lunes, marzo 07, 2016

Estados Unidos (22)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act.

Como ya hemos visto, al doblar el siglo XIX el cabo de su mitad, los conflictos entre los partidos entonces tradicionales se exacerbaron por motivo, fundamentalmente, del enfrentamiento frontal entre la cosmovisión esclavista y la de los freesoilers, con el Oeste como teatro fundamental. Por esta razón, tanto los votantes que entonces se llamaban demócratas como los whigs empezaron a sentirse, crecientemente, en disposición de escuchar ofertas de nuevas formaciones. En 1852, de hecho, se produjo un primer intento con el nacimiento (y muerte poco después) del American Party, una formación a la que Donald Trump habría pertenecido probablemente en su momento, pues su bandera era la reducción o impedimento de la inmigración, sobre todo católica (hay que recordar que los pordioseros del siglo XIX son los irlandeses, todos ellos fervientes católicos). Probablemente fue una intención táctica: discutiendo el tema de los inmigrantes, que no eran americanos, la gente se olvidaría de discutir sobre la esclavitud, que sí era un tema de interés de los americanos. Pero no coló.

Los activistas del American Party pronto fueron conocidos como los know nothing, debido a la instrucción que recibieron de declarar siempre que no sabían nada cada vez que eran pillados en alguna tropelía o movida. Hasta 1854 no les fue mal en los Estados del Norte, sobre todo en Massachusetts; pero, entonces, la decisión de su convención nacional en el sentido de apoyar la Kansas-Nebraska Act partió la formación en dos (como le suele ocurrir a toda formación política de nuevo cuño cuando pasa de la fase unicornial a la de tomar posición sobre temas comprometidos). Buena parte de sus know nothings terminaron en el partido demócrata y en el republicano.

Como ya hemos dicho, el Partido Republicano estaba naciendo más o menos en ese tiempo. La gran idea que servía de argamasa ideológica para sus miembros era su convicción constitucional de que el Congreso tenía la soberanía de decidir la prohibición de la esclavitud en los territorios de los Estados Unidos (los nuevos). Esa idea, la verdad, les funcionó de coña. Absorbieron la práctica totalidad del voto freesoiler y buena parte de los whigs más radicales, que negaban cualquier tipo de aquiescencia con los esclavistas. A ello hay que añadir los demócratas contrarios a la Kansas-Nebraska Act, los know nothings y, por supuesto, todo americano que fuese un abolicionista sin fisuras. Incluso los republicanos acertaron siendo lo suficientemente tibios en la cuestión de la inmigración, lo que les granjeó un importante vivero de votos entre los residentes de origen alemán, que se contaban por puñados.

Ahora bien, digamos algo por una vez y para siempre en estas notas: los republicanos americanos, esto es los abolicionistas, no eran personas movidas por un sentimiento humanitario hacia los negros. En realidad a ellos, Lincoln el primero, los negros se la sudaban. Ellos eran freesoilers. Lo que querían eran tierras para los blancos. Lo que pasa es que, para conseguir eso, necesitaban que el modelo de explotación esclavista no les diese por culo.

Cuando llegaron las presidenciales de 1856, los demócratas se plantearon presentar a Douglas. No obstante, hasta ellos se dieron cuenta de que era una figura demasiado controvertida, así que nominaron al pensilvano James Buchanan. Los republicanos presentaron al explorador John C. Frémont quien, para su desgracia, resultó tener menos glamour electoral de lo esperado. El American Party, por su parte, presentó al ex presidente Fillmore, que lo hizo como el culo.

Con esas cosas que tiene el sistema electoral estadounidense, Buchanan ganó por goleada (174 votos electorales) pero, en realidad, había obtenido apenas el 45% de los votos. Y, lo que es más importante, en las zonas abolicionistas del Norte había sido batido por goleada por Frémont, quien, entre otras cosas, se llevó Nueva York de calle. De hecho, a los republicanos tan sólo les faltó Pensilvania e Illinois. O, como se dice ahora, una semana y un debate.

