Finales del siglo XVIII. Son los años de la Ilustración, los primeros años o momentos en los que la Humanidad piensa, seriamente, que la solución a muchos de sus males no provendrá de la oración o del azar, sino del saber y de la ciencia. Se dice mucho eso de que España permanece ignota de este espíritu ilustrado, pero no es del todo cierto. Científicos españoles los hay; lo que no hay en España es ciencia. Pero cerebros existen como en todas partes.
Está, por ejemplo, un médico catalán, que se llama Francisco Salvá y Campillo, más que probablemente eso que llamamos un superdotado, pues de él sabemos que con 20 años ya había terminado la carrera de medicina. Otra característica propia de los muy inteligentes es su ecumenismo científico. Pese a que Salvá, como médico, se preocupa fundamentalmente de las enfermedades (y muy especialmente la difusión de la vacuna Jenner), también le interesan la meteorología y la ingeniería. Como ingeniero, inventó al parecer una especie de submarino, que se llamó el barco-pez, que sin embargo no resolvía el problema del suministro de oxígeno debajo del agua. En 1795, dentro de estos trabajos ingenieriles, Salvá presenta ante la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona una memoria titulada Posibilidades de establecer comunicación a larga distancia a través del agua. Análisis el suyo que tuvo poca aceptación y durmió rápidamente el sueño de los justos.
Pese a lo cual es considerada como el primer precedente existente en España de lo que hoy es la radio.
Salvá, no obstante, era un adelantado a su tiempo. Inventa el submarino décadas antes que Monturiol y formula las bases de la radiofonía casi un siglo y medio antes de que verdaderamente se desarrolle. En realidad, en España, la radio no comienza a desarrollarse hasta que pasa una cosa que es crucial para muchos adelantos científicos y técnicos: concitar el interés militar. En 1904 se logra establecer la comunicación radiotelegráfica entre La Coruña y El Ferrol, en el marco de unas experimentaciones del Centro Eléctrico y de Comunicaciones del Ejército español. A la luz de estas experiencias, una norma de 1907 autoriza la instalación en España de un servicio radiotelegráfico. Sabemos poco de lo que ocurre en los quince años siguientes, pero sabemos que, desde luego, algo ocurre. Además de algunos hechos aislados (como, por ejemplo, la retransmisión de un concierto celebrado en Madrid a Valencia, en 1920), el principal indicio es el real decreto que da nacimiento a la radio en España, de 27 de febrero de 1923.
Decimos esto porque esta norma, además de contener la lógica declaración de la radiodifusión como servicio público y monopolio estatal, contiene no pocas amenazas, en el sentido de que las emisoras ya existentes y alegales (es decir, no creadas al amparo de normativa anterior, dedicada al levantamiento de emisoras no comerciales) serían consideradas clandestinas, desmontadas y sus propietarios multados. Y sabido es que las leyes nunca o casi nunca crean castigos para delitos eventuales, sino existentes. Parece obvio, por lo tanto, que cierta actividad, digamos, alegal, debía de existir.
Lo más probable es que esta actividad fuese especialmente intensa en el norte de Aragón y Cataluña, es decir en la raya de los Pirineos. Para entonces, Francia ya hacía sus pinitos en esta materia, y para ello contaba con un antenón, por todos conocido, llamado Torre Eiffel. Algunos testimonios hablan de que algunas rocas de galena eran capaces de pillar de este lado de la frontera, algunas veces, dichas emisiones, motivo por el cual la afición a la radio nació allí.
El comienzo oficial de la radio se produce, efectivamente, en Barcelona, a las siete de la tarde del 14 de noviembre de 1924. Un puñado de barceloneses, aquel día y a aquella hora, escucharon en los auriculares de sus radios de galena siete campanadas y luego la voz del primer locutor de España, José María Guillén García, diciciendo:
Acaban de dar las siete de la tarde. Aquí, la estación E.A.J. 1, la primera autorizada por la Dirección General de Comunicaciones para el servicio público en España.
Así pues, como ya ocurrió con el ferrocarril, Barcelona se había adelantado a Madrid. Aunque la capital no se durmió. La autorización E.A.J. 2 se concede en nombre de la madrileña Radio España, de la que he encontrado el plan de su primer programa, también de 1924. Una juerga, como podéis leer:
1.- Seis de la tarde. Solemne inauguración de las emisiones de esta nueva empresa.
2.- Salutación de Radio España.
3.-Homenaje a los grandes músicos a cargo del sexteto [qué músicos y qué sexteto, de momento no lo sé].
4.- Conferencia a cargo de D. Ricardo María Urgoiti, culto ingeniero y erudito sinhilista [sic].
5.- Canto por el notable tenor Enrique Mirayé.
6..- Concierto por el sexteto Radio España [será el mismo que el del punto 3].
7.- Discurso de la elocuente señorita Cristina de Arteaga: La mujer en España.
8.- Concierto por el sexteto de la Estación.
9.- Canto del Himno de la Raza por un coro infantil de 40 niños.
10.- Salutación a cargo de D. Luis de Oteyza, presidente honorario de la Asociación de la Radio Española.
11.- Concierto por el sexteto de la Estación.
12.- Coro de voces infantiles: Lago, de Friedich Händel.
13.- Canto por el notable tenor Enrique Miravé.
14.- Lectura de unas cuartillas por el eminente dramaturgo, gloria del teatro contemporáneo. D. Manuel Linares Rivas.
Los aparatos de radio fueron racionalmente baratos al principio. Los primeros de batalla que comenzaron a venderse tenían el tamaño de una caja de puros y valían seis pesetas, aunque había que pagar los auriculares aparte. De esa misma época tengo noticias que el rango de sueldo que se estableció a favor de los maestros nacionales (y sabido es que los profes de escuela no se han destacado en nuestra Historia por estar bien pagados) era de entre 2.500 y 8.000 pesetas al año. De aquí podemos deducir que un maestrillo pobremente pagado (2.500 pesetas) tenía de dedicar algo más de una cuatricentésima parte de su sueldo para comprarse una radio de éstas. Lo cual, sobre un sueldo de 30.000 euros al año de hoy en día, nos daría 72 euros, que no está mal. Pero, claro, estamos hablando de los primeros tiempos; tiempos en los que lo que se vendía, además de las propias radios, eran los componentes sueltos para que cada uno se construyese la radio en casa, pues éstas eran tan básicas que no había que ser un manitas para la construcción. Pronto llegaron las radios de lámparas y con altavoz, de las que he visto anuncios en la prensa de la época con costos por encima de las 1.000 pesetas (que vendrían a ser como 10.000 de los 30.000 euros de sueldo que antes decíamos); éstas sí, verdaderamente prohibitivas, como lo fueron luego las primeras televisiones.
Las radios emiten en trancos, por la mañana, por la tarde y por la noche, y comienzan, poco a poco, a marcar el horario de los españoles, los cuales adaptan su sueño, sus quehaceres y obligaciones, a los ritmos de estos aparatos tan simpáticos. En realidad, aunque éste no es un blog de semiótica de la comunicación de masas (ni ganas que tiene de serlo), es lo cierto que la radio cambia, también, el punto de vista de los ciudadanos los cuales pasan a tener a su disposición información sobre hechos que ocurren a veces muy lejos de sus hogares. El mundo se hace pequeño y eso es algo que a algunos no les gusta: las principales chanzas contra la radio que se leerán entonces se refieren a la cantidad de chorradas sobre las que habla, que no le interesan a nadie.
En junio de 1925 nació Unión Radio, germen de la Sociedad Española de Radiodifusión, o sea la cadena SER, pistoletazo de salida para el desarrollo de la radio privada.
La radio sólo conoció desde entonces el desarrollo y pronto, apenas doce años después, comenzaría con claridad su andadura como medio de aleccionamiento masivo. Fue un militar, Gonzalo Queipo de Llano, el que «descubrió» la radio tras tomar Sevilla para las tropas de Franco. Desde la capital hispalense inició la costumbre de lanzar soflamas radiofónicas, sabedor de que las ondas no son algo que se pueda frenar fácilmente, así pues que no sólo sería escuchado por sus correligionarios, sino también por el enemigo. El franquismo tuvo muy clara la importancia de la radio con la fundación de la Radio Nacional de España, emisora que ejerció, hasta la llegada de la democracia, el monopolio informativo, puesto que todas las emisoras españolas, también las privadas, tenían que conectarse con el «parte hablado» de Radio Nacional.
Otro punto importante de la Historia de la radio de España, éste vivido por no pocos de nosotros, fue el 23 de febrero de 1981, fecha del golpe de Estado del teniente coronel Tejero Molina, y el general Armada Comyn, y sabe Dios quién más. Rápidamente neutralizada la televisión, la radio fue el espacio de libertad que siguió emitiendo toda aquella tarde, contribuyendo más que nadie (repito: más que nadie) a tranquilizar a la población y darle la sensación de que el éxito golpista era relativo.
lunes, julio 02, 2007
miércoles, junio 27, 2007
Hatshepsut
El Museo de El Cairo ha anunciado hoy, a bombo y platillo, que finalmente ha logrado identificar a la momia de la faraona Hatshepsut. Ya se sospechaba que era suyo el cuerpo momificado que se conservaba en el museo junto al de quien había sido su aya de niña. Hace tiempo que entre los egiptólogos se hablaba de la posibilidad de que la mujer de entre cuarenta y cincuenta años que apareció enterrada junto a una mujer gruesa de unos sesenta (las amas de cría siempre han sido gorditas) era Hatshepsut. Aunque todavía no he localizado en internet información precisa sobre la información facilitada por el museo, supongo que la identificación se habrá hecho mediante pruebas de ADN cotejadas con las de momias de otros miembros de la XVIII dinastía cuya filiación es segura.
Y tiene su importancia porque Hatshepsut es un caso que se debe conocer y seguir. La Historia del Egipto antiguo está repleta de momentos alucinantes (mi preferido es Pepi II, el faraón que reinó cien años), y uno de los más sobresaliantes, y bellos, es el del reinado de esta mujer, a quien podéis ver en algún que otro museo del mundo con barba postiza, postura hombruna y unas tetas más bien disimuladas. Pues Hatshepsut no fue, propiamente, faraona de Egipto, sino faraón.
Egipto fue un país primero, y un imperio después, extraordinariamente bien organizado, próspero y finalmente expansionista. Como siempre ocurre con los imperios, los egipcios pronto se supieron el ombligo del mundo y se consideraron eternos (y casi lo fueron; entre Narmer, el rey serpiente, y la poco fiable Cleopatra, media un espacio superior a eso que llamamos civilización cristiana) e invencibles. Por eso, cuando su mundo se deterioró, hasta límites insospechados, y fueron invadidos por un pueblo de muertos de hambre, los hicsos, no fueron capaces de creérselo.
En la mitología egipcia, el periodo de los faraones hicsos aparece como un periodo de oscuridad, tristeza, como estar en el infierno. Hay un libro, el llamado Papiro de Ipuwer, que recuerda esos tiempos en términos tan catastróficos que a un escritor bastante dado a las historias fantasiosas, Abraham Velikowsky, le dio como para elaborar la teoría de que en realidad lo que había pasado entonces es que un cometa había pasado cerca de la Tierra, generando una catástrofe de proporciones gigantescas. En fin, cosas de Iker Jiménez et altera.
Las lamentaciones de Ipuwer dejan ver, más bien, el llanto por un país repentinamente desestructurado:
Los vigilantes dicen: «vámonos a robar» (...) Los habitantes de las marismas poseen escudos (...) El hombre ve a su hijo como a su enemigo (...) Los hombres virtuosos caminan en duelo por las cosas que ocurren sobre la tierra (...) Por todas partes, los extranjeros se han convertido en egipcios.
A lo que voy. La dominación hicsa fue tan desgraciada para los egipcios que éstos estaban dispuestos a estarle eternamente agradecido a quien fuese capaz de expulsar a aquellos macarras. Por eso la denominada XVIII dinastía tiene tanta fama y fue tan admirada; eran los sucesores de aquellos héroes.
De la XVIII dinastía era Tutmosis I, uno de los grandes-grandes faraones de Egipto, capaz de llegar con sus tropas hasta el actual Irak. Tutmosis, como todos los faraones, tuvo una esposa real, Ahmose, y un huevo de concubinas; en Egipto la poligamia de Faraón estaba obviamente permitida (él era Dios, y Dios hace lo que quiere) pero, al mismo tiempo, la línea dinástica era sagrada; a lo que hay que añadir que, en realidad, Tutmosis era un parvenu, un puto civil que había llegado a faraón porque Amenhotep murió sin descendiente; así que Ahmose era la portadora de la sangre real. Sin embargo, la muerte de Tutmosis planteó de nuevo el problema, porque de dicha línea dinástica no dejaba hijo varón alguno, sino una chica: Hatshepsut.
Si llevamos en España, en el 2007, unos dos años mareando la perdiz con que si cambiamos la Constitución para que la corona la puedan heredar las primogénitas, imaginaros hace 3.500 años. Hatshepsut tenía la legalidad dinástica de su mano, pero era tía. Esto dio espacio suficiente para el desarrollo de ambiciones personales por parte de personajes de la Corte, los cuales decidieron pasar de ella. Se rescató a uno de los hijos de Tutmosis, habido con una concubina, y se lo coronó como Tutmosis II.
Hemos de reconocer que, de ser Hatshepsut un hombre, esta historia sólo habría tenido un final: la guerra civil. Pero ella era una mujer y una mujer, me atrevería yo a decir, muy lista. Sabía dos cosas: la primera, que no podían matarla porque era necesaria para labrar la legitimidad dinástica de aquel montaje. En el Egipto antiguo las bodas entre hermanos y hermanastros de la familia real no eran infrecuentes, así pues la mejor manera de eliminar toda duda sobre la legitimidad de Tutmosis II era casarlo con su medio hermana, la hija de Tutmosis y Ahmose (o sea, una Borbón-Borbón, sólo que faraónicamente hablando).
La segunda cosa que sabía Hatshepsut, y si no la sabía obviamente la averiguó después del bodorrio, era que su joven marido tenía menos futuro en el mundo de los vivos que José Tomás en Esquerra Republicana. De hecho, fue faraón tres años nada más, tras los cuales la palmó.
Tres años le bastaron a Hatshepsut para llevar a cabo su plan. Al fin y al cabo, ¿por qué la habían preterido? ¿Por tía? No, ni de coña. En aquel Egipto el faraón era un personaje tan etéreo para el común de los mortales, tan distante, que su sexo no tenía tanta importancia; de hecho, no son pocos los egiptólogos que sostienen que el reinado de Hatshepsut (largo para la época: 15 años) fue aceptado con bastante naturalidad por los egipcios.
No, el problema eran las intrigas. Los intereses. Lo que ella necesitaba era un partido que la apoyase. Y eso, en aquel Egipto, suponía una de dos cosas: o el ejército, o la iglesia.
Hatshepsut se decidió por la iglesia. No por casualidad esta faraona aparece siempre íntimamente ligada a Amón-Ra, el dios situado en la cumbre de la denominada Enéada Heliopolitana (Ra, Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis). Ayudada por su mejor consejero y más que probable amante, el arquitecto Senenmut, firmó un pacto con los sacerdotes para hacerse con el poder. Sin embargo, y a pesar de lo que hemos dicho de la naturalidad con que fue aceptada la reina (de hecho, si siquiera era la primera mujer faraón), todo parece indicar que tuvo que hacer varias cosas para mantener el tipo. La primera de ellas, no cargarse a su sobrino e hijastro Tutmosis III, todavía un niño, como habría sido de ley (unos cuantos cientos de años después, dos hermanos ptolomeos, o sea Cleopatra y su coleguita, tratarán denodadamente de matarse el uno al otro). Lejos de cargárselo, Hatshepsut lo mantuvo en la corte y lo hizo aparecer en estelas y bajorrelieves. Fue una especie de gobierno de dos faraones en el que la proclamación de Hatshepsut se vio claramente apoyada por los curas. Pero como Tutmosis era jovencito y ella se las sabía todas, es más que claro que gobernó quien gobernó.
Por fin, la taimada Hatshepsut consiguió reinar. Un reinado largo y muy próspero para Egipto que siempre hemos considerado bien representado por la gran obra realizada entonces, el denominado templo de Deir-el-Bahari, en el que algunas imaginaciones quieren ver el tributo de amor de Senenmut a Hatshepsut. Sea o no cierto, todo parece indicar que la reina murió poco después de terminarse esta obra.
Merced a esta historia, no fácil, Hatshepsut se ha ganado un puesto entre las mujeres egipcias universalmente admiradas, que son ella misma y la bella Nefertiti. Y ha construido un mito lo suficientemente fuerte como para hacer decir, hoy, a los responsables del museo de El Cairo, que su identificación es el mayor descubrimiento de la egiptología desde que, en 1922, se rompiesen los sellos de la tumba de ese faraón de medio pelo que se llamó Tutankamón.
Y tiene su importancia porque Hatshepsut es un caso que se debe conocer y seguir. La Historia del Egipto antiguo está repleta de momentos alucinantes (mi preferido es Pepi II, el faraón que reinó cien años), y uno de los más sobresaliantes, y bellos, es el del reinado de esta mujer, a quien podéis ver en algún que otro museo del mundo con barba postiza, postura hombruna y unas tetas más bien disimuladas. Pues Hatshepsut no fue, propiamente, faraona de Egipto, sino faraón.
Egipto fue un país primero, y un imperio después, extraordinariamente bien organizado, próspero y finalmente expansionista. Como siempre ocurre con los imperios, los egipcios pronto se supieron el ombligo del mundo y se consideraron eternos (y casi lo fueron; entre Narmer, el rey serpiente, y la poco fiable Cleopatra, media un espacio superior a eso que llamamos civilización cristiana) e invencibles. Por eso, cuando su mundo se deterioró, hasta límites insospechados, y fueron invadidos por un pueblo de muertos de hambre, los hicsos, no fueron capaces de creérselo.
En la mitología egipcia, el periodo de los faraones hicsos aparece como un periodo de oscuridad, tristeza, como estar en el infierno. Hay un libro, el llamado Papiro de Ipuwer, que recuerda esos tiempos en términos tan catastróficos que a un escritor bastante dado a las historias fantasiosas, Abraham Velikowsky, le dio como para elaborar la teoría de que en realidad lo que había pasado entonces es que un cometa había pasado cerca de la Tierra, generando una catástrofe de proporciones gigantescas. En fin, cosas de Iker Jiménez et altera.
Las lamentaciones de Ipuwer dejan ver, más bien, el llanto por un país repentinamente desestructurado:
Los vigilantes dicen: «vámonos a robar» (...) Los habitantes de las marismas poseen escudos (...) El hombre ve a su hijo como a su enemigo (...) Los hombres virtuosos caminan en duelo por las cosas que ocurren sobre la tierra (...) Por todas partes, los extranjeros se han convertido en egipcios.
A lo que voy. La dominación hicsa fue tan desgraciada para los egipcios que éstos estaban dispuestos a estarle eternamente agradecido a quien fuese capaz de expulsar a aquellos macarras. Por eso la denominada XVIII dinastía tiene tanta fama y fue tan admirada; eran los sucesores de aquellos héroes.
De la XVIII dinastía era Tutmosis I, uno de los grandes-grandes faraones de Egipto, capaz de llegar con sus tropas hasta el actual Irak. Tutmosis, como todos los faraones, tuvo una esposa real, Ahmose, y un huevo de concubinas; en Egipto la poligamia de Faraón estaba obviamente permitida (él era Dios, y Dios hace lo que quiere) pero, al mismo tiempo, la línea dinástica era sagrada; a lo que hay que añadir que, en realidad, Tutmosis era un parvenu, un puto civil que había llegado a faraón porque Amenhotep murió sin descendiente; así que Ahmose era la portadora de la sangre real. Sin embargo, la muerte de Tutmosis planteó de nuevo el problema, porque de dicha línea dinástica no dejaba hijo varón alguno, sino una chica: Hatshepsut.
Si llevamos en España, en el 2007, unos dos años mareando la perdiz con que si cambiamos la Constitución para que la corona la puedan heredar las primogénitas, imaginaros hace 3.500 años. Hatshepsut tenía la legalidad dinástica de su mano, pero era tía. Esto dio espacio suficiente para el desarrollo de ambiciones personales por parte de personajes de la Corte, los cuales decidieron pasar de ella. Se rescató a uno de los hijos de Tutmosis, habido con una concubina, y se lo coronó como Tutmosis II.
Hemos de reconocer que, de ser Hatshepsut un hombre, esta historia sólo habría tenido un final: la guerra civil. Pero ella era una mujer y una mujer, me atrevería yo a decir, muy lista. Sabía dos cosas: la primera, que no podían matarla porque era necesaria para labrar la legitimidad dinástica de aquel montaje. En el Egipto antiguo las bodas entre hermanos y hermanastros de la familia real no eran infrecuentes, así pues la mejor manera de eliminar toda duda sobre la legitimidad de Tutmosis II era casarlo con su medio hermana, la hija de Tutmosis y Ahmose (o sea, una Borbón-Borbón, sólo que faraónicamente hablando).
La segunda cosa que sabía Hatshepsut, y si no la sabía obviamente la averiguó después del bodorrio, era que su joven marido tenía menos futuro en el mundo de los vivos que José Tomás en Esquerra Republicana. De hecho, fue faraón tres años nada más, tras los cuales la palmó.
Tres años le bastaron a Hatshepsut para llevar a cabo su plan. Al fin y al cabo, ¿por qué la habían preterido? ¿Por tía? No, ni de coña. En aquel Egipto el faraón era un personaje tan etéreo para el común de los mortales, tan distante, que su sexo no tenía tanta importancia; de hecho, no son pocos los egiptólogos que sostienen que el reinado de Hatshepsut (largo para la época: 15 años) fue aceptado con bastante naturalidad por los egipcios.
No, el problema eran las intrigas. Los intereses. Lo que ella necesitaba era un partido que la apoyase. Y eso, en aquel Egipto, suponía una de dos cosas: o el ejército, o la iglesia.
Hatshepsut se decidió por la iglesia. No por casualidad esta faraona aparece siempre íntimamente ligada a Amón-Ra, el dios situado en la cumbre de la denominada Enéada Heliopolitana (Ra, Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis). Ayudada por su mejor consejero y más que probable amante, el arquitecto Senenmut, firmó un pacto con los sacerdotes para hacerse con el poder. Sin embargo, y a pesar de lo que hemos dicho de la naturalidad con que fue aceptada la reina (de hecho, si siquiera era la primera mujer faraón), todo parece indicar que tuvo que hacer varias cosas para mantener el tipo. La primera de ellas, no cargarse a su sobrino e hijastro Tutmosis III, todavía un niño, como habría sido de ley (unos cuantos cientos de años después, dos hermanos ptolomeos, o sea Cleopatra y su coleguita, tratarán denodadamente de matarse el uno al otro). Lejos de cargárselo, Hatshepsut lo mantuvo en la corte y lo hizo aparecer en estelas y bajorrelieves. Fue una especie de gobierno de dos faraones en el que la proclamación de Hatshepsut se vio claramente apoyada por los curas. Pero como Tutmosis era jovencito y ella se las sabía todas, es más que claro que gobernó quien gobernó.
Por fin, la taimada Hatshepsut consiguió reinar. Un reinado largo y muy próspero para Egipto que siempre hemos considerado bien representado por la gran obra realizada entonces, el denominado templo de Deir-el-Bahari, en el que algunas imaginaciones quieren ver el tributo de amor de Senenmut a Hatshepsut. Sea o no cierto, todo parece indicar que la reina murió poco después de terminarse esta obra.
