lunes, mayo 09, 2016

Estados Unidos (28)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson



Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra.


Como es bien sabido por casi cualquiera, la guerra civil estadounidense se cerró con un hecho de enorme simbolismo, especialmente en un país que gusta tanto de leer la Biblia en su literalidad. Abraham Lincoln, como Moisés, apareció como un líder condenado a no disfrutar de las consecuencias del proceso que, él más que nadie, había contribuido a producir. Le fue vedado el espectáculo de unos Estados Reunidos, tal vez porque, para conseguirlo, hubo de subvertir la legalidad, poner en solfa la democracia y los derechos civiles y, sobre todo, poner la espada en la mano de milicos como el general Sheridan, que no creo que hoy en día pudiesen pisar La Haya sin ser detenidos.


La guerra civil americana había tomado una cifra escandalosamente elevada de vidas, como no estaban acostumbradas a experimentar las guerras decimonónicas o anteriores. De alguna manera, fue un conflicto que anunció la era de las guerras de destrucción masiva, que encontraría su ápex en las guerras mundiales primera y segunda. Y eso no era gratis. El 4 de marzo de 1865, en la toma de posesión de su segundo mandato, Lincoln dijo aquello de “dejad que ahora podamos vendar las heridas de la nación”; pero probablemente cayó en la cuenta de lo matizado que quedaba el simbolismo de sus palabras por gestos más mundanos como el del vicepresidente Andrew Johnson, que se presentó en la tribuna de autoridades completamente mamado. Las cosas no iban a ser tan fáciles; y la cabeza perforada del propio Lincoln iba a ser la primera prueba de ello.

En las últimas jornadas de la guerra civil, Abraham Lincoln había tenido que mediar en otras batallas no menos cruentas. Muy especialmente, las que libraba su mujer, Mary, con casi todas las esposas de los principales hombres del Estado. Mujer extraordinariamente celosa, irascible e insegura, Mary Lincoln se encontraba en ese momento de la vida en el que los encantos de una mujer comienzan a desaparecer (bueno, en su caso tampoco iba sobrada), y de alguna manera sublimó el miedo que le producía esa evolución con ideas acerca de presuntos intentos por parte de las consortes de otros hombres para escamotearle el papel de primera dama.

En esas circunstancias, el presidente se veía abocado a actuar de contrapeso de las salidas de tono de su mujer. Y fue en uno de esos casos cuando decidió invitar al general Grant al teatro, para desairarlo de la actitud de la primera dama. Grant, sin embargo, excusó su presencia pretextando que debía abandonar Washington inmediatamente, cosa que probablemente no era necesaria.

Eso sí: el 15 de abril, aunque Grant no fuese, Licoln tenía idea de ir al teatro.

A mediodía, Lincoln comió con su mujer y con Robert, su hijo, recientemente alistado en el ejército. Durante el almuerzo encargó la reserva de un palco en el teatro Ford para la representación de Nuestro primo de América, una comedia de Laura Keenes. En la tarde, en su despacho, conmutó dos penas de muerte. A las cuatro, dio un paseo en calesa con su mujer. Al parecer, durante el mismo Lincoln trató de animar a su mujer, que estaba en un estado prácticamente depresivo, sobre el futuro de tranquilidad y estabilidad que les quedaba por delante. Estaba decidido a terminar su mandato y regresar a Illinois, probablemente para ejercer de nuevo la abogacía. Sin embargo, Mary Lincoln le corta secamente con un recurso muy típico de los pasivo-agresivos: haciendo caer en la conversación un hecho especialmente triste (en este caso, la muerte de uno de sus hijos).

Aunque aquella conversación, agria y cortante como muchas de las que tenía entonces el presidente con la primera dama, probablemente le quitó las ganas de ir al teatro, Lincoln no era muy propenso a cambiar sus planes; así pues, a las ocho, en la puerta de la Casa Blanca, se subió al landó que había llegado para recogerlo. A medio camino, recogen a Clara Harris, hija de un senador; y al hermanastro de ésta, el mayor Rathborne. El grupo llega al teatro a las ocho y media, con la función empezada; pero, en todo caso, cuando el presidente aparece en el palco 7, la función se detiene y la orquesta se arranca a tocar Hail to the chief.

