jueves, agosto 27, 2026

Ensayos soviéticos: la KGB después de Stalin (1): Raspogonim, razlampasim

Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn


La Chrezvychainaia Kommissiia, normalmente conocida como Cheka, nació en 1917; y muy pronto sus integrantes fueron conocidos como chekisty, término que se traspone fácilmente al español como chekista. En la particular escala de valores del comunismo soviético, ser chekista, y sobre todo serlo de primera hora, era todo un honor y merecedor del mayor de los respetos. La razón de ello es que los chekistas de los primeros tiempos de la URSS no eran personas que matasen, sino que eran muertos. Sobre todo, antes de la consolidación del poder soviético, muchos de estos espías dejaron sus vidas por el triunfo de la revolución.

Si todavía existiesen sobre la Tierra rusos comunistas nacidos hace cosa de 150 o 170 años, y tuviesen cuenta en X, los leeríamos protestar por el hecho de que “chekista” se haya convertido en un insulto; tan, tan insulto que hasta  los comunistas que hoy en día, que defienden hasta lo indefendible, parecen haber abandonado toda intención de limpiar el nombre. Esos imaginados soviéticos de primera hora nos informarían en sus tuits de que los que mataron y torturaron no fueron los chekisty, sino los nkvdisty; los operativos de la NKVD, la policía política de Stalin. Pero, como digo, su batalla está completamente perdida, pues los comunistas actuales se dividen entre los que saben lo que fue un chekista pero se callan; y los que, como Yolanda Díaz, no se enteran de puto nada.

La NKVD se fusionó en 1934 con la GPU, es decir, el Directorio Político del Estado, que era el heredero directo de la Cheka. Aquí es donde el cabreo de nuestro imaginado contertulio venido del pasado comienza a flaquear. Los pro-Cheka, de alguna manera, siempre intentaron convencer, primero al pueblo soviético, y después al mundo y a los ciudadanos del futuro (nosotros), de que una aleve NKVD absorbió la GPU, desnaturalizándola y convirtiéndola en un aparato represor. Pero eso no es verdad ni a medias. La GPU ya llegó al matrimonio convertida en un bully de la hostia; y, lo que es más importante, al contrario de lo que sostienen todavía muchos manuales, la NKVD no absorbió la GPU; fue la GPU la que se comió a la NKVD. El liderazgo operativo de la GPU quedó bien claro en el conglomerado que formó Stalin en el vestíbulo de sus grandes purgas a través del GUGB, es decir, el Directorio General de la Seguridad del Estado. Se ha descrito esto como un fenómeno por medio del cual la parte controlaba el todo. Stalin se preocupó muy mucho de que, al frente de todo aquel conglomerado, estuviese siempre alguien procedente de los servicios de seguridad. Por muchos cambios organizativos, de nombres y de siglas, que los hubo, la URSS mantuvo, durante toda su existencia, un tronco organizativo bien sólido de policía secreta y de servicios de inteligencia. Esto quiere decir: si en otras notas hemos contado que la Unión se dejó seducir por mensajes y ofertas reformistas en campos como la política penitenciaria o la regulación laboral, en el campo de la seguridad del Estado, aunque obviamente hubo iniciativas de ajuste más que de reforma (que son el motivo de estas notas), la esencia nunca se puso en cuestión. La identificación de la URSS con la KGB, ni es una casualidad, ni es una injusticia.

En el mundo soviético, es común encontrarnos con la realidad de que los comisariados, que solemos identificar con la figura del ministerio, en realidad tenían muy poco poder. Pero eso no es del todo cierto en el caso del MVD, es decir, el Ministerio del Interior. El MVD era una maquinaria burocrática muy compleja que tenía competencias sobre todo el sistema penitenciario a través del Gulag, como controlaba los servicios de inteligencia, el orden público, los archivos de información sobre las personas, o la supervisión de los gobiernos territoriales.

