lunes, enero 14, 2019

Después de Hitler (7: el Brezal de Luneburgo)

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En los primeros días de mayo, en su último traslado, el mariscal Montgomery había movido su Estado Mayor al denominado Brezal de Luneburgo, el mayor bosque de brezos y eneldos de toda Alemania. El TAC HQ (o battlefield tactical headquarters) de Montgomery era un lugar bastante especial, al mismo tiempo caótico y ordenado, fruto de la experiencia del mariscal durante la Gran Guerra, tiempo en el cual sólo se había reunido con su comandante una vez. Muy marcado por esta experiencia, cuando fue él mismo comandante, Monty diseñó una plana mayor extraordinariamente móvil, usando normalmente tiendas de campaña para todo, que permitiese reuniones constantes entre el jefe y sus subordinados; pero no más tarde de las nueve y media de la noche, porque a esa hora, en el HQ de Montgomery, y fuera la que fuese la suerte de la guerra del día, se apagaban las luces.

Bernard Montgomery era un militar muy especial que tenía la capacidad de controlar y manejar registros que a muchos militares puros les cuesta mucho. Durante sus campañas en el norte de África, consciente de la popularidad de Rommel, fue cuando decidió construir la suya propia, lo cual quiere decir que cultivó unas relaciones con la Prensa mucho más intensas que las de cualquier otro militar aliado. Le funcionó bastante bien, puesto que le sirvió para ser extraordinariamente popular entre sus soldados, por lo que pudo pedirles esfuerzos que fueron de gran ayuda.

De vuelta en el continente, sin embargo, se pasó de frenada. Como ya he citado, su rueda de prensa durante la batalla de Bulge, en la que se mostró superior y despreciativo hacia los militares estadounidenses, le granjeó inesperados enemigos e introdujo en las líneas aliadas innecesarios problemas de coordinación. Pero es que Montgomery había cambiado entre África y Europa. En África tenía que ganar una guerra; en Europa sabía que ya la había ganado y, acostumbrado a pensar con dos o tres movimientos de adelanto, en realidad estaba en otra cosa. A principios de mayo de 1945, por supuesto, el futuro de Alemania todavía estaba abierto y nadie sabía a ciencia cierta si se partiría en zonas de influencia y todo eso; pero lo que ya era claro para cualquier observador informado, y Montgomery lo era, era que los aliados estaban, en esas semanas, corrigiendo un error que cometieron en 1918, cuando permitieron a los alemanes perder la guerra sin perder su territorio y el control sobre su país. Montgomery, pues, sabía que esas tropas que ahora estaban avanzando por el país tardarían en irse, y eso suponía que habría que nombrar un gobernador para el protectorado de facto que, de una forma o de otra, se iba a montar.

Y quería ese puesto para él.

Para poder ser el futuro administrador de la victoria, el virrey aliado de Alemania como probablemente lo veía, Monty necesitaba ser algo más que un buen estratega. Necesitaba ser un protagonista de la victoria. Y en el brezal luneburgués se le presentó la ocasión que esperaba.

A las 11,30 horas de la mañana del 3 de mayo, tal y como ya se le había anunciado a los ingleses, cuatro militares alemanes se presentaron en el HQ. Se trataba del almirante Georg von Friedeburg, que había sustituido a Dönitz como jefe de la Kriegsmarine; el general Eberhard Kinzel, jefe de Estado Mayor del mariscal de campo Ernst Busch; el almirante Gerhard Wagner y el comandante Jochen Friedel.

Llevados estos cuatro hombres a la presencia de Montgomery, Friedeburg le lee al mariscal británico una carta del mariscal de campo Keitel en la que éste le ofrecía a los británicos la rendición de los tres ejércitos que en ese momento resistían el avance soviético entre Berlín y Rostock. Montgomery, quien al fin y al cabo también era consciente de sus limitaciones, contestó inmediatamente que esas unidades deberían rendirse al Ejército Rojo, no a él. Friedeburg contestó que eso era inconcebible, a lo que Monty, según su propio testimonio, respondió haciéndoles ver que hubieran hecho mejor pensándose algo así antes de atacar a los rusos.