Merced a esta historia, no fácil, Hatshepsut se ha ganado un puesto entre las mujeres egipcias universalmente admiradas, que son ella misma y la bella Nefertiti. Y ha construido un mito lo suficientemente fuerte como para hacer decir, hoy, a los responsables del museo de El Cairo, que su identificación es el mayor descubrimiento de la egiptología desde que, en 1922, se rompiesen los sellos de la tumba de ese faraón de medio pelo que se llamó Tutankamón.
lunes, junio 25, 2007
Hombres de milicia
Mi situación de okupa en hogar sin internet se prolonga un poco más de lo esperado. Nada grave, pero me impide profundizar en estos comentarios, al menos por el momento, como yo quisiera. No obstante, ni puedo ni quiero dejar de escribir, así que hoy os voy a proponer una reflexión, digámoslo así, algo más ligera. Y, quizás, es el día más interesante para hacerla, pues hay días en que ciertas personas, y ciertas profesiones, merecen, si no un homenaje, sí un recuerdo.
Hoy quiero preguntaros: en vuestra opinión, ¿cuál es el primer militar de la Historia de España?
No es pregunta fácil. España forma parte, junto con Egipto, Macedonia, Roma, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, forma parte, digo, de un selecto club de ejércitos imperiales, capaces, algún día, de dominar partes enormes del mundo. Ya sé, ya sé que luego llega Paul Kennedy para convencernos de que eso no está tan bien, porque el imperialismo militar es la mejor manera de arruinar a un imperio. Pero, bueno, otros intentaron ser imperios sin conseguirlo (y si no, que se lo digan a Hitler) y se arruinaron igual; así pues, como diría el andalú, que nos quiten lo bailao.
Un ejército imperial ha debido tener grandes generales. España los ha tenido, y nada malos. Aquí ensayo una lista, ampliable (Tiburcio, por favor, si apartas la trompa y lees esto, no aportes más allá de cuarenta nombres, chato) con algunos de los candidatos que yo creo deben estar. No están todos los que son, pero al menos pretendo que todos los que estén, sean.
Eso sí, como recientemente, en el post sobre la mujer más importante de la Historia de España, algún lector dijo que si se podía explicar quién era quién, esto voy a hacer ahora, dedicándole a alguna línea a cada candidato.
Bueno, y si queréis votarles, en público o en privado, me ofrezco voluntario para sumar los votos y publicar la media. No creo que seamos muchos, pero siempre puede salir algo. De 0 a 10, empiezo yo mismo.
ALMANZOR (7,5 puntos): De todos los caudillos militares musulmanoespañoles, escojo a éste, creo que con justicia. En su época, tanto él como sus ejércitos fueron invencibles y se pasearon por España entera. Almanzor llegó a tomar la ciudad de Santiago de Compostela, al norte-norte de España pues, una auténtica proeza militar. La tradición dice que, habiendo respetado el sepulcro del apóstol Santiago, se llevó las campanas de la catedral (no sin antes saquearla) a hombros de cristianos. Putadita que sería devuelta por Fernando III unos dos siglos después, cuando Córdoba retornó a ser cristiana.
ÁLVAREZ DE CASTRO, Mariano (6 puntos). Uno de mis preferidos, aunque no el único, de nuestra guerra contra el pérfido monsieur. No por estratega ni por hábil a la hora de gestionar recursos, sino por andar sobrado de eso que se le supone al soldado, pero que no siempre tiene: valor. Mariano Álvarez de Castro era el comandante de la plaza de Gerona, dentro de la cual contaba con 5.600 soldados, que fueron cercados por 18.000 efectivos del mejor ejército del mundo, el francés, comandados por el conde Saint-Cyr, que no era ningún gilipollas en la cosa de pegar tiros. En esas condiciones, Álvarez de Castro y los gerundenses aguantaron siete meses, que costaron la vida de dos tercios de las fuerzas sitiadas. Don Mariano fue preso por los franceses quienes, según he leído en algunos lugares, lo maltrataron e incluso se podía decir que lo torturaron, por lo que murió poco después.
CHURRUCA, Cosme Damián (5 puntos). Triste enseñanza la que nos deja la vida de este donostiarra de Motrico: entre españoles, no hay nada como perder para que te olviden. De haber sido don Cosme de New Hampshire, seguro que ya Clint Eastwood habría filmado su vida. Marino y científico con gran experiencia, curtido en varias batallas en medio mundo, desde España hasta La Martinica, se cuela en la Historia en la famosísima batalla de Trafalgar, en la que comandó el navío San Juan Nepomuceno, que fue cercado por seis navíos ingleses, ante los cuales vendió cara su piel, sus foques y sus sobrejuanetes. El mito nos dice de él que una bala le arrancó una pierna y que, colocando el muñón sobre un barril de serrín, siguió disparando. Difícil de creer, ciertamente; pero su valor es innegable, como lo es su pericia como marino.
DÍAZ DE VIVAR, Rodrigo (7 puntos). Aunque el Cid no es propiamente un mililtar, sí es verdad que fue un jefe militar muy respetado, aunque un poco veleta con eso de las fidelidades. Sin duda, es uno de los personajes que más hondo han calado en el sentir de lo español, muy a menudo identificado con él. Es míticamente famoso por ser un líder de tanta hondura que logró ganar una batalla después de muerto.
ESPARTERO, Baldomero (7,5 puntos). Este militar cuyo padre debía de ser un poco cachondo mental (lo digo por lo del nombre y apellido en pareado) es el mayor ejemplo existente en la Historia de España, y uno de los mayores del mundo, de militar hecho a sí mismo. Comenzando su carrera militar de soldado raso, las guerras carlistas le vienen a ver con sus oportunidades de ascenso. En las acciones armadas del siglo XIX brilla Espartero por sí solo y alcanza pronto los más altos entorchados. Militar de ideas tirando a liberales, conforma en la Historia de su época un poco la contraimagen de Narváez, que sería el más digno representante de las derechas moderadas. Cuando los liberales, hartos de los devaneos absolutistoides de la regente María Cristina, deciden pasaportarla al extranjero, será Espartero el designado para ser regente mientras Isabel II no tiene la mayoría de edad (razón por la cual don Baldomero, además de capitán general, es príncipe, príncipe de Vergara). En un paroxismo total, décadas después, cuando sea Isabel la pasaportada y otro militar, Prim, esté buscando desesperadamente un rey para España, no serán pocos los que propongan a Espartero, quien declinó amablemente la invitación. Así pues Espartero, hombre del origen más humilde, fue regente y pudo incluso llegar a ser rey.
FERNÁNDEZ DE CORDOVA, Gonzalo (8 puntos). Más conocido como el Gran Capitán, fue el primer general de los reyes católicos e, incluso, hay algún deslenguado que dice que para la reina fue algo más que un militar apuesto. Gonzalo Fernández de Córdova iba para militarcillo de medio pelo, pero su empuje y sabiduría bélicas hicieron de él un elemento imprescindible para el naciente imperio español, especialmente en las posesiones italianas. Militarmente hablando, fue un hombre renovador que supo dar a los ejércitos mucha más movilidad de la que tenían.
MARTÍN DÍEZ, Juan. Juan Martín (9 puntos), más conocido como El Empecinado, es mi preferido. Por dos razones. La primera, porque es un militar renovador. Es él quien, al inicio de la Guerra de la Independencia, se da cuenta de que en campo abierto contra los gabachos no hay nada que hacer, y se aplica a joderles la marrana. Con sus tropas, más bien escasas, se dedica a atacar las líneas de suministro francesas y retirarse después, iniciando una guerra de desgaste, o de guerrillas como se ha dado en llamar, contra la que Napoleón y toda su grandeur no estaba preparado.
La segunda razón de mi admiración es la fidelidad. Juan Martín luchó primero contra la Revolución Francesa (cuando España le declaró la guerra a Francia por la ejecución de Luis XVI); pero luego, cuando volvió a luchar contra el francés, lo hizo por defender la Constitución de Cádiz, fidelidad que ya nunca abandonaría. Fernando VII, el Borbón Sin Palabra, hijo del Borbón Sin Cerebro (Carlos IV), trató de ganarlo para la causa absolutista, pero El Empecinado se lo dijo muy clarito: tú podrás cambiar de chaqueta, chato; pero no el hijo de mi madre (si no quería la Constitución, que no la hubiera jurado; pero yo la juré, y jamás cometeré la infamia de faltar a un juramento). En respuesta, cuando vino la reacción absolutista, los Cien Mil Hijos de San Luis y todo aquello, Martín fue perseguido, apresado, metido en una jaula como una alimaña y colocado frente al pueblo para ser escarnecido. Fue, por supuesto, ahorcado; pero nunca abjuró de sus ideas y de su deber constitucional, que es algo que un militar, cuando es de pura cepa, respeta siempre. Y siempre quiere decir siempre.
SPINOLA, Ambrosio (8 puntos). Noble genovés de rancia tradición de obediencia española, su vida militar se consumirá, principalmente, en la interminable guerra de Flandes. Inmensamente rico, su ambición de gloria militar le llevó a unirse a los ejércitos de Felipe III en lo que hoy es Bélgica y los Países Bajos, donde ya guerreaba su hermano. Militar de especial inteligencia para las labores de asedio, siempre difíciles en los pantanosos llanos flamencos, fue ganando peso en el ejército de Flandes hasta ser su máximo responsable. En realidad, Spínola no sólo fue general, sino financiador; varias veces rozó la bancarrota porque, agostado como estaba el Tesoro español y teniendo en cuenta que el genovés era propenso a pasarse de frenada, adelantaba los sueldos de los tercios y luego las pasaba putas para cobrar de Madrid. Velázquez lo inmortalizó en su famoso cuadro La rendición de Breda. Es el que está pillando la llave.
ZUMALACÁRREGUI, Tomás de (7 puntos). General carlista en la primera guerra que lleva dicho nombre, a pesar de contar con elementos relativamente escasos logró mantener en jaque a las tropas españolas (o mejor dicho las otras tropas españolas), llegando incluso a extender en no pocas cancillerías europeas la idea de que los isabelinos podían perder la guerra. Décimo hijo de una familia de once, para colmo se queda sin padre a los cuatro años. Su madre quería que fuese chupatintas, pero a él la guerra contra el francés le pilla en Zaragoza (Agustina de Aragón es buena prueba de la que allí se montó), momento en el que este ormaiztegitarra (¿se dice así?) siente la llamada de las hostias. Hombre furibundamente religioso y conservador, a pesar de la evolución de las cosas no se apea de su absolutismo y, en consecuencia, al llegar Isabel al trono se apunta al bando del carlismo. Peleando con este ejército aprovecha la difícil orografía del norte de España para desesperar a los generales isabelinos, de modo y forma que consiguió encencerle el pelo a militares tan buenos como el propio Espartero o Espoz y Mina. Ordenado que le fue por Don Carlos de poner sitio a Bilbao (él quería tomar Vitoria, pero en Bilbao había más pasta y el ejército carlista andaba corto de numerario), una bala perdida le hirió en una pierna y murió, bastante tontamente, de septicemia.
Hoy quiero preguntaros: en vuestra opinión, ¿cuál es el primer militar de la Historia de España?
No es pregunta fácil. España forma parte, junto con Egipto, Macedonia, Roma, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, forma parte, digo, de un selecto club de ejércitos imperiales, capaces, algún día, de dominar partes enormes del mundo. Ya sé, ya sé que luego llega Paul Kennedy para convencernos de que eso no está tan bien, porque el imperialismo militar es la mejor manera de arruinar a un imperio. Pero, bueno, otros intentaron ser imperios sin conseguirlo (y si no, que se lo digan a Hitler) y se arruinaron igual; así pues, como diría el andalú, que nos quiten lo bailao.
Un ejército imperial ha debido tener grandes generales. España los ha tenido, y nada malos. Aquí ensayo una lista, ampliable (Tiburcio, por favor, si apartas la trompa y lees esto, no aportes más allá de cuarenta nombres, chato) con algunos de los candidatos que yo creo deben estar. No están todos los que son, pero al menos pretendo que todos los que estén, sean.
Eso sí, como recientemente, en el post sobre la mujer más importante de la Historia de España, algún lector dijo que si se podía explicar quién era quién, esto voy a hacer ahora, dedicándole a alguna línea a cada candidato.
Bueno, y si queréis votarles, en público o en privado, me ofrezco voluntario para sumar los votos y publicar la media. No creo que seamos muchos, pero siempre puede salir algo. De 0 a 10, empiezo yo mismo.
ALMANZOR (7,5 puntos): De todos los caudillos militares musulmanoespañoles, escojo a éste, creo que con justicia. En su época, tanto él como sus ejércitos fueron invencibles y se pasearon por España entera. Almanzor llegó a tomar la ciudad de Santiago de Compostela, al norte-norte de España pues, una auténtica proeza militar. La tradición dice que, habiendo respetado el sepulcro del apóstol Santiago, se llevó las campanas de la catedral (no sin antes saquearla) a hombros de cristianos. Putadita que sería devuelta por Fernando III unos dos siglos después, cuando Córdoba retornó a ser cristiana.
ÁLVAREZ DE CASTRO, Mariano (6 puntos). Uno de mis preferidos, aunque no el único, de nuestra guerra contra el pérfido monsieur. No por estratega ni por hábil a la hora de gestionar recursos, sino por andar sobrado de eso que se le supone al soldado, pero que no siempre tiene: valor. Mariano Álvarez de Castro era el comandante de la plaza de Gerona, dentro de la cual contaba con 5.600 soldados, que fueron cercados por 18.000 efectivos del mejor ejército del mundo, el francés, comandados por el conde Saint-Cyr, que no era ningún gilipollas en la cosa de pegar tiros. En esas condiciones, Álvarez de Castro y los gerundenses aguantaron siete meses, que costaron la vida de dos tercios de las fuerzas sitiadas. Don Mariano fue preso por los franceses quienes, según he leído en algunos lugares, lo maltrataron e incluso se podía decir que lo torturaron, por lo que murió poco después.
CHURRUCA, Cosme Damián (5 puntos). Triste enseñanza la que nos deja la vida de este donostiarra de Motrico: entre españoles, no hay nada como perder para que te olviden. De haber sido don Cosme de New Hampshire, seguro que ya Clint Eastwood habría filmado su vida. Marino y científico con gran experiencia, curtido en varias batallas en medio mundo, desde España hasta La Martinica, se cuela en la Historia en la famosísima batalla de Trafalgar, en la que comandó el navío San Juan Nepomuceno, que fue cercado por seis navíos ingleses, ante los cuales vendió cara su piel, sus foques y sus sobrejuanetes. El mito nos dice de él que una bala le arrancó una pierna y que, colocando el muñón sobre un barril de serrín, siguió disparando. Difícil de creer, ciertamente; pero su valor es innegable, como lo es su pericia como marino.
DÍAZ DE VIVAR, Rodrigo (7 puntos). Aunque el Cid no es propiamente un mililtar, sí es verdad que fue un jefe militar muy respetado, aunque un poco veleta con eso de las fidelidades. Sin duda, es uno de los personajes que más hondo han calado en el sentir de lo español, muy a menudo identificado con él. Es míticamente famoso por ser un líder de tanta hondura que logró ganar una batalla después de muerto.
ESPARTERO, Baldomero (7,5 puntos). Este militar cuyo padre debía de ser un poco cachondo mental (lo digo por lo del nombre y apellido en pareado) es el mayor ejemplo existente en la Historia de España, y uno de los mayores del mundo, de militar hecho a sí mismo. Comenzando su carrera militar de soldado raso, las guerras carlistas le vienen a ver con sus oportunidades de ascenso. En las acciones armadas del siglo XIX brilla Espartero por sí solo y alcanza pronto los más altos entorchados. Militar de ideas tirando a liberales, conforma en la Historia de su época un poco la contraimagen de Narváez, que sería el más digno representante de las derechas moderadas. Cuando los liberales, hartos de los devaneos absolutistoides de la regente María Cristina, deciden pasaportarla al extranjero, será Espartero el designado para ser regente mientras Isabel II no tiene la mayoría de edad (razón por la cual don Baldomero, además de capitán general, es príncipe, príncipe de Vergara). En un paroxismo total, décadas después, cuando sea Isabel la pasaportada y otro militar, Prim, esté buscando desesperadamente un rey para España, no serán pocos los que propongan a Espartero, quien declinó amablemente la invitación. Así pues Espartero, hombre del origen más humilde, fue regente y pudo incluso llegar a ser rey.
FERNÁNDEZ DE CORDOVA, Gonzalo (8 puntos). Más conocido como el Gran Capitán, fue el primer general de los reyes católicos e, incluso, hay algún deslenguado que dice que para la reina fue algo más que un militar apuesto. Gonzalo Fernández de Córdova iba para militarcillo de medio pelo, pero su empuje y sabiduría bélicas hicieron de él un elemento imprescindible para el naciente imperio español, especialmente en las posesiones italianas. Militarmente hablando, fue un hombre renovador que supo dar a los ejércitos mucha más movilidad de la que tenían.
MARTÍN DÍEZ, Juan. Juan Martín (9 puntos), más conocido como El Empecinado, es mi preferido. Por dos razones. La primera, porque es un militar renovador. Es él quien, al inicio de la Guerra de la Independencia, se da cuenta de que en campo abierto contra los gabachos no hay nada que hacer, y se aplica a joderles la marrana. Con sus tropas, más bien escasas, se dedica a atacar las líneas de suministro francesas y retirarse después, iniciando una guerra de desgaste, o de guerrillas como se ha dado en llamar, contra la que Napoleón y toda su grandeur no estaba preparado.
La segunda razón de mi admiración es la fidelidad. Juan Martín luchó primero contra la Revolución Francesa (cuando España le declaró la guerra a Francia por la ejecución de Luis XVI); pero luego, cuando volvió a luchar contra el francés, lo hizo por defender la Constitución de Cádiz, fidelidad que ya nunca abandonaría. Fernando VII, el Borbón Sin Palabra, hijo del Borbón Sin Cerebro (Carlos IV), trató de ganarlo para la causa absolutista, pero El Empecinado se lo dijo muy clarito: tú podrás cambiar de chaqueta, chato; pero no el hijo de mi madre (si no quería la Constitución, que no la hubiera jurado; pero yo la juré, y jamás cometeré la infamia de faltar a un juramento). En respuesta, cuando vino la reacción absolutista, los Cien Mil Hijos de San Luis y todo aquello, Martín fue perseguido, apresado, metido en una jaula como una alimaña y colocado frente al pueblo para ser escarnecido. Fue, por supuesto, ahorcado; pero nunca abjuró de sus ideas y de su deber constitucional, que es algo que un militar, cuando es de pura cepa, respeta siempre. Y siempre quiere decir siempre.
SPINOLA, Ambrosio (8 puntos). Noble genovés de rancia tradición de obediencia española, su vida militar se consumirá, principalmente, en la interminable guerra de Flandes. Inmensamente rico, su ambición de gloria militar le llevó a unirse a los ejércitos de Felipe III en lo que hoy es Bélgica y los Países Bajos, donde ya guerreaba su hermano. Militar de especial inteligencia para las labores de asedio, siempre difíciles en los pantanosos llanos flamencos, fue ganando peso en el ejército de Flandes hasta ser su máximo responsable. En realidad, Spínola no sólo fue general, sino financiador; varias veces rozó la bancarrota porque, agostado como estaba el Tesoro español y teniendo en cuenta que el genovés era propenso a pasarse de frenada, adelantaba los sueldos de los tercios y luego las pasaba putas para cobrar de Madrid. Velázquez lo inmortalizó en su famoso cuadro La rendición de Breda. Es el que está pillando la llave.
ZUMALACÁRREGUI, Tomás de (7 puntos). General carlista en la primera guerra que lleva dicho nombre, a pesar de contar con elementos relativamente escasos logró mantener en jaque a las tropas españolas (o mejor dicho las otras tropas españolas), llegando incluso a extender en no pocas cancillerías europeas la idea de que los isabelinos podían perder la guerra. Décimo hijo de una familia de once, para colmo se queda sin padre a los cuatro años. Su madre quería que fuese chupatintas, pero a él la guerra contra el francés le pilla en Zaragoza (Agustina de Aragón es buena prueba de la que allí se montó), momento en el que este ormaiztegitarra (¿se dice así?) siente la llamada de las hostias. Hombre furibundamente religioso y conservador, a pesar de la evolución de las cosas no se apea de su absolutismo y, en consecuencia, al llegar Isabel al trono se apunta al bando del carlismo. Peleando con este ejército aprovecha la difícil orografía del norte de España para desesperar a los generales isabelinos, de modo y forma que consiguió encencerle el pelo a militares tan buenos como el propio Espartero o Espoz y Mina. Ordenado que le fue por Don Carlos de poner sitio a Bilbao (él quería tomar Vitoria, pero en Bilbao había más pasta y el ejército carlista andaba corto de numerario), una bala perdida le hirió en una pierna y murió, bastante tontamente, de septicemia.
jueves, junio 21, 2007
Godoy
La Historia de España ha tenido momentos buenos y momentos malos, y la han hecho hombres buenos y otros deplorables. En términos generales, sin embargo, es posible decir que no pocas veces viene a cumplirse una especie de compensación, mediante la cual la presencia de gentes infectas también se combina con la de otras personas con altas miras y sentimientos, con lo que el resultado final no es ni catastrófico ni exuberante. Lamentablemente hay, sin embargo, no pocos periodos en la Historia de España en los que la mierda se junta sin concurso de bien alguno. Y de todos esos momentos, tal vez, es una opinión personal, los últimos años del siglo XVIII fueron los peores.
La peor situación que se le puede presentar a un país es aquélla en la que quienes lo gobiernan deciden traicionarlo. Y esto fue lo que pasó en España con Carlos IV y su preferido, Manuel Godoy. Aunque el hijo de Carlos IV, el también nefando Fernando VII, es formalmente el último rey absolutista de España (es decir, el último rey que reina con un poder total, absoluto y responsable tan sólo ante Dios y ante la Historia), Carlos IV es, en realidad, quien ostenta esa calidad, pues Fernando, aunque fue rey absoluto, lo fue ya a base de ejercer una gravísima represión sobre la sociedad española para acallar sus demandas de libertad y de soberanía.
Carlos IV fue, pues, el último rey español que se sintió con capacidad como para hacer su real gana sin darle cuentas absolutamente a nadie, menos aún al pueblo español. Lo podéis visitar en el museo del Prado, donde está colgado el magistral cuadro que Goya pintó de este hombre y de su familia. A mí, La familia de Carlos IV siempre me ha parecido un excelente retrato de anormales. Gordo, pánfilo y sobrado, nos mira Carlos IV, haciendo una especie de pose de modelo de miss España, junto a su mujer, la reina, quien lo más probable es que esa misma noche se la pegue con otro, o sea Godoy.
Manuel Godoy era natural de Castuera, Badajoz, donde nació en 1767. Dado que sus padres eran hidalgos de no demasiados posibles, decidió hacer carrera como su hermano mayor, que se había alistado en la Guardia de Corps. Un día, dentro de sus atribuciones es encargado de escoltar a los príncipes de Asturias, es decir al futuro Carlos IV y a su mujer, la princesa María Luisa. A la mujer le cae en gracia este George Clooney del país, impecablemente vestido con un uniforme de gala, que cabalga junto a la calesa real. Desde 1788, que muere Carlos III, Godoy no hace ya más que subir, hasta el punto de que, con sólo 25 años, es nombrado teniente general de los ejércitos españoles.
¿Quién manda en España tras la muerte de Carlos III? Su hijo es un Borbón a la vieja usanza, y gustaba de irse de caza por los montes de El Pardo, actividad por la que era capaz de abandonar, y abandonaba, la más crucial y necesaria de las labores de Estado. En realidad, quien manda es ella. Bueno, España tiene algo parecido a un primer ministro, Floridablanca, brillante político de los tiempos pasados. Carlos IV lo mantiene al frente de la nave pero muy pronto, no más tarde de 1792, María Luisa ha decidido que el jefe del cotarro debe de ser Godoy. En consecuencia, haciendo uso de su poder efectivo, pues Carlitos pasa de todo, se dedica a bloquear las acciones de Floridablanca y a malmeter contra él. La política también tiene algo que ver en todo el asunto. Francia ya ha reparado en la debilidad de España y ha resuelto dominarla; qué mejor que dividir para ello. Así, el embajador de Francia, María Luisa, el conde de Aranda, rival político de Floridablanca, y el infame Godoy formarán la coalición de altos vuelos montada contra el ministro.
