lunes, noviembre 16, 2015

Breve historia del metro (epílogo)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Las primeras tribulaciones de Méchain en el tramo sur del meridiano, hostión incluido.

La recuperación (parcial) de Méchain y la impaciencia de los gobernantes franceses por un proyecto que duraba ya demasiado.

El retorno al trabajo de Delambre y el día que descubrió que lo habían despedido.

Las tribulaciones de Méchain en una Cataluña en guerra, y el momento en que se dio cuenta de que la había cagado.

El descarrilamiento del proyecto del meridiano, que no fue tal.

El reinicio de la misión... por parte de Delambre. La procrastinación de Méchain en Italia, y sus medio-confesiones a su colega. Las tribulaciones de Delambre para conseguir que un depresivo Méchain aceptase ir a París a terminar la misión. Finalmente, y tras no pocos esfuerzos, el metro fue fijado. Después ha llegado la muerte de Méchain y la forma en que Delambre administró la herencia científica de ambos.

A lo largo del siglo XIX, el hecho de que la misión del meridiano había obtenido mediciones contradictorias se convirtió en conocimiento extendido entre los astrónomos. En realidad, la falta de exactitud del metro de platino no tenía que ver estrictamente con estos errores, sino con la asunción, errónea, hecha por los científicos franceses, en el sentido de que de la longitud del meridiano triangulado se podría derivar la longitud de todo dicho meridiano.

El sistema métrico volvió a Francia cuando el país regresó a la valoración positiva de su revolución. Esto ocurrió en la revolución de 1830, que depuso a los Borbones y colocó a Luis Felipe de Orléans al frente del Estado. En 1837, el sistema métrico volvió a ser impulsado, de la mano, sobre todo, de Charles Émile Laplace y Claude Louis Mathieu, esto es el sucesor de Delambre, quien para entonces era diputado. La Asamblea votó la implantación del sistema en toda Francia a partir del 1 de enero de 1840. Aquella medida fue mucho más racional que la tomada décadas antes. Ahora se habían hecho las cosas bien pues, tras muchos años en los que el sistema decimal se había enseñado en las escuelas, se podía garantizar una entrada en vigor menos traumática, aunque no estuviese exenta de resistencias e incluso de violencia. En todo caso, en 1840 el sistema métrico llevaba siendo obligatorio en Holanda, Bélgica y Luxemburgo desde hacía dos décadas.

El paso francés influyó a otros. Piamonte y Cerceña lo implantaron en 1850. En Portugal tambikén fue implantado, aunque sufriendo diversos aplazamientos. Entre 1848 y 1863, la mayoría de los nuevos Estados independientes de Latinoamérica lo adoptaron. En 1863, el acuerdo postal internacional firmado en París echaba mano del gramo para establecer su régimen de pesos.

En 1851, en la Exhibición del Crystal Palace, el sistema métrico fue el gran protagonista. En dicha exposición triunfaron los estándares enviados desde París, al tiempo que los organizadores de algunas competiciones se declararon incapaces de otorgar los premios por la variedad de medidas en que se habían elaborado los proyectos candidatos. En la Feria Mundial de París de 1867 se creó un gran stand específico sobre la Historia de las unidades de medida, que culminaba en el sistema métrico. En 1863, el Parlamento británico aprobó una resolución aprobando el sistema métrico en todo el Imperio, y en 1866 el Congreso de los Estados Unidos declaró la legalidad (que no la obligatoriedad) del sistema. En 1868, el Zollverein alemán anunció la adopción de estas medidas en 1872.