Friedeburg todavía intentó buscar una grieta en el muro aliado al decirle a Montgomery que el Alto Estado Mayor alemán estaba muy preocupado por la situación de la población de Mecklenburgo, sitiada por lo soviéticos (a lo que parece, la de Breslau se les daba una higa); pero, de nuevo, el mariscal británico esquivó el dardo afirmando que ese frente no era de su competencia. Finalmente, el inglés decidió pasar al ataque (lo que mejor se le daba) y le preguntó a Friedeburg: “¿Rendiría usted ante mí todas las tropas en mis flancos occidental y septentrional, incluyendo Holanda, Schleswig-Holstein y Dinamarca? Ha de saber, almirante, que si no acceden ustedes a estas condiciones, ordenaré que la lucha comience otra vez”.

Acto seguido, les dijo a los alemanes que se tomasen el tiempo de la comida para reflexionar sobre el tema; pero los mandó a comer por su cuenta, apenas vigilados por uno de sus oficiales; los alemanes, pues, se tuvieron que buscar un McDonald's por su cuenta. Tras el almuerzo, Montgomery recibió de nuevo a los teutones, esta vez en su sala de mando con el mapa de batalla desplegado sobre la enorme mesa, donde repitió su demanda. Von Friedeburg contestó que tenía que consultar con Dönitz (sin que, que yo sepa, aclarase por qué se había pasado toda la comida sollozando, cabe suponer que por la grandeza de Alemania y no por todas las vidas que había costado aquello, en lugar de hacer eso mismo). Afirmó que regresaría la tarde siguiente.

Tras marcharse los alemanes, Montgomery telefoneó a Eisenhower en el SHAEF en Reims. Era la llamada más difícil para él, pero digamos que sabía que tenía una mano suficientemente fuerte como para apostar. Que Montgomery era un militar con ínfulas políticas es algo que acabamos de contar. Pero que Eisenhower las tenía más largas es algo que nos cuenta la Historia. Monty sabía que se las tenía que tener con un comandante en jefe que, en primer lugar, era el comandante en jefe; en segundo lugar, también le tenía más gusto a las fotos en primera página de los periódicos que a las barcacoas en Texas; y, tercero, bien podía utilizar aquella situación para devolverle al puto inglés todas las humillaciones gratuitamente desplegadas por su parte sobre el ejército que, realmente, y ya lo siento pero es así, había decantado la balanza de la guerra. Reims, sin embargo, estaba lejos de Luneburgo, y tengo yo por mí, aunque no lo puedo demostrar, que Montgomery era consciente de que tenía un poderoso joker en la manga: si Ike se acercaba por Luneburgo, se iba a montar una buena con los soviéticos. Así pues, en esas circunstancias el comandante en jefe tenía sólo dos salidas: una, ordenarle a Montgomery que presentase condiciones tan imposibles a los alemanes que les obligasen a darse la vuelta (que no tenía lógica e, incluso, una vez conocida por la Prensa le podía costar su popularidad); o permitirle al británico que aceptase la battlefield surrender, rendición en el campo de batalla, de los alemanes, on my behalf, o sea, como representante suyo.

Con eso, el inglés tenía más que suficiente, y lo sabía.

Volvió a telefonear Montgomery a Reims el día 4 a la hora del papeo: la cosa estaba en marcha. Entre otras cosas, le dijo, todos los corresponsales de Prensa habían sido avisados para que no se despistaran (que los periodistas son muy de despistarse y, consecuentemente, despistar a sus audiencias, para qué decirlo de otra forma).

Habían apenas pasado las cinco de la tarde de aquel día 4, en efecto, cuando, tras haber cesado el fuego en el frente, los periodistas entraron en la tienda de Estado Mayor del mariscal de campo Montgomery. Fueron recibidos por el mariscal, quien comenzó a referirles, básicamente, lo que ya hemos contado aquí. En un efecto que, de nuevo, no puedo demostrarlo, pero estoy seguro de que estaba perfectamente calculado por el mariscal, en medio de su perorata entró el coronel Ewart, de la plana del mariscal, para anunciar que los alemanes habían llegado. Montgomery, como si la cosa casi ni fuese con él, le contestó a Ewart: tell them to wait. Y así les tuvo esperando media hora hasta que terminó de poner a los periodistas en antecedentes.

Montgomery hizo aparecer el acto de reunirse con los alemanes como dotado de una incertidumbre inexistente. We will now go and see what their answer is, le dijo a los periodistas: ahora vamos a ver qué respuesta tienen ellos (a todo lo que yo les he propuesto); en realidad, Montgomery ya sabía a lo que iba, y si había algún periodista listo dentro del pequeño enjambre de corresponsales que lo rodeaba, ya se habría dado cuenta de ello.