Con subterfugios y otras artes, la banda de los cuatro consigue meter dentro de Carlos IV una idea: Floridablanca ha trincado en las obras del canal de Aragón. Una vez que se cree la acusación de corrupción, el rey no puede sino deponer a Floridablanca y meterlo en la cárcel. Durante un año, Godoy, que podía ser tonto pero no gilipollas y, por lo tanto, se da cuenta de que las cosas tienen que llevar su tiempo, el primer ministro será el conde de Aranda, un multimillonario metido en política que había sido represaliado en los tiempos de Carlos III y Floridablanca, hasta el punto de tener que irse a París, y que se consideraba con derecho a ser el mandamás de España. Según todas las trazas, el tándem María Luisa-Godoy le dan el gusto, durante un año más o menos, hasta darle el piro.
Godoy tiene 26 años cuando es nombrado primer ministro. Es ya mariscal de campo, gentilhombre de su Majestad, sargento mayor de la Guardia de Corps, Caballero de la Gran Cruz de Carlos III, Comendador de Valencia del Ventoso en la orden de Santiago, es duque de Alcudia con grandeza de España y miembro del Consejo de Estado. A los dos días de nombrado primer ministro, es reconocido con el Toisón de Oro.
Aquello era tan descarado que las gentes pasaron de la murmuración al cachondeo. En las calles de Madrid se hizo famosa una coplilla tan, tan famosa que a pesar de que entonces no había IPod, cuando menos la letra nos la llegado.
¿Quién está cuando no estoy?
¡Godoy!
¿Quién llega cuando me voy?
¡Godoy!
¿A quién más cargos le doy?
¡A Godoy!
¿Quién manda en España hoy?
¡Mi esposa!
¿Y quién manda a mi esposa?
¡Godoy!
¡Que tiene gracia la cosa!
Pues sólo de nombre soy
el rey, que lo es Godoy.
Esto podría no haber pasado de ser un episodio de corrupción y favoritismo más. Pero la Historia tenía reservados grandes cambios para aquellos años. Conforme ascendía Godoy, evolucionaban las cosas en Francia, país que para entonces ya había decapitado a su rey y, poco a poco, entronizaba a un nuevo emperador que soñaba con dominar Europa entera. Y aquí es donde el Borbón se da de bruces con su destino.
La actitud de Carlos IV y de su hijo hacia Napoleón Bonaparte no puede ser más pastueña ni entreguista. Desde el primer momento, Carlos IV agasajó a su vecino francés, hasta el punto de hacerle el regalo de 16 alazanes de pura raza española que costaron un pastón; y, por supuesto, regalarle España.
El 27 de octubre de 1807, España y Francia, o mejor deberíamos decir los borbones y Napoleón, firmaron un acuerdo en Fontainebleau por el cual ambos se comprometían a invadir Portugal, que se dividiría en tres: Lusitania del Norte, que sería para los reyes de Etruria; Portugal Central, entre el Duero y el Tajo, que se pretendía cambiar a Inglaterra por Gibraltar; y el reino de Los Algarves, donde reinaría… ¡Godoy!
De hecho, Napoleón vio las cosas tan hechas que cometió el error que está en el origen de los sucesos del 2 de mayo: adelantarse a los hechos. Antes de que el tratado de Fontainebleau hubiera podido conocerse ampliamente en España, entró con sus tropas en el país como Pedro por su casa. Y es que era su casa. Carlangas se la había cedido. En febrero de 1808, las tropas francesas mandaban en Pamplona, en Barcelona, en San Sebastián.
La marea francesa se hacía con España. ¿Qué hacía el rey español? Regalarle caballos al invasor y, eso sí, desplazar la Corte, o sea su augusto cuello, más al sur conforme avanzaban los gabachos. De Madrid se fue a Aranjuez y desde allí planeó, según algunos testimonios, pirarse hacia Andalucía para, en un momento dado, salir por Cádiz camino de Inglaterra si las cosas se ponían feas; él, claro. Él, su señora, los niñitos y Godoy. A los españoles, literalmente, que les fuesen dando.
En Aranjuez el 17 de marzo de 1808 se podría decir que, en expresión de Churchill, giraron los goznes de la Historia. Ya sé que la fama se la lleva el 2 de mayo, con razón. Pero el motín de Aranjuez puede considerarse, de alguna forma, más importante. En Aranjuez, aquel crucial año de 1808, el personal dijo: Ah, no, tú no te vas. Te quedas con nosotros a defendernos, porque eres nuestro rey, el rey es España, y España no se rinde. Eso y lo de Godoy, claro. Porque las turbas que llegaron al pequeño pueblo madrileño lo primero que hicieron fue saquear la casa de Godoy y ponerlo en tales peligros que de allí tuvieron que sacarlo a hostias una compañía de caballería, porque lo mataban. El rey lo desposeyó de los cargos; detalle que viene a demostrar que incluso en el fondo de las mentes más imbéciles bulle la tenue luz de la inteligencia.
El motín de Aranjuez es la primera vez que el pueblo español se da cuenta de que la fuerza es suya, de que la soberanía es suya, y de que los tiempos de los reyecitos mandones se han ido a la mierda.
Claro que eso lo hicieron creyendo en la alternativa del hijo del cabrón, o sea Fernando. Pronto aprenderían que el hijo de un cabrón puede ser bastante más cabrón que su padre.
La peor situación que se le puede presentar a un país es aquélla en la que quienes lo gobiernan deciden traicionarlo. Y esto fue lo que pasó en España con Carlos IV y su preferido, Manuel Godoy. Aunque el hijo de Carlos IV, el también nefando Fernando VII, es formalmente el último rey absolutista de España (es decir, el último rey que reina con un poder total, absoluto y responsable tan sólo ante Dios y ante la Historia), Carlos IV es, en realidad, quien ostenta esa calidad, pues Fernando, aunque fue rey absoluto, lo fue ya a base de ejercer una gravísima represión sobre la sociedad española para acallar sus demandas de libertad y de soberanía.
Carlos IV fue, pues, el último rey español que se sintió con capacidad como para hacer su real gana sin darle cuentas absolutamente a nadie, menos aún al pueblo español. Lo podéis visitar en el museo del Prado, donde está colgado el magistral cuadro que Goya pintó de este hombre y de su familia. A mí, La familia de Carlos IV siempre me ha parecido un excelente retrato de anormales. Gordo, pánfilo y sobrado, nos mira Carlos IV, haciendo una especie de pose de modelo de miss España, junto a su mujer, la reina, quien lo más probable es que esa misma noche se la pegue con otro, o sea Godoy.
Manuel Godoy era natural de Castuera, Badajoz, donde nació en 1767. Dado que sus padres eran hidalgos de no demasiados posibles, decidió hacer carrera como su hermano mayor, que se había alistado en la Guardia de Corps. Un día, dentro de sus atribuciones es encargado de escoltar a los príncipes de Asturias, es decir al futuro Carlos IV y a su mujer, la princesa María Luisa. A la mujer le cae en gracia este George Clooney del país, impecablemente vestido con un uniforme de gala, que cabalga junto a la calesa real. Desde 1788, que muere Carlos III, Godoy no hace ya más que subir, hasta el punto de que, con sólo 25 años, es nombrado teniente general de los ejércitos españoles.
¿Quién manda en España tras la muerte de Carlos III? Su hijo es un Borbón a la vieja usanza, y gustaba de irse de caza por los montes de El Pardo, actividad por la que era capaz de abandonar, y abandonaba, la más crucial y necesaria de las labores de Estado. En realidad, quien manda es ella. Bueno, España tiene algo parecido a un primer ministro, Floridablanca, brillante político de los tiempos pasados. Carlos IV lo mantiene al frente de la nave pero muy pronto, no más tarde de 1792, María Luisa ha decidido que el jefe del cotarro debe de ser Godoy. En consecuencia, haciendo uso de su poder efectivo, pues Carlitos pasa de todo, se dedica a bloquear las acciones de Floridablanca y a malmeter contra él. La política también tiene algo que ver en todo el asunto. Francia ya ha reparado en la debilidad de España y ha resuelto dominarla; qué mejor que dividir para ello. Así, el embajador de Francia, María Luisa, el conde de Aranda, rival político de Floridablanca, y el infame Godoy formarán la coalición de altos vuelos montada contra el ministro.
Con subterfugios y otras artes, la banda de los cuatro consigue meter dentro de Carlos IV una idea: Floridablanca ha trincado en las obras del canal de Aragón. Una vez que se cree la acusación de corrupción, el rey no puede sino deponer a Floridablanca y meterlo en la cárcel. Durante un año, Godoy, que podía ser tonto pero no gilipollas y, por lo tanto, se da cuenta de que las cosas tienen que llevar su tiempo, el primer ministro será el conde de Aranda, un multimillonario metido en política que había sido represaliado en los tiempos de Carlos III y Floridablanca, hasta el punto de tener que irse a París, y que se consideraba con derecho a ser el mandamás de España. Según todas las trazas, el tándem María Luisa-Godoy le dan el gusto, durante un año más o menos, hasta darle el piro.
Godoy tiene 26 años cuando es nombrado primer ministro. Es ya mariscal de campo, gentilhombre de su Majestad, sargento mayor de la Guardia de Corps, Caballero de la Gran Cruz de Carlos III, Comendador de Valencia del Ventoso en la orden de Santiago, es duque de Alcudia con grandeza de España y miembro del Consejo de Estado. A los dos días de nombrado primer ministro, es reconocido con el Toisón de Oro.
Aquello era tan descarado que las gentes pasaron de la murmuración al cachondeo. En las calles de Madrid se hizo famosa una coplilla tan, tan famosa que a pesar de que entonces no había IPod, cuando menos la letra nos la llegado.
¿Quién está cuando no estoy?
¡Godoy!
¿Quién llega cuando me voy?
¡Godoy!
¿A quién más cargos le doy?
¡A Godoy!
¿Quién manda en España hoy?
¡Mi esposa!
¿Y quién manda a mi esposa?
¡Godoy!
¡Que tiene gracia la cosa!
Pues sólo de nombre soy
el rey, que lo es Godoy.
Esto podría no haber pasado de ser un episodio de corrupción y favoritismo más. Pero la Historia tenía reservados grandes cambios para aquellos años. Conforme ascendía Godoy, evolucionaban las cosas en Francia, país que para entonces ya había decapitado a su rey y, poco a poco, entronizaba a un nuevo emperador que soñaba con dominar Europa entera. Y aquí es donde el Borbón se da de bruces con su destino.
La actitud de Carlos IV y de su hijo hacia Napoleón Bonaparte no puede ser más pastueña ni entreguista. Desde el primer momento, Carlos IV agasajó a su vecino francés, hasta el punto de hacerle el regalo de 16 alazanes de pura raza española que costaron un pastón; y, por supuesto, regalarle España.
El 27 de octubre de 1807, España y Francia, o mejor deberíamos decir los borbones y Napoleón, firmaron un acuerdo en Fontainebleau por el cual ambos se comprometían a invadir Portugal, que se dividiría en tres: Lusitania del Norte, que sería para los reyes de Etruria; Portugal Central, entre el Duero y el Tajo, que se pretendía cambiar a Inglaterra por Gibraltar; y el reino de Los Algarves, donde reinaría… ¡Godoy!
En otras palabras: a cambio de implicar a España en una más que dudosa guerra (de hecho, finalmente se perdió) con la aportación de nada menos que 28.000 soldados, Carlos IV obtenía bien poco (Napoleón le prometió mantenerle sus posesiones de ultramar, todas ellas a punto de alzarse en armas para independizarse) y Godoy una corona. El francés, por lo tanto, aprovechó como nadie el retraso mental y el absoluto desprecio por sus súbditos del rey Borbón, y la ambición sin límites del sargentito que se tiraba a su señora (aunque estaba enamorado de otra, Pepita Tudó, con la que se había casado en secreto).
De hecho, Napoleón vio las cosas tan hechas que cometió el error que está en el origen de los sucesos del 2 de mayo: adelantarse a los hechos. Antes de que el tratado de Fontainebleau hubiera podido conocerse ampliamente en España, entró con sus tropas en el país como Pedro por su casa. Y es que era su casa. Carlangas se la había cedido. En febrero de 1808, las tropas francesas mandaban en Pamplona, en Barcelona, en San Sebastián.
La marea francesa se hacía con España. ¿Qué hacía el rey español? Regalarle caballos al invasor y, eso sí, desplazar la Corte, o sea su augusto cuello, más al sur conforme avanzaban los gabachos. De Madrid se fue a Aranjuez y desde allí planeó, según algunos testimonios, pirarse hacia Andalucía para, en un momento dado, salir por Cádiz camino de Inglaterra si las cosas se ponían feas; él, claro. Él, su señora, los niñitos y Godoy. A los españoles, literalmente, que les fuesen dando.
En Aranjuez el 17 de marzo de 1808 se podría decir que, en expresión de Churchill, giraron los goznes de la Historia. Ya sé que la fama se la lleva el 2 de mayo, con razón. Pero el motín de Aranjuez puede considerarse, de alguna forma, más importante. En Aranjuez, aquel crucial año de 1808, el personal dijo: Ah, no, tú no te vas. Te quedas con nosotros a defendernos, porque eres nuestro rey, el rey es España, y España no se rinde. Eso y lo de Godoy, claro. Porque las turbas que llegaron al pequeño pueblo madrileño lo primero que hicieron fue saquear la casa de Godoy y ponerlo en tales peligros que de allí tuvieron que sacarlo a hostias una compañía de caballería, porque lo mataban. El rey lo desposeyó de los cargos; detalle que viene a demostrar que incluso en el fondo de las mentes más imbéciles bulle la tenue luz de la inteligencia.
El motín de Aranjuez es la primera vez que el pueblo español se da cuenta de que la fuerza es suya, de que la soberanía es suya, y de que los tiempos de los reyecitos mandones se han ido a la mierda.
Claro que eso lo hicieron creyendo en la alternativa del hijo del cabrón, o sea Fernando. Pronto aprenderían que el hijo de un cabrón puede ser bastante más cabrón que su padre.
martes, junio 19, 2007
Iraq, un país inexistente
Sigo necesitando de nuestro amigo Tiburcio para sobrellevar estos tiempos un tanto complejos. De verdad, ardo en deseos de tener algún rato para poder escribiros, yo que sé, una historia que empieza con la contratación de doscientos vascos y termina con la armada española bombardeando Chile y Perú. O la historia del escritor español que pudo compartir el destino, por todos conocido, de Federico García Lorca. Las historias bullen en mi cabeza, pero sigo residiendo en un inmueble pretecnológico. Qué le vamos a hacer...
¿Qué le vamos a hacer? ¡Pero si Tiburcio es más divertido! Hoy nos trae un jugosísimo comentario sobre un asunto que no pertenece a la Historia de España, aunque, por muchas razones, no deja de ser de nuestra incumbencia: el nacimiento de Iraq.
Espero que os guste este comentario en el que Tiburcio, además, se adelanta a apuntar un par de cosas de un temita del que no dejo yo de comprometer que hablaré algún día: el acuerdo Sykes-Picot. Muy jugoso. Al tiempo.
Os dejo con él.
Iraq, un país inexistente
Copyright by Tiburcio Samsa, que aparece por cortesía de la ASELREX (Asociación Española de Elefantes Reencarnados Expatriados).
Resulta chocante que la peor de las guerras que hay en la actualidad esté ocurriendo en un país que fue inventado hace menos de cien años. Dicen que un camello es un caballo diseñado por un comité. Iraq fue un país inventado por un comité. El comité en cuestión fue la Conferencia de El Cairo de 1921.
Al término de la I Guerra Mundial, Gran Bretaña se encontró en posesión de lo que entonces se llamaba Mesopotamia, un mero nombre geográfico que definía el territorio mal determinado que había entre los ríos Éufrates y Tigris y sus regiones aledañas. Si se quería precisar un poco más, se podía decir que Mesopotamia estaba compuesta por las dos provincias hasta entonces otomanas de Bagdad y Basra.
El primer paso hacia la creación de Iraq se dio cuatro días después de que las hostilidades hubiesen debido cesar entre los turcos y los británicos. El 4 de noviembre de 1918, las tropas británicas entraron en Mosul con pretextos fútiles y expulsaron de allí a los turcos. El Comisionado Civil británico en Bagdad, A.T. Wilson, demostró su capacidad para justificar lo injustificable y sus conocimientos históricos. Desempolvó el nombre de Iraq y declaró que la provincia otomana de Mosul formaba parte de ese Iraq, del que hacía siglos no se había oído nada. Ominosamente, esta operación turbia se debió a que los británicos tenían indicios de que había petróleo en la zona de Mosul. Mal empezaba el país.
Por cierto que había otro pequeño detalle relativo a Mosul, que podía acarrear problemas: en el acuerdo Sykes-Picot por el que franceses y británicos se habían repartido Oriente Medio, Mosul correspondía a los franceses. El 1 de diciembre de 1918, el Primer Ministro francés, Clemenceau, visitó en Londres a su homólogo británico, Lloyd George. Lloyd George le pidió un pequeño favor: si le podía regalar Mosul. «Lo tendrá, lo tendrá», concedió Clemenceau y su ego, generalmente sobredimensionado, debió de estar a punto de reventar al comprobar que dos palabras suyas bastaban para determinar el destino de un territorio y sus habitantes. La generosidad de Clemenceau era producto del cálculo político (su prioridad era mantener el apoyo británico en el continente europeo) y de la ignorancia (no sabía que había petróleo en Mosul).
Como los norteamericanos casi noventa años después, los británicos descubrieron muy pronto que una cosa era controlar Iraq y otra muy distinta saber qué hacer con él. En 1919, a A.T. Wilson, que se parecía mucho al ínclito Paul Bremer, tanto por el inmenso poder de que gozó en Bagdad como por su megalomanía, que no iba acompañada por una inteligencia preclara como suele ser el caso de los megalomaniacos, le encargaron que organizara un plebiscito para conocer los deseos de los iraquíes. A. T. Wilson interpretó la palabra plebiscito como «mantener conversaciones con los notables del país». Los resultados que obtuvo fueron que los iraquíes deseaban un único estado que incluyera Mosul y que no tenían muy claro a quién querían como gobernante. Wilson preparó un informe en el que recomendaba que se estableciese un sistema de gobierno en Iraq con un rey, un consejo de estado y una asamblea legislativa. Pero el informe no se publicó y su ejecución se pospuso porque en abril de 1920 ocurrió algo de gran importancia: la Conferencia de San Remo otorgó a los británicos el mando en Iraq. ¡Por fin tenían una excusa legal para quedarse en Iraq! El sistema de gobierno para el país podía esperar.
Como a los norteamericanos en 2003, los británicos en 1920 se encontraron con la sorpresa de que los iraquíes querían una independencia real y no deseaban un ejército de ocupación. En el verano de ese año estalló una revuelta en Iraq que los británicos tardaron tres meses en aplastar.
A comienzos de 1921 resultaba evidente que Oriente Medio se estaba calentando, aunque comparando la situación con la actual pueda parecernos que aquello era Suiza. En Palestina ya habían aparecido los primeros síntomas de malestar entre una población árabe que comenzaba a despertar al nacionalismo y unos inmigrantes judíos prestos a crear allí su hogar nacional. Ibn Saud había emprendido la unificación de la península arábiga por la fuerza. El hashemita Feisal, expulsado por los franceses de Damasco, andaba a la busca de alguna corona que ponerse en la cabeza. Su hermano Abdullah estaba en Amman conspirando para atacar a los franceses en Siria. Para colmo, el Tesoro británico estaba intentando recortar gastos y la opinión pública inglesa aún estaba conmocionada por la brutalidad con la que se había aplastado la revuelta iraquí. Fue en este contexto que el entonces Secretario para las Colonias, Winston Churchill, convocó la Conferencia de El Cairo.
Cuando se reunió la Conferencia, con respecto a Iraq, sólo había un punto de consenso claro: la fórmula a la que se llegase no debería ser onerosa para el erario británico. Los más informados incluso podían encontrar un segundo punto de consenso: que el Reino Unido conservase algún tipo de control sobre la región de Mosul, que parecía albergar importantes reservas petrolíferas. Fuera de eso, todas las opciones estaban abiertas.
Podría decirse que Iraq fue creado porque a nadie se le ocurrió una idea mejor. Aunque qué podía esperarse de una conferencia a cuya alma mater, Winston Churchill, le disgustaban tanto los árabes, sobre cuyos territorios estaba a punto de decidir, que no permitía que pisasen ni tan siquiera los jardines del hotel en el que se alojaba.
Muy pronto se decidió que Iraq sería una monarquía. Las mayores discusiones surgieron en torno a la figura del rey. Churchill quería recortar la presencia militar británica en el país lo antes posible para ahorrar dinero y deseaba un rey que le garantizase un Iraq probritánico y estable. El hashemita Feisal fue el elegido y las razones de su elección Churchill las expuso sucintamente en el telegrama que envió al Primer Ministro Lloyd George: «… ofrece las expectativas de ser la solución mejor y más barata». El problema fue presentar a ese rey sacado de una tienda de todo a 100 como un monarca legítimo y aceptado por su pueblo, pueblo al que no le ligaba ningún vínculo cinco minutos antes. Prometo un futuro post sobre el bueno de Feisal.
Un detalle interesante es que durante mucho tiempo Churchill se planteó la conveniencia de establecer un estado kurdo. Por un lado desconfiaba de que un gobernante árabe fuese a tratar con justicia a los kurdos. Por otro, le atraía la idea de que hubiese un estado tapón entre el nuevo estado iraquí y la agresiva Turquía de Kemal Attatürk. Sin embargo, por una vez, Churchill que sabía ser tan obstinado en imponer sus ideas contra viento y marea, acató la propuesta del comité correspondiente de que Mosul formase parte de Iraq.
Al final, la fórmula que salió de la Conferencia de El Cairo fue la de que Iraq sería un país unificado y teóricamente soberano regido por un gobernante adicto. Esto parecía garantizar al Reino Unido un cierto control sobre el territorio a bajo costo. Curiosamente es la misma fórmula a la que EEUU recurrió en 2005: no cuestionar la unidad del país y asegurarse la elección de un Gobierno adicto, que garantice la seguridad interior lo suficiente como para que no haga falta una presencia militar norteamericana sustancial.
La fórmula inventada por los británicos podía funcionar siempre y cuando se dieran dos premisas:
1) Un bajo nivel de conciencia nacional por parte de las comunidades que integran Iraq.
2) La percepción de que el Imperio británico era fuerte y no vacilaría a la hora de asegurarse que Iraq no saliese de su regazo.
Estas dos premisas empezaron a vacilar durante la II Guerra Mundial. Pero eso ya es otra historia.
¿Qué le vamos a hacer? ¡Pero si Tiburcio es más divertido! Hoy nos trae un jugosísimo comentario sobre un asunto que no pertenece a la Historia de España, aunque, por muchas razones, no deja de ser de nuestra incumbencia: el nacimiento de Iraq.
Espero que os guste este comentario en el que Tiburcio, además, se adelanta a apuntar un par de cosas de un temita del que no dejo yo de comprometer que hablaré algún día: el acuerdo Sykes-Picot. Muy jugoso. Al tiempo.
Os dejo con él.
Iraq, un país inexistente
Copyright by Tiburcio Samsa, que aparece por cortesía de la ASELREX (Asociación Española de Elefantes Reencarnados Expatriados).
Resulta chocante que la peor de las guerras que hay en la actualidad esté ocurriendo en un país que fue inventado hace menos de cien años. Dicen que un camello es un caballo diseñado por un comité. Iraq fue un país inventado por un comité. El comité en cuestión fue la Conferencia de El Cairo de 1921.
