miércoles, febrero 04, 2026

Indonesia (7): En dos días, seré comida para los peces


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Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung



La estrategia japonesa para el inicio de la guerra del Pacífico podría denominarse, en términos actuales, la “estrategia Ana Peleteiro”, ya que se basaba en un triple salto: tomar Filipinas, tomar Singapur y, después, una vez neutralizados los dos puntos de apoyo asiáticos de Estados Unidos y Gran Bretaña, ir a por las Indias Neerlandesas y su petróleo. Los japoneses, como se ve, ni se planteaban que los neerlandeses se pudieran defender solos.

El 10 de diciembre, los japoneses entraron en Filipinas. Asimismo, en Malasia los dos mayores acorazados de la Marina británica fueron atacados y hundidos. Pocos días más tarde, los japoneses tomaron Hong Kong, en ese punto indefendible; y la porción británica de Borneo. En sendos mordiscos más, le arrebataron Guam y Wake a los EEUU.

El gobierno uilemino de Londres, una vez más, se dejó llevar por la necesidad de ser más papista que el Papa y, tras el ataque de Pearl Harbor, reaccionó declarándole la guerra a Japón incluso antes de que lo hiciesen los Estados Unidos, que ya tiene mérito. Aquel gesto era tan impostado y era tan gilipollas que provocó una escena que tiene poco parangón en la Historia: una declaración de guerra que el receptor se niega a aceptar.

Efectivamente: era representante holandés en Tokio un militar con amplia experiencia asiática, y que llevaba muchos años avisando a La Haya de que Japón miraba con ojitos al petróleo indonesio. Se llamaba Jan Karl Pabst y tuvo, muy a su pesar (llevaba años ya pidiendo el cambio) que presentarse ante el ministro japonés de Exteriores, Ohasi Chuichi, con la declaración de guerra en la mano. La reacción japonesa fue algo así como decirle que saliese y volviese a entrar en la sala. Finalmente, le comunicaron que Japón no se consideraba en guerra con los Países Bajos, y que seguía confiando en las posibilidades de un mutuo acuerdo en materia de petróleo. Los neerlandeses, sin embargo, se sentían fuertes. A finales de ese mes de diciembre se creó el ABDACOM, es decir, el comando conjunto entre EEUU, Gran Bretaña, Australia y los Países Bajos, bajo el mando del general británico Archibald Percival Wavell.

El gobierno de las Indias actuó deprisa. Los 2.000 japoneses que quedaban en el archipiélago (la mayoría ya se habían marchado por sí solos) fueron detenidos e ingresados en un campo de prisioneros en Australia. También había que ocuparse de los neerlandeses fascistas y alemanes que ya estaban enjaretados, y que podían llegar a ser liberados por los japoneses en caso de ataque exitoso. Los neerlandeses fueron enviados a Surinam, también colonia holandesa pero en la otra punta del mundo, en un barco que iba cargado de explosivos para que, a la menor dificultad, el capitán pudiera hacerlos explotar y hundir la nave con toda la gente dentro (pero, ojo, según la Leyenda Negra tejida, entre otros, por holandeses, este tipo de crueldades sólo las han perpetrado los españoles...) Los alemanes fueron enviados a la India, posesión británica cuya caída en manos japonesas se consideraba muy poco probable.

La historia del último de los barcos que los transportó, el Van Imhoff, no esperes que un holandés te la cuente antes del cuarto tequila. Como el transporte se ocupó primero de los alemanes más alemanes, por así decirlo, este barco, que era ya el tercero, llevaba a los alemanes de tiempo de descuento, por así decirlo. Eran, pues, los menos peligrosos: gentes no significadas por su simpatía por el NSDAP, misioneros e, incluso, los judíos huidos del país que se habían refugiado en Indonesia. Como los neerlandeses siempre han sido tan respetuosos con el ser humano, no como los españoles que, en Latinoamérica, solían violar a una india de doce años cada día antes de la cena, los llevaban enjaulados. ¿Como los perros? Sí, como los perros; o como los negros en casa de un boer.

El barco iba bien surtido de chalecos salvavidas, pero no de botes. El capitán, siguiendo una mínima norma de seguridad, comunicó este extremo. Pero el jefe de la Marina local, almirante Conrad Emil Lambert Helfrich, dio la orden de zarpar al modo Zapatero, es decir, como sea. El barco tampoco llevaba las usuales cruces rojas de gran tamaño en los techos, para indicar a la aviación en guerra que se trataba de un barco de prisioneros o de heridos; barcos que, en la teoría de los acuerdos ginebrinos, no deben ser atacados.

Así las cosas, navegando por la Sumatra occidental pasó por encima un bombardero japonés que, no viendo impedimento, le lanzó unos pepinacos, y le dio. Los daños inicialmente no parecieron graves, pero sí que lo eran. Pasado un tiempo, los neerlandeses dieron por perdida la nave y, entonces, tan tranquilos, se fueron a los botes salvavidas, a los que se subieron delante de los alemanes, que estaban en las jaulas; y, ojo, dejando incluso algunos espacios libres en los botes salvavidas.