La estrella del MVD fue la estrella de Stalin. Mientras vivió el georgiano, y puesto que para su forma de entender el poder resultaba fundamental tener un conglomerado como el MVD en materia de seguridad, éste no hizo sino crecer. Pero, por las mismas razones, cuando murió Stalin, esa estrella se pegó el hostión en el jardín de Mari Trini. El gran golpe asestado sobre el MVD fue la retirada de las competencias del Gulag, y correspondientemente de la NKVD, en materias económicas y productivas, y la progresiva eliminación del trabajo esclavo. En 1962 el MVD era una gigante roja; una estrella que había crecido de forma acromegálica como consecuencia de su propia inercia, pero que estaba vacía de energía. Por eso aquel año fue, que diría García Márquez, la crónica de una muerte anunciada. Porque el MVD fue abolido como ministerio en aquel año pero, en realidad, su run off había comenzado antes.

El 10 de febrero de 1954, el MGB, o Ministerio de la Seguridad del Estado, recuperó su condición de departamento independiente del MVD. Fue puesto bajo la autoridad del general Iván Alexandrovitch Serov, que había sido viceministro del MVD. Serov no sólo se llevó las fotos de la familia de su antiguo despacho; en realidad, el MGB absorbió varias competencias del MVD. El 8 de diciembre de 1958, Serov volvió a cambiar de despacho. Lo nombraron jefe de la GRU, es decir la contrainteligencia militar, así como vicejefe de Estado Mayor. En el tiempo en que Serov había mandado sobre el MGB, le había cambiado el nombre por KGB; unas siglas de mucho futuro que a veces se citan en femenino (por entender que designan a la policía política) y otras en masculino (puesto que la K de KGB significa Comité).

Al frente de la KGB fue situada una persona que, precisamente por eso, se convertiría en uno de los hombres de la Historia de la Unión Soviética que más información manejó: Alexander Nikolayevitch Shelepin. Shelepin no era un chekista de solera. Había comenzado su carrera en las juventudes comunistas, es decir en el Komsomol, para pasar después a un órgano del Comité Central encomendado de controlar a las organizaciones del Partido en las diferentes repúblicas. Aunque no sabemos mucho de esa época de su vida (ni de ninguna, porque Shelepin siempre supo borrar su rastro), es probable que mostrase unas buenas dotes organizativas y, que se podría decir, racionalizadoras. Porque el caso es que cuando Khruschev decidió buscar a alguien que pudiese realizar el encargo de optimizar y adelgazar la KGB, pensó en él, aunque como digo no tenía demasiada experiencia marlaskera.

Shelepin se convirtió en la gran espadaña de la política propugnada por el nuevo hombre fuerte de la URSS respecto de las fuerzas de seguridad. Una frase bastante famosa en su tiempo: raspogonim, razlampasim, que es algo así como “arrancarles las charreteras y las rayas del pantalón”; es decir, bajarles los humos.

Aunque Shelepin redujo de forma muy significativa la nómina de la KGB, no tocó su compleja estructura interna; ésta permaneció incólume hasta mediados los sesenta. Sin embargo, los cambios fueron muy perceptibles, y fueron provocados por el cambio general del régimen. Con Khruschev, la URSS no dejó de castigar a sus disidentes políticos; pero, primero, ahora trató de centrarse en disidentes de verdad y no surgidos de las paranoias particulares de los gobernantes; y, segundo, esa represión bajó de tono, en el marco de los intentos que el régimen hizo por hacerse más presentable ante el mundo; cambios que pasaban por convencer de que en la URSS se respetaba el imperio de la ley. Un concepto así, obviamente, a un departamento que estaba acostumbrado a hacer lo que le salía del coño, le afectó mucho.

El régimen, obviamente, operó por etapas. Ciertamente, Khruschev había ganado mucha seguridad una vez que Lavrentii Beria dejó de respirar; pero eso no le llevaba a ser tan optimista como para pensar que la KGB no podía morir matando si llegaba a darse cuenta de que le estaban haciendo el lío. Se comenzó por los órganos extrajudiciales. Con el argumento de que en la nueva URSS ya no cabía más forma de juzgar al delincuente que llevarlo ante un juez, las llamadas “conferencias especiales”, los denominados “tribunales canguro”, totalmente dominados por la policía secreta, o las temidísimas troikas que decidían la vida y la muerte de las personas de forma totalmente impune, fueron disueltas. Una vez hecho esto, como un paso lógico y consecuencial, se legisló que la KGB debería entregar a los tribunales los resultados de sus investigaciones.

