráneo tiene una llave; y esa llave se llama Cuenca.
Cuenca es, en 1936, una provincia de derechas hasta las trancas. Es por ello que el general Franco, cuando ha coqueteado con la idea de presentarse a las elecciones, lo ha hecho como diputado por Cuenca. La provincia, en todo caso, llevaba en aquellos años desde 1919 dándole acta de diputado al un militar, el general Joaquín Fanjul. Por lo demás, en Cuenca no hay fuerzas militares. Apenas la dotación de la Caja de Reclutas de la capital y, por supuesto, los cuartelillos de la guardia civil.
El Comandante Militar de la pequeña guarnición conquense, un teniente coronel, trata de convencer a la guardia civil de que se ponga del lado de los sublevados; pero la Benemérita duda. Se producen unas horas de toma y daca. Pero en Madrid alguien, Mera, se ha coscado de la movida, se ha dado cuenta de que tener Cuenca significa dejar expedito el camino entre Madrid y Valencia, y aparece en la capital en un par de camiones con apenas unas decenas de leales mal armados. Cuenca ciudad primero, y la provincia después, es tomada de forma incruenta. Ya no dejará de ser republicana hasta que acabe la guerra.
Para entonces, Mera manda una columna de 3.000 hombres, que es destinada en noviembre a la Cuesta de las Perdices primero y luego, cuando los franquistas apretaron, a la ciudad universitaria; y conviene decir esto por la cantidad de personas que parece existir hoy en día seriamente convencida de que Madrid lo defendieron las Brigadas Internacionales en solitario. Si alguien estuvo en el frente más caliente, ésos fueron los hombres del Mera Team.
Colocado al frente de una división, la XIV, en febrero de 1937, Mera participó en la batalla de Guadalajara, quizá la más clara victoria republicana de toda la guerra; y, concretamente, lleva a cabo la toma de Brihuega, donde le da una mano de hostias a Bergonzzolli y sus volátiles tropas italianas. Luego participa en la famosa batalla de Brunete.
Tras esas acciones, Mera asciende a teniente coronel, lo cual quiere decir que toma a su mando un cuerpo de ejército, el IV o también denominado del Centro porque ésta fue su demarcación geográfica. Tenía a su mando entre 40.000 y 50.000 hombres.
Conforme avanzaba la guerra, no obstante, Cipriano Mera se fue dando cuenta de la imposibilidad de ganarla. Probablemente, tras la caída de Cataluña se convenció incluso de la imposibilidad de un armisticio, porque ese tipo de acuerdos no pueden hacerse entre dos ejércitos en situaciones tan dispares como el franquista y el republicano. Esto le hizo acercarse al coronel Segismundo Casado, el cual, en Madrid, diseñaba en secreto una operación para rendir el ejército republicano y terminar la guerra. De hecho, Cipriano Mera y Julián Besteiro fueron los dos grandes avales políticos que tuvo el movimiento de Casado.
Una vez producido el golpe y ante la reacción comunista, en Madrid se entabló una guerra dentro de la guerra civil. Mera y el mayor Liberino González organizan una columna y entran en Madrid para ayudar a Casado. Esta intervención fue decisiva para lograr la rendición de las fuerzas de Barceló y Ascanio, que dio la puntilla final a la República.
Edmundo Rodríguez Aragonés, dirigente de la UGT que al final de la guerra era comisario del Ejército de Centro, nos dejó un retrato de aquellas horas del golpe de Estado de Casado (Los vencedores de Negrín, Roca, México D.F., 1976; es relativamente fácil de encontrar en libreros de viejo). A todas luces, el hecho de que Rodríguez tuviese connivencias con los comunistas (de otro modo, ni de coña sería comisario del Ejército de Centro) hizo que los confabulados no le hicieran participar en su movida y, de hecho, le dejaran ir a ver a Casado sin saber gran cosa, para así retenerlo.
Rodríguez retrata a Mera, en los minutos previos a la alocución de radio en la que se anunció el golpe, «taciturno y huraño, con su mano aún vendada, impaciente, pendiente de su discurso». Es un comentario un poco despectivo, pues es fácil comprender que la palabra no suele estar entre las habilidades natas de un albañil. No ha de sorprender, sin embargo, pues ya hemos dicho que Edmundo Rodríguez terminó la guerra siendo un filocomunista, y si algo construyó nuestra guerra civil fue un odio cerval, sin paliativos, a muerte y sin piedad entre comunistas y anarquistas.