En la noche del 3 al 4, los oficiales de Montgomery habían estado redactando un documento de rendición. Lograron hacerse con una copia del que había presentado Alexander al ejército de Italia y, básicamente, hicieron de copiotas, cambiando nombres, referencias and the like.

Cuando Friedeburg y su pequeña corte de alemanes cadavéricos (al menos ésa es la impresión que le dejaron a más de un testigo; tal vez, pienso, fue ahí cuando comenzó el mito de las batallas contra nazis zombies) entró en la caravana de Montgomery y conoció dicho documento, comenzaron algunas discusiones de última hora. Friedeburg, lógicamente al contrario que los aliados, no quería ni que Dunquerque ni que las Islas del Canal se incluyesen en el documento; así pues, la cuestión se dejó abierta para no dilatar el tema, que es algo que, cuando hay periodistas en la puerta esperando, nadie quiere (y, hasta donde yo sé, tampoco ninguno de ellos tuvo la inteligencia de preguntar, claro). Finalmente, el almirante, que estaba solo porque el resto de la delegación alemana permaneció fuera de la caravana, pidió una copia en alemán del acuerdo de rendición pero, por lo que contaron los testigos, apenas la leyó. Fue más una pamema que otra cosa.

Hecho esto, salió de la caravana y, mirando hacia sus camaradas, asintió con la cabeza y, al parecer, dijo algo así como: “es más o menos lo que nos esperábamos”. Así pues, la pequeña caravana de militares de alta graduación se puso en marcha hacia la sala de conferencias. Allí, una vez sentados los alemanes, Montgomery releyó las condiciones de la rendición; pero lo hizo sólo en inglés y los alemanes, a pesar de que apenas podían entender una o dos palabras de cada párrafo, no protestaron. El mariscal de campo, por cierto, se quedó personalmente con el original de la rendición; a Eisenhower le envió una copia fotográfica.

El general Kinzel permaneció en el HQ de Montgomery como invitado suyo aquella noche, y de hecho permanecería más adelante como oficial de enlace entre los alemanes y el cuartel general del británico. Después de la cena ese mismo día, Reims informó a Montgomery de que los alemanes iban a volar a la ciudad francesa para negociar los términos de una rendición general. Pero Montgomery ya tenía lo que quería. Las fotos que tomaron los periodistas de cómo los alemanes se rendían frente a un mariscal de campo inglés pronto dieron la vuelta al mundo; la noticia provocó una oleada de optimismo sobrado, de ése que tanto le gusta a los ingleses, desde las nueve de la noche del propio día 4, cuando fue distribuida por la BBC. Si, como había oído Monty por ahí, la rendición de las tropas alemanas en Italia había provocado que Churchill pensara en el general Alexander como  su hombre para mandar en la Alemania de posguerra, ahora tendría que pensárselo dos veces.

El mismo 5 de mayo, las unidades del XXI Cuerpo de Ejércitos comenzaron a hacer efectivas las rendiciones de las unidades alemanas. Dado que la guerra había terminado en Dinamarca como consecuencia del documento, los aliados occidentales se apresuraron, el mismo día 5, a desplazar tropas hacia Copenhague, para asegurar el país de su lado; cosa que, como ya hemos dicho, en ese momento no estaba nada clara.

Recuérdese, además, que los alemanes también habían rendido en el Brezal de Luneburgo la totalidad de las posiciones que conservaban en Holanda. Así las cosas, a las cinco de la tarde del sábado, día 5, los corresponsales de guerra, convenientemente pastoreados por supuesto, se reunieron para ser testigos de la rendición del comandante de las fuerzas alemanas en el país, general Johannes Blaskowitz, en este caso ante el teniente general canadiense Charles Foulkes. La firma se produjo en un hotel en Wageningen.

La rendición de Wageningen, sin embargo, habría de comenzar a mostrar hasta qué punto los términos firmados en Luneburgo no eran los de Berlín.

En Berlín, en efecto, la rendición de las tropas alemanas había llevado aparejada su condición como prisioneros de guerra. En Holanda, sin embargo, técnicamente no fue así. Según los términos firmados en Wageningen, y que bebían de Luneburgo, el jefe rendido, el general Blaskowitz, permaneció como responsable del mantenimiento y la disciplina de todas las tropas alemanas situadas en Holanda occidental. Esta previsión del documento de rendición tuvo como consecuencia, negro sobre blanco, que muchas tropas alemanas permaneciesen armadas y en uso de sus competencias. En no pocas ciudades holandesas, para sorpresa de los civiles, canadienses y alemanes patrullaban separados, pero patrullaban ambos. Había calles en las que una acera era de unos, y la otra de los otros; y todos eran amiguitos.

