lunes, enero 23, 2017

Trento (14)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina.

Como siempre, Pablo III se mostraba conciliador y dialogante prácticamente por una sola razón: por la necesidad que seguía teniendo de llegar a algún tipo de entendimiento con el emperador. De hecho, en los momentos en que se produjo la polémica sobre la organización del concilio, el Papa estaba preparando un golpe de efecto destinado a vaciar Trento como la cáscara de un huevo. Tenía redactado el texto de una bula destinada a abolir los usos más escandalosos de la Iglesia, que en realidad eran sólo tres o cuatro prácticas absolutamente infumables; lo cual quiere decir que dejaba fuera la mayor parte de los problemas que habían llevado a la Iglesia a aquella situación.


Una vez más, hubieron de ser los legados los que se gastasen. Le dijeron a su jefe que ni soñase con que los padres reunidos en el concilio fuesen a sentirse adecuadamente escuchados con esa bula (que más bien era un bulo), lo cual quería decir que si el Papa esperaba con ella impedir que Trento discutiese los vicios de la Iglesia, ya se podía ir olvidando. Así las cosas, con el concilio rebotado y el emperador haciéndole sudar, Pablo tuvo que dar su brazo a torcer, no sin antes arrancarle al concilio el compromiso de que no se publicaría ni un solo decreto que no fuese personalmente autorizado por él. Estamos en abril de 1546.

Las ocho semanas que siguieron fueron muy intensas. Al mismo tiempo, en sus dos comisiones, Trento fue entrando poco a poco en lo mollar de los asuntos tanto dogmáticos como de disciplina eclesial. El elemento de organización de la Iglesia era la regulación de la predicación. Así dicho puede parecer poca cosa pero, en realidad, meterse en ese jardín suponía entrar a discutir un montón de temas muy importantes: regular la lectura regular de los Evangelios, publicar un catecismo y regular la educación religiosa, ahí es nada.

Los padres conciliares se plantearon la necesidad de obligar a los obispos o a los sacerdotes de base a predicar por ellos mismos, aunque a causa del importante porcentaje de gañanes que había en su grey también admitieron la posibilidad de que el curita buscase a alguien versado en la palabra para hacerlo. También se habló de la necesidad de limitar la capacidad predicadora de los monjes; los cuales, teóricamente, no se habían metido monjes para predicar, sino para meditar.

Fue este último asunto el que puso los debates en punto de ebullición. Se formaron entre los curas dos partidos casi irreconciliables. Los obispos querían someter totalmente a su albedrío al clero regular; mientras que los monjes, probablemente, querían quedar en manos de Dios, y sólo de Dios (de toda la vida, en la Iglesia, cada vez que alguien ha querido hacer lo que le salga del pene, se ha apresurado a ponerse en manos de Dios). Dado que los monasterios eran uno de los strongholds del poder papal, Roma se puso del lado de los abades, y con ella los legados de Trento.

Entonces, los obispos comenzaron a contar cosas que, en buena parte, eran verdad. Gracias a su libertad disfrutada hasta el momento, recordaron, los monjes habían tenido libertad para predicar lo que les diese la gana; en ocasiones, doctrinas peligrosas (medio siglo antes, por ejemplo, el monje Girolamo Savonarola había encendido Florencia apelando literalmente de puta a la Curia romana, y cosas peores). Pero los abades respondieron con un argumento no menos cierto: en media Europa, la afición de los obispos por la vida mundana, en no pocas ocasiones sus escasas creencia y vocación, habían provocado que la predicación se hubiese quedado vacía; un vacío que habían tenido que llenar los monjes.

En el fragor de la discusión, los padres conciliares no se pararon ante nada. La violenta discusión los impulsaba a reclamar cada vez más libertad de palabra, más libertad de criticar a cualquiera, fuese obispo, cardenal o legado. Llegó una sesión en la que al obispo de Astorga se le retiró la palabra e, inmediatamente, el titular de la diócesis de Fiesole, Braccio Martelli, declaró que en el concilio se estaban haciendo propuestas impías y reclamó el Juicio de Dios; acusaciones gravísimas de las que luego hubo de desdecirse. El legado cardenal Del Monte lo acusó de ser “calumnioso, injurioso, sedicioso y cismático”. Aun y a pesar de su arrepentimiento, el concilio llegó a solicitar del Papa que declarase sediciosos a los obispos de Fiesole y Chioggia.