Tras los aplausos y parabienes de rigor, Clara Harris y su hermanastro se sientan delante con Mary Lincoln en medio. El presidente se queda detrás, en una mecedora que le han colocado los servicios del teatro, buenos conocedores de lo mucho que le gusta el balanceo al presidente. Hay una cortina que lo hurta de la vista del público.

Se da la circunstancia de que, horas antes de aquella representación, Lincoln había solicitado explícitamente ser protegido por un militar, un comandante llamado Thomas Thomson Eckert; era, por lo visto, un tipo impresionante, una especie de Terminator. Edwin Stanton, secretario de Guerra y responsable de la designación, sin embargo, no la hizo, en un gesto que ha alimentado desde entonces las teorías de que pudiera estar implicado en una conspiración para matar al presidente. El caso es que a cargo de la defensa de Lincoln se encontraba John Parker, un hombre con muy mala fama, dado a la bebida y con bastantes problemas con los límites (y no nos referimos a las mates del bachillerato, precisamente). A Mary Lincoln, sin embargo, le gustaba Parker, así pues tal vez la conspiración tan sólo fue un capricho. En todo caso Parker, en cuanto comenzó la función, se fue al bar a mamar, abandonando su puesto en la puerta del palco.

Entra en escena de este relato (nunca mejor dicho) uno de los actores del teatro Ford: John Booth. Booth no tiene ningún papel asignado en la comedia de aquella noche porque se ha incorporado hace poco a la compañía, cuando ya la obra estaba en marcha. Pero conocía muy bien la obra, y las reacciones del público. Sabía, por ejemplo, que había un pasaje en el que un actor decía algo así como: “¿Que yo no tengo modales? ¡Ésta es buena! Espera, que yo a ti te conozco bien. Voy a deshacer la maleta y a decirles a todos la clase de mojigata que eres”; y que, al terminar esta frase, siempre el público estallaba en una carcajada general.

Aquella tarde, cuando supo que el presidente vendría al teatro (y dónde se colocaría la resultó fácil adivinarlo: era el único palco decorado con la bandera), tomó la decisión de asesinarlo aprovechando esa escena, y el escándalo que provocaba.

John Wilkes Booth, en realidad, no era un don nadie. Pertenecía a una rancia dinastía de actores americanos, por lo que su acción viene a asemejarse a que un miembro del clan Flores se cargase a Mariano Rajoy en la final de la Champions (vaya imagen, ¿eh?) Había nacido en 1838, el octavo hijo de Junius Brutus Booth, una especie de Spencer Tracy de su época, por lo buen actor que dicen que era, y por que también a él la botella lo dejó hecho una bayeta usada. De los ocho hijos, tres se dedicaron a la farándula. El que más éxito obtuvo fue Edwin Booth, en su momento alabado como uno de los mejores intérpretes de Shakespeare de su siglo (un Lawrence Olivier decimonónico, pues). John, con menos talento, encontró espacio para hacer carrera de galán, pues era bien parecido y tenía éxito entre las féminas.

Booth era un furibundo anti-yankee, como tiene que ser alguien que se plantee matar a Lincoln. En la pensión Surrat donde vivía construyó una pequeña célula carbonaria sudista, formada por él y otras cuatro personas: George Atzerodt, un prusiano que había emigrado a los Estados Unidos y que en 1864 tenía 33 años; Davis Harrold, un droguero en el paro; un tipo en realidad llamado Powell aunque se hacía llamar Lewis Payne, muy grande y fuerte pero retrasado mental; y John Surrat, hijo de la dueña de la pensión y muy radical (si pensáis en el personaje del hermano pequeño de Edward Norton en American History X, le pillaréis el punto al bebé Surrat).

