miércoles, marzo 02, 2016

El acorazado Potemkin (11)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 



Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa, tras la cual la acción revolucionaria pasó por sus mejores momentos.

[Nota para cinéfilos y marxistas vocacionales: El acorazado Potemkin termina más o menos en el momento en que los buques de Flota del Mar Negro se niegan a disparar contra el acorazado, y los marineros, hermanados, se saludan sonrientes. El pequeño problema es que la Historia no terminó ahí. Lo que sigue comienza a relatar lo que pasó. Si te vas a llevar un disgusto, mejor lo dejas aquí.]


En el campo revolucionario, las cosas no iban tan bien como parece. Feldmann nos ha dejado relatos bien claros de lo horripilado que se quedó cuando comprobó el escasísimo número de marineros realmente revolucionarios que había en el Jorge el Victorioso. En realidad, lo que había pasado en aquel barco era que una estricta minoría de exaltados había aprovechado una determinada situación, digamos, exaltada, para tomar el control de las máquinas y del barco. Encontró una mayoría clara en la opinión de quienes no querían disparar contra el Potemkin; pero lo de unirse a su revolución ya no estaba tan claro. En realidad, la mayoría de la tripulación del acorazado estaba ahora acojonada con lo que había hecho, y con la perspectiva de haber izado la bandera roja y ser parte de un motín capital.

Para colmo, los líderes del Potemkin dejaron al pobre Feldmann solo en el Jorge, a cargo de la misión, nada fácil, de explicarle a seiscientos hombres las bondades del materialismo dialéctico, la infraestructura, la superestructura, y toda la pesca (nunca mejor dicho, pues se trataba de un barco) marxista. El estudiante se aplicó con optimismo a la tarea (o eso dice), pero pronto el tema se reveló complejo como una junta de vecinos: cuando, en la noche, se celebraron las elecciones al Comité Popular del acorazado, la mayoría de los elegidos respondieron que y unos cojones, así pues hubo que elegir a otros. La cosa debía de ser explosivamente contrarrevolucionaria porque es un hecho que Feldmann, ya sin luz, tuvo que tomar una chalupa para allegarse al Potemkin y contarle a Matushenko y al resto lo que estaba pasando o, más bien, lo que no estaba pasando. Todos concluyeron que la situación era grave, pero para todos era un problema reaccionar: estaban roncos y, literalmente, al límite de sus fuerzas.

Esa misma noche fue divisado un barco en las sombras, el cual, tras ser contactado, dijo que venía a negociar en nombre del almirante de la Flota; pero luego se fue a la naja. Horas más tarde, se produjo otra alarma por ver venir flotando desde el puerto lo que algunos creyeron que era una mina, y resultó ser una bala de paja.

Al amanecer el 1 de julio, sábado, Feldmann y Kirill se dirigieron de nuevo al Jorge el Victorioso. Cuando llegaron, se encontraron en el puente a un grupo de marineros que reclamaban ser trasladados a tierra; que no querían saber nada con aquello, vaya. Los dos líderes revolucionarios comprendieron que, durante la noche, los contrarrevolucionarios habían hecho su labor. Prácticamente incapaces de decir una palabra (ambos estaban afónicos), resolvieron regresar al Potemkin a ver si había alguien allí con cuerdas vocales y ganas.

Cuando llegaron al barco, supieron que Matushenko no estaba; había ido a tierra. Sin embargo, el resto del Comité si se encontraba allí, así pues instaron una reunión del mismo.

El Comité Popular del Potemkin tuvo muchas reuniones caóticas, pero aquélla de la mañana del 1 de julio se lleva la palma. Con todo, se logró acordar que la situación reclamaba una acción de fuerza. Por lo tanto, un grupo de marineros debería hacerse llegar al otro acorazado, fuertemente armado, y arrestar a los elementos reaccionarios del barco. Además, se traerían oradores revolucionarios de la propia Odessa (amiguetes de Feldmann, pues). Estaban escogiendo jefe para la partida cuando se presentó Matushenko. Contó que se había encontrado soldados en la ciudad que le habían animado a intentar un nuevo bombardeo del cuartel general de la ciudad. Había recorrido el bulevar Nikolaevsky y había hecho un croquis del lugar, que habría de garantizar la exactitud del tiro (ejem...) Sin embargo, cuando está en ésas Matushenko se queda pijarriba al escuchar las noticias que le da el Comité y su opinión, bastante acertada, en el sentido de que sería una locura intentar esta acción sin tener antes bien controlado lo que pase en el Jorge el Victorioso.

