jueves, febrero 05, 2026

Indonesia (8): ¿Amigo o enemigo?


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


La toma japonesa de Java occidental estaba prácticamente garantizada desde el momento en que lograron controlar la ciudad y el aeródromo de Kalijati, cosa que pasó ya el 1 de marzo. El gobierno holandés de Londres se negó a capitular, y decidió impulsar una estrategia de guerra de guerrillas. Esta estrategia, sin embargo, resultó muy difícil de implantar. Una guerra de resistencia presupone la existencia de un espíritu de resistencia; y la mayoría de los soldados indonesios no tenía tal cosa. A la mayoría de ellos, y yo creo que no se les puede reprochar, la idea de perder sus vidas o sus posesiones por defender a la puñetera Uilemina no era algo que lograsen entender. Así las cosas, el KNIL apenas pudo, o quiso, presentar resistencia.

De hecho, los japoneses fueron tan rápidos y eficientes que buena parte de las tropas neerlandesas ni siquiera entraron en combate. Tras Kalijati, el 1 de marzo, un día después los nipones tomaron el campo petrolífero de Cepu; el 3, Bojonegoro. El 4 de marzo, Batavia fue declarada ciudad abierta para evitar que los japoneses entrasen en ella a sangre y fuego. Las tropas resistentes escogieron Bandung, dado que es una ciudad montañosa y, por lo tanto, resulta algo más sencillo encastillarse allí. Tjarda van Starkenborgh Stachouwer, que seguía siendo el gobernador de las Indias, entregó el mando supremo al teniente general Hein Ter Poorten; el almirante Helfrich había partido a Ceilán, convertido en un marino sin barcos. El 5, los japoneses entraron en Batavia como si fuese un centro comercial un domingo por la tarde. El 6 de marzo, cayó Buitenzorg, y el puerto de Surabaya fue objeto de un raid aéreo. Para entonces, el KNIL había hundido unos cincuenta barcos y submarinos propios. Van Mook, que había sido nombrado vicegobernador, se marchó a Australia. El 7 de marzo, los japoneses avanzaban hacia Cilacap, el puerto que se había convertido en el Dunkerke de los aliados asiáticos. Esa noche tomaron Lembang, lo cual quiere decir que tenían Bandung a la vista.

El general Imamura había ordenado a sus tropas que no cometiesen excesos. Pero, claro, había dado esa orden por algo. Él, que era un típico producto de las escuelas militares del Japón de entreguerras, conocía bien el desprecio olímpico que el soldado nipón tenía hacia los occidentales, sólo superado por el que sentía hacia los nativos. Consecuentemente, la invasión japonesa, prácticamente desde el minuto uno, se caracterizó por hechos que habrían podido evitarse. Hubo asesinatos de funcionarios coloniales, como hubo violaciones en grupo tanto de europeas como de indonesias. En algunos casos, las mujeres denunciaron la violación ante el oficial local, sólo para conseguir ser violadas por segunda vez delante de ese mismo oficial.

La dureza de los japoneses, que no se paró en colores ni etnias, no debe esconder, sin embargo, el hecho de que la población local, por lo general, no presentó ninguna resistencia. La sensación que da es de que muchos indonesios percibieron aquello como acciones de invasión; pero el sentimiento de que, si se resistían, lo harían en beneficio de unos tipos que estaban en Londres y que pasaban de ellos como de comer mierda, les pudo más. Los uileminos, de hecho, habían contado con una reacción que nunca llegó. Ellos esperaban algo parecido a la épica de la revolución española contra el aleve francés a principios del siglo XIX. Nunca entendieron, sin embargo, que aquel pueblo español estaba hondamente identificado con su monarquía nacional (pero, bueno, tampoco se lo vamos a reprochar, ya que muchos licenciados en Historia tampoco lo comprenden); y que, consecuentemente, cuando defendía la vuelta del rey, estaba defendiendo algo suyo. El caso de los indonesios es diferente. Para empezar, ellos no podían defender la vuelta de la reina Uilemina, puesto que la Uilemina nunca se había molestado en coger un paquebote e ir a visitarlos, aunque sólo fuese para leer el contador del agua. En segundo lugar, tenían la obvia sensación de que esa hipotética vuelta de la reina, del poder neerlandés sobre las Indias Orientales, se haría poniendo el contador a cero; nadie, en ese momento, era capaz de imaginar hasta qué punto la segunda guerra mundial iba a cambiar planteamientos y estrategias. Por lo tanto, para los javaneses, amboneses y borneanos, al fin y al cabo asiáticos, que otro asiático, el japonés, se presentase allí con sus metralletas, no dejaba de ser un intento de dominación más; pero, si luchaban contra él, sería en beneficio de la dominación de los lechosos.