Cuando se quedaron solos, algunos presos lograron abrir sus jaulas y se tiraron al agua. Pero el balance final es de 200 ahogados que fueron, como habéis leído, dejados a su suerte en medio del mar, enjaretados en jaulas, por los muy civilizados holandeses según los cuales la Inquisición española blablablá. Un tiempo más tarde, aparecieron por la zona dos barcos neerlandeses. El primero, directamente, no subió a nadie a cubierta. El segundo preguntaba a los náufragos si había algún neerlandés en el agua. Ambos llevaban orden del Helfrich de rescatar únicamente a “elementos fiables”. Los únicos supervivientes, 66 alemanes, llegaron solos a la isla de Nia, hacinados en una balsa que construyeron con restos.

Aunque el Estado neerlandés acabó pagando una indemnización por estos hechos (pero, ojo, que el tema tiene truco: la pagó durante la ocupación alemana), el capitán del barco fue declarado inimputable ya en los años cincuenta y, lo que es más curioso, el almirante Helfrich y su circular ordenando matar por ahogamiento a los náufragos nunca fueron juzgados. Incluso, en los años sesenta, el muy democrático estado uilemino prohibió la emisión televisiva de un documental sobre este tema. Quizás argumentó que es que el espacio estaba ya ocupado por un documental sobre las atrocidades cometidas por el aleve español contra los indígenas de Chapultepec.

Los nuevos tiempos, por lo demás, sirvieron para mejorar los destinos de los prisioneros políticos indonesios, que se beneficiaron de su actitud por lo general antijaponesa. Así, en 1943, Sukarno salió de la isla de Flores y fue enviado a un arresto mucho más lenitivo en Sumatra. Hatta y Sjahrir, por su parte, fueron trasladados de Banda Neira a Java.

La toma de control del petróleo indonesio por parte de Japón comenzó por la isla de Tarakan, que está según se va a Borneo desde la Antártida, a la derecha. El gobierno de la Indias Neerlandesas, para entonces, ya le había ordenado a la BPM, Bataafsche Petroleum Maatschappij, es decir la petrolera local, que volase todas las instalaciones que valiesen algo. Los pozos de petróleo y las refinerías son unos de los sitios más seguros del mundo. Recuerdo, siendo un niño, un brutal incendio en el centro de La Coruña, en plena noche, que los niños fuimos a ver como un espectáculo. En medio del caos, se presentaron los bomberos de Petroliber, la refinería cercana. De un jeep se bajó un tipo con un silbato. Comenzó a soplarlo, a veces una vez, a veces dos, con tonos distintos, y los bomberos, como autómatas, respondían. Apagaron el incendio en media hora.

Pero ese expertise, igual que se invierte para luchar contra el fuego, también puede invertirse en multiplicarlo. La BPM se cargó los pozos de Lingkas de un plumazo, provocando un río de petróleo ardiente que fue peor que un río de lava. Los japoneses se quedaron pijarriba y, cuando se recuperaron, se cabrearon tanto que amenazaron con ponerse a ejecutar europeos en represalia. Para ellos, era crucial que los sabotajes terminasen en ese mismo momento. Lingkas no era tan importante; pero, unos 600 kilómetros al sur, estaba Balikpapan, entonces la mayor refinería del mundo. A pesar de las amenazas, Balikpapan ardió como si estuviese rodeada de valencianos primaverales.

Los encabronados japoneses lanzaron la caza del europeo. Encontraron a 78. Unos días después, los congregaron en la playa, mientras obligaban a los locales a estar presentes. Ordenaron a dos funcionarios neerlandeses que se arrodillasen y los decapitaron. Al resto los obligaron a meterse en el mar, y allí fueron fusilados. Esto, sin embargo, no detuvo a la Administración local, que siguió saboteando sus propias instalaciones petrolíferas. La única excepción fue Plaju, en la Sumatra meridional, donde no estuvieron finos antes de que los japoneses realizasen un descenso de paracaidistas. La acción de Plaju le gustó tanto a los japoneses que inspiró una de sus marchas patrióticas, Sora no Shinpei.

En los extremos orientales del archipiélago indonesio, los japoneses se encontraron con los australianos. La idea de invadir Australia siempre estuvo en los primeros tiempos de la guerra del Pacífico sobre la mesa de los estados mayores nipones. Los japoneses lo sabían, como lo sabían también los australianos. Por ello, Australia concebía la defensa de las islas indonesias orientales como una especie de estrategia preventiva contra su propia invasión. Japón, en ese momento, quería llegar a Australia por un lado, y la India por el otro.

A mediados de febrero de 1942, Japón había invadido Indochina y Tailandia, en Filipinas y Malasia los nipones tenían posiciones de gran importancia; y quedaba, en consecuencia, el archipiélago indonesio como gran cuestión pendiente. En Célebes, Borneo, Sumatra meridional y Ambón, los japoneses habían tomado los pozos de petróleo, o lo que quedaba de ellos, y también los principales aeropuertos, lo cual les garantizaba el suministro a las tropas invasoras. Sin embargo, no habían podido poner el pie en los dos centros o polos más importantes de la zona: Singapur y Java; y, lo que es peor, las trazas eran de que iban a seguir igual de jodidos.