Al término de la I Guerra Mundial, Gran Bretaña se encontró en posesión de lo que entonces se llamaba Mesopotamia, un mero nombre geográfico que definía el territorio mal determinado que había entre los ríos Éufrates y Tigris y sus regiones aledañas. Si se quería precisar un poco más, se podía decir que Mesopotamia estaba compuesta por las dos provincias hasta entonces otomanas de Bagdad y Basra.
El primer paso hacia la creación de Iraq se dio cuatro días después de que las hostilidades hubiesen debido cesar entre los turcos y los británicos. El 4 de noviembre de 1918, las tropas británicas entraron en Mosul con pretextos fútiles y expulsaron de allí a los turcos. El Comisionado Civil británico en Bagdad, A.T. Wilson, demostró su capacidad para justificar lo injustificable y sus conocimientos históricos. Desempolvó el nombre de Iraq y declaró que la provincia otomana de Mosul formaba parte de ese Iraq, del que hacía siglos no se había oído nada. Ominosamente, esta operación turbia se debió a que los británicos tenían indicios de que había petróleo en la zona de Mosul. Mal empezaba el país.
Por cierto que había otro pequeño detalle relativo a Mosul, que podía acarrear problemas: en el acuerdo Sykes-Picot por el que franceses y británicos se habían repartido Oriente Medio, Mosul correspondía a los franceses. El 1 de diciembre de 1918, el Primer Ministro francés, Clemenceau, visitó en Londres a su homólogo británico, Lloyd George. Lloyd George le pidió un pequeño favor: si le podía regalar Mosul. «Lo tendrá, lo tendrá», concedió Clemenceau y su ego, generalmente sobredimensionado, debió de estar a punto de reventar al comprobar que dos palabras suyas bastaban para determinar el destino de un territorio y sus habitantes. La generosidad de Clemenceau era producto del cálculo político (su prioridad era mantener el apoyo británico en el continente europeo) y de la ignorancia (no sabía que había petróleo en Mosul).
Como los norteamericanos casi noventa años después, los británicos descubrieron muy pronto que una cosa era controlar Iraq y otra muy distinta saber qué hacer con él. En 1919, a A.T. Wilson, que se parecía mucho al ínclito Paul Bremer, tanto por el inmenso poder de que gozó en Bagdad como por su megalomanía, que no iba acompañada por una inteligencia preclara como suele ser el caso de los megalomaniacos, le encargaron que organizara un plebiscito para conocer los deseos de los iraquíes. A. T. Wilson interpretó la palabra plebiscito como «mantener conversaciones con los notables del país». Los resultados que obtuvo fueron que los iraquíes deseaban un único estado que incluyera Mosul y que no tenían muy claro a quién querían como gobernante. Wilson preparó un informe en el que recomendaba que se estableciese un sistema de gobierno en Iraq con un rey, un consejo de estado y una asamblea legislativa. Pero el informe no se publicó y su ejecución se pospuso porque en abril de 1920 ocurrió algo de gran importancia: la Conferencia de San Remo otorgó a los británicos el mando en Iraq. ¡Por fin tenían una excusa legal para quedarse en Iraq! El sistema de gobierno para el país podía esperar.
Como a los norteamericanos en 2003, los británicos en 1920 se encontraron con la sorpresa de que los iraquíes querían una independencia real y no deseaban un ejército de ocupación. En el verano de ese año estalló una revuelta en Iraq que los británicos tardaron tres meses en aplastar.
A comienzos de 1921 resultaba evidente que Oriente Medio se estaba calentando, aunque comparando la situación con la actual pueda parecernos que aquello era Suiza. En Palestina ya habían aparecido los primeros síntomas de malestar entre una población árabe que comenzaba a despertar al nacionalismo y unos inmigrantes judíos prestos a crear allí su hogar nacional. Ibn Saud había emprendido la unificación de la península arábiga por la fuerza. El hashemita Feisal, expulsado por los franceses de Damasco, andaba a la busca de alguna corona que ponerse en la cabeza. Su hermano Abdullah estaba en Amman conspirando para atacar a los franceses en Siria. Para colmo, el Tesoro británico estaba intentando recortar gastos y la opinión pública inglesa aún estaba conmocionada por la brutalidad con la que se había aplastado la revuelta iraquí. Fue en este contexto que el entonces Secretario para las Colonias, Winston Churchill, convocó la Conferencia de El Cairo.
Cuando se reunió la Conferencia, con respecto a Iraq, sólo había un punto de consenso claro: la fórmula a la que se llegase no debería ser onerosa para el erario británico. Los más informados incluso podían encontrar un segundo punto de consenso: que el Reino Unido conservase algún tipo de control sobre la región de Mosul, que parecía albergar importantes reservas petrolíferas. Fuera de eso, todas las opciones estaban abiertas.
Podría decirse que Iraq fue creado porque a nadie se le ocurrió una idea mejor. Aunque qué podía esperarse de una conferencia a cuya alma mater, Winston Churchill, le disgustaban tanto los árabes, sobre cuyos territorios estaba a punto de decidir, que no permitía que pisasen ni tan siquiera los jardines del hotel en el que se alojaba.
Muy pronto se decidió que Iraq sería una monarquía. Las mayores discusiones surgieron en torno a la figura del rey. Churchill quería recortar la presencia militar británica en el país lo antes posible para ahorrar dinero y deseaba un rey que le garantizase un Iraq probritánico y estable. El hashemita Feisal fue el elegido y las razones de su elección Churchill las expuso sucintamente en el telegrama que envió al Primer Ministro Lloyd George: «… ofrece las expectativas de ser la solución mejor y más barata». El problema fue presentar a ese rey sacado de una tienda de todo a 100 como un monarca legítimo y aceptado por su pueblo, pueblo al que no le ligaba ningún vínculo cinco minutos antes. Prometo un futuro post sobre el bueno de Feisal.
Un detalle interesante es que durante mucho tiempo Churchill se planteó la conveniencia de establecer un estado kurdo. Por un lado desconfiaba de que un gobernante árabe fuese a tratar con justicia a los kurdos. Por otro, le atraía la idea de que hubiese un estado tapón entre el nuevo estado iraquí y la agresiva Turquía de Kemal Attatürk. Sin embargo, por una vez, Churchill que sabía ser tan obstinado en imponer sus ideas contra viento y marea, acató la propuesta del comité correspondiente de que Mosul formase parte de Iraq.
Al final, la fórmula que salió de la Conferencia de El Cairo fue la de que Iraq sería un país unificado y teóricamente soberano regido por un gobernante adicto. Esto parecía garantizar al Reino Unido un cierto control sobre el territorio a bajo costo. Curiosamente es la misma fórmula a la que EEUU recurrió en 2005: no cuestionar la unidad del país y asegurarse la elección de un Gobierno adicto, que garantice la seguridad interior lo suficiente como para que no haga falta una presencia militar norteamericana sustancial.
La fórmula inventada por los británicos podía funcionar siempre y cuando se dieran dos premisas:
1) Un bajo nivel de conciencia nacional por parte de las comunidades que integran Iraq.
2) La percepción de que el Imperio británico era fuerte y no vacilaría a la hora de asegurarse que Iraq no saliese de su regazo.
Estas dos premisas empezaron a vacilar durante la II Guerra Mundial. Pero eso ya es otra historia.
jueves, junio 14, 2007
Escoged a una mujer
El grupo socialista en el Congreso ha propuesto que en ese ámbito monetario en el que aún tenemos la soberanía de poner lo que nos plazca, es decir las monedas, aparezca la figura de alguna mujer. Es una propuesta lógica y loable, aunque también es cierto que la aparición de la mujer en los estampillados y acuñaciones no es completamente nueva. Por ejemplo, el primer sello de correos que existió en España lleva, si no me equivoco, el retrato de una mujer (Isabel II). Y desde el primer billete de mil pelas que logré ahorrar yo (con el que me compré un reloj en la calle del Pez, no se me olvidará nunca) me miraban, entre atónitos y aburridos, Fernando e Isabel, que tanto monta, monta tanto. Y no hay que olvidar aquel billete de quinientas pelas, creo, con el retrato de Rosalía de Castro (o, como la llamaba mi padre, a chorona).
Pero el tema ha generado inmediatamente la polémica que hoy quiero traer aquí, que es qué mujer española merece pasar a las monedas de euro o de dos euros o, dicho de otra manera, quién es la mujer más importante para la Historia de España.
Los socialistas han propuesto a Clara Campoamor, lo cual es una prueba de generosidad porque, muy al contrario de lo que se anda diciendo hoy por ahí en algún que otro foro de internet, Clara no era socialista, sino radical; era, pues, miembro del partido de Alejandro Lerroux, que se deshizo durante la república como un azucarillo; tras de lo cual ella intentó ingresar en la formación presidida por Azaña (Izquierda Republicana), pero no en el PSOE.
Clara Campoamor asomó la cabeza por la ventana de la Historia durante los debates parlamentarios, producidos en 1933, sobre si convenía en las elecciones de noviembre del 33 extender el derecho al voto a las mujeres. Y hay que decir que en aquellos debates hubo una oposición cerril... por parte de las izquierdas. Los partidos así llamados progresistas no son distintos del resto del mundo: son lo que son básicamente cuando les conviene. La izquierda española pensaba que, en la España de 1933, las mujeres eran como setenta veces más conservadoras que los hombres, así pues permitirles votar era ponerle la cosa más fácil a las derechas. Y es un hecho que las derechas ganaron aquellas elecciones. Aunque tampoco está claro que fuera por eso. El mito de la mujer conservadora tiene también mucho de mito. Sin ir más lejos, tengo yo por mí que las 500 mujeres, 500, que durante la huelga general revolucionaria de 1917 se tiraron a las vías del tren para impedir su avance, no eran muy de derechas, no.
No obstante todo lo dicho, es lo cierto que, si el CIS hiciese hoy una encuesta, no creo que más allá del 3% de los españoles, y porcentaje similar de españolas, declarase saber quién era Clara Campoamor. ¿Injusto? Desde luego. Las mujeres tienen mucho que agradecerle a esta gallarda parlamentaria que se defendió, ahí está para demostrarlo el Diario de Sesiones (ahí, quiero decir, en la biblioteca del Congreso; ya sabemos lo que entiende el Sr. Marín por transparencia), como gato (perdón, gata) panza arriba, que cantaban los de Palacagüina. No obstante, no parece que el recuerdo le haya hecho muchos favores.
En toda esta historia hay otro elemento que es, además, asexuado, que es la selección en sí del personaje. Si nos olvidamos de las tías, todavía tenemos bastantes cosas que discutir porque, la verdad, no siempre las monedas han acertado. Los billetes de cien pesetas se adornaron con el rostro de Gustavo Adolfo Bécquer y yo, la verdad, no acabo de entender tamaño homenaje al poeta si todavía seguían en la lista de espera, a menos que me equivoque, personajes como Quevedo o Góngora. También había un billete con el retrato de un pintor, no recuerdo si Zuloaga u otro, y que yo sepa Goya o Velázquez no han tenido billete (aunque no estoy muy seguro). En todo caso, para un anverso de billete se usó a la mujer morena que pinto Julio Romero de Torres; cuadro que está muy bien, pero se me ocurren, sólo del catálogo del museo del Prado, como veinte que lo merecen antes.
Respecto de los músicos, en su día se eligió a Manuel de Falla. Y digo yo: ¿cómo se puede honrar a Falla estando el Fary?
Todo ello teniendo en cuenta que la política de homenajes en billetes y monedas ha tendido, históricamente, a preterir profesiones como: médicos, ingenieros, jueces, astrónomos, marinos, editores, bla, bla, bla. O blogueros, ya puestos.
En fin. ¿Mujeres relevantes para la Historia de España? A ver cuántas nos salen. Por poner unas reglas, diré que se pueden dar 10, 9 y 8 puntos a tres de ellas, aunque se pueden citar muchas más, a ver si logramos hacer una buena lista de féminas relevantes.
Empezando un poco a mocosuena:
Agustina de Aragón
María Pita
Teresa de Ávila
Fernán Caballero
Mariana Pineda
Emilia Pardo Bazán
La Princesa de Éboli
Catalina de Erauso (La Monja Alférez)
Lilí Álvarez
Zahara (la novia de Abderramán)
Marie Anne de la Trémoille
Dolores Ibárruri
Clara Campoamor
Margarita Nelken
Victoria Kent
De éstas, yo me quedaría con Mariana Pineda (10 puntos), María Pita (cómo no, 9 puntos) y la Pardo Bazán (8 puntos).
¿Que barro para casa? ¡El blog es mío, no te jode!
Pero el tema ha generado inmediatamente la polémica que hoy quiero traer aquí, que es qué mujer española merece pasar a las monedas de euro o de dos euros o, dicho de otra manera, quién es la mujer más importante para la Historia de España.
Los socialistas han propuesto a Clara Campoamor, lo cual es una prueba de generosidad porque, muy al contrario de lo que se anda diciendo hoy por ahí en algún que otro foro de internet, Clara no era socialista, sino radical; era, pues, miembro del partido de Alejandro Lerroux, que se deshizo durante la república como un azucarillo; tras de lo cual ella intentó ingresar en la formación presidida por Azaña (Izquierda Republicana), pero no en el PSOE.
Clara Campoamor asomó la cabeza por la ventana de la Historia durante los debates parlamentarios, producidos en 1933, sobre si convenía en las elecciones de noviembre del 33 extender el derecho al voto a las mujeres. Y hay que decir que en aquellos debates hubo una oposición cerril... por parte de las izquierdas. Los partidos así llamados progresistas no son distintos del resto del mundo: son lo que son básicamente cuando les conviene. La izquierda española pensaba que, en la España de 1933, las mujeres eran como setenta veces más conservadoras que los hombres, así pues permitirles votar era ponerle la cosa más fácil a las derechas. Y es un hecho que las derechas ganaron aquellas elecciones. Aunque tampoco está claro que fuera por eso. El mito de la mujer conservadora tiene también mucho de mito. Sin ir más lejos, tengo yo por mí que las 500 mujeres, 500, que durante la huelga general revolucionaria de 1917 se tiraron a las vías del tren para impedir su avance, no eran muy de derechas, no.
No obstante todo lo dicho, es lo cierto que, si el CIS hiciese hoy una encuesta, no creo que más allá del 3% de los españoles, y porcentaje similar de españolas, declarase saber quién era Clara Campoamor. ¿Injusto? Desde luego. Las mujeres tienen mucho que agradecerle a esta gallarda parlamentaria que se defendió, ahí está para demostrarlo el Diario de Sesiones (ahí, quiero decir, en la biblioteca del Congreso; ya sabemos lo que entiende el Sr. Marín por transparencia), como gato (perdón, gata) panza arriba, que cantaban los de Palacagüina. No obstante, no parece que el recuerdo le haya hecho muchos favores.
En toda esta historia hay otro elemento que es, además, asexuado, que es la selección en sí del personaje. Si nos olvidamos de las tías, todavía tenemos bastantes cosas que discutir porque, la verdad, no siempre las monedas han acertado. Los billetes de cien pesetas se adornaron con el rostro de Gustavo Adolfo Bécquer y yo, la verdad, no acabo de entender tamaño homenaje al poeta si todavía seguían en la lista de espera, a menos que me equivoque, personajes como Quevedo o Góngora. También había un billete con el retrato de un pintor, no recuerdo si Zuloaga u otro, y que yo sepa Goya o Velázquez no han tenido billete (aunque no estoy muy seguro). En todo caso, para un anverso de billete se usó a la mujer morena que pinto Julio Romero de Torres; cuadro que está muy bien, pero se me ocurren, sólo del catálogo del museo del Prado, como veinte que lo merecen antes.
Respecto de los músicos, en su día se eligió a Manuel de Falla. Y digo yo: ¿cómo se puede honrar a Falla estando el Fary?
Todo ello teniendo en cuenta que la política de homenajes en billetes y monedas ha tendido, históricamente, a preterir profesiones como: médicos, ingenieros, jueces, astrónomos, marinos, editores, bla, bla, bla. O blogueros, ya puestos.
En fin. ¿Mujeres relevantes para la Historia de España? A ver cuántas nos salen. Por poner unas reglas, diré que se pueden dar 10, 9 y 8 puntos a tres de ellas, aunque se pueden citar muchas más, a ver si logramos hacer una buena lista de féminas relevantes.
Empezando un poco a mocosuena:
Agustina de Aragón
María Pita
Teresa de Ávila
Fernán Caballero
Mariana Pineda
Emilia Pardo Bazán
La Princesa de Éboli
Catalina de Erauso (La Monja Alférez)
Lilí Álvarez
Zahara (la novia de Abderramán)
Marie Anne de la Trémoille
Dolores Ibárruri
Clara Campoamor
Margarita Nelken
Victoria Kent
De éstas, yo me quedaría con Mariana Pineda (10 puntos), María Pita (cómo no, 9 puntos) y la Pardo Bazán (8 puntos).
¿Que barro para casa? ¡El blog es mío, no te jode!
martes, junio 12, 2007
Nos hemos vuelto locos
Ya sabeis, porque yo os lo he contado, que este blog viene registrando, en días de diario, un nivel de visitas entre poco menos de 250 y 300. El 60% o 70% de ellas de usuarios nuevos, con un 30% (esto es, unas 80 personas) de usuarios repetidos y bastante fieles.
Pero esto fue hasta que el elefante Tiburcio decidió teorizar sobre si Hitler podría o no haber ganado la guerra mundial. Esto ocurrió ayer, que fue cuando coloqué el post. Y... ¿sabéis cuántas visitas dice Google Analytics que llevamos hoy?
Ahora mismo, 2.827.
La razón es que el post de Tibur ha sido «meneado» repetidamente a lo largo del día de hoy. Juro por Santa María Egipciaca que hasta hace unas horas no tenía yo ni idea de lo que es eso del meneo (de hecho, ha sido un comentario sobre el asunto lo que me ha llevado a averiguarlo). Pero ahora me he enterado; cuando te menean 2.400 veces, vaya si te enteras.
Va por ti, Tiburcio. Eres un hacha. Si no fueras un elefante, si no tuvieras tan mala leche, si no te oliese tanto el aliento a gramínea, si no dieses esos pisotones, si no fueses tan obstinado al atacar al pobre Von Ribentropp y sobre todo, si supieses cocinar, me casaría contigo.
JdJ
Pero esto fue hasta que el elefante Tiburcio decidió teorizar sobre si Hitler podría o no haber ganado la guerra mundial. Esto ocurrió ayer, que fue cuando coloqué el post. Y... ¿sabéis cuántas visitas dice Google Analytics que llevamos hoy?
Ahora mismo, 2.827.
La razón es que el post de Tibur ha sido «meneado» repetidamente a lo largo del día de hoy. Juro por Santa María Egipciaca que hasta hace unas horas no tenía yo ni idea de lo que es eso del meneo (de hecho, ha sido un comentario sobre el asunto lo que me ha llevado a averiguarlo). Pero ahora me he enterado; cuando te menean 2.400 veces, vaya si te enteras.
Va por ti, Tiburcio. Eres un hacha. Si no fueras un elefante, si no tuvieras tan mala leche, si no te oliese tanto el aliento a gramínea, si no dieses esos pisotones, si no fueses tan obstinado al atacar al pobre Von Ribentropp y sobre todo, si supieses cocinar, me casaría contigo.
JdJ
lunes, junio 11, 2007
¿Pudo Alemania ganar la segunda guerra mundial?
Bueno. Paciencia, que es la madre de la ciencia. Mi cocina comienza a parecer una cocina, así pues albergo esperanzas ciertas de regresar, algún día, a mis cuarteles de invierno, desde donde podré retomar un ritmo razonable de alimentación del blog.
Mientras tanto, me veo obligado a vivir de Tiburcio. Nuestro particular elefante sabio nos deleita hoy con un ensayito más que aseado que tengo yo por de lectura necesaria, sobre todo para aquellas personas, legión, que tienen una especie de visión fatalista de la Historia: al final, las cosas que ocurren, ocurren porque tienen que ocurrir.
En el texto que sigue subyace la idea de que Alemania ganó la que llamamos segunda guerra mundial como también pudo perderla. ¿Que es al revés? Pues eso...
Le dejo la palabra (aunque no he podido evitar introducir un par de llamadas en el texto, con comentarios míos que van al final).
¿Pudo Alemania ganar la segunda guerra mundial? By Tiburcio Samsa. Notas de JdJ.
En el verano de 1940, con Francia derrotada, Hitler intentó hacer la paz con Inglaterra. Hitler admiraba a Inglaterra y odiaba tanto a Francia como a la URSS. Pensaba que era factible un acuerdo entre los dos países en el que Inglaterra dejase a Alemania las manos libres en Europa Central y Oriental, mientras que Alemania no se inmiscuiría en las colonias. Si Eduardo VIII, ese Rey que cambió la corona por una estricta gobernanta, hubiese estado en el Trono en esos momentos y el Primer Ministro no se hubiese llamado Winston Churchill, tal vez Inglaterra habría acabado aceptando la proposición alemana. Tras la guerra pocos quisieron recordar que en 1940 había bastantes en el establishment británico que querían una paz con Hitler y que temían más al comunismo que al nazismo.
Una vez que se vio que Inglaterra no se avenía a razones, Alemania tenía dos vías para doblegarla, la directa y la indirecta. La directa consistía en la invasión, la famosa operación León Marino. Pienso que los alemanes nunca se tomaron esa operación demasiado en serio. No sólo había que desembarcar tropas en Inglaterra, sino que después había que mantenerlas abastecidas. Cuando Göring sugirió que la Luftwaffe podía hacerse cargo del problema inglés, supongo que muchos vieron el cielo abierto. No habría que enfrentarse a la Navy.
La Batalla de Inglaterra fue un despropósito desde el inicio. La autonomía de los aviones alemanes era insuficiente: el combustible apenas sí les daba para sobrevolar Inglaterra durante menos de una hora, largar las bombas y retirarse. Además debían de combatir contra dos enemigos temibles: el rádar y los cazas Spitfire. La campaña alemana se centró inicialmente sobre los aeródromos ingleses y las industrias y empezó a volverse preocupante para los ingleses. Sin embargo, los alemanes cayeron en la tentación de Londres y en el ensueño de que desmoralizando a la población civil mediante el terror aéreo podrían sacar a Inglaterra de la guerra.
Cuando la Batalla de Inglaterra tuvo que darse por terminada en el otoño de 1940, Alemania hubiera podido intentar la estrategia mediterránea, que el almirante Räder y algunos en la Armada preconizaban y que habría entusiasmado a los italianos: conquista de Gibraltar para cerrar el Mediterráneo; conquista de Malta y ofensiva contra el Canal de Suez, que eventualmente habría podido llegar hasta el pro-germano Iraq y sus campos petrolíferos. Esta estrategia seguramente habría forzado la entrada en la guerra de EEUU, pero habrían tenido que enfrentarse a una Alemania que sólo estaba luchando en un frente y que estaba en posesión de más petróleo del que podía utilizar.
Los estrategas alemanes nunca se tomaron en serio esta estrategia mediterránea. Desde finales de 1940, Hitler había decidido que el siguiente golpe sería contra la URSS. Las justificaciones que se dieron en su momento fueron: privar a Inglaterra de toda esperanza de prolongar la guerra buscando una alianza con la URSS y hacerse con las inmensas reservas soviéticas de materias primas con vistas a una guerra que amenazaba con prolongarse.
Ambas justificaciones resultan ridículas. Por un lado, la URSS ya tenía un pacto de no agresión con Alemania y aunque Stalin no fuese de fiar y fuese pescador en río revuelto, no hay indicios de que se propusiese romper el pacto. En los archivos soviéticos aparecieron, tras la perestroika, planes militares que preveían un ataque preventivo contra Alemania en Polonia. Sin embargo, parece probable que esos planes no fuesen más que los típicos planes de contingencia que todos los ejércitos preparan.