Buchanan llegó a la Casa Blanca, probablemente, pensando en la pollada ésa de los cien días y tal. Si fue así, pronto comprendería que es una pollada, porque el cargo le estalló en las manos casi horas después de haber tomado posesión (y, como veremos, le acabaría estallando de nuevo cuando estaba haciendo las maletas y robando los últimos ceniceros). La razón de ello fue la decisión del Supremo en el caso Dred Scott versus Standford, en la que confirmó la idea sureña de que el Congreso no tenía potestad para prohibir la esclavitud en los territorios. Expongamos los hechos:

En 1834, Dred Scott, un esclavo, había sido trasladado junto con su amo desde Missouri hasta el Estado de Illinois, donde no había esclavitud, y luego de allí a Wisconsin, lugar donde permaneció años antes de volver a Missouri. Este periplo movió a los grupos antiesclavistas a poner una demanda en el Supremo solicitando su libertad, argumentando que el mero hecho de haber residido en territorios que el Compromiso de Missouri había declarado libres de la eslavitud lo había hecho libre.

En su decisión del 6 de marzo de 1857, como digo pocos días u horas después de que Buchanan ocupase el edificio de dudoso gusto arquitectónico en la avenida Pensilvania, el Supremo rechazó esta teoría con el argumento de que Scott no era ciudadano de los Estados Unidos, luego no lo era ni de Missouri ni de Estado alguno. Buchanan, ante dicha decisión, solicitó de dos jueces del Supremo que le eran especialmente cercanos que aprovechasen la situación para fijar jurídicamente la cuestión de la esclavitud de una vez.

El Tribunal votó seis contra dos contra Dred. Lo que realmente enrabietó a los abolicionistas fue la motivación constitucional de dicho voto, expresada por el Chief Justice Roger B. Taney. Lo que Taney dejó por escrito fue nada más y nada menos que: el compromiso de Missouri, esto es la decisión que teóricamente le garantizaba la libertad a Dred por encima del paralelo 36,30, era inconstitucional. El juez consideraba las cosas así basándose en la quinta enmienda de la Constitución: No person shall be deprived (…) of life, liberty or property without due process of law (las negritas, obviamente, son mías). Y añadía (desde mi punto de vista, con toda la razón): No se puede encontrar en la Constitución una sola palabra que otorgue al Congreso mayor poder sobre la propiedad de esclavos que sobre cualquier otra propiedad.

Esta sentencia no sólo declaraba inconstitucional el Compromiso de Missouri; en realidad, declaraba inconstitucional al propio Partido Republicano. Por no mencionar la soberanía de los Estados para decidir sobre la esclavitud, ejercida por sus legislaturas, las cuales, constitucionalmente, se constituían por autorización del Congreso (éste es el tipo de cositas que distinguen un sistema federal de uno confederal).

El debate sobre la esclavitud ganó momento en el verano de 1858, cuando se celebraron elecciones al Senado en Illinois. El Partido Republicano presentó a un prometedor político llamado Abraham Lincoln, que tenía enfrente a the little giant, Stephen Douglas. Lincoln, dentro de su estrategia electoral, invitó a Douglas a una serie de debates. Es lo que se llama los debates Lincoln-Douglas, que venían fuertemente influidos por la decisión del Supremo sobre Dred Scott, y alguna cosa más que pasó en los meses anteriores.

En primer lugar, hay que recordar que en 1857 se produjo una breve pero profunda recesión en el Norte, lo que alimentó a los hombres del Sur a la hora de afirmar que ello confirmaba la pertinencia del sistema esclavista. Sin embargo, la depresión tuvo como consecuencia engrosar las filas del Partido Republicano: en primer lugar, los hombres de negocios, espoleados por las peticiones proteccionistas del partido; en segundo lugar, los granjeros y posibles granjeros con expectativa de obtener tierras.

Otra cosa que pasó, en octubre de 1857, fue la convención constitucional de Kansas, en Lecompton. En la misma aparecieron los representantes esclavistas con una constitución redactada para el Estado; constitución que se guardaron de permitir a los habitantes votar. Como la opinión pública se les echó a la chepa, ofrecieron una transacción basada en prohibir la entrada de nuevos esclavos, pero permitiendo la propiedad de los que ya estaban dentro del Estado. La mayoría de los votantes antiesclavistas se quedaron en casa y no votaron, con lo que la proposición fue aprobada.

Buchanan había presionado al gobernador local, Robert J. Walker (que, no se olvide, había sido nombrado por el propio Buchanan, no elegido) para que facilitase la votación por sufragio universal de la Constitución de Lecompton. Sin embargo, cuando se produjo la votación de la transacción, y pensando en sus votantes demócratas sureños, la dio por buena, por lo que presentó la citada Constitución en el Congreso para su aprobación y la aceptación de Kansas.

