martes, agosto 01, 2017

Por qué los viajes en el tiempo serían un engorro

Bueno, yo no sé vosotros, pero yo estoy a punto de dedicarle un par de semanas a la empanada de xoubas, con muy poco contacto con internet y el mundo electrónico. Así pues, mi plan es irme de vacaciones, y conmigo se toma un descanso el blog, claro. No obstante lo dicho, alguna gana tengo de dejaros en estos días un post para que podáis completarlo en los comentarios si os apetece. Y se me ha ocurrido el meconio que viene de seguido.



Por circunstancias que tienen que ver con los tuits que retuitean o valoran personas a las que sigo, mi timeline acaba algunos días bastante petado de reacciones y comentarios relacionados con El Ministerio del Tiempo, que no sé si sabéis que es una serie de Televisión Española. Poco a poco, me fui dando cuenta de que muchos de esos comentarios tenían un tono bastante reivindicativo, desabrido incluso. Me interesé poco por la movida porque, la verdad, yo sólo he visto veinte minutos de esa serie: unos que transcurrían en un viaje en carromato de alguno de sus protagonistas, no me quedó claro si en compañía del Lazarillo de Tormes o del autor del Lazarillo. Desde aquella experiencia, la verdad, la serie no me interesó gran cosa (a mí me interesan las series sobre la Historia, no con o en la Historia); pero reconozco que me acabé enganchando un poco a los tuits por la carga polémica que venían a tener.

Con el tiempo me di cuenta que esa serie viene a ser como los toreros gitanos: hay gente que la idolatra, y gente que la odia. Es una serie binaria, la materia y la antimateria al mismo tiempo y, por lo que pude investigar, buena parte de las críticas tenían que ver con pretendidos defectos históricos en los argumentos.

En su momento, incluso le escribí un tuit al guionista de la serie explicándole mi opinión: una serie así puede ser para quien se quiera entretener, pero no desde luego para alguien que busque autenticidad histórica. Esto es así, tal y como yo lo veo, porque el mero planteamiento argumental, esto es personas del presente que viajan al pasado histórico, es imposible de creer. Y no me refiero sólo al hecho de que el viaje en el tiempo es más que probablemente imposible (como dice Hawking, si viajar en el tiempo fuese posible, Washington estaría petado de turistas del siglo L), sino al hecho de que, cuando menos es mi convencimiento, si alguien lograse viajar a un pasado razonablemente remoto, no le serviría de nada. No podría hacer gran cosa.

Imaginar el viaje al tiempo histórico es, para mí, uno de esos casos en los que se mira el pasado desde el balcón del presente. Esta observación permite obviar un montón de cosas que el pasado no eran como en el presente, y que harían que cualquier persona no entrenada (pero entrenada durante años) no pudiese aspirar a llegar a la acera de enfrente en el León de la Edad Media, la Roma de Calígula o el París del Rey Sol.

Así que he pensado: voy a escribir algunas de las cosas que yo creo que harían inútil un viaje al pasado, no sin animaros a destacar en los comentarios, si queréis, aquéllas de las que me haya olvidado.

El lenguaje. El habla me parece, sin ningún lugar a dudas, el número uno de los obstáculos que se encontraría un viajero en el tiempo. En la escena de El Ministerio cuyo visionado he confesado, un tipo que vive en el siglo XXI se mete en un carromato con el autor de una novela picaresca, y se ponen a hablar de esto y de lo otro como si fueran vecinos en Villaverde Alto. Sin embargo, un español del siglo XXI difícilmente entendería a un compatriota que le precediese en varios siglos si no fuese haciendo un gran esfuerzo. Quien no se lo crea, que se siente con algún sefardí a charlar en ladino. Con las mismas, viajar a la Roma imperial habiendo estudiado a Cicerón es una gilipollez de gran tamaño. Marco Tulio era el Javier Marías de su época, y me parece a mí que cuando cualquiera de nosotros nos metemos en una cafetería o en un taller mecánico, lo que escuchamos no es, desde luego, el español que escribe Javier Marías.

Para un viajero en el tiempo, por lo tanto, la comunicación sería imposible; casi tan imposible como para un viajero que hoy vaya a Portugal y se adentre en cualquier zona donde no se hable portuñol.