En cuanto a la cuestión de las materias primas, Alemania entró en guerra con una sorprendente falta de preparación económica. Aparentemente el mando nazi pensaba que si estallaba un conflicto en Europa, ocurriría hacia 1942 ó 43, no en 1939 (1). No se les puede culpar por ese error de cálculo: si las democracias occidentales habían permitido que se merendasen a la República Checoslovaca, ¿por qué pensar que la invasión de la dictadura militar polaca iba a desencadenar un conflicto europeo? En todo caso, la URSS ya estaba suministrando materias primas a Alemania.
La verdadera justificación de la invasión de la URSS era ideológica. Desde siempre Hitler había menospreciado a los pueblos eslavos y había visto en el Este el área natural de expansión para la raza alemana. Hitler tenía flexibilidad táctica, pero no estratégica. Era un buitre, que sabía captar en cada momento cuál era el animal que estaba a punto de sucumbir. Pero carecía de flexibilidad estratégica. Llevaba tantos años soñando con la expansión hacia el Este, que era incapaz de ver que, con Inglaterra invicta, resultaba lo peor que podía hacer.
Vender la idea de la invasión de la URSS al Ejército alemán no fue difícil por dos factores. El primero fue el pobre desempeño soviético en la guerra ruso-finesa de 1939-40. Si los rusos sólo habían logrado la victoria frente a un enemigo menor a base de pura superioridad numérica y muchas bajas, ¿qué podía esperarse de un enfrentamiento con Alemania? El segundo fue una deficiente inteligencia. Los servicios de inteligencia alemanes, que dejaron mucho que desear durante toda la guerra, aquí se lucieron. Estimaron la fuerza militar soviética muy por debajo de la realidad. Así en septiembre de 1941 los militares alemanes descubrieron que ya llevaban aniquiladas tantas divisiones soviéticas como sus agentes les habían dicho que existían y, sin embargo, seguían llegando tropas al frente.
La Operación Barbarroja fue un todo o nada. O Alemania noqueaba a la URSS antes del invierno o se vería en problemas. Creo que Alemania tuvo posibilidades reales de haber derrotado a la URSS, pero hubo tres factores que lo impidieron, dos causados por los propios alemanes y otro, un imponderable. Primero, el imponderable: el tiempo. Las lluvias otoñales empezaron en 1941 demasiado temprano y el invierno que las siguió fue de los más severos del siglo. Los otros dos factores fueron las deficiencias logísticas y la brutalidad.
Las victorias alemanas al comienzo de la II Guerra Mundial, la calidad de su armamento y su superioridad táctica hace que nos olvidemos generalmente de una cosa: logísticamente eran unos cenutrios y es en las cocinas donde se pierden y se ganan las guerras. Increíblemente, parece que los planificadores alemanes no habían pensado que en Rusia nieva y que el invierno podía pillarles a sus muchachos en trincheras en torno a Moscú con temperaturas de 20 grados bajo cero (2). Tampoco habían pensado que las carreteras rusas podían no estar asfaltadas y que los ferrocarriles rusos podían dejar mucho que desear. Eso fue lo que ocurrió y más de un soldado alemán pagó en forma de dedos la imprevisión de sus superiores.
Si el tema logístico es de idiotas, lo de la brutalidad ya es de nota. No se puede decir que el régimen estalinista despertase entusiasmos entre muchos sectores de la población. Muchos ucranianos y bálticos, e incluso rusos, hubieran podido simpatizar con cualquiera que les librase de Stalin. Con cualquiera menos con los nazis. Los nazis entraron avasallando, por utilizar un eufemismo. Desde los primeros días lanzaron campañas de exterminio de comunistas y judíos y no hicieron ningún secreto de que su intención era hacer de Rusia una colonia alemana, en la que los rusos que sobrevivieran serían los criados y los campesinos; no los mayordomos, porque para eso ya tenían a los rumanos. No es de extrañar que los rusos se galvanizaran. Stalin sería un hijoputa, pero al menos era su hijoputa.
Con el fracaso de la ofensiva final contra Moscú y la entrada en guerra de los Estados Unidos, la suerte de la II Guerra Mundial estaba echada y ya sólo era cuestión de tiempo ver cuánto tardaría Alemania en rendirse.
(1) Este hecho, es decir que la lógica indicase que la guerra no debía comenzar hasta 1942 aproximadamente, es lo que ha provocado que, en no pocos libros, los historiadores coqueteen con la idea de que Hitler estuviese gravemente enfermo. En el búnquer berlinés, al final de sus días, tenía evidentes síntomas de enfermedad, probablemente mal de Parkinson. Estas teorías señalan que Hitler lo sabría a finales de los añós treinta, y por eso adelantó las hostilidades. Personalmente, creo más en la teoría de Tiburcio: simplemente, no calculó bien las consecuencias de la invasión de Polonia.
(2) La logística era el principal punto débil de la estrategia alemana, lo cual es lógico porque se da un poco de leches con la famosa Blitzkrieg o guerra relámpago. Una parte nada desdeñable de las tropas alemanas atrapadas en la bolsa de Stalingrado no había recibido nada más que ropas de verano.
Mientras tanto, me veo obligado a vivir de Tiburcio. Nuestro particular elefante sabio nos deleita hoy con un ensayito más que aseado que tengo yo por de lectura necesaria, sobre todo para aquellas personas, legión, que tienen una especie de visión fatalista de la Historia: al final, las cosas que ocurren, ocurren porque tienen que ocurrir.
En el texto que sigue subyace la idea de que Alemania ganó la que llamamos segunda guerra mundial como también pudo perderla. ¿Que es al revés? Pues eso...
Le dejo la palabra (aunque no he podido evitar introducir un par de llamadas en el texto, con comentarios míos que van al final).
¿Pudo Alemania ganar la segunda guerra mundial? By Tiburcio Samsa. Notas de JdJ.
En el verano de 1940, con Francia derrotada, Hitler intentó hacer la paz con Inglaterra. Hitler admiraba a Inglaterra y odiaba tanto a Francia como a la URSS. Pensaba que era factible un acuerdo entre los dos países en el que Inglaterra dejase a Alemania las manos libres en Europa Central y Oriental, mientras que Alemania no se inmiscuiría en las colonias. Si Eduardo VIII, ese Rey que cambió la corona por una estricta gobernanta, hubiese estado en el Trono en esos momentos y el Primer Ministro no se hubiese llamado Winston Churchill, tal vez Inglaterra habría acabado aceptando la proposición alemana. Tras la guerra pocos quisieron recordar que en 1940 había bastantes en el establishment británico que querían una paz con Hitler y que temían más al comunismo que al nazismo.
Una vez que se vio que Inglaterra no se avenía a razones, Alemania tenía dos vías para doblegarla, la directa y la indirecta. La directa consistía en la invasión, la famosa operación León Marino. Pienso que los alemanes nunca se tomaron esa operación demasiado en serio. No sólo había que desembarcar tropas en Inglaterra, sino que después había que mantenerlas abastecidas. Cuando Göring sugirió que la Luftwaffe podía hacerse cargo del problema inglés, supongo que muchos vieron el cielo abierto. No habría que enfrentarse a la Navy.
La Batalla de Inglaterra fue un despropósito desde el inicio. La autonomía de los aviones alemanes era insuficiente: el combustible apenas sí les daba para sobrevolar Inglaterra durante menos de una hora, largar las bombas y retirarse. Además debían de combatir contra dos enemigos temibles: el rádar y los cazas Spitfire. La campaña alemana se centró inicialmente sobre los aeródromos ingleses y las industrias y empezó a volverse preocupante para los ingleses. Sin embargo, los alemanes cayeron en la tentación de Londres y en el ensueño de que desmoralizando a la población civil mediante el terror aéreo podrían sacar a Inglaterra de la guerra.
Cuando la Batalla de Inglaterra tuvo que darse por terminada en el otoño de 1940, Alemania hubiera podido intentar la estrategia mediterránea, que el almirante Räder y algunos en la Armada preconizaban y que habría entusiasmado a los italianos: conquista de Gibraltar para cerrar el Mediterráneo; conquista de Malta y ofensiva contra el Canal de Suez, que eventualmente habría podido llegar hasta el pro-germano Iraq y sus campos petrolíferos. Esta estrategia seguramente habría forzado la entrada en la guerra de EEUU, pero habrían tenido que enfrentarse a una Alemania que sólo estaba luchando en un frente y que estaba en posesión de más petróleo del que podía utilizar.
Los estrategas alemanes nunca se tomaron en serio esta estrategia mediterránea. Desde finales de 1940, Hitler había decidido que el siguiente golpe sería contra la URSS. Las justificaciones que se dieron en su momento fueron: privar a Inglaterra de toda esperanza de prolongar la guerra buscando una alianza con la URSS y hacerse con las inmensas reservas soviéticas de materias primas con vistas a una guerra que amenazaba con prolongarse.
Ambas justificaciones resultan ridículas. Por un lado, la URSS ya tenía un pacto de no agresión con Alemania y aunque Stalin no fuese de fiar y fuese pescador en río revuelto, no hay indicios de que se propusiese romper el pacto. En los archivos soviéticos aparecieron, tras la perestroika, planes militares que preveían un ataque preventivo contra Alemania en Polonia. Sin embargo, parece probable que esos planes no fuesen más que los típicos planes de contingencia que todos los ejércitos preparan.
En cuanto a la cuestión de las materias primas, Alemania entró en guerra con una sorprendente falta de preparación económica. Aparentemente el mando nazi pensaba que si estallaba un conflicto en Europa, ocurriría hacia 1942 ó 43, no en 1939 (1). No se les puede culpar por ese error de cálculo: si las democracias occidentales habían permitido que se merendasen a la República Checoslovaca, ¿por qué pensar que la invasión de la dictadura militar polaca iba a desencadenar un conflicto europeo? En todo caso, la URSS ya estaba suministrando materias primas a Alemania.
La verdadera justificación de la invasión de la URSS era ideológica. Desde siempre Hitler había menospreciado a los pueblos eslavos y había visto en el Este el área natural de expansión para la raza alemana. Hitler tenía flexibilidad táctica, pero no estratégica. Era un buitre, que sabía captar en cada momento cuál era el animal que estaba a punto de sucumbir. Pero carecía de flexibilidad estratégica. Llevaba tantos años soñando con la expansión hacia el Este, que era incapaz de ver que, con Inglaterra invicta, resultaba lo peor que podía hacer.
Vender la idea de la invasión de la URSS al Ejército alemán no fue difícil por dos factores. El primero fue el pobre desempeño soviético en la guerra ruso-finesa de 1939-40. Si los rusos sólo habían logrado la victoria frente a un enemigo menor a base de pura superioridad numérica y muchas bajas, ¿qué podía esperarse de un enfrentamiento con Alemania? El segundo fue una deficiente inteligencia. Los servicios de inteligencia alemanes, que dejaron mucho que desear durante toda la guerra, aquí se lucieron. Estimaron la fuerza militar soviética muy por debajo de la realidad. Así en septiembre de 1941 los militares alemanes descubrieron que ya llevaban aniquiladas tantas divisiones soviéticas como sus agentes les habían dicho que existían y, sin embargo, seguían llegando tropas al frente.
La Operación Barbarroja fue un todo o nada. O Alemania noqueaba a la URSS antes del invierno o se vería en problemas. Creo que Alemania tuvo posibilidades reales de haber derrotado a la URSS, pero hubo tres factores que lo impidieron, dos causados por los propios alemanes y otro, un imponderable. Primero, el imponderable: el tiempo. Las lluvias otoñales empezaron en 1941 demasiado temprano y el invierno que las siguió fue de los más severos del siglo. Los otros dos factores fueron las deficiencias logísticas y la brutalidad.
Las victorias alemanas al comienzo de la II Guerra Mundial, la calidad de su armamento y su superioridad táctica hace que nos olvidemos generalmente de una cosa: logísticamente eran unos cenutrios y es en las cocinas donde se pierden y se ganan las guerras. Increíblemente, parece que los planificadores alemanes no habían pensado que en Rusia nieva y que el invierno podía pillarles a sus muchachos en trincheras en torno a Moscú con temperaturas de 20 grados bajo cero (2). Tampoco habían pensado que las carreteras rusas podían no estar asfaltadas y que los ferrocarriles rusos podían dejar mucho que desear. Eso fue lo que ocurrió y más de un soldado alemán pagó en forma de dedos la imprevisión de sus superiores.
Si el tema logístico es de idiotas, lo de la brutalidad ya es de nota. No se puede decir que el régimen estalinista despertase entusiasmos entre muchos sectores de la población. Muchos ucranianos y bálticos, e incluso rusos, hubieran podido simpatizar con cualquiera que les librase de Stalin. Con cualquiera menos con los nazis. Los nazis entraron avasallando, por utilizar un eufemismo. Desde los primeros días lanzaron campañas de exterminio de comunistas y judíos y no hicieron ningún secreto de que su intención era hacer de Rusia una colonia alemana, en la que los rusos que sobrevivieran serían los criados y los campesinos; no los mayordomos, porque para eso ya tenían a los rumanos. No es de extrañar que los rusos se galvanizaran. Stalin sería un hijoputa, pero al menos era su hijoputa.
Con el fracaso de la ofensiva final contra Moscú y la entrada en guerra de los Estados Unidos, la suerte de la II Guerra Mundial estaba echada y ya sólo era cuestión de tiempo ver cuánto tardaría Alemania en rendirse.
(1) Este hecho, es decir que la lógica indicase que la guerra no debía comenzar hasta 1942 aproximadamente, es lo que ha provocado que, en no pocos libros, los historiadores coqueteen con la idea de que Hitler estuviese gravemente enfermo. En el búnquer berlinés, al final de sus días, tenía evidentes síntomas de enfermedad, probablemente mal de Parkinson. Estas teorías señalan que Hitler lo sabría a finales de los añós treinta, y por eso adelantó las hostilidades. Personalmente, creo más en la teoría de Tiburcio: simplemente, no calculó bien las consecuencias de la invasión de Polonia.
(2) La logística era el principal punto débil de la estrategia alemana, lo cual es lógico porque se da un poco de leches con la famosa Blitzkrieg o guerra relámpago. Una parte nada desdeñable de las tropas alemanas atrapadas en la bolsa de Stalingrado no había recibido nada más que ropas de verano.
jueves, junio 07, 2007
Fuentes
Los noticiarios informan hoy de la muerte del profesor Fuentes Quintana.
Cuando el tiempo pasa, apenas queda espacio en las mentes para recordar a los primeros espadas. Así pues, ahora que han pasado ya 30 años desde 1977, un año crucial para la democracia española, quizá, los que recuerden algo, recuerden la figura de Adolfo Suárez, que era el presidente del Gobierno. Y se nos quedará en el tintero, entre otros, el nombre de Enrique Fuentes Quintana.
El recuerdo personal que tengo de Fuentes Quintana es como de hace veintipico de años. Aquel verano fui alumno de un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Cualquiera que haya estado sabe de lo que hablo; una universidad de verano es un foro cultural, pero con sus muchos relajos por razón del lugar y sobre todo la época. Alguien, por cierto, un amigo mío muy metido en política, me presentó en la cafetería del palacio, aquel año, a un joven político de Alianza Popular, un tipo con futuro me aseguró mi amigo, que me dio la mano perfectamente trajeado y con un minúsculo maletín en la otra mano; se llamaba, y se llama, José María Aznar.
A lo que voy. Yo estaba en un curso en el que se producían las conferencias una detrás de otra; los alumnos tomábamos notas, a veces; otras no. Entonces se corrió la voz por todo el palacio de que había un curso de verano... ¡con exámenes! Un curso cuyo profesor encargaba a los alumnos lecturas tras las clases sobre las que hacía preguntas al día siguiente.
Era un curso sobre fiscalidad y su director era Enrique Fuentes Quintana.
El nombre del profesor quedará para los libros de Historia y para las monografías económicas. Y, sin embargo, los españoles le debemos mucho más que ese reconocimiento. Le debemos, a él y a sus compañeros de viaje, incluidos los representantes sindicales y empresariales, una buena parte de nuestra democracia; pues la Historia demuestra, son muchos los ejemplos, que la mejor forma de alejar a un pueblo de la creencia en la libertad y en la democracia es empobrecerlo.
Francisco Franco, caudillo de España, cometió muchos errores. El penúltimo de ellos fue pensar que España, por no se sabe qué unidad de destino en lo universal, podía dar la espalda a lo que estaba pasando en la economía mundial. Un puñado de meses antes de que muriese el dictador, en Oriente Medio ocurrió la guerra del Yon Kippur, que ocasionó la violenta reacción del mundo árabe, el cual decidió castigar a Occidente poniéndole el petróleo a un precio mucho más elevado. Es la llamada crisis del petróleo (o primera crisis del petróleo; hubo otra en los años ochenta, causada por la guerra entre Irán e Irak). Esta crisis fue muy profunda y grave pero, aún así, los ministros económicos de Franco escuchaban, un consejo de ministros detrás de otro, la misma cantinela en respuesta a sus propuestas de política económica: «Lo que usted quiera, pero que no suba la gasolina».
Franco vino a morir, más o menos, en el momento en que esta situación ya no se sostenía, motivo por el cual la economía española, además de entrar en democracia, se sumió en una situación de alta inflación de dos dígitos, más o menos el doble de la europea, e incremento exponencial del desempleo. Para colmo, aquel año 77 se produjo ese enero sangriento que filmó Juan Antonio Bardem, dentro del cual se inscriben los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. En una situación de muy fuertes enfrentamientos políticos, en año 1977 fue el elegido por los falangistas decididos a la transición democrática (o sea, Suárez, Martín Villa et altera) para comenzar la verdadera normalización democrática del país. Ahora la denostamos; España está llena de gentes que dicen que si la Transición fue incompleta, que si esto, que si lo otro. Y es que de toros, desde la andanada, entiende cualquiera.
Todo ese montaje, todo; todo, incluida la legalización de los partidos políticos, las autonomías, la reforma de las fuerzas de orden público, la normalización militar, todo, repito, estaba en peligro si seguíamos empobreciéndonos, si continuábamos nuestra marcha hacia el colapso económico. Dicho colapso, sin embargo, se impidió, y la herramienta para dicho freno fueron los llamados Pactos de La Moncloa, negociados en el actual domicilio de José Luis Rodríguez Zapatero en el mes de agosto de 1977.
En los Pactos de la Moncloa no ganó absolutamente nadie; salvo todos, claro. Los Pactos de la Moncloa son una cesión por parte de todos, como debe de ser. Cuando un cuerpo está enfermo, muy enfermo, todos los órganos han de colaborar para la curación; no es momento de expresar reivindicaciones egoístas.
Los firmantes de los Pactos, de Santiago Carrillo a Manuel Fraga, observados desde la trastienda por otros negociantes tan importantes como los políticos como eran empresarios y sindicatos, firmaron al pie de un papel que decía muchas cosas. Decía, por ejemplo, que se iniciaría una política monetaria restrictiva para acabar con la inflación, lo cual quería decir restringir el acceso de todos a los recursos monetarios. Decía que las revisiones salariales en la negociación colectiva se harían de acuerdo con inflación prevista y no pasada, lo cual quiere decir que los trabajadores asumirían en sus salarios las desviaciones reales en el crecimiento de precios, que las hubo, y gordísimas, en los años posteriores.
Firmaron la fijación de un cambio más realista de la peseta, a todas luces sobrevaluada en aquellos tiempos lo cual, para un país que importaba buena parte de lo que hacía, fue un sacrificio de la leche; notablemente para las industrias, cuyos bienes de equipo (maquinaria, por ejemplo) eran casi todos importados, y que empezaron a pagar en carísimos dólares.
Firmaron, por último, el inicio de una mayor estabilidad presupuestaria, es decir reducción del gasto público; y el inicio de una flexibilización del mercado laboral, pues aquella España, que laboralmente hablando era la España de Franco o, mejor dicho, de Girón, era una España en la que, como decía José Sazatornil Saza en una película de las de la época, resultaba más fácil divorciarte de tu mujer que de tus obreros (y eso que aún no había divorcio).
En los pactos se sentaron también las bases de la reforma fiscal que culminaría otro político hoy fallecido, Francisco Fernández Ordóñez, Pacordóñez.
Los Pactos de la Moncloa conforman un plan de estabilización a largo plazo de gran acierto que, por lo tanto, debe anotarse en el haber de quienes los firmaron: Adolfo Suárez, Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Felipe González, Joan Raventós, Josep María Triginer, Juan Ajuriaguerra, Leopoldo Calvo Sotelo, Manuel Fraga y Miquel Roca i Junyent. Y no me quiero olvidar de Carlos Ferrer Salat, entonces presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, ni de los líderes sindicales Nicolás Redondo Senior (UGT) y Marcelino Camacho (Comisiones Obreras).
Y es lógico que un pacto de contenido económico fuese preparado por el ministro de Economía de aquel gobierno. O sea, Enrique Fuentes Quintana.
Hoy que, insisto, a tantos les parece que la Transición fue una torpeza, estos hechos aparecen como algo extraño, distinto, ajeno a nosotros. En 1977 se dieron unos niveles de consenso político entre enemigos declarados que, desde luego, no tienen ni comparación con estos tiempos presentes nuestros, todo comprensión y diálogo.
Cuando el tiempo pasa, apenas queda espacio en las mentes para recordar a los primeros espadas. Así pues, ahora que han pasado ya 30 años desde 1977, un año crucial para la democracia española, quizá, los que recuerden algo, recuerden la figura de Adolfo Suárez, que era el presidente del Gobierno. Y se nos quedará en el tintero, entre otros, el nombre de Enrique Fuentes Quintana.
El recuerdo personal que tengo de Fuentes Quintana es como de hace veintipico de años. Aquel verano fui alumno de un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Cualquiera que haya estado sabe de lo que hablo; una universidad de verano es un foro cultural, pero con sus muchos relajos por razón del lugar y sobre todo la época. Alguien, por cierto, un amigo mío muy metido en política, me presentó en la cafetería del palacio, aquel año, a un joven político de Alianza Popular, un tipo con futuro me aseguró mi amigo, que me dio la mano perfectamente trajeado y con un minúsculo maletín en la otra mano; se llamaba, y se llama, José María Aznar.
A lo que voy. Yo estaba en un curso en el que se producían las conferencias una detrás de otra; los alumnos tomábamos notas, a veces; otras no. Entonces se corrió la voz por todo el palacio de que había un curso de verano... ¡con exámenes! Un curso cuyo profesor encargaba a los alumnos lecturas tras las clases sobre las que hacía preguntas al día siguiente.
Era un curso sobre fiscalidad y su director era Enrique Fuentes Quintana.
El nombre del profesor quedará para los libros de Historia y para las monografías económicas. Y, sin embargo, los españoles le debemos mucho más que ese reconocimiento. Le debemos, a él y a sus compañeros de viaje, incluidos los representantes sindicales y empresariales, una buena parte de nuestra democracia; pues la Historia demuestra, son muchos los ejemplos, que la mejor forma de alejar a un pueblo de la creencia en la libertad y en la democracia es empobrecerlo.
Francisco Franco, caudillo de España, cometió muchos errores. El penúltimo de ellos fue pensar que España, por no se sabe qué unidad de destino en lo universal, podía dar la espalda a lo que estaba pasando en la economía mundial. Un puñado de meses antes de que muriese el dictador, en Oriente Medio ocurrió la guerra del Yon Kippur, que ocasionó la violenta reacción del mundo árabe, el cual decidió castigar a Occidente poniéndole el petróleo a un precio mucho más elevado. Es la llamada crisis del petróleo (o primera crisis del petróleo; hubo otra en los años ochenta, causada por la guerra entre Irán e Irak). Esta crisis fue muy profunda y grave pero, aún así, los ministros económicos de Franco escuchaban, un consejo de ministros detrás de otro, la misma cantinela en respuesta a sus propuestas de política económica: «Lo que usted quiera, pero que no suba la gasolina».
