miércoles, noviembre 07, 2018

Constantino (9: Tiro)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.
Augusto, o tal vez no
La conferencia de Carnutum
Puente Milvio
El Edicto de Milán
La polémica donatista
Arrio

En el 328, las muchas diferencias en el seno de la Iglesia cristiana hicieron necesario un nuevo concilio, esta vez en Antioquía. El partido lo ganó quien probablemente lo convocó, esto es Eusebio, con la condena de Eustacio. La cosa no fue nada edificante, ya que los dos Eusebios (el de Cesarea y el de Nicomedia) montaron eso que se llama una campaña de desprestigio de Eustacio, al que acusaron de acostarse con putas. De hecho, en el concilio se habló del testimonio de una de ellas, quien afirmaba que había tenido un hijo del obispo; afirmación de la que al parecer se desdijo luego.

El mismo año del concilio de Antioquía la cascó Alejandro de Alejandría, el cacofónico obispo partidario de la legalidad niceica. En su sustitución no hubo sorpresas. El candidato en el que todo el mundo pensaba era Atanasio, su second on board, que ya había estado presente en Nicea, y así fue como ocurrió.

Atanasio tuvo que enfrentarse casi desde el primer día con un problema tal vez inesperado para él: la creciente cercanía entre Constantino y Arrio. Arrio, la verdad, debía de ser un tipo no exento de inteligencia política. Según mi interpretación de los hechos, debía de tener muy buena información de sus corresponsales, información global de lo que pasaba aquí y allá; y gracias a esa información tan completa fue como fue capaz de reconstruir dentro de su cabeza la de Constantino. Tengo yo por muy probable que el obispo entendió muy bien que Constantino no tenía ninguna opinión sobre la querella planteada en la Iglesia imperial. Como ya he dicho párrafos antes, a mí me da la impresión de que a Constantino, que estaba en el cristianismo porque sabía que la Iglesia era una institución con sobrada capacidad para tenerle el cotarro organizadito y sin dar por culo, si le preguntaban sobre si el Padre y el Hijo son o no de la misma sustancia, lo más probable es que contestase: I don't give a fuck (que es, al fin y al cabo, lo que, con mayor o menor educación, contesta el 99,9% de los creyentes...) Lo que quería Constantino era una Iglesia eficiente, y si para eso tenía que ponerse de acuerdo en que el profeta Isaías era un payaso de caramelo, por él no quedaría.

Entendiendo este fenómeno, como digo, Arrio inició un acercamiento al emperador, tirándole el hueso de que, bueno, pensando las cosas despacio, la verdad es que había cosas del Credo niceico que no veía problema en aceptar. Al parecer él, o más bien alguno de sus parciales, consiguió ganarse a Constancia, hermana del emperador y viuda de emperador (ya que Licinio había muerto). Ella misma estaba ya cerca de la muerte, y quizás ese momento la hizo más proclive a escuchar argumentos de los religiosos; pero el caso es que apoyó las pretensiones arrianas y entre ellas, la más importante, que era ser recibidos por Constantino.

El emperador, en efecto, hizo llamar a Arrio a Constantinopla, y éste se cogió el AVE en cuanto le llegó el email. Arrio y su compañero Euzoio, un antiguo diácono de la iglesia alejandrina a quien Alejandro había cesado, se postraron ante Constantino y, ante las demandas de éste, le dijeron que sí, que estaban dispuestos a aceptar el Credo niceico. Así pues, Arrio redactó una confesión de fe, y Constantino, inmediatamente, hizo convocar un concilio en Nicomedia, que lo rehabilitó.

¿Todo solucionado? Ni de coña.

Arrio, que como he dicho debía ser un tipo listo, sabía bien cómo hacer para que en aquel acuerdo pareciese que él cedía pero la otra parte no. Hubiera podido quedarse en la actual Turquía, o en Siría, donde había plenty of sedes episcopales que bebían los vientos por él y lo acogerían con los brazos abiertos. Pero no hizo eso; él se empeñó en volver a su origen, esto es, Alejandría. Pero en Alejandría estaba Atanasio; un tipo que preferiría destrozarse un testículo con un pelador de ajos antes que aceptar a Arrio en su, por así decirlo, colegio episcopal. Así se lo dijo (bueno, lo del huevo no; pero se sobreentendía) a Constantino en una carta.

Así que ahí tenemos al emperador, emparedado entre dos decisiones, ninguna de las cuales podía salir bien: apoyar al máximo aval de su credo niceico, o exigir el cumplimiento de la legalidad surgida de su acuerdo con Arrio. Optó por lo segundo.

La cosa, sin embargo, no terminó ahí. Los arrianos, que probablemente habían previsto la intransigencia de Atanasio, iniciaron una campaña de opinión pública contra él, acusándole de varias cosas que fueron finalmente desmentidas, entre otras complotar contra el emperador. Constantino, sin embargo, lo defendió frente a estas acusaciones, mostrando de nuevo su ágil cintura pragmática en todos los asuntos de la Iglesia. En el año 331 se entrevistó personalmente con Atanasio en Nicomedia. Algo debió iniciar esa entrevista, algo le debió contar (y demostrar) Atanasio sobre el peligro de darle cuartelillo a los arrianos, porque dos años después Constantino estaba apoyando la quema masiva de textos arrianos.