Matushenko estuvo de acuerdo con esta idea, pero, al igual que habían hecho antes de su llegada los otros dirigentes del barco, opinó que no estaba en condiciones de ser el jefe de la partida. Sorprendentemente, el doctor Golenko dio un paso al frente y se presentó voluntario. Aunque no se había mostrado como especialmente revolucionario, el hecho de que conservase su uniforme de oficial (no así los galones) convenció al resto del Comité de que probablemente tenía un plus de autoridad frente a los marineros del otro barco. Y así fue como se convirtió en el jefe de una expedición de veinte marineros armados, que rápidamente se dirigió al Jorge y, como veremos, siempre nos quedará la duda de si se presentó voluntario para aportar su granito de arena a la Revolución, o para traicionarla.

Lo que es un hecho es que en el Potemkin nadie volvería a ver al doctor Golenko.

Con las dos salidas de puerto que había hecho el Potemkin, el nivel de carbón de sus sentinas había bajado peligrosamente; por esta razón, la tarde anterior Matushenko había concluido los acuerdos para la compra de un cargamento. Sin embargo, la nueva carga era a todas luces insuficiente; y es que cada vez le era más difícil al Potemkin conseguir los suministros que necesitaba. En medio de la operación de descarga del carbón en el barco, el Potemkin recibió una señal del Jorge el Victorioso que erizó las nucas revolucionarias que lo contemplaron.

Decía: “Ponemos proa a Sebastopol. Invitamos al Potemkin a que se nos una”.

A poco que se mirase, se hacía evidente que la tripulación del Jorge el Victorioso estaba en sus puestos. Pronto, también fue evidente que habían encendido las calderas.

Se piraban.

Los de Palacagüina de la Revolución: Matushenko, Feldmann, Kirill, Dymitchenko, y hasta su teórico jefe Alexeyev se precipitaron al puente, tan sólo para comprobar que sus peores temores se cumplían. Con los motores auxiliares del Jorge el Victorioso ronroneando sobre el agua, ya no había manera de enviar chalupa alguna: no le alcanzaría. El propio Potemkin, pillado en medio de la operación de reabastecimiento, estaba, por decirlo mal y pronto, con los pantalones bajados.

Sonó la alarma y se envió una señal luminosa: “Jorge el Victorioso, permanezca anclado”. Pero el acorazado estaba ya en movimiento.

Matushenko, mordiéndose los labios, dio orden de enarbolar el pabellón de combate y armar los cañones. Durante un momento, pareció que, verdaderamente, iba a tener que disparar. Pero, repentinamente, el Jorge el Victorioso cambió de rumbo, y lanzó señales informando de que recuperaba su posición.

En la cubierta del Potemkin todo eran vivas y alegría. Pero habían subestimado al Jorge. El acorazado ahora rebelde de los rebeldes pasó junto al Potemkin y siguió camino del puerto. 

Camino del puerto. 

Camino del puerto. 

Camino del puerto.

Camino del puerto.

... hasta el punto, pronto quedó claro, de estar a punto de embarrancar.

Y eso fue lo que pasó. La proa tocó fondo, la popa cabeceó, y el barco se inclinó sobre uno de sus costados.

¿Fue, como sostuvieron muchos en el Potemkin, y buena parte de la literatura oficialista del comunismo, el doctor Golenko quien les traicionó? Es perfectamente posible, pero lo cierto es que el médico fue, como digo, posteriormente acusado por las versiones oficiales sin que existiesen reales pruebas en su contra. También puede ser que tan sólo intentase evitar la masacre que con toda probabilidad habría provocado un bombardeo coordinado de ambos acorazados; algo que cuadra bastante con el espíritu humanista que solían tener los médicos.