El gobernador Walker dimitió en protesta por esta decisión, y Douglas anunció su oposición a que Kansas entrase en la Unión en esas condiciones. Sin embargo, la aceptación de la constitución de Lecompton pasó en el Senado. En el Congreso, sin embargo, los demócratas seguidores de Douglas hicieron pinza con los republicanos, y la repelieron. Así se quedó todo durante meses hasta mayo de 1858, cuando el Congreso aprobó la denominada English Bill, que otorgaba a Kansas estatus de Estado junto con cesiones de tierras si sus votantes aceptaban la constitución de Lecompton, amenazando con mantenerlo como territorio si no lo hacían. Ante esta presión, los kansienses (o kansinos, tal vez) aprobaron la Constitución de Lecompton por 11.812 votos contra 1.926. En ese limbo de tener statehood pero no ser Estado libre permanecería Kansas hasta 1861.

Fue más o menos en éstas cuando la convención estatal republicana de Illinois, reunida en la (probable) patria de los Simpson Springfield, decidió nominar como candidato a Abe Lincoln.

Durante los debates, Douglas, quien personalmente admiraba a Lincoln, lo atacó de frente y por derecho. Lo acusó de ser un sectario capaz de provocar con sus ideas una “guerra de exterminio”. Lincoln respondió recordando que los republicanos no ponían en solfa la esclavitud allí donde ya existía, y también negó (cosa que es cierta) que promulgasen la equidad social entre negros y blancos. Su idea era impedir mayores extensiones de la esclavitud.

En el debate celebrado en Freeport, Lincoln le planteó a Douglas una cuestión en la que está la esencia del conflicto que llevó a los EEUU a la guerra civil. Dejémosle hablar: “¿Puede el pueblo de un territorio de los Estados Unidos, de forma legal y contra el deseo de cualquier otro ciudadano de los Estados Unidos, prohibir la esclavitud en sus términos antes de la formación de una constitución estatal?”

La contestación a esta pregunta colocaba a Douglas, y por extensión a todos los que sostenían el problema esclavista con palillos, ante una dicotomía imposible: si respondía que el pueblo no tiene soberanía de tomar esa decisión, negaba la soberanía popular. Pero si decía que sí, entonces se cagaba y se meaba sobre la sentencia Dred Scott versus Standford.

Douglas contestó que el pueblo de un territorio puede tomar esa decisión, y a la sentencia que le den. La esclavitud, dijo, no podía existir ni un solo día si la legislatura estatal no aprobaba las correspondientes leyes permitiendo la propiedad de esclavos. Por lo tanto, tan sólo por no protegerla, el parlamento de un territorio estaba prohibiendo la esclavitud.

Aquella respuesta supuso un problema para los demócratas. Douglas había respondido en conciencia (tranquilos, esto los políticos ya no lo hacen; eran otros tiempos), y haciéndolo se había extrañado a sus correligionarios del Sur. Lincoln había planteado la pregunta precisamente para eso. Aunque en el corto plazo no le sirvió de una mierda, porque Douglas ganó las elecciones.

En 1859, la polémica esclavista tomó otro cariz con la acción de John Brown en el arsenal federal de Harper's Ferry, Virginia. Hablamos del 16 de octubre de 1859. A Brown varios grupos abolicionistas lo habían financiado para que tomase el arsenal y repartiese las armas entre los negros para favorecer una revuelta. Con sus 18 blancos de compañía, Brown tomó el arsenal, pero ningún negro le siguió. Lucharon dos días en el interior del edificio, tras lo cual se rindieron a una tropa de marines comandada por un coronel llamado Robert E. Lee.

La acción de Brown provocó una violenta reacción en el Sur. Por todas partes se crearon grupos de seguridad que apaleaban a todo aquél que consideran antiesclavista. Con los libros “subversivos” se hicieron piras humeantes. En el Norte Lincoln, Douglas y otros condenaban las acciones de Brown, pero daba igual. Las cosas las puso peor el gobernador de Virginia, quien contradijo su apellido (se llamaba Robert A. Wise) rechazando las apelaciones de locura de la familia de Brown, y lo hizo ahorcar: había creado a un mártir. Muchas personas que habían criticado sus acciones pasaron a admirarle.

Así las cosas, amiguitos, ya estamos maduritos para la secesión.