En 1867, en gran parte por el hecho de que Prusia, la otra gran potencia continental, tomó la decisión de acercarse al sistema decimal, surgió la discusión de fondo provocada por las divergencias experimentadas en la misión del meridiano: ¿realmente era el metro una medida natural, o una simple barra de platino que medía lo que medía como podría medir otra cosa? Ésta fue la gran cuestión de la primera conferencia geodésica internacional, celebrada en Berlín en dicho año. En las décadas anteriores, todos los países europeos habían triangulado su propio territorio, ajustando las medidas a la curva elipsoide que mejor se adaptaba a las circunstancias de su trozo del planeta. De alguna manera, pues, era como si cada mapa se hubiera hecho en una Tierra diferente. Surfeando sobre la potente ola de globalización que es el siglo XIX, ahora todos estos geodésicos estaban dispuestos a compartir sus mapas para componer uno solo; pero para eso necesitaban un estándar.

Los alemanes propusieron utilizar el método de los mínimos cuadrados (ya que, entre otras cosas, estaban convencidos de que se debía a Gauss) para derivar la forma de alinear de forma óptima los triángulos de cada país. Su idea era centralizar esta labor en la Asociación Geodésica de Centroeuropa, que había sido creada en 1861 por el general Jakob Baeyer. Sin embargo, cuando la propuesta superó las fronteras de los países más en la órbita prusiana, los franceses no reaccionaron con entusiasmo, precisamente. París, de hecho, no envió delegados a la convención berlinesa.

La convención, en todo caso, tomó una decisión que sigue vigente hoy en día. Una decisión pragmática según la cual el metro debía seguir siendo el estándar de longitud, pero no porque representase una diezmillonésima parte de la longitud del meridiano sino, simple y llanamente, porque estaba ampliamente aceptado. Eso sí, curaron su prurito por la precisión científica acordando que los defectos de la barra de platino debían solventarse haciendo una nueva. En los treinta o cuarenta años anteriores, diversos estudios científicos habían demostrado que la barra de platino, de hecho, tenía defectos y era más sensible a la temperatura de lo inicialmente pensado, por lo que probablemente su longitud había cambiado. La convención quería que la nueva barra se ajustase lo más posible a la antigua, pero que al mismo tiempo fuese elaborada por una agencia internacional, y así evitar que se pudiese considerar la obra de un solo país.

Francia no se tomó bien estos proyectos. Y es lógico. Digan lo que digan las declaraciones oficiales, lo cierto es que el metro de platino era un metro francés. A nadie le gusta que le quiten un monopolio y, de hecho, no faltaron las voces en Francia que clamaron por una escisión entre la vieja medida y la nueva medida. Finalmente, sin embargo, se impuso la racionalidad de los científicos, y de los políticos, pues éstos, en la segunda mitad del siglo XIX, ya sabían lo suficiente sobre relaciones comerciales internacionales y eso que hoy llamamos globalización como para entender que no podían ir por ahí tocando los huevos e inventando estándares nacionales. Una vez tomada la decisión, con esa legendaria habilidad para ponerse al frente de la manifestación que hasta dos minutos antes han negado, los franceses consiguieron llevarse el gato al agua de convocar la conferencia internacional en París.

Sin embargo, hubo un problemilla. En julio de 1870, dos semanas antes de empezar la conferencia, Francia y Prusia fueron a la guerra. Esto provocó que los científicos alemanes no atendiesen la conferencia, pero ésta se abrió el 8 de agosto con representantes de quince países.

Los científicos se pusieron de acuerdo en que no debían llegar a ninguna solución final hasta que todos estuviesen allí. No obstante, comenzaron a discutir la principal cuestión, planteada por los franceses, de si pretendían que realmente el metro se basase en la longitud de la Tierra. Uno de los principales geodésicos europeos del momento, el suizo (nacido alemán) Adolf Hirsch, les sacó del error, afirmándoles que ningún científico serio abogaría por derivar el metro de la longitud de la Tierra, y que el objetivo, por lo tanto, era que se pareciese lo más posible al antiguo.

Así quedaron las cosas porque no podían ir más allá. En 1872, una vez que Francia perdió la guerra y dejó de ser una monarquía, París convocó una nueva convención, a la que acudieron científicos de treinta países, alemanes incluidos. Fue ahí donde se decidió que la nueva barra sería un 90% platino y un 10% iridio. Cada país haría un estándar, y de entre todos se elegiría el mejor. Y crearon un Bureau internacional para supervisar todo el proceso.