Fue una decisión muy práctica. Los aliados occidentales carecían de medios para meter en el maco a todo aquel ingente número de soldados que en un solo acto se les rendía. Para los británico-canadio-australio-neozelandio-estadounidenses, lo que era fundamental era no adquirir compromisos a la hora de proveer papeo y priba para toda aquella peña. Por eso colocaron en los documentos de rendición cuidadosas cláusulas que dejaban claro que eso seguía siendo un marrón del propio ejército alemán. ¿Era eso posible? Pues la verdad es que no, pero los militares juristas de Montgomery habían encontrado una vieja grieta en el derecho bélico, que consistía en no otorgar a los rendidos la condición de prisioneros de guerra, sino de tropa capitulada o tropa rendida. Según la costumbre, al parecer, las condiciones de estas capitulated troops pueden decidirse mediante la negociación, es decir, no están establecida en las normas. En otras palabras: sobre una tropa capitulada, el vencedor puede decidir cuándo y cómo los disolverá y, sobre todo, durante cuanto tiempo podrán permanecer armados esos soldados.

Montgomery, por lo tanto, fue más allá de las condiciones de rendición que se habían pactado entre los aliados al más alto nivel. Los alemanes, en Holanda, no fueron considerados POW, Prisioners Of War, sino SEP, Surrendered Enemy Personnel. No hace fata decir que ésa no era la forma que tenían de actuar los soviéticos con las unidades alemanas que se les rendían y, la verdad, siempre habían asumido que sus aliados occidentales harían lo mismo. Por eso, cuando supieron que los oficiales canadienses habían sido instruidos en Holanda para permitir que los oficiales germanos portasen un arma personal y que la policía militar germana no tuviese que entregar su armamento, se cogieron un globo de mucho cuidado.

En todo caso, una vez que los términos con los alemanes fueron acordados en Wageningen, los llamados Seaforth Highlanders, un regimiento de la I División de Infantería canadiense, recibió la orden de avanzar hacia Amsterdam y Holanda occidental en general.

El 4 de mayo, la inmensa mayoría de la prensa mundial mordió el anzuelo que le había echado el mariscal Bernardo y publicó que Montgomery había logrado el triunfo sobre los alemanes. Como ya se ha comentado un poco más arriba, la verdad es que por lo general los periodistas no suelen ser seleccionados de entre lo más inteligente de la masa humana. Su tendencia a la simplificación es sólo uno de sus defectos, aunque quizás sea el más intenso de todos; y esa tendencia les suele llevar a personalizar en exceso las noticias. Igual que se suelen resistir a decir el Gobierno aprueba un decreto y prefieren decir Sánchez aprueba un decreto, como si el presidente de un gobierno democrático fuese, ejem, el general Franco; igual que eso, digo, al final de la segunda guerra mundial también tenían tendencia a ponerle nombres y apellidos a los accolades ocurridos, y eso Montgomery lo sabía muy bien, que para eso llevaba para entonces como dos años bañándose en leche de burra periodística casi cada mañana. Le funcionó, la verdad, de coña; él fue bastante más listo de lo que habían esperado de él, y los periodistas tan estúpidos y simplones como de costumbre.

La noche del día 3, Monty había comunicado al SHAEF de Reims la total rendición de las fuerzas alemanas del noroeste de Alemania, Holanda y Dinamarca ante el XXI Grupo de Ejércitos, con efecto desde las 8 de la mañana del día siguiente. El SHAEF había contestado aclarando que se trataba de una rendición en el campo de batalla, y sólo eso. El Alto Mando pretendía, por lo tanto, que sólo se hubiesen rendido las tropas que ocupaban los flancos del grupo de ejércitos comandado por Montgomery; pero ellos sabían que no era así, puesto que tanto Holanda como Dinamarca estaban también en el saco.

La prensa, convenientemente aleccionada, también se hizo eco del hecho de que el mariscal británico había esquivado el gambito de los alemanes y se había negado a aceptar la rendición de las tropas que luchaban contra los soviéticos. E interpretó, no sin razones para ello, que era el principio del final de la guerra, puesto que, después de que aquel más de un millón de hombres se hubiese rendido, a Alemania ya tan sólo le quedaban posiciones de cierta seriedad en la Checoslovaquia occidental, en Noruega, Desde, Breslau, cuatro puertos en la costa francesa, las Islas del Canal, Letonia y una muy pequeña parte de Prusia oriental.

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