Esta reforma fue el verdadero torpedo en la línea de flotación de la KGB estalinista. Es evidente que la policía política podía seguir haciendo su labor; pero si le retiraban la capacidad de ejercer ese trabajo con total arbitrariedad, era obvio que le estaban cortando las alas.

Fue en este momento, y en este ambiente, cuando al Gulag se le retiraron todas las competencias económicas. En suma, pues, el golpe fue doble: en un periodo de tiempo relativamente corto, la KGB se convirtió en una policía cuando menos formalmente sometida al imperio de la ley y de los tribunales; y, además, dejó de ser una institución millonaria que manejaba una parte muy sustancial del PIB soviético a espaldas del control de casi todos.

Controlar la KGB era, además, un problema de nombres. Siempre lo es. Hacían falta personas nuevas, criadas a los pechos del Partido, que estuviesen dispuestas a jugar con las reglas del nuevo tablero. El primer ejemplo de esto fue el nombramiento de Serov que, sin embargo, no fue un nombramiento fácil. Anastas Mikoyan, quien tras la victoria de Khruschev sobre Malenkov y la muerte de Beria, se había convertido en el número 2 de facto del régimen, criticó abiertamente este nombramiento por lo que consideraba una cacicada de Khruschev. Los hombres del Politburo, efectivamente, creían estar ante una jugada propia de Stalin, es decir, ante el nombramiento al frente de la policía secreta de una persona de estricta obediencia khruschevita; y tenían razones para creerlo, puesto que Serov había dirigido la NKVD ucraniana desde 1939 hasta 1941; tiempo durante el cual Khruschev había sido secretario general del Partido Comunista en la república. Mikoyan, en sus memorias, viene a decir que Nikita Khruschev era un tipo que se dejaba manipular fácilmente por charlatanes y gente con charming político; lo que, de alguna manera, viene a insinuar que era una marioneta en manos de Serov. Muy probablemente, si el general fue cesado de su puesto operativo en la policía política, no fue por deseo del secretario general, sino más bien por la presión de los demás.

La KGB había recibido competencias sobre todo el territorio de la URSS y, de hecho, había absorbido varias competencias del MVD, como la guardia de fronteras. Fuera de su perímetro quedó la administración penitenciaria, aunque es posible que la KGB tuviese algún que otro campo de prisioneros para sospechosos, interrogatorios y esas mierdas. Pero tenía competencias en inteligencia, contrainteligencia, seguridad de las comunicaciones y del transporte; y, aunque Shelepin hubo de realizar una importante poda en el equipo humano, fue dotada de los mejores medios. A su estructura conocida, por lo demás, habría que unir un ejército de stukachi, es decir, confidentes y soplones. De forma muy importante, al ser declarada la responsable de la seguridad de los hombres más importantes del país, la KGB adquirió el poder, que administró muy sabiamente durante años y que está en la base de que Shelepin acabase por convertirse en un hombre tan poderoso, de controlar buena parte de la información que fluía hacia dichos líderes. Efectivamente, los hombres sentados en la cúpula del Kremlin sabían lo que la KGB quería que supiesen de la situación de las diferentes esquinas de la Unión, por no hablar de las intenciones de los Estados Unidos o la situación en la España de Franco. En la Historia del bloque comunista durante el siglo XX hay muchos episodios, los más sobresalientes la rebelión húngara, la primavera de Praga o los disturbios de Poznan, sobre los que a veces uno se sorprende al comprobar hasta qué punto los hombres que dirigían la segunda nación del mundo estaban a la luna de Valencia apenas semanas o días antes de que ocurriesen. La explicación es sencilla: la KGB no quiso que supieran más.

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