Así las cosas, la Convención del Metro de 1875 permanece como el hecho que gobierna nuestras vidas, medicionalmente hablando. La cosa se tomaría quince años de discusiones científicas hasta que, en 1889, las barras fueron enviadas a París. Una de estas barras, finalmente, reemplazó a la vieja barra de platino confeccionada con los cálculos de Jean Baptiste Delambre y Pierre François Méchain; aunque la barra primera no desapareció, pues los franceses la guardaron en su Archivo Nacional.

No obstante, como había prometido Hirsch y confirmaron los hechos, el metro de Delambre-Méchain no desapareció. El viejo sueño ilustrado de crear una unidad de medida basada en la Naturaleza no fue posible porque los dos astrónomos no fueron capaces de derivar esa medida con exactitud. Pero la medida resultante de sus cálculos y de los de la comisión internacional prevaleció, y todo parece indicar que prevalecerá para siempre. Prevaleció en 1960, cuando el Bureau Internacional decidió redefinir el metro como la longitud de onda de la luz emitida por una transición de energía específica del átomo de kriptón 86. Como prevaleció en 1983 cuando, de nuevo, se cambió la definición por la distancia recorrida por la luz en el vacío en 1/299.792.458 segundos. En ambos casos, los científicos hicieron el camino contrario a los ilustrados del siglo XVIII: en lugar de buscar el metro en la Naturaleza, buscaron la Naturaleza en el metro tal y como lo había definido la expedición del meridiano.

Una expedición que habría de costarle a uno de sus dos protagonistas, y a causa de su afán de perfección, la tranquilidad de ánimo, la felicidad, la capacidad de disfrutar. La vida misma, al fin y al cabo.

Descanse Pierre François André Méchain en la paz que en vida no supo encontrar.



Como coda de todo este relato, nos queda una pregunta por contestar: ¿y España? Intentaremos contar algunas cosas en las próximas líneas.

La Academia Francesa, durante el proceso de desarrollo del metro, había propuesto dos sistemas distintos posibles para denominar sus divisiones y múltiplos: o bien un sistema de nombres compuestos, o bien otra basada en nombrar cada subdivisión con un monosílabo independiente (algo así como las notas musicales, pues).

Como hemos contado, la Academia se decantó por el neologismo metro, concretamente en su sesión del 26 de marzo de 1791. Entre un sistema metódico para las subdivisiones y otro basado en monosílabos, la Academia se decidió claramente por el primero, por lo que, el 1 de agosto de 1793, incluyó la propuesta metódica en su informe a la Asamblea. Sin embargo, por diversas dificultades esta nomenclatura no se aplicó hasta el 7 de abril de 1795, aunque un decreto de 4 de noviembre de 1800 todavía permitía utilizar las denominaciones antiguas.

Sirvan estas palabras como antecedente de la situación en la que estaba España cuando adoptó el sistema decimal. A la hora de aplicar en español el nuevo sistema, podía optar por desarrollar sus propios prefijos o nombres, podía aprovechar las denominaciones antiguas, o podía aprovechar el sistema metódico desarrollado por los franceses.

En esta polémica brilla en primer lugar la figura de Gabriel Císcar, marino y astrónomo como Borda, y uno de los sabios españoles que participó en la discusión del sistema métrico a escala internacional. De hecho, estuvo en la reunión de París de 1798, de donde se trajo cinco estándares de medida, obsesionado con sustituir lo antes posible los modelos existentes por éstos. De hecho, en aquella España existían, y se usaban, diversos patrones. En Burgos y Toledo se conservaban patrones de la vara castellana, mientras que en Ávila había medidas de capacidad y el Consejo de Castilla los tenía de peso, todos ellos de las medidas antiguas, por supuesto.