Derrotados por el enemigo y también, de alguna manera, por su pretendido amigo, Van Starkenborgh y el general Ter Poorten se presentaron el 8 de marzo de 1942 en el aeropuerto de Kalijati, para negociar con el general Imamura. La cosa, sin embargo, tenía su truco. El gobernador argumentó delante del japonés que el nombramiento del general Archibald Wavell como comandante de las operaciones aliadas en el teatro asiático le había retirado el mando sobre las tropas, por orden de la reina; por lo que ahora no tenía el derecho de acordar rendición alguna. Ter Poorten confirmó que él tampoco lo tenía. Sólo la reina, vinieron a decir, podía rendir las Indias Neerlandesas en su totalidad; y ellos no tenían forma de comunicar con ella. Imamura decidió quedarse solo con Ter Poorten, al que le vino a decir que los japoneses tomarían Bandung y sus últimos objetivos con la punta del nabo, por lo que debía tomar una decisión. El teniente general, consciente de la gravedad de la hora, como se suele decir, aceptó hacerse un general Goded y hablar en la radio intimando la rendición a los soldados.

El Estado Mayor de Tokio podía estar contento y orgulloso. Apenas había tardado tres meses, desde Pearl Harbor, en controlar el petróleo de las islas neerlandesas. De hecho, había barrido del sudeste asiático a Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Portugal y los Países Bajos, dándole completamente la vuelta al status quo colonial en el área. La China oriental, Filipinas, Malaca, Birmania y la futura Indonesia ahora formaban parte de sus dominios. El pago por todo eso habían sido unas 2.000 bajas. Sólo en las Indias Neerlandesas, los holandeses perdieron más de 2.500 hombres, a los que hay que unir un millar más de sus aliados.

Japón ocupó todo el archipiélago, salvo Timor y Nueva Guinea; una isla muy complicada desde muchos puntos de vista, en la que sólo llegó a controlar la costa septentrional. Gracias a ello, el presidio de Boven-Digul siguió controlado por los neerlandeses.

En el curso de su conquista, Japón hizo unos 110.000 prisioneros de guerra. Más o menos la mitad eran nativos locales, y fueron, por lo general, prontamente liberados. Esta comprensión, sin embargo, no afectó a las personas más ideologizadas. La Perhimpunan Indonesia había evolucionado rápidamente hacia posiciones ideológicas antifascistas, lo cual es lógico teniendo en cuenta que el fascismo local neerlandés era rabiosamente colonial; y, consiguientemente, colaboró con la resistencia neerlandesa a la invasión japonesa. Éste es uno de los elementos sobre un asunto del que se ha hablado y escrito muy poco hasta el día de hoy, fundamentalmente porque es un asunto que a la memoria histórica holandesa no le hace mucho pandán: el papel de los indonesios en la resistencia de la segunda guerra mundial. A decir verdad, no ha sido hasta bien avanzado el siglo XXI cuando autores como Herman Keppy han comenzado a investigar el asunto. Diversos miembros de la Perhimpunan Indonesia estuvieron presentes en la manifestación de la liberación en la plaza Dam de Amsterdam, y fueron aclamados como hermanos indonesios que habían estado en la lucha con los lechosos; el príncipe Bernardo les recibió y algún que otro café con leche fue incluido en órganos públicos; pero hasta ahí les llegó el agradecimiento de los uileminos. No se trata sólo de resistencia contra Japón; sino de las varias decenas de indonesios a los que la guerra les pilló en los Países Bajos, y que colaboraron en la lucha clandestina contra los alemanes. Ocho no sobrevivieron, a los que hay que sumar otros 78 indonesios fallecidos en Europa por diversas causas. Muchos más fueron los indoeuropeos; de hecho, de los neerlandeses que acabaron por huir a Londres ante la presión policial de los alemanes uno de cada diez era indoeuropeo.

Los alemanes actuaron específicamente contra la PI ya en junio de 1941. Dos de sus dirigentes lograron escapar, y otros dos fueron trincados.

En las Indias, los japoneses impusieron unas reglas de existencia social muy austeras. Le prohibieron a las mujeres llevar pantalón, a los jóvenes de menos de 20 años se les prohibió fumar, y se instituyó como obligatoria la reverencia cada vez que alguien se cruzase con un soldado japonés. Incluso, en el caso de que fuese en bicicleta, tenía que bajarse de la misma para realizarla. Un pequeño ejército de 200 periodistas y propagandistas (sí, ya sé que es un pleonasmo) llegó después de las divisiones armadas para controlar la vida social y los mensajes que recibía. El gran arma utilizada por los japoneses fue el cine. Multiplicaron las salas abiertas y cerradas, con entradas a precios muy económicos. En aquellas salas sólo se proyectaban películas de factura nipona que exacerbaban los elementos morales japoneses como el sacrificio, reservándole a la mujer un papel complementario y sumiso. Asimismo, se lanzó la campaña llamada de la Triple A: Japón era la luz de Asia, el protector de Asia y el líder de Asia. En otras palabras, se trataba de buscar la adhesión de la población nativa a través de un nacionalismo regional que, en realidad, justificase en neocolonialismo nipón.