Fue en la habitación de Booth de la pensión, o en el salón, donde estos cinco fueron leyendo, conforme avanzaba la guerra, las noticias de los sucesivos reveses sufridos por los confederados. Excitados por tanta mala noticia, resolvieron hacer algo para volver las tornas de la guerra. Los cuatro compañeros de Booth querían matar a Lincoln, aunque éste, que los dominaba, prefería secuestrarlo. Por eso, decidieron raptarlo en el Teatro Ford durante una representación, el 18 de enero de 1865. Iban a cerrar el gas, provocando un apagón. Durante la oscuridad, Payne entraría en el palco, convencería al presidente de estarse quieto (una forma elegante de decir que le daría dos hostias), lo ataría y lo bajaría hasta el escenario atacado con una cuerda. Los otros cuatro lo recibirían allí y se lo llevarían a Richmond.

Sin embargo, aquel día de enero hizo un día de perros, y el presidente no fue al teatro.

Booth, sin embargo, no abandonó la idea, y planeó secuestrar a Lincoln durante una visita en las afueras de Washington, en la cual atravesaría un bosque. Allí interceptarían su coche para llevarlo, de nuevo, a Richmond. Habían establecido una cadena de amigos en el trayecto para que les ayudasen. De nuevo, sin embargo, Lincoln suspendió la visita y, de hecho, los conspirados acabaron deteniendo al carruaje equivocado.

Una vez más se citaron para realizar la acción en otro anuncio del presidente de que acudiría al teatro; pero, de nuevo, finalmente no acudió. Entre medias, la guerra se terminó.

Fue, lógicamente, este hecho el que cambió los planes. La partida quería secuestrar a Lincoln para usarlo como moneda de cambio; pero puesto que ahora ya no quedaba nada que cambiar, todo lo que quedaba era matarlo. En realidad, la idea era matar a Lincoln, a Andrew Johnson (el dipsómano vicepresidente) y a William Seward (secretario de Estado) en el mismo día.

Éste fue el plan que se puso en marcha el 15 de abril de 1865: Booth mataría a Lincoln en el teatro, mientras que Payne acabaría con Seward (que convalecía en su casa, con la mandíbula y un brazo rotos). Atzerot, por último, acabaría con Johnson, y era el que lo tenía más fácil, porque el vicepresidente odiaba la vida social y siempre estaba en casa.

John Surrat guió a Payne hasta la casa de Seward. El forzudo se dirigió a la puerta y llamó. Le abrió el sargento George Foster Robinson, encargado de la seguridad del secretario. Discutieron porque Payne quería entrar. Decía que traía un encargo del médico. Finalmente, logró penetrar en la casa y comenzó a subir las escaleras. Frederick, hijo de Seward, le corta el paso, ante lo que Payne saca un revólver que, sin embargo, no consigue disparar. Frederick se abalanza sobre él, pero Payne es mucho más fuerte y le rompe la culata del revólver en la cabeza.

Fanny Seward, otra hija del enfermo, que estaba en la habitación de su padre y lo ha visto todo, se encierra dentro. Pero Payne es mucho Payne: carga contra la puerta y la echa abajo. Una vez en la habitación, se acerca al enfermo con un cuchillo en la mano. Afortunadamente para Seward, era medio tonto, o tonto del todo. En aquel entonces, las personas que tenían la mandíbula rota llevaban un complejo y aparatoso aparato de metal que se abrochaba en cuello; intentar degollar a alguien en esas circunstancias no es la decisión más inteligente, que digamos. Luego intenta apuñalarlo en la cabeza, pero Seward se escabulle haciendo la croqueta hacia el suelo. En ese momento llegan Robertson y dos criados que se abalanzan sobre el asesino, que acaba huyendo por la escalera.

Cuando llega a la calle, Payne se sube a su caballo y, en medio de los gritos de sus perseguidores, echa a trotar por la calle, a paso corto, como si no fuera la cosa con él. Un ciudadano que intenta detenerlo se queda con el puñal clavado en el estómago.

Mientras ocurre todo esto, el inmigrante alemán Atzerodt va camino de la casa de Johnson para acabar con él, pero antes se mete en un bar a echarse un poquito de ánimo a la garganta. Nunca llegará a intentar la acción; en realidad, pasa horas en el establecimiento, bebiendo y pensando, hasta que termina deambulando por la ciudad totalmente mamado.