Rodríguez, además, reserva su desprecio para don Cipriano, al aseverar en su libro que no comprendió por qué fue designado, junto con Casado y Besteiro, para hablar en la radio. «Mera», dice que le dijo Casado, «habla como un hombre del pueblo y dará confianza y seguridad. Su voz sincera y ruda será la nota popular».
Esto es, a todas luces, mentira. Si Mera habló por la radio aquel día es porque era el jefe de las únicas fuerzas reales con que el golpe podía contar. Estaba ahí para dejar bien claro a todos los anarquistas que escuchasen la alocución qué es lo que debían hacer.
Lo que sabemos por Rodríguez del discurso de Mera es que en él pidió la paz, pero una paz honrosa que, de no llegar, dijo, debería llevar a los republicanos a luchar hasta morir. Asimismo, le acusa de haber trufado su intervención de insultos hacia el primer ministro Juan Negrín, al que al parecer motejó de ladrón y cosas peores. Probablemente, Rodríguez dice la verdad. En ese momento, Negrín era la verdadera bestia negra de los anarquistas a causa de lo que consideraban una connivencia total con los comunistas.
El 29 de marzo de 1939, Cipriano Mera sale desde Valencia hacia Argelia, donde es confinado en un campo de concentración. Una vez libre, se va a Marruecos y se emplea en las obras del ferrocarril que los franceses proyectan construir entre Tánger y Dakar. No obstante, en 1940 el gobierno franquista lo reclama al francés. Mera es entregado, encerrado en la vieja cárcel de Porlier y condenado a muerte en 1943. No obstante, es indultado, aunque sigue preso y realizando trabajos forzados, entre otros lugares, en Cuelgamuros (Valle de los Caídos).
En 1946 recibe la libertad condicional y, tras intentar quedarse en España, acaba por irse a Francia, a pie desde Madrid. Allí trabaja como albañil hasta 1956.
Mera vivió siempre en barrios obreros; en Tetuán cuando estaba en España y en el barrio de Billancourt de París, donde está la fábrica de la Renault, cuando se fue a Francia. Nunca aceptó oferta alguna para recibir dádivas o cobrar por sus memorias o algo parecido.
Un periodista español, Luis Romero, lo entrevistó ya muy mayor en París, cuando el cáncer estaba ya acabando con él. Le dijo: «Usted tendría [en la guerra] la ocasión de llenar una maleta con lingotes de oro, joyas o cualquier otro objeto de valor que hubiese podido llevarse y situar en el extranjero. Ahora no viviría en esta casa, su compañera estaría mejor y a su edad no se vería obligado a tan duro trabajo».
Mera le miró y se limitó a contestar: «¿Y la conciencia?»
Ideas como ésta son las que albergaba la cabeza de este militante obrero, en el cual San Manuel Azaña Mártir sólo supo ver el rostro de un puto campesino.
domingo, mayo 25, 2008
Roma, de Steven Saylor

Hace algunos años, un notable historiador inglés, Edward Rutherfurd, hizo especialmente famoso un subgénero de novela histórica muy particular. Se trataba de novelas en las cuales se relataban periodos de tiempo muy largos, abarcando en algunos casos incluso la totalidad de la Historia conocida de un determinado lugar, a través de las generaciones de una misma familia; personajes secundarios que, sin embargo, tenían en las diferentes peripecias de su vida contacto directo con algunos de los principales momentos de la Historia de su ciudad o país.
Londres fue, probablemente, el primer hit de Rutherfurd, aunque no estoy seguro que no hubiese escrito ya antes alguno de sus libros. Es un libro interesante y muy apasionante de leer; y tiene, además, el beneficio añadido de que leerlo nos hace encontrar otra dimensión al Museo de Londres, pues no pocos los de los objetos y situaciones que se describen en el libro proceden de cosas que se guardan allí. El Museo de Londres, por cierto, es un lugar que casi nadie visita cuando va allí, y es un error, un error mayúsculo. Pero, claro, mayor error es vivir en Madrid y no haber pisado jamás el Museo Municipal.