Esto era algo que pensaban en gran medida los occidentales, y no pocos japoneses. Por eso, la fecha del 15 de febrero de 1942 tiene tan grande importancia, por lo que supuso de cambio estratégico en la zona y, sobre todo, por el enorme espaldazado que, en Tokio, recibieron los generales de Estado Mayor que sostenían la idea de que Japón tenía una capacidad bélica sin parangón en Asia. Lo que pasó aquel día fue que Singapur, considerado “el Gibraltar de Asia”, el valladar inexpugnable de los británicos, australianos, indios y neozelandeses que allí se habían concentrado en crecido número; Singapur, digo, cayó como caen los objetivos menores de una batalla. La rendición de Singapur se convirtió, de hecho, en la mayor rendición de la Historia del ejército británico.

Con la pérdida de Singapur, el ABDACOM tuvo que reestructurarse en tres zonas: Birmania, Java y Australia septentrional. El almirante Helfrich fue nombrado comandante de la Marina en el distrito javanés. Su misión: proteger la perla neerlandesa en el Índico. Java, además de tener importantes yacimientos petrolíferos, era, y es, una isla notablemente fértil; y controlarla, por lo demás, supondría, para los japoneses, controlar la principal fuente de población adulta que se podía encontrar en el archipiélago. De ahí que se produjese, a finales de febrero, la conocida como batalla del mar de Java. Esta batalla consistió, básicamente, en el intento aliado de parar a la flotilla japonesa que llevaba a los soldados que debían realizar el desembarco en Java oriental. Aunque los aliados tenían una fuerza combinada que, sobre el papel, casi les garantizaba la victoria o el empate, la superioridad técnica que entonces tenían los buques japoneses, con capacidad de impactar sobre el enemigo al doble de distancia que éste, fue decisiva. El contraalmirante Karel Willem Frederik Marie Doorman, comandante aliado de la operación, nunca creyó en ella.

A las cinco y cuarto de la tarde del 27 febrero, los japoneses le acertaron con un pepino a un destructor holandés, el Kortenaer. En los siguientes dos días, los nipones, como he dicho básicamente protegidos por su capacidad de dañar desde más distancia, hundieron siete de los 14 barcos de la formación aliada, entre otros el De Ruyter, que era el buque insignia del contraalmirante HombrePueerta. Murieron 2.300 efectivos aliados, entre otros el propio Doorman, quien horas antes había predicho: “En dos días, me devorarán los peces”. Acertó. La batalla del mar de Java apenas retrasó 24 horas los planes japoneses de desembarco.

El desembarco japonés de Java era la mayor operación de este calibre abordada por Japón hasta el momento. Como ya os he contado, la preferencia de los japoneses era invadir la URSS asiática. Los japoneses eran conscientes de que la URSS tenía muy difícil aguantar una guerra en dos frentes; en realidad, confiaban en que Stalin se achantaría y pactaría por su cuenta. Además, contaban con el apoyo pasivo que suponía que los comunistas chinos, siguiendo en esto instrucciones de Stalin y también los deseos estratégicos del propio Mao Tse Tung, en realidad no estaban en guerra con ellos. Esta invasión, sin embargo, era imposible sin el petróleo estadounidense. Al asumir la guerra con EEUU, Japón estaba asumiendo la absoluta necesidad de invadir Java. Por eso giró el sentido de su avance, y diseñó una operación de invasión y ocupación, en la que la principal parte la llevaría la XVI División japonesa, al mano del general Hitoshi Imamura.

Imamura es una figura nada conocida en occidente, a pesar de que su actuación no tiene parangón, yo diría que no en la segunda guerra mundial, sino en la Historia. Imamura era hijo de un juez y, por lo tanto, tenía un sobrio concepto de la justicia. Por ello, como gobernador de Java trató de ser comprensivo y lenitivo allí donde pudo. Sin embargo, sus principales méritos llegaron después de la guerra. Imamura fue uno de los acusados en los juicios de Tokio, es decir, los juicios de Nürmberg en los que se ventilaron los crímenes de guerra cometidos por los japoneses. Imamura estaba implicado en todo aquello más por no haber impedido ciertas actuaciones que por haberlas perpetrado; así que recibió una condena relativamente suave: diez años.

General Hitoshi Imamura, o cómo el sentido japonés
de honor llega mucho más lejos de lo que en occidente
podemos imaginar (foto de Wikipedia).

Liberado en 1954, sin embargo, Imamura consideró que no había sido todavía suficientemente castigado. Por ello, tomó dos medidas: por un lado, cedió todos los derechos de su libro de memorias a las familias de las víctimas; y se hizo construir en el jardín de su casa una réplica de su celda, en la que permaneció hasta su muerte, en 1968. 

Ni las sentencias lenitivas de Conde-Pumpido consiguieron que saliera.

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