lunes, mayo 21, 2018

Isabel (24: continúa el caso López)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


Essex estaba decidido, pues, a jugar el gran juego del poder en Inglaterra. Lo estaba a pesar de alguna decepción grande, como la negativa por parte de Isabel a su sugerencia de que nombrase Fiscal General de la Corona a Francis Bacon, muy cercano al conde. Isabel, sin embargo, recelaba del Señor Panceta, un tipo que no se mordía la lengua y que se había levantado en el Parlamento para criticar la excesiva presión fiscal de la reina. En realidad, es probable que el detalle de Bacon convenciese a Essex de que no podría subir la escalera del poder peldaño a peldaño, como era costumbre. Que se lo tendría que montar con un golpe de efecto, asunto para el cual la movida de los portugueses era perfecta.

Los servicios de Essex captaron el rumor de que López había sido convencido por Andrada para matar a la reina de alguna manera discreta e imposible de trazar (para la época). Según estas teorías, el doctor estaba en contacto con los españoles a través de otro agente doble portugués, Esteban Ferreira da Gama, al cual Essex hizo vigilar y acabó interrogando.

El error más habitual de Essex, que resulta tóxico en la alta política, es que no sabía manejar los tiempos. No tenía paciencia. Llegó un momento en el que tenía alguna que otra cosa, interrogatorios y el testimonio de que Da Gama y López se habían encontrado en Wanstead; pero, como diríamos hoy, no tenía caso, al menos no todavía; todo era circunstancial. Sin embargo, se apresuró a irle a Cecil y al almirante Howard con sus sospechas y, de hecho, ni corto ni perezoso se presentó en la cámara privada de la reina y acusó formalmente a López. La reina reaccionó malamente; lo apeló de jovencito demasiado echado para delante, y le recordó que no podía acusar sin pruebas, menos a una persona de cuya inocencia ella, la reina, estaba personalmente convencida. De hecho, insinuó que toda aquella acusación la estaba montando Essex para contraprogramar el rumor que había en todo Londres de que era pasto de una enfermedad venérea él mismo. López, recordó Isabel con buena memoria, ya había sido investigado por Burghley y Cecil, sin resultado.

El zasca de la reina fue de tal magnitud que Essex pasó dos días en la cama lamiéndose las heridas. Él, sin embargo, sabía que no todo el caso López era una cáscara vacía. El médico, de hecho, le había confesado que alguna pajilla mental se había hecho con Andrada y Ferreira, pero que, en todo caso, según sus insinuaciones, el tema se había quedado en nada por falta de financiación española. En todo caso, además, esa financiación, en realidad, tenía que ver con el mantenimiento de la candidatura de Dom Antonio. Por eso Burghley y Cecil consideraban que el doctor López era más un decidido partidario del cambio de la corona lusa que contrario a la vida de la reina.

Essex, sin embargo, tenía, o creía tener, una visión más periférica. El conde había heredado buena parte de la red de espías de su suegro, sir Francis Walsingham. Entre las personas que ahora trabajaban para él se encontraban, además de Bacon, Thomas Phelippes, un tipo al que ya hemos leído en estas notas realizando manipulaciones que fueron fundamentales para separar la cabeza del cuerpo de María, reina de los escoceses; así como William Sterrell, un espía que se había especializado en las infiltraciones en las organizaciones católicas inglesas.

Sterrell había descubierto una conspiración de exiliados católicos, los cuales estarían intentando convencer al rey español para que alcanzase una paz pragmática con Inglaterra que sirviese para poner más fáciles los movimientos de personas en Europa y, por lo tanto, acercase la posibilidad de un atentado contra Isabel. En el marco de esas investigaciones, Sterrell tuvo conocimiento de un espía portugués, llamado Manuel Luis Tinoco, buen conocedor de Andrada y Ferreira.