El caso es que hay, como decía, un subgénero de éxito, que los editores, supongo, buscan con cierta avidez. A ese subgénero pertenece Roma, el libro de Steven Saylor cuya lectura hoy os comento. Al igual que en los libros de Rutherfurd, Saylor inventa dos linajes patricios, el de los Poticios y los Pinarios (espero que salgan bien escritos en este post; el señor Bill Gates se empeña en escribir Binarios cada vez que escribo Pinarios), cuyo percorrer repasa desde los tiempos anteriores a la fundación de Roma hasta la el año 1 Antes de Cristo, durante el primer reinado imperial, el de César Octavio Augusto. Patricios que son, estos Poticios y Pinarios tienen la ocasión de estar siempre a la que salta en los hechos de esa Roma clásica preimperial; así pues, en la novela los veremos ser coleguitas de los gemelos Rómulo y Remo; o mandar a tomar por culo la solución monárquica tarquinia; o levantar el sitio de Roma con el desgraciado Coriolano; o servir a la religión estatal como vírgenes vestales; o colaborar con las reformas de los gracos; o luchar contra el pérfido Sila; o, desde luego, formar parte del Estado Mayor de Julio César. He aquí, sin lugar a dudas, la principal virtud del libro: rel tema. Steven Saylor sabe bien que la Historia de Roma en los 999 años que relata la novela es una de las novelas negras mejor escritas que se pueden leer. Si me permite el autor esta boutade, que lo es pues escribir siempre es un esfuerzo que lo flipas, en parte el libro se escribe sola, porque esa parte primera que es inventar la historia está notablemente simplificada cuando hablamos de estos tiempos, y esa tierra, que están entre los episodios protagonistas de aquello que nos hizo como somos.
Hablando de novela histórica y hablando de Roma, la comparación se hace obligada con los libros Coleen MacCollough, escritora australiana de enorme erudición quien, sin embargo, para la mayor parte de nosotros, y sobre todo de vosotras (las talluditas), es famosa por una novela que no tiene nada que ver con los tiempos clásicos: The thornbirds (El pájaro espino), historia de amor y religión que fue un exitazo de audiencia en la tele bastantes años atrás.
McCollough es autora de una serie monumental de novelas, de casi 900 páginas cada una, que abarcan desde los inicios de la carrera de Cayo Mario hasta la de Julio César (por lo menos, éstas son las que yo he leído). Creo que, para aquellos de los lectores de este post que estén interesados en este periodo y no hayan leído estos libros, merece la pena que señale las diferencias.
En primer lugar, los ámbitos temporales no son los mismos. El de McCollough es mucho más corto. La suya es una cirugía de precisión y, en consecuencia, sus novelas son mucho más meticulosas. Describe los hechos sin prisas, uno por uno, con la intención de no dejar ni un elemento importante de los años que relata sin ser contado (de hecho, sus capítulos se dividen por años consulares); esto la lleva a una erudición en ocasiones apabullante, pero que al lector, y perdóneme que le llame así, más superficial, se le puede hacer algo pesada. Especialmente, el hecho de que McCollough no se salte ni un miembro de las familias que interaccionan en sus novelas, y que los romanos tuviesen la costumbre de repetir los nombres, hace que en ocasiones sea difícil centrarse. La obra de Saylor, sin embargo, es más ágil en este punto. También tiene muchas páginas, casi 700 en la edición inglesa que es la que yo comento, pero en realidad, como sabemos, la media no sale ni a un año por página. Además, teniendo en cuenta que lo que hace Saylor es situar personajes inventados en una realidad histórica, hace a Poticios y Pinarios atravesar por una serie de peripecias que impiden la confusión que, de todas maneras, es casi imposible teniendo en cuenta los saltos del tiempo.
En el asunto de los personajes está otra diferencia. Los de Saylor son inventados. McCollough, por su parte, hace novela histórica a lo Gore Vidal, es decir, sus protagonistas son los propios protagonistas de la Historia. Las peripecias que seguimos en sus novelas son las de Mario, Sila, Servilia Cepionis, Cicerón, etc. No hay personajes inventados, sino invención en torno a los personajes (invención, en ocasiones, un poco temeraria en mi opinión). ¿Cuál de las dos alternativas es mejor? La respuesta ha de ser galaica: depende. Depende del lector. Hay lectores para los cuales la pura peripecia histórica no es suficiente, porque no tienen demasiada ambición por los hechos históricos o el simple análisis de éstos les aburre o les deja insatisfechos. Éstos deberían leer a Saylor. Aquéllos para los cuales lo importante sea la Historia, sin aditamentos, deben leer a McCollough.