Franco vino a morir, más o menos, en el momento en que esta situación ya no se sostenía, motivo por el cual la economía española, además de entrar en democracia, se sumió en una situación de alta inflación de dos dígitos, más o menos el doble de la europea, e incremento exponencial del desempleo. Para colmo, aquel año 77 se produjo ese enero sangriento que filmó Juan Antonio Bardem, dentro del cual se inscriben los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. En una situación de muy fuertes enfrentamientos políticos, en año 1977 fue el elegido por los falangistas decididos a la transición democrática (o sea, Suárez, Martín Villa et altera) para comenzar la verdadera normalización democrática del país. Ahora la denostamos; España está llena de gentes que dicen que si la Transición fue incompleta, que si esto, que si lo otro. Y es que de toros, desde la andanada, entiende cualquiera.
Todo ese montaje, todo; todo, incluida la legalización de los partidos políticos, las autonomías, la reforma de las fuerzas de orden público, la normalización militar, todo, repito, estaba en peligro si seguíamos empobreciéndonos, si continuábamos nuestra marcha hacia el colapso económico. Dicho colapso, sin embargo, se impidió, y la herramienta para dicho freno fueron los llamados Pactos de La Moncloa, negociados en el actual domicilio de José Luis Rodríguez Zapatero en el mes de agosto de 1977.
En los Pactos de la Moncloa no ganó absolutamente nadie; salvo todos, claro. Los Pactos de la Moncloa son una cesión por parte de todos, como debe de ser. Cuando un cuerpo está enfermo, muy enfermo, todos los órganos han de colaborar para la curación; no es momento de expresar reivindicaciones egoístas.
Los firmantes de los Pactos, de Santiago Carrillo a Manuel Fraga, observados desde la trastienda por otros negociantes tan importantes como los políticos como eran empresarios y sindicatos, firmaron al pie de un papel que decía muchas cosas. Decía, por ejemplo, que se iniciaría una política monetaria restrictiva para acabar con la inflación, lo cual quería decir restringir el acceso de todos a los recursos monetarios. Decía que las revisiones salariales en la negociación colectiva se harían de acuerdo con inflación prevista y no pasada, lo cual quiere decir que los trabajadores asumirían en sus salarios las desviaciones reales en el crecimiento de precios, que las hubo, y gordísimas, en los años posteriores.
Firmaron la fijación de un cambio más realista de la peseta, a todas luces sobrevaluada en aquellos tiempos lo cual, para un país que importaba buena parte de lo que hacía, fue un sacrificio de la leche; notablemente para las industrias, cuyos bienes de equipo (maquinaria, por ejemplo) eran casi todos importados, y que empezaron a pagar en carísimos dólares.
Firmaron, por último, el inicio de una mayor estabilidad presupuestaria, es decir reducción del gasto público; y el inicio de una flexibilización del mercado laboral, pues aquella España, que laboralmente hablando era la España de Franco o, mejor dicho, de Girón, era una España en la que, como decía José Sazatornil Saza en una película de las de la época, resultaba más fácil divorciarte de tu mujer que de tus obreros (y eso que aún no había divorcio).
En los pactos se sentaron también las bases de la reforma fiscal que culminaría otro político hoy fallecido, Francisco Fernández Ordóñez, Pacordóñez.
Los Pactos de la Moncloa conforman un plan de estabilización a largo plazo de gran acierto que, por lo tanto, debe anotarse en el haber de quienes los firmaron: Adolfo Suárez, Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Felipe González, Joan Raventós, Josep María Triginer, Juan Ajuriaguerra, Leopoldo Calvo Sotelo, Manuel Fraga y Miquel Roca i Junyent. Y no me quiero olvidar de Carlos Ferrer Salat, entonces presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, ni de los líderes sindicales Nicolás Redondo Senior (UGT) y Marcelino Camacho (Comisiones Obreras).
Y es lógico que un pacto de contenido económico fuese preparado por el ministro de Economía de aquel gobierno. O sea, Enrique Fuentes Quintana.
Hoy que, insisto, a tantos les parece que la Transición fue una torpeza, estos hechos aparecen como algo extraño, distinto, ajeno a nosotros. En 1977 se dieron unos niveles de consenso político entre enemigos declarados que, desde luego, no tienen ni comparación con estos tiempos presentes nuestros, todo comprensión y diálogo.
martes, junio 05, 2007
El himno
Sólo unas líneas para recordar, más por folclorismo que por otra cosa, que la tentativa que parece tomar cuerpo ahora de que el himno español tenga letra no es nueva. Esto de que cuando suena en público la Marcha Real no se puede sino tararear ya se le había ocurrido a Franco, motivo por el cual permitió la tentativa de uno de sus intelectuales de cámara, José María Pemán, para que intentase ponerle letra.
Lo cierto es que el poema escrito por Pemán era un poco horterilla y disperso, motivo por el cual, supongo, no medró. Aparte las imágenes casi ultraístas, como la de unas ruedas cantando (¿ein?), que se me hace complicadilla.
No obstante lo dicho, a mí me parece obvio que Pemán intentó diseñar un himno para todos los españoles donde alguno de los leiv-motivs del franquismo naciente (creo que la letra está compuesta en 1938) aparece matizado. Por ejemplo: el himno dice alzad los brazos y no alzad el brazo, que es lo que debería decir en un himno fascista. Asimismo, dice Viva España y no Arriba España, que era el grito de la Falange triunfante. Eso sí, también tiene mensajes subliminales. Está la referencia a los yunques, explícita en la época, aunque quizá hoy no le diga mucho a mucha gente. Está la referencia a la marcha de España sobre el azul del mar, interesante metáfora cromática que creo yo vinculada al color de ciertas camisas. Y está la referencia a una vida nueva, también obviamente vinculada a la idea de un pasado reciente no tan glorioso (o sea, la República).
He aquí, en todo caso, la horteradilla.
Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.
¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.
Juntos con ellos cantemos de pie
la vida nueva y fuerte del trabajo y paz.
Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Lo cierto es que el poema escrito por Pemán era un poco horterilla y disperso, motivo por el cual, supongo, no medró. Aparte las imágenes casi ultraístas, como la de unas ruedas cantando (¿ein?), que se me hace complicadilla.
No obstante lo dicho, a mí me parece obvio que Pemán intentó diseñar un himno para todos los españoles donde alguno de los leiv-motivs del franquismo naciente (creo que la letra está compuesta en 1938) aparece matizado. Por ejemplo: el himno dice alzad los brazos y no alzad el brazo, que es lo que debería decir en un himno fascista. Asimismo, dice Viva España y no Arriba España, que era el grito de la Falange triunfante. Eso sí, también tiene mensajes subliminales. Está la referencia a los yunques, explícita en la época, aunque quizá hoy no le diga mucho a mucha gente. Está la referencia a la marcha de España sobre el azul del mar, interesante metáfora cromática que creo yo vinculada al color de ciertas camisas. Y está la referencia a una vida nueva, también obviamente vinculada a la idea de un pasado reciente no tan glorioso (o sea, la República).
He aquí, en todo caso, la horteradilla.
Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.
¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.
Juntos con ellos cantemos de pie
la vida nueva y fuerte del trabajo y paz.
Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.
Una Lolita barroca
Un refrán español dice que «tiran más dos tetas que dos carretas». Su significado está fuera de toda duda, al menos para los hombres. Así las cosas, la Historia no es parca en momentos en los que la mujer, en tanto que elemento de atractivo sexual para el hombre, ha tenido un papel importante. Quizá la más conocida por todos es la historia de amor entre Helena y Paris, que provocó, según Homero, la guerra de Troya. En realidad, poco importa que aquel enfrentamiento tuviese, que las tuvo, otras y muy distintas raíces. La hipótesis amatoria es tan verídica que todos la hemos creído sin problemas.
Hoy quiero hablaros de una Lolita barroca que estuvo a punto de provocar lo más parecido en su época a una guerra mundial (guerra que, por todo lo demás, acabaría por producirse, años más tarde, sin su concurso). Sobre lo de Lolita, es éste un mito contemporáneo que se debe a la novela del mismo título del escritor Vladimir Nabokov. Una Lolita es una mujer aún niña que, a pesar de ello, tiene ya (y/o lo fomenta) un fuerte atractivo sexual para los hombres.
Nuestra Lolita es francesa, se llama Carlota Margarita de Montmorency, es hija del Condestable de Francia (todo un cargo) y tiene, en 1609, quince años. Así pues, se le podría adaptar la letra de aquella canción de Hilario Camacho que decía:
Tienes ya quince años, cuerpo de ola
y tu madre no quiere que salgas sola.
En aquel entonces, era normal que los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, se casaran. La vida era más corta que ahora, al frisar los cuarenta cualquiera estaba ya para los restos y, además, entre las gentes importantes era fundamental atar compromisos y sellar alianzas. A la de Montmorency la pretendió un candidato de su nivel, Enrique de Borbón, Príncipe de Condé, que entonces contaba 21 años de edad.
Reina en Francia Enrique IV, que a la sazón tiene 56 años, edad que, ya lo hemos dicho, no tiene nada que ver con los 56 años de hoy en día, que pasa tanta gente yendo al gimnasio, practicando el paddle y comprándose coches marca BMW; para entonces, era ya una edad provecta en la que los hombres de bien comenzaban a volver su cara a Dios y olvidar las cosas mundanas. No así nuestro Henry el cual, a lo que se ve, todavía quería vivir la vida y, cuando vio a la núbil Carlota Margarita, se prendó de ella, con tal fuerza que el propio Enrique de Borbón, consciente de que el que manda, manda, incluso le planteó anular sus planes de boda para dejar el camino libre al viejo monarca rijoso. El rey, sin embargo, guardó las formas, se hizo el ofendido, y le dio a Enrique su permiso para los esponsales.
El matrimonio Borbón-De Montmorency se celebró el 17 de mayo de 1609 y, tras dicho acto, el rey llamó a la pareja para una ceremonia que era tradicional entre las bodas de alcurnia francesas de la época: el besamanos a la reina por parte de la novia. Así pues, los recién casados se fueron a Fontainebleau, el lugar donde entonces residían la mayor parte del tiempo los reyes de Francia, pensando que tal besuqueo les llevaría todo lo más un par de días; pero se quedaron más de diez, en los que el novio fue descubriendo, poco a poco, que el rey no podía pasar sin el babeo diario al ver cerca de sí a la tierna Lolita de sus sueños.
Como quiera que aquellos eran reyes absolutos y no los que hay ahora, o sea hacían su real gana, Enrique no tuvo más que ordenar a su vasallo el Príncipe que quedase a su servicio, o sea cerca de él; obviamente, las habilidades políticas del Borbón le importaban una mierda; él lo que quería era tirarse a la niña. Claro que eso también lo sabía su marido, motivo por el cual contestó que vale, que se quedaba (tampoco tenía elección); pero solo.
Taimado como buen francés, el rey Enrique comenzó a adular a su vasallo. Le ofreció ser miembro de su Consejo (dicho de otra forma: como me gusta tu bollicao, te nombro ministro), a lo que Enrique de Borbón le contestó: como que sí, pero mi mujer no se queda. Eso mosqueó bastante al monarca que, por toda respuesta, sacó de su interior al cabroncete que llevaba, así pues resolvió sitiar al celoso marido por hambre. Ordenó a su hacienda que no se le pagasen sueldos, ni gajes, ni pensiones; es más: hizo saber en la Corte que quien le prestase dinero dejaría de gozar de sus, a todas luces, veletudas proclividades.
La pasión del rey iba en aumento. Según los relatos de la época, salía de palacio, se tocaba con una barba postiza y con ropas impropias de su condición y se iba a espiar el paso de Carlota Margarita allí donde estuviere. La princesita, sin embargo, estaba bien guardada por su celoso marido, quien la hacía acompañar siempre por una compañía de ertzainas de la época lo cual, según nos cuenta en su relación sobre el caso el general italo-español Ambrosio Spínola, tuvo como consecuencia que el rey «vino a encenderse más». A buen entendedor…
Así las cosas, el rey dio al príncipe un ultimátum: o en diez días se trasladaba la familia Borbón-Montmorency a la Corte, o el señor Príncipe se iba derechito a la Bastilla; los cargos, ya se vería. La reacción del príncipe fue aceptar (nos ha jodido), pero con el matiz de que él iría personalmente a buscar a su esposa para llegarse ambos juntos a Fontainebleau. El rey, ciego de pasión, no vio la jugada, y aceptó.
Borbón se fue a por su mujer y, una vez ella en la grupa de su caballo, tiró hacia el Este y se presentó en Bruselas, posesión española, donde pidió más o menos lo que hoy denominamos asilo político.
[Debéis recordar que estamos en 1609. Aunque décadas después, y hasta hoy, España la reinarán los Borbones, entonces aún reina la casa de Austria; más concretamente para ese año, Felipe III.]
Enrique IV montó en cólera. Hizo varias cosas. En primer lugar, impulsar una campaña de imagen internacional en la que, cual Miguel Sebastián barroco, lanzó contra el príncipe toda serie de remoquetes, vituperios, y acusaciones de pasadas lisonjas con otras mujeres, a fuer de convencer a su adolescente esposa de que su marido era un pendón desorejado que la haría muy infeliz. También pensó, pura y simplemente, en raptarla. No obstante, lo que le sirvió fue la apelación a la familia. Papá Condestable y la tita Madame de Angulema se dedicaron a escribirle cartas a la niña, a la que terminaron por convencer de que debía volver.
La huida de Enrique de Borbón provocó un problema político de primer nivel. Se había pasado a las Provincias Unidas (más o menos el territorio del actual Benelux: Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), que era algo así como el Vietnam de la Europa barroca: cuando las potencias, es decir España, Francia e Inglaterra, no se querían hostiar directamente, lo hacían en las Provincias Unidas a cuenta de la religión, ya que los holandeses querían ser protestantes pero la corona española era fiel defensora del catolicismo (la guerra de las Provincias Unidas duró décadas y décadas y quien mejor os la puede explicar es el elefante Tiburcio, que la ha estudiado mucho más que yo durante sus estancias selváticas).
España, acojonada en un primer momento, quiso sacarse el problema de encima y, una vez Enrique de Borbón en Bruselas, resolvió darle el pase y exigirle que saliese de terrenos españoles en 72 horas, cosa que hizo marchándose a Colonia. Sin embargo, en los días que siguieron no pocos consejeros del rey en Madrid se acordaron de Antonio Pérez, desleal secretario de Felipe II que había sido expulsado de la Corte y había recibido refugio en París, de donde el rey francés se había negado a extraditarlo. Donde las dan las toman, monsieur, debieron pensar; invitaron al Borbón a regresar a Bruselas, donde lo acogieron.
El intento de rapto de Carlota Margarita fue todo un suceso. Ya hemos dicho que, para entonces, ella ya estaba de acuerdo en ser raptada. Sin embargo, hubo filtraciones y los españoles supieron de las intenciones del embajador francés, motivo por el cual decidieron trasladar a la niña de su residencia en el palacio de Orange al palacio de Bruselas, donde podían poner un soldado de los tercios en cada esquina y sería, por lo tanto, imposible raptar incluso a una puta cucaracha. Esto provocó que el embajador francés y la voluntariamente protorraptada acordasen adelantar el hecho a la noche del mismo día en el que hablaban.
Ese día, Carlota fingió estar indispuesta (el eterno cariño, me duele la cabeza) para poder dormir sola. Además, todos los franceses que estaban en la cena se retiraron muy pronto, aunque lo que hicieron fue esconderse en un jardín que había debajo dela ventana del dormitorio de la princesa. Así se quedaron todos esperando hasta las dos de la mañana, hora en la que penetraron en el palacio de Orange dos compañías de caballeros a caballo y seiscientos burgueses armados (y es que los franceses, cuando raptan, raptan a lo grande).
El príncipe se despertó con el bullicio y, al punto, salió echando leches a la alcoba de su mujer, cuyo vestíbulo se encontró repleto de nobles y otros personajes franceses, a los que empezó a insultar y a amenazar. Cómo debió ponerse el tipo que siendo él sólo contra varias decenas de nobles, apoyados además por decenas de caballeros y seiscientos tipos armados en el jardín, consiguió que los franceses se jiñasen y se piraran sin la princesa, que se quedó allí, como diría Almodóvar, al borde de un ataque de nervios.
Enrique IV, cuando se enteró, dijo lo que Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»
La guerra, sí. Había en el área de las Provincias Unidas un conflicto de posesiones, uno más, el que afectaba al ducado de Clèves, pretendido por el conde de Neoburgo, católico; y el de Brandemburgo, protestante. Con esta disculpa, pues eso era, Enrique formó un ejército y entró en Flandes. En realidad, todos aquellos piqueros, caballeros y trenes de artillería no tenían más razón de ser que recuperar a su Lolita. España reaccionó con una leva de 6.000 valones, 6.000 alemanes, 2.500 soldados austriacos y se hizo fuerte en Filippeville, en la provincia de Namur, muy cerca de la raya de Francia. La niña pidió el divorcio pero los españoles le contestaron que en su mundo el único que divorciaba era el Papa (y el Papa no dijo nada; bastante estaba con estar en Roma, au dessus de la melée, evitando que le cagase a él el palomo).
¿Qué ocurrió? Pues nada. Un tronado lo resolvió.
El 14 de mayo de 1610, cuando la guerra francoespañola se mascaba, el rey francés salió del Louvre para darse un paseo y un baño de masas por París. Se paseó por las calles de la capital, entonces más estrechas que hoy en día, en una carroza descubierta. A la altura de la calle de la Ferronerie, al parar por la densidad del tráfico, un católico desequilibrado, Juan Francisco de Ravaillac, se subió a una rueda de la carroza y le asestó dos puñaladas en el corazón, como dicen hoy los portavoces del SAMUR, ambas incompatibles con la vida. Quería librar a Francia de un rey que había combatido en el bando hugonote, es decir protestante. El asesinato desinfló la guerra, claro, pues la guerra no tenía más razón de ser que la pasión senil de una persona ahora muerta.
Enrique, al principio, no quiso ni siquiera volver a dirigirle la palabra a su esposa; pero la historia nos dice que le dio tres hijos: Ana Genoveva, Luis y Armando, por lo que hemos de concluir que algún tipo de arreglo de pareja habría entre los dos.
Y Europa estuvo a punto de iniciar un baño de sangre por un capricho.
Hoy quiero hablaros de una Lolita barroca que estuvo a punto de provocar lo más parecido en su época a una guerra mundial (guerra que, por todo lo demás, acabaría por producirse, años más tarde, sin su concurso). Sobre lo de Lolita, es éste un mito contemporáneo que se debe a la novela del mismo título del escritor Vladimir Nabokov. Una Lolita es una mujer aún niña que, a pesar de ello, tiene ya (y/o lo fomenta) un fuerte atractivo sexual para los hombres.
Nuestra Lolita es francesa, se llama Carlota Margarita de Montmorency, es hija del Condestable de Francia (todo un cargo) y tiene, en 1609, quince años. Así pues, se le podría adaptar la letra de aquella canción de Hilario Camacho que decía:
Tienes ya quince años, cuerpo de ola
y tu madre no quiere que salgas sola.
En aquel entonces, era normal que los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, se casaran. La vida era más corta que ahora, al frisar los cuarenta cualquiera estaba ya para los restos y, además, entre las gentes importantes era fundamental atar compromisos y sellar alianzas. A la de Montmorency la pretendió un candidato de su nivel, Enrique de Borbón, Príncipe de Condé, que entonces contaba 21 años de edad.
Reina en Francia Enrique IV, que a la sazón tiene 56 años, edad que, ya lo hemos dicho, no tiene nada que ver con los 56 años de hoy en día, que pasa tanta gente yendo al gimnasio, practicando el paddle y comprándose coches marca BMW; para entonces, era ya una edad provecta en la que los hombres de bien comenzaban a volver su cara a Dios y olvidar las cosas mundanas. No así nuestro Henry el cual, a lo que se ve, todavía quería vivir la vida y, cuando vio a la núbil Carlota Margarita, se prendó de ella, con tal fuerza que el propio Enrique de Borbón, consciente de que el que manda, manda, incluso le planteó anular sus planes de boda para dejar el camino libre al viejo monarca rijoso. El rey, sin embargo, guardó las formas, se hizo el ofendido, y le dio a Enrique su permiso para los esponsales.
El matrimonio Borbón-De Montmorency se celebró el 17 de mayo de 1609 y, tras dicho acto, el rey llamó a la pareja para una ceremonia que era tradicional entre las bodas de alcurnia francesas de la época: el besamanos a la reina por parte de la novia. Así pues, los recién casados se fueron a Fontainebleau, el lugar donde entonces residían la mayor parte del tiempo los reyes de Francia, pensando que tal besuqueo les llevaría todo lo más un par de días; pero se quedaron más de diez, en los que el novio fue descubriendo, poco a poco, que el rey no podía pasar sin el babeo diario al ver cerca de sí a la tierna Lolita de sus sueños.
Como quiera que aquellos eran reyes absolutos y no los que hay ahora, o sea hacían su real gana, Enrique no tuvo más que ordenar a su vasallo el Príncipe que quedase a su servicio, o sea cerca de él; obviamente, las habilidades políticas del Borbón le importaban una mierda; él lo que quería era tirarse a la niña. Claro que eso también lo sabía su marido, motivo por el cual contestó que vale, que se quedaba (tampoco tenía elección); pero solo.
Taimado como buen francés, el rey Enrique comenzó a adular a su vasallo. Le ofreció ser miembro de su Consejo (dicho de otra forma: como me gusta tu bollicao, te nombro ministro), a lo que Enrique de Borbón le contestó: como que sí, pero mi mujer no se queda. Eso mosqueó bastante al monarca que, por toda respuesta, sacó de su interior al cabroncete que llevaba, así pues resolvió sitiar al celoso marido por hambre. Ordenó a su hacienda que no se le pagasen sueldos, ni gajes, ni pensiones; es más: hizo saber en la Corte que quien le prestase dinero dejaría de gozar de sus, a todas luces, veletudas proclividades.
La pasión del rey iba en aumento. Según los relatos de la época, salía de palacio, se tocaba con una barba postiza y con ropas impropias de su condición y se iba a espiar el paso de Carlota Margarita allí donde estuviere. La princesita, sin embargo, estaba bien guardada por su celoso marido, quien la hacía acompañar siempre por una compañía de ertzainas de la época lo cual, según nos cuenta en su relación sobre el caso el general italo-español Ambrosio Spínola, tuvo como consecuencia que el rey «vino a encenderse más». A buen entendedor…
Así las cosas, el rey dio al príncipe un ultimátum: o en diez días se trasladaba la familia Borbón-Montmorency a la Corte, o el señor Príncipe se iba derechito a la Bastilla; los cargos, ya se vería. La reacción del príncipe fue aceptar (nos ha jodido), pero con el matiz de que él iría personalmente a buscar a su esposa para llegarse ambos juntos a Fontainebleau. El rey, ciego de pasión, no vio la jugada, y aceptó.
Borbón se fue a por su mujer y, una vez ella en la grupa de su caballo, tiró hacia el Este y se presentó en Bruselas, posesión española, donde pidió más o menos lo que hoy denominamos asilo político.
[Debéis recordar que estamos en 1609. Aunque décadas después, y hasta hoy, España la reinarán los Borbones, entonces aún reina la casa de Austria; más concretamente para ese año, Felipe III.]
Enrique IV montó en cólera. Hizo varias cosas. En primer lugar, impulsar una campaña de imagen internacional en la que, cual Miguel Sebastián barroco, lanzó contra el príncipe toda serie de remoquetes, vituperios, y acusaciones de pasadas lisonjas con otras mujeres, a fuer de convencer a su adolescente esposa de que su marido era un pendón desorejado que la haría muy infeliz. También pensó, pura y simplemente, en raptarla. No obstante, lo que le sirvió fue la apelación a la familia. Papá Condestable y la tita Madame de Angulema se dedicaron a escribirle cartas a la niña, a la que terminaron por convencer de que debía volver.