Pablo, sin embargo, reaccionó con más moderación que su colérico legado Del Monte. Estaba bien informado, y sabía que la posición a favor de una radical independencia episcopal era apenas defendida por los dos obispos citados; así pues, se podía pasar página casi sin problema. Sin embargo, en parte erró el tiro, porque eran varios más los obispos que iban cuesta abajo en el deseo de recibir del Papa sus viejos privilegios, ésos que habían ido perdiendo progresivamente a favor de Roma. Había, además, todo un partido que reclamaba que fuese decretado que la residencia en la misma sede de todo obispo era materia de derecho divino y, por lo tanto, la dispensa de dicha obligación se hiciese imposible.

En el marco de los debates un obispo, el de Laciano, acusó a la Santa Sede de proteger financieramente a asesinos y folladores; cosa que era totalmente cierta. El de Badajoz, con duro y preciso laconismo extremeño, insinuó que para arreglar todo eso habría que llamar al emperador, ya que apelar a Roma tenía poco sentido dado que Roma era el problema. En los debates afloró la demanda de hacer incompatibles las funciones de obispo y de cardenal, puesto que este último tiene que residir en Roma; una propuesta que venía a significar desnudar a muchos purpurados de sus jugosas rentas. Los legados se apresuraron a defender la idea de que sólo el Papa podía regular la vida y el estatus de los cardenales.

Hay que decir con realismo, en todo caso, que la mayoría de los obispos de Trento estaba bastante lejos de opinar lo mismo que sus miembros más escandalosos. En el momento en que estaba la Iglesia, tenían claro que el resultado de Trento no podía ser un enfrentamiento frontal con el Papa. Por eso, cuando el cardenal Cervino propuso aplazar la discusión sobre el tema de la residencia de los obispos, la mayoría respiró aliviada y apoyó la moción. En el conflicto entre obispos y monjes se llegó a una entente intermedia: éstos fueron autorizados a predicar sin autorización en las iglesias de su orden, pero deberían demandarla en el caso de hacerlo en el resto.

Todo aquello supuso una victoria para el Papa que, crecido, echó leña al fuego de la discusión dogmática, enfrentándose con el emperador. En aquel momento, Carlos había decidido ya ir a la guerra contra el landgrave de Hesse y el elector de Sajonia; por esta razón necesitaba tener tranquilo el gallinero protestante alemán y, de consuno, dio instrucciones a sus gentes en Trento para que maniobrasen para impedir que se entrase a discutir los dogmas más problemáticos respecto de la Reforma, muy especialmente el pecado original. Los intereses del Papa, sin embargo, eran los contrarios: ahora que había visto cómo era capaz de limitar el margen de maniobra de los obispos díscolos en las asambleas, quería aprovechar el momento para condenar el protestantismo.

Carlos no pudo impedir que la discusión se pusiera en marcha, abrumado por la mayoría de obispos italianos y franceses que los legados supieron allegar. Los obispos y teólogos españoles intentaron una maniobra de diversión sacando a pasear la discusión sobre la inmaculada concepción de María, que sabían era un clásico de las discusiones conciliares que provocaría días y días de discusiones, ergo retrasos. Pero la mayoría episcopal se coscó de la movida. En ese punto, el partido español propuso un aplazamiento de la discusión sobre el pecado original, pero también perdió.

Así las cosas, las discusiones terminaron pronto con una cerrada defensa del pecado original por parte del concilio, gesto que sellaba la división respecto de los protestantes casi de forma inevitable. El emperador ni siquiera consiguió retrasar la publicación de la decretal. En la quinta sesión del concilio, 17 de junio de 1546, las deliberaciones de los dos primeros meses fueron solemnemente publicadas. El Papa mandó una carta otorgando su aprobación a las decisiones del concilio, recordando que esa aprobación era necesaria. Sólo el infatigable obispo de Fiesole osó protestar contra lo que consideraba un excesivo poder de la Curia.


Pintaban oros para el papado, que había conseguido una victoria sin precedentes. Así las cosas, los legados se animaron a proponer la discusión de la doctrina de la justificación, en la que muchos obispos católicos habían encontrado conexiones con lo protestantes; y el temita aplazado de la residencia de los obispos.