Éstos, sin embargo, parece que dominaban mucho mejor las redes sociales y consecuentemente su capacidad de manchar, con o sin razón, el nombre de Atanasio. En una de estas acusaciones, mostraron públicamente una mano cortada e informaron que había pertenecido a Arsenio, un obispo meleciano egipcio. Le dijeron a los alejandrinos que Atanasio había matado a Arsenio, se había quedado con la mano y la usaba para realizar magia negra. Para desgracia de Atanasio, una de las personas que creyó, o creyó lo suficiente, esta historia, fue Constantino. Se crea o no, la movida de la mano (o, más en concreto, el pretendido asesinato de Arsenio) fue el motivo de la convocatoria de un nuevo concilio, el de Cesarea (334).

Atanasio hizo todo lo posible, antes del concilio, por encontrar vivo a Arsenio en algún rincón de Egipto. Finalmente, el CNI niceico cantó bingo: supieron de la noticia de que Arsenio estaba vivo en un monasterio meleciano. Los partidarios de Atanasio consiguieron, no sabemos si de buen o mal grado, una confesión de Patrines, el abad, por así decirlo, del monasterio; confesión que Atanasio puso en conocimiento de Constantino. Toda esta información llegó a Cesarea en medio de nuevas acusaciones de los arrianos, que día sí, día también, tenían el Twitter temblando con acusaciones más o menos peripatéticas. Así las cosas, Constantino decidió promover un nuevo concilio para que se posicionara sobre el futuro de Atanasio y sobre la interpretación arriana.

Esta nueva reunión eclesial se produjo en Tiro en el año 335. Este concilio decidió, primeramente, constituir una comisión de investigación de las acusaciones contra Atanasio: fueron nombrados Teognis de Nicea, Maris de Calcedonia, Teodoro de Heraclea, Macedonio de Mopsuestia, Ursacio de Singidinum y Valente de Mursa. En fin, aquellos de mis lectores que seáis arrianos habréis reconocido en esta lista a un buen número de vuestros compis de la época; Arrio, de alguna manera, había conseguido ser juez y parte en la comisión. La orina de Atanasio comenzaba a oler mal. De hecho, el obispo alejandrino trató de bombardear la comisión, sin conseguirlo.

Después de irse la comisión a Egipto, los padres conciliares se trasladaron, casi todos, a Jerusalén, donde Constantino había decidido celebrar su tricennalia, o sea sus treinta años en el machito. Fue en esta celebración cuando Eusebio de Cesarea, quien se había convertido para entonces en uno de los principales asesores religiosos de Constantino, pronunció un discurso donde se da comienzo a una idea que tuvo siglos de próspera vida: la idea de la monarquía nacida de Dios. Aunque la idea no es nueva (al fin y al cabo, los faraones eran dioses), nunca hasta entonces se había elaborado imbricada en un sistema tan potente como la creencia cristiana. El rey (emperador en el caso constantiniano) lo es, dice Eusebio, por la voluntad de Dios. Es Dios quien lo unge y, por lo tanto, quien ataca al emperador, ataca a Dios. Es, pues, moralmente comprensible que los pueblos defiendan a su monarca, lo obedezcan y lo adoren. La legitimidad del rey proviene de la divinidad, no de su nación ni mucho menos de su pueblo.

Mientras Constantino recibía en Jerusalén lo parabienes de todo dios (nunca mejor dicho), estaba fraguando la idea de una reunión que cerrase por fin la polémica eclesial. Así pues, después de Jerusalén, ordenó que Arrio compareciese ante los prelados conciliares para que éstos zanjasen la postura frente a él. Con una mayoría arriana evidente, el concilio lo abrazó. Es lo que conoce normalmente como concilio de Jerusalén, ya que la reunión no se celebró en Tiro (si bien el concilio de Tiro continuó después; es un poco lío).

En Tiro se recibió a la comisión de investigación, la cual regresó de Egipto afirmando que todas las acusaciones contra Atanasio eran ciertas. En un momento muy efectista y preparado de los niceicos, digno de la mejor película americana de juicios, Atanasio, enfrentado a la mano momificada que sus enemigos decían ser de Arsenio, preguntó, campanudamente, si alguno de los obispos allí presentes habían conocido personalmente al pretendidamente asesinado. Cuando varios dijeron que sí, hizo entrar en la sala al propio Arsenio, con los brazos tapados con un manto. Ante la sorpresa general, Atanasio le quitó a Arsenio el manto, para mostrar que conservaba sus dos manos.

Todos sabemos, sin embargo, o deberíamos saberlo, que cuando lo que se está ventilando es un escándalo político, la verdad es la primera de las víctimas. Atanasio dejó clarísimo que él no había matado a Arsenio puesto que estaba vivo pero, la verdad, no le sirvió de nada. El concilio de Tiro, formado mayoritariamente por obispos orientales, era un concilio cada vez más mayoritariamente partidario de Arrio, y más deseoso, por lo tanto, de que la principal sede oriental, Alejandría, estuviese en manos de uno de ellos. Por ello, a pesar de pruebas tan evidentes, decretó el cese de Alejandro y su sustitución por Pisto, un prelado decididamente arriano y que tenía otra virtud: combinaba estupendamente con los huevos fritos.

Lo que había pasado era una de esas cosas a las que por lo visto es tan aficionado el Espíritu Santo, responsable último de la correcta senda de la Iglesia católica la cual, como es bien sabido, no hace si no transcurrir por los carrilitos que le diseña su Creador. La Iglesia que había prevalecido en el concilio de Nicea era la que había perdido el concilio de Tiro. Tal cual. Poco tiempo después de terminado Tiro, de hecho, Constantino recibió en su capital a una representación de la Iglesia en la cual sólo había arrianos. Sin embargo, quienes pensaban que con eso Atanasio se daba por vencido, estaban muy equivocados. Atanasio de Alejandría era el Pedro Sánchez del catolicismo, el Mac Arthur de la cristiandad, y estaba dispuesto a volver sí o sí.