La huida de Enrique de Borbón provocó un problema político de primer nivel. Se había pasado a las Provincias Unidas (más o menos el territorio del actual Benelux: Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), que era algo así como el Vietnam de la Europa barroca: cuando las potencias, es decir España, Francia e Inglaterra, no se querían hostiar directamente, lo hacían en las Provincias Unidas a cuenta de la religión, ya que los holandeses querían ser protestantes pero la corona española era fiel defensora del catolicismo (la guerra de las Provincias Unidas duró décadas y décadas y quien mejor os la puede explicar es el elefante Tiburcio, que la ha estudiado mucho más que yo durante sus estancias selváticas).
España, acojonada en un primer momento, quiso sacarse el problema de encima y, una vez Enrique de Borbón en Bruselas, resolvió darle el pase y exigirle que saliese de terrenos españoles en 72 horas, cosa que hizo marchándose a Colonia. Sin embargo, en los días que siguieron no pocos consejeros del rey en Madrid se acordaron de Antonio Pérez, desleal secretario de Felipe II que había sido expulsado de la Corte y había recibido refugio en París, de donde el rey francés se había negado a extraditarlo. Donde las dan las toman, monsieur, debieron pensar; invitaron al Borbón a regresar a Bruselas, donde lo acogieron.
El intento de rapto de Carlota Margarita fue todo un suceso. Ya hemos dicho que, para entonces, ella ya estaba de acuerdo en ser raptada. Sin embargo, hubo filtraciones y los españoles supieron de las intenciones del embajador francés, motivo por el cual decidieron trasladar a la niña de su residencia en el palacio de Orange al palacio de Bruselas, donde podían poner un soldado de los tercios en cada esquina y sería, por lo tanto, imposible raptar incluso a una puta cucaracha. Esto provocó que el embajador francés y la voluntariamente protorraptada acordasen adelantar el hecho a la noche del mismo día en el que hablaban.
Ese día, Carlota fingió estar indispuesta (el eterno cariño, me duele la cabeza) para poder dormir sola. Además, todos los franceses que estaban en la cena se retiraron muy pronto, aunque lo que hicieron fue esconderse en un jardín que había debajo dela ventana del dormitorio de la princesa. Así se quedaron todos esperando hasta las dos de la mañana, hora en la que penetraron en el palacio de Orange dos compañías de caballeros a caballo y seiscientos burgueses armados (y es que los franceses, cuando raptan, raptan a lo grande).
El príncipe se despertó con el bullicio y, al punto, salió echando leches a la alcoba de su mujer, cuyo vestíbulo se encontró repleto de nobles y otros personajes franceses, a los que empezó a insultar y a amenazar. Cómo debió ponerse el tipo que siendo él sólo contra varias decenas de nobles, apoyados además por decenas de caballeros y seiscientos tipos armados en el jardín, consiguió que los franceses se jiñasen y se piraran sin la princesa, que se quedó allí, como diría Almodóvar, al borde de un ataque de nervios.
Enrique IV, cuando se enteró, dijo lo que Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»
La guerra, sí. Había en el área de las Provincias Unidas un conflicto de posesiones, uno más, el que afectaba al ducado de Clèves, pretendido por el conde de Neoburgo, católico; y el de Brandemburgo, protestante. Con esta disculpa, pues eso era, Enrique formó un ejército y entró en Flandes. En realidad, todos aquellos piqueros, caballeros y trenes de artillería no tenían más razón de ser que recuperar a su Lolita. España reaccionó con una leva de 6.000 valones, 6.000 alemanes, 2.500 soldados austriacos y se hizo fuerte en Filippeville, en la provincia de Namur, muy cerca de la raya de Francia. La niña pidió el divorcio pero los españoles le contestaron que en su mundo el único que divorciaba era el Papa (y el Papa no dijo nada; bastante estaba con estar en Roma, au dessus de la melée, evitando que le cagase a él el palomo).
¿Qué ocurrió? Pues nada. Un tronado lo resolvió.
El 14 de mayo de 1610, cuando la guerra francoespañola se mascaba, el rey francés salió del Louvre para darse un paseo y un baño de masas por París. Se paseó por las calles de la capital, entonces más estrechas que hoy en día, en una carroza descubierta. A la altura de la calle de la Ferronerie, al parar por la densidad del tráfico, un católico desequilibrado, Juan Francisco de Ravaillac, se subió a una rueda de la carroza y le asestó dos puñaladas en el corazón, como dicen hoy los portavoces del SAMUR, ambas incompatibles con la vida. Quería librar a Francia de un rey que había combatido en el bando hugonote, es decir protestante. El asesinato desinfló la guerra, claro, pues la guerra no tenía más razón de ser que la pasión senil de una persona ahora muerta.
Enrique, al principio, no quiso ni siquiera volver a dirigirle la palabra a su esposa; pero la historia nos dice que le dio tres hijos: Ana Genoveva, Luis y Armando, por lo que hemos de concluir que algún tipo de arreglo de pareja habría entre los dos.
Y Europa estuvo a punto de iniciar un baño de sangre por un capricho.
jueves, mayo 31, 2007
Leer vidas
Como ya sabéis, ando yo un poco apartado del mundo ordenadoril y con dificultades para escribir posts en los ratos libres. Afortunadamente, todavía nos queda Tiburcio, nuestro elefante de cámara, coposteador de este espaciete. Es él quien ha venido a salvarme con un excelente post recomendando más lecturas. En leyéndolo me ha entrado en gusanillo de añadir dos o tres apostillas, motivo por el cual el texto original lleva, en su final, un anexo debido a mí, con mis recomendaciones.
La cosa va hoy de biografías. Que lo disfrutéis, y que disfrutéis las recomendaciones.
...
Leyendo vidas. By Tiburcio Samsa (AKA Inasequible Aldesaliento), con un interesantísimo anexo de JdJ.
Una buena biografía tiene que estar un poco a caballo entre la Historia y la literatura, aunque siempre inclinándose más del lado histórico. Para mí los mejores biógrafos son los anglosajones. No sé cómo, consiguen contar la Historia sin resultar aburridos ni pedantes, y meten anécdotas que humanizan al personaje y distraen al lector, sin caer nunca en el cotilleo. En comparación, los alemanes son plúmbeos y sus biografías parecen hojas de servicios de funcionarios extraídas de algún Boletín Oficial; los franceses son ligeros y se van por las ramas a la mínima de cambio y así relatar los éxitos de Alcibíades en las Olimpiadas puede servir de excusa para informar al lector de que la autora del libro en cierta ocasión ganó el primer premio de latín y el segundo de griego en un concurso (ver Alcibíades, de Jacqueline de Romilly). En cuanto a los españoles, las pocas veces que se deciden a escribir biografías suele ser para denigrar al biografiado (La incompetencia militar de Franco, de Carlos Blanco Escolá) o para hacer prensa del corazón (véase la pésima biografía que sobre Jaime Gil de Biedma escribió Miquel Dalmau, que parece más interesado por la vida sexual del biografiado que por su literatura; tal vez si escribiera la biografía del actor porno Nacho Vidal, haría hincapié en sus poemas de adolescencia).
En fin, algunas recomendaciones para los que quieran mezclar Historia y literatura:
El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Se centra sobre todo en la acción política del Conde-Duque. Relata con minuciosidad todos los pormenores de los problemas a los que se tuvo que enfrentar el Conde-Duque y cuáles fueron los determinantes de las decisiones que tomó. Al final uno no puede menos que sentir simpatía por ese hombre trabajador, al que si hubiera montado un circo le habrían crecido los enanos.
Ribbentrop, de Michael Bloch. Es la biografía del jerarca nazi más ridículo de todos, mal que le pese a JdJ, que sigue convencido de que ese título le corresponde a Göring. Ribbentrop fue el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler entre 1938 y 1945 y resulta entre patético y grotesco, verlo pasear por una Europa en llamas, preocupado exclusivamente por si Rosenberg le estaba invadiendo sus competencias o si Ciano le había hecho un feo.
Alejandro Magno, de Mary Renault. Me imagino que Mary Renault, después de escribir su trilogía sobre el conquistador macedonio, se dijo que para amortizar el esfuerzo de documentación, bien podía escribir una obra histórica. Es indudable que Mary Renault está enamorada de su personaje y que el libro es más una hagiografía que una biografía, pero aun así es de lo más recomendable.
Freud, darkness in the midst of vision, de Louis Breger, que no solo escribe la vida de Freud, sino que psicoanaliza al mismísimo padre del psicoanálisis. Me confirmó lo que siempre había sospechado: que el complejo de Edipo es una engañifa. Según Breger, Freud lo descubrió para distraer la atención sobre su verdadero complejo de inferioridad, que le venía de ser hijo de un padre judío en una sociedad antisemita, manirroto e incompetente. Como Gil de Biedma diría muchos años después: era imposible descubrir el complejo de Edipo en las condiciones reales de la sociedad austrohúngara de finales del siglo XIX. Un Edipo entonces habría consistido en el deseo de matar a tu madre (que era la dueña de la casa) para poder acostarte con la criada (que era quien hacía las tareas domésticas). Pero me estoy yendo por las ramas. Es mi gran defecto, como me dice mamá Yocasta.
Espero que disfrutéis con estos libros. Siempre es más fácil leer una biografía que vivir una vida y vistos los resultados puede hasta resultar más aconsejable.
Apéndice de JdJ
Hay algunos libros que me parece pueden ser añadidos a esta lista, y no creo que Tiburcio esté en contra de una sola de estas recomendaciones.
Extraordinaria me parece la biografía de Stalin, Stalin: triumph and tragedy, de Dmitri Volkogonov. Yo la leí en inglés y, honradamente, no sé si existe edición en español. Volkogonov fue uno de los militares de alta graduación que se apuntaron a la era Gorvachov, aquello de la glasnost y la perestroika. Por lo tanto, es uno de los primeros historiadores rusos que tiene acceso a fuentes que han pasado décadas, y en parte siguen, ocultas a los ojos mortales. Es autor también de sendas biografías de Lenin y de Trosky, que no he leído porque son dos personajes que me causan mucha menos curiosidad.
En todo caso, si quien lee esto es capaz de leer en ruso (o en inglés para las traducciones) me parece valioso recomendarle que esté al tanto de las novedades historiográficas rusas. Rusia es un país que hoy está elaborando grandes trabajos a causa, precisamente, del volumen de documentación hasta ahora ignota que se está poniendo a disposición de los scholars. Entre los libros escritos por no rusos, me gustó bastante Beria: Stalin’s first lieutenant, obra de Amy W. Knight, a pesar de que el libro trata de reivindicar la figura de Beria, algo que me parece misión imposible.
Otro libro muy interesante es RFK: his life, escrito por Evan Thomas. De nuevo, debo decir que lo he leído en inglés. La biografía es muy completa y cumple la función para la que fue concebida, esto es, sacar a un personaje histórico de primer nivel, Robert Kennedy, de la sombra de su hermano Juanito, y mostrárnoslo.
Sí que sé que se ha editado en español el libro de Chung Jang y John Halliday, Mao: the unknown story. Otro libro muy recomendable, si bien para disfrutarlo completamente es, tal vez, necesario, conocer dos palabras con anterioridad sobre la historia de China en el siglo XX.
Olvido imperdonable por tu parte, Tibur, es la monumental biografía de Adolf Hitler escrita por Ian Kernshaw, y que en España está ya editada en libro de bolsillo baratito.
Entre los españoles, me gustaría recomendar las últimas tendencias, relativas sobre todo a los tiempos de la República, pero no puedo. Al contrario que Tiburcio, no creo que las biografías se escriban en España para denostar; también hay un importante volumen de hagiografías. Así, el libro de Octavio Cabezas sobre Indalecio Prieto es un inteligente ejercicio boxístico: el autor hace uso de un inigualable juego de piernas y de cintura para esquivar, uno tras otro, los aspectos no demasiado claros, y hay bastantes, de la vida política de Prieto. Por lo que se refiere a la biografía de Negrín escrita por Moradiellos, como ya he escrito aquí es bastante más equilibrada, lo cual no quiere decir, en modo alguno, que sea equilibrada.
Por supuesto, esta división de los historiadores en tirios y troyanos afecta, primero que a todos, a la figura centralmente polémica de todo aquello, que es el general Franco. Nunca recomiendo biografías de él porque pienso que la biografía adecuada (o la que yo considero adecuada) está por escribir. Y me explicaré: mi opinión es que, para acercarse a una figura compleja, importante y de peso históricamente hablando, una figura de poder, no se puede analizar tan sólo al hombre. Como dice Kernshaw en el prólogo de su libro, escribir la historia de Hitler es, en gran parte, escribir la historia del pueblo alemán y de cuándo, cómo y, sobre todo, por qué, decidió unir su destino con el de aquel soldado veterano, bajito y de mala leche, aficionado a la pintura y a Wagner, para colmo austriaco. Ese análisis, apasionado a la par que desapasionado, no ha sido hecho aún en el caso de Franco y el franquismo.
La cosa va hoy de biografías. Que lo disfrutéis, y que disfrutéis las recomendaciones.
...
Leyendo vidas. By Tiburcio Samsa (AKA Inasequible Aldesaliento), con un interesantísimo anexo de JdJ.
Una buena biografía tiene que estar un poco a caballo entre la Historia y la literatura, aunque siempre inclinándose más del lado histórico. Para mí los mejores biógrafos son los anglosajones. No sé cómo, consiguen contar la Historia sin resultar aburridos ni pedantes, y meten anécdotas que humanizan al personaje y distraen al lector, sin caer nunca en el cotilleo. En comparación, los alemanes son plúmbeos y sus biografías parecen hojas de servicios de funcionarios extraídas de algún Boletín Oficial; los franceses son ligeros y se van por las ramas a la mínima de cambio y así relatar los éxitos de Alcibíades en las Olimpiadas puede servir de excusa para informar al lector de que la autora del libro en cierta ocasión ganó el primer premio de latín y el segundo de griego en un concurso (ver Alcibíades, de Jacqueline de Romilly). En cuanto a los españoles, las pocas veces que se deciden a escribir biografías suele ser para denigrar al biografiado (La incompetencia militar de Franco, de Carlos Blanco Escolá) o para hacer prensa del corazón (véase la pésima biografía que sobre Jaime Gil de Biedma escribió Miquel Dalmau, que parece más interesado por la vida sexual del biografiado que por su literatura; tal vez si escribiera la biografía del actor porno Nacho Vidal, haría hincapié en sus poemas de adolescencia).
En fin, algunas recomendaciones para los que quieran mezclar Historia y literatura:
El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Se centra sobre todo en la acción política del Conde-Duque. Relata con minuciosidad todos los pormenores de los problemas a los que se tuvo que enfrentar el Conde-Duque y cuáles fueron los determinantes de las decisiones que tomó. Al final uno no puede menos que sentir simpatía por ese hombre trabajador, al que si hubiera montado un circo le habrían crecido los enanos.
Ribbentrop, de Michael Bloch. Es la biografía del jerarca nazi más ridículo de todos, mal que le pese a JdJ, que sigue convencido de que ese título le corresponde a Göring. Ribbentrop fue el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler entre 1938 y 1945 y resulta entre patético y grotesco, verlo pasear por una Europa en llamas, preocupado exclusivamente por si Rosenberg le estaba invadiendo sus competencias o si Ciano le había hecho un feo.
Alejandro Magno, de Mary Renault. Me imagino que Mary Renault, después de escribir su trilogía sobre el conquistador macedonio, se dijo que para amortizar el esfuerzo de documentación, bien podía escribir una obra histórica. Es indudable que Mary Renault está enamorada de su personaje y que el libro es más una hagiografía que una biografía, pero aun así es de lo más recomendable.
Freud, darkness in the midst of vision, de Louis Breger, que no solo escribe la vida de Freud, sino que psicoanaliza al mismísimo padre del psicoanálisis. Me confirmó lo que siempre había sospechado: que el complejo de Edipo es una engañifa. Según Breger, Freud lo descubrió para distraer la atención sobre su verdadero complejo de inferioridad, que le venía de ser hijo de un padre judío en una sociedad antisemita, manirroto e incompetente. Como Gil de Biedma diría muchos años después: era imposible descubrir el complejo de Edipo en las condiciones reales de la sociedad austrohúngara de finales del siglo XIX. Un Edipo entonces habría consistido en el deseo de matar a tu madre (que era la dueña de la casa) para poder acostarte con la criada (que era quien hacía las tareas domésticas). Pero me estoy yendo por las ramas. Es mi gran defecto, como me dice mamá Yocasta.
Espero que disfrutéis con estos libros. Siempre es más fácil leer una biografía que vivir una vida y vistos los resultados puede hasta resultar más aconsejable.
Apéndice de JdJ
Hay algunos libros que me parece pueden ser añadidos a esta lista, y no creo que Tiburcio esté en contra de una sola de estas recomendaciones.
Extraordinaria me parece la biografía de Stalin, Stalin: triumph and tragedy, de Dmitri Volkogonov. Yo la leí en inglés y, honradamente, no sé si existe edición en español. Volkogonov fue uno de los militares de alta graduación que se apuntaron a la era Gorvachov, aquello de la glasnost y la perestroika. Por lo tanto, es uno de los primeros historiadores rusos que tiene acceso a fuentes que han pasado décadas, y en parte siguen, ocultas a los ojos mortales. Es autor también de sendas biografías de Lenin y de Trosky, que no he leído porque son dos personajes que me causan mucha menos curiosidad.
En todo caso, si quien lee esto es capaz de leer en ruso (o en inglés para las traducciones) me parece valioso recomendarle que esté al tanto de las novedades historiográficas rusas. Rusia es un país que hoy está elaborando grandes trabajos a causa, precisamente, del volumen de documentación hasta ahora ignota que se está poniendo a disposición de los scholars. Entre los libros escritos por no rusos, me gustó bastante Beria: Stalin’s first lieutenant, obra de Amy W. Knight, a pesar de que el libro trata de reivindicar la figura de Beria, algo que me parece misión imposible.
Otro libro muy interesante es RFK: his life, escrito por Evan Thomas. De nuevo, debo decir que lo he leído en inglés. La biografía es muy completa y cumple la función para la que fue concebida, esto es, sacar a un personaje histórico de primer nivel, Robert Kennedy, de la sombra de su hermano Juanito, y mostrárnoslo.
Sí que sé que se ha editado en español el libro de Chung Jang y John Halliday, Mao: the unknown story. Otro libro muy recomendable, si bien para disfrutarlo completamente es, tal vez, necesario, conocer dos palabras con anterioridad sobre la historia de China en el siglo XX.
Olvido imperdonable por tu parte, Tibur, es la monumental biografía de Adolf Hitler escrita por Ian Kernshaw, y que en España está ya editada en libro de bolsillo baratito.
Entre los españoles, me gustaría recomendar las últimas tendencias, relativas sobre todo a los tiempos de la República, pero no puedo. Al contrario que Tiburcio, no creo que las biografías se escriban en España para denostar; también hay un importante volumen de hagiografías. Así, el libro de Octavio Cabezas sobre Indalecio Prieto es un inteligente ejercicio boxístico: el autor hace uso de un inigualable juego de piernas y de cintura para esquivar, uno tras otro, los aspectos no demasiado claros, y hay bastantes, de la vida política de Prieto. Por lo que se refiere a la biografía de Negrín escrita por Moradiellos, como ya he escrito aquí es bastante más equilibrada, lo cual no quiere decir, en modo alguno, que sea equilibrada.
Por supuesto, esta división de los historiadores en tirios y troyanos afecta, primero que a todos, a la figura centralmente polémica de todo aquello, que es el general Franco. Nunca recomiendo biografías de él porque pienso que la biografía adecuada (o la que yo considero adecuada) está por escribir. Y me explicaré: mi opinión es que, para acercarse a una figura compleja, importante y de peso históricamente hablando, una figura de poder, no se puede analizar tan sólo al hombre. Como dice Kernshaw en el prólogo de su libro, escribir la historia de Hitler es, en gran parte, escribir la historia del pueblo alemán y de cuándo, cómo y, sobre todo, por qué, decidió unir su destino con el de aquel soldado veterano, bajito y de mala leche, aficionado a la pintura y a Wagner, para colmo austriaco. Ese análisis, apasionado a la par que desapasionado, no ha sido hecho aún en el caso de Franco y el franquismo.
martes, mayo 29, 2007
Carta a D. Manuel Marín
Estimado señor Presidente:
Me dirijo a usted llamándole estimado porque, después de aprobada aquella reciente ley sobre gobierno corporativo en la que desaparecían los tratamientos de excelentísimo e ilustrísimo, supongo que es lo que debo hacer. El motivo de la presente es comentarle un par de cosas sobre un paseo que me dí no hace muchas horas del momento en que escribo estas líneas.
Como tenía tiempo y algo de dinero (como se verá, era algo, pero no mucho; no suficiente), me dirigí al Paseo de Coches del Retiro, a visitar la Feria del Libro. No es lugar al que vaya todos los años (yo soy más de Feria del Libro Antiguo), pero fui y, la verdad, me sorprendí muy gratamente. La Feria del Libro de Madrid es, cada vez menos, un compendio de librerías que trasladan su escaparate al parque y ofrecen un 10% de descuento, y más un compendio de casetas pertenecientes a quien tiene, de verdad, algo que ofrecer. Pasé dos horas deliciosas visitando stands, al cabo de las cuales me pesaba en el hombro derecho el resultado de dichas visitas, en forma de varias bolsas con libros y folletos.
Ya me iba cuando, saliendo de la Feria por su principio, las primeras casetas, caí en el área amarilla, correspondiente a las instituciones oficiales. Es muy recomendable visitar estas casetas. Los editores oficiales (casi todos) suelen tener dos características clave: la primera, publican libros interesantes que, por ser su interés minoritario, tienen dificultad para ser publicados por editores comerciales; y dos, ya que son públicos, suelen tener su propia red de ventas y esas cosas, editan libros baratos. En la caseta de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, que por la presente recomiendo a los paseantes, encontré libros para mí muy interesantes, primorosamente editados, por 15 euros. Hoy en día, un libro nuevo ya no cuesta 15 euros.
Recomendabilísima, también, la pequeña caseta de la Diputación de Valladolid. Da gusto ver a una institución política trabajar, aunque sólo sea un poquito, por la cultura y el conocimiento.
Luego llegué a su caseta, señor Marín. La caseta de las Cortes Generales. Allí me atendió un señor muy amable que se interesó por mis intereses, valga la redundancia. Yo me confesé al punto: a mí, del Congreso, lo que me interesa son las actas de los plenos. He leído docenas de discursos e intervenciones recensionadas o copiadas en otros tantos libros de Historia, pero siempre he tenido grandes dificultades para encontrar las actas, la fuente directa.
Pero eso resulta que existe. Con escaso interés (al principio no lo entendí; pero luego llega la solución), el atendiente del stand me informó de que todas las actas de los plenos del Congreso desde las Cortes de Cádiz están siendo editadas en DVD. Me sacó uno, que hacía el número 14, que abarcaba algunas legislaturas de mitad del siglo XIX. Luego he comprobado que esta información está en su página web.
He de reconocer que me solacé. ¡Qué ejemplo de sensibilidad cultural e histórica! Finalmente, los cuatro gatos que tenemos este gusanito, amén de los profesores universitarios y ese tipo de ralea, tendremos la posibilidad de llevarnos a nuestras casas las actas y pasar las horas muertas leyendo.
Luego llegó la explicación del escepticismo de mi interlocutor. «La verdad», confesó entre dientes, «es que estos DVD tienen un precio un poquito disuasorio».
El que tenía en la mano valía 213 euros. Casi 35.500 pesetas.