En su versión original, el libro está escrito de forma ágil y eficiente. El autor parece ser plenamente consciente de que los libros de 700 páginas repletos de periodos y tropos son propios tan sólo de los aficionados a la literatura rusa; de todas formas, tengo por mí que el inglés no es un idioma muy propio para ser alambicado en la escritura (o eso al menos dice mi profesora de inglés, quien siempre me está dando la brasa con que escriba frases tres veces más cortas). Otra gran virtud de Saylor, que se hace interesante, es que trata de explicar, desde el conocimiento y la imaginación, el origen de los mitos. A todas luces, Saylor alberga la teoría de que todos los mitos y creencias tienen un origen real. Así pues, no daré más detalles para no fastidiar a futuros lectores, pero diré que en el libro de Saylor se pueden encontrar explicaciones bastante plausibles sobre hechos como por qué la tradición decía que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba; o quién fue Hércules y quién el gigante Caco al que según la tradición mató; o por qué estaba decretado que las moscas no podían entrar en determinados templos; o por qué los romanos celebraban extrañas fiestas como las Lupercalias. De hecho, al finalizar el libro coquetea (no sé si pensando en una segunda parte) con la idea de que el propio símbolo religioso de la cruz podría ser mucho más antiguo que el cristianismo.
¿Lo peor del libro? Lo peor del libro son los pies forzados que se ve obligado a respetar el autor por razón de su elección primera: meter mil años de Historia en un libro voluminoso, pero no tanto como para echar para atrás al comprador/lector masivo. Así las cosas, Roma se convierte en un ejemplo de lo que los británicos llaman cherry picking: el autor para aquí o allá para narrar un determinado periodo de la Historia de Roma, lo cual quiere decir que, necesariamente, se deja otros. Tiene que ser así porque, de lo contrario, por mucho que hubiese querido correr, habría escrito 1.500 páginas, o así. Lo que me parece enormemente discutible es la selección. Está hecha, probablemente, para poder colocar a los protagonistas de la novela, Poticios y Pinarios, ante determinadas situaciones. Pero las lagunas son, a mi modo de ver, pavorosas. Especialmente doloroso me parece el olvido de Cayo Mario, para mí el hombre que dio un vuelco a la Roma republicana, eso sí a largo plazo, con sus siete consulados y su reforma militar a favor de los miembros del censo por cabezas. Pero hay más cosas. En la novela de Saylor nada se dice de la cuestión itálica, que presidió los debates de la República durante siglos; apenas aparecen, como en un segundo plano, las guerras púnicas, a pesar de que su importancia pretende explicarse (no obstante lo dicho, Tiburcio la explica mucho mejor). No existen las conquistas imperiales; los galos toman Roma pero los romanos no pisan Galia en una sola escena, ni abaten las posesiones de los númidas, ni apresan a Yugurta. Se nos cuenta la Historia de Roma sin el concurso de Cicerón, de Catalina, prácticamente sin el concurso de Catón. Pompeyo Magnus se nos queda prácticamente inédito, pues César, en esta novela, no pasa el Rubicón (para pasar el Rubicón tendría que venir de la Galia, y ya hemos dicho de de eso no se dice nada) y, consecuentemente, no se nos cuenta la batalla de Pharsalos; apenas sus consecuencias. En la Historia de Roma hay políticos y líderes importantísimos como L. Apuleyo Saturnino, Marco Livio Druso, Publio Sulpicio Rufo, Cinna, Creso, Quinto Sertorio, Lépido, los Metelos, que no aparecen.
Y, sobre todo, está el problema de la República. Porque alguien que escribe sobre esos años está obligado, en mi opinión, a tratar de hincarle el diente al asunto de cómo, y por qué, murió la República romana. Si es cierto (yo lo pienso así) que era una evolución necesaria para un Estado que había alcanzado la importancia de Roma, o si se debió a la miopía de la clase patricia y a la creciente demagogia de los plebeyos, como también puede pensarse.
En conclusión, como novela de entretenimiento es buena; yo diría que muy buena. Pero si lo que se pretende es, además, obtener de ella una buena foto de la Historia de Roma, yo le recomendaría al protolector que no se hiciese demasiadas ilusiones.
Del libro, por cierto, ha salido edición española; pero desconozco la editorial. Supongo que no os será complejo encontrarla en internet.
Eso sí, visto el rollo catilinario de Tiburcio sobre las guerras púnicas y que a mí me va la marcha, desde hoy queda abierto el descriptor de Historia Antigua. Volveremos sobre ella, espero que pronto. Lo primero que me gustaría contaros es la historia de los gracos. Pero será ya otro día.