En la Memoria sobre el sistema métrico que elaboró Císcar en 1800 hay todo un capítulo dedicado al tema que será más batallón en la implantación de las medidas en España. Porque a España, por así decirlo, ya no le tocaba discutir la longitud del metro, que era cuestión de todo lo que ya hemos visto, sino la formulación de sus subdivisiones.

Císcar era un decidido partidario de no otorgar a dichas subdivisiones nombres arbitrarios y sin significado, y por lo tanto era partidario de adaptar al español el método francés. Lo hace apostando claramente por las lenguas modernas, por considerarlas más acertadas a la hora de conseguir un aprendizaje masivo. Es por eso que rechaza el uso del griego en la formación de estas palabras. De esta forma, el marino desarrolla una nomenclatura absolutamente propia o española, en la que encontramos ejemplos como:

  • Vara decimal o medidera para designar el metro.
  • Milla decimal o millar para designar el kilómetro.
  • Céntima y mílima por centímetro y milímetro.
  • Unera, celeminillo o azumbre decimal, para el litro.
  • Unal o libra decimal para el kilo.

Buscaba Císcar con su propuesta hacer las cosas lo más fáciles posible pues, como comenta en su Memoria, las de las unidades menores son las que ya se usan, y por ello no pueden confundirse con los quebrados decimales indeterminados (esto es: décimo, centésimo...). Denominar a las divisiones de capacidad decimillas, centimillas, milesimillas, etc., verdaderamente no era sino acercarse a la forma en que toneleros y comerciantes se referían a ellas (hablando, por ejemplo, de cuartillos). Asimismo, las unidades menores de peso las hacía terminar en -avo, pues era ése el sufijo habitualmente utilizado.

Sin embargo, cuando en 1821 Císcar vuelva a redactar una obra en defensa del sistema métrico, lo hará ya abandonado esta propuesta de crear nombres propios, y se decantará por la mera traducción de los términos franceses.

Ese mismo año, y a requerimiento de las Cortes, el científico Salvador Ros y Renart presenta su propia memoria sobre la introducción de un nuevo sistema de pesos y medidas. En su trabajo, Ros se apunta a los argumentos tanto de los franceses como de Císcar, en el sentido de que un solo sistema unificado es bueno para los intercambios comerciales y relativamente fácil de enseñar; pero, en un signo de los tiempos, añade un matiz “muy francés” al argumentar que un nuevo sistema viene a sustantivar la evolución de España en el sentido de rechazar la tiranía representada por las viejas medidas. Asimismo, Ros y Renart acude a un argumento hoy bastante olvidado, como es el esfuerzo realizado por los españoles en la definición del metro, realizado por el propio Císcar y el matemático Agustín Pedrayes y Foyo; esfuerzo que, decía Ros, se ha realizado sin beneficio alguno para la nación. Tal olvidado estaba y está este argumento que no tengo yo noticia de que ni Císcar, ni Pedrayes, ni los dos juntos, tengan en alguna plaza de España una estatua de ésas que celebra a los hombres ilustres de España.

El exacerbado nacionalismo de Ros y Renart, sin embargo, también le lleva a añadir confusión en el tema de la nomenclatura, dado que le lleva a proponer “una que, siendo española, pueda competir con la derivada del griego y del latín del sistema métrico decimal establecido en Francia”. Este error le lleva a proponer términos antiguos para las nuevas medidas. Así, proponía los términos: vara para la longitud, copa para la capacidad, libra para el peso, vara cuadrada para la superficie, vara cúbica para el volumen, y legua para lo que llamó “itineraria”. A todos estos términos se añadirían múltiplos como diez, cien, mil o diezmil, o divisores como deci, centi o mili. Se hablaría, por ejemplo, de diezmilvara (escrito DM.Va para abreviar) para designar los 10.000 metros, centilibra (c.Li), milicopa (m.Co), etc.