Desde el acorazado vieron cómo los marineros de la guardia que se había llevado Golenko se descolgaban por el casco del Jorge el Victorioso, para ser recogidos por el N267. Fueron estos marineros los que pudieron hacerle al Comité un relato de lo que había pasado, que sucintamente es como sigue:

Enfrentado con una asamblea de marineros fuertemente dividida por posiciones diversas, el doctor Golenko, o no se sintió con fuerzas para contar la verdad, o la ocultó conscientemente; esto es, o fue débil, o fue traidor. El caso es que le contó a la tripulación del Jorge el Victorioso algo que cuando menos parte de ella quería escuchar: que los amotinados del Potemkin, enfrentados al hecho claro y diáfano de que su rebelión había fracasado, habían decidido poner proa a Sebastopol y ponerse a disposición del mando de la Flota. Obviamente, les había aconsejado secundar esa acción.

En ese momento, la propia escolta de Golenko había intentado intervenir, pero todo lo que consiguieron fue ser desarmada. A continuación, el Comité Popular, que tenía ya poco de popular, decidió enviar una delegación de cuarenta hombres al cuartel general de Korkhanov, a pedir clemencia.

La vanguardia revolucionaria del Potemkin lo intentó, pero no pudo evitar que la noticia del repentino viraje en el Jorge el Victorioso se extendiese por el barco, extendiendo con ella el pesimismo. Sabido es que si la acción de amotinarse es contagiosa, la de tratar de conseguir una transacción hacia el perdón lo es más: suele generar el miedo a quedarse atrás y acabar pagando el pato como un gil. Durante la segunda parte de la mañana de aquel 1 de julio, de forma bastante sorprendente, los valientes marineros del Potemkin se dieron cuenta de una cosa que era evidente desde el minuto uno de su historia: que, contra lo que Matushenko les aseveraba en los mitines y Feldmann les vendía edulcorado con complejos conceptos filosóficos, ellos ni de coña eran suficientes, ni eran suficientemente fuertes, como para soportar toda la revolución sobre sus hombros. Por esta razón, los revolucionarios verdaderamente profesionales habían estado diseñando una rebelión coordinada que ellos, sin saberlo, habían mandado a tomar por culo.

El ser humano, en estas situaciones, siempre libera angustia de la misma manera: buscando una solución, y agarrándose a ella. La de aquellos setecientos hombres, se pusiese Matushenko decubito supino o decubito prono, era la capitulación. Eso sí, sabían que si se rendían en Rusia, a todos ellos no les esperaba sino el pelotón de fusilamiento. Había que buscar otras soluciones. Y, pronto, fueron muchas las voces que encontraron una: un país cercano, tal vez proclive a asilarlos, y con un partido socialdemócrata de cierta fuerza.

Rumania.

El consenso en cubierta era tan aplastante que, esta vez, ningún revolucionario puso en juego ni su voz ni su prestigio para intentar convencer a la gente de algo diferente. En puridad, Feldmann, el eterno Feldmann, intentó hacer un discurso ronco explicándole a sus camaradas que no podían traicionar a la revolución. Pero sus camaradas no le hicieron, mutatis mutandis, ni puto caso. De hecho, informaron amablemente a Feldmann y Kirill, los dos relapsos que quedaban allí, de que si no dejaban de dar por culo iban a ser lanzados por la borda.

Y así fue cómo el acorazado Potemkin, sin haber intercambiado ni un solo disparo con la Flota, y sin haberse enfrentado con las tropas de tierra que se habían concentrado en Odessa, salió de la rada del puerto, olvidándose de la Revolución. 

Curiosamente, cuando el Potemkin salía de Odessa otro barco se acercaba al puerto portando la bandera roja. Se trataba del Pruth, cuya tripulación se había amotinado tras conocer las noticias del acorazado, causando dos bajas. Eso sí, lo que encontraron fue una ciudad armada hasta los dientes y un acorazado embarrancado en el puerto. Vistos los hechos, escogieron volver a Sebastopol y hacer como que no había habido motín. No coló: cuatro marineros fueron fusilados, y más de cincuenta encarcelados.