En julio de 1593, según las investigaciones del FBI particular de Essex, Tinoco había abandonado Inglaterra hacia el continente, teóricamente para realizar una misión para la causa de Dom Antonio. En Bruselas se entrevistó con importantes funcionarios de la Administración española. Consciente de que con esos movimientos le sería difícil volver a Inglaterra, se inventó una prisión en Marruecos de la que habría escapado tras grandes esfuerzos, y le escribió a Burghley contándole esa milonga y tentándole con “importantes informaciones” que podía contarle. Con estos mimbres, el gobierno inglés le concedió pasaporte, y Tinoco estaba en Londres de nuevo en enero de 1594; pero en el camino de Londres sus caballos fueron detenidos por un grupo inesperado de hombres armados; la tropa de Essex.

Fue un golpe afortunado. Del equipaje de Tinoco salieron cartas escritas en Bruselas para Ferreira da Gama, en las que se le instruía para organizar con Andrada una acción para matar a la reina Isabel. En las cartas se decía que el rey Felipe estaba al tanto del plan y lo había aprobado, así como que el doctor López, en la conversación de Wanstead, había dicho que mataría a la reina, envenenando un jarabe, a cambio de 50.000 coronas. Tinoco tenía en su poder, de hecho, cartas de crédito de comerciantes holandeses asegurando este pago; esto último era muy de Felipe II, siempre preocupado por no aparecer en las conspiraciones.

Debo decir, en todo caso, que vistos los antecedentes, y estando Phelippes de por medio, no creo que ni yo ni ningún historiador ni nadie pueda adverar qué parte de todo este material lo traía efectivamente Tinoco del continente, y qué parte fue cocinada.

El conde procedió a detener a López en su propia casa, y lo puso bajo vigilancia por su propio personal a las órdenes de su capataz, sir Gelly Meyrick. Pocos días después, una vez que acopió todo el dosier de pruebas que tenía, se lo enseñó a la reina. Isabel quedó impresionada de lo que leyó y, aunque con reticencias, autorizó el ingreso de López, Ferreira y Tinoco en la Torre. Interrogado allí, Tinoco reveló el detalle, que ya conocemos, de que el propio Cristóbal de Moura le había regalado a López un caro anillo con piedras preciosas.

Acto seguido, Essex y Cecil comenzaron a interrogar a López. El doctor, muy nervioso y utilizando a menudo palabras gruesas, explicó que su presencia en la conspiración no tenía más función que engañar a Felipe II para hacerle pagar grandes sumas de dinero, que el doctor pretendía usar para la causa de Dom Antonio, lo que realmente le importaba. Él, dijo, nunca pensó en matar a la reina, y utilizó un argumento importante: Isabel, en realidad, nunca tocaba los jarabes que le ofrecía su médico. Y lo cierto es que la reina en ningún momento dijo lo contrario. Un detalle que me hace pensar que, efectivamente, en la documentación incautada por Essex había afirmaciones fabricadas, además mal.

López, sin embargo, sí tuvo que admitir que Moura le había enviado una joya, entre otras cosas porque su mujer la había vendido en Londres. Asimismo, también admitió que había animado a Ferreira da Gama para que se ofreciese al rey español, aunque siempre decía que todo era para mejorar las perspectivas financieras del candidato a la corona portuguesa.

El conde estaba exultante. Sin embargo, lo más cierto es que no consiguió, ni de lejos, lo que pretendía. En medio de toda aquella investigación, la reina lo hizo llamar un día para comunicarle que había decidido encargar a Burghley el nombramiento de Fiscal General. Más aún, también había decidido que la mayor parte de las competencias que habían sido de Walsingham se le adjudicaran a Cecil. Fue Cecil, de hecho, quien en en una conversación con Essex le dejó bien claro que Bacon no sería fiscal, porque había perdido todas sus opciones frente el muy carbonatado sir Edward Coke, candidato de Burghley.

En febrero de aquel 1594, la gota clavó a Burghley a la cama de su casa. Y los ataques no pudieron llegar en peor momento, porque para entonces Da Gama y Tinoco estaban largando en modo experto en la Torre, lo que incrementaba exponencialmente las posibilidades de que el encuentro entre la mano derecha de la reina y Andrada, tres años antes, acabase expuesto al conocimiento público. Cada vez más viejo e incapaz, el zorro inglés tuvo que dejar sus asuntos en manos de su hijo.