Señor Marín: el Boletín Oficial del Estado desde 1845 está colgado en internet. Cualquiera puede, por el precio de la tarifa de ADSL (más el tóner de la impresora de las copias, y el papel), entrar en la página, utilizar un buscador, encontrar lo que busca, guardarlo en su disco duro e imprimirlo. El Instituto Nacional de Estadística tiene prácticamente todos sus anuarios estadísticos del siglo XX escaneados y colgados en su web. Conocer, por ejemplo, la mortalidad por la gripe española de principios del siglo XX es una operación que cuesta menos de cinco clicks.
Sin embargo, para leer los primeros debates parlamentarios tras La Gloriosa de 1868, hay que pagarle a usted 213 euros. 35.500 pesetas.
¿Tan pobre es el Congreso? Pues que suba el café y lo ponga al precio de la calle. Y no le diré eso de que «que se bajen los sueldos los diputados» porque me tengo por uno de los tres o cuatro españoles que piensan que los diputados no es que ganen demasiado, es que deberían ganar bastante más. Claro que, visto lo visto, me lo estoy pensando.
Con esta actitud, señor Marín, está demostrando un desprecio olímpico por el conocimiento histórico. No sé si es usted muy dado a hacer de corifeo de eso sobre lo que tanto se habla ahora de la memoria histórica y tal; pero si cree en ello, podía empezar por aplicarse el cuento [que, ya puestos, si tan imporante es la memoria histórica, ¿por qué no se ha comenzado la publicación de los diarios de sesiones por la República y el franquismo?].
¿Qué memoria histórica está usted fomentando si la vende por 213 euros? A un estudioso que quiera hacerse con los diarios de sesiones entre 1812 y 1856 le obliga usted a desembolsar 1.000 euros. Y, claro, como no lo he comprado, no puedo hablar de lo que hay dentro. Pero, no sé por qué, tengo escasas, escasísimas ilusiones de que los diarios vengan en el disco acompañados de algún buscador o herramienta de gestión. Por 213 euros, ¿a qué podemos aspirar? Unos cuantos legajos escaneados, y a tirar millas.
Le repito que, dentro del ámbito público, tiene usted muchos teléfonos a los que llamar donde instituciones con presupuestos similares o inferiores a los de la institución que usted preside le podrán explicar cómo se hace para poner eso a disposición de la gente. Gratis.
En la Feria del Libro hay muchas casetas. Unas las miras, otras no. Yo, por ejemplo, paso siempre de largo por las muchas que hay sobre esoterismo, parapsicología y esas cosas. Pues bien: que sepa, señor Marín, que ayer me fui del Retiro pensando que la opinión que yo tengo sobre el esoterismo es, cuarta arriba, cuarta abajo, la que tiene usted sobre el conocimiento histórico.
Su seguro servidor, más que improbable pagador,
JdJ
Me dirijo a usted llamándole estimado porque, después de aprobada aquella reciente ley sobre gobierno corporativo en la que desaparecían los tratamientos de excelentísimo e ilustrísimo, supongo que es lo que debo hacer. El motivo de la presente es comentarle un par de cosas sobre un paseo que me dí no hace muchas horas del momento en que escribo estas líneas.
Como tenía tiempo y algo de dinero (como se verá, era algo, pero no mucho; no suficiente), me dirigí al Paseo de Coches del Retiro, a visitar la Feria del Libro. No es lugar al que vaya todos los años (yo soy más de Feria del Libro Antiguo), pero fui y, la verdad, me sorprendí muy gratamente. La Feria del Libro de Madrid es, cada vez menos, un compendio de librerías que trasladan su escaparate al parque y ofrecen un 10% de descuento, y más un compendio de casetas pertenecientes a quien tiene, de verdad, algo que ofrecer. Pasé dos horas deliciosas visitando stands, al cabo de las cuales me pesaba en el hombro derecho el resultado de dichas visitas, en forma de varias bolsas con libros y folletos.
Ya me iba cuando, saliendo de la Feria por su principio, las primeras casetas, caí en el área amarilla, correspondiente a las instituciones oficiales. Es muy recomendable visitar estas casetas. Los editores oficiales (casi todos) suelen tener dos características clave: la primera, publican libros interesantes que, por ser su interés minoritario, tienen dificultad para ser publicados por editores comerciales; y dos, ya que son públicos, suelen tener su propia red de ventas y esas cosas, editan libros baratos. En la caseta de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, que por la presente recomiendo a los paseantes, encontré libros para mí muy interesantes, primorosamente editados, por 15 euros. Hoy en día, un libro nuevo ya no cuesta 15 euros.
Recomendabilísima, también, la pequeña caseta de la Diputación de Valladolid. Da gusto ver a una institución política trabajar, aunque sólo sea un poquito, por la cultura y el conocimiento.
Luego llegué a su caseta, señor Marín. La caseta de las Cortes Generales. Allí me atendió un señor muy amable que se interesó por mis intereses, valga la redundancia. Yo me confesé al punto: a mí, del Congreso, lo que me interesa son las actas de los plenos. He leído docenas de discursos e intervenciones recensionadas o copiadas en otros tantos libros de Historia, pero siempre he tenido grandes dificultades para encontrar las actas, la fuente directa.
Pero eso resulta que existe. Con escaso interés (al principio no lo entendí; pero luego llega la solución), el atendiente del stand me informó de que todas las actas de los plenos del Congreso desde las Cortes de Cádiz están siendo editadas en DVD. Me sacó uno, que hacía el número 14, que abarcaba algunas legislaturas de mitad del siglo XIX. Luego he comprobado que esta información está en su página web.
He de reconocer que me solacé. ¡Qué ejemplo de sensibilidad cultural e histórica! Finalmente, los cuatro gatos que tenemos este gusanito, amén de los profesores universitarios y ese tipo de ralea, tendremos la posibilidad de llevarnos a nuestras casas las actas y pasar las horas muertas leyendo.
Luego llegó la explicación del escepticismo de mi interlocutor. «La verdad», confesó entre dientes, «es que estos DVD tienen un precio un poquito disuasorio».
El que tenía en la mano valía 213 euros. Casi 35.500 pesetas.
Señor Marín: el Boletín Oficial del Estado desde 1845 está colgado en internet. Cualquiera puede, por el precio de la tarifa de ADSL (más el tóner de la impresora de las copias, y el papel), entrar en la página, utilizar un buscador, encontrar lo que busca, guardarlo en su disco duro e imprimirlo. El Instituto Nacional de Estadística tiene prácticamente todos sus anuarios estadísticos del siglo XX escaneados y colgados en su web. Conocer, por ejemplo, la mortalidad por la gripe española de principios del siglo XX es una operación que cuesta menos de cinco clicks.
Sin embargo, para leer los primeros debates parlamentarios tras La Gloriosa de 1868, hay que pagarle a usted 213 euros. 35.500 pesetas.
¿Tan pobre es el Congreso? Pues que suba el café y lo ponga al precio de la calle. Y no le diré eso de que «que se bajen los sueldos los diputados» porque me tengo por uno de los tres o cuatro españoles que piensan que los diputados no es que ganen demasiado, es que deberían ganar bastante más. Claro que, visto lo visto, me lo estoy pensando.
Con esta actitud, señor Marín, está demostrando un desprecio olímpico por el conocimiento histórico. No sé si es usted muy dado a hacer de corifeo de eso sobre lo que tanto se habla ahora de la memoria histórica y tal; pero si cree en ello, podía empezar por aplicarse el cuento [que, ya puestos, si tan imporante es la memoria histórica, ¿por qué no se ha comenzado la publicación de los diarios de sesiones por la República y el franquismo?].
¿Qué memoria histórica está usted fomentando si la vende por 213 euros? A un estudioso que quiera hacerse con los diarios de sesiones entre 1812 y 1856 le obliga usted a desembolsar 1.000 euros. Y, claro, como no lo he comprado, no puedo hablar de lo que hay dentro. Pero, no sé por qué, tengo escasas, escasísimas ilusiones de que los diarios vengan en el disco acompañados de algún buscador o herramienta de gestión. Por 213 euros, ¿a qué podemos aspirar? Unos cuantos legajos escaneados, y a tirar millas.
Le repito que, dentro del ámbito público, tiene usted muchos teléfonos a los que llamar donde instituciones con presupuestos similares o inferiores a los de la institución que usted preside le podrán explicar cómo se hace para poner eso a disposición de la gente. Gratis.
En la Feria del Libro hay muchas casetas. Unas las miras, otras no. Yo, por ejemplo, paso siempre de largo por las muchas que hay sobre esoterismo, parapsicología y esas cosas. Pues bien: que sepa, señor Marín, que ayer me fui del Retiro pensando que la opinión que yo tengo sobre el esoterismo es, cuarta arriba, cuarta abajo, la que tiene usted sobre el conocimiento histórico.
Su seguro servidor, más que improbable pagador,
JdJ
jueves, mayo 24, 2007
Aviso para lectores
3 de cada 10 personas que nos hacen el honor de entrar en este blog lo hacen con cierta habitualidad. Todos nos caeis bien, desde luego; pero estos nos caen bien periódicamente, con machaconería.
Es, sobre todo, a estos lectores continuados a los que quiero dirigirme hoy para daros eso que se llama hoy en día una información de servicio público. Durante los últimos tres meses, Ina y yo mismo hemos hecho todo lo posible por acostumbraros a un ritmo de un post nuevo cada dos días o así (dos o tres días, más bien). Sin embargo, en las próximas cuatro a seis semanas, quizá, sólo quizá, el ritmo sea algo más dilatado. Por una serie de circunstancias personales en modo alguno luctuosas (la cosa tiene que ver con obras de reforma y tal), calculo que las próximas seis semanas pasaré la mitad del día absolutamente alejado de: a) mi ordenador; b) cuando menos una parte de mi biblioteca. Ambos elementos son críticos para la alimentación de este blog.
Quiero rogaros paciencia y fe. No vayais a pensar que ciertas ausencias son síntoma de cansancio o de que empezamos a pasar del blog. Nanay. Son, pura y simplemente, y como se decía en Televisión Española hace décadas, causas técnicas ajenas a nuestra voluntad.
La ventana, anyway, sigue abierta. Tened por seguro que, solo o en compañía de otro (Ina), seguiré asomándome en cuanto pueda.
Es, sobre todo, a estos lectores continuados a los que quiero dirigirme hoy para daros eso que se llama hoy en día una información de servicio público. Durante los últimos tres meses, Ina y yo mismo hemos hecho todo lo posible por acostumbraros a un ritmo de un post nuevo cada dos días o así (dos o tres días, más bien). Sin embargo, en las próximas cuatro a seis semanas, quizá, sólo quizá, el ritmo sea algo más dilatado. Por una serie de circunstancias personales en modo alguno luctuosas (la cosa tiene que ver con obras de reforma y tal), calculo que las próximas seis semanas pasaré la mitad del día absolutamente alejado de: a) mi ordenador; b) cuando menos una parte de mi biblioteca. Ambos elementos son críticos para la alimentación de este blog.
Quiero rogaros paciencia y fe. No vayais a pensar que ciertas ausencias son síntoma de cansancio o de que empezamos a pasar del blog. Nanay. Son, pura y simplemente, y como se decía en Televisión Española hace décadas, causas técnicas ajenas a nuestra voluntad.
La ventana, anyway, sigue abierta. Tened por seguro que, solo o en compañía de otro (Ina), seguiré asomándome en cuanto pueda.
miércoles, mayo 23, 2007
Hartazgo
Nuestro ex presidente del gobierno, José María Aznar, ha vuelto a sacar, en un mitin electoral, la guerra civil a paseo. Ha dicho algo así como que el gobierno actual está practicando la misma política que aquéllos de entonces, excluyendo a media España y enfrentándola.
Está claro que dentro de su elenco de regalos de las próximas Navidades deberían encontrarse algunos libros de Historia. Si bien es cierto, no lo niego, que algunos políticos actuales tienen visiones un tanto extrañas del pasado de España que les llevan a visiones, más que maniqueas, binarias (yo mismo soy 1, o sea demócrata; los otros son 0, o sea no), una cosa son las ideas y otra muy distinta los hechos. Los hechos están a años-luz de aquéllos que vivieron nuestros abuelos, y eso es lo que cuenta.
Ya hemos hablado de esto alguna vez, aquí, y aquí. Pero parece que es necesario hacerlo más. Voy a hacerlo un poco telegráficamente, porque me aburro yo mismo escribiendo de este asunto.
Lo que sigue es la crónica de los primeros cien días de la República española. O sea: los cien mejores, los cien más ilusionados, los cien en los que todavía no se habían podido producir los enfrentamientos que luego derivaron en la guerra. Que lo disfrutéis.
- 1 al 10 de mayo: tiroteos en Bilbao entre comunistas y la fuerza pública. Treinta heridos. Un guardia muerto en Barcelona.
- 10 de mayo: asalto al Círculo Monárquico de Madrid. Tentativa de asalto del edificio del ABC. Quema del quiosco de la Puerta del Sol (propiedad del diario católico El Debate). 17 heridos.
- 11 de mayo: quema de doce conventos y colegios en Madrid. Suspensión de El Debate. Torcuato Luca de Tena y los hermanos Miralles son encarcelados.
- 14 de mayo: disturbios en Barcelona, con cuatro heridos. El conde de Gamazo y el doctor Albiñana son encarcelados.
- 18 de mayo: clausura de la facultad de Medicina de Valladolid. Un obrero muere a tiros en Barcelona.
- 20 de mayo: Suspensión del ABC.
- 25 de mayo: se declara el estado de guerra en Sevilla.
- 27 de mayo: huelga en Pasajes que causa seis muertos y 50 heridos.
- 29 de mayo: huelga general en Asturias.
- 4 de junio: estalla una bomba en la iglesia de San Vicente, en Bilbao.
- 5 de junio: asalto fallido al polvorín de Montjuïch, en Barcelona.
- 8 de junio: huelga en Bilbao.
- 12 de junio: estalla una bomba en la iglesia de los jesuitas de Palma de Mallorca.
- 18 de junio: un guardia civil linchado en Montemolín (Badajoz).
- 20 de junio: huelga en Sevilla.
- 21 de junio: seis muertos y treinta heridos en unos disturbios en Huataco.
- 22 de junio: huelgas en Barcelona, Zaragoza, Sevilla y Palencia.
- 23 de junio: seis heridos en Huelva.
- 24 de junio: huelga en Córdoba.
- 28 de junio: quince muertos y sesenta heridos en una serie de choques en Barcelona, Badalovía, Herencia, Alamedilla, Villanueva de las Torres y Vergara.
- 30 de junio: huelgas en Granada y Málaga.
- 2 de julio: huelga y estado de guerra en Logroño, con resultado de un guardia muerto y quince personas heridas.
- 3 de julio: huelga en Málaga y Melilla.
- 6 de julio: huelga en Valencia, Murcia, Ceuta y La Coruña.
- 7 de julio: alguien corta todas las líneas telefónicas de Madrid, León, Asturias y Galicia (Telefónica estaba en huelga).
- 10 de julio: de nuevo cortadas las líneas en Madrid y Zaragoza, Sevilla y Gijón (seguía la huelga de Telefónica).
- 12 de julio: huelga en Palma de Mallorca.
- 13 de julio: estalla una bomba en una iglesia de Granada.
- 14 de julio: los 4.000 obreros de La Hullera Española se ponen en huelga en Bilbao.
- 16 de julio: huelga en Cartagena, Zamora y Valencia.
- 17 de julio: cortadas líneas telefónicas en Bilbao, Vigo y Zaragoza.
- 18 de julio: huelga en Barcelona.
- 19 de julio: cuatro muertos y treinta heridos durante la huelga violenta en Sevilla.
- 20 de julio: huelga general en Cádiz, Málaga y Valencia.
- 21 de julio: incendio de la central telefónica de Dos Hermanas.
- 22 de julio: Estado de guerra en Sevilla. Sesenta muertos y doscientos heridos. El ejército realiza disparos de artillería contra algunas casas. Huelga general en Málaga.
- 28 de julio: los disturbios en Sevilla arrojan un saldo final de 116 muertos y 420 heridos.
Dejaremos para otros post la llamada Revolución de Asturias y la Ley de la Defensa de la República, que sólo tiene 4 artículos y que el señor Aznar debería releer, o tal vez leer, con atención; quizás entonces aprendería la diferencia que existe entre aislar a un adversario político y tratar de eliminarlo como tal.
En la lista de sucesos que he copiado hay alguna suspensión de medio de comunicación. La lista, algo más completa, de los periódicos opositores de los que tengo noticia fueron suspendidos durante la República es ésta:
- ABC, El Debate, Informaciones, Diario Universal, El Siglo Futuro y La Nación, en Madrid.
-Heraldo Alavés, de Álava.
- El Diario de Albacete, de Albacete.
- El Día, La Gaceta de Levante, Patria, El Pueblo Obrero y La Voz del Pueblo, en Alicante.
- La Independencia, Diario de Almería y Heraldo de Almería, en Almería.
- El Diario de Ávila, en Ávila.
- El Luchador, en Baleares.
- El Correo Catalán, en Barcelona.
- El Castellano y ABC, en Burgos.
- Extremadura y El Faro de Extremadura, en Cáceres.
- Nuestro Tiempo, Diario de Jerez, Claridad, La Información y Regeneración, en Cádiz.
- El Pueblo Manchego, en Ciudad Real.
- El Defensor de Córdoba, en Córdoba.
- El Ideal de Granada.
- El Ideal Gallego, La Verdad y El Compostelano, en La Coruña.
- El Diario de León, La Luz de Astorga y El Pensamiento Astorgano, en León.
- La Verdad, El Eco de Cartagena y Cartagena Nueva, en Murcia.
- La Región, en Oviedo.
Igualito, igualito, que ayer por la tarde.
Está claro que dentro de su elenco de regalos de las próximas Navidades deberían encontrarse algunos libros de Historia. Si bien es cierto, no lo niego, que algunos políticos actuales tienen visiones un tanto extrañas del pasado de España que les llevan a visiones, más que maniqueas, binarias (yo mismo soy 1, o sea demócrata; los otros son 0, o sea no), una cosa son las ideas y otra muy distinta los hechos. Los hechos están a años-luz de aquéllos que vivieron nuestros abuelos, y eso es lo que cuenta.
Ya hemos hablado de esto alguna vez, aquí, y aquí. Pero parece que es necesario hacerlo más. Voy a hacerlo un poco telegráficamente, porque me aburro yo mismo escribiendo de este asunto.
Lo que sigue es la crónica de los primeros cien días de la República española. O sea: los cien mejores, los cien más ilusionados, los cien en los que todavía no se habían podido producir los enfrentamientos que luego derivaron en la guerra. Que lo disfrutéis.
- 1 al 10 de mayo: tiroteos en Bilbao entre comunistas y la fuerza pública. Treinta heridos. Un guardia muerto en Barcelona.
- 10 de mayo: asalto al Círculo Monárquico de Madrid. Tentativa de asalto del edificio del ABC. Quema del quiosco de la Puerta del Sol (propiedad del diario católico El Debate). 17 heridos.
- 11 de mayo: quema de doce conventos y colegios en Madrid. Suspensión de El Debate. Torcuato Luca de Tena y los hermanos Miralles son encarcelados.
- 14 de mayo: disturbios en Barcelona, con cuatro heridos. El conde de Gamazo y el doctor Albiñana son encarcelados.
- 18 de mayo: clausura de la facultad de Medicina de Valladolid. Un obrero muere a tiros en Barcelona.
- 20 de mayo: Suspensión del ABC.
- 25 de mayo: se declara el estado de guerra en Sevilla.
- 27 de mayo: huelga en Pasajes que causa seis muertos y 50 heridos.
- 29 de mayo: huelga general en Asturias.
- 4 de junio: estalla una bomba en la iglesia de San Vicente, en Bilbao.
- 5 de junio: asalto fallido al polvorín de Montjuïch, en Barcelona.
- 8 de junio: huelga en Bilbao.
- 12 de junio: estalla una bomba en la iglesia de los jesuitas de Palma de Mallorca.
- 18 de junio: un guardia civil linchado en Montemolín (Badajoz).
- 20 de junio: huelga en Sevilla.
- 21 de junio: seis muertos y treinta heridos en unos disturbios en Huataco.
- 22 de junio: huelgas en Barcelona, Zaragoza, Sevilla y Palencia.
- 23 de junio: seis heridos en Huelva.
- 24 de junio: huelga en Córdoba.
- 28 de junio: quince muertos y sesenta heridos en una serie de choques en Barcelona, Badalovía, Herencia, Alamedilla, Villanueva de las Torres y Vergara.
- 30 de junio: huelgas en Granada y Málaga.
- 2 de julio: huelga y estado de guerra en Logroño, con resultado de un guardia muerto y quince personas heridas.
- 3 de julio: huelga en Málaga y Melilla.
- 6 de julio: huelga en Valencia, Murcia, Ceuta y La Coruña.
- 7 de julio: alguien corta todas las líneas telefónicas de Madrid, León, Asturias y Galicia (Telefónica estaba en huelga).
- 10 de julio: de nuevo cortadas las líneas en Madrid y Zaragoza, Sevilla y Gijón (seguía la huelga de Telefónica).
- 12 de julio: huelga en Palma de Mallorca.
- 13 de julio: estalla una bomba en una iglesia de Granada.
- 14 de julio: los 4.000 obreros de La Hullera Española se ponen en huelga en Bilbao.
- 16 de julio: huelga en Cartagena, Zamora y Valencia.
- 17 de julio: cortadas líneas telefónicas en Bilbao, Vigo y Zaragoza.
- 18 de julio: huelga en Barcelona.
- 19 de julio: cuatro muertos y treinta heridos durante la huelga violenta en Sevilla.
- 20 de julio: huelga general en Cádiz, Málaga y Valencia.
- 21 de julio: incendio de la central telefónica de Dos Hermanas.
- 22 de julio: Estado de guerra en Sevilla. Sesenta muertos y doscientos heridos. El ejército realiza disparos de artillería contra algunas casas. Huelga general en Málaga.
- 28 de julio: los disturbios en Sevilla arrojan un saldo final de 116 muertos y 420 heridos.
Dejaremos para otros post la llamada Revolución de Asturias y la Ley de la Defensa de la República, que sólo tiene 4 artículos y que el señor Aznar debería releer, o tal vez leer, con atención; quizás entonces aprendería la diferencia que existe entre aislar a un adversario político y tratar de eliminarlo como tal.
En la lista de sucesos que he copiado hay alguna suspensión de medio de comunicación. La lista, algo más completa, de los periódicos opositores de los que tengo noticia fueron suspendidos durante la República es ésta:
- ABC, El Debate, Informaciones, Diario Universal, El Siglo Futuro y La Nación, en Madrid.
-Heraldo Alavés, de Álava.
- El Diario de Albacete, de Albacete.
- El Día, La Gaceta de Levante, Patria, El Pueblo Obrero y La Voz del Pueblo, en Alicante.
- La Independencia, Diario de Almería y Heraldo de Almería, en Almería.
- El Diario de Ávila, en Ávila.
- El Luchador, en Baleares.
- El Correo Catalán, en Barcelona.
- El Castellano y ABC, en Burgos.
- Extremadura y El Faro de Extremadura, en Cáceres.
- Nuestro Tiempo, Diario de Jerez, Claridad, La Información y Regeneración, en Cádiz.
- El Pueblo Manchego, en Ciudad Real.
- El Defensor de Córdoba, en Córdoba.
- El Ideal de Granada.
- El Ideal Gallego, La Verdad y El Compostelano, en La Coruña.
- El Diario de León, La Luz de Astorga y El Pensamiento Astorgano, en León.
- La Verdad, El Eco de Cartagena y Cartagena Nueva, en Murcia.
- La Región, en Oviedo.
Igualito, igualito, que ayer por la tarde.
domingo, mayo 20, 2007
Cesáreo del Cerro, patrono curtidor
Esta tarde, mientras leía una edición de 1960 de la correspondencia de Francisco Largo Caballero que compré hace un par de semanas, me he encontrado con un papel entre las páginas. Son estos encuentros un divertimento y misterio colateral a la propia lectura de antiguos libros usados.
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