No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Los indonesios, pues, quizás no pueden quejarse precisamente de la dominación japonesa. El indonesio se extendió como lengua de enseñanza hasta la secundaria, y por todas partes se instiló la idea de que Japón traería, el día que pudiera, la independencia al archipiélago. Sin embargo, sí que hubo una sección de la sociedad local que no lo pasó muy bien: la sección femenina.
La moral japonesa es la moral del combatiente; y en la moral de un combatiente queda muy poco lugar para la mujer. Por razones que supongo que algún buen historiador de Asia os podrá explicar mejor que yo (bueno, quiero decir: él os lo puede explicar, yo no), el samurai japonés evolucionó, o eso me parece a mí, un tanto alejado de los objetivos de amor galante que sí que caracterizaron al caballero europeo. Con ello quiero decir que un Quijote japonés se vería extraño haciéndolo todo por una tal Dulcinea que tal y tal; el Quijote japonés, entiendo yo, lucharía por su grandeza como guerrero, o por la grandeza de su señor.
Como consecuencia de lo que os digo, para el guerrero samurai, la mujer es dos cosas: fuente de alianzas, vía matrimonio; y descanso del guerrero, por vía vaginal et alia. En consecuencia, Japón, o bien es, o bien ha sido hasta no hace mucho, una sociedad básicamente machista, generadora de una serie de tabúes que son buena prueba de lo pesados que se vuelven los ambientes de las casas que no se ventilan (como la idea de que es muy erótico que las mujeres muestren sus nucas). En la práctica, esto quiere decir que, cuando Japón movilizaba un ejército, lo que hacía, básicamente, era enviar a una patota de puteros. Hasta un tercio de los soldados que regresaron de la guerra ruso-japonesa tenía ETS. En Nankín, en 1937, los soldados japoneses violaron, literalmente, a decenas de miles de mujeres chinas, muchas de ellas en grupo, en un espectáculo que incluso a Tokio le llevó a pensar que, tal vez, se estaban pasando algún que otro pueblo con el temita. Haciendo uso de su mentalidad bastante cartesiana heredada del sintoísmo, lo que decidieron fue organizarlo. A partir de ese momento, allí donde llegasen las tropas japonesas, además de asegurarse panaderías, y suministro de alimentos, y esas cosas, organizarían burdeles con mujeres locales, con una proporción ideal de una hetaira por cada 70 soldados, mínimo. Si había putas, pues putas; y si no había, se reclutaban.
En consecuencia, en las divisiones japonesas solía viajar un pequeño grupo de mujeres taiwanesas y japonesas, de tez más pálida, más de la tierra por así decirlo, que eran las putas de los oficiales. Para la soldadesca, como digo, el puterío se reclutaba entre las mujeres locales, fuesen del color que fuesen. Estas putas en servicio militar cobraban por sus conachadas; pero lo que no podían era licenciarse. En Indonesia, pues, varios miles de mujeres fueron obligadas a vivir con la boca llena, a las que hay que sumar las que se convirtieron en amantes, más o menos voluntarias, de altos oficiales japoneses, y las que fueron, simple y llanamente, violadas en un rincón.
Junto con las mujeres, obviamente, el otro gran colectivo negativamente afectado por la llegada de los japoneses fueron los europeos; básicamente, neerlandeses. En la segunda guerra mundial, la práctica de enjaretar no sólo a los prisioneros de guerra (soldados enemigos) sino, en general, a todo ciudadano de origen enemigo, también se dio en Indonesia. Los japoneses metieron en campos no sólo a los soldados, sino a diversos europeos civiles importantes; pero esto no fue sino su respuesta al hecho de que la administración colonial, antes, había expulsado a Australia a 2.000 japoneses residentes en el archipiélago. A partir de mayo de 1942 comenzaron a producirse redadas, más o menos organizadas, de ciudadanos europeos; y a finales de ese año mujeres y niños neerlandeses fueron trasladados a lo que se llamó “barrios seguros”. Había en las islas unos 90.000 europeos y 190.000 indoeuropeos; pero Imamura consideró que era innecesario (o, tal vez, demasiado caro) meterlos a todos en campos. Sin embargo, en noviembre de 1942 Imamura fue sustituido, y la vida en los barrios protegidos se convirtió en la práctica en vida en campos de refugiados. Unos 19.000 soldados neerlandeses prisioneros fueron enviados a trabajar en el proyecto del ferrocarril de Birmania, que es el que se recuerda en el clásico del cine A bridge over the river Kwai.
El 5 de diciembre de 1942, por primera vez en su vida, Sukarno realizó una alocución radiada. Para entonces, había pasado de cero a cien en muy pocos segundos, dejando de ser un paria preso a ser el niño bonito de los japoneses. Imamura, mientras fue el responsable de gobernar el archipiélago, lo había colmado de alabanzas y le había puesto un sueldo de asesor socialista. Vivía en el mejor barrio de Batavia (bueno, de Yakarta, ya que la ciudad había sido renombrada), en una mansión, y tenía un Buick negro a su disposición. Cambió su vestimenta, pasó a llevar el Gucci de la época, y refinó extremadamente sus modales.