El 18 de febrero, durante un interrogatorio, Da Gama confesó haber recibido dos cartas de López para Moura en Madrid. El contenido de aquellas cartas dejaba clara la implicación del doctor en la conspiración para matar a Isabel. Tinoco, por su parte, declaró que, durante su estancia en Bruselas, los hombres de la Corona española le habían dejado muy claro que López se había comprometido a envenenar a la reina.

El 25 de aquel mes, Essex interrogó a López la última vez. Bueno, fue la última porque los interrogadores le amenazaron con atarlo al potro, claro. Con estos mimbres, López admitió que había complotado con Da Gama para matar a la reina a cambio de 50.000 coronas; pero mantuvo la versión de que nunca pensó en seguir adelante con el plan, que todo lo hizo para engañar al rey español, trincar la pasta y financiar las aspiraciones de Dom Antonio.

Tal vez López sabía lo que Essex, sin duda alguna, sí que sabía: que la amenaza del potro era mercancía averiada. Isabel, como buena ciclotímica caprichosa y consentida, profesaba el mayor de los odios para sus odiados, y por eso los condenaba a ser eviscerados a lo vivo; pero también el mayor de sus cariños hacia los suyos. La reina no estaba nada convencida de las intenciones de su doctor particular, con el que lógicamente habría construido puentes de afinidad como ocurre siempre entre pacientes que no son unos gañanes y médicos que no actúan como médicos; y, sin lugar a dudas, jamás había dado su visto bueno a que López fuese bajado a algún sótano oscuro para que le hiciesen guarreridas torturescas. A todo lo que llegó Essex fue a realizar esa acción previa a la tortura, cuando al reo se le enseñan los instrumentos que se utilizarán para romperle los huesos y tal. Por supuesto, porque el pueblo es sabio y la opinión pública es lo más y tal y tal, a pesar de que nadie le tocó un pelo al portugués, en todo Londres se contaba que había sido salvajemente torturado varias veces.

Essex estaba en una posición desabrida. A pesar de todas las pruebas con que contaba, la versión del doctor López, bastante creíble, amenazaba con arruinar el caso contra él. Sin embargo, para su sorpresa (no la tuya, lector, o eso espero) encontró un inesperado aliado: Robert Cecil. A pesar de que todos los hombres de poder en Londres, Essex incluido, habían escuchado a Burghley y a su hijo decir en privado que estaban convencidos de la inocencia de López, en público vieron a Cecil sostener su culpabilidad. La familia estaba especialmente interesada en que Essex dejase de investigar. De hecho, Burghley incluso convenció a la reina de que tanto Essex como Cecil se sentasen en el juicio entre los quince jurados, algo que incluso hace cinco siglos era todo un escándalo procesal por su amplia implicación en la investigación del proceso. Por lo demás, en dicho proceso el juez, que no fue otro de Coke, sabía que del resultado del mismo dependía buena parte de su nombramiento como Fiscal General. Así pues, la condena de culpabilidad prácticamente venía de suyo.

Nada más pronunciarse el veredicto, Cecil envió a un propio a la Corte para comunicárselo a la reina, buscando una rápida ejecución del mismo que cerrase todas las bocas que tenía que cerrar. Por su parte, Ferreira y Tinoco recibieron la desagradable sorpresa de que Cecil se olvidaba rápidamente de las promesas de seudoinmunidad que les había hecho a cambio de sus testimonios contra López: los puso a ambos camino del patíbulo, mediante un juicio que debía empezar el 14 de marzo. En dicho juicio fueron condenados por traición, un sinsentido jurídico que nunca se ha explicado pues ambos, al contrario que López, nunca habían dejado de ser portugueses; no se puede traicionar a una reina que resulta que no es tu reina.

Un mes después de la inexplicable condena exprés de Tinoco y Da Gama, ambos, junto con el doctor López, seguían en el Hotel Blount (esto lo digo porque el máximo vigilante de la Torre era entonces sir Michael Blount) moviendo sus piernas y sus manos, y respirando. La reina seguía dudando si darles gañote o no. En una ocasión llegó a fijar fecha y lugar: Tyburn, 19 de abril de 1594, a las nueve de la mañana.

Pero lo pospuso.