Y ahora nos queda Booth, que está subiendo las escaleras hacia el palco proscenio 7, y que sonríe, sorprendido, cuando ve que en la puerta del mismo no hay nadie. Esa tarde ha hecho un discreto agujero en la puerta, y se asoma por él para ver a Lincoln en la mecedora. Abre la puerta sin ruido en el momento en que el actor en el escenario grita: “¿Que yo no tengo modales?”

Lincoln ni se percata de su presencia; está mirando al escenario. Booth ya ha sacado una pistola Messingderringer, y espera unos segundos. La frase termina. Risas. Más risas. Como Booth espera y sabe, la continuidad de las risas acaba provocando que el público remache su aprobación con aplausos. Es cuando estos se producen cuando llega el momento. Pam.

Algo desazona al comandante Rathborne. Como militar, está acostumbrado al ruido seco y definido de los disparos, y tal vez por eso ha reconocido el patrón dentro del batiburrillo de risas y aplausos. Se vuelve y ve a Lincoln inclinado y, por supuesto, a Booth con el arma en la mano. Se lanza contra él, pero el actor es más rápido y le clava un cuchillo en el brazo. Para entonces, Mary Lincoln y Clara Harris observan la escena aterradas y gritando. Booth salta la barandilla del palco, hacia el escenario. Al caer, se fractura el tobillo izquierdo. Sin embargo, no todo está perdido para él, porque el público, a todas luces, duda de si todo aquello no es un lance de la obra.

Booth, ataviado con una peluca y un bigote postizos que lleva puestos toda la tarde, se yergue en el escenario y repite la frase de Marco Bruto: Sic semper tyrannis!

La frase pone sobre aviso a los más avispados de los espectadores, que empiezan a gritar para que se lo detenga. Un abogado llamado Steward, que está en primera fila, lo persigue. Booth, con el tobillo fracturado, cojea. Pero logra salir del teatro y coger su caballo.

El presidente fue trasladado a una pensión cercana, donde un médico certificó el carácter letal de la herida. Lincoln, sin embargo, seguirá respirando hasta la mañana del día siguiente.

Tras llevar a cabo su acción, Payne cruza el río Anacostia, algo que Booth le había recomendado que hiciese. El propio Booth le sigue por el mismo camino poco después, y aun más tarde Harrold. De hecho, el droguero acaba por alcanzar al asesino del presidente, y juntos huyen hacia Richmond. Ambos paran en la posada de un amigo, John Lloyd, donde Booth medio se emborracha para poder soportar el dolor del tobillo. Se da cuenta de que en esas circunstancias no podrá llegar a Richmond, motivo por el cual ambos se dirigen a la consulta de un doctor amigo, llamado Mudd, que atiende a Booth sin hacer demasiadas preguntas. Al día siguiente, ambos continúan su camino.

La policía, sin embargo, está sobre su pista. Llegan a la posada Lloyd, cuyo dueño reconoce que Booth ha estado allí, y añade que la propia señora Surrat le había avisado de que vendría. Esto es un problema gordo para la posadera de Washington, puesto que horas antes, visitada por las fuerzas del orden, ha negado conocer a Booth. Así pues, la policía va a la pensión Surrat para detener a la dueña. Estando allí, suena la campanilla, y en la puerta aparece un hombre muy alto (es Payne), que pretexta ser un albañil al que ha llamado la señora Surrat para hacer una reparación. Ésta niega conocerlo, pero la policía prefiere detenerlos a los dos, aunque todavía no sabe que Payne es Payne. Sin embargo, en la comisaría los criados de Seward lo identificarán. Dos días después cae Atzerodt.

Para entonces, se han ofrecido 100.000 dólares de recompensa por Booth y Harrold. Localizan la casa de Mudd, al que arrestan. Además, un negro informa a la policía de que dos blancos les habían echado a él y a su mujer de su propia casa durante una noche, amenazándolos con un cuchillo.

Finalmente, la policía localiza a los dos fugitivos en un cobertizo, que rodea. Harrold sale para entregarse, pero Booth les recibe con disparos. La policía estadounidense echa mano de lo que podríamos denominar la “solución Casas Viejas”, esto es: incendiar el cobertizo para hacer salir al emboscado. Finalmente, Booth sale de entre el humo apoyándose en sus muletas; pero, a pesar de actitud tan indefensa, la siempre sempiterna tendencia policial USA al gatillo flojo provoca que alguien le dispare mortalmente.