En 1835, José Radón, veterano científico, realiza su propia aproximación al problema, con el intento de crear un sistema métrico genuinamente español. Toma como medida fundamental la vara castellana o de Burgos. Sin embargo, dado que el modelo existente está ya muy deteriorado (algo que ya había hecho notar Císcar treinta años antes), trata de hacerla coincidir con el metro, otorgándole un valor de 84 centímetros; o bien, como alternativa, propone definirla realizando el experimento pendular que, según hemos visto, los franceses habían terminado por desechar. Con estas medidas aproxima, por ejemplo, una medida de volumen, la vara cúbica, que en su milésima expresión vendría a ser más o menos el cuartillo que se usaba, aunque propone cambiarle el nombre por el de una vieja medida latina, el modio. La medida del peso sería la vara cúbica de agua, siendo la millonésima parte de la misma la medida que llama pondo; por lo que toma como medida principal el kilopondo, esto es, mil pondos. Incluso proponía reformar el sistema de monedas, creando el numo, equivalente a cinco pondos.

Cabe destacar, en todo caso, que el sistema métrico también tuvo sus detractores en España, y quizás el más señalado de ellos el ilustre matemático, conocido de todos los estudiantes que utilizaron tablas de logaritmos, Vicente Vázquez Queipo. Queipo había vivido en París pero, aun así, sostenía una posición radicalmente nacionalista que le llevaba a rechazar el sistema métrico. En 1835, fue encargado por el gobierno para proyectar una reforma del sistema de pesos y medidas. Con su natural capacidad para el estudio, Vázquez Queipo realizó una investigación exhaustiva de los sistemas de pesos y medidas antiguos, llegando a la conclusión de que los españoles tenían origen árabe, y las medidas árabes todavía en la Antigüedad, y éstas en la observación. Esto le llevó a defender un cambio en el que las medidas oficiales sufriesen el menor cambio posible, y con unos términos que no tenían nada que ver con el sistema métrico.

Tras todos estos años de debates teóricos, el 19 de julio de 1849, Isabel II estampaba su firma en la ley que establecía el sistema métrico. Una orden del 20 de julio crea una comisión específica que monitorice todo el proceso, coordinando a una serie de comisiones provinciales que han de velar de que en los Ayuntamientos se guarden los modelos existentes hasta el momento. La ley de pesos y medidas introduce la nomenclatura francesa meramente traducida, con escasas excepciones, como el quintal o la tonelada. Tanto los múltiplos como submúltiplos se escriben esdrújulos.

La ley establecía que las tablas de equivalencias debían estar en todas las capitales de provincia en 1851 y las nuevas medidas en 1852, además de introducirse la enseñanza en los colegios. Desde el 1 de enero de 1852 sería obligatorio en todas las dependencias del Estado. Sin embargo, la aplicación real se fue aplazando, y de hecho las medidas previstas en la ley sólo se consiguen el 1 de julio de 1869, con diversos problemas que abarcan todo el siglo.

La fijación definitiva de las denominaciones del sistema métrico data, de hecho, de 1899, de la mano de quien tenía que hacerla, esto es la Real Academia de la Lengua. Se basó en una serie de elementos, que son:

  • Se aceptó la acentuación esdrújula, puesto que el griego metron tenía una letra e breve que, por lo tanto, perdía su fuerza en las palabras compuestas. Eso sí, admitió algunas excepciones, como kilolitro o decagramo, en contra de lo que se decía y escribía entonces.
  • Se abandonó el término miriagramo, adoptando finalmente quintal y tonelada, así como mirialitro.
  • Declara no normativos algunos términos que habían sido usados por algunos autores, tales como grama por gramo, kilioi por kilo, etc.
  • Elimina algunos términos como héctara, sustituido por hectárea.
  • Fija la acentuación y escritura definitiva de estéreo, eliminando la relativamente común esterio.
  • Permite escribir kilo y quilo.

Todavía casi un siglo después, el 27 de octubre de 1989, España se integraba en el Sistema Europeo de Medidas.


Todo un camino, por lo que se ve.