A cambio de todo eso, Sukarno hizo lo que se esperaba de él: tirar de coche oficial y moverse por las islas, entrevistándose con diversos líderes políticos y sociales y convencerles de que Japón molaba; de que Japón no era una potencia neocolonial (que es lo que era) sino anticolonial. Y habló por la radio en la fecha indicada que, sólo por casualidad, era el primer aniversario de Pearl Harbor.
La alocución de Sukarno se basó en una, que dicen los publicistas, idea-fuerza: o Japón, o el caos. “Si este guerra no acaba con una victoria”, dijo, “todos nuestros esfuerzo y esperanza, todo nuestro trabajo quedará hecho añicos”. “Sólo una victoria japonesa puede salvarnos, y salvar a toda Asia”, concluyó. Palabras que no creo que le gustase mucho que le recordasen años después, la verdad.
En su discurso, Sukarno vino a hablar de un nuevo paso adelante en la vertebración del nacionalismo indonesio, y anunció la creación de una nueva organización llamada Centro de Poder Popular, o sea, Pusat Tenaga Raygat. Pudiendo abreviar este nombre como PTR, la verdad es que en la mayor parte de la literatura se utiliza el acrónico PUTERA que, la verdad, a nosotros nos suena un poco escatológico (en indonesio significa “hijos”). PUTERA no dejaba de ser sino la Falange Indonesia Tradicionalista y de las JONS, puesto que era una organización en todo momento controlada y financiada por los japoneses. Como cabezas de PUTERA aparecían Sukarno y Hatta; junto con el innovador de la pedagogía Ki Hadjar Dewantoro y el malayo Tengku Mansur. Aquello era una tentativa de vertebrar la organización social nativa más allá de la campaña de la Triple A, para conseguir la implicación de los nativos en el esfuerzo bélico.
Al día siguiente del discurso de Sukarno, en Londres la Uilemina pronunció un discurso en el que habló de la reconstrucción del Reino de Holanda, tras la guerra, “sobre la base de un completo consorcio”, es decir, “una mancomunidad integrada por los Países Bajos, Indonesia, Surinam y Curaçao, con plena autodeterminación y libertad de acción para que cada territorio gestione sus asuntos internos, pero con la voluntad de prestarse asistencia mutua”. En otras palabras, Países Bajos estaba tratando de adoptar el esquema que para entonces estaba comenzando a diseñar Francia para Indochina, asimismo inspirado (aunque a su macroniana manera) en la Commonwealth británica.
Los holandeses, por lo general, van por la vida de listos, y la verdad es que son bastante listos para según qué cosas. Pero en este tema, como en otros muchos, anduvieron tardanos y agilipollados. Quizás es cierto que no podían haber apretado más la agenda; pero la cosa es que el discurso de Uilemina llegó tarde. No sólo 24 horas tarde, pues habló después que Sukarno (además de hacerlo en inglés; lo cual, frente a sus teóricos súbditos morenitos, era un handicap); sino tarde en el sentido de que no habían querido, o no habían podido, impedir que los indonesios hubiesen encontrado, por así decirlo, un portavoz en la persona de Sukarno. En marzo de 1943, en el primer acto público de importancia de PUTERA, Sukarno juntó a más de 200.000 personas.
En febrero de 1943, los japoneses perdieron Guadalcanal; en 1942, habían perdido las batallas navales del mar del Coral y de Midway. Aquello estaba muy lejos todavía de ser la derrota sin paliativos que terminó siendo; pero las primeras señales jodidas llegaron a Tokio. Fue en ese ambiente en el que los japoneses decidieron educar y organizar a la juventud indonesia. Los alegres mensajes de Sukarno apuntando a una pronta independencia de la mano del nuevo referente asiático prendieron, sobre todo, entre los más jóvenes; y pronto se dieron cuenta en Tokio de que ahí había una oportunidad.
Para los japoneses, movilizar a los jóvenes era fundamental. Su esfuerzo bélico panasiático había provocado que hubiesen dejado en Java a una fuerza bastante modesta, de menos de 15.000 efectivos que, además, no eran los más motivados y más profesionales de la cuadra. Esto hacía que la isla fuese un objetivo bastante débil y propocio para un ataque de los aliados. Solucionar este problema no pasaba por enviar más efectivos desde Japón, porque eran necesarios en otros teatros. Pasaba por galvanizar y militarizar a la juventud indonesia, para que, creyendo que defendía su independencia, en realidad defendiese los intereses imperialistas de Japón. Pero eso, claro, no era problema, porque los jóvenes eso de los matices lo llevan complicado.
En consecuencia, el obediente Sukarno comenzó a acuñar el eslógan Amerika kita setrika, Inggris kita linggis, aplastaremos a América y machacaremos a Inglaterra.