El 9 de mayo se abre el consejo de guerra del magnicidio y las acciones en grado de tentativa que lo acompañaron. Es juicio militar porque, habiéndose producido la acción en tiempo formalmente aún de guerra, su objeto, jurídicamente hablando, no ha sido el presidente de los Estados Unidos, sino el comandante en jefe del ejército. Acabó el 30 de junio con las sentencias de muerte para Payne, Harrold, Atzerodt y Mary Surrat.

El juicio dio, da y dará para teorías conspiratorias sin fin. La principal de ellas es la teoría, de la que se habló largo y tendido durante las sesiones del juicio, de que en las horas previas al magnicidio, Booth, cuyos actos no pudieron ser reconstruidos, se hubiese entrevistado con un importante personaje de la Casa Blanca. De hecho Robert Lincoln, hijo de Abraham, parece ser que quemó años después algunos papeles de su padre porque, se dice, podrían ser comprometedores contra ese alto personaje gubernamental.

Más allá de investigadores más o menos felices y de teorías de gran o poca solidez, lo cierto es que el asesinato de Lincoln aparece como una huella, una cicatriz, de algo que bien puede considerarse una característica estructural de los Estados Unidos. Los EEUU son un país-continente, y esto supone que engloban en su seno muchos sentires diferentes. El problema de la mayor parte de las naciones suficientemente grandes son los nacionalismos; en EEUU no es tan así, porque su sociedad es, desde su primer día, una amalgama de personas de muy diferentes procedencias que, sin embargo, no tienen demasiada gana de defenderlas. Esto quiere decir que los alemanes (muchos), los irlandeses, los italianos, no digamos ya los negros o los chinos, que en las primeras diez o doce décadas de los EEUU construyeron el país, no tenían una mierda que agradecerle ni a un país de resonancias imperiales donde no cabían, a una isla de hambrunas, a una península caótica.



La falla tectónica que hay algunos kilómetros de la superficie de la sociedad norteamericana del siglo XIX (y del XX; y de hoy) no tiene que ver con las diferencias nacionales (aunque sí con las raciales); tiene que ver, sobre todo, con la existencia en el seno de estas ciudades y estos Estados tan variados de dos concepciones distintas, hasta el punto de ser a veces incompatibles, de lo que es la nación. Una tendencia centralizadora se apoya en esa falla contra el otro labio de la grieta, formada por gentes que creen en la vieja idea pimargalliana de que todos los sistemas políticos compatibles con el hombre son sistemas en los que las células sociales básicas (las ciudades, los Estados) están libremente adheridos a un proyecto mayor; y, por lo tanto, constantemente lo condicionan, y lo pueden poner en solfa. Al otro lado de la falla están las personas que creen en la evolución de los Estados y que consideran, en consecuencia, que es necesario cambiar, a partir de ese pacto primigenio, hacia estructuras centralizadas, sistemas de poder constituidos sobre la unidad.

A mi modo de ver, es importante que los espectadores de la realidad americana entendamos estas cosas, porque si no,no seremos capaces de entender muchos de los temas que desde allí se nos cuentan. El ejemplo más claro, para mí, es el derecho a portar armas. Una interpretación superficial puede llevar al observador a concluir que los defensores de las armas en EEUU quieren llevarlas para matar gente, o porque son nostálgicos del Far West. Pero no es eso. El tema de las armas es así de batallón porque es un tema que no va de las armas; va de los derechos. Va de la discusión sobre si un Estado puede llegar a ejercer el monopolio de la violencia hasta el punto de impedirle al ciudadano llevar armas cuando lo considera necesario, útil y tradicional. Y, de alguna manera, EEUU sigue a día de hoy, como en los tiempos de Lincoln, dividido entre los que responden de una manera, y los que responden de otra.

Pero no hemos de sentirnos en modo alguno superiores, nosotros los españoles. Al fin y al cabo, nosotros mismos, en un lejano día, cuando los EEUU apenas eran una nación, nos dividimos en liberales y conservadores; y ahí seguimos, a ambos lados de la zanja, odiándonos, como el primer día.