Los usos. No se trata sólo de que el viajero en el tiempo tendría que comer cosas que le harían vomitar, sino que debería ser experto en habilidades que su civilización ha perdido. No sé si os lo habéis planteado, pero esto es bastante claro cuando uno piensa en la luz o en el calor. Los viajeros de la Edad Media llevaban siempre consigo velas, un pedernal y una cajita, de madera o mejor de metal, que usaban para hacer fuego. Hoy en día sólo los pollos ésos que salen en los programas de la tele sobre supervivencia saben coger un pedernal y hacer fuego (y se lee mucho por internet que incluso en su caso muchas veces es todo fake).

Un ciudadano del tiempo presente tendría que dominar tal cúmulo de usos ya perdidos para poder bandearse razonablemente en el pasado que reclamaría años de entrenamiento hacer un viaje en el tiempo.

La salubridad. Otro hecho más que evidente es que lo más probable es que un viajero en el tiempo enfermase a las primeras de cambio, empezando por una buena gastroenteritis o, mejor, una disentería en condiciones. De acuerdo: un viajero contemporáneo podría viajar multivacunado, como lo hacen las personas que viajan a países menos desarrollados hoy en día; lo cual le libraría de la mordedura de dolencias para las que hoy ya no tenemos anticuerpos, como la viruela. Pero en el pasado hay mucho más que eso. Si avanzamos hacia atrás más de, digamos, doscientos años, deberemos acostumbrarnos a irnos a vivir a auténticos pozos de mierda. Ciudades situadas junto a ríos que serían auténticas corrientes de detritus (y de cadáveres), calles empedradas de zorongos de caca humana o animal, meados, comida en descomposición, etc. En el momento que el viajero en el tiempo decidiese comerse un humilde filete a la plancha, tendría que ir a comprarlo a un mercado probablemente menos salubre que ésos que se ven en los documentales de la tele sobre África, en los que para poder ver la carne antes hay que espantar a una nube de moscas que está, literalmente, cagando y poniendo huevos sobre ella.

Las personas que hoy viajan a países subdesarrollados suelen recibir consejos como, por ejemplo, beber siempre agua embotellada. Pero, ¿dónde encontrará agua embotellada el visitante del Aquisgrán carolingio si hasta el rey del mundo entonces, Carlomagno, bebía aguas fecales?

La moneda. Supongo que es una tontería, pero es algo que siempre me ha intrigado: ¿cómo se las arreglan los viajeros en el tiempo para comprar y vender lo que necesitan? A menos que el viaje esté muy bien organizado, todo viajero en el tiempo necesitará vestirse adecuadamente para pasar desapercibido (recuérdese que Marty McFly, que apenas viajaba unas décadas en el tiempo, ya tuvo que mentir y decir que era guardacostas para que nadie se extrañase de la forma de su chupa). Pero... ¿con qué dinero exactamente piensa comprar todo eso?

La discriminación. Los viajes en el tiempo de la ficción normalmente se plantean como si el mundo pasado fuera como el presente, que te vas a donde quieras y tengas el aspecto que tengas te reciben igual. Lo cierto es que en el pasado las cosas no eran necesariamente así. Cuanto más remoto sea el momento elegido para viajar en el tiempo, por definición más puras serán las razas, luego más probabilidades tendremos de ser tomados por bichos raros a causa de nuestros rizos, o del color de nuestra piel, o de nuestra altura incluso, y acabar apedreados o incluso, en algún caso extraordinario, quemados en vida. Es el tipo de confusión que se explota humorísticamente en las primeras escenas de Los visitantes, cuando Godofredo Amaury de Malfête, conde de Miramonte, de Apremont y de Papincourt, viaja al futuro en compañía de su fiel Delcojón el Bribón y lo primero que se encuentra es un negro, al que obviamente toma por sarraceno.

El estatus legal. Muy ligado al problema de la discriminación está el del estatus legal. Una vez más, los inventores de viajes en el tiempo para la televisión, el cine o la literatura imaginan que el mundo pasado es como el presente, esto es: un lugar donde tú ibas de aquí para allá libremente y nadie tenía derecho a preguntarte quién eras. Es posible, desde luego, viajar a algunos pasados en este plan, pero a otros no tanto. Muy especialmente, en aquellos pasados caracterizados por la presencia de la institución de la esclavitud o de la servidumbre, tal vez tendríamos que certificar de alguna manera nuestra condición de hombres libres. Pero, ¿cómo haríamos eso: exhibiendo un certificado de la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de Vallecas? ¿Una carta de Mariano Rajoy? ¿Nuestro certificado de penales?

En fin, esto sólo es una rallada veraniega, una disculpa para desearos a todos felices vacaciones. Por supuesto, como ya he dicho, abierto queda el hilo de comentarios para quien quiera buscarle más pies al gato.