El primer paso importante de esta estrategia era crear los típicos sindicatos estudiantiles que sirven para cualquier cosa menos para estudiar. Los japoneses crearon cuatro: el Seinendan, para patoteros de entre 14 y 25 años que creaban patrullas de guardia; el Keibodan, de 20 a 35 años, que se constituyó en cuerpo auxiliar de la policía, encargados de mantener el orden; los heiho, soldados de refuerzo del propio ejército japonés, lo que venía a completar la integración ya realizada de soldados nativos del KNIL en el mismo; y, finalmente, los Pembela Tanah Air, los defensores de la patria, normalmente conocidos como los PETA. Los PETA, al contrario que las otras organizaciones, no eran tropas auxiliares, sino tropas a secas. Eso sí, sus mandos eran japoneses. Los PETA llegaron a tener 65 batallones, con unos 35.000 soldados. Sukarno veía los PETA como un paso absolutamente necesario para la independencia.
Los líderes indonesios, en todo caso, habían pecado gravemente de ingenuos. Parece claro que llegaron a pensar seriamente que los japoneses eran una especie de nacionalistas asiáticos que habían invadido Indonesia para liberarla, en una liberación cuyo pilotaje permitirían a los propios nativos y sus organizaciones. Nada de eso era verdad, empero. Japón estaba en Indonesia por su petróleo; y, en el presente y el futuro caso de que la guerra del Pacífico no se le hubiera puesto de cara, sólo estaba dispuesto a permitir, patrocinar y defender aquel status quo que le permitiese el control de dicho petróleo. Lo demás eran chistes floreados. A los japoneses, en el fondo, que Indonesia fuese independiente o una pedanía de Fervedoira, les importaba un cojón. Y, lo más importante: tenían orden de controlar estrechamente todo proceso que surgiese en Indonesia.
En consecuencia, conforme PUTERA fue cogiendo momento, los japoneses comenzaron a jugar al despiste, creando otras organizaciones más controladas por ellos, y apoyándolas. De facto, pues, el Seinendan se había convertido en una organización de Juventudes Pro Niponas, por así decirlo; estaba muy lejos de ser la vertiente juvenil de PUTERA. Asimismo, los japoneses crearon una organización específica de mujeres y otra de musulmanes, la Masyumi.
Los indonesios comenzaron a barruntar que algo podridillo había en la actitud de los japoneses cuando, en enero de 1943, otorgaron la independencia, siquiera formal, a las Filipinas y Birmania, y comprobaron que ellos no estaban en la lista. Comenzaron a darse cuenta de que su libertad no existía porque su subsuelo valía demasiado. En noviembre de 1943, Tokio convocó una conferencia panasiática a la que ni siquiera se molestó en convocar a las organizaciones indonesias. Sukarno y Hatta eran invitados a visitar Japón y los llevaban a tomar pestiños con Hiro Hito; pero todo aquello no era sino farfolla.
1944 fue el año en que las cosas se torcieron definitivamente; el año en el que, según frase de Churchill, giraron los goznes de la Historia. Alemania, parada en Stalingrado, comenzó a pedir la hora. El almirante estadounidense Chester Nimitz había conquistado las islas Gilbert, desde donde comenzó la que se conoce como su estrategia de island hopping, es decir, ir saltando como una rana de isla en isla, comenzando por las Marshall, luego las Carolinas, luego las Marianas y, ¡ale hop!, las costas del Japón.
La estrategia de los aliados, que comenzaba en Guadalcanal para pasar a Nueva Guinea, Borneo y Filipinas, pasaba de largo, por así decirlo, por Java y Sumatra; pero no el archipiélago. Por ello, para Japón era fundamental generar una movilización total en las islas.
El ejército japonés creó un Consejo Consultivo Central y la Jawa Hokokai o Asociación de Servicios de Java. La Jawa Hokokai era la sucesora de PUTERA, que se había ido desdibujando con el tiempo porque, en realidad, en aquella Indonesia las plantas que no regaban los japoneses no crecían. Pero Sukarno saltó a la JH , mientras Hatta fue nombrado vicepresidente del Consejo Consultivo. Se decretó que todos los varones de más de 14 años eran movilizables.
1944, por lo demás, no fue un buen año climático, lo que provocó el último gran elemento que hacía falta para generar un enfrentamiento cainita en Indonesia: la hambruna. Java, a pesar de ser una isla rica en recursos, pudo perder aproximadamente al 5% de su población a causa del hambre; lo cual viene a ser como si hoy muriesen en un solo año de hambre en España dos millones de personas. No por ello los japoneses bajaron el pistón; de hecho, en esa época más de dos millones de javaneses fueron encuadrados como romusha, la mano de obra nativa obligatoria empleada, entre otras cosas, en la construcción del ferrocarril de Birmania.
Pero los indonesios no culpaban de esa situación a Japón. Culpaban al poder colonial.
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