En ese entorno, los japoneses estaban muy interesados en los líderes indonesios que habían sido represaliados por el Estado colonial. Contactaron con ellos muy rápidamente y no tardaron en liberar a Hatta y a Sjahrir. Hatta, de hecho, cabalgó con elegancia sus contradicciones, que diría Pablo Iglesias, pues siempre se había declarado rabiosamente antifascista; pero ahora se dejó alojar por los japoneses en un hotel de lujo de Batavia, y también dejó que le adjudicasen un imponente automóvil DeSoto para que se moviera por la ciudad. Algunas semanas después, el que regresó fue Sukarno. Hay que decir que aquélla no era la solución que había querido el futuro líder indonesio para sí. Le había pedido a los neerlandeses que lo exiliasen a Australia; pero éstos, muy recelosos del personaje y de su agenda real, prefirieron dejarlo en su exilio sumatrano, de donde lo rescataron los japoneses.

Aunque Sukarno por una parte, y Hatta y Shjarir por otro, habían estado frontalmente enfrentados, ahora se dieron cuenta de se necesitaban, así que contactaron y negociaron deprisa. Mi visión de las cosas, que podréis compartir o no, es que los tres estaban jugando una partida de ajedrez, es decir, estaban pensando, no en el movimiento que hacían en el día presente, sino en los que harían dentro de meses, o años incluso. Con ello quiero decir que Sukarno, Hatta y Shjarir nunca fueron lo que se dice amigos, sobre todo los dos primeros. Cada uno jugaba sus cartas. Lo que pasa es que, en buena medida, en ese momento llevaban manos muy parecidas, lo cual facilitaba el acuerdo. Sustancialmente, Sukarno y Hatta habían decidido lo mismo: aun siendo unos fascistas de libro, los japoneses les podían ser útiles en su objetivo mayor, que era la independencia. En ese sentido, los dos grandes líderes indonesios eran un poco como los políticos del PNV, que lo mismo pactan con Juana que con su hermana, siempre y cuando les parezca que el pacto favorece sus aspiraciones de largo plazo. Los dos, pues, querían aprovecharse de la cercanía que les ofrecían los japoneses; pero no querían aceptarla solos. Ninguno de los dos quería saltar por el barranco antes que el otro. Así las cosas, ambos se convirtieron en asesores de la administración japonesa en las islas. Shjarir adoptó una postura algo más modesta, pero en modo alguno combativa u opuesta.

Los japoneses practicaron con los locales una política de palo y zanahoria. Tenían que hacerlo así, puesto que habían decidido que el nacionalismo asiático iba a ser uno de los elementos de su gestión en el archipiélago; su forma de ganarse a la población local. De esta forma, a los orgullosos indonesios de hoy en día no les gusta mucho que les recuerdes que el primer gobernante de las islas que les permitió llevar oficialmente la denominación “indonesio” fue el odiado fascismo japonés. Pero también es cierto que esos indonesios podían ser llamados así, pero no podían salir a la calle con su bicolor bandera, porque estaba prohibida.

En su análisis de la situación, Japón llegó a la conclusión de que, de todos los movimientos políticos, sociales y económicos que había en Indonesia, el de raíz islámica era el que menos riesgos le presentaba. Para empezar, tiene su lógica que los japoneses tuviesen mucha distancia intelectual respecto del Islam, dado que en ese momento era una religión con la que apenas habían tenido contacto. En segundo lugar, en el islamismo indonesio había varias organizaciones que eran de tinte apolítico, lo que les cuadraba muy bien. A los japoneses no les gustaban los nacionalistas indonesios, sobre todo porque, por experiencia propia, sabían lo exaltado que podía llegar a ser un nacionalista. Los comunistas, por su parte, les parecían repugnantes. Así las cosas, tuvieron gestos como que, tras prohibir todas las fiestas que no fuesen fiestas nacionales o sintoístas en Japón, permitieron tres fiestas islámicas.

Con todo, el gran esfuerzo que harían los japoneses en Indonesia es el esfuerzo que hay que hacer cuando se quiere hacer ingeniería social: la educación. Todo gobernante que se plantea moldear el pensamiento de sus ciudadanos lo primero que hace es rodearse de un ejército de diletantes con ínfulas, normalmente aquejados de gañanismo estructural muy bien disimulado, que se dicen libres y transmisores de libertad, cuando en realidad son veterinarios mentales que se pasan la mayor parte de su vida laboral castrando cerebros a base de contarles memeces; pero, eso sí, las memeces adecuadas.

Dos meses después de la invasión, el 29 de abril de 1942, los japoneses aprovecharon el aniversario del tenno para reabrir las escuelas primarias de nativos, mientras las de neerlandeses, chinos y árabes permanecían cerradas. Los niños aprendían japonés, cantaban canciones japonesas, escuchaban encendidos discursos de nacionalismo asiático, y todas las mañanas hacían una reverencia en dirección a Japón. Lo mismo incluso en alguna escuela hubo algún licenciado en Historia contando que Felipe II era, en realidad, un ambonés albino que viajó de niño a España en ferry.

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